viernes, 22 de marzo de 2019

NEY, EL RUBICUNDO MARISCAL





El 28 de febrero de 1815 Napoleón escapó de su fingida prisión en la isla de Elba y con unos mil soldados que conservaba como una especie de guardia personal, desembarcó en Antibes, ciudad costera entre Niza y Cannes. Había elegido voluntariamente su destierro en Elba cuya escasa población lo recibió con recelo y donde de inmediato comenzó a realizar importantes obras de infraestructura que los vecinos acogieron con entusiasmo. Pero su única intención era la de volver a París y hacerse nuevamente con el poder.
Mientras, Francia había nombrado rey a Luis XVIII, el cual, nada más tener noticias del regreso de Napoleón, envió al Mariscal Michel Ney, para que lo capturara.
Dicen que Ney, al recibir el encargo directamente del rey dijo que traería a Napoleón en una jaula de hierro, emprendiendo la marcha de inmediato al frente del Quinto Regimiento de Línea.
Pero entre los muchos errores que el rey había cometido en su corto reinado, quizás el más importante fue el de no haber purgado el ejército de militares leales a Bonaparte, el cual era considerado un genio militar y profundamente admirado por las altas jerarquías castrenses.
 Días más tarde se encontraron en las inmediaciones de la ciudad de Grenoble, al pie de los Alpes, en donde Napoleón marchó totalmente solo a encontrarse con el ejército del mariscal Ney y tras una breve exhortación a los soldados del Quinto Regimiento, el mariscal se pasó al bando del emperador y juntos marcharon hacia París.
No fue esta la única deserción, pues por donde las tropas sublevadas iban pasando, se les iban adhiriendo infinidad de soldados, incluso regimientos enteros, como ocurrió el 19 de marzo, cuando el ejército acampado en las afueras de París para su defensa, se pasó en bloque a las filas napoleónicas.
De inmediato el rey comprendió que todo estaba perdido y huyó de París hacia Holanda, albergándose en Gante.
Napoleón y su fiel Ney entraron triunfantes en la capital del Sena y dio comienzo a lo que se ha dado en llamar “Imperio de los Cien días”.
Porque eso fue lo que duró hasta la derrota de Waterloo, donde Napoleón y Ney fueron hechos prisioneros.
El emperador fue trasladado a la isla de Santa Elena y Ney juzgado y condenado a muerte, fue fusilado en el muro trasero del palacio de Luxemburgo, el día 20 de noviembre de 1815.
Pero antes de continuar, es preciso hacer un poco de historia sobre este brillante militar, cuya muerte, como se verá no deja de estar recubierta por un halo misterioso.
Michel Ney nació en 1769 en la región fronteriza de Lorena, hijo de un veterano militar francés reconvertido en tonelero y madre alemana.
Aunque empezó muy joven a trabajar en el mundo de los licores, cuando tuvo la edad reglamentaria se alistó en el ejército francés, del que tanto había oído hablar a su padre y en donde inmediatamente destacó por su inteligencia natural y su valor y en donde empezó a ser conocido cariñosamente por “El rubicundo” dado el color sonrosado de su cara. Con veinticinco años ya era capitán y dos años más tarde, por méritos de guerra, fue ascendido a general de brigada.
Tras el golpe de estado de Napoleón, al que no conocía personalmente, se coloca claramente en su contra, pero su esposa, Aglaè Augié, amiga íntima de Hortensia, hija de Josefina, la primera esposa del futuro emperador, lo convence para que cambie de bando.
Cuando ambos militares se conocen, quedan mutuamente impresionados, iniciando una amistad que duró siempre.
Fue ministro y mariscal, la más alta graduación militar y así llegó hasta el momento de su ejecución.
Cuando tras la derrota de Waterloo los ingleses mandados por el duque de Wellington lo hacen prisionero, lo entregan al rey de Francia que inicia un juicio contra el mariscal a resultas del cual es condenado a muerte por traición, llevándose a cabo la ejecución en presencia del propio Wellington.
Un piquete de soldados formó frente al muro del Palacio de Luxemburgo, actual sede del senado francés y según todas las crónicas, disparó al corazón de Ney que cayó ensangrentado.

Dibujo del fusilamiento del mariscal Ney

Pero no se le dio el tiro de gracia, preceptivo en los fusilamientos y su cadáver no fue mostrado ni tan siquiera a su esposa, recibiendo inmediata sepultura.
No pasó mucho tiempo cuando empezó a correr un rumor que fue agrandándose hasta adquirir dimensiones formidables y que hablaba de que el mariscal Ney no había muerto, sino que vivía bajo otra identidad, en tierras americanas.
Hacia 1819, en Carolina del Sur, una de las trece colonias que se separaron de Inglaterra, apareció un hombre que se hacía llamar Peter Stewart Ney y cuyo parecido con el famoso mariscal Ney era sorprendente.
El primero en dar la voz de aviso fue un marinero llamado Philip Petrie, enrolado en un buque llamado City of Philadelfia, que dijo haber sido soldado a las órdenes del mariscal, al que sin ningún lugar a dudas había reconocido como uno de los pasajeros que zarpando de un puerto al norte de Europa, había llegado al continente americano, desembarcando en Charleston en el mes de enero de 1816. Eso sería un par de meses tras su supuesta ejecución.
Curiosamente, el tal Peter hablaba correctamente alemán, chapurreaba inglés y decía no saber francés, aunque en numerosas ocasiones, sus convecinos lo habían sorprendido en librerías y bibliotecas consultando libros escritos en francés.
Es de señalar que tras la independencia de Inglaterra, Francia y España estuvieron muy presentes en las nuevas colonias, por lo que el francés era lengua de uso muy corriente que este ciudadano decía extrañamente no conocer.
Otra circunstancia que le hacían semejarse al desaparecido mariscal es que Peter era un experto espadachín que manejaba el sable a la perfección, sobre todo montando a caballo, actividad que también dominaba.
El mariscal Ney había servido toda su vida en el regimiento de Húsares, que son unidades de caballería.
En sus últimos años había dado clases en un prestigioso colegio de Carolina hasta que falleció en 1846.
Un detalle de su personalidad era la afición a la bebida, a la que se entregaba sin mesura y aunque siempre negaba ser otra cosa que profesor, cuando se encontraba bajo los efectos del alcohol confesaba a sus más allegados ser el verdadero mariscal francés.
Pero no es que solamente dijera eso por alardear es que quienes le escuchaban relataron que contaba con toda suerte de detalles las batallas en las que había participado junto a Napoleón e incluso explicaba la razón por la que se había salvado del fusilamiento, el cual fue un simulacro ideado por el propio duque de Wellington, con el que aparte el lógico enfrentamiento por pertenecer a ejércitos en guerra, le unía el estrecho lazo de ser hermanos masones.
Uno de sus alumnos en el Davidson College, que en realidad es una universidad privada de Carolina del Norte, manifestó que en el año 1821 llevó a clase un periódico que publicaba la muerte de Napoleón en la isla de Santa Elena y que al leer la noticia, el profesor Peter Stewart se desmayó y hubo que llevarlo a la enfermería, en donde el médico oficial del Colegio le hizo un reconocimiento general, comprobando que tenía varias heridas en todo el cuerpo, algunas de las cuales se observaba a simple vista que eran de gravedad y producida por armas blancas, aunque también observó alguna que parecía producto de metralla o de fusilería.
Murió con setenta y siete años, según consta en la placa de bronce de su tumba, que sería la misma edad que tendría el mariscal.


Lápida de Peter Stewart Ney
Como puede leerse en la inscripción, se da por sentado que quien yace allí fue un soldado de la revolución francesa a las órdenes de Napoleón.
Acabada la época napoleónica, José Bonaparte, que había sido rey de España y de donde había huido con un considerable tesoro en joyas y piezas de oro, cargo elevado en la francmasonería, se refugió en los Estados Unidos, desde donde ayudó a muchos bonapartistas masones, a huir a las colonias americanas.
Uno de ellos pudo ser el mariscal Ney, porque en toda esta polémica existe un hecho incontrovertido y es que casi un siglo después, en 1903, concretamente, la tumba de Ney en el cementerio Père-Lachaise, el más grande de los de París, fue abierta para trasladar los restos a otro lugar, comprobándose que el ataúd que debería contener el cuerpo del mariscal estaba vacío.
Es probable que nunca sepamos la realidad de esta historia que suena más a novelesca que a realidad, pero unas pruebas caligráficas realizadas recientemente, sobre escritos indubitados de ambos personajes, arrojan una coincidencia del ciento por ciento.

viernes, 15 de marzo de 2019

LA PLUMA Y LA ESPADA





El título carece totalmente de originalidad, es obvio, pues a lo largo de la historia se ha empleado en la descripción de personajes que han destacado tanto en la literatura como en las armas. El mismo Garcilaso de la Vega mereció ese calificativo, pero eso no es obstáculo para aplicarlo a muchos otros que en nuestro glorioso pasado, usaron de las dos eficaces armas para combatir al enemigo tanto en el campo de batalla, como en la más difícil tarea de desmontar mentiras y falacias, como el personaje del que me propongo escribir.
Ya lo he dicho en varias ocasiones y es cosa casi entendible que personajes españoles de gran talla hayan pasado inadvertidos dada la proliferación de descomunales figuras con las que contemporizaron y ese es el caso de Gonzalo Jiménez de Quesada.
Nació en 1509 posiblemente en Granada, aunque no se descarta Córdoba  pues hay fuentes que lo sitúan en ambas ciudades, en el seno de una familia acomodada en la que el padre ejercía la abogacía.
Fue el mayor de seis hermanos y a la edad adecuada fue enviado a Salamanca donde se licenció en derecho, regresando a Granada, donde su familia estaba establecida, en el año 1533; allí empieza a colaborar con su padre ante los tribunales, en donde pronto se le empezó a conocer como “Gonzalo, el Mozo”, para diferenciarlo de su padre.

Oleo de Gonzalo Jiménez de Quesada

Pero escasa vocación de leguleyo debía tener el joven porque dos años después decide dejar el derecho y enrolarse en una expedición hacia las Américas, en la que lo acompañaron sus dos hermanos, Hernán y Francisco.
Mandaba aquella expedición Pedro Fernández de Lugo, un acreditado conquistador de las islas de La Palma y Tenerife, castigador de la piratería berberisca del Mediterráneo y Adelantado de Canarias, desde donde organizó su expedición hacia el río Magdalena, en la actual Colombia acompañado, como segundo en el mando, por su hijo Alonso Luís.
Pronto el De Lugo advirtió las grandes cualidades de Gonzalo y tras desembarcar en Santa Marta, en la costa caribeña del Reino de Nueva Granada, como lo bautizó precisamente Gonzalo, organizaron una expedición que llevaría dos frentes, uno fluvial, con seis bergantines que se adentrarían por el intrincado río Magdalena y otra parte por tierra, siguiendo el curso de dicho río.
Esta segunda expedición fue puesta a las ordenes de Quesada y estaba compuesta por más de seiscientos soldados. La intención perseguida era la de buscar una ruta terrestres hacia el Perú.
La doble expedición partió a remontar el Magdalena el día cinco de abril de 1536, encontrándose con las enormes vicisitudes de atravesar bosques y ciénagas, como las que García Márquez refiere en su novela Cien años de soledad, en donde se escondían innumerables peligros, además de los hostiles nativos de la región, sobre los que llevaban instrucciones de procurar su amistad, pero también la de sacarle todo el oro y plata que tuvieran.
Gonzalo Jiménez permaneció más de tres años en el interior de aquellas selvas, hasta reunirse con otras dos expediciones que habían partido de Ecuador y Venezuela.
Es difícil imaginar cómo es posible que tres expediciones partidas de puntos diferentes y en distintos momentos fueran capaces de encontrarse en la inmensidad que aquel territorio suponía, pero lo cierto es que así fue y mientras esperaba a las otras expediciones, en un lugar conocido como Sabana de Bogotá, mandó construir una iglesia que el seis de agosto de 1538 celebró su primera misa y en cuyo lugar fundó la ciudad de Santa Fe de Bogotá, actual capital de Colombia, que toma la fecha de la celebración de aquella primera eucaristía, como la de la fundación de su ciudad.

Fundación de Santa Fe de Bogotá

Años después. Quesada regresó a España con sus hermanos Hernán y Francisco, los cuales, después de haber pasado por infinidad de peligros y riesgos en su etapa de conquistadores, fallecieron en España cuando los alcanzó un rayo en una tormenta.
La figura de Gonzalo Jiménez de Quesada, teniendo una gran importancia histórica, ha pasado desapercibida al coexistir con personajes de la talla de Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Diego de Almagro, Cabeza de Vaca y muchos otros que alcanzaron tal notoriedad que eclipsaron totalmente a hombres de la talla del que nos ocupamos.
Sin embargo y después de haber conquistado un reino, fundado ciudades y haber engrandecido notablemente las posesiones españolas en el Nuevo Continente, su figura estaba diluida y prácticamente hasta el pasado siglo XX, nadie hablaba de él si no era en estudios profundos y casi siempre de pasada.
Pero vino a ocurrir un hecho que puso en primer plano la figura Jiménez de Quesada y es que se descubrieron unos escritos publicados por él, a los que los historiadores de la época y posteriores habían prestado poca o ninguna atención.
Al regresar a España tras su viaje de conquistador, empieza a apreciar cómo la Leyenda Negra está calando profundamente contra España y que es alimentada, fundamentalmente desde dos frentes.
Por uno, el más famoso y consabido frente protestante, alentada por Lutero y por Guillermo de Orange, entre otros y apoyada por la siempre sibilina Inglaterra, celosa del enorme poder que estaba alcanzando España. Por otro lado una parte importante de la supuesta intelectualidad italiana que cargaba tintas contra nosotros, en un frente que lideraba el obispo de Nocera, Paolo Giovio, a quien se conoce como Paulo Jovio, un médico, humanista, historiador y prelado de la Iglesia que arremetía contra los españoles acusándoles de todas las barbaries imaginables. A él se debe la falsificada información del famoso Saco de Roma, en donde los soldados españoles participaron de una forma testimonial dentro de un contingente alemán, holandés y belga, pues aquella acción no fue obra de España sino decisión del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, de castigar las veleidades del papa.
Cierto que el emperador del Sacro Imperio era también el rey de España, pero las atrocidades que dicen se cometieron en aquel saqueo fue obra de soldados que no eran precisamente españoles: lansquenetes, tudescos, mercenarios alemanes, a los que no ha afectado el baldón que para los españoles ha supuesto la participación en aquel desafortunado incidente.
En la Italia renacentista, más que Leyenda Negra, se desarrolló un proceso de “hispanofobia”, como relata Elvira Roca Barea en su libro y que suponía un odio a todo lo español, pero el germen de ese odio no era otro que una insana envidia al ver cómo era España la única que protegía sus costas de los ataques berberiscos, o cómo el imperio español no paraba de crecer en extensión y riquezas, o como fue precisamente con capital español que la ciudad de Roma había adquirido el esplendor imperial de su pasado, o el hecho de que a finales del siglo XVI, un tercio de la población de Roma fuera española, o que muchos italianos prefirieran hacer carrera de armas en los ejércitos españoles, mucho más eficaces y mejor considerados, o en la propia administración.
Y a pesar de todo, el odio hacia España se incrementa luchando contra una realidad incuestionable y el tal Jovio escribía y escribía atacando en sus obras a nuestra patria, sin que fuera contestado apenas.
Hasta que llegó Jiménez de Quesada a España de vuelta de su exitosa expedición creando el Reino de Nueva Granada y su capital, Bogotá.
Se sorprende e indigna contra la feroz e injusta crítica del obispo Jovio y no duda en arremeter contra él, usando la pluma, esa otra arma que hace más daño que la hoja de acero de la espada y que permanece por más tiempo abriendo la herida del enemigo.
Poseído de cólera escribe “El Antijovio” cuando percibe que los escritos obispales, inicialmente en latín, están siendo traducidos al español y al italiano, por lo que supone que están teniendo éxito y que pueden influir muy negativamente en la propia estima de los españoles.
Pero así es España y el libro no fue editado, lo que aclara perfectamente la escasa preocupación por contrarrestar ese odio que se está generando.
El libro no se publicó hasta 1952, cuando ya era muy tarde y se hizo con la intención de que se conocieran voces que clamaban contra lo antiespañol.
Jiménez Quesada era un hombre del Renacimiento que hablaba latín, griego, español, italiano y árabe, que antepuso a su confort natural, al pertenecer a una familia rica y dedicarse él a una notable profesión, el riesgo permanente de engrandecer su querida patria. Murió cuando había cumplido los setenta años, en una ciudad colombiana llamada Mariquita, completamente arruinado por las numerosas expediciones que realizara por las selvas del continente, algunas de las cuales lo fueron en la quimérica búsqueda de El Dorado.
España sigue siendo igual y sus enemigos ya nos llamaron marranos y bestias, como hizo el reformador Lutero y como sigue haciendo algún presidente autonómico, cuyo odio a su país es incluso mayor que el del obispo de Nocera.

viernes, 8 de marzo de 2019

LA EXPEDICIÓN DE BALMIS





A veces empleamos palabras sin preguntarnos sobre su procedencia. Cuando usamos la palabra “vacuno”, sabemos con toda certeza que nos estamos refiriendo a lo relacionado con ese tipo de ganado, pero cuando usamos la misma palabra en femenino: “vacuna”, no nos referimos a la hembra de ese ganado, sino a un producto medicinal empleado en la prevención de enfermedades.
Sin embargo no caemos en la cuenta que ambas palabras se refieren al mismo género de rumiantes: los vacunos.
En 1796 un médico rural inglés llamado Edward Jenner observó que las personas que ordeñaban las vacas, contraían una enfermedad muy similar a la temida viruela, a la que denominó “viruela vacuna”, que tenía una sintomatología leve y no causaba la muerte de ninguno de los afectados, los cuales quedaban inmunizados contra la mortífera enfermedad.
Bueno, en realidad el doctor inglés lo que hizo fue constatar lo que los ganaderos y campesinos le manifestaban y que era algo que ellos habían venido observando desde muchos años atrás. No encontraban explicación científica, pues carecían de la formación necesaria, pero sí que habían detectado que los que ordeñaban aquellas vacas a las que salían unas pústulas en las ubres, solían contraer una enfermedad leve que remitía en pocos días y, curiosamente, cuando llegaban las terribles epidemias de viruela que asolaban las poblaciones hasta producir un treinta por ciento de bajas, aquellos ordeñadores no padecían la enfermedad.
Con criterio médico, el doctor comprobó que en realidad aquellos campesinos se estaban refiriendo a una enfermedad del ganado vacuno llamada “vaccina”, o “viruela de las vacas” y se le ocurrió la idea de emplear la ciencia para hacer lo que la naturaleza hacía con los ordeñadores.
Las pústulas de las ubres transmitían la enfermedad a los ordeñadores y estos quedaban inmunizados. Si fuera posible sintetizar la sustancia que recibían aquellos campesinos e inocularlas a personas fuera del ámbito rural, la protección contra la enfermedad podría ser efectiva en un número de personas mucho mayor. Probó primero con el hijo de su jardinero, al que inoculó en ambos brazos la exudación de las pústulas de  las manos de una ordeñadora. El pequeño sufrió una leve enfermedad, con fiebres y malestar, pero remitió en pocos días y no volvió a sentir ningún síntoma. Esto le impulsó a continuar sus trabajos esperando confrontarlos en la próxima epidemia de viruela.
Así estuvo trabajando durante veinte años, durante los cuales publicó sus trabajos que causaron sensación en el mundo médico de la época, muchos de cuyos representantes se inclinaron rápidamente a poner en práctica la solución de Jenner, a la que pronto se empezó a llamar “vacuna”.
Uno de los médicos mas atraídos  por la nueva aplicación fue un médico español llamado Francisco Javier Balmis, el cual tuvo una excelente idea que lo convirtió en el primer expedicionario sanitario del mundo.
Había nacido en Alicante en 1753 y empezó sus estudios de medicina en el hospital militar de su ciudad, hasta que en 1778 obtuvo el título de cirujano.
Años después se trasladó a las colonias americanas, residiendo en Cuba y Méjico, donde alcanzó cierta notoriedad y enormes conocimientos en enfermedades venéreas y su transmisión.
De vuelta a España, obtuvo el título oficial de médico por la universidad de Toledo, el de mayor rango dentro de la ciencia de la curación y esto le permitió entrar a formar parte del cuadro médico del rey Carlos IV. Es en esa etapa cuando conoce los estudios de Jenner sobre las “vacunas” y decide poner en práctica esa nueva técnica, haciendo una comprobación desalentadora y es que las diferencias de temperatura ambiental, sobre todo el calor, afectaban a la efectividad de las vacunas, haciéndolas completamente inocuas.
Su idea era la de llevar las vacunas hasta las colonias americanas, pero se encontraba con un escollo insalvable como era la alta temperatura de la que se disfrutaba en todas las posesiones españolas.
Pero tuvo una idea excepcional que le convirtió en un hombre único, si bien su estela se ha perdido y en pocos foros se reconoce el verdadero mérito de este hombre, aunque recientemente algunos periódicos de tirada nacional han dedicado sus páginas a difundir la admirables gesta, la cual, por otro lado levantará una polvareda cuando se desentrañe en qué consistía.
La idea no fue otra que llevar “las vacunas vivas” hasta las Américas. Es decir, no llevar frascos con el producto sino a los portadores de ese producto.
Jenner había rascado las pústulas de las manos de las ordeñadoras para inocularlas en personas sanas y Balmis pensó llevar personas inoculadas hasta América y allí obtener el extracto con el que inocular a personas sanas.
El asunto tenía un grave inconveniente, mejor dicho, dos inconvenientes. El primero era que se trataba de un proyecto muy caro que no iba a proporcionar las riquezas que siempre se pretendían de todas las expediciones y que por tanto había que encontrar una forma de financiar y la segunda y no mas desdeñable, era la falta de voluntarios para hacer de portadores voluntarios de la enfermedad, cuyo resultado final era toda una incógnita.
Balmis habló del proyecto con el rey Carlos IV, al que pareció interesarle el mejorar la salud de sus súbditos allende los mares y se prestó a financiar la expedición con su fortuna personal.
La solución al segundo problema lo proporcionó Isabel Zendal Gómez, una enfermera que dirigía el orfanato de La Coruña y a cuya institución estaba confiada la recogida de huérfanos desde muy tempranas edades.
La señora Zendal comprendió perfectamente el proyecto de Balmis y ofreció a sus pupilos como portadores vivos de las vacunas y así, se eligieron veintidós niños desde tres años de edad, cuya vida dependía exclusivamente del orfanato, al carecer de cualquier familiar que pudiera velar por ellos.
En 30 de noviembre de 1803 zarpó del puerto de La Coruña la fragata María Pita, a bordo de la cual iba el doctor Balmis, ayudado por el también médico, el catalán José Salvany, algunos sanitarios más y la enfermera Zendal, al cuidado de los veintidós niños, esos a los que nunca se le preguntó si querían participar en tan arriesgada aventura por partida doble, pues a las penalidades y peligros de la navegación en aquella época, el riesgo que entrañaba servir de envase viviente a la esencia de tan peligrosa enfermedad, no era en punto alguno desdeñable.
El plan era ir inoculando a los niños unos tras otros, sucesivamente, cada nueve o diez días, según el desarrollo de la infección, de manera que cuando el primero desarrollaba la enfermedad leve de viruela vacuna, servía de vehículo transmisor para el siguiente y así, contando con los días que duraba la travesía y los periodos de incubación y desarrollo de la enfermedad, poder llegar al Nuevo Mundo con cepas activas de la enfermedad.
El procedimiento y la ejecución eran realmente novedosos, ingenioso y muy inspirado, porque para lo que hoy hubiera sido necesario un simple frigorífico, en aquel tiempo, incapaces de controlar la temperatura, esa gestión fue encargada a los pequeños portadores de la “Variola virus”, que es quien la produce.

Un grabado de la época de la María Pita saliendo de La Coruña

El primer puerto que tocaron fue Canarias, entonces obligado para coger los favorables vientos que arrastraban las naves hasta América. En el Archipiélago realizaron las primeras inoculaciones en jóvenes isleños que no hubieran padecido la enfermedad, a la vez que se creaba un punto de vacunación en las islas, explicando a los médicos locales cual era el procedimiento, por otro lado sencillo.
Tras el salto a América se inició el mismo procedimiento en el Caribe y más tarde en la llamada Tierra Firme: Venezuela, Colombia, Méjico, Perú, Ecuador, entre otros puntos.
Por todos los lugares aplicaban el mismo protocolo que era no solamente vacunar, sino enseñar la técnica a los médicos del lugar.
La expedición prosiguió su curso y llegó hasta las posesiones del Pacífico: Filipinas, Macao, Cantón, incluso la isla de Santa Elena, en el Golfo de Guinea, donde tocaron puerto a la vuelta del viaje que se convirtió en una auténtica vuelta al mundo.
El regreso a España del doctor Balmis coincidió con la invasión napoleónica y el destronamiento de Carlos IV, por lo que no era momento de rendir homenaje a las personas que valientemente se habían prestado a tan expuesta e incierta aventura.

Busto de Francisco Javier Balmis en Alicante

Balmis se colocó desde el primer momento en una posición muy enfrentada a los invasores lo que motivó que tuviera que huir de Madrid, refugiándose en Cádiz, donde algún tiempo después se le autorizó a volver a las Américas en un nuevo viaje que duró hasta 1814.
La convulsión vivida en aquellos difíciles momentos, unido al saqueo y destrucción total de la casa del médico en Madrid, ha hecho que por una parte, se perdieran importantísimos documentos que guardaba en su biblioteca, así como que su figura pasase desapercibida entre la vorágine del sucesos que cada día se producían en todo el territorio nacional.
Vista la empresa desde la óptica actual, se la considera como la primera expedición con fines humanitarios y sanitarios de todos los tiempos.
Un último detalle es que solamente uno de los niños murió durante el viaje, los otros veintiuno regresaron sanos y salvos.