viernes, 18 de enero de 2019

UN ARTILLERO CIENTÍFICO





Por el Tratado de Tordesillas, firmado en 1494, España y Portugal llegaron a un acuerdo sobre la forma de repartirse el recién descubierto continente americano, pero los límites, las fronteras entre los dominios coloniales de ambos países no se delimitaron, había tanto territorio para cada país que bien poco importaba colocar la división millas allá o acá.
Hubieron de pasar más de dos siglos hasta que ambos países firmaran el Tratado de San Ildefonso, en 1777 en el que España cedió parte de los territorios que había ocupado en Brasil y recibió a cambio parte del actual estado de Uruguay y las islas de Annobon y Fernando Poó, situadas frente a Guinea Ecuatorial, y a su vez se estableció la conveniencia de llevar a cabo las delimitaciones exactas de los territorios correspondientes a cada país, mediante la creación de una línea fronteriza de  manera definitiva.
En consecuencia, las Cortes de Madrid y Lisboa aprobaron una Real Instrucción por la que se encomendaba al virrey de Río de la Plata la dirección del proyecto de trazar la frontera definitiva entre los territorios del Brasil y el Virreinato, que sería ejecutado por técnicos de ambos países designados al efecto.
Las cosas de palacio van despacio y en aquellos tiempos mucho más, así que hasta 1784 no se iniciaron los trabajos que se dejaron en 1790 sin finalizar hasta el día de hoy.
Ambos países designaron a sus comisionados y por parte de España este nombramiento recayó en un personaje notable tanto en la milicia, o la ingeniería como en las ciencias naturales y tremendamente desconocido a pesar de su enorme aportación científica: Félix de Azara y Perera.
Había nacido en 1742 en la provincia de Huesca, sexto hijo de una familia acomodada de la baja nobleza aragonesa, en la que todos destacaron en diferentes ramas, tanto religiosa como civil, militar y judicial.
Criado en un entorno amante de la cultura su educación fue dirigida hacia la ilustración, con la que el joven estaba entusiasmado, dada su sed de conocimientos y su innata curiosidad.
Con solo once años empezó su formación académica en la universidad de Huesca, en donde permaneció cuatro años, al final de los cuales optó por la carrera militar, pues solamente en las academias militares se estudiaban las ramas de ciencia, mientras las universidades seguían ancladas en la enseñanza de las humanidades.
Así, con su buena formación y con dieciséis años comenzó su carrera militar en el Colegio de Artillería de Segovia y seis años después fue nombrado cadete del Regimiento de Artillería de Galicia.
Pero más que el castrense, su afán era continuar sus conocimientos en ciencias y matemáticas, por lo que solicitó ingresar en una de las escuelas más prestigiosas de la época, la Real y Militar Academia de Matemáticas de Barcelona, en donde estuvo dos años con buen aprovechamiento teórico, pero mediocre en lo práctico y el dibujo, según consta en su expediente académico.
Con veinticinco años era ingeniero militar y comenzó a desarrollar su labor en Cataluña realizando obras de reconstrucción de fortificaciones, correcciones hidrográficas y otras obras militares.
Pero su dedicación a la ingeniería no le hizo desdeñar su espíritu militar y con treinta y tres años participó en la expedición contra Argel, que tenía por misión demostrar al sultán la capacidad del ejército español para defender sus plazas del norte de África y que terminó de forma desastrosa.
Nada más desembarcar, Félix fue herido y dado por muerto en la misma playa, pero el atrevimiento de un marinero de sacarle la bala que tenía incrustada en el pecho, los cuidados de un amigo y una larga temporada de convalecencia, permitieron que tras cinco años de recuperación, se pudiese incorporar a la actividad normal.
Como es natural en un espíritu con afán de aprendizaje, aquellos años fueron muy provechosos para sus conocimientos.
En 1779  es nombrado capitán de Infantería e Ingeniero Extraordinario y un año después es ascendido a teniente coronel, con destino en Guipúzcoa.
Allí permaneció hasta que es nombrado por la comisión de límites española, como agregado a la marina de guerra, recibiendo en 1781 la orden de presentarse en Lisboa ante el embajador español que coordinaba la formación de la comisión conjunta que había de desplazarse hasta Montevideo, desde donde iniciarían los trabajos sobre las lindes.
Permaneció en tierras americanas durante veinte años, sin regresar a España en  ningún momento aunque durante ese largo periodo solicitó el relevo en varias ocasiones, pero no fue atendido.

Azara, un personaje importante pintado por Goya

Durante su estancia en tierras de Uruguay, Paraguay, Argentina y Brasil, había muchas etapas en la que se suspendía el trabajo y a veces éstas duraban meses e incluso años, durante los cuales Félix de Azara aprovechaba ventajosamente el tiempo, despertándose su vocación de naturalista, disciplina en la destacó sobremanera.
Ya había escrito un libro que lleva por título Geografía física y esférica y decidió ampliar el contenido con observaciones sobre aves y cuadrúpedos de las zonas cuyas fronteras estaba delimitando y así, a veces solo, a veces escasamente acompañado, con pocas vituallas y equipaje y sí algunas baratijas, para ganarse las simpatías de los nativos, recorría los parajes selváticos de la región, observando, analizando y clasificando aves y cuadrúpedos.
Su formación como científico le hizo proceder con muchísimo método en el registro de las diferentes especies que iba catalogando de las que hizo una clasificación muy acertada.
En aquella época, existía una tendencia general a creer que todas las especies animales de América eran producto de una degeneración general sufrida por el aislamiento al que había sido sometida aquella tierra, y que era consecuencia de las aseveraciones que el naturalista francés, marqués de Buffon, había reflejado en su extensísima obra Historia natural, general y particular, compuesta por treinta y seis tomos y ocho volúmenes adicionales que fue durante años la piedra angular en la que descansaron todas las investigaciones sobre la naturaleza.
Dejando de lado y por supuesto, los amplios conocimientos del marqués de Buffon, así como su capacidad de divulgación, Azara, que había estudiado parte de sus obras en profundidad, empezó a ver claro que los estudios del científico francés contenían fallos importantes pues demostraba que no conocía un gran número de especies americanas, se basaba en exámenes de animales o bien disecados y en mala conservación, o trasladados a Europa en muy malas condiciones, lo que podía hacer pensar que se estaba ante especies que degeneraban de sus primitivos caracteres. Pero la observación directa y en vivo de innumerables especies a las que estudió, describió, diferenció por sexos y catalogó, vinieron a demostrar que el francés estaba en un error, detectando además otra notable deficiencia y es que no conocía el ambiente natural en el que se desarrollaba la vida de aquellos animales y sobre el que Azara aportó innumerables datos.
En consecuencia, la publicación de sus trabajos, en los que además de las descripciones, vertía sus opiniones relacionadas con la evolución de aquellas especies,  aportó a la comunidad científica un material de observación y consulta de primer orden que tuvo la virtud de enfrentar las tesis comúnmente aceptadas a las nuevas informaciones que el español incorporaba.
Lo más importante de las aportaciones de Azara son precisamente las relacionadas con las evoluciones que las diferentes especies han venido observando a través de los tiempos, formulando una teoría sobre la herencia genética que es muy similar a la que Charles Darwin formularía muchos años después y que actualmente con algunas reticencias, está completamente aceptada.
La aportación fundamental de este destacado científico fueron sus observaciones personales ante mutaciones apreciadas en diferentes animales en las que proponía que existen causas de carácter interno que pueden explicar esas mutaciones, que es en definitiva lo que se contiene en la teoría de la evolución de las especies. Apreciaba que en el ser vivo existe la posibilidad de cambiar, aunque no comprendía ni sabía explicar cuales eran los mecanismos por los que se producían esos cambios, esa evolución.
Solamente por haberse adelantado a Darwin, Azara debería tener un mayor reconocimiento, pero es que además, el militar metido a estudioso, destacó como filósofo, historiador, literato y por supuesto en lo que fue su inicial dedicación de ingeniero.
Regresó a la Madre Patria cuando tenía cincuenta y nueve años e inmediatamente fue acogido por muchas sociedades científicas españolas y francesas y recibido con honores en el Museo de Historia Natural.
En 1803 rechazó el ofrecimiento del Virreinato de Nueva España que comprendía toda América Central, parte importante de Estados Unidos, las Antillas y Filipinas.
Murió en su pueblo natal, Barbuñales, el veintiséis de octubre de 1821 y sus restos mortales se encuentran en la catedral de Huesca, donde es medianamente reconocido, no así en su país ni en las tierras que tan profundamente estudió.
Una última curiosidad, antes de marchar a las Américas sufría unos continuos episodios de dolor abdominal con malestar general, persistente e intenso, lo que le hizo consultar con un médico de su entorno, el cual tras el somero examen al que lo sometió y un análisis de la dieta que observaba le recomendó que no comiese pan ni otros alimentos elaborados con harina. Desde que inició la nueva dieta desaparecieron las molestias. Evidentemente se trataba de un enfermo celíaco detectado por el médico que lo atendió que demostró así un magnífico ojo clínico, pues la enfermedad celíaca no fue descrita en medicina hasta finales del siglo XIX.

viernes, 11 de enero de 2019

¡QUÉ BONITA ES LA IGNORANCIA!





Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro, dijo Descartes, el filósofo y matemático francés y  se pasó muy de largo.
Yo reduciría esa mitad ignorada a una décima e incluso una centésima parte de lo que desconozco: ¡es tanto! Con esto acepto mi ignorancia, lo que me parece que no deja de ser una actitud positiva, escasa en el género humano, pero mejor que no reconocerla.
Cierto que el desconocimiento se nota mucho más en unas personas que en otras. Si se es discreto y no se tiene afán de destacar nada más que en aquello en que uno se siente seguro, muchas personas conseguirán recorrer toda su vida sin haber demostrado su ignorancia. Pero si descollar en todo es la premisa fundamental de nuestra orientación en la vida, es seguro que la ignorancia saldrá a relucir mas pronto que tarde.
El problema no está en no saber, sino en no querer saber que se es un ignorante.
Sólo sé que no sé nada, dijo Sócrates en un alarde de inteligencia, cuando era uno de los hombres más sabios de su tiempo y de muchos tiempos, anteriores y posteriores.
En la actualidad y en una sociedad tan tecnificada como la que nos ha tocado vivir, el saber es esencial. Estamos en la era del conocimiento y se avanza en ese campo como nunca a lo largo de la historia.
Prácticamente tomas las ramas en las que se diversifica el árbol social, están impregnadas por el conocimiento. Saber cada vez más es un reto para todos los habitantes del mundo.
Bueno, para todos no; a los políticos parece que no les importa tanto el saber como el aparentar. Es mucho más importante fingir que se sabe y asegurar en sus currículums que se tienen tales o cuales títulos o que se han cursado estudios de cualquier cosa, aunque la realidad sea otra muy contraria. Se puede falsificar un postgrado o una tesis y no pasa nada. Incluso te pueden regalar los títulos. Se ignora casi todo y no pasa nada. Se demuestra constantemente la falta de conocimientos y no pasa nada y así ocurre que esa deficiencia, su escasa preparación, les empuja a continuar en política pase lo que pase. No tienen otra forma de seguir adelante con sus vidas, cuyo nivel quieren conservar.
No abren la boca para nada y cuando la abren hubiera sido mejor dejarla cerrada. Calientan el escaño, y pulsan un botón cuando se lo piden, sin plantearse si lo que está haciendo es lo correcto en conciencia.
Es necesario volver a los clásicos, a Sócrates y su discípulo Platón, hombre sabio donde los haya, el cual comenta en sus escritos que siendo joven, pensó, como otros de su tiempo, dedicarse a la política y explica las vicisitudes por las que hubo de pasar cuando los “Treinta Tiranos” impuestos por la ciudad enemiga de Esparta, se apoderaron del gobierno de Atenas.
Como quiera que algunos de aquellos mandatarios eran conocidos del filósofo, le solicitaron que colaborase con el nuevo gobierno, ya que dadas sus aptitudes personales y sus profundos conocimientos podría ser una persona muy válida para la sociedad y el propio gobierno. Hoy se vería como un “independiente” incrustado en el ejecutivo.
Pensaba Platón que aquellos gobernantes iban a sacar a la ciudad del régimen de vida injusto en que se encontraba anteriormente y la llevarían a un orden mejor, así que, fiel a sus ideas y principios, decidió colaborar con los Tiranos, por ver si lo conseguían.
Busto de Platón

Para su sorpresa pudo apreciar que en poco tiempo habían hecho parecer bueno al régimen anterior, como si de una edad de oro se tratara.
Y narra el insigne sabio que aquellos tiranos desalmados cometían tropelías de grueso calibre, una de las cuales fue la de enviar a Sócrates, ya anciano, pero siempre prestigioso y del que Platón era un devoto amigo, a que prendiera a un ciudadano para conducirle a la ejecución por la fuerza.
Tenían los gobernantes suficientes resortes para cumplir aquel mandato sin recurrir a la bajeza de utilizar a Sócrates en sus escarnios, pero deseaban la implicación del viejo filósofo para que se viera mezclado en el crimen.
El protagonista de esta historia consideraba a su viejo profesor como el hombre más justo de su tiempo, el cual, a riesgo de sufrir innumerables represalias y castigos, no accedió a ser cómplice de semejante ignominia.
Aquello pesó enormemente en la conciencia de Platón, al que otras indignidades similares provocaron tal repulsión que se abstuvo de colaborar con los Treinta.
Poco tiempo después cayó la nefasta tiranía y todo su sistema y los exiliados del régimen que durante aquel periodo se había visto obligados a alejarse del poder de aquellos indeseables, regresaron a Atenas y accedieron al gobierno de la polis, en una forma de alternancia muy común en política. También éstos se acercaron a Platón con ánimo de hacerle colaborar con ellos y nuevamente el filósofo sintió la tentación de aportar su capacidad y conocimientos a un régimen que parecía una regeneración del anterior y se mostraba respetuoso y moderado con los ciudadanos.
Pero era todo apariencia y algunos de los que se habían alzado con el poder de la ciudad, llevaron a Sócrates a los tribunales bajo absurdas acusaciones de impiedad y de corrupción de la juventud y hasta hicieron beber la cicuta a aquel que había sido capaz de enfrentarse al inmenso poder de la tiranía, mientras que los que le acusaban, vivían tranquilamente en sus destierros dorados.

Cuadro La muerte de Sócrates, de J.L. David

Cuando Platón comprobó el comportamiento de aquellos hombres que ejercían el poder público y conforme había ido madurando en edad y conocimientos, comprendió que le era imposible colaborar con un régimen que ya no respetaba las costumbres y prácticas de los antepasados cuando para él, como a la mayoría de sus conciudadanos, le resultaba imposible adquirir otras nuevas, tan distintas a las que les habían enseñado y que tan caladas estaban en la sociedad ateniense.
Las leyes se iban corrompiendo y su número crecía con extraordinaria rapidez y a pesar de su afán de dedicarse a la vida pública con intención de introducir algunas mejoras, declinó todos los ofrecimientos que casi permanentemente venía recibiendo.
Lamentablemente, el sabio terminó por adquirir el convencimiento de que todos los Estados están mal gobernados, sin excepción y empezó a reconocer que de la verdadera filosofía depende el tener una visión total de lo justo, tanto en el orden privado como en el público y no cesarán los males del género humano hasta que no sean recta y verdaderamente filósofos los que ocupen los cargos públicos.
Hay que trasladar el concepto que tenía Platón de la filosofía, que es el concepto clásico, a otro muy distinto que es lo que en la actualidad se entiende por tal. Ahora parece que los filósofos no se ocupan nada más que del pensamiento, de la ética y poco mas, pero para la antigua Grecia el significado exacto de filosofía es amor al conocimiento y ese conocimiento comprendía todas las ramas del saber, sin excepción.
Platón creó una escuela llamada Academia (de donde toman nombre las escuelas actuales), en la que estudió su discípulo Aristóteles, otro gran sabio griego que abarcó notables conocimientos en todas las áreas del saber.
Queda claro que era un hombre de profundos conocimientos en todos los campos y ahí están sus escritos, sus Diálogos, sobre ética, antropología, metafísica, cosmogonía, lenguaje, educación y tantísimos temas más.
Su conocimiento, su sabiduría, le hizo comprender que no se podía dedicar a la política al lado de aquellos energúmenos que no respetaban nada por tal de seguir afincados en el poder, por mucho que le apeteciera hacerlo.
Lástima que la falta de conocimientos actuales impulsen a los seres humanos a ir en la dirección contraria y optar por dedicarse a la política precisamente por el escaso bagaje intelectual que les acompaña. Se ingresa en un partido desde joven y no hace falta destacar mucho en nada, solamente perseverar y el propio partido te irá ascendiendo hasta que te ofrezcan un carguito, o te postules para él. Luego todo ha de venir rodado y si tienes facilidad para hablar o poder de convicción, el éxito está asegurado. No hace falta que sepas de nada, ni poco ni mucho, te aprendes lo que tienes que decir y lo sueltas las veces que haga falta.
Al principio de la democracia a un amigo, hombre ya maduro y muy bien preparado, le ofrecieron militar en un partido. Él se resistía bajo el argumento de su escasa preparación política y el que trataba de convencerlo le dijo: por eso no te preocupes, aquí los que sepamos leer y escribir llegaremos arriba.
Así es la ignorancia, atrevida e irresponsable que impulsa a acometer tareas sin estar preparado. Solamente las personas con formación, con conocimientos, son capaces de negarse a participar en actividades para las que no se está adecuadamente formado, o con las que no pueden identificarse, por más que la tentación sea mucha y muy fuerte.
No sé si se verá algún paralelismo entre lo escrito y la política actual, pero en ese caso es únicamente producto de la imaginación del lector.

viernes, 4 de enero de 2019

UN DESCUBRIMIENTO INQUIETANTE





Desde hace ya muchas décadas, a raíz de despertarse el interés general por preservar el patrimonio arqueológico, las empresas de construcción o de movimientos de tierra en general, han venido sufriendo un verdadero problema cada vez que se topan con yacimientos antiguos, lo que les obliga a parar las obras de inmediato, dar conocimiento a los respectivos organismos competentes y esperar a que los técnicos correspondientes decidan qué hacer con el hallazgo.
Eso, en una ciudad cómo Cádiz, cuyo subsuelo es historia pura, supone que cada vez que se clava la piqueta en la tierra te puedes estar buscando una ruina. Por eso, en muchas ocasiones se ha obviado o tapado el hallazgo y se ha seguido la obra con desprecio absoluto hacia la historia, pero en una situación comprensible. Ha habido obras que se han parado por años, incluso para siempre, por encontrar un yacimiento arqueológico importante.
Por eso, en el año 1974, la empresa minera inglesa que explotaba unas minas al aire libre en Riotinto, provincia de Huelva, de las que extraía principalmente cobre en un paraje que actualmente se conoce como “Llano de los Tesoros”, cuando realizaba unos movimientos de tierra para abrir nuevas vías de extracción, adoptó la irresponsable medida de tapar y seguir trabajando cuando una potente excavadora tropezó con una roca que sellaba una cueva, en cuyo interior aparecieron huesos, cerámicas, armas, abalorios y lo más enigmático, más de un centenar de esculturas que representaban bustos humanos.

Vista general de las minas de Riotinto

Los responsables de la empresa dispusieron que inmediatamente todo aquel material se tratara como escombros y que fuese vertido lejos del lugar, para evitar que la intervención de la administración paralizase las obras.
Pero unos empleados recogieron parte de las esculturas de los bustos y en vez de tirarlas las ocultaron en un camión que luego cubrieron de tierra y la trasladaron a una finca de la provincia de Córdoba en donde las ocultaron.
Es indudable que conocían el valor arqueológico del hallazgo, pero también es más que probable que pensaran en otra clase de valor que aquellas piezas le podían reportar.
Un tiempo después, un reconocido arqueólogo y geólogo a quien probablemente recurrirían en demanda de información, se hizo cargo de aquellas esculturas y las trasladó a un pueblo de la provincia llamado Torrecampo, desde el que se hizo público el fenomenal hallazgo.
Inmediatamente los departamentos universitarios relacionados con esta materia, mostraron su interés en examinar dichas esculturas, siendo los correspondientes a las universidades de Córdoba y Granada los que realizaron las primeras y más importantes pruebas.
Lo más sorprendente, a simple vista, es que las esculturas pertenecen a hombres de razas diversas, como se aprecia por sus rasgos generales muy marcados y presentan una colección de “humanos, homínidos y humanoides” procedentes de muy diversas partes de nuestro planeta.

Dos bustos pertenecientes a diferentes razas

Hay bustos humanos de aspecto europeo, caucásico, pero también de rasgos negroides, mongoles o amerindios, todos tallados con realismo y mucha aproximación a lo que el artista estaba observando. Es decir, un compendio de razas, parte de las cuales_ aquellos artistas no deberían conocer.
Y algo que es aún más inquietante, unas extrañas caras de rostro triangular, ojos oblicuos y boca muy pequeña.
Las piezas fueron sometidas seguidamente a diferentes exámenes de orden técnico: Difracción de Rayos X, espectroscopia, etc., concluyéndose que las rocas utilizadas procedían de una misma cantera formada en el mioceno superior, una etapa de la Tierra que comprende entre veintitrés y cinco millones de años antes de nuestra era y en el que se terminaron de formar cordilleras como Los Pirineos o el Himalaya. Para más concreción esas canteras estaban ubicadas en la zona de Niebla, un pueblo entre Huelva y las Minas de Riotinto, el lugar del hallazgo.
Después de detallar exhaustivamente su composición, su morfología y sus características se concluyó que procedían de una necrópolis de más de ¡once mil años de antigüedad!
Evidentemente el hallazgo es desconcertante, por lo menos para lo que la ciencia moderna propugna como verdadero.
En primer lugar hay que considerar que para los estudiosos de las edades del hombre, el periodo más cercano en donde empieza a apreciarse la construcción de herramientas o armas de una cierta factura, es en el Neolítico, un periodo que comenzó hace diez mil años, por lo que el yacimiento encontrado, con evidentes signos de una cultura mucho más avanzada, es mil años más antiguo.
La misma ortodoxia histórica nos habla del enigmático pueblo de Tartessos  que bajo el reinado del mítico rey Habis, había conocido la escritura, pues cuentan antiguos historiadores como Estrabón que poseían leyes escritas con más de seis mil años de antigüedad. Precisamente Tartessos se ubica en la zona de la que estamos hablando, pero en el caso de que fueran los autores de las esculturas, tendrían que haberse asentado casi cuatro mil años antes de lo que se les supone.
Indudablemente un pueblo al que se atribuyen avances de la civilización tan importantes como la agricultura y la apicultura, podría ser capaz de desarrollar una sensibilidad escultórica como la que nos muestran estas estatuas, pero siguen sin haber una explicación lógica a que aparezca un Australopitecus junto a un Neandertal.
Una ciencia tan especulativa como es la arqueología tiende a dar explicación a casi todo y así se ha teorizado sobre la importancia que el lugar del hallazgo tenía en la más remota antigüedad.
Evidentemente las minas de Riotinto, de las que se extraía oro, plata, cobre y otros metales muy apreciados, eran conocidas en todo lo que podríamos llamar “mundo civilizado” de hace diez siglos, pues hay constancia de que tanto en Mesopotamia como en el Alto Egipto apreciaban los metales extraídos de ellas y más tarde los fenicios comerciaron abiertamente con toda la zona, en la que se establecieron de manera permanente, pero eso fue cinco siglos después de que se hubieran esculpido aquellos bustos.
Quinientos años son muchos aunque es posible que en el lento y monótono discurrir de aquellos tiempos hubieran pasado siglos desde que se descubrieron las minas y se inició el comercio, hasta que los pueblos se asentaron allí de forma más estable. En ese caso los escultores podrían ser de Tartessos, apoyados por fenicios que como dominadores del Mar Mediterráneo trasladaban los minerales hacia todos los confines y a su vez traían mano de obra para trabajar en las minas.
Una cosa como la que ocurre en la actualidad: movimientos de personas que justificaría que los tartessios conocieran las razas negras y asiáticas.
Más difícil es que ante un escultor se hubiese sentado un “homínido” que posara para él, mientras esculpía su rostro en una piedra, porque hace once mil años los homínidos estaban extintos o ¿es posible que en algún rincón del África negra o en el corazón de Asia existieran, desgajados del resto de los que habían evolucionado hasta humanos, unos vestigios de aquella fase de nuestra evolución?
Lo mismo ocurriría con los Neandertales pero ¿y los amerindios? ¿Cómo llegaron los tartesios a conocer y esculpir aquella raza? Y ¿quiénes eran los de cabeza triangular?
No hay nada claro, pero es más que probable que la historia haya que reescribirla y que lo que hasta ahora se ha afirmado como ortodoxia, no sea nada más que una teoría y que antes de nuestra civilización, muchos miles de años antes, existieran otras civilizaciones que por alguna razón que no conocemos se extinguieron y cuyos vestigios aún no han aparecido.
Eso es más que probable, porque está comprobado, que existe una tendencia desde la más remota antigüedad de que las diferentes civilizaciones fueran a ocupar  asentamientos antiguos, por lo que es posible que excavando mucho más profundamente de lo que se ha hecho hasta ahora, para descubrir culturas de diez mil años, nos encontremos con sorpresas que vengan a corroborar la desaparición de civilizaciones muy anteriores y que llegaron a alcanzar un alto grado de conocimientos.
Una de esas podría ser la de la mítica Atlántida, cuyo verdadero asentamiento sigue siendo un enigma, lo mismo que su propia existencia.
Quizás fueran los atlantes los escultores de aquellas cabezas.
Las esculturas se encuentran en la Casa-Museo “Posada del Moro”, de Torrecampo, en donde hasta hace poco tiempo no se podían visitar ni fotografiar, lo que ha privado de sacar a la luz tan enigmático descubrimiento que, como siempre, la ortodoxia estará dispuesta a ocultar a costa de lo que sea, incluso de privarnos del verdadero conocimiento.