viernes, 16 de agosto de 2019

ESCRITO EN UN ÁRBOL





En la época de los “graffitis”, las amenazas terroristas o las dianas pintadas sobre un nombre, no nos causan ya demasiada extrañeza y la lectura de frases llenas de odio y amenazas son tan corrientes que ni siquiera las leemos, pero en los tiempos en que se va a desarrollar esta historia, la cosa no era usual; más bien era extremadamente raro que un terrorista anunciara que iba a cometer un atentado y mucho más inusual si éste era un magnicidio.
Fue el hecho tan extraño hasta el extremo de que causó impresión en alguien que, días después, llegó a reconocer al que había escrito aquel mensaje.
La historia es de todos conocida, aunque quizás este detalle no haya tenido la debida difusión.
Uno de los restaurantes con historia de Madrid se encuentra en la calle Mayor número 84. Se llama Casa de Comidas Ciriaco y, ciertamente, para los que hemos tenido el placer de sentarnos a una de sus mesas, nos resulta obligado decir que se come francamente bien. Eso sí, cocina tradicional, nada de “platos desestructurados” ni  con nombres irreconocibles: cocidos, perdiz con judías....
En el restaurante, si es que antes no ha conocido su historia, se va a impregnar de ella, porque desde el cuarto piso de aquel edificio, es decir, encima de lo que entonces era un despacho de vinos y se rotulaba con el número 88 de la calle Mayor, un anarquista llamado Mateo Morral Roca, arrojó una bomba muy potente camuflada en un ramo de flores, al paso de la carroza en la que viajaban el rey Alfonso XIII y su flamante esposa, Victoria Eugenia de Battenberg.
Era el 31 de mayo del año 1906, una preciosa mañana primaveral y en la iglesia de los Jerónimos de Madrid se había celebrado el enlace regio de Alfonso y Victoria, que tras ser sacramentado, se exhibían en la nueva condición de los esposos, ante el pueblo madrileño que los aclamaba.
El recorrido estaba a punto de terminar, pues al final de la calle Mayor, se encuentra el Palacio de Oriente que sería la residencia del matrimonio.
Al pasar por el número 88, una bomba de gran potencia convirtió la alegre mañana en un baño de sangre, dolor y confusión.
Eran los máximos responsables políticos en aquel momento, Segismundo Moret, presidente del Consejo de Ministros y el Conde de Romanones, Ministro de la Gobernación.
Ambos fallaron, como falló todo el sistema de información que, en aquella época, siendo precario en medios, tenía sin embargo muchísimo control sobre la población.
Mateo Morral era un joven catalán, nacido en Sabadell en 1879, en el seno de una familia burguesa, con un padre industrial del sector textil, de tendencias republicanas y una madre de  una catolicidad extrema.
Mateo estudió en colegios laicos y con edad suficiente, se desplazó a Francia y Alemania para completar su formación en el sector textil al que pertenecía su padre.
De la transformación desde burgués, republicano y católico a anarquista activo, no se tiene constancia, pero parece ser que fue durante su estancia en Alemania, en donde entró en contacto con este movimiento que entonces hacía furor en Europa y del que Cataluña no estaba ajena.
Como persona gris que era, se sabe poquísimo de su vida, pero algo se fue descubriendo tras el magnicidio, como por ejemplo que había frecuentado la casa del italiano Malatesta, considerado el ideólogo del anarquismo.
De buena presencia, finos modales y cartera repleta, no causó ninguna extrañeza que pagara por adelantado, con un billete quinientas pesetas, una habitación en la pensión en la que se hospedó para esperar el momento del atentado. Circulaban tan pocos billetes de esta cantidad en la época que debió haber levantado sospechas en los propietarios de la pensión.
Pocos días antes del atentado recibió de Francia un paquete envuelto en una bandera francesa en el que estaba contenida la bomba “Orsini” que empleó en el atentado. Con el paquete entró en la pensión y tampoco produjo ninguna sorpresa, ni siquiera por la bandera de Francia.
El propio Morral era experto en fabricación de estos artefactos, pues en un librito que había escrito y que se titulaba “Pensamiento revolucionario”, explicaba de manera minuciosa cómo habrían de fabricarse.
Tampoco causó extrañeza que una persona ofreciera diez mil pesetas a una señora para que acercase un ramo de flores a la carroza del rey y que la señora rechazó, seguramente por el desproporcionado peso del ramo, ya que se calcula que la bomba debía pesar unos veinte quilos.
Lo cierto es que alrededor de las dos de la tarde, la carroza real pasó bajo el balcón en el que se encontraba Morral y arrojó la bomba, matando a 24 personas e hiriendo a más de un centenar.

Oportuna fotografía del momento del atentado


No se cuentan los animales que murieron también en la explosión, pues la carroza iba rodeada de alabarderos a caballo.
Inmediatamente y aprovechando la enorme confusión del momento, huyó del lugar, porque por muy anarquista convencido que fuera, dejarse prender sería su último deseo.
Al otro lado de la calle se descubrió otro artefacto similar que no llegó a hacer explosión, lo que confirma la información que posteriormente daría un ciudadano madrileño: eran dos los anarquistas que atentaron contra los reyes, aunque solamente se conoce la identidad de uno de ellos.
Hasta aquí todo parece como si se desenvolviera dentro de lo que es un atentado terrorista con su planteamiento, desarrollo y ejecución, pero unos días después del terrible suceso, el diario madrileño “ABC” publicó una noticia sorprendente.
Estaba fechada el 15 de junio y junto con un par fotografías, contaba una historia que ponía el vello de punta.
El ciudadano madrileño antes aludido, llamado Vicente García Ruipérez, al ver la fotografía que la prensa publicó del rostro de Mateo Morral, se presentó en un cuartelillo de policía e hizo unas manifestaciones explosivas.
Unos días antes del atentado, concretamente el día 26, paseaba por el parque del Retiro madrileño junto con uno de sus hijos de corta edad, cuando observó que dos hombres, se encontraban grabando algo con una navaja muy afilada, en un árbol del Paseo de Lauro, perpendicular al famoso Paseo de  Coches. Iban estos dos individuos bien vestidos y tocado uno de ellos con una gorra y el otro con un sombrero “Frégoli”.
Era este sombrero que se estaba haciendo muy popular y había sido diseñado por el actor y cantante italiano Leopoldo Frégoli y luego copiado por todos los sombrereros del mundo. Es el clásico sombrero que hemos conocido todos, pero que en 1906 era toda una novedad, de ahí que en el señor Ruipérez hubiese causado impresión como para fijarse detenidamente en él.
Cuando esas dos personas advirtieron que estaban siendo observadas, se marcharon rápidamente del lugar, lo que permitió al señor Ruipérez acercarse al árbol y contemplar el grabado.
De momento no le dio demasiada importancia, pues creyó obra de algún exaltado el mensaje que allí habían grabado, pero conocido el atentado y cuando contempló en la prensa la cara de Morral, lo comprendió todo.
El grabado fue fotografiado y es relativamente conocido y de haberse descubierto en el mismo día o antes del magnicidio, quizás todo se podría haber evitado, pero el señor Ruipérez no advirtió peligro alguno y ninguna otra persona, ni siquiera los guardas del Retiro, advirtieron la amenaza.

Fotografía del grabado publicada en “ABC”

Como quiera que los reyes habían salido ilesos, el autor detenido y muerto dos días después, el asunto fue pronto destinado al olvido y de los detalles que ahora conocemos, se dijo bien poco en su tiempo.
Pocos días después del atentado, el guarda de castillo de Aldovea, situado entre San Fernando de Henares y Torrejón de Ardoz, encuentra merodeando a un individuo que le levanta sospechas, por lo que decide llevarlo a Torrejón y entregarlo a la Guardia Civil. El individuo sospechoso es Mateo Morral, que no debía ir solo, porque según se sabe por las diligencias judiciales, caminaba delante del guarda, como a unos veinte metros, cuando se volvió y disparó sobre su captor, al que acertó en la boca, causándole una muerte instantánea y seguidamente se suicidó, pegándose un tiro en el pecho (hemitórax derecho), con orificio de salida por el homóplato del lado izquierdo, pero según dictamen forense, efectuado desde una distancia que invalida el suicidio.
Parece evidente que alguien más interviene y ante la detención de Morral, completamente casual, toma la determinación de eliminar todo lo que pueda implicar a la célula anarquista.
Hay muchas más irregularidades e inexactitudes en todo este suceso que desde luego no fue un atentado aislado, sino que formaba parte de un muy bien urdido complot, pero creo que lo más sorprendente fue anunciarlo con el grabado del árbol y es lo que he querido destacar.
En esta dirección de internet puede ver la fotografía que publicó el prestigioso periódico el día 15 de junio.

viernes, 9 de agosto de 2019

SUCEDIÓ EN CÁDIZ





Por la política española han circulado muchos personajes, aunque lamentablemente, tasados en una amplia mayoría por su ineptitud.
Muchos han ejercido gran influencia en el gobierno del inmenso imperio español, eran aquellos en los que los desidiosos monarcas españoles entregaban todos sus poderes para ellos dedicarse sin excusa alguna a la caza, visitar alcobas o simplemente vagar. Estos influyentes eran los llamados “Validos”, entre los cuales prácticamente ninguno demostró algo que fuera más allá de su testarudez, ineptitud e incultura.
Pero hubo dentro de este colectivo un hombre, muy próximo a los reyes Fernando VI, Carlos III y Carlos IV que destacó sobre todos los que le habían precedido y los que vinieron después. Este fue el Conde de Aranda: Pedro Abarca de Bolea y Ximénez de Urrea.
Nacido en el castillo familiar del humilde pueblecito de Siétamo, en la provincia de Huesca, el día 1 de agosto de 1719, fue un noble militar español, estadista, ilustrado y Secretario de Estado del rey Carlos IV, aparte de haber desempeñado muchos e importantes cargos en otros reinados.
Este brillantísimo político tuvo la visión de adelantarse en cien años a lo que ocurriría en las Colonias de Norteamérica con los ingleses allí afincados y cómo aquellos territorios alcanzarían pronto su independencia.
En consecuencia, tras madurar muchísimo su pensamiento, se atrevió a exponérselo al entonces rey Carlos III, al que advirtió de lo que iba a ocurrir y argumentó aún más: lo mismo iba a ocurrir seguidamente con las colonias españolas.
Como es natural se le tomó por visionario  y sobre todo, por resentido, ya que políticamente había perdido gran parte de su potencial en aquel momento.
Pero fue muy claro con el rey, al que le comunicó su sabia premonición y le hizo saber que la única forma de conservar las colonias formando de alguna manera un todo con España, era dividirlas en tres reinos al frente de los cuales colocara a uno de los infantes: uno como rey de Méjico, otro de Perú y el tercero, del resto de la llamada Tierra Firme.
El rey se reservaría Cuba y Puerto Rico y se convertiría en Emperador, al conservar su superioridad sobre los nuevos reinos. Algo así hizo Portugal con Brasil, aunque tampoco salió bien parada la aventura.
¡Qué diferencia con lo ocurrido posteriormente si se le hubiese hecho caso!
España era ya incapaz de mantener aquellos territorios en plena ebullición y al final se perdieron todos.
Pero para que eso se produjera, y de la manera que se produjo, es necesario pasar por las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812.
Esa tan liberal que ahora todo el mundo aplaude y que hasta ha dado nombres a uno de los puentes más bonitos de España que, afortunadamente, tengo frente a la ventana de mi escritorio.
En mi pueblo, La Isla de León, hoy llamada San Fernando, el 24 de septiembre de 1810 tiene dedicada una calle muy céntrica, pero nunca, ni de jóvenes ni no tan jóvenes, nos preocupamos por saber qué significaba aquella fecha. En mi pueblo, aparte de un teatro que todavía se llama De las Cortes, nada olía a constitucionalismo ni liberalidad.
Allí se reunieron las Cortes que venían huyendo de los franceses que llegaron hasta el famoso Puente Suazo y de allí no fueron capaces de pasar.
Primero una misa y luego un desfile de diputados hasta el cercano teatro.
Según el Diario de Sesiones, 102 diputados asistieron a aquella sesión inaugural, pero el Notario del Reino, Ministro de Gracia y Justicia, anotó 104. A lo mejor había dos que se colaron de rondón. De ese número, solamente 27 representaban a los territorios americanos y 2 a Filipinas; pero es más, de los 29 representantes de ultramar, solamente había uno que había sido realmente elegido por sus conciudadanos y este era un tal Ramón Power y Giralt. Hijo de padre irlandés y madre francesa, había nacido en Puerto Rico, donde su padre era “un ejemplar tratante de esclavos”.
Los demás fueron elegidos de una manera muy singular. Había censados en Cádiz y La Isla un total de 177 hombres nacidos en los virreinatos y entre estos se eligieron a los 28 diputados suplentes, en espera de que alguno de los titulares convocados pudiera ir llegando a Cádiz para incorporarse a las sesiones de las Cortes en cada una de las clases en las que se subdividían sus señorías que eran: los profesionales liberales, los representantes de la administración, los de la Iglesia y la clase más numerosa, la de los militares.
Si tenemos en cuenta que entre los militares había suboficiales, entre los representantes de la administración, simples funcionarios, en la iglesia curas y sacristanes, carentes todos de formación política alguna, solo cabe pensar que era el grupo de profesionales liberales los que realmente lideraban los debates, pues entre ellos había catedráticos de universidades, leguleyos y hombres de gran formación política.
Eso es tan así que en el propio discurso preliminar leído al presentar el Proyecto de Constitución, que tuvo lugar el 24 de diciembre de 1811 y que iba fundamentalmente dirigido al rey, aunque también, como parece natural, al pueblo español, la propia Comisión reconoce que por diversas causas: urgencia, impaciencia y falta de auxilios literarios, no había sido posible dar al texto una “última mano” que necesitaba para captar “la benevolencia del Congreso y la buena voluntad de la Nación”.
Es decir, los mismos congresistas ya habían reconocido desde el inicio sus escasos recursos, si bien hay una cosa clara y es que entre los congresistas de la llamada Metrópoli existían expertos redactores de leyes, mientras que entre los representantes de los virreinatos y provincias de ultramar se daba la circunstancia de que para ellos era la primera vez que contribuían con su aportación a la redacción de tan importante texto. Pero, lamentablemente, fue también la última vez que lo hicieron, porque muy pocos eran los que fiaban su futuro unido a la Madre Patria, pues la mayoría sabían, o mejor, intuían, que las vísperas de su independencia las estaban viviendo.
Porque aquella Constitución calificada de liberal contenía aberraciones de talla gigantesca y aunque en el artículo 1º dice que la Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios, no todos los nacidos en esos hemisferios que formaban la Nación podían ser españoles. En primer lugar había que ser hombre libre, cuando hasta el padre de un congresista que ya citamos, se dedicaba a la  compraventa de esclavos.
Si eran extranjeros debían obtener carta de naturaleza, que no era concedida a todo el mundo; o llevar diez años de continuada vecindad. Además, estaba obligado a contribuir proporcionalmente a los gastos del Estado y en caso contrario, sería ciudadano, pero como llamaron los latinos: “capitis deminutio”.
No respetó la libertad de culto, salvo para la religión católica, a la que califica de “única verdadera” y se “prohíbe el ejercicio de cualquier otra”.
Ya sé que eran tiempos de fervor religioso, pero las creencias ¿si no son tolerantes con las demás ideologías, pueden llamarse liberales?
No es mi intención censurar la vetusta “Pepa”, de la que guardo una preciosa edición facsímil, sino resaltar un poco cómo se condimentaba aquel enorme puchero en el que todos metían baza y en el que los dos bloques principales: europeos y ultramarinos, guardaban enfrentamientos insalvables.
Unos querían prohibir la esclavitud, los otros, principalmente los caribeños, venezolanos y peruanos veían peligrar sus ingenios si no tenían mano de obra gratis; los mismos querían abolir la Inquisición, los otros veían un freno contra las innumerables creencias paganas que se extendían por todo el continente.

Ejemplar facsímil de la Constitución de 1812

 El diputado por Lima, capital de Perú, no quería que se concedieran derechos de ningún tipo a los descendientes de africanos y en tan vergonzosa discusión se optó por negociar en sesiones secretas, en las que se decidió reconocer la igualdad de derechos a los naturales del continente, pero no a los africanos de origen, es decir, a los negros. Un nuevo detalle de liberalidad.
A medida que pasaban los meses y se iban incorporando a los debates los diputados titulares de sus respectivos departamentos ultramarinos, empezaron a contar con importantes refuerzos para imponer sus políticas entre las que eran comunes el reconocimiento de la superioridad del hombre blanco sobre el indio.
Solo la prohibición expresa del presidente de las Cortes y la cercanía en la que se estaba desarrollando la guerra que impedía la salida de Cádiz salvo por mar pero con los pasajes de los buques controlados, obstaculizó que muchos de los diputados americanos abandonaran las sesiones, que tenía otro escollo insalvable como era la igualdad de todos los habitantes del Nuevo Continente a acceder a puestos militares, religiosos o simplemente civiles, lo que no se le permitía ni a ciertos criollos, si no eran hijos de españoles.
Por fin y tras agrias discusiones las Cortes concedieron los mismos derechos a los españoles nacidos en América, a los mestizos y a los indios, para acceder a cargos públicos.
Hoy, nuestros ejércitos se alimentan en buena medida de los descendientes de aquellos indios, ante la falta de españoles para engrosar sus filas.
En relación con la esclavitud se optó por una fórmula totalmente ecléctica y progresiva. Primero prohibir el tráfico de esclavos y paulatinamente ir concediendo la libertad de manera muy controlada, pues hasta el tío de Simón Bolívar, el diputado Esteban Palacios, llegó a pronunciar una frase lapidaria: “En cuanto a que se destierre la esclavitud lo apruebo como amante de la humanidad; pero como amante del orden político, lo repruebo”.
Sí, pero no. Y aunque se suspendieron numerosos impuestos, trabas políticas y tributos que al final, decantaron la balanza de los logros a favor de los ultramarinos, no se consiguió otra cosa que despertar el afán independentista en toda la América española y empezando por Méjico, con el famoso “Grito de Dolores”, siguió el Cono Sur, Venezuela y terminó con Cuba y Filipinas.
Hubo un denominador común: los que consiguieron la independencia eran españoles o descendientes de españoles. No fue un movimiento indígena queriendo recuperar su identidad histórica. 
¿Se habría evitado si el Conde de Aranda hubiera sido debidamente escuchado?
No lo sabremos nunca, pero es más que probable que así hubiera sido.

viernes, 2 de agosto de 2019

DE FRAILE A CORSARIO





No es usual que alguien, una persona con amplia formación humanística, criado en el seno de una familia perteneciente a la alta burguesía, asidua visitante de cortes y palacios y en íntima conexión con los monarcas, en cuyo entorno llegaron a alcanzar puestos de gran relevancia, pueda efectuar un cambio tan radical que lo lleve a trocar su vida monástica, a la vez que prestigiosa, por otra tan azarosa como la de corsario.
Esto le sucedió a don Pedro Fernández de Bobadilla, más conocido como “Pedro de Bobadilla, el Corsario”.
Fue el sexto hijo del matrimonio formado por Andrés de Cabrera, hombre la total confianza de los reyes castellanos Juan II y de su hijo Enrique IV, llamado el Impotente, del que fue camarero real y regidor de todos los oficios palaciegos, y de su esposa, Beatriz de Bobadilla, amiga personal y camarera real de la reina Isabel, futura Reina Católica. Con el matrimonio de los reyes cabrera pasó a ocupar un puesto de la mayor confianza de Fernando el Católico.
La fecha de nacimiento del “cura-corsario” no está perfectamente datada, pues mientras éste se fijó en Jaén en 1486, cronistas contemporáneos aseguran que murió en 1522, a la edad de treinta y tres años, lo que supondría haber nacido tres años más tarde. Pero este detalle tiene escasa importancia al objeto de esta historia, porque lo cierto es que perteneciendo a una tan distinguida familia, el joven Pedro, lo mismo que todos sus hermanos, estuvieron sometidos a una promoción social y política poco usual.
Con cinco años fue nombrado caballero de la Orden de Santiago y el mismo cronista que nos habla de su muerte, hace el relato de esta ceremonia, de la que dice haber ocurrido en 1495.
El que un niño de cinco años profesase como monje-guerrero en una orden militar de la categoría de la de Santiago, era absolutamente fuera de lo normal, por lo que necesitaba una dispensa real, que el entonces rey Fernando el Católico, fácilmente le concedería. Casi a renglón seguido el joven caballero ingresó en el convento de los dominicos, en donde se ordenó sacerdote de la prestigiosa Orden de Predicadores, cuando apenas tenía catorce años.
En plena ebullición de su pubertad, el joven dominico empezó a mostrar su verdadero carácter que resultaba ser no sólo incompatible, sino antagónico con los votos profesados, revolucionando el convento. No había moza que se le resistiera ni tapia que no saltara para visitar a su enamorada, haciendo caso omiso a las advertencias de los frailes que, incapaces de reconducir la desconcertante línea que había tomado el joven, decidieron poner el hecho en conocimiento de sus padres.
Como es natural y más en la época, los padres recibieron un jarro de agua fría y optaron por una medida tan drástica como traer al joven a la casa paterna y encerarle en una jaula de madera bajo la custodia del alcaide del castillo en el que vivían. Allí lo mantuvieron con una alimentación tan menguada que a duras penas resistió el castigo de casi dos años al que estuvo sometido. Pensaban sus padres que una alimentación exigua eliminaría los furiosos apetitos sexuales del joven, el cual manifestaba que no quería seguir en el convento, que era tanto lo que le gustaban las mujeres que seguiría haciendo toda la vida lo mismo que había hecho que lo encerraran en aquella jaula.
A gritos pedía ingresar en la milicia, pero eso era imposible. Había sido consagrado sacerdote y esa es una condición que acompaña al hombre a la tumba, que imprime carácter.
No carente de inteligencia, el joven Pedro optó por una táctica más refinada; empezó a fingir que ya no tenía aquellos desaforados deseos sexuales, e incluso, de manera voluntaria empezó a ayunar, haciendo continuos actos de contrición por sus horrendos pecados y culpas.
Fue el propio alcaide quien recomendó el cese de aquella tortura, en vista del deterioro físico que presentaba y de su cambio de actitud, los frailes de su congregación accedieron a aceptarlo nuevamente en el convento.
Pero todo había sido una farsa para salir de aquella jaula y adquirir nuevamente la libertad y después de un año de pacífico comportamiento, coincidiendo con que la corte de los Reyes Católicos estuvo de forma itinerante en Madrid, él, como muchos otros frailes de diversos conventos, se vio desplazado a la villa junto a otros compañeros, para atender espiritualmente a toda la multitud que acompañaba a los monarcas.
Entre los que podríamos llamar “funcionarios”, que atendían a toda la logística alrededor del movimiento de miles de personas, los cronistas que relataban los sucedidos, militares, nobles, diplomáticos y muchas otras personas, viajaban también mercaderes de todo tipo. Había joyeros, comerciantes de caras sedas, armeros, talabarteros y artesanos de todo tipo.
En todo evento multitudinario de este tipo, los conventos realizaban una importante labor, acogiendo física y espiritualmente a menesterosos, así como a gente importante que por los monasterios desfilaban; y uno de estos personajes al que Pedro Bobadilla atendió y con el que trabó rápida amistad fue Pero Hernández, rico platero, servidor de la más acaudalada nobleza, entre los que se encontraban los padres del propio fraile.
Rápidamente el fraile desenterró su verdadera faz y convenció al platero de que un señor muy principal de Aragón, muy amigo suyo, llamado Luis de la Cerda, se había casado con una riquísima viuda llamada Juana de Rocabert y que el marido, profundamente enamorado quería hacerle un regalo de joyas por valor de trescientos o cuatrocientos “ducados labrados” y que su amigo le había pedido que él mismo escogiese las prendas.
Esa cantidad de oro equivalía a casi un kilo y medio, lo que puso al platero Hernández nervioso como un flan ante las enormes ganancias que podría obtener. Así, quedaron en que al día siguiente, el platero iría con toda su mercancía al convento, a donde acudiría el supuesto cliente, que naturalmente no apareció en todo el día, pues no tenía ni idea de lo que en su nombre se estaba tramando. Llegada la noche y ante el fracaso de la reunión, el platero Hernández temió volver a su casa con una carga tan valiosa y fiándose plenamente del fraile, le dejó las joyas en depósito.
Ahí se acabó definitivamente la vocación del fraile Bobadilla que aquella misma noche partió hacia Alicante.
Seguramente que el fraile tendría trazado sus planes con precisión, pues la estafa practicada a su amigo, fue cosa de mucha preparación, así que una vez llegado a Alicante, se instaló adecuadamente y comenzó a trabar relaciones con gentes de dudosa reputación, a los que agasajaba presentándose vestido a lo militar y siempre elegante, rumboso y con apariencia de rico, dejando caer en sus conversaciones que buscaba un navío con el que ir a combatir a los piratas moros, incluso hacer alguna incursión en sus países.
Después de algunas intentonas, encontró una carabela muy bien dispuesta, entablando negociación con su propietario para efectuar la compra, no sin antes probarla, cosa que hizo con una tripulación ya preparada por él y que al hacerse a la mar en pruebas, en realidad lo que hizo fue apoderarse de ella y poner rumbo a Sicilia, pero quiso la fortuna que a pocos días topase con una rica embarcación perteneciente al tesorero del reino de Valencia, el cual desconociendo la procedencia de aquella carabela, aceptó la gentil invitación que el fraile le hizo para que subiera a bordo y celebrar el encuentro.
Fatal decisión pues Pedro Bobadilla ya tenía decidido dedicarse por entero al corso y su tripulación albergaba las mismas intenciones que él; así que aquella fue su primera presa que por estar muy bien abastecida llevó a Sicilia, donde vendió la carga, sacando pingües beneficios.
No relatan los cronistas qué sucedió con el tesorero valenciano y su tripulación, pero es de esperar que fuese abandonada en la isla a su destino.

Una de las muchas banderas que usaron los piratas

Con dos naves, la piratería simplificaba mucho las cosas, pues permitía atacar por los dos flancos y pronto fueron tres las naves de su flota y sus correrías empezaron a alcanzar fama en todo el Mediterráneo y su flota fue creciendo a razón de continuar con sus acciones de piratería. Llegó a tener cuatro naos muy bien armadas, cada una de dos palos y otras cuatro carabelas. Una flota de ocho buques era capaz de cualquier enfrentamiento en el mar.
Entre las ocho embarcaciones reunió un contingente de más de quinientos hombres, todos perfectamente adiestrados, cada uno en su cometido, pero cometió un pequeño error.
En un puerto griego embarcó a una bella joven con la que compartía su vida, cosa que hubiese sido normal si entre la tripulación no se supiera que Pedro era un sacerdote renegado, que había abjurado de la fe de su patria y eso en aquella época era muy mal perdonado.
Aunque cueste creerlo en estos tiempos, eso le acarró algún que otro disgusto que el renegado solventaba con una mayor distribución del los botines que iban adquiriendo.
A su favor contaba un detalle de vital trascendencia y no era otro que salvo sus primeras acciones, Pedro Bobadilla y su gente iban siempre contra la piratería bereber y eso era algo muy importante para todos los reinos del marco Mediterráneo, incluso para el papado porque le permitía una más libre circulación de mercaderías por todo el Mare Nostrun. Tanto fue así que el cazador de piratas ya era conocido como “Fray Pedro” y todos sus pecados parecían perdonárseles.
Cuando ya llevaba años de granjeada fama, Fray Pedro y su considerable flota arribó a la isla de Rodas, en aquel momento sede de la Orden de San Juan de Jerusalén, en donde, para su sorpresa recibió la invitación formal del Gran Maestre Guy de Rochefort, ya anciano y en mal estado de salud.
La propuesta que Rochefort le hizo lo dejó perplejo, pues el anciano guerrero le ofrecía nada menos que el nombramiento de Gran Maestre de la Orden, porque consideraba en él todas las virtudes que una persona necesitaba para hacer frente a su servicio a la comunidad cristiana: era joven, valeroso, experimentado en la guerra marítima, acaudalado y con un ejército de hombres fieles y curtidos y para colmo era de origen noble.
El cinismo llegó al extremo que la poderosa Orden lo consideró no como a un pirata que es lo que verdaderamente era, sino como a un caballero con licencia para ejercer el corso y que su flota, aumentando la de la Orden, estaba en disposición del enfrentarse al mayor pirata otomano de aquellos momentos: Kapudán Pachá.
En un acto de buena voluntad, devolvió todos los tesoros robados a barcos no piratas, pero la fortuna no se alió con él y tras mejorar considerablemente la salud de Rochefort, lo que le alejaba de la promesa del cargo, en un enfrentamiento naval contra Pachá, una tempestad mermó su flota a la vez que los otomanos le infligieron gran castigo.
Pero un nuevo golpe de suerte le vino otra vez de cielo, pues el papa Julio II estaba formando la llamada Liga Santa, contra Francia, que formaron en principio Génova y Milán y luego se fueron adhiriendo los Estados Pontificios, España, Venecia, Inglaterra, el Sacro Imperio, Suiza… y hasta cualquier navegante decidido y mediante una Bula Pontificia de diciembre de 1511, el papa decidió que cuantos se unieran a la noble causa contra los franceses quedarían reivindicados y su pecados, a los que llamó “travesuras” quedarían de inmediato perdonados.
Incluso perdonaba la apostasía que Pedro había hecho al abandonar el seno de la Iglesia para dedicarse a tan innoble oficio como era la piratería y además le autorizaba a usar su condición de caballero de la Orden de Santiago.
No se puede explicar con qué autoridad pudo el papa acceder a tamaños desafueros, pero el poder era el poder y el dinero el dinero y Julio II necesitaba al fraile renegado a su lado y como vicario de Cristo en la Tierra, hizo lo que mejor convenía a su poder y a su hacienda.
Restablecida su honra, el propio Carlos V lo llamó a su servicio, nombrándole almirante de la flota del norte, pero la suerte no pudo ayudarle más y murió ahogado en 1522, cuando navegaba por el norte de Francia, luchando contra las flotas francesas.