miércoles, 12 de mayo de 2021

EL MAS RICO DE TODOS LOS RICOS

 

He querido buscar documentación sobre el personaje del que me dispongo a escribir y no he encontrado prácticamente nada en español y si mucho en inglés y alemán, pero eso no me ha hecho desistir de sacar a la luz pública a un hombre, totalmente gris, al que se le considera que ha sido el más rico de todos los ricos que a lo largo de siglos han existido: Jacob Fugger.

Si se pudiera comparar su fortuna con otras perfectamente conocidas, cosa que no es posible por muchas razones, se especula que sería muy superior a la de todos los magnates actuales juntos: Bill Gates, Carlos Slim, Mark Zuckerberg y algún otro. Y sin embargo ha pasado completamente desapercibido y solo algunas personas han tenido conocimiento de su existencia.

Creemos que nuestros financieros actuales, los deportistas, los hombres de negocios o los actores de Hollywood, por citar algunos gremios que se tienen por ganar fortunas, son los que más dinero han ganado, pero no es así. Hoy lo veremos con este casi desconocido personaje y como hace ya unos años hicimos con otro sobre el que publiqué un artículo en 2013 y que se trataba del deportista mejor pagado de la historia que resultaba ser un conductor de cuadrigas romanas (puedes consultar el artículo en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/search?q=el+deportista+mejor+pagado ).

En el caso de Jacob Fugger (conocido en España como Jacobo Fúcar) se trata de alguien que vivió en una de la épocas de mayor esplendor que ha experimentado la historia: El Renacimiento, en donde aparte de la proliferación de artistas y humanistas en casi todas las ramas del saber, el mundo occidental estaba conformado por dos grandes poderes que eran el Sacro Imperio Romano y la Iglesia, con su papa al frente.

Pues bien, a esos dos grandes poderes los financió Jacob Fugger, hasta el extremo de que Carlos I de España, no hubiera sido V de Alemania de no ser por las “pelas” que le prestó Jacobo.

Fugger, apodado “El Rico”, nació el 6 de marzo de 1459 en Augsburgo, al sur de Alemania, hijo de un padre con los mismos nombres que fue obrero tejedor, concejal y comerciante y al que para diferenciarlo de su hijo, se le llamaba “Jacob, el Viejo”, el cual siendo de humilde cuna, llegó a ser uno de los hombres más ricos de Augsburgo, claro que nada que ver con lo que llegó a ser su hijo, el noveno de diez hermanos, compuesto por siete varones y tres hembras.

Los cinco hermanos mayores fueron educados por su padre en el mundo de los negocios y las finanzas, pero para Jakob y Markus, el hermano que le precedía, se decidió que debían seguir la carrera eclesiástica, como era costumbre para los segundones.

Así las cosas, ingresaron en el monasterio franciscano de Herrieden, en Baviera, donde el pequeño Jacob fue rápidamente objeto de atención por su preclara inteligencia y el abad le nombró canónigo.

Pero en su familia estaban ocurriendo muchas cosas y así, sus dos hermanos mayores murieron cuando estudiaban en Venecia víctimas de unas fiebres que asolaron la ciudad durante una década. Unos años después, murió su padre y cuatro años más tarde su hermano Peter, el mayor de los hijos, dejando gran parte del negocio familiar en manos de Markus, inmediatamente anterior a Jacob y que tras las muertes familiares había empezado a dirigir la rama del negocio radicada en Italia.

Pero el éxito financiero de la familia llega cuando por diversas vicisitudes, Jacob debe abandonar su formación eclesiástica y dedicarse a dirigir el clan familiar. Ciertamente que había recibido muy poca instrucción financiera, pero era extremadamente inteligente para los negocios y pronto se colocó en la cima de las finanzas europeas, que es como decir del mundo.

 

 

Retrato a plumilla de Jacob Fugger, por Holbein, El Viejo

 

Ciertamente, la actividad económica de la época era escasa, pues no existían las empresas ni las grandes producciones de bienes de consumo. Las sociedades eran autárquicas y casi el único comercio que trascendía fronteras era el de las especias.

Los ricos vivían del trabajos de sus arrendatarios que a cambio recibían la protección del señor, los cuales no se interesaban en ampliar sus capitales. La minería, bastante extendida en Europa se reducía al hierro, el cobre y la plata, con producciones escasas para el gran esfuerzo que suponía arrebatar esos metales a la tierra.

Fugger creó la primera empresa multinacional dedicada a la minería y en poco tiempo monopolizó el comercio de aquellos metales y además creó otra empresa para comerciar con especias.

La minería de metales nobles, como la plata, despertó gran interés en el joven Jacob que empezó a financiar a los trabajadores autónomos de Alemania que a cambio de dinero efectivo, cedían participación en los futuros beneficios, así como vendían la plata directamente al prestamista, que se ahorraba importantes cantidades en intermediarios.

Los beneficios que empezó a obtener le impulsó a extender su actividad a Austria y a Suiza, con lo que internacionalizó sus actividades.

Por estas dos razones, se le considera uno de los fundadores del sistema capitalista, tan denostado en los momentos actuales, pero que es el único que no tiene un creador que no sea otro que la necesidad, ni está sustentado por ninguna ideología, aunque frecuentemente se achaca a la derecha política.

Jacob era un buen comunicador y sabía de la importancia que tiene la información y para eso montó un servicio de transmisión de noticias sobre las actividades mercantiles en distintas partes de Europa, pagando a los mensajeros que le aportaban la información que necesitaba para dirigir su actividad económica. Estas informaciones se transcribían en lo que podría llamarse un ancestro de los modernos diarios.

La Iglesia no permitía que los banqueros pagaran intereses por los depósitos que los clientes poderosos le hacían, lo que constituía un verdadero escollo en una sociedad tan dominada por el credo católico; pero Fugger era poderoso. El papa era un “cliente” suyo, al que había financiado para que se ciñera la tiara papal y le costó poco convencerlo para que levantara tan ridícula prohibición, cosa que el Vicario hizo muy a gusto y Fugger empezó a pagar intereses a las personas que depositaban sus capitales en su banco de Augsburgo.

Siguiendo con la Iglesia propuso la venta de indulgencias, practica que ha durado hasta nuestros días y así, con los capitales recibidos para salvar almas, evadir el ayuno y la abstinencia, ganar indulgencias y otras prerrogativas, financiar las obras de la Basílica de San Pedro.

Este hecho, provocó la rebelión de Lutero y el inicio de la Reforma Protestante, así que Fugger tuvo su parte de culpa en esta nueva situación religiosa.

Tan pronto se conoció el descubrimiento de América, el financiero comprendió la enorme magnitud económica que traería consigo y rápidamente creó un fondo para financiar otras expediciones que sabía que se iban a producir y así costeó el primer viaje portugués a la India y posteriormente el viaje de Magallanes.

El clan familiar que dirigía Jacob fue el principal financiador de Maximiliano I, emperador del Sacro Imperio y por esa razón, a su muerte y sucedido por Carlos V, pasó a ser igualmente el primer financiador del nuevo dueño de Europa.

El poder terrenal y el eterno. Los dos estaban en manos de los Fugger. Maximiliano era un auténtico manirroto, siempre falto de dinero y siempre pidiendo más, acumulando unos deudas astronómicas, para las que ofreció como avales, condados enteros o ciudades con todas sus industrias, las cuales aceptaba Fugger sin ningún remilgo.

Endiosado por su poder y su fortuna tuvo la osadía de hacer ver al emperador Carlos que de no haber sido por él, no hubiera conseguido la corona de emperador y que él muy bien podría haberse decantado por Francisco I de Francia, el eterno enemigo de Carlos, con el que hubiera obtenido grandes beneficios.

Jacobo Fugger murió el 30 de diciembre de 1525 siendo el hombre más rico de Europa, que cabe decir del mundo, con una herencia de más de dos millones de florines que serían hoy unos cuatrocientos mil millones de euros.

A Felipe II también alcanzó la deuda que su padre tenía con los Fugger y que saldó declarando la bancarrota del estado español.

Pero Fugger no solamente estaba interesado en el dinero, pues en un gesto altruista propio de aquella época en la que los principios religiosos primaban y para paliar la angustiosa situación de artesanos y campesinos, explotados por sus señores, Jacob creó los llamados “Fuggerei”, el proyecto social de vivienda más antiguo del que se tiene noticia, que se construyó en su ciudad, Augsburgo y donde por el simbólico precio de un florín al año, las gentes de las clases pobres podía acceder a una vivienda muy digna y suficientemente amplia.

Este proyecto, inaugurado a principios del siglo XVI, está todavía en funcionamiento y actualmente cuenta con 147 apartamentos de 60 metros cuadrados a los que se accede con las mismas condiciones sociales y económicas que cuando se fundó.

 

 

Una cuidada calle del actual Fuggerei de Augsburgo

jueves, 6 de mayo de 2021

NO ME REPRESENTA

 

Hace un par de meses celebrábamos el día de Andalucía con las lógicas restricciones impuestas por las circunstancias sanitarias que atravesamos, pero un año más hemos ensalzado el día y hemos vuelto a escuchar las mismas falsedades que desde hace años nos vienen intentando hacer creer, aunque se me escapa cuál sea la finalidad de tenernos sumidos en esas mentiras.

La celebración de este año ha sido atenuada; mejor así, que pase sin pena ni gloria y sobre todo que no contribuya a ensalzar la figura del que se nos quiere imponer como “padre de la patria andaluza”.

Recuerdo que el año ochenta y dos u ochenta y tres, leí una novela de Antonio Burgos que había ganado el premio Ateneo de Sevilla, una segunda sala de los premios Planeta. La novela se llamaba “Las cabañuelas de Agosto”, esa suerte de nigromancia que pretende descubrir el clima que hará cada uno de los meses del siguiente año, basándose en unas interpretaciones del clima en los primeros doce días del mes de agosto, y hace tanto tiempo que las leí que ya no recuerdo gran cosa, pero sí que se me quedó grabado cómo relata la muerte de Blas Infante, el once de agosto de 1936, recién alzado buena parte del ejército contra la República y al que fusilan por ideas contrarias a las imperantes en el famoso alzamiento.

Ciertamente que en aquel momento yo sabía poquísimo del personaje en cuestión y siempre había pensado que la bandera de Andalucía era un símbolo del verdor de nuestra tierra y el himno, fruto de la inspiración de algún contemporáneo.

La cuestión es que sin quererlo, se nos ha impuesto la teoría convertida ya en soflama, de que Blas Infante es el padre de la patria andaluza.

Hoy leo en la prensa que un diputado andaluz, perteneciente al partido  Adelante Andalucía, una escisión de Podemos, que se llama José Ignacio Molina Arroyo ha solicitado del presidente de la comunidad autónoma que retire la medalla de Andalucía que hace tres años se le concedió a la andaluza, ensayista, escritora, licenciada en Filología Clásica y en Filología Hispánica, doctora cum laude, profesora y por no seguir recurriendo a sus atributos, persona con una mente brillante y sensata donde las haya: Elvira Roca Barea.

Esta ilustre profesora autora de un ensayo titulado “Imperiofobia y Leyenda Negra”, de lectura altamente recomendable que cuenta cómo se gestó el odio a España, cuando la realidad es que el verdadero sentimiento era el de la envidia.

El motivo que el diputado andaluz esgrime para pedir la retirada de la condecoración es que hace unas fechas, en una de las múltiples conferencias que esta señora imparte por todo el país, concretamente esta vez en Valladolid, llamó a Blas Infante, el supuesto padre de la patria andaluza, botarate, e imbécil integral.

A mi y a muchísimas personas con las que me he relacionado a lo largo de mi ya dilatada vida, que digan eso de un personaje como Infante, no me produce ningún escozor, pero a las izquierdas radicales parece que sí.

Esa reacción del diputado es francamente comprensible desde la perspectiva intelectual de esta persona, cuya única virtud es la de manejar el megáfono en las manifestaciones y concentraciones con una destreza digna de envidia y hacerse oír desde muy lejos gracias a su estentórea voz y su prodigioso artilugio.

Gritar mucho no es llevar más razón. Mejor que elevar el tono es elevar el nivel de los argumentos. Se convence mucho más, pero eso a este diputado no le importa porque las personas a las que se dirige no necesitan que se les convenza de nada. Vienen convencidos de casa y no entra en sus planes ponerse a pensar si lo que se les está diciendo es verdad o mentira.

Igual que los políticos de aquel momento no se pararon a pensar si verdaderamente Blas Infante era el padre de la Patria Andaluza o era el padre de una querida y añorada Patria Andalusí, cosa muy distinta, porque la verdad es que entre una y otra, la diferencia es abismal.

Este personaje, hijo de un abogado, también estudió derecho y se hizo notario, por oposición. Escribió algunos opúsculos con tinte de ensayos, como Ideal Andaluz y una obra de teatro sobre el Rey moro Motamid, último rey de Sevilla.

A él se le han atribuido los colores y el escudo de la bandera de Andalucía, así como la música y letra del Himno Andaluz que más tarde veremos cómo.

Entre sus escritos, el notario Infante dice cosas como esta: “El profeta de nuestros antepasados de Al-Ándalus que, como todos los profetas, será nuestro profeta”, refiriéndose a Mahoma. Y más adelante se reitera en ese espíritu de inspiración islámica: “Trabajemos con suma cautela en estos principios para que Andalucía vuelva a ser inspirada por su propio genio y porque su libro vuelva a ser Al Korán”.

En otro párrafo del mismo texto dice: “El pueblo andaluz fue arrojado de su patria  por los reyes españoles…”

 

Blas Infante con sus amigos marroquíes

 Y volviendo a la bandera, es lamentable que se eligiera el blanco y verde como los colores representativos de Andalucía y que ya venía de antiguo, propuesto por Infante en la Asamblea Regionalista de Ronda que se proclamaba sucesora de la constitución de Antequera de 1883, un proyecto de federalización de España que no llegó a ninguna parte, pero sí que inició el germen federalista y que ya fijó la bandera y el escudo de Andalucía, que más tarde Infante defendió en Ronda y más tarde aún, el parlamento andaluz adoptó como los símbolos de nuestra tierra.

Y todo ello sin efectuar ninguna reflexión sobre lo que significan esos colores ni quienes lo portaban, que no eran otros que los fanáticos almohades, una facción del Islam declarada integrista/fundamentalista que llegaron a formar un imperio en el norte de África, al que los reyezuelos de las Taifas Andalusíes, pidieron ayuda para frenar el avance castellano.

Y desembarcaron los almohades y causaron estragos, como en la batalla de Alarcos en 1195 que significó una gran pérdida para los ejércitos cristianos y un frenazo en la expansión reconquistadora, aunque se resarcieron más tarde, en 1212, con la gran victoria de Las Navas de Tolosa.

Pues bien, esa era la bandera que ondeaba en las huestes islámicas y la misma que usaron los moriscos en sus muchas sublevaciones.

Pero no es de extrañar esta elección sin reflexión previa, porque ya Blas Infante se había erigido en padre de la patria Andalusí y basta hacer un pequeño recorrido por la vida de este “botarate”, como la profesora Roca Barea lo define, para comprender el enorme error cometido y que ya no va a tener arreglo.

Infante fue experimentando un tan apasionado amor por la cultura árabe que no llevó solo a aprender el idioma sino a abrazar su religión en un acto solemne y publico en una mezquita cercana a Marraquech, en el que se renombró como “Ahmad” que significa: “el que pone en acto lo que está en potencia”, dejando muy claras cuales eran sus verdaderas intenciones que no eran otras que las de recuperar Andalucía para el Islam.

Claro que nunca hizo públicas estas circunstancia y vivió su islamización en la más estricta intimidad, como ya hicieran los moriscos falsamente cristianizados.

Por su carácter inquieto y federalista, quería conseguir una Andalucía libre y por esa idea compitió políticamente en varias ocasiones, presentando su proyecto a los andaluces en diversos comicios electorales, en ninguno de los cuales obtuvo representación parlamentaria.

Es decir, el pueblo de su época le castigó en las urnas una y otra vez y eso que desconocía la circunstancia que antes se ha expuesto de su conversión al Islam y su anhelo Andalusí, que de haber sido así, no se sabe en qué podría haber terminado su efímera e infructuosa carrera política.

En plena época de la II República se permitió cambiar la letra de un canto religioso llamado Santo Dios que termina: “Sea por una Andalucía Libre, España y la Humanidad”, el cual propuso como himno y que no fue aceptado sino hasta después de la Constitución de 1978 y de la concesión autonómica de Andalucía.

Pues ese himno que empieza con aquello de que la bandera blanca y verde vuelve tras siglos de guerra…, se canta en todos los actos oficiales andaluces y yo me pregunto: ¿Si la bandera blanca y verde vuelve tras siglos de guerra, es por que se fue?

Si era la de los almohades y después asumida por el reino nazarí de Granada, efectivamente se fue, cuando los Reyes Católicos terminaron conquistando granada y expulsaron a los invasores. Porque no otra cosa eran los moros en nuestra tierra que invasores. Aprovecharon su potencial bélico contra una monarquía débil y un país medio deshabitado y se apoderaron de la Península Ibérica por la fuerza de las armas.

Desde ese momento la bandera blanca y verde desaparece de la vida de nuestro país y entonces ¿a qué guerras de siglos se refiere? Creo que no pueden ser otros que los tres últimos de la Reconquista, en los que, efectivamente estuvieron guerreando contra los reinos de Castilla y Aragón, fundamentalmente, es decir los reinos cristianos de nuestra querida España, enarbolando esa bandera blanca y verde. Por tanto, y si esto es así, adoptamos una bandera que fue nuestra enemiga y que guerreó contra nosotros.

Por otro lado y ya como mera especulación, cabría plantearse la posibilidad de que Blas Infante no hubiera sido fusilado y hubiese llegado vivo al estatuto de Andalucía, ¡habríamos votado a favor de una Andalucía islámica prescindiendo de nuestras Navidades, Semana Santa, romerías, el jamón ibérico y las copitas de la feria?

¿No es de botarate?


jueves, 29 de abril de 2021

LOS BAGAUDAS

 

Buscando documentación para el artículo de hace unas semanas, me encontré con una interpretación muy singular acerca de la denominada “Pax Romana” que al final de sus largos dos siglos, la estudiaba como inicio de una época de problemas graves y además como una de las situaciones claves para la desmembración del imperio romano de occidente que me dio qué pensar.

La Pax Romana es una expresión con la que se define un período de tiempo de dos siglos, aproximadamente, que según algunos autores comenzó con el imperio, tras la proclamación de Octavio Augusto como primer Cesar Imperator y acabó con la crisis del siglo III, época de anarquía militar, social y política que duró cincuenta años y acabó con el ascenso al trono del emperador Diocleciano.

Para otros habría comenzado mucho antes y terminado también antes de la citada crisis.

No tienen mucha importancia estos datos sino lo que se consiguió en ese período de doscientos años y es que dentro del imperio se vivía con absoluta tranquilidad y libertad, sin ningún tipo de sobresalto; incluso fuera de sus fronteras, fuera de los “limes”, también se vivía con cierta tranquilidad, temerosos todos los pueblos limítrofes del imperio de la poderosa fuerza militar de Roma, con la que convenían más los pactos que la beligerancia, razón por la que eran muy condescendientes.

Pero esa pax y siempre bajo el prisma de los autores de los que me he servido, trajo a la larga consecuencias desfavorables, pues se apoderó de todo el imperio una especie de molicie en la que las legiones romanas dejaron de ser temibles y los ciudadanos perdieron la capacidad de defenderse por sí mismos, haciéndose vulnerables a cualquier ataque, por débil que éste fuera.

A la vez, se produce un profundo desequilibrio entre los gastos y los recursos, entre el consumo y la producción, entre el campo que va siendo sistemáticamente abandonado y la ciudad.

Consecuencia final es que el estado deja de proteger tanto el interior como las fronteras y se produce un vacío de poder militar que afecta negativamente a todas las condiciones de vida romanas.

En ese contexto surge un movimiento realmente singular. Son los bagaudas, término con el que se designa a los miembros de las numerosas bandas surgidas espontáneamente en la Galia y en Hispania que participaron en una larga lista de rebeliones que se sucedieron después de la crisis del siglo III y que se prolongaron hasta el siglo V, y cuyo significado en galo es el de tropas o guerrero, pero que en latín  tiene un significado muy distinto, pues viene a significar ladrón o revoltoso.

Estas bandas, o partidas, estaban compuestas esencialmente por soldados desertores de las legiones, colonos pobres que evadieron sus obligaciones fiscales y peligraban de ir a la cárcel, esclavos huidos, delincuentes y malhechores de todo tipo, e incluso grupos de guerreros bárbaros.

En definitiva, de uno u otro modo los bagaudas eran bandidos organizados cuyas primeras noticias de su existencia llegan durante el reinado del emperador Cómodo entre el año 180 y 192 d.C., cuando uno de estos grupos revoltosos, dirigidos por un tal “Martenus”, del que no se sabe prácticamente nada, el cual se rebeló contra el poder de Roma y cuya insurrección acabó pronto, aplastados por el poder romano. Sin embargo, mejor organizados, rebrotaron en tiempos de Septimio Severo, en 196 d.C., aunque también con escaso recorrido.

La siguiente noticia que se tiene es en el año 269, cuando en todo el sur de la Galia se produce una permanente sublevación con visibles muestras de ataque al poder de Roma y que perduró hasta alrededor del año 284, coincidiendo con el acceso al trono de Diocleciano. Esta sublevación circunscribió su zona de actuación exclusivamente al territorio conocido como Aquitania.

 Aprovechando luchas intestinas por el poder, la presión de pueblos bárbaros y los problemas que antes se expusieron, un contingente importante, con cierta disciplina y formación militar integrado casi exclusivamente por los elementos sociales antes referidos, soldados desertores, campesinos y bandidos, al mando de dos generales romanos descontentos con la política del imperio, llamados “Eliano” y “Amando”, se levantaron contra Roma.

La amenaza parecía tan seria que el emperador envió un ejército al mando de Hércules Maximiano que consiguió aplastar la rebelión e impuso nuevamente el orden.

 

Busto del general Hércules Maximiano

 

La segunda aparición importante de rebelión por parte de los bagaudas, tuvo lugar más de un siglo después, también en las Galias, propiciado igual que la anterior por la debilidad interna del imperio y las presiones fiscales ejercidas sobre los ciudadanos de las clases más desfavorecidas.

Un año antes del saqueo de Roma por Alarico y sus huestes visigodas, los bagaudas se envalentonaron intuyendo la debilidad del imperio, pero Honorio, a la sazón emperador de occidente, hizo lo mismo que su antecesor Diocleciano, enviando un poderoso ejército a reprimir con toda dureza el movimiento rebelde.

Pero a partir de ese momento, ya acosado el imperio por los pueblos bárbaros como los hunos, alanos, visigodos y ostrogodos, Roma es incapaz de controlar las rebeliones internas y ha de servirse para controlarlas del auxilio de esos mismos bárbaros que intentan apoderarse del imperio.

Hispania no quedó al margen de las revueltas bagáudicas  y así, mediado el siglo V, el líder Basilio y su gente asolaron el valle del Ebro y en Tarazona, actual provincia de Zaragoza y sede episcopal, llegaron a matar al obispo León.

Sobre este personaje apenas existe documentación, pero se le cita en las únicas crónicas que se han localizado sobre el movimiento bagáudico en Hispania, escritas por un obispo llamado Hidacio del que se hace eco san Isidoro de Sevilla, casi la única fuente fiable de aquel período de nuestra historia.

Entre las causas del levantamiento de estos colectivos, formando casi un ejército, además de las ya expresadas de aspecto económico, existía un germen revolucionario que pretendía separarse del poder de Roma.

Es decir, una especie de bandolerismo con clara tendencia al separatismo social y nacional que manifiesta un rechazo total hacia las normas romanas y una carencia total de ideología común.

Estos pseudo ejércitos se mantienen de aportaciones voluntarias, extorsiones y del pillaje, pero ciertamente en ellos buscan protección muchos hispano romanos a los que la Metrópoli ya no protege. De alguna manera esta es una situación que se considera como germen de lo que más tarde sería el feudalismo, por supuesto que con innumerables variaciones.

En la Galia y en Hispania, el movimiento tuvo muchísima más trascendencia que en otras zonas del imperio y tuvo su mayor concentración de influencia en las zonas limítrofes entre los dos espacios geográficos, en donde se acrecentó más el espíritu de independencia.

Algunos autores que han estudiado el tema en profundidad quitan hierro a este movimiento rebelde, tachándolo más de bandolerismo con algunas ideas separatistas y con la finalidad principal de la subsistencia y el ánimo independentista de fondo, que como verdaderos ejércitos luchando contra la metrópoli.

Cualquier parecido con la situación actual de nuestro país es pura coincidencia.

jueves, 22 de abril de 2021

EL SOLDADO Y EL GRECO

 

Si durante todo el Renacimiento hubo un pintor que desarrollara un estilo más personal e inconfundible, fue El Greco, un pintor de finales del siglo XVI y principios del XVII.

Asentado en Toledo, ciudad donde falleció, pintó siempre a personajes importantes de su época, pero de entre sus innumerables cuadros de figuras famosas y personajes trascendentales de su tiempo, se ha colado un retrato hecho a un soldado prácticamente desconocido.

Soldado que, por cierto, no ha tenido nunca el renombre y la fama que se hubo merecido y no ha sido hasta muy recientemente que su figura ha empezado a salir de la penumbra en la que ha permanecido durante cuatro siglos.

Se trata de Julián Romero de Ibarrola nació en la provincia de Cuenca en 1518, hijo de un hidalgo vasco y una conquense. Con 15 años se unió a un batallón de soldados que pasaban por las cercanías de su pueblo e iban a embarcarse en algún puerto del litoral mediterráneo con destino a Túnez y con el fin de recuperar la tan importante plaza, tomada por piratas otomanos.

Pero no pudiéndose incorporar como soldado, por su escasa edad lo hizo desempeñando el puesto de mozo de “atambor”, una especie de asistente del “atamborista” que le llevaba los palillos o cargaba con el instrumento en los momentos en que su jefe descansaba.

No se tienen más noticias de él en esa escaramuza de Túnez, ni qué giro dio su vida a continuación, aunque se sabe que años después sirvió como soldado en Italia, sin que exista constancia documental. Un poco diluido en la vorágine de su tiempo, aparecen 1544 como parte de las tropas licenciadas tras el asedio de Saint-Dizier que fueron trasladadas por mar hasta Inglaterra, en donde el rey Enrique VIII aprovechó para contratarlas como mercenarios a su servicio.

El asedio de Saint-Dizier tuvo lugar dentro de las llamadas Guerras Italianas que enfrentaron al emperador Carlos V y su aliado el rey inglés Enrique VIII, a una alianza contra natura de Francisco I, rey de Francia y el sultán otomano Solimán I, El Magnífico.

Así se comprende que, tras el asedio, licenciadas las tropas españolas, pasaran al servicio de Enrique VIII, aliado de España.

Formando parte del contingente inglés, a las órdenes de Pedro de Gamboa se enfrentaron a los escoceses en 1545, infligiéndoles una dura derrota que dejó más de quince mil muertos y dos mil prisioneros, en una jornada que los escoceses recuerdan como Sábado Negro. En esa gran batalla Ibarrola alcanzó fama de aguerrido guerrero y estratega.

Seguidamente se traslada con su batallón a las posesiones inglesas en territorio francés, en la zona de Calais, donde las escaramuzas contra el ejército francés eran constantes.

Su fama se acrecentó cuando el capitán español Antonio Mora, al servicio del rey francés, retó en duelo al capitán español Pedro de Gamboa, a cuyas órdenes servía Julián Romero, el cual, dado el estado de salud de su capitán, se ofreció como paladín para luchar contra el otro español.

Romero fue aceptado en sustitución y resultó vencedor en un duelo en el que no se enfrentaban solamente los dos capitanes, sino que como cada uno pertenecía a un bando, se interpretó como una escenificación de la lucha entre Enrique de Inglaterra y Francisco de Francia.

El duelo se preparó en Fontainebleau, muy cerca de París y contó con la asistencia del rey francés con su heredero, el Delfín Enrique y de embajadores ingleses.

Tras su triunfo vino el reconocimiento en forma de premio por parte francesa y el nombramiento de Sir por parte inglesa, a la vez que el reconocimiento de caballero que sirve bajo su propia bandera, un título para definir a los mercenarios como cuerpos de ejército, igual que en Italia lo fueron los condotieros.

 

Retrato en el que menciona su nombramiento  de Maestre de Campo

 En el año 1549 fue nombrado mariscal de campo, en sustitución de su jefe Gamboa, alcanzando un alto prestigio en toda Inglaterra, pero al caer en desgracia Lord William Paget, el hombre de estado de Enrique VIII, la política de contratación de tropas cambió radicalmente y los soldados españoles hubieron de volver a territorios nacionales; en este caso pasaron a Flandes, donde Romero Ibarrola, con el grado de capitán y sus huestes, se integraron en el ejército de Carlos V.

 Una vez en territorio flamenco participó en la defensa del Principado de Lieja, perteneciente al Sacro Imperio y dos años más tarde en la defensa de Picardía, una región al norte de Francia que limita con Normandía y Bélgica, en donde fue hecho prisionero, consiguiendo la libertad por canje.

No está demostrado pero parece que Felipe II se lo llevó a Inglaterra como jefe de su escolta personal, durante el tiempo que duró su matrimonio con su tía María Tudor.

Nuevamente como capitán de los Tercios, participa en la batalla de San Quintín, durante la que perdió una pierna al ser alcanzado por una bala de mosquete.

Esta batalla fue de extraordinaria importancia, pues se calcula que el ejército francés perdió alrededor de veinte mil hombres entre fallecidos, heridos y prisioneros y entre estos últimos, un millar de nobles franceses; al mando de las fuerzas centrales del ejército español, se encontraba el capitán Romero con un comportamiento heroico.

A pesar de su grave herida, un año más tarde ya estaba recuperado, para recibir del rey el hábito de la orden de Santiago, con el que participó en otra importante batalla, la de Gravelinas, con la que el rey francés Enrique II quiso vengar la derrota de San Quintín y nuevamente salió derrotado en una batalla que puso fin al enfrentamiento entre este rey y el Imperio español.

Después de las campañas flamencas, Romero Ibarrola participa activamente en la defensa del puerto de La Goleta, en Túnez, tras lo que pide al rey retirarse de la vida activa.

Pero dura poco el reposo del guerrero, porque en 1565, tres años después, Felipe II lo envía al frente del Tercio de Sicilia, en socorro de la isla de Malta, asediada por los turcos.

A la muerte del maestre de campo de este Tercio, Romero fue nombrado para sustituirlo y nuevamente, ya con elevado grado militar, marcha con su Tercio a Flandes, donde hay constancia de su presencia en 1567.

Aparte de la pérdida de una pierna, en diversos combates perdió un brazo y un ojo, pero nada de eso fue obstáculo para que este aguerrido soldado no siguiera peleando, colmándose de éxitos y de reconocimientos, hasta el punto que en 1572, el rey Felipe II lo nombró miembro del Consejo de Guerra en Flandes.

Es lamentable que personajes de la envergadura de Julián Romero hayan pasado casi inadvertidos durante muchos años, cuando sus propios contemporáneos ya le concedieron los reconocimientos y méritos que se había ganado y así, Lope de Vega compuso una comedia basada en el personaje que lleva por título el nombre de nuestro héroe.

Pero es más, algunos autores extranjeros también lo mencionan como importante hombre de armas del siglo XVI que de mozo de tambor, llegó a Maestre de Campo, lo que equivaldría a general en los ejércitos actuales.

Pero si hay algo que realmente ensalce la figura de este casi anónimo militar, es lo que se decía al principio de estas líneas y es que El Greco se avino a pintarlo y su cuadro está expuesto en el Museo de El Prado.

Quizás por ese detalle la dejadez con que ha sido tratado el personaje, haya sido compensada sobradamente y a pesar de la desidia y el olvido, coloque en la historia a Julián Romero de Ibarrola.

 

Retrato de Julián Romero con el hábito de Santiago