viernes, 15 de febrero de 2019

LOS CONSEJOS DE UN PADRE




Los padres suelen dar buenos consejos a sus hijos, aunque éstos, por múltiples razones que no vienen al caso, raramente los siguen, al menos cuando son jóvenes, pues posiblemente al madurar caigan en la cuenta de cuanta razón tenía su progenitor.
Cuando el hijo es más poderoso que el padre está más inclinado a no obedecer sus consejos, aunque todo lo que tenga le sea debido a él.
Este es el caso de Felipe II, al que se ha llamado “El rey Prudente”, cuando en realidad hubiera merecido otros calificativos menos aduladores.
Su padre, el emperador Carlos, no estaba muy convencido de la valía de su hijo pero aun así, abdicó y se retiró a descansar a Yuste en el año 1556.
Su hijo Felipe, príncipe de Asturias, se había casado por primera vez en 1543 con su doble prima hermana María Manuela de Portugal, un gran matrimonio que años después avocaría la unificación peninsular, aunque por unos escasos sesenta años.
El emperador, preocupado por la juventud y la responsabilidad que adquiría la nueva pareja, le dio algunos consejos a su hijo referidos a su vida personal, a fin de que no cayera en los mismos errores en los que él había sucumbido en su trayectoria: multitud de amantes esporádicas, hijos inoportunos, sobresaltos con maridos enfadados y todas las vicisitudes que acarrea la vida desordenada.
No obstante, comprendía que su hijo caería en los mismos escollos, si bien le recomendaba, para después del matrimonio, fidelidad absoluta a la esposa, pues consideraba carga muy molesta el adulterio.
Claro que en caso de viudez estaba asumida la vuelta a los viejos usos, pero sin tener que soportar culpa alguna.
Así, le decía a su hijo por carta que le rogaba que no se metiera en otras bellaquerías después de casado, por ser eso pecado contra Dios y contra el mundo, aparte los desasosiegos que entre el marido y su esposa produciría esta actitud que terminaría por apartarla de ella.
Pensaba el padre que su hijo, con toda la potencia hormonal de su juventud, no estaría dando descanso a su libido, pero según las habladurías de la corte, los comentarios entre la aristocracia y los embajadores próximos a la corona, el joven príncipe sentía escaso interés por el sexo femenino, a pesar de la innumerable cantidad de insinuaciones que recibía de un entorno bien predispuesto a pasar por la cama del príncipe más poderoso del mundo.
La férrea educación que se daba a los herederos de las monarquías era tan estricta que los príncipes tenían clarísimo que la única finalidad del matrimonio era la de proporcionar un heredero varón que siguiera la línea dinástica y en ningún momento podía sustituirse esa obligación por el amor o el placer sexual; esas sensaciones se encontraban en lugar distinto.
Y el muchacho lo tenía tan claro que en su primer matrimonio, hasta sus suegros, tíos carnales del príncipe, tuvieron que advertirle de que el sacramento había que consumarlo, tal era el desinterés que la muchacha le producía y para justificar aquel distanciamiento carnal aducía que tenía sarna que no quería contagiar, cosa que era cierta.
Pero al final o se curó la sarna o empezó a picarle otra parte de su cuerpo, lo cierto es que dos años después de la boda nacería el príncipe Carlos y cuatro días después moría María Manuela de fiebres puerperales.
No parece que Felipe sufriera mucho la pérdida de su esposa que a la larga le habría servido de cuña para conseguir el imperio portugués, pues en palacio, donde todo se conocía, la presencia de una bella dama en la vida del príncipe incluso antes de su viudedad, era palpable.
Se trataba de Isabel de Osorio, hermosa dama de su madre, la emperatriz Isabel de Portugal, de la que su padre había estado profundamente enamorado y que al morir su señora, quedó en la corte cuidando de la educación de las infantas María y Juana, hermanas de Felipe.
No son más que habladurías cortesanas que no se han acreditado y contra las que pesan razones poderosas como la diferencia de edad y el hecho de haber sido para él como su madre, pero la nefasta crónica negra que sobre España cayó, propiciada en parte por el holandés Guillermo de Orange, acusaba al heredero español de haber mantenido esos amores casi incestuosos, de los que se llegó a decir que habían tenido sus frutos en la existencia de dos hijos, cuyos nombres serían Pedro y Bernardino y que incluso los amantes habían protagonizado una especie de matrimonio secreto que los uniera ante los ojos de Dios, al cual el príncipe no quería ofender bajo ningún concepto.
Lo cierto es que tras el matrimonio, la supuesta amante se disipó paulatinamente, llegando prácticamente a desaparecer para dejar el camino libre y algo de realidad debió de haber porque Felipe la compensó con largueza económica, en vez de buscarle un marido consentidor, que era la norma y eso muy probablemente por lo ostentosa que habría sido aquella relación y así, retirada a Burgos, un tiempo después fundaba un mayorazgo que pasados los años heredarían sus sobrinos, por lo que lo de los hijos debió ser mala fe de la maldita leyenda negra. Falleció en 1589 dejando una sustanciosa herencia entre la que figuraban, además de considerable cantidad de dinero, cuadros valiosos y ricas joyas que la familia aseguraba eran regalos del joven amante real.
De ser esto verdad, como así parece por el contrastado hecho de que una dama de la corte no llegaría nunca a adquirir tanta riqueza, si no le viniese sobrevenida por casos como este, parece que aquel comentario de embajadores y cortesanos en los que se achacaba a don Felipe de escaso interés por las cuestiones del sexo, carecían totalmente de veracidad y estaba mucho más acertado su anciano padre cuando le reclamaba continencia, al menos dentro del matrimonio.
Porque no fue Isabel la única amante del príncipe, el cual, a la muerte de María Manuela, empezó a consolarse con Catalina Laínez, bella hija de uno de sus secretarios que se quedó embarazada, porque ya se sabe, en aquellos tiempos no había condones, ni píldoras, ni “Diu” y mucho menos la posibilidad de que un rey practicara el coito interruptus; en cada ocasión había que entrar a matar y que fuera la voluntad de Dios.
Pero todo tenía fácil solución y bastaba con buscar un marido consentidor dispuesto a cargar con la prole a cambio de un buen destino.
A este asunto siguió otro con una dama cántabra, Elena de Zapata, que se trasladó a Madrid antes de que fuera la capital del reino y que residía en el palacio conocido como de las Siete Chimeneas, actualmente sede del Ministerio de Cultura, al que había accedido por matrimonio con uno de los vastagosa de la poderosa familia Zapata. Parece que esos amoríos fueron escandalosos y la dama fue asesinada en su lecho, apuntando las habladurías a que fue su propio padre, que la emparedó para ocultar el cadáver y que días después de ahorcó colgándose de una viga. No se sabe nada con certeza, pero sí que en unas obras que se llevaron a cabo en el mencionado palacio durante el siglo XIX, tras un tabique aparecieron, los restos de una mujer a cuyo lado había un saquito con monedas acuñadas en el siglo XVI.

La casa de las Siete Chimeneas

Aquella apasionada relación se interrumpió cuando el príncipe marchó a Inglaterra a matrimoniar con su tía María Estuardo y durante ese período, Felipe fue rey de Inglaterra, si bien pasaba más tiempo en los Países Bajos que al lado de su enjuta y rancia tía. Parece que durante su estancia en el continente tuvo una hija, fruto de las relaciones con una dama belga.
En el matrimonio con la inglesa queda bien claro hasta qué punto había que observar la tradición del matrimonio con fines de estado, del que antes se hablaba, cosa que Felipe cumplió a la perfección, si mermar sus desahogos fisiológicos, de los que corrían rumores que lo relacionaron con una panadera del castillo de Windsor, donde vivía la pareja real, o una doncella de su esposa.
Felipe volvió a España sin dejar descendencia en Inglaterra y cuando dos años después murió su esposa, sin haber tenido más que dos embarazos histéricos, quiso continuar la historia con la su cuñada, hermanastra de María Tudor, Isabel que permaneció soltera hasta su muerte.

María Tudor; la dama estaba para un gusto

Felipe se casó otras dos veces, la primera con Isabel de Valois, cuyo matrimonio estaba pactado desde tiempo atrás con el infante Carlos, hijo de la portuguesa María Manuel que murió del parto, pero la apremiante necesidad de un heredero, impulsaron a Felipe a quitarle la novia a su hijo, el cual era un individuo que merece un artículo aparte, y simplemente por el hecho de que aquella Isabel procedía de una familia muy fecunda, pues su madre, Catalina de Medicis, había tenido diez hijos.
Como es natural, el compromiso cayó muy bien en las cortes francesa y española, a pesar de que ella tenía catorce años y él treinta y dos, porque la fama de inestable e incluso deficiente mental del príncipe Carlos, ya había trascendido fronteras y se deseaba un repuesto par la corona.
Pero mientras llegaba la novia, Felipe se entretenía con Eufrasia de Guzmán que nunca pudo demostrar su “limpieza de sangre”, pero que debía ser muy hermosa, pues al rey no le importó cohabitar con una “marrana” con la que tuvo un hijo del que se deshizo por el consabido procedimiento del matrimonio convenido, esta vez con Antonio de Leyva, nombrado Príncipe de Áscoli.
En fin toda una saga amatoria que terminó con otro matrimonio, Ana de Austria, hija del emperador Maximiliano, con la que por fin tuvo un descendiente varón: Felipe III.
Es evidente que la prudencia que ensalza su título popular no era una virtud del rey Felipe y la asignación, también popular de castidad y religiosidad, se le quedan muy desfiguradas.
Tenía razón su padre cuando le aconsejaba mesura sexual, al menos durante los matrimonios.

viernes, 8 de febrero de 2019

LA INFANTA EULALIA




Pocas veces la historia se ha ocupado tan escasamente de una familia real española. Cierto que la familia era lo suficientemente atípica como para que no produjera el más mínimo interés.
La infanta Eulalia fue la última de esa familia; hija de Isabel II, la reina promiscua casada con un homosexual reconocido y aceptado que tuvo numerosos descendientes, todos ellos fruto de su poco común furor vaginal y su escasa moral.
Claro que en aquellos tiempos decir reina era como decir hago lo que me da la gana y me paso por las entrepiernas a todo el que me gusta.
Su esposo, Francisco de Asís de Borbón, mariquita impenitente, era conocido popularmente como “Paquita” y según la propia esposa, la noche de bodas no solamente llevaba más encajes que su dama, sino que no fue capaz de consumar el sacramento.
Formaron una pareja extraña que es de todos conocido, pero lo que no es tan sabido es que incluso llegaron a compartir un mismo amante.
Así como suena; hubo un individuo que se acostaba con la reina y con el rey.
Se trataba de Antonio Ramos de Meneses que se hacía llamar conde de Meneses, un oscuro individuo de los que se decía “de fortuna”, natural de Morón de la Frontera e hijo de un boticario, supuestamente bien situado.
Muy joven se dedicó a viajar y así apareció en Cádiz, frecuentando “timbas” y garitos de mala nota y en donde conoció a una enigmática mujer sobre la que existe un halo de misterio.
Se llamaba Blanca Mastai, era italiana, muy bella y muy rica que viajaba en carruaje propio y con doncella, signo muy evidente de poderío económico. Nadie sabía exactamente a qué debía su fortuna, pero ciertamente trataba con asiduidad con banqueros españoles y a la que, por identidad con el apellido del papa Pío IX (Mastai Ferreti), se la relacionaba con  él.
El joven Meneses que era de buen porte, enamoró a la bella italiana con la que contrajo matrimonio.
La buena relación de Blanca con las esferas de poder económico y con la aristocracia, introdujeron a Meneses en la corte en la que ella se movía con desenvoltura y explotando su belleza y sus dineros, conseguía amistades de mucho postín.
Pero los vuelos de la italiana debían de ir mucho más allá que cargar con un atractivo y simpático “muerto de hambre” y el matrimonio duró poco, eso sí, ella le dejó el riñón bien cubierto y la puerta abierta de unas magníficas relaciones cortesanas. Así conoció a un sevillano como él, José Luís Sartorios, conde de San Luís que lo introdujo en el círculo íntimo del rey, el cual quedó prendado del guapo andaluz y lo metió en su cuarto.
Entre ellos se trabó una amistad que duró toda la vida y con el que se asoció en varias entidades mercantiles, como la que explotaba los nuevos cementerios que se construyeron en Madrid y en otras grandes capitales.
Entre medio, la reina, ardiente y caprichosa, puso los ojos en el Meneses que, no haciendo ascos a nada, también pasó por sus habitaciones.
La reina Isabel II tuvo varios abortos y doce partos, de ellos el primero fue un varón que nació muerto, el quinto una niña prematura que falleció al día siguiente de nacer, el sexto otro varón que también nació muerto y el duodécimo, otro varón que falleció a las pocas semanas.
Eso colocó a la infanta Eulalia, fruto del décimo primer parto, como la infanta más joven.
De los doce embarazos y abortos de la reina, su marido, “Paquita”, no tuvo nada que ver y sí la larga colección de amantes que pasaron por su dormitorio y de los que alguno, se ha conseguido relacionar con un hijo concreto, como es el caso de Enrique Puigmoltó, al que se atribuye la paternidad del futuro rey Alfonso XII.
Lo mismo sucede con algún otro de los hijos, pero en el caso de la infanta Eulalia, nacida en 1864, no se tiene constancia cierta acerca de su paternidad, si bien ella misma confesó en cierta ocasión que su amor por el mar le venía de herencia de su padre, un marino.
Con cuatro años tuvo que salir de España, cuando su madre fue derrocada por la revolución llamada “La Gloriosa”, que trajo, primero, un rey de pacotilla y luego la Primera República, para acabar con el golpe de estado del general Pavía y la restauración monárquica en la persona de Alfonso, su hermano mayor. Durante el exilio la familia se instaló en París, donde la joven infanta recibió una educación esmerada y en donde permaneció hasta unos años después de que su hermano ocupase el trono.
Sus relaciones con el resto de la familia real no fueron nunca buenas, pero sobre todo tenía constantes enfrentamientos con su hermana Isabel, a la que el pueblo madrileño puso el apodo de “La Chata”, la cual había adoptado el papel de reina consorte que no le correspondía en absoluto y que Eulalia no aceptaba.

La Infanta Eulalia, una mujer atractiva

En 1878 murió la primera esposa de Alfonso XII sin descendencia y se volvió a casar, esta vez con María Cristina de Habsburgo y aunque quedó embarazada muy pronto parió dos hembras y la realeza estaba inquieta pues quería asegurarse un descendiente varón.
Cuando por fin llegó el varón, Alfonso XIII, su padre ya había fallecido, así que fue rey desde el mismo momento de su nacimiento.
Pero Eulalia continuaba soltera y el trono no estaba asegurado, por lo que la obligaron a casarse, cosa que hizo con su primo Antonio de Orleans y Borbón, un cabeza loca, aficionado al juego, las mujeres y la vida disoluta que llevó el matrimonio a un hundimiento casi inmediato, a lo que ella también colaboró pues la fidelidad tampoco era una de sus grandes dotes.
Antonio de Orleans mantenía una relación sentimental fija con una bellísima mujer conocida como “Carmela”, de baja extracción social que había llegado, por méritos de su físico, a convertirse en amante de importantes personalidades españolas hasta que terminó en los brazos de Antonio y Antonio casi terminó con su fortuna personal y la de su esposa por contentar los desmedidos deseos de “Carmela”.
En vista de cómo estaban las cosas en la familia, Alfonso XIII decidió enviar a sus tíos a tierras extrañas en viaje mitad de recreo, mitad diplomático y recalaron en Cuba y posteriormente en Chicago.
Estando en La Habana, al abrir Eulalia la valija del correo, descubrió una carta dirigida a su marido y firmada por la tal “Carmela”. Tras el viaje, la infanta puso tierra de por medio con su esposo y se marchó a París, mientras Antonio hacía ostentación de su querida a la que paseaba en carruajes y que empezó a ser conocida como la Infantona .
Eulalia, con treinta y dos años, en contra de toda la corte, logró obtener el primer divorcio de toda la aristocracia europea del momento.
No quedó la valentía de la infanta en eso solamente, muchísimo mejor preparada intelectualmente, más culta y con dotes naturales hacia la escritura, en 1911 publicó un primer libro en francés: “Al hilo de la vida” (Au fil de la vie) firmado con el pseudónimo de Duquesa de Ávila, unas memorias que provocaron un enorme revuelo en la corte española que prohibió su publicación en España.
Cuatro años más tarde publico en inglés “La vida en la corte desde dentro”, otro escandalazo y en 1925 apareció un nuevo libro: “Cortes y países tras la Guerra”.
Cinco años más tarde publicó unas “Memorias” plagada de recuerdos y experiencias personales.
Por último, en 1946, cuando ya residía en España, publicó su obra más polémica: “Para la mujer”, donde están reflejadas sus ideas feministas.
Tras la guerra civil se postuló como partidaria de Franco y se instaló en Irún, dada su proximidad con Francia, a donde pasaba casi a diario.
Fue allí donde confesó que le encantaba el mar, que sosegaba su espíritu y que esa era herencia de su padre, marino de vocación, pero no desveló nunca la identidad de éste, permaneciendo siempre como hija del marido de su madre, el consorte Francisco de Asís.
Es indudable que Eulalia no fue una infanta al uso, si bien sacó de su madre la pasión por los hombres, llenando su vida de amantes, es también innegable que de su padre debió recibir algo más que su amor al mar.
La realeza española y la de otros muchos países han dejado escritas algunas cartas y algún pensamiento aislado, pero una copiosa obra literaria es realmente inusual y mucho más, plasmar en ella hasta los sentimientos más íntimos, como declararse abiertamente feminista en una sociedad donde el machismo y el patriarcado llegaba a las últimas consecuencias.
Aunque se han escrito algunos trabajos sobre la persona y la personalidad de  la infanta Eulalia, creo que no se ha divulgado suficientemente la singularidad de esta “tía tatarabuela” de nuestro actual soberano.

viernes, 1 de febrero de 2019

LAS NAVES DEL ARTE RUPESTRE





El sur peninsular es un verdadero semillero de expresiones culturales prehistóricas. Desgraciadamente no se ha prestado mucha atención dada las enormes dificultades de todo tipo que se presentan a la hora de estudiar un yacimiento arqueológico o una cueva plagada de arte rupestre.
En el año 1978 un vecino de Jimena de la Frontera, localidad encuadrada en el Parque Natural de Los Alcornocales, en la provincia de Cádiz y a unos cincuenta kilómetros de Algeciras, comunicaba a las autoridades de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía el descubrimiento de una cueva dentro de su término municipal, cuyo interior contenía numerosas pinturas que podrían pertenecer al arte rupestre.
En la actualidad la cueva se encuentra cerrada, como ocurre con muchas otras que son lugares de expresión de tan antiguo arte y que la presencia de visitantes deteriora considerablemente, por lo que para preservarlas se clausuran, así que no es posible su visita.
Según muy recientes estudios, conjuntamente con las pinturas, la cueva presenta otras características que muy bien pudieran indicar que era utilizada como observatorio astronómico pues además de su ubicación, en su interior se encontró representada una figura que claramente es el Sol.
En efecto, la cueva está orientada al este, lugar por donde sale el Sol y delante de la línea de salida del astro, formando el horizonte, una suave cordillera con varios picos montañosos muy bien delimitados. Desde la puerta de la cueva se puede observar la salida del astro todos los días del año y ver cómo el punto de salida se va desplazando desde el este hacia el norte, según avanzan las estaciones. Esto hace pensar a los científicos que los habitantes de la zona usaban la cueva para esperar la salida del sol y observar el punto exacto por el que lo hacía y de esa manera tener una idea del desarrollo de las estaciones, fijando los dos puntos fundamentales: el equinoccio, aquel en el que el día es igual a la noche y el solsticio, cuando el día es el más largo o el más corto.
Ambos momentos se repiten a lo largo de todos los años en primavera y otoño y en verano e invierno, marcando la entrada de las cuatro estaciones.
Estas son cosas que en la actualidad no parecen preocupar demasiado a las sociedades, cuya inmensa mayoría vive completamente desinteresada por el fenómeno pero en épocas prehistóricas fueron de tanto interés que no ha habido civilización que se precie que no haya levantado monumentos, observatorios o santuarios destinados exclusivamente a comprobar los cuatro momentos solares antes mencionados.
Pero esta cueva, que se conoce por el nombre “La Laja Alta”, fue estudiada en profundidad por sus pinturas rupestres, ya que no se encontró vestigio alguno sobre un calendario solar, aunque si apareció una piedra tallada que hace suponer fuera referida a los ciclos de la Luna. La cueva fue descrita como de pequeñas dimensiones, situada en una zona muy escarpada, de difícil acceso y que sirviera de refugio a un grupo de personas no muy numeroso entre los que destacaría el “artista” capaz de reflejar en sus paredes las maravillosas escenas que sorprenden a los estudiosos.
Y es que, a una considerable distancia del mar, el pintor rupestre, además de las pinturas esquemáticas que ilustran las numerosas cuevas que se han estudiado: animales, cazadores o jinetes, dibujó con extraordinaria precisión escenas de pesca en barco y naves propulsadas a remo y vela.
Desde lo alto del risco en el que se encuentra la cueva, en días claros se puede apreciar, muy de lejos, la bahía de Algeciras, con el Peñón de Gibraltar al fondo, pero no hay ninguna forma de poder divisar una embarcación salvo como un puntito perdido en la lámina del mar.
Por tanto el artista tuvo que bajar de su loma y caminar durante cincuenta kilómetros para poder ver de cerca los barcos que llegaban al antiquísimo puerto que existía en el fondo de saco de la Bahía de Algeciras y sobre el que muchos siglos después, los romanos construirían la ciudad de Carteia, cuya ruinas han sido muy estudiadas.
Hay en la cueva hasta ocho pinturas de embarcaciones que se encuentran en muy distinto estado de conservación, pero que aplicándose una técnica laser se han podido precisar mucho más sus detalles.

Pinturas de la cueva. A simple vista aparecen hasta seis embarcaciones

Los primeros investigadores que estudiaron la cueva y sus pinturas, propusieron que aquellas naves, por su forma, parecían naves fenicias o tartesias, pero más recientemente se han realizado estudios muy científicos sobre los trazos de pintura negra próxima a los dibujos de los barcos, empleando métodos de radiocarbono y termoluminiscencia y se ha constatado que estamos ante unas manifestaciones humanas de no menos de seis mil años de antigüedad, es decir mucho antes de que los fenicios se hubieran lanzado a comerciar por el Mediterráneo.
La certeza que arrojan estas dataciones es que han sido realizadas por dos laboratorios diferentes. En EE.UU las muestras sobre la pintura y en España las de luminiscencia y ambas coincidieron plenamente.
De ser así y todo apunta en esa dirección, estaríamos ante la primera representación de barcos propulsados por vela y remos de las que se tiene constancia ya que la siguiente representación náutica que se conoce fue hallada en Egipto y sería setecientos años más moderna.
Es decir: cuatro mil años antes de nuestra Era, ya llegaban a las costas del sur de la Península Ibérica barcos propulsados a vela y remo.
En ese momento histórico en el que nos encontramos, se está acabando el llamado Período Neolítico y las civilizaciones van a empezar a entrar en la Edad del Cobre en distintos puntos: en Mesopotamia, Creta, luego el Antiguo Egipto y más tarde Fenicia.
De Mesopotamia, Creta o Egipto no se tiene ninguna constancia de que se adentraran con sus naves en el mar, ni que tuvieran una profunda cultura marinera suficiente como para conocer los rudimentos de la navegación por alta mar.
Por tanto Fenicia, cuyo pueblo ya aparece en la Biblia como “cananeos”, sería el lugar del que procedían aquellas embarcaciones que aparecen en la Cueva de la Laja, pero resulta que de este pueblo se posee muchísima documentación perfectamente contrastada y no aparece en las orillas orientales del Mediterráneo hasta mil años después que sus supuestas naves hubieran sido pintadas en el sur de España.
Según la ciencia ortodoxa, esas pinturas no pueden ser de naves fenicias, pero entonces ¿de dónde eran aquellas embarcaciones?, ¿qué pueblo, qué civilización, las había construido?

Esquema en donde se aprecian los barcos y el sol a que se hacía referencia

Nuevamente nos encontramos ante el dilema de Tartessos, una cultura enigmática del sur de la Península de la que hablaba hace unos pocos artículos, acerca de unas esculturas de bustos humanos hallados en Minas de Riotinto.
En el libro de Ezequiel, capítulo 27, versículo 25, el escritor que está refiriéndose a la ciudad fenicia de Tiro, a la que ensalza sobremanera para predecir luego su ruina, dice: “Las naves de Tarsis, tus cuadrillas, fueron en tu negociación y fuiste llena y fuiste multiplicada en gran manera en medio de los mares.”
¡Las naves de Tarsis¡ ¿Qué era Tarsis? No hay ninguna coincidencia en ubicar, definir, o simplemente explicar de qué se trataba cuando se decía Tarsis.
Sin una certeza histórica que sitúe en el mapa dicho nombre, el tema se presta a especulaciones de todo tipo, pero Tarsis no es Tartessos, por mucho que cierta similitud ortográfica pueda hacer pensar.
Podría haber una explicación y es que al usar la palabra Tarsis el escritor no se estuviera refiriendo a un punto concreto en la costa, sino a una cualidad del lugar y así Tarsis sería el lugar en el que Salomón se proveía de toda su riqueza. Es decir, que podría significar riqueza, promisión, vergel, o cualquier otra definición de lugar de abundantes riquezas, en cuyo caso, sí que se podría referir a Tartessos, tierra riquísima en minas de oro, plata y cobre, de una cultura muy superior a la conocida en su época y que como ya mencionaba en el otro artículo, dice Estrabón que poseían leyes en verso de seis mil años de antigüedad, es decir, conocían la escritura.
Por tanto, quizás el artista rupestre de Jimena de la Frontera, a la que hasta ahora se ha identificado como una ciudad fenicia llamada Oba, viene a decirnos que tenemos que replantear la historia; que cuando él pintaba aquellos barcos ni los fenicios habían llegado ni se les esperaba hasta dentro de un milenio.
A lo mejor, la civilización no vino de Oriente, como es obligado pensar a la vista de los postulados científicos actuales, sino que naciendo aquí, en el sur de nuestra Península, se desplazó a todo el Mediterráneo.