viernes, 12 de abril de 2019

CAMPOAMOR, TESTIGO PRESENCIAL





No me estoy refiriendo al escritor Ramón de Campoamor y Campoosorio, autor de bellísimas y románticas poesías que en nuestra juventud aprendíamos de memoria, sino a otra Campoamor, más reciente y de la que se habla mucho en estos reivindicativos tiempos: a doña Clara.
Luchadora impenitente y verdadera madre del sufragio femenino que comenzó a colocar a la mujer en el lugar que verdaderamente le corresponde.
No me gusta escribir de política porque cada hecho, cada acto, tiene una interpretación según la manera de pensar de las personas; me gusta la historia porque es terca y por mucho que se la intente manipular, al final sale a relucir la verdad.
Por eso, aunque el personaje de hoy salió a la luz pública en el mundo de la política, es un personaje real de nuestra reciente historia.
De modistilla en el barrio de Malasaña por imposición cruel de la vida, a política de primer nivel, en un país en donde una mujer podía ser reina, pero no titular de un derecho tan esencial como el del sufragio.
Tenía Clara treinta y tres años, cuando en 1921, decide continuar aquellos estudios que la vida le había truncado y se matricula de bachillerato, compaginándolo con su trabajo, entonces como auxiliar de telégrafos y profesora de taquigrafía.
Dos años más tarde ya es bachiller y se matricula en la universidad, cursando estudios de derecho, en los que se licencia años más tarde. Abre un despacho en Madrid y empieza a crearse un nombre en el mundo de la abogacía y pasado un año ya es tan conocida que incluso se permite rechazar un cargo que le ofrece el dictador Primo de Rivera en su gobierno.
Años más tarde se declara ya abiertamente republicana integrándose en el partido Acción Republicana y con la proclamación del 14 de abril del 31, comienza a alcanzar la máxima popularidad, aunque después abandona su partido y se une a los radicales de Lerroux.

Recorte de prensa resaltando la noticia

En las primeras elecciones de la República, en las que las mujeres no pueden votar, pero si ser elegidas, obtiene acta de diputado.
Forma parte de la Comisión Constitucional, es nombrada delegada en la Asamblea de la Sociedad de Naciones y comienza su lucha para lograr el voto femenino.
La historia ya la conocemos, la he repetido para dejar bien claro el matiz republicano, la formación jurídica y el sentido común de esta notable mujer, pero la intención de este artículo va mucho más allá.
Un periodista, polémico donde los haya, que entrevistaba a Carlos Herrera, le preguntó si a Franco no había que exhumarlo del cerebro de los españoles y Herrera le respondió de inmediato: Sí, sobre todo del cerebro de los de izquierdas. Bueno, más o menos así.
Y es que de unos años a esta parte se ha desatado todo un tsunami mediático para convertir algo que a nadie había importado, en materia de primera necesidad nacional.
Y todo se inicia hace ya unos años con la ley de memoria histórica, a la que yo me niego a escribir con mayúsculas, porque esa ley no resiste ni siquiera un leve destello de la Historia.
Como en el futbol se quieren ganar en los despachos los partidos que se pierden en el campo y eso es lo que la susodicha ley quiere hacer, presentando como buenos, muy buenos a todos los que estaban del lado de la República y malos, muy malos a los sublevados.
Pues bien, estoy leyendo un libro, altamente recomendable, cuya autora es precisamente la titular de este artículo, doña Clara Campoamor y se llama “La revolución española vista por una republicana”.

Portada del libro

Desde el comienzo del libro, por cierto amenísimo, se entrevé el pensamiento de Campoamor. Comienza por analizar las causas por las que los insurgentes se alzan contra un Estado de Derecho, contra un gobierno nacido de una consulta popular totalmente legal y democrática celebrada en febrero de 1936.
Su análisis no tiene una sola fisura y explica lo que ella vivía como protagonista, en primera línea de aquella sociedad española a la que los líderes de izquierda y derecha prometían cosas que no podían llevar a cabo.
Tras el triunfo de la izquierda, republicanos socialistas y comunistas se ven obligados a formar bloque con los anarquistas, el verdadero núcleo duro y que empezaron a imponer sus programas que los no ácratas no conseguían detener. Se rompió así la continuidad política con los gobiernos anteriores y empezaron a radicalizarse las posturas, a encarnizarse las relaciones entre unos y otros y todos con los de derecha. En fin, una imposible armonía absolutamente necesaria para gobernar ya que el llamado “frente obrero” imponía unas exigencias cuyo cumplimiento se alejaba tanto de las posibilidades del gobierno que éste alargaba las cuestiones lo indecible, ante el incremento del nerviosismo y la agresividad de los otros.
Huelgas interminables asolaron Madrid en donde los del frente obrero iban a comer a hoteles y restaurantes, negándose a pagar las facturas y amenazando a los dueños, mientras que sus mujeres hacían lo mismo con sus compras, acompañadas de fornidos hombres que hacían ostentación de los revólveres que portaban en el cinto.
Se cortó, por averías, el suministro de agua a las casas y el Ayuntamiento, incapaz de arreglarlo optó por repartir agua en grandes cubas que circulaban por las calles. Mas tarde las huelgas empezaron a paralizar toda la ciudad, en donde los ascensores dejaron de funcionar por sabotaje de los obreros de las empresas del ramo, lo que produjo el confinamiento de miles de personas que eran incapaces de bajar las escaleras y a eso había que añadir las cinco o seis bombas que diariamente colocaban los huelguistas en los edificios en construcción, haciéndolos saltar por los aires.
Amnistía para todos los presos de revoluciones anteriores, reposición obligatoria en sus antiguos puestos de trabajo y otras exigencias inadmisibles. El gobierno ya es incapaz de mantener un mínimo de orden público y la agitación y la violencia se trasladan a las zonas agrarias, donde los campesinos revolucionarios iniciaron ataques contra los que no pensaban como ellos y, sobre todo, contra los patronos: ocupación de tierras, palizas, incendios de edificios religiosos y civiles, extorsiones, bandolerismo al estilo del siglo XIX, matanzas de gente de derecha, etc.
Haciendo correr el bulo de que las señoras católicas y los sacerdotes distribuían caramelos envenenados entre los niños, se desató una histeria colectiva que produjo incendio de iglesias y conventos, matanzas de religiosos, señoras católicas y algún vendedor de caramelos. Una verdadera locura.
La delación se impone y por no pagar una deuda se acusa de fascista. Las tapias de la Casa de Campo y la Pradera de San Isidro amanecen cada día llena de cadáveres amontonados. Se imponen los famosos “paseos”, seguidos de un tiro en la nuca.
La propia Campoamor hace un recuento de los primeros tres meses de gobierno del Frente Popular que estremece: centenares de incendios de edificios, laicos y religiosos, a veces con sus moradores dentro; más de setecientos atentados con setenta y dos muertes… y un gobierno incapaz de tomar una decisión contra tamaño disparate.
Ocurre entonces lo irremediable y es que la derecha fascista no sigue dispuesta a dejarse matar sin tomar protección o venganza y aunque eran muy pocos, sin siquiera representación parlamentaria, se enfrentan a los que los están acribillando a balazos y así se llega hasta el asesinato del teniente Castillo y del líder de la derecha Calvo Sotelo, un peso previo al alzamiento militar.
Cuando Campoamor dedica un capítulo entero a este último asesinato, lo hace desde el conocimiento y la frialdad de un análisis que produce escalofríos y lo cuenta ella como testigo presencial y de excepción, pues no cabe duda de que era conocedora de datos que a la mayoría escapaban.
Ella misma se pregunta si al gobierno le sorprende la sublevación militar, cuando desde hace mucho tiempo ha estado sordo y ciego a sus preparativos, es incapaz de reaccionar y lo único que hace es entregar armas a las organizaciones políticas.
Alaba la determinación con la que el pueblo hace frente a los ejércitos sublevados en ciudades como Madrid y Barcelona, pero critica que el gobierno de la República no gobernara ni fuera capaz de detener la entrega de armas y describe a Azaña como un prisionero de los socialistas.
España giraba más y más a la izquierda y las milicias populares, fuertemente armadas no se sometían a ninguna disciplina, actuaban a su aire y fueron las que dirigieron en Madrid el asalto a los cuarteles sublevados, hasta que los sitiados izaron la bandera blanca de la rendición. Se les había prometido respetar sus vidas, pero no fue así y fueron todos fusilados y sus cuerpos amontonados en el patio de los cuarteles, poniendo de manifiesto la falta de mesura por ambos bandos.
Leyendo a Clara Campoamor se comprende fácilmente que algo tenía que pasar, que la situación por la que se atravesaba era de todo punto insostenible y que en el horizonte había solamente tres opciones: la instalación de una república comunista libertaria, auspiciada por los anarco-sindicalistas, o caer bajo la egida de la Rusia bolchevique.
La tercera opción fue la sublevación militar. ¿Hubiésemos preferido cualquiera de las otras dos?
No se lo contó nadie, ni lo leyó en los libros de historia manipulados por los sectarismos. A lo sumo lo pudo leer en la prensa del día, el diario de sesiones del Congreso o en las caras de las gentes por la calle.

viernes, 5 de abril de 2019

EL MARINO QUE HUNDIÓ LA BOLSA DE LONDRES





Antes de escribir este artículo me he cerciorado de que el personaje de esta historia no tuviera ninguna calle dedicada a su memoria en España, ni monumento de ninguna clase destinado a conmemorarle, porque después de lo que estamos viendo y padeciendo, es muy posible que se le tache de fascista, belicoso, xenófobo o cualquier otra lindeza y se retirara su nombre o su figura de lugares públicos.
Afortunadamente parece que no se le pueden hacer agravios de esa naturaleza y no solamente por no haber suscitado el odio injustificado que algunos españoles están desarrollando contra todo lo que huela a grandeza de nuestra historia, sino porque siendo un personaje de enorme talla militar, ha pasado casi desapercibido.
El personaje en cuestión es Luis de Córdova y Córdova, nacido el día cuatro de diciembre de 1706 en Sevilla.
Hijo de noble cuna por parte de sus dos progenitores, su padre fue capitán de navío y caballero de la Orden de Calatrava y a quien desde muy temprana edad solía acompañarlo en sus viajes por mar.
A la edad de quince años solicitó el ingreso en la Escuela Naval que entonces estaba en San Fernando y dos años más tarde recibe los despachos oficiales como alférez de fragata.
Desde su incorporación a la marina como oficial su actividad fue constante, habiendo participado activamente en la toma de Orán y la reconquista de Nápoles y Sicilia; con treinta y tres años es ascendido al grado de capitán de fragata.



Óleo de Luis de Córdova con el escrito de concesión de la Orden de Calatrava

En 1747 ya era capitán de navío y se le entrega el mando del buque de línea de línea “América” que en unión de navío “Dragón” combatieron a dos buques argelinos que rondaban las costas andaluzas y portuguesas y a los que dieron caza en aguas del Cabo de San Vicente.
Uno de los buques argelinos, el “Danzik”, era la nave capitana de la flota argelina, dedicada fundamentalmente a la piratería, que combatió durante un día, al cabo del cual fue abordada y su tripulación hecha prisionera. Era tal el estado en que había quedado el buque que no se pudo recuperar y fue quemado y hundido; el otro buque consiguió huir aunque muy mal parado.
Como consecuencia de tan importante golpe a la piratería berberisca, Luis de Córdova fue nombrado caballero de la Orden de Calatrava, como había sido su padre.
Con cincuenta y tres años, edad ya muy aventajada para la época, fue nombrado jefe de escuadra, en cuyo cargo permaneció catorce años, aunque su vida profesional siguió años más y en esa última época fue en la que protagonizó su hecho más glorioso.
Durante ese período de tiempo realizó innumerables viajes a tierras americanas en labores de escolta de convoyes y de patrullaje por aguas del Caribe, en constante lucha contra todos los barcos que iban a la piratería y el corso contra los intereses españoles. Sus intervenciones contra las naves inglesas y holandesas, fundamentalmente las que infectaban el Caribe, siempre fueron exitosas consiguiendo limpiar amplias zonas en una lucha desesperada contra todos los que se dedicaban a hostigar nuestros convoyes.
Una actividad tan prolongada e intensa le proporcionó una gran experiencia como marino y como guerrero y por esa razón cuando en 1779 España y Francia declaran la guerra a Gran Bretaña, por el tema de las colonias americanas, ambos países reúnen una escuadra combinada que se pone al mando del ya teniente general Córdova.
La escuadra española zarpa de Cádiz el veintitrés de junio y un mes mas tarde se le une la francesa al mando del almirante Guillouet y juntas se dirigen al Canal de la Mancha, sembrando el pánico entre los navíos ingleses que se resguardan en sus puertos. El objetivo final era el desembarcar tropas y proceder a la invasión de Gran Bretaña, pero diferencias de criterios entre el mando español y francés hicieron perder mucho tiempo durante el cual los ingleses se rehicieron.
No obstante la situación de pánico que se vivió en la isla solamente es comparable con la que produjo siglos antes la Armada Invencible. Córdova era partidario de la invasión inmediata, mientras Guillouet se mostraba indeciso porque en sus naves se había desencadenado una epidemia de tifus. La oportunidad fue única y se perdió por culpa francesa, lo mismo que años más tarde se perdió en Trafalgar.
La flota regresó a Brest, abandonando la operación, pero no se deshizo y continuó a las órdenes del marino español, no sin grandes reticencias francesas que argumentaban en su contra que era demasiado viejo para semejante responsabilidad, pero el gobierno español, por una vez, fue contundente y además de que la flota española era superior a la francesa, la experiencia en combate de Córdova no tenía parangón, así que en el famoso navío Santísima Trinidad, se izó la bandera del comandante de la escuadra.
El nueve de agosto de 1780 se realizó una nueva operación naval. En aguas próximas al Cabo Santa María, cerca de la costa de Portugal, el almirante Córdova apresó un convoy compuesto por tres fragatas que escoltaban a cincuenta y siete buques con un cargamento valiosísimo destinado a las colonias y que ha sido considerado como el mayor golpe recibido por la marina británica en toda su historia. Las fragatas nada más divisar al enemigo, se dieron a la vela y abandonaron a sus escoltados.

El Santísima Trinidad (óleo de época)

El asunto comenzó a gestarse cuando unos meses antes, espías al servicio de la corona española advirtieron de la pronta salida de un gran convoy para reforzar militarmente a sus mejores unidades que se encontraban desplazadas en las colonias americanas y en la ocupación de la India. Armas, municiones, enseres, ropas, pólvora, velas, cabos, herramientas y todo lo necesario para abastecer a dos ejércitos se estaba embarcando en el puerto de Portsmouth.
El botín ascendió a más de un millón y medio de libras esterlinas de la época una cifra astronómica que hizo tambalearse a la Bolsa londinense, la cual tardó meses en recuperarse, amén de producir la quiebra de numerosas empresas y consorcios de negocios británicos.
Aparte de los valiosos cargamentos, los buques apresados, que no habían sufrido prácticamente ningún daño, fueron vendidos en su mayor parte a particulares, pero la Armada se reservó los cinco más grandes que fueron incorporados a la flota española.
Días después de conocerse con precisión el alcance de la derrota naval, la Gaceta de Madrid publicaba la traducción de las noticias que habían salido en la prensa londinense en donde se decía que otra poderosa flota que estaba a punto de salir para la colonia de Canadá, había recibido la orden de permanecer en puerto.
Era tal el pánico que corrió por el Reino Unido que durante muchas semanas tuvieron sus buques amarrados a riesgo de dejar desabastecidas sus colonias y parar la producción de sus talleres.
Pero la consecuencia más desastrosa para Gran Bretaña fue el adelanto de la independencia de sus colonias que ante la falta de suministros básicos no pudieron resistir el empuje de los sublevados. La fundación de los Estados Unidos de Norteamérica se adelantó considerablemente gracias a la intervención española,  a la que pagaron con la felonía de arrebatarnos las pocas colonias que nos quedaban en 1898 (Cuba, Filipinas, Guam y Puerto Rico).
Pero no solamente fue Córdova un buen navegante, además era una persona de inteligencia despierta que no dudaba en aplicar los avances que se iban produciendo en la navegación, en beneficio de su actividad.
En cierta ocasión, altos mandos navales franceses preguntaron al segundo en el mando de Córdova, el famoso marino José de Mazarredo, que cómo se las arreglaba el almirante para saber retirarse antes de que surgiera una tempestad, o como en medio de ella optaba por salir de puerto.
Mazarredo les reveló el secreto tan bien guardado y es que el almirante hacía tiempo que había comprobado la eficacia de los barómetros para medir la presión atmosférica y cómo ésta, según bajara o subiera, advertía de los cambios climáticos.
Así, si con aparente buen tiempo, observaba que el barómetro empezaba a bajar, era indicación de que se acercaba una borrasca y en consecuencia disponía lo necesario para ponerse a resguardo y, al contrario, cuando refugiado en puerto a causa de un temporal, comprobaba que el barómetro comenzaba a subir, ordenaba que se dispusiera lo necesario para zarpar, ante la sorpresa de todos que uno o dos días después apreciaban el favorable cambio de tiempo.
En fin, un personaje brillante que murió con noventa años en San Fernando y que está enterrado en el Panteón de Marinos Ilustres, en el que el inicio de su epitafio reza: “Aquí está la parte mortal del inmortal Luis de Córdova...”

viernes, 29 de marzo de 2019

EL "PEREGRINO RARO"





Ramón Mesonero Romanos es un clásico escritor costumbrista de finales del siglo XIX que a base de indagar en la historia madrileña y publicar centenares de artículos y varios libros sobre las costumbres de la capital, fue nombrado y así se le consideraba, Cronista oficial de la Villa.
Gracias a él conocemos infinidad de historias, curiosas unas, dolorosas otras y vergonzosas algunas, sucedidas en la capital del reino a lo largo de siglos.
Una de ellas, de las más vergonzosas, es la que relata aquelarres en los conventos y los curiosos amoríos que se daban en las altas clases sociales, en la nobleza y con más infamia, en la realeza.
Empecemos por los aquelarres. En la calle de San Roque, una perpendicular a la famosa Gran Vía madrileña, existía un convento llamado de San Plácido, del que en la actualidad solo queda la iglesia que estaba integrada en él.
Dicho convento fue creado allá por 1620 por una mujer perteneciente a una poderosa familia de la época. Era doña Teresa Valle de la Cerda, descendiente de la famosa Princesa de Éboli, la cual estaba prometida en matrimonio con otro personaje de la nobleza española de la época, Jerónimo de Villanueva, protonotario mayor de Aragón y posteriormente secretario personal y consejero del rey Felipe IV.

Estado actual del Convento de San Plácido

A pesar de que ambas familias exultaban de alegría con un enlace tan ventajoso, doña Teresa, de la noche a la mañana, rompió su compromiso, manifestando su deseo de profesar hábitos.
Inexplicablemente el despreciado novio se tomó el asunto con una calma más propia de otras latitudes y en unión de su ex novia, decidieron la construcción de un convento en el que Teresa sería la priora y donde podrían buscar cobijo y consuelo espiritual hijas de buenas familias de la Villa que así lo deseasen.
Con un capital inicial de veinte mil ducados por cada una de las dos partes, Villanueva compró unos terrenos aledaños a una finca de su propiedad en la calle San Roque y se inició la construcción que concluyó unos años más tarde en un espléndido edificio con iglesia adjunta.
Pero el de Villanueva no era todo lo conformista que pudiera a simple vista parecer y desde su finca, lindante con el convento, hasta las entrañas de los sótanos de éste, hizo construir un pasadizo secreto, quizás con la intención de visitar privadamente a doña Teresa, o cualquier otra intención, desde luego poco confesable.
De inmediato el convento fue recibiendo jóvenes de destacada posición social, integrando su jerarquía un confesor, el sacerdote Francisco García Calderón, un hombre de cincuenta y seis años y de oscuro pasado y con el que ocurrirían extrañas cosas.
Hasta treinta novicias albergó el convento en poco tiempo y apenas habían pasado unos años desde su inicio, cuando en todo el barrio que hoy se conoce como de Malasaña, en el que se ubicaba el convento, se comenzó a hablar de las misteriosas voces, gritos y otras extrañas circunstancias que se estaba produciendo en su interior.
Es de señalar que por aquella época se estaba extendido una herejía en forma de secta religiosa conocida como los “alumbrados” o “iluminados”, cuyas raíces se pierden en el tiempo y que alcanzó gran difusión primero en Alemania y luego se fue extendiendo a otros países.
Según su doctrina, el “alumbrado”, ahonda tanto en su propia esencia que consigue llegar a un extremo de perfección y de irresponsabilidad que ya el pecado no es pecado, sino un acto de exaltación de su pureza.
Como casi todas estas sectas de oscuros orígenes y más oscuros objetivos, la lujuria era la condición humana que más se desataba y sus reuniones terminaban en orgias con explosión de delirantes gritos, contorsiones y expresiones.
Supuestamente, algunas de aquellas novicias encerradas en el convento ya venían de la calle tocadas por esa semilla de posesión maligna que había de ser curada y desde la priora, doña Teresa, hasta la casi totalidad de las jóvenes monjas, aceptaban de buen grado participar en aquellas milagrosas curaciones que el sacerdote, confesor de todas ellas, practicaba.
Como es comprensible, aquel director espiritual ejercía una enorme influencia en aquellas novicias, muchas de ellas casi niñas que encerradas en la clausura, no veían más que por los ojos del sacerdote. Este malvado personaje, del que no se llegó a aclarar si era realmente un profeso de la fe de los “alumbrados”, o si era realmente un pervertido que daba salida a sus más bajas pasiones con aquellas pobres desdichadas, empezaba por hacerles creer, incluida doña Teresa, que estaban poseídas por el demonio que se presentaba bajo la forma a la que llamaban el “Peregrino raro”.
Las manifestaciones externas de aquellas supuestas posesiones eran gritos, convulsiones, terroríficas visiones y otras que en la actualidad están descritas en la psiquiatría como episodios de histeria colectiva, pero que en la época, el médico que examinó a las novicias, no dudó en asegurar que estaban poseídas por el demonio y que el exorcismo era el único procedimiento a seguir.
Nadie mejor que el confesor para llevar a la práctica el ritual que realizó sin respeto a la liturgia que la Iglesia tenía establecida y dio rienda suelta a su más bajos instintos haciendo que, una a una, las novicias se le fueran entregando para realizar con ellas los más aberrantes actos sexuales, mientras las pobre infelices creían que aquellos actos sexuales las estaban librando del maligno, a la vez que podrían ofrecerle la gloria de engendrar a un nuevo profeta.
Pero entre las novicias había unas que ni presentaban sintomatología, ni podían comprender que aquellas practicas sexuales estuvieran encaminadas a liberar a sus hermanas del “Peregrino raro” y a través de sus familias, dieron conocimiento al Santo Oficio que actuó de inmediato sobre el sacerdote, la priora y veinticinco novicias que fueron trasladados a Toledo a las cárceles secretas que la Inquisición tenía en la ciudad.
Allí se obtuvieron las confesiones de todos los implicados y se dictaron las sentencias que, a pesar de la gravedad de los hechos, no fueron de gran dureza, salvo para el cura que fue condenado a reclusión permanente. Pero doña Teresa solamente fue condenada a una reclusión de cuatro años en el convento de Santo Domingo el Real, de Toledo, tras los cuales pudo regresar a San Plácido continuando de priora. El resto de las monjas fueron distribuidas por diferentes conventos sin ninguna otra sanción.
Curiosamente, tras estos vergonzosos hechos, la priora comenzó a adquirir cierta fama como adivinadora y potenciada esta dudosa habilidad por su antiguo novio que en ningún momento desapareció de la escena, aunque si estuvo ajeno a los aberrante sucesos, la fama de vidente llegó hasta el valido del rey Felipe IV, el Conde Duque de Olivares, don Gaspar de Guzmán, el cual comenzó a visitar el convento de San Plácido obsesionado por la falta de heredero que perpetuara su estirpe.

El Conde Duque pintado por Velázquez

En una de esas visitas, el poderoso valido, por indicaciones de su amigo Villanueva, se fijó en una joven, sobrina de la priora y de nombre sor Margarita de la Cruz, la cual había ingresado en el convento por decisión paterna y para apartarla del masculino asedio a que era sometida debido a su extraordinaria belleza.
El de Olivares pudo apreciar los encantos físicos de sor Margarita y con la intención de acrecentar su poder sobre el monarca, conociendo las tendencias sexuales de éste, le comento las excelencias de la novicia. Poco le falto al rijoso monarca que en público se mostraba extremadamente religioso, pero en privado era todo un dechado de vicio y depravación, para querer conocer a la pobre criatura, para lo cual, Villanueva, valiéndose de su fuerte vínculo con la priora, preparó una entrevista de ésta con el monarca, so pretexto de que el rey quería conocer las interioridades del convento, asegurándose que sor Margarita estuviese presente y el monarca pudiera contemplarla.
Ni que decir tiene que la belleza de aquella joven trastocó al Austria que de inmediato no dudó en poner en marcha toda la maquinaria palaciega y valiéndose de aquel pasadizo secreto que el de Villanueva había construido, penetrar en el convento para satisfacer sus libidinosos apetitos.
Una pequeña comitiva en la que iban el rey, el valido y Villanueva, se puso en marcha una noche cuando ya todo el plan había sido perfeccionado y usando aquel pasadizo llegaron a los sótanos del convento y desde allí se dirigieron a las celdas de las monjas conduciendo a un rey al que aquella aventura preocupaba mucho más que todos los problemas de estado, que a la postre era lo que el valido pretendía.
Pero al ir aproximándose a las celdas, empezaron a escuchar cánticos mortuorios, a ver luces de velas bailando en la oscuridad y un ambiente de tristeza y duelo a la puerta de una celda en cuyo interior se encontraba la priora y sobre el catre el cadáver de una monja.
A pesar de lo subrepticia de la entrada del rey y su cortejo, doña Teresa no pareció sorprenderse de la extraña presencia a altas horas del la noche y con gran compostura comunicó a los recién llegados que lo hacían en mal momento, pues estaban velando el cadáver de sor Margarita, les dijo mostrándoles el ataúd iluminado por cuatro hachones y en el que reposaba el cuerpo de la novicia.
La comitiva real se dio la vuelta y sin mediar palabra salieron del convento por donde mismo habían entrado, pero con mucha más prisa y pánico en el cuerpo.
Solamente Villanueva sabía lo que se iban a encontrar, pues tras conocer la decisión del rey de abordar de aquella forma a la monja, urdió con su inseparable Teresa el plan que ahuyentara al monarca y dejara tranquilo al convento.
Margarita estaba, naturalmente, viva y viva continuó muchos años en la paz del convento; el rey encontraría alguna otra joven doncella en la que fijar su libido y el Conde Duque inició su declive como valido, hasta perder la vida poco tiempo después.
El rey, en su “magnanimidad”, quiso compensar al convento por haber sido objeto de sus desmanes y le regaló un cuadro que actualmente se admira en el Museo del Prado y que se titula “El Cristo de Velázquez” y un espléndido reloj de carillón.
Aunque el asunto parece haberse resuelto en la intimidad de un claustro, lo cierto es que hasta el papa tomó cartas en el asunto, ya que informado por la Inquisición, quiso saber de lo ocurrido, obligando a un notario real llamado Alfonso de Paredes que confeccionase un informe y que lo llevase a Roma, pero los tentáculos del de Olivares hicieron desaparecer a notario y a informe cuando iba en camino de la Ciudad Eterna.