viernes, 8 de febrero de 2019

LA INFANTA EULALIA




Pocas veces la historia se ha ocupado tan escasamente de una familia real española. Cierto que la familia era lo suficientemente atípica como para que no produjera el más mínimo interés.
La infanta Eulalia fue la última de esa familia; hija de Isabel II, la reina promiscua casada con un homosexual reconocido y aceptado que tuvo numerosos descendientes, todos ellos fruto de su poco común furor vaginal y su escasa moral.
Claro que en aquellos tiempos decir reina era como decir hago lo que me da la gana y me paso por las entrepiernas a todo el que me gusta.
Su esposo, Francisco de Asís de Borbón, mariquita impenitente, era conocido popularmente como “Paquita” y según la propia esposa, la noche de bodas no solamente llevaba más encajes que su dama, sino que no fue capaz de consumar el sacramento.
Formaron una pareja extraña que es de todos conocido, pero lo que no es tan sabido es que incluso llegaron a compartir un mismo amante.
Así como suena; hubo un individuo que se acostaba con la reina y con el rey.
Se trataba de Antonio Ramos de Meneses que se hacía llamar conde de Meneses, un oscuro individuo de los que se decía “de fortuna”, natural de Morón de la Frontera e hijo de un boticario, supuestamente bien situado.
Muy joven se dedicó a viajar y así apareció en Cádiz, frecuentando “timbas” y garitos de mala nota y en donde conoció a una enigmática mujer sobre la que existe un halo de misterio.
Se llamaba Blanca Mastai, era italiana, muy bella y muy rica que viajaba en carruaje propio y con doncella, signo muy evidente de poderío económico. Nadie sabía exactamente a qué debía su fortuna, pero ciertamente trataba con asiduidad con banqueros españoles y a la que, por identidad con el apellido del papa Pío IX (Mastai Ferreti), se la relacionaba con  él.
El joven Meneses que era de buen porte, enamoró a la bella italiana con la que contrajo matrimonio.
La buena relación de Blanca con las esferas de poder económico y con la aristocracia, introdujeron a Meneses en la corte en la que ella se movía con desenvoltura y explotando su belleza y sus dineros, conseguía amistades de mucho postín.
Pero los vuelos de la italiana debían de ir mucho más allá que cargar con un atractivo y simpático “muerto de hambre” y el matrimonio duró poco, eso sí, ella le dejó el riñón bien cubierto y la puerta abierta de unas magníficas relaciones cortesanas. Así conoció a un sevillano como él, José Luís Sartorios, conde de San Luís que lo introdujo en el círculo íntimo del rey, el cual quedó prendado del guapo andaluz y lo metió en su cuarto.
Entre ellos se trabó una amistad que duró toda la vida y con el que se asoció en varias entidades mercantiles, como la que explotaba los nuevos cementerios que se construyeron en Madrid y en otras grandes capitales.
Entre medio, la reina, ardiente y caprichosa, puso los ojos en el Meneses que, no haciendo ascos a nada, también pasó por sus habitaciones.
La reina Isabel II tuvo varios abortos y doce partos, de ellos el primero fue un varón que nació muerto, el quinto una niña prematura que falleció al día siguiente de nacer, el sexto otro varón que también nació muerto y el duodécimo, otro varón que falleció a las pocas semanas.
Eso colocó a la infanta Eulalia, fruto del décimo primer parto, como la infanta más joven.
De los doce embarazos y abortos de la reina, su marido, “Paquita”, no tuvo nada que ver y sí la larga colección de amantes que pasaron por su dormitorio y de los que alguno, se ha conseguido relacionar con un hijo concreto, como es el caso de Enrique Puigmoltó, al que se atribuye la paternidad del futuro rey Alfonso XII.
Lo mismo sucede con algún otro de los hijos, pero en el caso de la infanta Eulalia, nacida en 1864, no se tiene constancia cierta acerca de su paternidad, si bien ella misma confesó en cierta ocasión que su amor por el mar le venía de herencia de su padre, un marino.
Con cuatro años tuvo que salir de España, cuando su madre fue derrocada por la revolución llamada “La Gloriosa”, que trajo, primero, un rey de pacotilla y luego la Primera República, para acabar con el golpe de estado del general Pavía y la restauración monárquica en la persona de Alfonso, su hermano mayor. Durante el exilio la familia se instaló en París, donde la joven infanta recibió una educación esmerada y en donde permaneció hasta unos años después de que su hermano ocupase el trono.
Sus relaciones con el resto de la familia real no fueron nunca buenas, pero sobre todo tenía constantes enfrentamientos con su hermana Isabel, a la que el pueblo madrileño puso el apodo de “La Chata”, la cual había adoptado el papel de reina consorte que no le correspondía en absoluto y que Eulalia no aceptaba.

La Infanta Eulalia, una mujer atractiva

En 1878 murió la primera esposa de Alfonso XII sin descendencia y se volvió a casar, esta vez con María Cristina de Habsburgo y aunque quedó embarazada muy pronto parió dos hembras y la realeza estaba inquieta pues quería asegurarse un descendiente varón.
Cuando por fin llegó el varón, Alfonso XIII, su padre ya había fallecido, así que fue rey desde el mismo momento de su nacimiento.
Pero Eulalia continuaba soltera y el trono no estaba asegurado, por lo que la obligaron a casarse, cosa que hizo con su primo Antonio de Orleans y Borbón, un cabeza loca, aficionado al juego, las mujeres y la vida disoluta que llevó el matrimonio a un hundimiento casi inmediato, a lo que ella también colaboró pues la fidelidad tampoco era una de sus grandes dotes.
Antonio de Orleans mantenía una relación sentimental fija con una bellísima mujer conocida como “Carmela”, de baja extracción social que había llegado, por méritos de su físico, a convertirse en amante de importantes personalidades españolas hasta que terminó en los brazos de Antonio y Antonio casi terminó con su fortuna personal y la de su esposa por contentar los desmedidos deseos de “Carmela”.
En vista de cómo estaban las cosas en la familia, Alfonso XIII decidió enviar a sus tíos a tierras extrañas en viaje mitad de recreo, mitad diplomático y recalaron en Cuba y posteriormente en Chicago.
Estando en La Habana, al abrir Eulalia la valija del correo, descubrió una carta dirigida a su marido y firmada por la tal “Carmela”. Tras el viaje, la infanta puso tierra de por medio con su esposo y se marchó a París, mientras Antonio hacía ostentación de su querida a la que paseaba en carruajes y que empezó a ser conocida como la Infantona .
Eulalia, con treinta y dos años, en contra de toda la corte, logró obtener el primer divorcio de toda la aristocracia europea del momento.
No quedó la valentía de la infanta en eso solamente, muchísimo mejor preparada intelectualmente, más culta y con dotes naturales hacia la escritura, en 1911 publicó un primer libro en francés: “Al hilo de la vida” (Au fil de la vie) firmado con el pseudónimo de Duquesa de Ávila, unas memorias que provocaron un enorme revuelo en la corte española que prohibió su publicación en España.
Cuatro años más tarde publico en inglés “La vida en la corte desde dentro”, otro escandalazo y en 1925 apareció un nuevo libro: “Cortes y países tras la Guerra”.
Cinco años más tarde publicó unas “Memorias” plagada de recuerdos y experiencias personales.
Por último, en 1946, cuando ya residía en España, publicó su obra más polémica: “Para la mujer”, donde están reflejadas sus ideas feministas.
Tras la guerra civil se postuló como partidaria de Franco y se instaló en Irún, dada su proximidad con Francia, a donde pasaba casi a diario.
Fue allí donde confesó que le encantaba el mar, que sosegaba su espíritu y que esa era herencia de su padre, marino de vocación, pero no desveló nunca la identidad de éste, permaneciendo siempre como hija del marido de su madre, el consorte Francisco de Asís.
Es indudable que Eulalia no fue una infanta al uso, si bien sacó de su madre la pasión por los hombres, llenando su vida de amantes, es también innegable que de su padre debió recibir algo más que su amor al mar.
La realeza española y la de otros muchos países han dejado escritas algunas cartas y algún pensamiento aislado, pero una copiosa obra literaria es realmente inusual y mucho más, plasmar en ella hasta los sentimientos más íntimos, como declararse abiertamente feminista en una sociedad donde el machismo y el patriarcado llegaba a las últimas consecuencias.
Aunque se han escrito algunos trabajos sobre la persona y la personalidad de  la infanta Eulalia, creo que no se ha divulgado suficientemente la singularidad de esta “tía tatarabuela” de nuestro actual soberano.

viernes, 1 de febrero de 2019

LAS NAVES DEL ARTE RUPESTRE





El sur peninsular es un verdadero semillero de expresiones culturales prehistóricas. Desgraciadamente no se ha prestado mucha atención dada las enormes dificultades de todo tipo que se presentan a la hora de estudiar un yacimiento arqueológico o una cueva plagada de arte rupestre.
En el año 1978 un vecino de Jimena de la Frontera, localidad encuadrada en el Parque Natural de Los Alcornocales, en la provincia de Cádiz y a unos cincuenta kilómetros de Algeciras, comunicaba a las autoridades de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía el descubrimiento de una cueva dentro de su término municipal, cuyo interior contenía numerosas pinturas que podrían pertenecer al arte rupestre.
En la actualidad la cueva se encuentra cerrada, como ocurre con muchas otras que son lugares de expresión de tan antiguo arte y que la presencia de visitantes deteriora considerablemente, por lo que para preservarlas se clausuran, así que no es posible su visita.
Según muy recientes estudios, conjuntamente con las pinturas, la cueva presenta otras características que muy bien pudieran indicar que era utilizada como observatorio astronómico pues además de su ubicación, en su interior se encontró representada una figura que claramente es el Sol.
En efecto, la cueva está orientada al este, lugar por donde sale el Sol y delante de la línea de salida del astro, formando el horizonte, una suave cordillera con varios picos montañosos muy bien delimitados. Desde la puerta de la cueva se puede observar la salida del astro todos los días del año y ver cómo el punto de salida se va desplazando desde el este hacia el norte, según avanzan las estaciones. Esto hace pensar a los científicos que los habitantes de la zona usaban la cueva para esperar la salida del sol y observar el punto exacto por el que lo hacía y de esa manera tener una idea del desarrollo de las estaciones, fijando los dos puntos fundamentales: el equinoccio, aquel en el que el día es igual a la noche y el solsticio, cuando el día es el más largo o el más corto.
Ambos momentos se repiten a lo largo de todos los años en primavera y otoño y en verano e invierno, marcando la entrada de las cuatro estaciones.
Estas son cosas que en la actualidad no parecen preocupar demasiado a las sociedades, cuya inmensa mayoría vive completamente desinteresada por el fenómeno pero en épocas prehistóricas fueron de tanto interés que no ha habido civilización que se precie que no haya levantado monumentos, observatorios o santuarios destinados exclusivamente a comprobar los cuatro momentos solares antes mencionados.
Pero esta cueva, que se conoce por el nombre “La Laja Alta”, fue estudiada en profundidad por sus pinturas rupestres, ya que no se encontró vestigio alguno sobre un calendario solar, aunque si apareció una piedra tallada que hace suponer fuera referida a los ciclos de la Luna. La cueva fue descrita como de pequeñas dimensiones, situada en una zona muy escarpada, de difícil acceso y que sirviera de refugio a un grupo de personas no muy numeroso entre los que destacaría el “artista” capaz de reflejar en sus paredes las maravillosas escenas que sorprenden a los estudiosos.
Y es que, a una considerable distancia del mar, el pintor rupestre, además de las pinturas esquemáticas que ilustran las numerosas cuevas que se han estudiado: animales, cazadores o jinetes, dibujó con extraordinaria precisión escenas de pesca en barco y naves propulsadas a remo y vela.
Desde lo alto del risco en el que se encuentra la cueva, en días claros se puede apreciar, muy de lejos, la bahía de Algeciras, con el Peñón de Gibraltar al fondo, pero no hay ninguna forma de poder divisar una embarcación salvo como un puntito perdido en la lámina del mar.
Por tanto el artista tuvo que bajar de su loma y caminar durante cincuenta kilómetros para poder ver de cerca los barcos que llegaban al antiquísimo puerto que existía en el fondo de saco de la Bahía de Algeciras y sobre el que muchos siglos después, los romanos construirían la ciudad de Carteia, cuya ruinas han sido muy estudiadas.
Hay en la cueva hasta ocho pinturas de embarcaciones que se encuentran en muy distinto estado de conservación, pero que aplicándose una técnica laser se han podido precisar mucho más sus detalles.

Pinturas de la cueva. A simple vista aparecen hasta seis embarcaciones

Los primeros investigadores que estudiaron la cueva y sus pinturas, propusieron que aquellas naves, por su forma, parecían naves fenicias o tartesias, pero más recientemente se han realizado estudios muy científicos sobre los trazos de pintura negra próxima a los dibujos de los barcos, empleando métodos de radiocarbono y termoluminiscencia y se ha constatado que estamos ante unas manifestaciones humanas de no menos de seis mil años de antigüedad, es decir mucho antes de que los fenicios se hubieran lanzado a comerciar por el Mediterráneo.
La certeza que arrojan estas dataciones es que han sido realizadas por dos laboratorios diferentes. En EE.UU las muestras sobre la pintura y en España las de luminiscencia y ambas coincidieron plenamente.
De ser así y todo apunta en esa dirección, estaríamos ante la primera representación de barcos propulsados por vela y remos de las que se tiene constancia ya que la siguiente representación náutica que se conoce fue hallada en Egipto y sería setecientos años más moderna.
Es decir: cuatro mil años antes de nuestra Era, ya llegaban a las costas del sur de la Península Ibérica barcos propulsados a vela y remo.
En ese momento histórico en el que nos encontramos, se está acabando el llamado Período Neolítico y las civilizaciones van a empezar a entrar en la Edad del Cobre en distintos puntos: en Mesopotamia, Creta, luego el Antiguo Egipto y más tarde Fenicia.
De Mesopotamia, Creta o Egipto no se tiene ninguna constancia de que se adentraran con sus naves en el mar, ni que tuvieran una profunda cultura marinera suficiente como para conocer los rudimentos de la navegación por alta mar.
Por tanto Fenicia, cuyo pueblo ya aparece en la Biblia como “cananeos”, sería el lugar del que procedían aquellas embarcaciones que aparecen en la Cueva de la Laja, pero resulta que de este pueblo se posee muchísima documentación perfectamente contrastada y no aparece en las orillas orientales del Mediterráneo hasta mil años después que sus supuestas naves hubieran sido pintadas en el sur de España.
Según la ciencia ortodoxa, esas pinturas no pueden ser de naves fenicias, pero entonces ¿de dónde eran aquellas embarcaciones?, ¿qué pueblo, qué civilización, las había construido?

Esquema en donde se aprecian los barcos y el sol a que se hacía referencia

Nuevamente nos encontramos ante el dilema de Tartessos, una cultura enigmática del sur de la Península de la que hablaba hace unos pocos artículos, acerca de unas esculturas de bustos humanos hallados en Minas de Riotinto.
En el libro de Ezequiel, capítulo 27, versículo 25, el escritor que está refiriéndose a la ciudad fenicia de Tiro, a la que ensalza sobremanera para predecir luego su ruina, dice: “Las naves de Tarsis, tus cuadrillas, fueron en tu negociación y fuiste llena y fuiste multiplicada en gran manera en medio de los mares.”
¡Las naves de Tarsis¡ ¿Qué era Tarsis? No hay ninguna coincidencia en ubicar, definir, o simplemente explicar de qué se trataba cuando se decía Tarsis.
Sin una certeza histórica que sitúe en el mapa dicho nombre, el tema se presta a especulaciones de todo tipo, pero Tarsis no es Tartessos, por mucho que cierta similitud ortográfica pueda hacer pensar.
Podría haber una explicación y es que al usar la palabra Tarsis el escritor no se estuviera refiriendo a un punto concreto en la costa, sino a una cualidad del lugar y así Tarsis sería el lugar en el que Salomón se proveía de toda su riqueza. Es decir, que podría significar riqueza, promisión, vergel, o cualquier otra definición de lugar de abundantes riquezas, en cuyo caso, sí que se podría referir a Tartessos, tierra riquísima en minas de oro, plata y cobre, de una cultura muy superior a la conocida en su época y que como ya mencionaba en el otro artículo, dice Estrabón que poseían leyes en verso de seis mil años de antigüedad, es decir, conocían la escritura.
Por tanto, quizás el artista rupestre de Jimena de la Frontera, a la que hasta ahora se ha identificado como una ciudad fenicia llamada Oba, viene a decirnos que tenemos que replantear la historia; que cuando él pintaba aquellos barcos ni los fenicios habían llegado ni se les esperaba hasta dentro de un milenio.
A lo mejor, la civilización no vino de Oriente, como es obligado pensar a la vista de los postulados científicos actuales, sino que naciendo aquí, en el sur de nuestra Península, se desplazó a todo el Mediterráneo.

viernes, 25 de enero de 2019

"EL ÁNGEL EXTERMINADOR"





No, no me estoy refiriendo a la famosa película de Buñuel, ni al supuesto demonio que vendrá como Anticristo para acabar con la humanidad, según el Apocalipsis, sino a una enigmática sociedad secreta creada en el siglo XIX cuyos fines eran los de devolver a la Inquisición sus antiguos poderes y preservar la fe y el dogma frente a la herejía, y las falsas creencias.
Las sociedades secretas son tan antiguas como la propia civilización. Desde siempre han corrido ideas de que el mundo era gobernado por sabios secretos, desde una caverna y que sus designios eran puestos en práctica por los peones que cumplían sus órdenes.
Hay mucha literatura al respecto y alguna con una fuente documental realmente impresionante que concluyen acerca de la verdad o falsedad de la existencia de determinadas sectas, porque su mismo secretismo hace que a veces haya sido el afán popular de justificar según qué actitudes, el que ha creado la propia conciencia popular de su existencia.
En el caso que quiero relatar se da posiblemente esta circunstancia, no lo sé, por lo que me limitaré a exponer lo que conozco de esta esotérica organización.
Ni siquiera hay coincidencia en cuanto a su creación, que podría ir desde 1817, que propone un general contemporáneo, a 1823 en que un historiador, también contemporáneo, cree que fue constituida, aunque por sus fines más me inclino por la segunda.
Nace con una clara intención de restituir los poderes absolutos a la monarquía española, hostilizar a los liberales y según se dice, devolver a la Inquisición sus antiguos poderes, ya muy caducos y abocados a la desaparición. Por eso, es más creíble su creación durante el llamado Trienio Liberal, o inmediatamente después (1820-1823), durante el que el rey Fernando VII cedió muchas de sus prerrogativas que como absolutista conservaba.
Entre sus fundadores y siempre según creencia popular muy extendida, y como persona de mayor realce se encontraba el obispo de Osma que sería su primer Gran Maestre, Juan de Cavia González, el cual encabezaría una relación de otros personajes eclesiásticos de su mismo rango, así como importantes personajes civiles de la época, de los que nada ha trascendido.
Desde las Cortes de Cádiz, la Santa Inquisición estaba abolida legalmente. Pero seguía existiendo y con el gobierno absolutista de Fernando VII, durante el que se desprecia olímpicamente la Constitución de 1812, el Santo Oficio continua vivo, muy disminuido y con escaso poder, pero aún aleteando. La defensa a ultranza de la fe ya no era una necesidad perentoria como lo había sido en épocas anteriores y así, sus facultades se le fueron retirando hasta que en 1834 fue definitivamente abolida por el ministro de la Regente María Cristina, el liberal moderado Martínez de la Rosa.
Aquella sociedad secreta pretendía devolver a la Inquisición todo su esplendor del pasado cuando castigaba con durísimas penas y torturas cualquier falta contra las normas de un buen cristiano.
Uno de los últimos juicios celebrados en España, quizás el último, tuvo lugar en 1826 y en la crónica histórica como en el convencimiento popular, estaba relacionado con “El Ángel Exterminador” que habría influido notablemente tanto en la denuncia como durante el proceso.
Se acusaba de herejía a Cayetano Ripoll, un maestro de escuela natural de Solsona, Lérida, que tras la Guerra de la Independencia se afincó en la provincia de Valencia y que, según la denuncia que se formuló en 1824, no iba a misa ni incitaba a sus alumnos a que lo hicieran; no salía a ver el paso de las procesiones, o comía carne los viernes. Como se ve, gravísimos delitos que presuntamente cometía por su condición de masón.
Eso ya era el colmo de la gravedad punitiva, algo intolerable que, acabado el Trienio Liberal, al adquirir la Inquisición nuevas fuerzas, quiso de inmediato corregir.
Las circunstancias políticas del momento en que se iniciaba lo que se dio en llamar la Década Ominosa, eran propicias a acrecentar el poder de la Iglesia como defensora de la moral, las costumbres y la propia práctica religiosa, pero es dudoso que atravesando una época tan convulsa, en la que los liberales hubieron de salir del país a toda carrera, se quisiese, políticamente, echar leña al fuego con un nuevo acto de retroceso en las libertades que el pueblo clamaba. Por eso la sospecha de que detrás de aquella denuncia y la posterior instrucción del proceso, se encontraba el apoyo de aquella sociedad secreta.
Ni siquiera la intervención del nuncio apostólico que escribió al papa solicitando su intervención para impedir la ejecución que se veía venir, pudo evitar la condena a la horca del maestro Ripoll y posterior quema de su cuerpo.

Escena del juicio a Cayetano Ripoll, con sambenito (Goya)

Fue la última ejecución que se produjo en España y levantó oleadas de indignación en todos los países del entorno que ya habían superado la supremacía eclesiástica que aquí, débilmente, aun existía y se decía que apoyada por la secta secreta.
También se quiso ver la intervención que tendría en la actividad del bandolero Luís Candelas, de quien se dice que su mano derecha, “Paco el Sastre”, era en realidad un sicario de la secta.
Otro bandolero al que apodaban “El Barbudo”, al parecer con ideas absolutistas, atacaba siempre a los liberales, dirigido en la sombra por los prebostes exterminadores.
Algunos historiadores de prestigio, como el hispanista Gerald Brenan, dan por segura la existencia de esta orden secreta y cruel y aseguran que fue el obispo de Osma su fundador. Ciertamente que este obispo se había distinguido por su radicalidad religiosa y que, según él, usaba del poder que había recibido de Dios.
Sin embargo el más prestigioso escritor español del XIX, Pérez Galdós, que en los Episodios Nacionales menciona a esta sociedad secreta, no cree en su verdadera existencia y pone en duda que ningún historiador haya probado nunca que “El Ángel Exterminador” hubiera existido más allá de la creencia o leyendas populares.
Se basa fundamentalmente en trabajos de contemporáneos con los acontecimientos que se le atribuyen a la sociedad, a la que se califica de patraña inventada por los liberales para amedrentar a los absolutistas y desprestigiar a los católicos.
No es esta la única sociedad secreta habida en España, sino una de las que han existido si bien nunca se ha podido demostrar que la creencia se correspondiera con la realidad, pues en el fondo su supuesta existencia era exclusivamente alimentada por la cultura popular que transmitía la información sin ningún rigor.
Si durante algunos años se tenía el convencimiento de que dicha sociedad secreta existía en la sombra, es poco probable que nunca trascendiera el nombre o las características personales de alguno de sus miembros, pues nunca se mencionó a ninguna persona de las que se decía dirigían la sociedad, que no fuera el mencionado obispo.
A finales del siglo XIX se habló muchísimo en Andalucía de una organización secreta llamada La Mano Negra, la cual ha producido ríos de tinta, sin que nunca se haya podido demostrar su vinculación real y efectiva con los numerosos crímenes que se le achacaban.
En el fondo, todas esas sociedades eran fruto de bulos bien alimentados con los que tener a la población doblemente preocupada, en transmitirlos y en temer las acciones de las supuestas bandas asesinas.
En este caso concreto, parece que tras La Mano Negra existe un movimiento de agitación dirigido a los trabajadores agrícolas con el fin de inquietar a los terratenientes que campaban a sus anchas y que se resume en palabras del embajador de Francia desde 1883, al que no le parece que sea mas que un nombre nuevo para un malestar que desde hace mucho agita e inquieta a las provincias andaluzas.
Lo mismo que al Ángel Exterminador, a La Mano Negra se le atribuyen numerosas acciones, todas graves que tenían lugar siempre en zonas agrícolas, siempre en despoblado y ejecutados en cuadrillas y con extrema violencia.
Lo que haya de verdad tras esas asociaciones maléficas es cosa que será difícil de probar, lo que sí es cierto que la convulsión que vivió España a lo largo del siglo XIX, produjo un elevado número de sociedades más o menos esotéricas, con fines muy distintos y que se diluyeron con el paso de los años.
Que a la sombra de ellas alguien inventara otras para beneficiar sus intereses, puede ser una explicación.