viernes, 5 de abril de 2019

EL MARINO QUE HUNDIÓ LA BOLSA DE LONDRES





Antes de escribir este artículo me he cerciorado de que el personaje de esta historia no tuviera ninguna calle dedicada a su memoria en España, ni monumento de ninguna clase destinado a conmemorarle, porque después de lo que estamos viendo y padeciendo, es muy posible que se le tache de fascista, belicoso, xenófobo o cualquier otra lindeza y se retirara su nombre o su figura de lugares públicos.
Afortunadamente parece que no se le pueden hacer agravios de esa naturaleza y no solamente por no haber suscitado el odio injustificado que algunos españoles están desarrollando contra todo lo que huela a grandeza de nuestra historia, sino porque siendo un personaje de enorme talla militar, ha pasado casi desapercibido.
El personaje en cuestión es Luis de Córdova y Córdova, nacido el día cuatro de diciembre de 1706 en Sevilla.
Hijo de noble cuna por parte de sus dos progenitores, su padre fue capitán de navío y caballero de la Orden de Calatrava y a quien desde muy temprana edad solía acompañarlo en sus viajes por mar.
A la edad de quince años solicitó el ingreso en la Escuela Naval que entonces estaba en San Fernando y dos años más tarde recibe los despachos oficiales como alférez de fragata.
Desde su incorporación a la marina como oficial su actividad fue constante, habiendo participado activamente en la toma de Orán y la reconquista de Nápoles y Sicilia; con treinta y tres años es ascendido al grado de capitán de fragata.



Óleo de Luis de Córdova con el escrito de concesión de la Orden de Calatrava

En 1747 ya era capitán de navío y se le entrega el mando del buque de línea de línea “América” que en unión de navío “Dragón” combatieron a dos buques argelinos que rondaban las costas andaluzas y portuguesas y a los que dieron caza en aguas del Cabo de San Vicente.
Uno de los buques argelinos, el “Danzik”, era la nave capitana de la flota argelina, dedicada fundamentalmente a la piratería, que combatió durante un día, al cabo del cual fue abordada y su tripulación hecha prisionera. Era tal el estado en que había quedado el buque que no se pudo recuperar y fue quemado y hundido; el otro buque consiguió huir aunque muy mal parado.
Como consecuencia de tan importante golpe a la piratería berberisca, Luis de Córdova fue nombrado caballero de la Orden de Calatrava, como había sido su padre.
Con cincuenta y tres años, edad ya muy aventajada para la época, fue nombrado jefe de escuadra, en cuyo cargo permaneció catorce años, aunque su vida profesional siguió años más y en esa última época fue en la que protagonizó su hecho más glorioso.
Durante ese período de tiempo realizó innumerables viajes a tierras americanas en labores de escolta de convoyes y de patrullaje por aguas del Caribe, en constante lucha contra todos los barcos que iban a la piratería y el corso contra los intereses españoles. Sus intervenciones contra las naves inglesas y holandesas, fundamentalmente las que infectaban el Caribe, siempre fueron exitosas consiguiendo limpiar amplias zonas en una lucha desesperada contra todos los que se dedicaban a hostigar nuestros convoyes.
Una actividad tan prolongada e intensa le proporcionó una gran experiencia como marino y como guerrero y por esa razón cuando en 1779 España y Francia declaran la guerra a Gran Bretaña, por el tema de las colonias americanas, ambos países reúnen una escuadra combinada que se pone al mando del ya teniente general Córdova.
La escuadra española zarpa de Cádiz el veintitrés de junio y un mes mas tarde se le une la francesa al mando del almirante Guillouet y juntas se dirigen al Canal de la Mancha, sembrando el pánico entre los navíos ingleses que se resguardan en sus puertos. El objetivo final era el desembarcar tropas y proceder a la invasión de Gran Bretaña, pero diferencias de criterios entre el mando español y francés hicieron perder mucho tiempo durante el cual los ingleses se rehicieron.
No obstante la situación de pánico que se vivió en la isla solamente es comparable con la que produjo siglos antes la Armada Invencible. Córdova era partidario de la invasión inmediata, mientras Guillouet se mostraba indeciso porque en sus naves se había desencadenado una epidemia de tifus. La oportunidad fue única y se perdió por culpa francesa, lo mismo que años más tarde se perdió en Trafalgar.
La flota regresó a Brest, abandonando la operación, pero no se deshizo y continuó a las órdenes del marino español, no sin grandes reticencias francesas que argumentaban en su contra que era demasiado viejo para semejante responsabilidad, pero el gobierno español, por una vez, fue contundente y además de que la flota española era superior a la francesa, la experiencia en combate de Córdova no tenía parangón, así que en el famoso navío Santísima Trinidad, se izó la bandera del comandante de la escuadra.
El nueve de agosto de 1780 se realizó una nueva operación naval. En aguas próximas al Cabo Santa María, cerca de la costa de Portugal, el almirante Córdova apresó un convoy compuesto por tres fragatas que escoltaban a cincuenta y siete buques con un cargamento valiosísimo destinado a las colonias y que ha sido considerado como el mayor golpe recibido por la marina británica en toda su historia. Las fragatas nada más divisar al enemigo, se dieron a la vela y abandonaron a sus escoltados.

El Santísima Trinidad (óleo de época)

El asunto comenzó a gestarse cuando unos meses antes, espías al servicio de la corona española advirtieron de la pronta salida de un gran convoy para reforzar militarmente a sus mejores unidades que se encontraban desplazadas en las colonias americanas y en la ocupación de la India. Armas, municiones, enseres, ropas, pólvora, velas, cabos, herramientas y todo lo necesario para abastecer a dos ejércitos se estaba embarcando en el puerto de Portsmouth.
El botín ascendió a más de un millón y medio de libras esterlinas de la época una cifra astronómica que hizo tambalearse a la Bolsa londinense, la cual tardó meses en recuperarse, amén de producir la quiebra de numerosas empresas y consorcios de negocios británicos.
Aparte de los valiosos cargamentos, los buques apresados, que no habían sufrido prácticamente ningún daño, fueron vendidos en su mayor parte a particulares, pero la Armada se reservó los cinco más grandes que fueron incorporados a la flota española.
Días después de conocerse con precisión el alcance de la derrota naval, la Gaceta de Madrid publicaba la traducción de las noticias que habían salido en la prensa londinense en donde se decía que otra poderosa flota que estaba a punto de salir para la colonia de Canadá, había recibido la orden de permanecer en puerto.
Era tal el pánico que corrió por el Reino Unido que durante muchas semanas tuvieron sus buques amarrados a riesgo de dejar desabastecidas sus colonias y parar la producción de sus talleres.
Pero la consecuencia más desastrosa para Gran Bretaña fue el adelanto de la independencia de sus colonias que ante la falta de suministros básicos no pudieron resistir el empuje de los sublevados. La fundación de los Estados Unidos de Norteamérica se adelantó considerablemente gracias a la intervención española,  a la que pagaron con la felonía de arrebatarnos las pocas colonias que nos quedaban en 1898 (Cuba, Filipinas, Guam y Puerto Rico).
Pero no solamente fue Córdova un buen navegante, además era una persona de inteligencia despierta que no dudaba en aplicar los avances que se iban produciendo en la navegación, en beneficio de su actividad.
En cierta ocasión, altos mandos navales franceses preguntaron al segundo en el mando de Córdova, el famoso marino José de Mazarredo, que cómo se las arreglaba el almirante para saber retirarse antes de que surgiera una tempestad, o como en medio de ella optaba por salir de puerto.
Mazarredo les reveló el secreto tan bien guardado y es que el almirante hacía tiempo que había comprobado la eficacia de los barómetros para medir la presión atmosférica y cómo ésta, según bajara o subiera, advertía de los cambios climáticos.
Así, si con aparente buen tiempo, observaba que el barómetro empezaba a bajar, era indicación de que se acercaba una borrasca y en consecuencia disponía lo necesario para ponerse a resguardo y, al contrario, cuando refugiado en puerto a causa de un temporal, comprobaba que el barómetro comenzaba a subir, ordenaba que se dispusiera lo necesario para zarpar, ante la sorpresa de todos que uno o dos días después apreciaban el favorable cambio de tiempo.
En fin, un personaje brillante que murió con noventa años en San Fernando y que está enterrado en el Panteón de Marinos Ilustres, en el que el inicio de su epitafio reza: “Aquí está la parte mortal del inmortal Luis de Córdova...”

viernes, 29 de marzo de 2019

EL "PEREGRINO RARO"





Ramón Mesonero Romanos es un clásico escritor costumbrista de finales del siglo XIX que a base de indagar en la historia madrileña y publicar centenares de artículos y varios libros sobre las costumbres de la capital, fue nombrado y así se le consideraba, Cronista oficial de la Villa.
Gracias a él conocemos infinidad de historias, curiosas unas, dolorosas otras y vergonzosas algunas, sucedidas en la capital del reino a lo largo de siglos.
Una de ellas, de las más vergonzosas, es la que relata aquelarres en los conventos y los curiosos amoríos que se daban en las altas clases sociales, en la nobleza y con más infamia, en la realeza.
Empecemos por los aquelarres. En la calle de San Roque, una perpendicular a la famosa Gran Vía madrileña, existía un convento llamado de San Plácido, del que en la actualidad solo queda la iglesia que estaba integrada en él.
Dicho convento fue creado allá por 1620 por una mujer perteneciente a una poderosa familia de la época. Era doña Teresa Valle de la Cerda, descendiente de la famosa Princesa de Éboli, la cual estaba prometida en matrimonio con otro personaje de la nobleza española de la época, Jerónimo de Villanueva, protonotario mayor de Aragón y posteriormente secretario personal y consejero del rey Felipe IV.

Estado actual del Convento de San Plácido

A pesar de que ambas familias exultaban de alegría con un enlace tan ventajoso, doña Teresa, de la noche a la mañana, rompió su compromiso, manifestando su deseo de profesar hábitos.
Inexplicablemente el despreciado novio se tomó el asunto con una calma más propia de otras latitudes y en unión de su ex novia, decidieron la construcción de un convento en el que Teresa sería la priora y donde podrían buscar cobijo y consuelo espiritual hijas de buenas familias de la Villa que así lo deseasen.
Con un capital inicial de veinte mil ducados por cada una de las dos partes, Villanueva compró unos terrenos aledaños a una finca de su propiedad en la calle San Roque y se inició la construcción que concluyó unos años más tarde en un espléndido edificio con iglesia adjunta.
Pero el de Villanueva no era todo lo conformista que pudiera a simple vista parecer y desde su finca, lindante con el convento, hasta las entrañas de los sótanos de éste, hizo construir un pasadizo secreto, quizás con la intención de visitar privadamente a doña Teresa, o cualquier otra intención, desde luego poco confesable.
De inmediato el convento fue recibiendo jóvenes de destacada posición social, integrando su jerarquía un confesor, el sacerdote Francisco García Calderón, un hombre de cincuenta y seis años y de oscuro pasado y con el que ocurrirían extrañas cosas.
Hasta treinta novicias albergó el convento en poco tiempo y apenas habían pasado unos años desde su inicio, cuando en todo el barrio que hoy se conoce como de Malasaña, en el que se ubicaba el convento, se comenzó a hablar de las misteriosas voces, gritos y otras extrañas circunstancias que se estaba produciendo en su interior.
Es de señalar que por aquella época se estaba extendido una herejía en forma de secta religiosa conocida como los “alumbrados” o “iluminados”, cuyas raíces se pierden en el tiempo y que alcanzó gran difusión primero en Alemania y luego se fue extendiendo a otros países.
Según su doctrina, el “alumbrado”, ahonda tanto en su propia esencia que consigue llegar a un extremo de perfección y de irresponsabilidad que ya el pecado no es pecado, sino un acto de exaltación de su pureza.
Como casi todas estas sectas de oscuros orígenes y más oscuros objetivos, la lujuria era la condición humana que más se desataba y sus reuniones terminaban en orgias con explosión de delirantes gritos, contorsiones y expresiones.
Supuestamente, algunas de aquellas novicias encerradas en el convento ya venían de la calle tocadas por esa semilla de posesión maligna que había de ser curada y desde la priora, doña Teresa, hasta la casi totalidad de las jóvenes monjas, aceptaban de buen grado participar en aquellas milagrosas curaciones que el sacerdote, confesor de todas ellas, practicaba.
Como es comprensible, aquel director espiritual ejercía una enorme influencia en aquellas novicias, muchas de ellas casi niñas que encerradas en la clausura, no veían más que por los ojos del sacerdote. Este malvado personaje, del que no se llegó a aclarar si era realmente un profeso de la fe de los “alumbrados”, o si era realmente un pervertido que daba salida a sus más bajas pasiones con aquellas pobres desdichadas, empezaba por hacerles creer, incluida doña Teresa, que estaban poseídas por el demonio que se presentaba bajo la forma a la que llamaban el “Peregrino raro”.
Las manifestaciones externas de aquellas supuestas posesiones eran gritos, convulsiones, terroríficas visiones y otras que en la actualidad están descritas en la psiquiatría como episodios de histeria colectiva, pero que en la época, el médico que examinó a las novicias, no dudó en asegurar que estaban poseídas por el demonio y que el exorcismo era el único procedimiento a seguir.
Nadie mejor que el confesor para llevar a la práctica el ritual que realizó sin respeto a la liturgia que la Iglesia tenía establecida y dio rienda suelta a su más bajos instintos haciendo que, una a una, las novicias se le fueran entregando para realizar con ellas los más aberrantes actos sexuales, mientras las pobre infelices creían que aquellos actos sexuales las estaban librando del maligno, a la vez que podrían ofrecerle la gloria de engendrar a un nuevo profeta.
Pero entre las novicias había unas que ni presentaban sintomatología, ni podían comprender que aquellas practicas sexuales estuvieran encaminadas a liberar a sus hermanas del “Peregrino raro” y a través de sus familias, dieron conocimiento al Santo Oficio que actuó de inmediato sobre el sacerdote, la priora y veinticinco novicias que fueron trasladados a Toledo a las cárceles secretas que la Inquisición tenía en la ciudad.
Allí se obtuvieron las confesiones de todos los implicados y se dictaron las sentencias que, a pesar de la gravedad de los hechos, no fueron de gran dureza, salvo para el cura que fue condenado a reclusión permanente. Pero doña Teresa solamente fue condenada a una reclusión de cuatro años en el convento de Santo Domingo el Real, de Toledo, tras los cuales pudo regresar a San Plácido continuando de priora. El resto de las monjas fueron distribuidas por diferentes conventos sin ninguna otra sanción.
Curiosamente, tras estos vergonzosos hechos, la priora comenzó a adquirir cierta fama como adivinadora y potenciada esta dudosa habilidad por su antiguo novio que en ningún momento desapareció de la escena, aunque si estuvo ajeno a los aberrante sucesos, la fama de vidente llegó hasta el valido del rey Felipe IV, el Conde Duque de Olivares, don Gaspar de Guzmán, el cual comenzó a visitar el convento de San Plácido obsesionado por la falta de heredero que perpetuara su estirpe.

El Conde Duque pintado por Velázquez

En una de esas visitas, el poderoso valido, por indicaciones de su amigo Villanueva, se fijó en una joven, sobrina de la priora y de nombre sor Margarita de la Cruz, la cual había ingresado en el convento por decisión paterna y para apartarla del masculino asedio a que era sometida debido a su extraordinaria belleza.
El de Olivares pudo apreciar los encantos físicos de sor Margarita y con la intención de acrecentar su poder sobre el monarca, conociendo las tendencias sexuales de éste, le comento las excelencias de la novicia. Poco le falto al rijoso monarca que en público se mostraba extremadamente religioso, pero en privado era todo un dechado de vicio y depravación, para querer conocer a la pobre criatura, para lo cual, Villanueva, valiéndose de su fuerte vínculo con la priora, preparó una entrevista de ésta con el monarca, so pretexto de que el rey quería conocer las interioridades del convento, asegurándose que sor Margarita estuviese presente y el monarca pudiera contemplarla.
Ni que decir tiene que la belleza de aquella joven trastocó al Austria que de inmediato no dudó en poner en marcha toda la maquinaria palaciega y valiéndose de aquel pasadizo secreto que el de Villanueva había construido, penetrar en el convento para satisfacer sus libidinosos apetitos.
Una pequeña comitiva en la que iban el rey, el valido y Villanueva, se puso en marcha una noche cuando ya todo el plan había sido perfeccionado y usando aquel pasadizo llegaron a los sótanos del convento y desde allí se dirigieron a las celdas de las monjas conduciendo a un rey al que aquella aventura preocupaba mucho más que todos los problemas de estado, que a la postre era lo que el valido pretendía.
Pero al ir aproximándose a las celdas, empezaron a escuchar cánticos mortuorios, a ver luces de velas bailando en la oscuridad y un ambiente de tristeza y duelo a la puerta de una celda en cuyo interior se encontraba la priora y sobre el catre el cadáver de una monja.
A pesar de lo subrepticia de la entrada del rey y su cortejo, doña Teresa no pareció sorprenderse de la extraña presencia a altas horas del la noche y con gran compostura comunicó a los recién llegados que lo hacían en mal momento, pues estaban velando el cadáver de sor Margarita, les dijo mostrándoles el ataúd iluminado por cuatro hachones y en el que reposaba el cuerpo de la novicia.
La comitiva real se dio la vuelta y sin mediar palabra salieron del convento por donde mismo habían entrado, pero con mucha más prisa y pánico en el cuerpo.
Solamente Villanueva sabía lo que se iban a encontrar, pues tras conocer la decisión del rey de abordar de aquella forma a la monja, urdió con su inseparable Teresa el plan que ahuyentara al monarca y dejara tranquilo al convento.
Margarita estaba, naturalmente, viva y viva continuó muchos años en la paz del convento; el rey encontraría alguna otra joven doncella en la que fijar su libido y el Conde Duque inició su declive como valido, hasta perder la vida poco tiempo después.
El rey, en su “magnanimidad”, quiso compensar al convento por haber sido objeto de sus desmanes y le regaló un cuadro que actualmente se admira en el Museo del Prado y que se titula “El Cristo de Velázquez” y un espléndido reloj de carillón.
Aunque el asunto parece haberse resuelto en la intimidad de un claustro, lo cierto es que hasta el papa tomó cartas en el asunto, ya que informado por la Inquisición, quiso saber de lo ocurrido, obligando a un notario real llamado Alfonso de Paredes que confeccionase un informe y que lo llevase a Roma, pero los tentáculos del de Olivares hicieron desaparecer a notario y a informe cuando iba en camino de la Ciudad Eterna.

viernes, 22 de marzo de 2019

NEY, EL RUBICUNDO MARISCAL





El 28 de febrero de 1815 Napoleón escapó de su fingida prisión en la isla de Elba y con unos mil soldados que conservaba como una especie de guardia personal, desembarcó en Antibes, ciudad costera entre Niza y Cannes. Había elegido voluntariamente su destierro en Elba cuya escasa población lo recibió con recelo y donde de inmediato comenzó a realizar importantes obras de infraestructura que los vecinos acogieron con entusiasmo. Pero su única intención era la de volver a París y hacerse nuevamente con el poder.
Mientras, Francia había nombrado rey a Luis XVIII, el cual, nada más tener noticias del regreso de Napoleón, envió al Mariscal Michel Ney, para que lo capturara.
Dicen que Ney, al recibir el encargo directamente del rey dijo que traería a Napoleón en una jaula de hierro, emprendiendo la marcha de inmediato al frente del Quinto Regimiento de Línea.
Pero entre los muchos errores que el rey había cometido en su corto reinado, quizás el más importante fue el de no haber purgado el ejército de militares leales a Bonaparte, el cual era considerado un genio militar y profundamente admirado por las altas jerarquías castrenses.
 Días más tarde se encontraron en las inmediaciones de la ciudad de Grenoble, al pie de los Alpes, en donde Napoleón marchó totalmente solo a encontrarse con el ejército del mariscal Ney y tras una breve exhortación a los soldados del Quinto Regimiento, el mariscal se pasó al bando del emperador y juntos marcharon hacia París.
No fue esta la única deserción, pues por donde las tropas sublevadas iban pasando, se les iban adhiriendo infinidad de soldados, incluso regimientos enteros, como ocurrió el 19 de marzo, cuando el ejército acampado en las afueras de París para su defensa, se pasó en bloque a las filas napoleónicas.
De inmediato el rey comprendió que todo estaba perdido y huyó de París hacia Holanda, albergándose en Gante.
Napoleón y su fiel Ney entraron triunfantes en la capital del Sena y dio comienzo a lo que se ha dado en llamar “Imperio de los Cien días”.
Porque eso fue lo que duró hasta la derrota de Waterloo, donde Napoleón y Ney fueron hechos prisioneros.
El emperador fue trasladado a la isla de Santa Elena y Ney juzgado y condenado a muerte, fue fusilado en el muro trasero del palacio de Luxemburgo, el día 20 de noviembre de 1815.
Pero antes de continuar, es preciso hacer un poco de historia sobre este brillante militar, cuya muerte, como se verá no deja de estar recubierta por un halo misterioso.
Michel Ney nació en 1769 en la región fronteriza de Lorena, hijo de un veterano militar francés reconvertido en tonelero y madre alemana.
Aunque empezó muy joven a trabajar en el mundo de los licores, cuando tuvo la edad reglamentaria se alistó en el ejército francés, del que tanto había oído hablar a su padre y en donde inmediatamente destacó por su inteligencia natural y su valor y en donde empezó a ser conocido cariñosamente por “El rubicundo” dado el color sonrosado de su cara. Con veinticinco años ya era capitán y dos años más tarde, por méritos de guerra, fue ascendido a general de brigada.
Tras el golpe de estado de Napoleón, al que no conocía personalmente, se coloca claramente en su contra, pero su esposa, Aglaè Augié, amiga íntima de Hortensia, hija de Josefina, la primera esposa del futuro emperador, lo convence para que cambie de bando.
Cuando ambos militares se conocen, quedan mutuamente impresionados, iniciando una amistad que duró siempre.
Fue ministro y mariscal, la más alta graduación militar y así llegó hasta el momento de su ejecución.
Cuando tras la derrota de Waterloo los ingleses mandados por el duque de Wellington lo hacen prisionero, lo entregan al rey de Francia que inicia un juicio contra el mariscal a resultas del cual es condenado a muerte por traición, llevándose a cabo la ejecución en presencia del propio Wellington.
Un piquete de soldados formó frente al muro del Palacio de Luxemburgo, actual sede del senado francés y según todas las crónicas, disparó al corazón de Ney que cayó ensangrentado.

Dibujo del fusilamiento del mariscal Ney

Pero no se le dio el tiro de gracia, preceptivo en los fusilamientos y su cadáver no fue mostrado ni tan siquiera a su esposa, recibiendo inmediata sepultura.
No pasó mucho tiempo cuando empezó a correr un rumor que fue agrandándose hasta adquirir dimensiones formidables y que hablaba de que el mariscal Ney no había muerto, sino que vivía bajo otra identidad, en tierras americanas.
Hacia 1819, en Carolina del Sur, una de las trece colonias que se separaron de Inglaterra, apareció un hombre que se hacía llamar Peter Stewart Ney y cuyo parecido con el famoso mariscal Ney era sorprendente.
El primero en dar la voz de aviso fue un marinero llamado Philip Petrie, enrolado en un buque llamado City of Philadelfia, que dijo haber sido soldado a las órdenes del mariscal, al que sin ningún lugar a dudas había reconocido como uno de los pasajeros que zarpando de un puerto al norte de Europa, había llegado al continente americano, desembarcando en Charleston en el mes de enero de 1816. Eso sería un par de meses tras su supuesta ejecución.
Curiosamente, el tal Peter hablaba correctamente alemán, chapurreaba inglés y decía no saber francés, aunque en numerosas ocasiones, sus convecinos lo habían sorprendido en librerías y bibliotecas consultando libros escritos en francés.
Es de señalar que tras la independencia de Inglaterra, Francia y España estuvieron muy presentes en las nuevas colonias, por lo que el francés era lengua de uso muy corriente que este ciudadano decía extrañamente no conocer.
Otra circunstancia que le hacían semejarse al desaparecido mariscal es que Peter era un experto espadachín que manejaba el sable a la perfección, sobre todo montando a caballo, actividad que también dominaba.
El mariscal Ney había servido toda su vida en el regimiento de Húsares, que son unidades de caballería.
En sus últimos años había dado clases en un prestigioso colegio de Carolina hasta que falleció en 1846.
Un detalle de su personalidad era la afición a la bebida, a la que se entregaba sin mesura y aunque siempre negaba ser otra cosa que profesor, cuando se encontraba bajo los efectos del alcohol confesaba a sus más allegados ser el verdadero mariscal francés.
Pero no es que solamente dijera eso por alardear es que quienes le escuchaban relataron que contaba con toda suerte de detalles las batallas en las que había participado junto a Napoleón e incluso explicaba la razón por la que se había salvado del fusilamiento, el cual fue un simulacro ideado por el propio duque de Wellington, con el que aparte el lógico enfrentamiento por pertenecer a ejércitos en guerra, le unía el estrecho lazo de ser hermanos masones.
Uno de sus alumnos en el Davidson College, que en realidad es una universidad privada de Carolina del Norte, manifestó que en el año 1821 llevó a clase un periódico que publicaba la muerte de Napoleón en la isla de Santa Elena y que al leer la noticia, el profesor Peter Stewart se desmayó y hubo que llevarlo a la enfermería, en donde el médico oficial del Colegio le hizo un reconocimiento general, comprobando que tenía varias heridas en todo el cuerpo, algunas de las cuales se observaba a simple vista que eran de gravedad y producida por armas blancas, aunque también observó alguna que parecía producto de metralla o de fusilería.
Murió con setenta y siete años, según consta en la placa de bronce de su tumba, que sería la misma edad que tendría el mariscal.


Lápida de Peter Stewart Ney
Como puede leerse en la inscripción, se da por sentado que quien yace allí fue un soldado de la revolución francesa a las órdenes de Napoleón.
Acabada la época napoleónica, José Bonaparte, que había sido rey de España y de donde había huido con un considerable tesoro en joyas y piezas de oro, cargo elevado en la francmasonería, se refugió en los Estados Unidos, desde donde ayudó a muchos bonapartistas masones, a huir a las colonias americanas.
Uno de ellos pudo ser el mariscal Ney, porque en toda esta polémica existe un hecho incontrovertido y es que casi un siglo después, en 1903, concretamente, la tumba de Ney en el cementerio Père-Lachaise, el más grande de los de París, fue abierta para trasladar los restos a otro lugar, comprobándose que el ataúd que debería contener el cuerpo del mariscal estaba vacío.
Es probable que nunca sepamos la realidad de esta historia que suena más a novelesca que a realidad, pero unas pruebas caligráficas realizadas recientemente, sobre escritos indubitados de ambos personajes, arrojan una coincidencia del ciento por ciento.