viernes, 3 de noviembre de 2017

LA CORONA DE HIELO DE LA REINA MAUD



En el continente helado de la Antártida, frente al cono sur de África, pero a muchos kilómetros de distancia, existe un enorme territorio que fue explorado por una expedición noruega que, en 1930, se esforzaba por cartografiar el continente helado.
Los noruegos habían demostrado una predilección por aquellas tierras y desde 1892 habían mandado expediciones, algunas tan exitosas como la de Amundsen, que en 1911, consiguió llegar al punto geográfico del Polo Sur.
Aquella expedición de 1930 que cartografiaba el contorno del continente, bautizó la enorme extensión de hielos con el nombre de la reina Maud, esposa del rey de Noruega y en honor de la familia real, se fueron denominando otros territorios con los nombres: Princesa Marta, Princesa Astrid, Príncipe Harald, etc.
Desde la Tierra de la Reina Maud, hacia el interior del continente, existe una enorme meseta, quizás la zona más plana de todo aquel territorio que está cubierto por una capa de hielo de más de un kilómetro y medio de espesor: la Corona de la Reina Maud.
Sobre el descubrimiento de la Antártida se ha escrito mucho, pues aunque se le atribuye a varios navegantes, como balleneros de diversas nacionalidades, en realidad el primero que navegó a su alrededor fue el famoso capitán Cook, en el siglo XVIII, pero siempre se creyó que igual que el Ártico, era un inmenso bloque de hielo flotando.
Si desea recordar toda la controversia que rodea el descubrimiento de este continente, puede consultar mi artículo: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2017/08/en-el-reinado-del-rey-felon.html, pero a efectos de este artículo, el hecho de su descubrimiento carece de importancia, son otras las circunstancias por las que lo traigo a colación.
Y es que ocurre que durante el siglo XVI la Antártida no figuraba en ningún mapa de la época. Extraña circunstancia, cuando fue aquel un siglo en el que la cartografía adquirió un enorme protagonismo y fue precisamente la época en que se trazó todo el perfil americano, tanto por oriente como por occidente.
Pero la Antártida no figura en los portulanos que Vespucio, Juan de la Cosa y otros insignes cartógrafos, levantaron en aquella época.
Sin embargo, unos años después, concretamente desde la aparición en 1513 del famoso mapa de Piri Reis, el militar turco, la Antártida comienza a estar dibujada con precisión, aunque no se descubriría hasta tres siglos después. Luego volvió a aparecer en los portulanos de Mercator y otros grandes cartógrafos.
Pero en todos estos últimos se daba una circunstancia que no podía pasar desapercibida. Esta es poco más o menos la sorprendente historia.
El día seis de julio de 1960, el eminente profesor norteamericano Charles Hapgood. Que desde tiempo atrás venía defendiendo el desplazamiento de los continentes situados en la corteza de la Tierra, sobre el manto interior, recibió contestación a un escrito que tiempo atrás había dirigido a las fuerzas aéreas estadounidenses.
El escrito era precisamente sobre el mapa de Piri Reis y solicitaba que los departamentos de cartografía aérea efectuasen un estudio comparativo entre dicho mapa y la cartografía actual.
La respuesta que los cartógrafos dieron causó sensación en el mundo científico dedicado a la geología. Venían a decir que la parte inferior del citado mapa representaba de manera muy razonable a la Tierra de la reina Maud y la Princesa Marta, pero que resultaba asombroso que esa coincidencia no fuera con la actual estructura antártica, cubierta de hielos, sino con el perfil sísmico de la tierra que hay bajo esos hielos y que fue trazado en 1949 por una expedición sueco-británica.
¿Qué quiere decir esto? Pues ni más ni menos que quien dibujara el mapa de Piri Reis había tenido que vencer dos grandes obstáculos. Primero sobrevolar la Antártida, para contemplar islas que estaban perfectamente separadas y que ahora están unidas por el hielo y segundo confeccionar este mapa hace bastante más de ¡seis mil años!, que es el momento geológico en que se considera que aquel continente estaba ya cubierto totalmente de hielo, cosa que hasta ese momento no sucedía y que se había venido produciendo a lo largo de nueve milenios, según se ha podido determinar en las últimas investigaciones geológicas realizadas.

Fragmento del mapa de Piri Reis.


¿Qué civilización poseía, hace más de seis mil años, una tecnología tan avanzada como para confeccionar un mapa así?
Las primeras civilizaciones en aparecer y de las que tenemos constancia y certeza absoluta, fueron hace unos cinco mil años, en Mesopotamia y que llegó a adquirir un gran esplendor cultural y más tarde en Creta, Egipto y Fenicia; Grecia y Roma están ya ahí, como quien dice a la vuelta de la esquina.
Pero es que quienes quiera que fuesen los pueblos que habían alcanzado aquel nivel cultural, del que no tenemos ninguna noticia, estaban a años luz en conocimientos, a los que asirios, egipcios o griegos llegaron a alcanzar mucho más tarde.
El mapa de Piri Reis fue realizado en 1513 partiendo de varios mapas que el almirante turco poseía y se centra básicamente en el océano Atlántico. Arriba a la derecha podemos observar perfectamente a España y la costa africana, casi hasta el Golfo de Guinea; al otro lado la costa americana, desde más arriba del Golfo de Méjico, hasta Tierra de Fuego y más abajo, la costa norte de la Antártida.
Es imposible que el almirante otomano adquiriera esa información de algún cartógrafo de su tiempo, pues como ya se ha dicho, el continente helado no se descubre hasta 1818, o sea, tres siglos después.
Así pues en ese mapa hay dos circunstancias de por sí tan misteriosas que nos obligan a plantearnos las cosas desde una perspectiva diferente a como la ciencia ortodoxa ha venido explicando hasta ahora: cómo incluye una tierra que aún no ha sido descubierta y cómo dibuja el perfil cartográfico que hay debajo de hielos que tienen más de seis mil años de antigüedad.
Pero además hay algunas otras incógnitas como la de la perfección con la que se perfilan los contornos de la recién descubierta América, a la que se le da ya una perspectiva esférica.
En la fotografía siguiente, se puede ver esto con una superposición fotográfica esclarecedora, si bien considerando las diferencia entra perspectiva plana y esférica.



El propio almirante turco, al margen del mapa hace una serie de anotaciones que son verdaderamente esclarecedoras. Entre ellas dice que el mapa lo ha confeccionado sobre el estudio de otros muchos mapas que posee, uno de los cuales perteneció al propio Cristóbal Colón, con el que pudo llegar a las costas de América, y otros mapas mucho más antiguos, alguno de los cuales anteriores al siglo cuarto antes de nuestra era.
La existencia de una Antártida sin hielos solamente se puede explicar de dos formas: por la deriva continental, es decir el desplazamiento de las masas de tierra de la corteza terrestre, pero no es probable que en solamente nueve mil años hubiera producido un recorrido tan enorme como para variar la climatología, o simplemente un cambio climático de enfriamiento global, igual que en estos momentos estamos soportando un cambio hacia un periodo cálido.
Pero la incógnita  sobre quienes realizaron esa cartografía sigue tenazmente aferrada. No tenemos ni idea de quienes pudieron hacerlo, pero no deja de ser menos intrigante cómo se transmitieron a través de los siglos, permaneciendo oculta para la inmensa mayoría y tal vez relegada a un estante polvoriento de alguna vieja biblioteca.
Sí parece que los mapas pasaron por Alejandría, desde donde viajaron a Bizancio, en épocas del máximo esplendor del Imperio Romano de Oriente y de allí pasaron a marinos venecianos, alguno de los cuales consiguió llegar a manos de Cristóbal Colón.
Otra sorprendente conclusión que se saca del estudio de estos mapas es que quienes lo realizaran habían resuelto el problema que suponía, en alta mar, calcular la longitud, como ya exponía en mi artículo de hace unos años que puedes consultar aquí: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/la-parrilla-el-saltamontes-y-el-h-1.html , el tema de la longitud no se solucionó hasta 1730, por el relojero Harrison.
Pero es indudable que aquella civilización había resuelto el problema, claro que si eran capaces de desarrollar una cartografía esférica, con visión desde el aire, es de suponer que también habían desarrollado un reloj de precisión, único elemento necesario para situarse exactamente en cualquier punto de la esfera terrestre.

La conclusión final es que más tarde o más temprano y yo me inclino por esto último, habrá que reescribir la historia. No me cabe ninguna duda.

miércoles, 18 de octubre de 2017

LOS ORIGENES DE "LA ENIGMA"



En el año 1919 el ingeniero holandés Hugo Alexander Koch presentó en la oficina de patentes, los planos y la descripción completa para la construcción de una máquina de su invención, capaz de cifrar documentos.
Pero corrían malos tiempos, la primera Gran Guerra acababa de terminar y los países trataban de recomponer sus estructuras internas. Así, aunque en el conflicto bélico recién terminado, se había demostrado la enorme utilidad que suponía para las estrategias de los ejércitos y las comunicaciones de los gobiernos el cifrar los documentos, de forma y manera que nadie que no poseyese la clave los pudiera leer, el invento causó poca atracción y durante años durmió en los cajones del ingeniero Koch, sin que siquiera se intentase construir un prototipo, hasta que en 1927, acuciado por graves problemas económicos, se decidió a vender la patente al ingeniero alemán Arthur Scherbius, que encabezaba un grupo que ya había colaborado en la realización de lo que se llamó el milagro alemán.
De inmediato se empezaron a construir la máquina, en varias versiones y añadiéndole continuamente nuevas características para hacerla cada vez más indescifrable. Así nació una máquina de cifrado de mensajes casi perfecta que recibió el nombre de “Enigma”.


  
Arriba, uno de los primeros ejemplares; abajo, la máquina perfeccionada

Lo mejor que tenía aquella máquina es que funcionaba de manera similar a una máquina de escribir de las de la época, si bien tenía unos dispositivos rotatorios internos que iban dando a cada letra o cifra un valor determinado, según las innumerables claves que se pudieran utilizar.
Pocos años después, el ejército alemán adoptó la máquina “Enigma” como instrumento oficial para sus comunicaciones secretas, antes incluso de iniciarse la segunda gran guerra y llegaron a probar su efectividad en la Guerra Civil Española, proporcionando al ejercito sublevado, varias de estas máquinas, que no hace mucho fueron encontradas en los depósitos del Ministerio de Defensa.
Esas comunicaciones encriptadas causaron no pocos quebraderos de cabeza a los aliados que no conseguían enterarse de los comunicados internos del ejército nazi, cuando las suyas propias eran descifradas casi de corrido.
La carrera por averiguar los métodos de encriptación de aquellas máquinas, se desató entre los países aliados y fue en Polonia, donde, con la intervención de una de aquellas primitivas máquinas, se inició el análisis del funcionamiento.
Pero las constantes innovaciones que los alemanes incorporaban al aparato hacía cada vez más difícil desentrañar su funcionamiento.
Los “hackers” de la época se devanaban los sesos tratando de hallar una solución, que cuando llegó, dicen los expertos que fue capaz de acortar en dos años la duración de la II Guerra Mundial.
Pero toda esta historia del cifrado y descifrado de documentos no habría sucedido si el dos de febrero de 1462, no hubiese nacido en Trittenheim, una aldea cercana a la ciudad de Tréveris, en la región de Alemania conocida como Renania-Palatinado que es fronteriza con Luxemburgo, un niño llamado Johanes Heidenberg, más conocido en la historia como “El Abate Tritemio”.
Desde muy joven demostró poseer una inteligencia fuera de lo común, pero su padrastro le obligaba a trabajar e impedía que pudiera cultivarse intelectualmente. A la edad de quince años era casi analfabeto pero decidió que no podía seguir así y comenzó a estudiar por su cuenta, hasta aprender prontamente a leer y escribir, así como a iniciarse en el conocimiento del latín.
Consiguió todos esos progresos en un corto espacio de tiempo, pero fue solamente hasta que su padrastro se enteró de lo que hacía a escondidas e incrementó su persecución y sus crueldades sobre el adolescente.
Viendo que aquella vida le resultaba insoportable, se marchó de casa y se dirigió a Würzburgo, al este de Fráncfort, en donde impartía clases un famoso humanista de la época llamado Wimphelheim, para el que seguramente llevaba alguna carta de recomendación.
Durante cinco años permaneció en aquella ciudad estudiando y aprendiendo las disciplinas clásicas: filosofía, teología, matemáticas, astronomía y astrología, música e historia.
Con apenas cumplidos los veinte años ingresó en un convento benedictino, en la localidad de Sponheim, donde se había refugiado de una tormenta que le sorprendió cuando iba a visitar de incógnito su ciudad. Allí, el abad, percibió de inmediato la cultura e inteligencia del joven y una semana después, cuando ya remitía la tormenta, le ofreció los hábitos conventuales. El joven Johanes aceptó unirse a la congregación del convento e inició su formación y unos meses más tarde, concretamente en diciembre de 1482, hizo sus votos e ingreso en la orden benedictina.
Pronto destacó entre los monjes y los superiores, hasta el extremo de que dos años más tarde, se había convertido en el abad del convento que lo había amablemente recibido, sin que todavía hubiera sido ordenado sacerdote.
Su tarea en el convento fue muy dura, pues las costumbres estaba en exceso relajadas y la moral más laxa de lo que solía ser habitual en las congregaciones religiosa de la época, pero poco a poco, el nuevo abad fue imponiendo su disciplina y lo que es más importante, interesó a los monjes por el estudio.
Con mucha visión y paciencia, confeccionó una biblioteca de más de dos mil volúmenes, todos manuscritos, pues la incipiente imprenta aún no se había extendido lo suficiente y además, el Abate prefería los libros manuscritos.
En aquellos momentos y por la extensión de sus fondos, fue posiblemente la más importante de Alemania y de las más importantes de Europa. El contar con esa importante biblioteca, hizo que el convento, fuese adquiriendo renombre y por allí pasaron los hombres mas eruditos de la época.
Es de considerar que la vida del Abate Tritemio corría paralela a la de personajes de la historia como Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Copérnico, Cristóbal Colón, Boticcelli, Rafael, Savonarola y muchos otros que destacaron en el mundo de las artes y las ciencias.
Después de veintitrés años de abad, abandonó su cargo, a la vez que despreciaba una invitación del emperador Maximiliano que deseaba tenerle de asesor en su corte; Tritemio buscaba paz y tranquilidad parada dedicarse por entero a lo que desde hacía años le rondaba por la cabeza y las encontró en el monasterio de San Jacobo, en la misma ciudad de Würzburgo. Un pequeño convento con solo tres frailes lo que le permitió desplegar toda su actividad.
Allí pasó el resto de su vida hasta que con cincuenta y cinco años, falleció y fue enterrado y la iglesia de aquella ciudad.
Durante todos los años en los que estuvo recluido en uno u otro convento, el Abate se dedicó intensamente al estudio de las matemáticas, a la cábala mágica y a lo que ahora llamaríamos parapsicología. Estas dos últimas disciplinas están muy íntimamente conectadas y encaminadas a desarrollar un sexto sentido que permita realizar cosas que parecen imposibles para el ser humano normal.
Todos los años de estudio los fue reuniendo en un material que ocupaban ocho volúmenes, una obra ingente a la que llamó “Esteganografía” y que la presentaba a un amigo en una carta que decía: “Puedo aseguraros que esta obra, en la que enseño muchos secretos y misterios poco conocidos, parecerá a todos, incluso a los más ignorantes que contiene cosas sobrehumanas, admirables e increíbles, habida cuenta de que nadie ha escrito o ha hablado de ellas antes que yo.”
La carta, mucho más extensa, decía que contenía un método para comunicar el pensamiento a distancia, numerosas modalidades de escritura secreta, incluso cómo poder dominar la mente de una persona a través de las palabras, que sería lo que hoy conocemos como hipnotismo.

Portada de la obra

Como es natural para la época, la inquisición metió manos en el asunto y acusó al Abate de mentiroso y fabulador: agente del demonio. Sin embargo, Tritemio, con su gran inteligencia consiguió salir indemne de aquellas acusaciones.
La fama del Abate era tal que se le llegó a considerar el mejor alquimista de todos los tiempos y uno de los pocos capaces de conseguir la fabricación del oro alquímico.
Otra de las obras de Tritemio, es la titulada “Teoría general de las cifras de transposición”, que se conservó intacta y llegó hasta nuestros días.
En este libro están compendiadas todas las teorías que se utilizan actualmente en la elaboración de los códigos secretos. Pero como todo lo esotérico, nadie podía descifrarlo en su totalidad, pues se decía de el que era un libro que en realidad contenía otro libro muchísimo más profundo que solo el Abate, en su abierta y enigmática inteligencia, había sido capaz de componer.
La criptografía, la ciencia capaz de ocultar el significado de una escritura de forma que sea imposible saber lo que dice, ha estado de moda siempre, pero en la actualidad, en el mundo de las comunicaciones, muchísimo más que nunca. Hoy, hasta cuando abres el WhatsApp, para colgar una foto o introducir un comentario, aparece un mensaje en el advierte que los escritos y llamadas están protegidos con cifrado de extremo a extremo.
Muy buena parte de algunos éxitos gubernamentales, bursátiles, mercantiles y de estrategia en general consisten en haber mantenido un secreto total en las comunicaciones internas, por otra parte imprescindibles. El tercero de los ocho libros que componen la Estenografía, trata precisamente de eso y desde que se escribió, a principios del siglo XVI, no ha sido completamente descifrado hasta 1996 y ello gracias a potentísimos ordenadores.

Su total desciframiento indica que el Abate Tritemio es, sin duda alguna, la figura más destacada de la ciencia llamada criptografía.

viernes, 6 de octubre de 2017

DOS VIDENTES BIEN DISTINTOS



El don de profetizar, de ver el futuro dentro de un sueño, en un trance o cualquier otra forma de visión, ha llegado incluso a ser una profesión. Una profesión, por cierto bien remunerada y a la que se han apuntado tanto los visionarios “de verdad”, es decir, aquellos que realmente tenían visiones, como farsantes y falsarios que al olor de los beneficios y apoyados por una imaginación desbordada, se han atrevido a vaticinar, sin ninguna clase de escrúpulo.
Actualmente, a un mal augur no le va a caer más que el olvido pero antes, hace algunos siglos le caía hasta la muerte en la hoguera.
La razón era bien sencilla: en una sociedad que por encima de todo trataba de preservar los valores espirituales y que no toleraba la más mínima fisura en las creencias religiosas, nadie que pudiera predecir el futuro podía ser obra de Dios, único que tiene el futuro presente y lo está contemplando. El visionario era obra del demonio; de eso no cabía la menor duda y como toda obra del maligno, debía ser destruida.
Así que a la hoguera.
Pero había veces en los que la religiosidad del profeta estaba tan fuera de toda duda que la iglesia cambiaba su signo y reconocía que determinadas profecías eran de divina inspiración.
Una cosa así ocurrió en la España del siglo XVI, en pleno Siglo de Oro.
En esa época nació en Madrid una niña a la que puso por nombre Lucrecia. Era hija de un pasante, Alonso Franco de León y de Ana Ordóñez. Su padre apenas se ganaba la vida aprendiendo el oficio de su maestro y la madre tejía y cosía para las clases pudientes del Madrid de la época.
Desde muy joven, Lucrecia sorprendía a su familia con las extrañas visiones que decía padecer y que le producían un gran desequilibrio emocional.
La joven solía despertarse durante la noche, profundamente alterada, gritando y llorando al mismo tiempo y contando historias que nadie comprendía.
Como es natural, la familia estaba hondamente preocupada por lo que se suponía un padecimiento demencial de su hija y no cesaban de comentar entre ellos los difíciles momentos que casi cada noche se veían obligados a soportar, hasta que un día hicieron ese comentario y explicaron como eran los tremendos despertares de Lucrecia, a un pariente, no muy cercano, llamado Juan de Tebes.
Este pariente, era muy aficionado a confeccionar horóscopos, hacer pronósticos y vaticinios y escuchó con interés la historia de la joven y sin consultarlo con la familia, comentó el hecho con un buen amigo, el religioso Alonso de Mendoza, canónigo de la catedral de Toledo y muy bien relacionado en la corte, el cual se sintió profundamente interesado por las visiones que la joven presentaba y decidió transcribirlas y así, durante cuatro años, entre 1587 y 1591, se fueron anotando cada una de las visiones que tenía Lucrecia y que encerraban predicciones de lo más variado.
Casi todas aquellas visiones tenían un fin catastrofista, pues la joven anunciaba la destrucción de España y la caída de los Austrias, con la muerte de Felipe II y de su hijo, que luego sería Felipe III. Evidentemente que los dos murieron pero España siguió como potencia hegemónica mundial. Pero no quedaba ahí el negro vaticinio de Lucrecia, porque también profetizaba el fin de la Iglesia católica.
Lógicamente, hasta ahí llegaron las cosas. Con la Iglesia había topado, y nunca mejor dicho y el Santo Oficio tomó cartas en el asunto, aunque sin mucho afán, pues la joven estaba considerada más como una farsante que como una verdadera adivina, pero entre sus vaticinios había algunos de mucho peso como para que todo fuera una farsa y es que había adivinado con meses de anticipación, el desastre naval de la Armada Invencible y la muerte del que iba a ser su almirante, don Álvaro de Bazán.
Es muy sospechoso que con tanta aversión a la corona, con ataques directos a la Iglesia y con vaticinios tan certeros como el de la Armada, el Santo Oficio no hiciera con ella lo que era costumbre: quemarla en la hoguera por bruja y tratos con el maligno.
Por el contrario, el alto tribunal religioso la condenó solamente a cien azotes, destierro de Madrid y dos años de reclusión en el hospital de San Lázaro, de Toledo.
Evidentemente una pena muy leve para los delitos de blasfemia, trato con el demonio, sedición, falsedad y sacrilegio, de los que fue acusada y que cada uno de los cuales llevaba aparejado la muerte en la hoguera.
¿Qué sucedió, entonces?

Felipe II, un rey abúlico

El reinado de Felipe II fue muy borrascoso, a pesar de cómo lo ha presentado la historia. Felipe era un católico recalcitrante y obsesionado por la religiosidad, abúlico, incapaz de tomar decisiones que tenía, dentro de su propia corte, a sus mayores enemigos. Personas preparadas que veían cómo el monarca era incapaz de gobernar el amplio imperio y cómo perdía el tiempo en religiosidades. Aunque se ha querido tapar, durante su reinado hubo varias conjuras para destronarlo, o al menos secuestrar su poder y gobernar por él y entre estas personas, estaban Gaspar de Quiroga, arzobispo primado de España, Juan Herrera, el arquitecto de El Escorial y toda una secta de personas influyentes que eran conocidos como “los iluminati”.
Esta poderosa secta tomó bajo su egida a la joven Lucrecia, que durante su proceso parió un niño, fruto de su relación con su amante Diego de Vítores Tejeda, que durante los últimos años era el encargado de transcribir sus sueños.
Después de cumplir su sentencia, desapareció para siempre de la vida pública y se ignora todo detalle de su existencia posterior.
El otro “vidente” al que esta historia se refiere, causará estupor entre muchos de los lectores, pues muy poca gente conoce este detalle de la personalidad de alguien tan profusamente conocido como Ángelo Roncalli, el Papa Juan XXIII.
Antes fueron iluminati, ahora son rosacruz; dos sectas esotéricas con numerosos puntos en común.
Era el año 1935 en una pequeña pero muy antigua ciudad búlgara de la costa del Mar Negro llamada Nesebar y que antiguamente era conocida como Mesembría.
Allí era obispo Ángelo Roncalli, que además de religioso destacado, pues era el Nuncio Apostólico, mantenía ciertas relaciones conniventes con la secta denominada “De la Rosacruz”, cosa que no es de extrañar pues la secta tiene profundas raíces religiosas de las denominadas “gnósticas”, es decir, conocedores, iniciados en las doctrinas herméticas.

Juan XXIII

Pues bien, en una ceremonia de dicha secta, quizás un rito iniciático para admitir a Roncalli en el seno de la congregación, uno de los presentes comenzó a hablar con una voz desconocida por los demás asistentes. Algunos de los iniciados tomaron notas de todo lo que aquél decía y el asunto parece que no pasó de ahí.
Pero en 1976, ya fallecido el Papa Juan XXIII, el investigador italiano Pier Carpi, sacó a la luz aquel escabroso incidente.
Según el investigador, la persona que habló con voz desconocida no era otro que el propio Ángelo Roncalli y entre las cosas que dijo, hay algunas que ponen los pelos de punta.
El hijo de la bestia ha sobrevivido a tres atentados. No al cuarto. Le sirve para matar a quienes odia. Pero le llega su fin. Encerrado en su cubil, abrazado a la mujer de otro. Sobre su muerte misterio. Hay que combatir y esperar porque el usurpador se crucificará solo en la falsa cruz. Sólo entonces habrá paz”.
La alusión a Hitler es clarísima, tanto sobre los atentados que sufrió como la forma en que descargó su cólera contra los judíos; sobre su muerte, siempre ha habido un halo de misterio que el vaticinio refleja.
“Más atención al último que salió de la madriguera. Será difícil acabar con él y prepara nuevos infortunios para el mundo”.
En el último momento de la caída de Berlín, Martin Borman, el verdadero ideólogo del nazismo, escapó del bunker y nunca más se han tenido noticias de él. El vaticinio se había hecho nueve años antes.
“Y tu, nuevo zar a quien el padrecito maldijo, estrechas la mano del dictador negro. Miras al mar, la sangre lo enrojecerá. El pequeño zar muere asesinado en su cubil”.
La referencia a Stalin que pactó con Hitler, es bien clara y sobre su muerte se ha especulado insistentemente que se debió a un complot de sus enemigos. Concretamente, el que fuera mano derecha, Beira, presumió ante el Politburó que él había envenenado al dictador.
También hizo alusiones a que la Iglesia olvidaría su corazón latino, en clara alusión al nombramiento de un papa no italiano, cosa que no ocurría desde 1523 y que se interrumpió con el nombramiento de Carol Wojtyla, Juan Pablo II en 1978.
Hizo también vaticinios sobre la bomba atómica, de la que dijo: “La gran arma estallará en oriente, produciendo llagas eternas… Vendrán entonces tiempos de paz y el nombre de Albert se inscribirá en la lápida.”
Tuvo también premoniciones para los hermanos Kennedy cuando dijo: “Caerá el presidente y caerá el hermano. Entre los dos el cadáver de la estrella inocente. Preguntad a la primera dama negra y al hombre que la llevará al altar en la isla.”
Realmente es escalofriante, pues en pocas profecías se establecen pautas tan claras como las que se encuentran esta relación, que es mucho más larga, pues pronosticó la muerte de Ghandi, la guerra de Vietnam.

Según la documentación manejada por Carpi todo l relatado anteriormente es absolutamente cierto, pero cabe siempre un resquicio para la duda y es que todo se hace público en 1976, cuando ha acontecido todo, menos el nombramiento del Papa Juan Pablo II.