viernes, 15 de marzo de 2019

LA PLUMA Y LA ESPADA





El título carece totalmente de originalidad, es obvio, pues a lo largo de la historia se ha empleado en la descripción de personajes que han destacado tanto en la literatura como en las armas. El mismo Garcilaso de la Vega mereció ese calificativo, pero eso no es obstáculo para aplicarlo a muchos otros que en nuestro glorioso pasado, usaron de las dos eficaces armas para combatir al enemigo tanto en el campo de batalla, como en la más difícil tarea de desmontar mentiras y falacias, como el personaje del que me propongo escribir.
Ya lo he dicho en varias ocasiones y es cosa casi entendible que personajes españoles de gran talla hayan pasado inadvertidos dada la proliferación de descomunales figuras con las que contemporizaron y ese es el caso de Gonzalo Jiménez de Quesada.
Nació en 1509 posiblemente en Granada, aunque no se descarta Córdoba  pues hay fuentes que lo sitúan en ambas ciudades, en el seno de una familia acomodada en la que el padre ejercía la abogacía.
Fue el mayor de seis hermanos y a la edad adecuada fue enviado a Salamanca donde se licenció en derecho, regresando a Granada, donde su familia estaba establecida, en el año 1533; allí empieza a colaborar con su padre ante los tribunales, en donde pronto se le empezó a conocer como “Gonzalo, el Mozo”, para diferenciarlo de su padre.

Oleo de Gonzalo Jiménez de Quesada

Pero escasa vocación de leguleyo debía tener el joven porque dos años después decide dejar el derecho y enrolarse en una expedición hacia las Américas, en la que lo acompañaron sus dos hermanos, Hernán y Francisco.
Mandaba aquella expedición Pedro Fernández de Lugo, un acreditado conquistador de las islas de La Palma y Tenerife, castigador de la piratería berberisca del Mediterráneo y Adelantado de Canarias, desde donde organizó su expedición hacia el río Magdalena, en la actual Colombia acompañado, como segundo en el mando, por su hijo Alonso Luís.
Pronto el De Lugo advirtió las grandes cualidades de Gonzalo y tras desembarcar en Santa Marta, en la costa caribeña del Reino de Nueva Granada, como lo bautizó precisamente Gonzalo, organizaron una expedición que llevaría dos frentes, uno fluvial, con seis bergantines que se adentrarían por el intrincado río Magdalena y otra parte por tierra, siguiendo el curso de dicho río.
Esta segunda expedición fue puesta a las ordenes de Quesada y estaba compuesta por más de seiscientos soldados. La intención perseguida era la de buscar una ruta terrestres hacia el Perú.
La doble expedición partió a remontar el Magdalena el día cinco de abril de 1536, encontrándose con las enormes vicisitudes de atravesar bosques y ciénagas, como las que García Márquez refiere en su novela Cien años de soledad, en donde se escondían innumerables peligros, además de los hostiles nativos de la región, sobre los que llevaban instrucciones de procurar su amistad, pero también la de sacarle todo el oro y plata que tuvieran.
Gonzalo Jiménez permaneció más de tres años en el interior de aquellas selvas, hasta reunirse con otras dos expediciones que habían partido de Ecuador y Venezuela.
Es difícil imaginar cómo es posible que tres expediciones partidas de puntos diferentes y en distintos momentos fueran capaces de encontrarse en la inmensidad que aquel territorio suponía, pero lo cierto es que así fue y mientras esperaba a las otras expediciones, en un lugar conocido como Sabana de Bogotá, mandó construir una iglesia que el seis de agosto de 1538 celebró su primera misa y en cuyo lugar fundó la ciudad de Santa Fe de Bogotá, actual capital de Colombia, que toma la fecha de la celebración de aquella primera eucaristía, como la de la fundación de su ciudad.

Fundación de Santa Fe de Bogotá

Años después. Quesada regresó a España con sus hermanos Hernán y Francisco, los cuales, después de haber pasado por infinidad de peligros y riesgos en su etapa de conquistadores, fallecieron en España cuando los alcanzó un rayo en una tormenta.
La figura de Gonzalo Jiménez de Quesada, teniendo una gran importancia histórica, ha pasado desapercibida al coexistir con personajes de la talla de Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Diego de Almagro, Cabeza de Vaca y muchos otros que alcanzaron tal notoriedad que eclipsaron totalmente a hombres de la talla del que nos ocupamos.
Sin embargo y después de haber conquistado un reino, fundado ciudades y haber engrandecido notablemente las posesiones españolas en el Nuevo Continente, su figura estaba diluida y prácticamente hasta el pasado siglo XX, nadie hablaba de él si no era en estudios profundos y casi siempre de pasada.
Pero vino a ocurrir un hecho que puso en primer plano la figura Jiménez de Quesada y es que se descubrieron unos escritos publicados por él, a los que los historiadores de la época y posteriores habían prestado poca o ninguna atención.
Al regresar a España tras su viaje de conquistador, empieza a apreciar cómo la Leyenda Negra está calando profundamente contra España y que es alimentada, fundamentalmente desde dos frentes.
Por uno, el más famoso y consabido frente protestante, alentada por Lutero y por Guillermo de Orange, entre otros y apoyada por la siempre sibilina Inglaterra, celosa del enorme poder que estaba alcanzando España. Por otro lado una parte importante de la supuesta intelectualidad italiana que cargaba tintas contra nosotros, en un frente que lideraba el obispo de Nocera, Paolo Giovio, a quien se conoce como Paulo Jovio, un médico, humanista, historiador y prelado de la Iglesia que arremetía contra los españoles acusándoles de todas las barbaries imaginables. A él se debe la falsificada información del famoso Saco de Roma, en donde los soldados españoles participaron de una forma testimonial dentro de un contingente alemán, holandés y belga, pues aquella acción no fue obra de España sino decisión del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, de castigar las veleidades del papa.
Cierto que el emperador del Sacro Imperio era también el rey de España, pero las atrocidades que dicen se cometieron en aquel saqueo fue obra de soldados que no eran precisamente españoles: lansquenetes, tudescos, mercenarios alemanes, a los que no ha afectado el baldón que para los españoles ha supuesto la participación en aquel desafortunado incidente.
En la Italia renacentista, más que Leyenda Negra, se desarrolló un proceso de “hispanofobia”, como relata Elvira Roca Barea en su libro y que suponía un odio a todo lo español, pero el germen de ese odio no era otro que una insana envidia al ver cómo era España la única que protegía sus costas de los ataques berberiscos, o cómo el imperio español no paraba de crecer en extensión y riquezas, o como fue precisamente con capital español que la ciudad de Roma había adquirido el esplendor imperial de su pasado, o el hecho de que a finales del siglo XVI, un tercio de la población de Roma fuera española, o que muchos italianos prefirieran hacer carrera de armas en los ejércitos españoles, mucho más eficaces y mejor considerados, o en la propia administración.
Y a pesar de todo, el odio hacia España se incrementa luchando contra una realidad incuestionable y el tal Jovio escribía y escribía atacando en sus obras a nuestra patria, sin que fuera contestado apenas.
Hasta que llegó Jiménez de Quesada a España de vuelta de su exitosa expedición creando el Reino de Nueva Granada y su capital, Bogotá.
Se sorprende e indigna contra la feroz e injusta crítica del obispo Jovio y no duda en arremeter contra él, usando la pluma, esa otra arma que hace más daño que la hoja de acero de la espada y que permanece por más tiempo abriendo la herida del enemigo.
Poseído de cólera escribe “El Antijovio” cuando percibe que los escritos obispales, inicialmente en latín, están siendo traducidos al español y al italiano, por lo que supone que están teniendo éxito y que pueden influir muy negativamente en la propia estima de los españoles.
Pero así es España y el libro no fue editado, lo que aclara perfectamente la escasa preocupación por contrarrestar ese odio que se está generando.
El libro no se publicó hasta 1952, cuando ya era muy tarde y se hizo con la intención de que se conocieran voces que clamaban contra lo antiespañol.
Jiménez Quesada era un hombre del Renacimiento que hablaba latín, griego, español, italiano y árabe, que antepuso a su confort natural, al pertenecer a una familia rica y dedicarse él a una notable profesión, el riesgo permanente de engrandecer su querida patria. Murió cuando había cumplido los setenta años, en una ciudad colombiana llamada Mariquita, completamente arruinado por las numerosas expediciones que realizara por las selvas del continente, algunas de las cuales lo fueron en la quimérica búsqueda de El Dorado.
España sigue siendo igual y sus enemigos ya nos llamaron marranos y bestias, como hizo el reformador Lutero y como sigue haciendo algún presidente autonómico, cuyo odio a su país es incluso mayor que el del obispo de Nocera.

viernes, 8 de marzo de 2019

LA EXPEDICIÓN DE BALMIS





A veces empleamos palabras sin preguntarnos sobre su procedencia. Cuando usamos la palabra “vacuno”, sabemos con toda certeza que nos estamos refiriendo a lo relacionado con ese tipo de ganado, pero cuando usamos la misma palabra en femenino: “vacuna”, no nos referimos a la hembra de ese ganado, sino a un producto medicinal empleado en la prevención de enfermedades.
Sin embargo no caemos en la cuenta que ambas palabras se refieren al mismo género de rumiantes: los vacunos.
En 1796 un médico rural inglés llamado Edward Jenner observó que las personas que ordeñaban las vacas, contraían una enfermedad muy similar a la temida viruela, a la que denominó “viruela vacuna”, que tenía una sintomatología leve y no causaba la muerte de ninguno de los afectados, los cuales quedaban inmunizados contra la mortífera enfermedad.
Bueno, en realidad el doctor inglés lo que hizo fue constatar lo que los ganaderos y campesinos le manifestaban y que era algo que ellos habían venido observando desde muchos años atrás. No encontraban explicación científica, pues carecían de la formación necesaria, pero sí que habían detectado que los que ordeñaban aquellas vacas a las que salían unas pústulas en las ubres, solían contraer una enfermedad leve que remitía en pocos días y, curiosamente, cuando llegaban las terribles epidemias de viruela que asolaban las poblaciones hasta producir un treinta por ciento de bajas, aquellos ordeñadores no padecían la enfermedad.
Con criterio médico, el doctor comprobó que en realidad aquellos campesinos se estaban refiriendo a una enfermedad del ganado vacuno llamada “vaccina”, o “viruela de las vacas” y se le ocurrió la idea de emplear la ciencia para hacer lo que la naturaleza hacía con los ordeñadores.
Las pústulas de las ubres transmitían la enfermedad a los ordeñadores y estos quedaban inmunizados. Si fuera posible sintetizar la sustancia que recibían aquellos campesinos e inocularlas a personas fuera del ámbito rural, la protección contra la enfermedad podría ser efectiva en un número de personas mucho mayor. Probó primero con el hijo de su jardinero, al que inoculó en ambos brazos la exudación de las pústulas de  las manos de una ordeñadora. El pequeño sufrió una leve enfermedad, con fiebres y malestar, pero remitió en pocos días y no volvió a sentir ningún síntoma. Esto le impulsó a continuar sus trabajos esperando confrontarlos en la próxima epidemia de viruela.
Así estuvo trabajando durante veinte años, durante los cuales publicó sus trabajos que causaron sensación en el mundo médico de la época, muchos de cuyos representantes se inclinaron rápidamente a poner en práctica la solución de Jenner, a la que pronto se empezó a llamar “vacuna”.
Uno de los médicos mas atraídos  por la nueva aplicación fue un médico español llamado Francisco Javier Balmis, el cual tuvo una excelente idea que lo convirtió en el primer expedicionario sanitario del mundo.
Había nacido en Alicante en 1753 y empezó sus estudios de medicina en el hospital militar de su ciudad, hasta que en 1778 obtuvo el título de cirujano.
Años después se trasladó a las colonias americanas, residiendo en Cuba y Méjico, donde alcanzó cierta notoriedad y enormes conocimientos en enfermedades venéreas y su transmisión.
De vuelta a España, obtuvo el título oficial de médico por la universidad de Toledo, el de mayor rango dentro de la ciencia de la curación y esto le permitió entrar a formar parte del cuadro médico del rey Carlos IV. Es en esa etapa cuando conoce los estudios de Jenner sobre las “vacunas” y decide poner en práctica esa nueva técnica, haciendo una comprobación desalentadora y es que las diferencias de temperatura ambiental, sobre todo el calor, afectaban a la efectividad de las vacunas, haciéndolas completamente inocuas.
Su idea era la de llevar las vacunas hasta las colonias americanas, pero se encontraba con un escollo insalvable como era la alta temperatura de la que se disfrutaba en todas las posesiones españolas.
Pero tuvo una idea excepcional que le convirtió en un hombre único, si bien su estela se ha perdido y en pocos foros se reconoce el verdadero mérito de este hombre, aunque recientemente algunos periódicos de tirada nacional han dedicado sus páginas a difundir la admirables gesta, la cual, por otro lado levantará una polvareda cuando se desentrañe en qué consistía.
La idea no fue otra que llevar “las vacunas vivas” hasta las Américas. Es decir, no llevar frascos con el producto sino a los portadores de ese producto.
Jenner había rascado las pústulas de las manos de las ordeñadoras para inocularlas en personas sanas y Balmis pensó llevar personas inoculadas hasta América y allí obtener el extracto con el que inocular a personas sanas.
El asunto tenía un grave inconveniente, mejor dicho, dos inconvenientes. El primero era que se trataba de un proyecto muy caro que no iba a proporcionar las riquezas que siempre se pretendían de todas las expediciones y que por tanto había que encontrar una forma de financiar y la segunda y no mas desdeñable, era la falta de voluntarios para hacer de portadores voluntarios de la enfermedad, cuyo resultado final era toda una incógnita.
Balmis habló del proyecto con el rey Carlos IV, al que pareció interesarle el mejorar la salud de sus súbditos allende los mares y se prestó a financiar la expedición con su fortuna personal.
La solución al segundo problema lo proporcionó Isabel Zendal Gómez, una enfermera que dirigía el orfanato de La Coruña y a cuya institución estaba confiada la recogida de huérfanos desde muy tempranas edades.
La señora Zendal comprendió perfectamente el proyecto de Balmis y ofreció a sus pupilos como portadores vivos de las vacunas y así, se eligieron veintidós niños desde tres años de edad, cuya vida dependía exclusivamente del orfanato, al carecer de cualquier familiar que pudiera velar por ellos.
En 30 de noviembre de 1803 zarpó del puerto de La Coruña la fragata María Pita, a bordo de la cual iba el doctor Balmis, ayudado por el también médico, el catalán José Salvany, algunos sanitarios más y la enfermera Zendal, al cuidado de los veintidós niños, esos a los que nunca se le preguntó si querían participar en tan arriesgada aventura por partida doble, pues a las penalidades y peligros de la navegación en aquella época, el riesgo que entrañaba servir de envase viviente a la esencia de tan peligrosa enfermedad, no era en punto alguno desdeñable.
El plan era ir inoculando a los niños unos tras otros, sucesivamente, cada nueve o diez días, según el desarrollo de la infección, de manera que cuando el primero desarrollaba la enfermedad leve de viruela vacuna, servía de vehículo transmisor para el siguiente y así, contando con los días que duraba la travesía y los periodos de incubación y desarrollo de la enfermedad, poder llegar al Nuevo Mundo con cepas activas de la enfermedad.
El procedimiento y la ejecución eran realmente novedosos, ingenioso y muy inspirado, porque para lo que hoy hubiera sido necesario un simple frigorífico, en aquel tiempo, incapaces de controlar la temperatura, esa gestión fue encargada a los pequeños portadores de la “Variola virus”, que es quien la produce.

Un grabado de la época de la María Pita saliendo de La Coruña

El primer puerto que tocaron fue Canarias, entonces obligado para coger los favorables vientos que arrastraban las naves hasta América. En el Archipiélago realizaron las primeras inoculaciones en jóvenes isleños que no hubieran padecido la enfermedad, a la vez que se creaba un punto de vacunación en las islas, explicando a los médicos locales cual era el procedimiento, por otro lado sencillo.
Tras el salto a América se inició el mismo procedimiento en el Caribe y más tarde en la llamada Tierra Firme: Venezuela, Colombia, Méjico, Perú, Ecuador, entre otros puntos.
Por todos los lugares aplicaban el mismo protocolo que era no solamente vacunar, sino enseñar la técnica a los médicos del lugar.
La expedición prosiguió su curso y llegó hasta las posesiones del Pacífico: Filipinas, Macao, Cantón, incluso la isla de Santa Elena, en el Golfo de Guinea, donde tocaron puerto a la vuelta del viaje que se convirtió en una auténtica vuelta al mundo.
El regreso a España del doctor Balmis coincidió con la invasión napoleónica y el destronamiento de Carlos IV, por lo que no era momento de rendir homenaje a las personas que valientemente se habían prestado a tan expuesta e incierta aventura.

Busto de Francisco Javier Balmis en Alicante

Balmis se colocó desde el primer momento en una posición muy enfrentada a los invasores lo que motivó que tuviera que huir de Madrid, refugiándose en Cádiz, donde algún tiempo después se le autorizó a volver a las Américas en un nuevo viaje que duró hasta 1814.
La convulsión vivida en aquellos difíciles momentos, unido al saqueo y destrucción total de la casa del médico en Madrid, ha hecho que por una parte, se perdieran importantísimos documentos que guardaba en su biblioteca, así como que su figura pasase desapercibida entre la vorágine del sucesos que cada día se producían en todo el territorio nacional.
Vista la empresa desde la óptica actual, se la considera como la primera expedición con fines humanitarios y sanitarios de todos los tiempos.
Un último detalle es que solamente uno de los niños murió durante el viaje, los otros veintiuno regresaron sanos y salvos.

jueves, 28 de febrero de 2019

SOFONISBA DE ANGUISSOLA




Es posible que ahora, con esa fiebre feminista que les ha entrado a todos, incluso a los hombres, alguien se acuerde de algunas mujeres que fueron injustamente ignorada en su tiempo y hasta nuestros días, simplemente por el hecho de ser mujeres.
Yo estoy a favor de la igualdad de géneros, no podría ser de otra manera, pero muy en contra de conceptos tales como “la paridad” o “las cuotas”.
Cualquier persona, hombre o mujer, pero sobre todo en mujer es más frecuente, que alcance un puesto del tipo que sea porque en el escalafón han de haber el mismo número de varones que de hembras, no debería sentirse orgulloso, antes al contrario, tendría que saber que debe su puesto a una métrica del sexo y no a sus conocimientos o su valía personal.
Destacar siempre por lo que cada uno vale o sabe, o por lo bueno que es en su oficio y no por completar un casillero en el tablero de la “paridad”.
Reconocer la valía de una mujer es algo natural en la actualidad pero, ciertamente, en épocas pasadas era muy difícil para una fémina abrirse paso en determinadas actividades, una de las cuales era la pintura.
Hay poquísimas mujeres que hayan alcanzado la fama como pintoras, así como escultoras o músicos, frente a un número mayor en otras artes como la literatura, y una de esas escasas mujeres fue la que da título a este artículo.
Sofonisba de Anguissola tenía ciertamente un nombre raro, casi desconocido, pero ahora se explicará. Había nacido alrededor de 1535 en Cremona, una ciudad al sureste de Milán, hija mayor de cinco hembras y un varón y en el seno de una familia acomodada y amante del arte, perteneciente a la baja nobleza lombarda. Su padre se llamaba Amílcar y su único hermano, Asdrúbal, pues la familia era una ferviente admiradora de Cartago y su cultura y desde cuatro generaciones, al menos, venía manteniendo estrecho vínculo con todo lo que representaba a la antigua colonia fenicia.
En la sociedad cartaginesa, Sofonisba, hija del general Asdrúbal, fue usada como moneda de cambio en matrimonios, buscando la alianza de otros reinos en sus guerras contra los romanos, concretamente en la Segunda Guerra Púnica. Casó con Sifax, rey de Numidia, un territorio próximo a Cartago con el que se alió precisamente por matrimonio y tras la derrota ante los romanos, ella prefirió suicidarse antes de caer en su poder.
De ahí le viene el nombre a la joven italiana que con solo catorce años fue enviada, junto a su hermana Elena a estudiar pintura con Bernardino Campi, un pintor renacentista poco conocido que tenía un taller en Cremona.
Allí, las dos hermanas, aprenden los rudimentos de la pintura: preparar el lienzo, elaborar pigmentos, mezclar colores y comienzan a realizar sus primera obras, copias de otro cuadros.
Unos años después, otras dos hermanas se incorporan al taller de Campi hasta que en 1549 el maestro se marcha de Cremona y ellas continúan su aprendizaje con otro modesto pintor llamado Gatti. A partir de ese momento continuará sola en el mundo de la pintura, pues su hermana Elena decide ingresar en un convento y las otras dos carecen del talento necesario.
Pero Sofonisba destaca como pintora de retratos solo que por su condición de mujer y el ambiente pueblerino de su ciudad, su horizonte está muy limitado y aparte de no poder pintar desnudos, no era admitida en otras escuelas y sus cuadros se circunscriben al círculo de su familia y amistades muy cercanas; nadie la contrata para un retrato.
Pero ella continúa su formación en solitario, perfeccionando su técnica y alcanzando un alto grado de maestría pictórica, hasta el punto de que su fama se empieza a extender y decide que es el momento de ampliar horizontes y con la ayuda de su padre, que confía plenamente en ella, se traslada a Roma donde el gran Miguel Ángel acepta recibirla y estudiar su pintura.

Autorretrato, donde ya se observa su depurada técnica

Para demostrar su preparación le pide que pinte a un niño llorando y ella pintó  un cuadro que causó la admiración del maestro: ”Niño mordido por un cangrejo”. A partir de ese momento y durante dos años, Miguel Ángel estuvo supervisando sus obras.
Ser discípulo de un genio como aquel, era ya una excelente carta de presentación.
Con ese bagaje regresa a Cremona hacia 1556 y allí pinta a sus hermanas, a su padre Amílcar con su hermano Asdrúbal y su hermana Minerva y a otros familiares, mientras empieza a recibir encargos de la nobleza, dada la fidelidad con la que Sofonisba reflejaba a los retratados en sus cuadros.
Dos años después, encontrándose en Milán, conoció al Duque de Alba, al que le pinta un retrato que está desaparecido, pero que causa tal impresión en el duque que aconseja a Felipe II que invite a la corte española a la pintora, lo que hace como dama de compañía de Isabel de Valois, futura esposa del monarca español.
Muy pronto, entre la pintora y la reina, aficionada al dibujo, surge una corriente de simpatía y afinidades, pues ambas habían recibido una educación muy superior a las de las damas españolas, con las que la reina tenía más difícil conectar.
Empieza a dar lecciones de pintura a la reina, mientras entra a trabajar con el afamado pintor Alonso Sánchez Coello, el cual era pintor de la corte.
La joven pintora italiana comienza a retratar a miembros de la familia real, de los propios reyes o del príncipe Carlos y casi todos ellos se han venido atribuyendo a Sánchez Coello, el pintor más importante de ese momento.
Cuando murió la reina Isabel, las damas de honor volvieron a sus lugares de origen, pero Sofonisba decidió quedarse en Madrid, contando con la protección que le dispensa el rey Felipe II.
Tenía la pintora ya cuarenta años cuando se concierta su boda con el hijo del virrey de Sicilia, Fernando de Moncada, con el que se casa por poderes, cosa muy frecuente en la época y marcha a Sicilia a reunirse con su marido.
Durante cinco años, no se sabe casi nada de la vida de Sofonisba, ni de su producción artística, pero tras ese tiempo fallece su marido en un asalto de piratas, momento en el que ella decide volver a su casa de Cremona, pero durante la travesía en barco desde Sicilia a Génova, se enamoró perdidamente del capitán del barco en el que viajaba, Orazio Lomellino, con el que se casó, estableciéndose en Génova, donde abrió un taller de pintura en el que recibía a jóvenes pintores.
Cuando tenía ya ochenta y tres años, decidió trasladarse a Palermo, en la isla de Sicilia, a donde fue para conocerla, el que sería un genio de la pintura flamenca: Van Dyck.
Murió en 1626, con más de noventa años, aunque no se puede precisar debido a que no se conoce exactamente su fecha de nacimiento.
Tras su muerte, toda su obra pasó al olvido y allí ha permanecido hasta que la terca realidad se ha empeñado en sacarla a la luz.
No fue hasta el siglo XIX que empezó a hablarse de ella, pero sin demasiada convicción, pues la mayoría de las obras que había realizado se habían atribuido a pintores afamados de la época.
Un ejemplo clarísimo es un retrato de Felipe II que cuelga en el Museo del Prado, el cual ha estado catalogado desde hace muchos años como de Alonso Sánchez Coello, el pintor de la corte de aquella época. Sin embargo, con motivo del doscientos aniversario de la creación del Museo, se hicieron una serie de exposiciones y estudios de las obras más emblemáticas, entre ellos el mencionado cuadro, llegándose a la conclusión indubitada de que su autora era Sofonisba.

Retrato de Felipe II, obra de Sofonisba de Anguissola

Lo mismo ha ocurrido con una obra atribuida a El Greco titulada La dama del armiño, de la que ahora se está absolutamente seguro de que también es obra de la italiana.
Y así ocurre con otras importantes obras atribuidas a hombres, cuya relación sería tediosa, pero que se han estudiado en profundidad y los catálogos de los museos y colecciones se han visto en la necesidad de cambiar la autoría que tenían atribuida, para asignarlas a esta pintora.
Aparte del enorme mérito que como pintora tiene Sofonisba, no es desdeñable el de haberse impuesto a un mundo de hombres, hasta alcanzar un reconocimiento mundial, pero, sobre todo, haber sido capaz de trasladar a España las técnicas de la pintura renacentista que ella dominaba a la perfección.
Su condición de mujer, pese a haber triunfado plenamente en la expresión de su arte, le impuso unas limitaciones que, a la postre, nos ha impedido disfrutar de muchas de las facetas de la pintura que ella no pudo ni siquiera rozar,
Por ejemplo, no podía pintar cuerpos desnudos, como ya se ha dicho, sino vestidos hasta el cuello, solamente con las manos y la cara al aire, tampoco pudo pintar naturalezas, en las que seguro que también abría destacado.
Han pasado muchos años desde que desapareció, pero ha vuelto a aparecer y con enorme fuerza, provocando un reconocimiento mundial como a una de las primeras mujeres pintoras y la primera en colgar cuadros en el Museo del Prado y actualmente la crítica la considera la mejor retratista detrás de Velázquez.

jueves, 21 de febrero de 2019

UN PRÍNCIPE IGNORADO




En la riquísima historia de España es muy normal que numerosos personajes hayan pasado desapercibidos, a pesar de su elevada cualificación, engullidos en la enorme vorágine de hombres célebres que la han colmado, pero no es tan normal que hayamos tenido un rey Luís que no se estudiaba en mis tiempos ni que personajes como el que hoy ocupa este artículo, haya sido silenciado, ignorado para casi todos los libros de historia que no entrasen en alguna profundidad.
Me estoy refiriendo al primer vástago de Felipe II, fruto habido con su primera esposa María Manuela de Portugal: el infante Carlos, nacido en 1545 y que desde muy pronto se reveló como una naturaleza débil y enfermiza, a más de un insoportable carácter.
Sus padres era primos hermanos por doble partida, lo que proporciona un elevado grado de consanguineidad que hace difícil la procreación y que en caso de producirse y llegar a término, provoca en el concebido taras y defectos insuperables. De entrada, su nacimiento produjo la muerte de su madre cuatro días después.
Con el ascenso de su padre a la corona de España, en 1560, Carlos fue nombrado príncipe de Asturias, pero su padre sabía que tenía con su hijo un gravísimo problema.
Tan poco le gustó desde el principio, que su educación fue encomendada a sus tías María y Juana, con las que también se había criado el padre, que como príncipe heredero, se pasaba la vida viajando por los dominios europeos.
Así, el niño Carlos creció mimado en extremo y sin que nadie le contrariara ni lo más mínimo, incluso cuando demostraba su extrema crueldad con animales a los que martirizaba por el placer de verlos sufrir.

Retrato del príncipe don Carlos por Alonso Sánchez Coello

Al casarse sus tías, otros familiares continuaron su educación hasta que fue enviado a la universidad de Alcalá de Henares, junto al hermanastro de su padre, Juan de Austria y el íntimo amigo de éste Alejandro Farnesio, inseparables hasta la muerte.
Si el carácter inestable y sádico del joven ya era una desgracia que hacía casi imposible la convivencia en el seno de una familia medio normal, una fiebres tercianas, secuelas de una malaria padecida en la infancia, provocaban periodos críticos en el joven, a los que vino a sumarse un accidente ocurrido en 1662, cuando ya era príncipe de Asturias, que llegó a perjudicar mucho más su vida y sus relaciones con los demás. Se cayó de una escalera de mano cuando pretendía entrar en la habitación de la hija de un portero del palacio arzobispal.
Resultado del golpe fueron múltiples fracturas, alguna de las cuales en huesos del cráneo, concretamente el occipital izquierdo. Después de unas curas de urgencia fue trasladado a sus aposentos en un estado de inconsciencia que no presagiaba nada bueno.
A partir de ese momento, el desesperado padre prometía todo tipo de obsequios a quien curase a su hijo, al que las prácticas médicas de la época no se lo cargaron porque posiblemente su salud era más fuerte de lo que se nos ha hecho pensar; porque en cama, con fractura de cráneo y otros huesos, era sometido a purgas y sangrías constantes que lo único que hacían era debilitarle aun más.
Un curandero morisco del Reino de Valencia, al que se conocía como “Pinterete”, preparaba un  ungüento milagroso que decidieron aplicarlo al príncipe e hicieron venir al morisco, sin ningún resultado positivo, pues la salud iba empeorando.
Incluso se llegó a meter en su cama la momia de Diego de Alcalá, un franciscano muerto cien años atrás al que se tenía por santo milagrero, pensando que solo los poderes sobrenaturales podían hacer algo por el joven.
Por último fue sometido a una trepanación por el doctor Daza Chacón, para colocar en su lugar los huesos fracturados y, milagrosamente, empezó una lenta recuperación. Dos meses después ya conseguía mantenerse de pie, aunque le quedó una deformidad y una apreciable dificultad al andar.
Y sobre todo un notable empeoramiento de su carácter.
Como es natural, Europa entera seguía con el máximo interés la evolución de la salud del príncipe, pues en muchos países iba a gobernar, como en los Países Bajos y en otros podría ser el heredero, como el caso de Portugal.
Parece que al final el joven se repuso, pero su convivencia se hacía insoportable. Corría por la corte el rumor de que era impotente, ante lo que él trataba de demostrar su virilidad acosando a cuanta mujer se ponía a su alcance.
Su tío, don Juan de Austria, parecía tener bastante más ascendencia sobre él que su propio padre y el príncipe disfrutaba de la compañía de su tío y la de su íntimo Farnesio, pero no tenía ni edad ni preparación para estar a la altura de dos personajes del calibre de sus amigos.
Aun con esos inconvenientes, se había pactado su boda con Isabel de Valois, hija del rey francés Enrique II y Catalina de Medicis, pero al quedar viudo su padre de la reina inglesa María Tudor, se decidió casar a Isabel con Felipe II, boda que buena parte de Europa celebró.
Pero el príncipe Carlos no contó para nada en la decisión y le sentó muy mal aquel plante tan ladino, circunstancia que vino a agravar su ya desquiciado comportamiento, pues hacía parecer que estaba completamente enamorado de la que ya era su madrastra, pero sobre todo produjo un paulatino e irremediable alejamiento de su padre, al que esquivaba y con el que perdió todo contacto, abandonando incluso el palacio.
Un aborto doble de la reina, dicen que sumió en la tristeza al príncipe que esperaba la llegada de un hermano. Posteriormente su madrastra tuvo dos hijas que sobrevivieron y una tercera que murió a las pocas horas de nacer.
La ausencia de varón en la descendencia de Isabel y la poca o ninguna esperanza que Felipe tenía en su hijo, al que quiso introducir en tareas de  gobierno con muy escaso éxito, creaban una incertidumbre en el rey y en muchas cortes europeas, perfectamente informadas de la situación de la corona española a través de sus embajadores.
Rumores cortesanos acerca de la actitud francamente belicosa del príncipe contra su padre, habladurías sobre la posibilidad de que el hijo intentase un golpe de mano contra el rey, conversaciones, al parecer con representantes de otras monarquías, dejando entrever su descontento por la política que su padre empleaba en los Países Bajos, a donde quería huir para proclamarse rey y en fin, un estado de ánimo alterado por culpa de una situación que se había hecho insostenible, impulsaron a Felipe a proceder a la detención de su hijo el día dieciocho de enero de 1568, encerrándolo en sus aposentos e impidiendo que saliera de ellos. Tampoco podía recibir correspondencia y las visitas estaban muy limitadas.
Previendo que la naturaleza inestable del heredero pudiera acarrear algún problema añadido, se le prohibió tener no solamente cualquier arma, sino cuchillos de mesa, tenedores y otros objetos punzantes.
Las huelgas de hambre que suelen hacer los presos no es un invento de estos tiempos, pues el príncipe Carlos ya inició una que tuvo que abandonar muy pronto, pues su estado de salud se veía comprometido.
Posteriormente se le trasladó a la torre del Alcázar de Madrid, el mismo lugar en el que su abuelo había tenido preso al rey Francisco I de Francia.
Durante seis meses padeció el encierro y deteriorándose paulatinamente, falleció el veinticuatro de julio de aquel mismo año, aparentemente de muerte natural.

Real Alcázar de Madrid que ardió en 1734

Pero siglos después, en el XIX, apareció un manuscrito que se ha atribuido a un fraile llamado Joan Avilés y que había sido ignorado por historiadores y estudiosos de aquella época, en el que se revela un tremendo escándalo y no es otro que el príncipe, tras su detención, fue sometido a un juicio secreto, cuyo resultado fue su condena a muerte, que se efectuó por degollación y a los pocos días de haberse producido el traslado a Madrid.
En ese momento, un doctor que se nombra como Vega, habría embalsamado el cadáver y conservado con hielo que se decía que el príncipe se lo hacía traer para quebrantar su salud.
Se tiene constancia documental que el tal doctor Vega percibió una muy considerable suma de dinero y prácticamente desapareció.
Lo que haya de verdad en esta historia es algo que costará demostrar, sobre todo por la escasa atención que se le ha prestado a ese documento que, sin embargo, se ha podido demostrar que es auténtico y que muy bien se pudiera corresponder con una realidad que España trató de ocultar.
Que el infante Carlos era un anormal, está fuera de toda duda. Que se enfrentaba a su padre, criticando su forma de proceder, pero sin aportar nada por su parte, está también demostrado. Que quiso ser rey de los Países Bajos y de algún reino de Italia y que en ello involucró hasta a su tío Juan de Austria, es indubitado, lo mismo que el hecho de que su padre lo mandara detener y encerrar; lo de su ajusticiamiento tras un juicio está menos claro, porque en ese momento Felipe no tenía heredero para su imperio y éste hubiese caído en manos muy dispares que se lo disputaban, así que suprimir al único que podía dar continuidad a la dinastía es una cuestión difícil de creer, sobre todo con la férrea voluntad de aquella época por conservar la corona para la familia.
Pero ahí están los historiadores, para estudiar el asunto.