lunes, 1 de abril de 2013

AL SERVICIO DE SU MAJESTAD


Publicado el 11 de abril de 2012




Recuerdo con verdadera satisfacción la primera película del agente secreto Jemes Bond que vimos. Era mediada la década de los sesenta y a las pantallas españolas, todavía sin la apertura que se produciría diez años más tarde, llegó aquella maravillosa aventura del Agente 007 contra el doctor No, con una Úrsula Andress luciendo un bikini inusual en la época y un Sean Conery en el papel más seductor que el cine había dado. Luego la saga continuó con numerosos títulos a los que nos convertimos en adictos.
Todo nos pareció de tremenda originalidad: el servicio secreto, la licencia para matar, las novedades tecnológicas y, en fin, la capacidad de ligar del protagonista en cuyos brazos caían rendidas las mujeres más hermosas de cuantas habíamos visto en la pantalla.
No cabía la menor duda de que el escritor de aquellas historias, el londinense Ian Fleming, era un escritor de una gran originalidad. Aquella saga y otras historias, también llevadas al cine, le dieron fama mundial y, lástima que su vida fuese tan corta, porque al empezar a disfrutar de las mieles del triunfo, falleció, cuando apenas contaba cincuenta y seis años. Pero había dejado escritas muchas novelas y relatos del agente secreto más famoso de todos los tiempos y la filmografía los fue usando progresivamente.
El agente secreto al servicio de su Majestad continuó vivo y aún lo está, pues a sus muchas aventuras se han de sumar las películas biográficas de su autor, como la afamada Goldeneye, sobre la vida del escritor y la creación de su personaje.
Pero hablando de la creación de este héroe: ¿realmente Ian Fleming creó al agente 007? Todos diríamos que sí; que no hay lugar a dudas de que Bond es una invención del escritor y un personaje de ficción. Acertamos con James Bond, pero no con el agente 007.
Hubo un agente británico que se bautizó a sí mismo con el nombre en clave 007 y esto carecería de importancia si ese personaje no fuese quien realmente es. Contaré su historia.
El 13 de julio de 1527 nació en Mortlake, Inglaterra, un niño al que sus padres pusieron por nombre John, el apellido paterno era Dee. Desde muy temprana infancia, sus progenitores advirtieron que aquel niño no era nada normal. Se trataba, indudablemente de un chico superdotado que, muy pronto, comenzó a estudiar astronomía, matemáticas, geografía, y muchas otras ramas de las ciencias, en las que rápidamente destacó. Más adelante, se inclinó por la alquimia, madre de la química moderna y se enredó en el hermetismo, la astrología y la adivinación.
Era una persona de una gran cultura y antes de cumplir los treinta años daba conferencias en las más importantes universidades europeas, en donde gozaba de fama de experto astrónomo y extraordinario formador de navegantes, pues durante algún tiempo se dedicó a enseñar el arte de la navegación, alcanzando tal prestigio que a sus aulas acudían multitud de jóvenes a los que formaba con amplios conocimientos de astronomía y matemáticas, indispensables en la época para poder situarse en el mar, así como en el manejo de velas y aparejos para sacar el mayor provecho a los vientos. Su influencia en las promociones de navegantes fue tal que ha sido reconocido como el verdadero artífice de la parte que el factor humano tuvo en el poderío naval británico.
Tanto alcanzó su fama que la princesa Isabel I, hija de Enrique VIII y de la ajusticiada Ana Bolena, lo tomó como consejero y junto a ella permaneció durante mucho tiempo, hasta que por azares de la vida, la princesa se convirtió en reina y pasó a ser conocida como La Reina Virgen, pues nunca quiso contraer matrimonio. Fue la última reina de la poderosa casa Tudor, porque al morir sin descendencia, le sucedió Jacobo VI, de Escocia, instalando en el trono de Inglaterra a la casa Estuardo.

Retrato de John Dee

Para Isabel y para María, hermana de Enrique VIII que reinaría como María I, confeccionaba horóscopos, actividad que no solamente estaba prohibida, sino condenada a durísimas penas.
Fue denunciado por esta actividad y se vio inmerso en un proceso en el que solamente su extraordinaria inteligencia fue capaz de salvarle, llegando a hacerse amigo íntimo del obispo católico Bonner, a cuya autoridad fue entregado para que éste hiciese un estudio sobre los graves delitos que se le imputaban
Bajo el consejo de John Dee, Inglaterra inició las campañas de exploración por diferentes océanos y continentes y fue realmente el impulsor y el creador del término Imperio Británico.
No se sabe a ciencia cierta si fue por una predicción suya o si fue fruto de informaciones que tenía, aconsejó que la flota británica no saliera al encuentro de la Armada Invencible que Felipe II envió para escarmentar a los orgullosos ingleses, e incluso hizo vaticinios sobre la posibilidad de que se produjera una fuerte tormenta a la que se enfrentó la flota española y causó su destrucción.
Ese hecho, ocurrido en 1588, acrecentó su fama y su poder hasta extremos insospechados y desde entonces fue para la reina su más directo asesor e incluso su secretario en asuntos de estado.
En esta condición, viajó por toda Europa presentándose como embajador de la reina, pero en realidad actuaba como un espía al servicio de su majestad y en esta faceta, enviaba informes que firmaba con un número, con el que se identificaba: 007.
Los dos ceros representaban unos anteojos y con eso quería decir que él, en realidad, era los ojos de la reina, el siete es un número cabalístico, al que Dee se aficionó en demasía.
Porque de ser todo un personaje en la corte, tener gran ascendencia sobre la reina que no hacía nada sin consultarle previamente, Dee pasó a una etapa en la que, después de contraer matrimonio, se dedicó de manera enfermiza a la astrología, la alquimia y lo que es peor, a contactar con espíritus del más allá. Su obsesión era la filosofía hermética, la búsqueda de lo que él llamaba las verdades puras. Y los libros.
Tan obsesionado estaba con la adquisición de libros que al proponer a la reina la creación de una gran biblioteca y la soberana declinar la oferta, se dedicó a coleccionar libros en su propia casa en Mortlake, llegando a convertirse en la más importante biblioteca de toda Inglaterra.
Su obsesión eran los manuscritos, los códices y el esoterismo, en donde profundizó hasta tal punto que es más que probable que trastocase su razón.
Escribió en 1564 un libro esotérico titulado “La Mónada Jeroglífica”, sobre un glifo de su propia invención. Un glifo es un dibujo o un carácter de los empleados en tipografía y que según un programa de la BBC muy reciente, toda la simbología del agente Bond 007, sus códigos y gran parte de la parafernalia que lo recubre, derivan precisamente de ese glifo ideado por Dee.
El libro estaba escrito en un lenguaje “enoquiano”, lengua que según Dee había recibido de los ángeles y que deriva de Enoch, patriarca bíblico bisabuelo de Noé que según las Escrituras no murió, sino que al igual que Elías, fue transportado a los cielos y que fue el autor del famoso Libro de Enoch, un libro que la Iglesia Católica no considera perteneciente al Testamento, pero que en las iglesias ortodoxa y copta, es totalmente aceptado.
Pero este hombre, de una inteligencia brillantísima, comienza a mostrar un carácter por momentos más inestable, lo que se acentúa cuando conoce a un farsante llamado Kelly que se hace pasar por médium, con el que llega a unirle una tremenda amistad y por su relación comienza a crearse enemigos en todos los órdenes.
Empieza a ser mal visto en los foros universitarios, donde hasta entonces se le ha tenido en gran consideración y su actividad realmente científica es abandonada en la búsqueda de ese contacto permanente con lo que él llama “los ángeles”.

Dibujo sobre el que versa el libro y espejo expuesto en el British Museum

En la vida de este extraño personaje hay una fecha que marcó su trayectoria, fue el 25 de mayo de 1581. Ese día el científico tuvo un incidente que yo no me atrevería a calificar, en el que entró en contacto con “los ángeles”, los cuales le entregaron un espejo cóncavo, fabricado en ónice de color negro y extraordinariamente pulido, en el cual se podía ver lo que ocurría en otros mundos.
Curiosamente ese objeto, junto con alguno otro personal del sabio, está expuesto en el British Museum de Londres.
Desconozco si alguien ha visto en ese espejo los otros mundos que Dee decía, pero me extraña, aunque no estoy en disposición de negarlo todo y eso me hace pensar que igual que Enoch y Elías vivieron una experiencia que se describe en la Biblia y que en lenguaje de hoy se diría que fue una abdución por alguna inteligencia incomprensible para nosotros, Dee también entró en contacto con algo que no supo explicar y a los que llamó “ángeles”. 

LA BULA DE DEPOSICIÓN


Publicado el 4 de marzo de 2012




Mirar por encima un libro, pasar sus páginas leyendo al azar, es ojear, pero también es hojear, una bifurcación que nos exime de cometer una falta de ortografía, pues lo escribamos con “h” o sin ella, habremos acertado.
Pues bien, hojeando u ojeando un libro de historia de preuniversitario, me encontré una cita del pontífice Julio II, de 18 de febrero del año 1513 que por medio de la bula Exigit contumacium, depuso a los reyes de Navarra, Catalina de Foix y su esposo Juan de Albret, por haberse aliado con Luís XII de Francia y sometido a las decisiones del concilio de Pisa, aquel que había pretendido solucionar el Cisma de Occidente, en el que hubo dos Papas y lo que hizo fue crear un tercer pontífice y agravar la situación.
La cita es larga, pero en resumen viene a decir que el Papa, igual que muchos otros lo hicieron antes, por la autoridad apostólica y con plenitud de potestad, declara a los reyes navarros, excomulgados, malditos, culpables de favorecer a cismáticos y herejes, reos de eterno suplicio, desposeídos de la dignidad real y puestos a pública disposición sus bienes, señoríos y reinos y que los que de ellos se apoderasen, como adquiridos en la más justa y santa guerra, los conviertan en propios.
Y se quedó tan tranquilo, porque aparte de su infalibilidad, tras aquella bula latían muchas otras cuestiones.
En primer lugar, terminada la Reconquista, en la Península Ibérica coexisten cuatro coronas: Castilla, la más poderosa, que comprende León, Galicia, la cornisa cantábrica, Extremadura y Andalucía; la de Aragón, que comprende Cataluña, Baleares y reino de Valencia, hasta Murcia; la de Portugal y la de Navarra.
En la España unificada reinaba Fernando II como rey de Aragón y regente de Castilla. Viudo de la reina Isabel, la Católica, se había casado en segundas nupcias con Germana de Foix, que era treinta y cinco años más joven y con la que se empeñó de tal manera en tener descendencia que a pesar de su edad, para la época, llegó a tener un hijo, nacido el 3 de mayo de 1509, al que pusieron por nombre Juan y que se convirtió en heredero legítimo de la corona de Aragón. Afortunadamente para España, murió a las pocas horas de nacer, pues hubiese supuesto la separación de los reinos de Castilla y Aragón al ser único hijo varón y quien sabe qué habría pasado luego con el príncipe Carlos, hijo de Juana La Local y Felipe el Hermoso, que es quien hereda la corona de España.
Germana de Foix era prima de Catalina, la reina de Navarra y sería su heredera si moría sin descendencia o si, como era el caso, era desposeída de su reino, pues el matrimonio ya tenía un hijo, Felipe, al que pretendían casar con una hija del rey francés y que era el foco de la polémica. Por su parte, Fernando también está emparentado con la corona de Navarra.
Así que, antes de promulgarse la bula, Fernando hace dos cosas: la primera es mandar a su militar más prestigioso, Fadrique de Toledo, más conocido como II Duque de Alba a que, con sus tropas, invada el reino de Navarra. Luego, se las arregla con el Papa, al que vende su sincera catolicidad, su alianza perpetua y su adhesión inquebrantable, frente a la política errática de los reyes navarros, su apoyo a los cismáticos y su alianza con Francia, en ese momento enemiga del pontificado.
Y el Papa, sin que le tiemble el pulso, lanza una bula por la que depone a los legítimos reyes navarros y declara que sus pertenencias serán de aquel que se las apropie.
Evidentemente quien estaba en mejor situación para la apropiación era el matrimonio real de Fernando y Germana, que se proclaman reyes de Navarra, cuando los verdaderos monarcas huyen a Bearn, una provincia francesa al otro lado de los Pirineos, de la que Catalina era vizcondesa.
Desde allí tratan en varias ocasiones de reconquistar Navarra, pero es como la lucha de un pececillo contra un tiburón y así, el 23 de marzo de 1513, algo más de un mes después de promulgada la bula, las cortes de Navarra, ciertamente que en minoría, proclaman rey a Fernando de Aragón. Se avienen a formar parte de la corona de Aragón, a cambio de conservar sus fueros y privilegios, a lo que el monarca accede encantado sin imaginarse que cinco siglos más tarde, aquel antiguo reino seguirá conservando aquellos fueros.
Dos años después, las Cortes de Burgos sancionan la anexión y por fin se consigue el sueño de aquel matrimonio real que era el de reinar en toda España y esa es la manera en que se unifican todos los reinos de la península, excluido Portugal, naturalmente.
En ese momento España aparece como había sido antes de la invasión musulmana de 711, con una salvedad añadida y es que con los visigodos en el poder, no había fisura alguna en la unidad del suelo patrio y ahora, en donde cada región ha medrado por su cuenta, se ha creado una amalgama de reinos que aunque terminarán bajo la misma corona, en tiempos de Felipe II, nunca será con la misma cohesión que hasta aquella fecha de la invasión había sido.
Germana de Foix y Fernando de Aragón

En el año 1516 muere Fernando de Aragón, tenía sesenta y cuatro años, edad muy avanzada para aquella época pero a pesar de eso, seguía intentando tener descendencia. Tanto es así que en la corte corren rumores acerca de la muerte del rey, según los cuales había fallecido después de dos años de dolorosa enfermedad por tomar abusivamente unas hierbas mágicas con poder vigorizante que algún curandero, parece que musulmán, le preparaba con la intención de obtener descendencia con Germana.
A la reina consorte la había dejado bien situada, pero ni mucho menos a la altura que como reina le correspondió. Por eso dejó una carta a su nieto, el príncipe Carlos, que le sucedería en el trono y en la que le pedía que se ocupase de su abuelastra.
Y Carlos, que tenía en ese momento diecisiete años, se ocupó tanto de su abuela que tras la primera entrevista, ocurrida en Valladolid, iniciaron un tórrido romance, fruto del cual nació una niña a la que pusieron de nombre Isabel y que nunca fue reconocida, si bien se crió en la corte. Luego del parto, Germana y el Emperador se fueron distanciando y en 1519, se dispuso su casamiento con el Marqués de Brandeburgo, uno de los nobles del séquito alemán que acompañó al futuro emperador en su primer viaje a España.
Julio II, el Papa de la bula, es todo un personaje en la historia de la iglesia. Fue de los pontífices que declaraban abiertamente que más se conseguía por las armas que de ninguna otra forma y en la Iglesia se le conoce por el Papa guerrero.
Como era costumbre en la época, Guiuliano della Rovere, que era su verdadero nombre, tuvo varios hijos, aunque solamente su hija Felice, nacida en 1483, alcanzó la mayoría de edad.
La Iglesia lo considera uno de los grandes del papado, porque recuperó el poder civil y militar que el Vaticano había perdido, para lo que creó la famosa Guardia Suiza, que desde entonces lleva en su banderola el escudo de su fundador, junto con el del papa reinante.
Pero a pesar de su conceptuación y de su dudosa moralidad, quería contar de él una circunstancia quizás anecdótica, pero no por ello desprovista de interés.
Era costumbre en el pontificado que al recién elegido papa, los cardenales le besasen los pies, en una ceremonia conmemorativa de aquella en que la Magdalena enjuga los pies de Jesús y los seca con sus cabellos.
Pues bien, este papa prohibió ese rito porque desde hacía muchos años padecía una sífilis que le había producido unas terribles úlceras en los pies que su médico de cabecera, Giovanni de Vigo, describe como: “una podagra tuberosa e ulcerata” que trataba con un emplasto de mercurio y que, desde luego, no sanaba.
Pero no todo fue guerrear en este papa, porque también, como otros muchos del Renacimiento fue un gran impulsor del arte y Rafael o Miguel Ángel, figuraron entre sus protegidos. Fue el responsable de la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina, constructor de la Basílica de San Pedro y promotor del Museo Vaticano.
La siguiente Bula de Deposición fue en 1567, promulgada por Pío V y denominada Salutatis Gregis Dominici, por la que se prohibían las corridas de toros.
Solamente en Italia fue obedecida; en Francia, España, Méjico y Portugal, hicieron caso omiso.
Está claro que las bulas papales se cumplían cuando interesaban.







LA RUTA DE INDIAS Y EL CAMINO ESPAÑOL

Publicado el 26 de febrero de 2012




Por tierra y mar, la envidia venenosa que la situación sobresaliente de la recién inventada España, despertaba en el resto de naciones europeas, era solamente comparable a la enorme codicia que esas mismas naciones demostraban para hacerse con lo que no era suyo.
Desde que sus Católicas Majestades, además de vencer definitivamente al Islam, propician el descubrimiento de un Nuevo Mundo, Europa no puede ni vernos.
De ser aquel pariente pobre del sur que se debate en sangrienta lucha contra el invasor, hemos pasado a ser los parientes ricos que traen desde sus colonias el oro y la plata por toneladas, las especias y las simientes de frutos y hortalizas jamás soñados.
De harapientos a cargadores en un santiamén. De hambrientos, a despensa del continente que se quita las hambres con nuestras patatas, tomates, maíz; se deleita con el cacao, se endulza con la caña y que se asombra de que todo aquello lo tengamos por el mero hecho de ser unos aventureros.
Como ya no se puede descubrir lo que está descubierto, la solución que se les ocurre a los que no tienen escrúpulos es arrebatárselo a los que lo poseen legítimamente y se reinventa la piratería y se concede la patente de corso y los ingleses, holandeses, franceses y todos los que viven en nuestros pisos de arriba, se dedican a incordiar, asaltar, robar y matar, con todo el descaro del mundo.
Y decía un proverbio inglés, que durante mucho tiempo tuvo gran vigencia que “Españoles quiero en el mar. En tierra que San Jorge nos guarde” y con esa sentencia dejaba buena constancia de que en la mar, por fortuna par ellos, España era muy vulnerable.
En tierra la cosa era muy distinta, pues los soldados españoles habían demostrado su valentía en mil batallas y los famosos Tercios, ejército que imperaba en aquellos momentos, eran un Cuerpo muy temido.
Para hacernos una idea del territorio que España tenía que controlar en tiempos de Carlos I o de Felipe II, además de echar mano a la famosa frase de que en los reinos de España no se ponía el Sol, podemos decir que de África y de Asia, sólo se conocían las costas y no todas, la mayoría sin explorar y que Europa terminaba en los Urales. Australia era todavía la Terra Australis Ignota y el resto del mundo nos lo repartíamos españoles y portugueses.
Los tres océanos más importantes del mundo eran controlados por la Península Ibérica, a excepción del norte del Atlántico en el que pululaban los piratas holandeses, británicos y franceses.
España tenía extensas posesiones en el norte de Europa, eran los territorios conocidos como Flandes, a los que había que atender, administrar, avituallar y, en fin, surtir de lo que era necesario, sobre todo de capitales.
Pero a través del mar, ruta más rápida y cómoda, a la vez que barata, nuestras tropas, nuestros suministros y nuestros capitales, estaban en constante peligro. Igual daba que fuera comercio con las Indias que con los territorios del norte: estábamos siempre expuestos a la piratería, que en el caso de Flandes se aliaba con otro mortal enemigo, las tempestades que azotan los mares del norte.
Se hacía necesario tener rutas seguras, era imprescindible proteger a los navíos que iban y venían a las Colonias; había que asegurar el comercio, la correspondencia y el abastecimiento por tierra con Flandes y para cada una de las dos situaciones se crearon dos procedimientos de actuación que, durante muchas decenas de años, aseguraron la preeminencia española en el mundo entero.
Uno fue la Ruta de Indias y el otro fue el Camino Español, ambos reinando Felipe II.
Galeón español y arcabucero de los Tercios

La Ruta de Indias se inició en 1561 y desde un principio se diferenciaron dos itinerarios distintos. La primera tenía como destino Nueva España (Méjico) y rendía viaje en el puerto de Veracruz. La segunda iba a Nueva Granada (Colombia) y tenía como destino el puerto de Nombre de Dios, sustituido años más tarde por el de Portobelo. Ambas rutas descendían hasta las Islas Canarias y luego cruzaban el océano dejándose llevar por los vientos que empujan hacia el ecuador.
Como era natural en la navegación de la época, dependían de las corrientes marinas y, sobre todo, de los vientos, razón por la que una y otra ruta tenían fechas concretas en las que, los vientos alisios y las corrientes del Golfo de Méjico, empujaban las naves.
Para seguir ambas rutas, se concentraban los navíos en Sevilla y Sanlúcar de Barrameda, al principio y más tarde, en Cádiz; una gran cantidad buques, que en el caso de Veracruz se llamaba la Flota de Nueva España y en el de Portobelo la Flota de los Galeones.
A estos navíos se unían barcos de guerra debidamente artillados que actuaban como escoltas del convoy.
La Flota de los Galeones partía en el mes de agosto y una vez abandonado el mar peninsular, formaban una escuadra que encabezaba la nao Capitana, seguida por los buques mercantes y cerrando la flota la nao Almiranta. Los buques de guerra quedaban a barlovento, para alcanzar a la flota rápidamente en momentos de peligro. Así formados, descendía por el entonces llamado Mar de las Yeguas, hasta Las Canarias, a donde llegaban en diez o doce días, según el régimen de vientos.
En las Afortunadas, como entonces se las llamaba, los barcos se aprovisionaban para la larga travesía que tenían por delante y emprendían la siguiente singladura por el denominado Mar de las Damas, así llamado porque se decía que las condiciones de navegación permitían que hasta una mujer pudiera de gobernar un barco. En esa zona todo el trabajo lo efectuaban los vientos alisios que en esa época del año y en el hemisferio norte soplan desde los trópicos hacia el ecuador a una velocidad casi constante de unos doce nudos.
En un mes, aproximadamente, se atravesaba el Mar de las Damas, llegando a la Isla Dominica donde se hacía una corta escala y todos bajaban a tierra y celebraban grandes comilonas, para aliviar las hambres pasadas durante la travesía. Desde Dominica, otro mes para llegar a Portobelo.
La Flota de Veracruz salía en el mes de abril. Hacía la misma ruta pero al llegar a las Antillas, subía hacia el norte, buscando el Golfo de Méjico y el puerto de Veracruz.
El tornaviaje, que así se llamaba al regreso, lo hacían las dos flotas juntas, concentrándose en el puerto de La Habana, a donde iban llegando los galeones cargados con todas las riquezas que se traían a España.
En La Habana esperaban los buques de guerra y con el convoy formado, aprovechando la corriente del Golfo y los vientos contraalisios, alcanzaban las Islas Azores, en donde aumentaba el peligro de encontrarse con piratas, que aprovechaban el cansancio del viaje, la falta de alimentación y cuantas deficiencias de la flota pudiera beneficiarles.
Al contrario de lo que se cree, incluso de lo que se ha glosado, los apresamientos de buques españoles por parte de los corsarios fueron mínimos y en los doscientos cincuenta años en los que funcionó el sistema de flotas, puede considerarse como una de las operaciones navales más importantes de la historia mundial y sin lugar a dudas, la que más éxitos cosechó. La última flota zarpó en 1776 y poco después, España, acuciada por gravísimos problemas, abrió el libre mercado con las Colonias.
El otro éxito en las comunicaciones es lo que se conoce como Camino Español. Casi a las mismas circunstancias referidas a la piratería, hay que agregar los tremendos temporales de los mares del norte y el peligro de cruzar el Canal de la Mancha, dominado por Francia e Inglaterra. Así que el avituallamiento de Flandes sufría grandes y constantes descalabros. No llegaban las pagas de los Tercios, ni el armamento, ni casi nada de lo que se hacía imprescindible para mantener un estado de guerra casi permanente.
Por esa razón, el monarca, Felipe II, asesorado por el religioso y político español, Cardenal Granvela, creo una ruta terrestre que diera seguridad a las comunicaciones con los Países Bajos.
Esa ruta se llamó El Camino Español y se inauguró en 1567, es decir, seis años después de haber puesto en marcha las Rutas de Indias y haber comprobado el buen resultado.
El Camino Español se iniciaba en diferentes ciudades españolas y de la península Italiana, dominada por España. Desde Valencia o Barcelona por mar hasta Génova y desde allí, Nápoles o Florencia, convergían todos en Milán, en donde se formaban fuertes expediciones que atravesaban los Alpes, luego, el entonces llamado Franco Condado, Alsacia y Luxemburgo, para llegar a Bruselas, capital de los territorios que recibían el nombre genérico de Flandes.
El Camino funcionó por más de cien años contribuyendo de manera notable a dar estabilidad a aquellos lejanos territorios y durante ese tiempo se registraron innumerables expediciones, ninguna de las cuales sufrió daño alguno, aparte de las meras anécdotas propias de los viajes.
Según el número de soldados que se movilizaran para hacerla segura y dependiendo del volumen del propio convoy, la ruta, que tenía unos mil kilómetros, se cubría en menos de dos meses, habiéndose registrado como record de velocidad una expedición del año 1578, que cubrió la distancia en treinta y dos días.
Cualquiera de estas dos contribuciones a la seguridad de las comunicaciones hubiera sido aireada hasta la saciedad si el país que las hubiese puesto en marcha hubiera sido cualquiera de los que nos esperaban tras los recodos para arrebatarnos lo que nos pertenecía.



PERICO, LA TIRABUZONES Y CANDELA


Publicado el 19 de febrero de 2012




La novela picaresca es una invención española, exportada luego a otras literaturas por el enorme éxito adquirido, pero en principio, netamente española y castiza.
Y esta original narrativa no hacía otra cosa que retratar a los personajes del momento, porque, personajes, lo que se dice personajes, los hubo y mucho.
Veamos algunos de los que en el siglo XIX hormiguearon por la literatura y por la vida ordinaria.
Se decía que la mejor agua de Madrid era la de la Fuente del Berro, situada a las afueras de la ciudad y junto a unos bonitos jardines y debía ser cierto pues el agua alcanzó una fama que hasta hoy perdura.
Varias veces al día llenaban los aguadores sus tinajas para ir ofreciéndola por toda la capital.

La Fuente del Berro en su estado actual

Hoy nadie bebería el agua de un cántaro que te ofrecían en una jarra de metal en la que ya habían bebido muchos a cambio de lo que quisieras dar de voluntad, pero en aquella época, las cosas eran tan distintas que hasta esa actividad podía ser un buen trabajo.
En ese menester ocupaba su tiempo y se ganaba la vida Perico Chamorro, un mozo fornido y guapo que presumía de que no había mujer que se le resistiera. Era lo que en Madrid se conocía como un “chulapo”, que terminó dejando las cántaras de agua y yéndose a vivir con la que se le ponía a tiro, y a la que sacaba hasta los últimos ahorros.
En ese ir y venir de mujeres, Perico se fue haciendo mayor; maduro, con experiencia y con simpatía a raudales, nunca le faltaron mujeres de vida alegre que lo mantuvieran.
Pero conoció a una que fue la que le abrió las puertas de la riqueza y del poderío. Indudablemente debía ser una mujer de “tronío”, como se decía en la época. Hija natural de otra mujer “de la vida”, también famosa en la Villa por su belleza espectacular y dicen, que de un clérigo, por lo que, aún fuera del matrimonio, Lola la Naranjera, conocida en el argot del puterío como la “Tirabuzones” había nacido y criado en el seno de la Iglesia.
Se conocieron y ambos quedaron prendados el uno del otro, comenzando una relación que llevó a Perico a frecuentar los prostíbulos y tugurios de la capital como el “Cuclillo” y el “Traganiños” en donde coincidió nada menos que con Fernando VII, el rey de España, antes El Deseado y luego El Rey Felón, que gustaba frecuentar aquellos ambientes en busca de buenas mozas y sin que la discreción le preocupara.
El rey se encaprichó de la Tirabuzones y como es natural, no hubo obstáculos que impidieran llevársela a la cama, con la complacencia de Perico que desde entonces trabó amistad con el monarca, que le encargaba que le buscara las mejores y mas guapas mozas de Madrid.
El truhán prosperó junto a aquella nueva amistad. Cambió su nombre por el de Pedro Collado y se fue a servir al palacio real, como criado particular del rey y dicen que hasta lo nombró para un cargo oficial.
De La Tirabuzones existe poca documentación, pues permaneció muy a la sombra de los hombres de los que fue amante y entre los que se encontraban, además de los ya señalados, el escritor romántico Mariano José de Larra y el menos literato, pero romántico a su manera: Luís Candelas, un antiguo vecino de la calle Calvario, en el barrio de Lavapiés, el más castizo de Madrid y conocido así por una fuente en la que los judíos se lavaban antes de entrar en la sinagoga.
Es cierto que en aquel barrio vivían muchos judíos, tanto que era la judería más importante de Madrid, y tantos, que entre todos consiguieron colocar un epíteto en la rica palabrería de la capital y fue el de los “manolos y manolas”, nombre con el que se conocía a los chulos y chulapas del barrio.
La explicación de este curioso episodio es que, tras la expulsión de los judíos, muchos se quedaron aquí, falsamente convertidos al cristianismo y otros, muchos más que marcharon a países cercanos, empezaron a volver al cabo de los años y, haciendo apostasía de su fe, decían convertirse en cristianos y se bautizaban, usando la mayoría de ellos el nombre de Manuel, derivado de Emmanuel, nombre bíblico con el que estaban muy familiarizados.
Tal proliferación de “Manueles” hizo que al barrio de Lavapiés, se le conociera como el de los “Manolos”.
Pues bien, en la calle Del Calvario de ese barrio nació, en 1804, Luís Candelas Cajigal, tercer hijo de un matrimonio normal cuyo padre era un carpintero con industria propia.
Desde muy joven, Luís demostró más interés por la calle y las peleas que por el colegio y los libros y tras la muerte de su padre, no volvió a la escuela. Su madre movió cuantas influencias podía tener y consiguió que su hijo ingrese en el cuerpo de Agentes del Fisco, en el que duraría poco tiempo.
Pero lo verdaderamente curioso de la vida de Luís Candelas, no es que fuera un ladrón, ni que robara a los ricos para dárselo a los pobres, como mantenía el vulgo que lo tenía como una especie de ídolo popular, ni que las mujeres no se le pudieran resistir, lo anecdótico de su vida es una historia bastante poco conocida.
España vivía una época llamada “La década Ominosa”. Tal era el descontrol existente, tal la alternancia en el poder de liberales y conservadores que cada día aparecían personajes nuevos, por lo que Luís, amante de la buena vida y rico como era, decidió inventarse una nueva personalidad y así, compró una casa en la calle Tudescos número 5, con una entrada secreta por la calle trasera. Disfrazado, de día era el rico indiano Luís Álvarez de Cobos que arreglaba una herencia en Perú y de noche, cuando sus compinches el Sastre, los hermanos Cusó y Balseiro, venían a buscarle, salía por el portillo posterior convertido en Luís Candelas.
Como indiano comparte amante con don Salustiano Olózaga, un personaje de la vida política y hasta hace amistad con él, y con el que llega a coincidir en la cárcel, él, por ladrón, como es natural y don Salustiano por masón y conspirador. Luís, dueño de todas las mazmorras de Madrid, le prepara la fuga comprando a los guardianes y él se queda dentro de la cárcel, porque dio su palabra a los guardias de que él no escaparía.
Pero no fue aquella breve época como Agente del Fisco la única vez que el bandolero se hace funcionario. A la muerte del rey, accede al trono su hija Isabel que por ser menor de edad queda bajo la regencia de su madre, la reina María Cristina, y comienza una época en la que se desea un poco de paz social. Se promulga una amnistía general y a alguien en el gobierno se le ocurre pensar que quien es un buen bandolero puede ser un buen guardián del orden.
Una barbaridad como muchas de las practicadas en la época, pero lo cierto es que a Candelas, al Tempranillo, a Juan Caballero y a otros que son indultados, se les ofrece la opción de convertirse directamente en miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado.
Algunos aceptan, entre ellos Luís Candelas, pero no pasan muchos días antes de comprender que aquella vida no es para él. Se ha acostumbrado al lujo, las mujeres y a una vida sin obligaciones y la situación de funcionario no le agrada, así que renuncia y vuelve a reunir a su banda.
Será la época de mayor actividad y también la de mayor osadía. Los golpes son cada vez más sonados: asalto al oidor de La Habana que se encontraba en Madrid, al embajador de Francia, y el más sonado de todos, a la modista de la reina que tenía un taller en la calle del Carmen y a la que dejaron atada, en enaguas y sin un real.
Fue la gota que colmó el vaso y todas la policía se volcó para detener por enésima vez al bandido y que ahora, no volviera a escaparse.
Quiso huir a las Américas con su novia, Clara María, una joven de diecisiete años, pero cuando fueron a coger el barco que desde Gijón los iba a llevar a Inglaterra, la joven se volvió atrás y no quiso embarcar, de vuelta a Madrid fue reconocido en la villa de Alcazarén, al sur de Valladolid, por un viejo compinche que lo delató. Aquella noche fue detenido, trasladado a Valladolid y luego a Madrid, en donde ingresó en la cárcel del Saladero y tras juicio y aunque no tenía ningún delito de sangre, fue condenado a muerte el día dos de noviembre de 1837 y ajusticiado cuatro días después, a la edad de 33 años y por el procedimiento de garrote vil.
Dicen que en el momento en que el verdugo cubría su cabeza con la reglamentaria capucha, profirió en voz muy alta la frase: “Sé feliz, patria mía.”

Muerte a garrote vil




UNA EMPRESA CON SOLERA



 Publicado el 12 de febrero de 2012



Iniciada la Edad Moderna, para unos con la toma de Constantinopla por los turcos en 1453 y por tanto la caída del Imperio Romano de Oriente, para otros con el Descubrimiento de América en 1492, la llamada edad oscura quedó atrás y empezó una época en la que, curiosamente, el referente no era el período que se acaba de cerrar, sino el otro anterior: la Edad Antigua.
El modernismo de aquella época produjo un despegue espectacular en las ciencias y las artes y sobre todo, en algo a lo que entonces no se prestaba demasiada atención y que no era otra cosa que la incipiente tecnología.
En los laboratorios de los alquimistas, todos ellos empeñados en encontrar la piedra filosofal, el elixir de la eterna juventud o el agua milagrosa que todo lo convierte en oro, no se encontraron ninguna de las tres gracias milagreras, pero a cambio se hicieron numerosos descubrimientos en relación a metales, aleaciones, compuestos químicos y otras muchas cosas.
Uno de estos descubrimientos, o mejor dicho, experimentos con metales, fue el que llevaba a cabo un armenio afincado en Estambul, el cual dedicaba parte de su tiempo a trabajar en su laboratorio entre hornos y matraces, crisoles y escorias, en busca de un metal con unas características determinadas.
Era el año 1618, cuando este armenio, llamado Avedis, recibió el encargo de fabricar una especie de matraca, artilugio capaz de meter mucho ruido que el ejército otomano utilizaba para desalentar a los enemigos. Enfrascado en su trabajo andaba a la búsqueda de un metal adecuado que tuviera la suficiente sonoridad, mientras trataba, por descontado, de encontrar la fórmula para convertir las escorias de sus fundiciones en oro.
No encontró el oro, pero si que ensayó con una aleación de cobre, estaño y plata, que mezclados en las proporciones adecuadas y al añadía algún aditivo que nunca se ha revelado, produjeron un metal de color dorado pálido, cuya propiedad primeramente advertida era la sonoridad que presentaba ante su golpeo.
Perfeccionando el descubrimiento, Avedis comprendió que aquel metal, que había descubierto, era muy apropiado para confeccionar los címbalos que se usaban en las orquestinas turcas, así como en el ejército para acompasar trompas, tubas y otros muchos instrumentos.
De inmediato se puso a la fabricación de platillos con su metal, fundiéndolo en láminas finas y dándole luego su forma cóncava a base de martilleo y calor.
El resultado fue espectacular y aquellos platillos sonaban con un timbre hasta aquel momento nunca conocido, tanto que el joven sultán Osman II, ordenó a Avedis que se trasladase al palacio de Topkapi para fabricar allí címbalos exclusivos para su guardia personal, los jenízaros.
Este sultán es también un caso curioso en la historia del Imperio Otomano, pues accedió al trono con catorce años, en 1617, como fruto de un golpe de estado contra su tío el sultán Mustafá I, el cual era retrasado mental (discapacitado psíquico, diríamos ahora), valiéndose de la guardia jenízara y fue asesinado en 1622, precisamente por una conjura de los propios jenízaros, a los que Osman se había propuesto quitar el poder que venían detentando dentro del Imperio. Para conseguir su fin, cerró los cafetines en donde se reunían los mandos de aquella tropa de élite y en donde no hacían otra cosa que conspirar contra todo.
Eso y el traslado a la capital de fuerzas del ejército que él pudiera controlar, fue el origen de una revuelta palaciega en la que su propia guardia personal acabó estrangulándole con una cuerda de arco. Le sucedió el sultán depuesto.
Aquella muerte y el cambio de sultán fue proverbial para Avedis, pues un año más tarde, en 1623, se liberó del compromiso con el sultán y pudo abandonar el palacio, trasladándose a un suburbio de la capital llamado Psamatia, en donde se dedicó por entero a la fabricación de aquellos címbalos que tanta demanda tenían, creando una empresa con el nombre de “Zildjian” que en armenio significaba algo así como el hijo del vendedor de cimbales, nombre que le había atribuido el sultán asesinado, aunque quizás no sea demasiado precisa la traducción. Lo cierto es que aquella empresa empezó a prosperar, hasta el extremo de que alcanzó importantes proporciones, siempre con base en la excelente calidad del timbre sonoro de sus platillos, lo que hizo que muchos competidores se esforzasen en saber la composición de aquellos instrumentos.
Para completar el proceso de fabricación y timbrado del platillo, era evidente que otro ingrediente entraba a formar parte y eso lo sabían sus competidores, pues en varias ocasiones se produjeron explosiones durante la fundición, algunas de las cuales produjeron daños importantes
Sabedor de que ese debería ser el secreto mejor guardado, sólo el primogénito de la familia y justo en el momento en el que se hacía cargo de la dirección de la empresa, recibía de su antecesor la fórmula que memorizaba y empleaba en la fundición, bajo las más estrictas medidas de seguridad.
A pesar de las muchas intentonas, nadie consigue descubrir el secreto de la fabricación y lo que es más importante, por muchas pruebas que se realizan, tampoco se consigue ni siquiera imitar el sonido mágico de aquellos platillos.
Así fue pasando la empresa de padres a hijos, durante quince generaciones, siempre con las mismas características de fabricación, en donde, con el tiempo se introdujo la variante del platillo fundido directamente y más tarde con la aparición de las prensas hidráulicas, fabricados por embutición, dándoles la forma más adecuada al tipo de sonido que habían de emitir.
A principios del siglo XX Avedis Zildjian III, se separó de su hermano Kerope y emigró a los Estados Unidos, estableciéndose en Boston.
Kerope continuó en Estambul, fabricando y vendiendo sus platillos, mientras Avedis hizo lo propio integrándose en la mayor empresa de fabricación de instrumentos musicales, la Grestch.
Gracias a la extraordinaria aceptación que los platillos tuvieron en el mercado norteamericano, Avedis fue introduciéndole modificaciones y creando varios tipos, según se lo exigían los músicos de la época.
Con las dos Guerras Mundiales y la posterior militarización que el mundo experimenta, la proliferación de bandas de música afecta a la producción de los platillos y la empresa sufre un importante auge, que continúa más tarde con las apariciones de infinidad de orquestas y sobre todo, de los grupos de música rock, beat, etc., en las que la batería juega un papel esencial.
Pero el impulso final se produce en 1964, cuando The Beatles actuaron en el más famoso show de la televisión norteamericana, el de Ed Sullivan, todo un mito en este tipo de programas. Hicieron dos apariciones, el 16 y el 23 de febrero e interpretaron cinco canciones en total, apareciendo el batería Ringo Starr tocando una batería con platillos Zildjian, como se observa en la fotografía que acompaña estas líneas y que muestra al batería y al famoso platillo.
Desde ese momento el crecimiento de la empresa es imparable y pocos años después, la Zildjian americana compra todas las empresas de su mismo nombre en Europa y monopoliza la producción de las diferentes clases de platillos que fabrica para todo el mundo.

Ringo Starr y los platillos Zildjian

Se abren empresas en Canadá y en diversas ciudades de los Estados Unidos y en la actualidad, además de los famosos platillos, se fabrican las baquetas, al gusto y medida de cada músico, y en la clase de madera que prefiera, o en otros materiales más modernos, como la fibra de carbono.
En 2002, murió Armand Zildjian, el último de los varones director de la empresa, que desde entonces está dirigida por sus hijas Craigie y Debie, las cuales han continuado en todo la tradición familiar, sólo que incorporando el elemento femenino, cosa impensable en otros tiempo y aún, en el país de origen de la familia.
En los Estados Unidos, la firma Zildjian es considerada como propiamente americana, ignorando los trescientos años que había permanecido casi oculta en la permanentemente medieval Turquía, pero el hecho de llevar ya más de un siglo asentada en su territorio, le ha conferido carta de naturaleza.
En la actualidad la empresa tiene más de ciento setenta empleados y vende por encima de los cincuenta millones de dólares.
En una fotografía publicitaria de la empresa, se aprecia a una de las actuales directoras, junto a la estrella de sus productos y al fondo, un cartel anunciador en una retrospectiva con la que se quiere destacar, no ya la antigüedad de la empresa misma sino, por la vestimenta del hombre que aparece junto al cartel, la propia antigüedad en los Estados Unidos.

Craigie Zildjian, la actual directora

EL GORDO Y EL MALO

Publicado el 5 de febrero de 2012




Hace unos días, escuchando en la radio una noticia sobre cierto desahogo amoroso de urgencia, que una alcaldesa belga protagonizó con su novio en la torre del homenaje del castillo de Olite y a la vista de un avispado que, video en mano, se puso a grabarlo, comentó el presentador que, casualmente en aquella misma torre y hace ya muchos siglos, murió, por fin, una longeva reina navarra, cuando al querer subir a contemplar sus dominios, cayó rodando por las escaleras de piedra.
Para unos, la reina se llamaba Tota, para otros Toda, que al final lo mismo da y era hija de Aznar Sánchez de Larraún y Oneca Fortúnez, y nieta de Fortún Sánchez I, rey de Pamplona. Como los apellidos se componían entonces agregando “ez” al nombre del padre, ella era Toda Aznárez.
Nació el año 876, en Pamplona y vivió ochenta y dos años y tan intensos como que al final de su vida era tía de casi todos los reyes de la Península e incluso del Califa de Córdoba, Abderramán III.
Pero de todas las curiosidades de esta reina, la que llamó más mi atención es la que me propongo contar ahora.
Por matrimonio con el rey de Navarra Sancho Garcés I, se convirtió en reina y dio al monarca siete hijos, la mayoría mujeres que consiguió colocar en todas las casas reales de la Península.
Reinaba en León Ramiro II que se casó con Urraca de Pamplona, hija de Toda Aznárez, con la cual tuvo un hijo llamado Sancho, joven de extraordinaria gordura al que los súbditos rápidamente pusieron el apodo de “El Craso”, cuyo significado es grueso, gordo.
Cuando murió Ramiro, le sucedió su primogénito Ordoño, habido de madre anterior, lo que hizo que el Gordo le disputara la corona, al creerse más digno heredero. Al morir aquél, poco tiempo después, el orondo infante subió al trono.

Sancho I “El Gordo”

Pero los nobles leoneses, capitaneados por Fernán González, Conde de Castilla, territorios que entonces pertenecían a la corona de León, no soportan la extrema gordura del rey, incapaz de capitanear las tropas, defender una fortaleza e incluso de las labores más cotidianas a las que su obesidad tenía vetado y, con las habituales malas artes tan frecuentes en la época, consiguen deponerlo, colocando en su lugar a Ordoño IV, cuyo padre, Alfonso VI, que había sido rey de León, abdicó a la muerte de su esposa, Oneca de Navarra, también hija de la legendaria reina Toda y en favor de su hermano Ramiro II.
Esta es también una historia digna de ser contada, pues Alfonso, tras la abdicación ingresó en el monasterio de Sahagún, pero unos años después quiso recuperar el trono y su hermano ordenó prenderlo y cegarlo, con lo que acabaron sus pretensiones.
Ordoño IV, era también un individuo contrahecho, portador de una buena joroba y al que por sus escasas cualidades humanas apodaban “El Malo” y por razón de parentesco, primo hermano del Gordo, el cual, como una nenaza, huyó a buscar refugio en el regazo de su abuela, la reina Toda.
Y aquí es donde la historia adquiere un tinte realmente sorprendente porque la reina navarra comprendió que su nieto estaba demasiado gordo como para ser un rey batallador y además de un reino permanentemente en guerras, por lo que se hacía necesario poner remedio a la situación.
Como es conocido por todos, las dietas alimenticias no se habían inventado, el ejercicio físico era el que proporcionaba la actividad diaria de cada uno y la mesa de los ricos no era el lugar más adecuado para la sobriedad alimentaria, así que la reina pensó que el caso era para ponerlo en manos de buenos médicos y escribió a su sobrino, Abderramán III, califa de Al-Andalus y el más poderoso gobernante de occidente, cuyo reino tenía por capital a la ciudad de Córdoba que concentraba la cultura y el saber y en donde el califa tenía por amigo, secretario, representante y diplomático, a un judío que a pesar de ser de escasa estatura, algunos dicen que poco más de un metro, era un extraordinario médico y un hombre tan inteligente que en una sociedad en donde el hedonismo imperaba hasta extremos insospechados, aquella persona fea y pequeña, había conseguido junto al califa, el lugar más importante de toda la corte.
La razón por la qué la reina Toda era pariente de Abderramán, es otra una curiosa historia. Su madre, Oneca Fortúnez estuvo casada con el emir de Córdoba Abd Allah, en una maniobra para conseguir alianzas y cierta paz entre los reinos, pero Oneca huyó de Córdoba abandonando allí a sus dos hijos, Muhammad y Zayd. Más tarde Muhammad tuvo un hijo que fue Abderramán. Cuando su abuelo Abd Allah mató a su padre y a su tío, se compadeció del joven Abderramán y lo crió como a un hijo, convirtiéndolo en heredero del emirato. Por tanto Abderramán era hijo de un hermanastro de Toda.
Abderramán, al que aquel extraño, pero cierto parentesco llegaba a divertir, optó por enviarle al más afamado médico de occidente, el enano Hasday Ibn Shaprut, al que apodaban “El Jienense”, por haber sido Jaén su ciudad natal.
Este es otro personaje digno de mejor estudio, porque algunos historiadores lo consideran como el verdadero impulsor de edad de oro de la cultura judía en la Península Ibérica.
Este médico y amigo personal del califa, se trasladó a Pamplona en donde examinó al depuesto rey gordo y comprendió que aquello era algo fuera de lo común y que había que tratarlo, pero en Córdoba, donde tenía sus libros y sus remedios.
Así pues, doña Toda, en compañía de numerosos clérigos y dignatarios del reino de Navarra, con unas parihuelas en las que transportaban a su nieto y en una especie de peregrinación buscando una milagrosa curación, con casi ochenta años, emprende viaje hasta Córdoba, a donde llegan en medio de gran expectación por varias razones, entre otras porque es la primera vez que visitan la ciudad dos monarcas cristianos, en son de paz, como amigos y reconociendo el prestigio que el Califato ya ha alcanzado.
La primera dificultad se presenta cuando quieren subir a Sancho a un caballo, con el que haga una entrada en la ciudad digna y a la altura de su categoría. La empresa resulta imposible pues la obesidad del rey es tal que no hay forma de izarlo. Luego quieren subirlo a un asno, pero al pobre animal se le doblan las piernas y no consigue dar ni un paso con tan tremenda carga.
Por fin se impone el criterio sensato de su abuela y deciden que entre en la ciudad a pie, la forma menos ominosa de hacer una digna aparición.
Una vez instalados en el palacio real, donde Abderramán los recibe con toda suerte de agasajos, empieza un calvario para el Gordo que inicia una dieta consistente en poca comida, escasa en poder alimenticio y ejercicio.
En principio, el médico enano le hace recorrer todo el perímetro del palacio andando a buen paso, cosa que el Gordo no puede completar. Luego lo somete a una dieta a base de infusiones de diversas plantas, incluso opiáceos que disminuyen su apetito y que a la larga le producen una atonía vital de la que resulta difícil salir.
Pero gracias a una cocinera del palacio que se apiada del pobre Gordo y lo alimenta a escondidas, el Gordo empieza a aprender a conjugar algunos elementos que hasta entonces no había sabido hacer y unido al ejercicio diario y a la alimentación escasa, los cocimientos del médico y la tenaz vigilancia de su abuela, empieza a perder peso, lo que produce en todos la mayor de las alegrías.
Toda debe regresar a su reino, pues es la reina regente desde la muerte de su marido y deja al Gordo en Córdoba para que siga adelgazando.
Cuando ya su línea es aceptable, consigue rodear corriendo el perímetro del palacio y realizar otras actividades que resultaban normales para todos, se piensa en la marcha del joven Sancho, el cual consigue una alianza con Abderramán para recuperar su reino.
Cuando, fuertemente apoyado por el ejército del califa, se presenta en el reino de León, a su primo Ordoño le falta tiempo para salir huyendo y abandonar el reino.
Sancho reina por segunda vez desde 960 hasta 966, pero ya su abuela Toda había fallecido.
Tenía ochenta y dos años cuando el día quince de octubre de 958 se empeñó en subir a la Torre del Homenaje del castillo de Olite, en donde vivía y desde arriba contemplar cómo el color del otoño se había apoderado de las hojas de los chopos que había alrededor del castillo. Fue quizás una premonición de su muerte cercana lo que la impulsó a contemplar sus tierras por última vez, lo cierto es que dio un traspié en la empinada escalera y rodó, provocándose heridas de las que murió.
Creemos que la obesidad mórbida, las dietas adelgazantes y todas esas zarandajas que padecen aquellas personas que, simplemente, ingresan en sus cuerpos más calorías de las que consumen, es cosa de estos tiempos en los que se ha impuesto la cultura al cuerpo como una asignatura más, pero vemos que no es así. Por estar gordo se puede perder hasta un reino y por adelgazar, realizar un viaje como el de Sancho el Gordo y su abuela, la reina Toda.


¿QUIÉN FUE JAMES BARRY?

Publicado el 29 de enero de 2012




Hace unos días, mientras escribía un artículo sobre los Dientes de Waterloo, me tropecé con una historia que me pareció tener aristas interesantes y por eso, en cuanto he tenido tiempo me he puesto a investigar hasta llegar a completar lo que se podría calificar entre la realidad y la especulación.
En la batalla de Waterloo, el ejército británico contaba con un médico que llegaría a alcanzar fama mundial por diversas razones.
Este médico se llamaba James Barry y había nacido en Edimburgo alrededor de 1799. Poco se sabe de su familia, pero se conoce que desde muy pequeño demostró un alto interés por la medicina y en cuanto tuvo la edad apropiada, en aquel tiempo muy escasos años, ingresó en la Escuela de Medicina de Edimburgo en donde se matriculó en 1809, graduándose en 1812.
Significa esto que el joven Barry no tendría más de catorce años cuando ya era médico y, un año más tarde trabajaba como asistente en el hospital militar de su ciudad. Ingresó como cirujano en el ejército británico y acompañó a las tropas en la famosa batalla.
Posteriormente desarrolló su trabajo en las Colonias Británicas y sirvió como cirujano militar en la India y en Sudáfrica.
Aproximadamente en 1816 llegó a Ciudad del Cabo, la capital de la Colonia y una casualidad propiciada por la falta de profesionales titulados en medicina, hace que se le nombre Inspector Médico de la Colonia que en aquella época ocupaba todo el cono sur de África.
En aquel país, atenazado por la sed y el hambre, el doctor Barry se esfuerza no solamente en mejorar las condiciones sanitarias de los soldados, sino de toda la población nativa, cuyas condiciones de vida, piensa él que son responsabilidad de la Corona Británica. Por eso se entrega y trabaja sin descanso en la mejora de los suministros de agua potable, pues ya se sabía que las aguas infectas eran la fuente principal de las mayores epidemias que conocía el continente y en esta tarea, en la que puso mucho empeño, se ocupó durante algún tiempo, pero sin olvidar la práctica de la medicina y el cuidado de los enfermos.
En aquellos años y en los países sin desarrollar, diversas circunstancias higiénico-sanitarias hacía posible la expansión de una terrible enfermedad: la lepra. A los enfermos de lepra se los recluía en los lazaretos dejándolos morir poco a poco. En algunos países no existían leproserías y eso ocurría en Sudáfrica, en donde el doctor Barry luchó, hasta llegar a enfrentarse en duelo a un opositor a que se construyera un lazareto en Ciudad del Cabo.
Curiosamente y como ocurriría casi siglo y medio más tarde, se produce en Sudáfrica un acontecimiento médico por primera vez en la historia. Hasta aquel momento, la práctica de la cesárea era una técnica que los cirujanos conocían perfectamente, pero se consideraba tan agresiva que solamente se practicaba cuando la madre gestante había fallecido o estaba a punto de hacerlo. Eso suponía llevar poco cuidado con las lesiones que se pudieran practicar a la madre y todo estaba enfocado en salvar el feto, cosa que en muchos casos se conseguía.
Pues bien, el doctor Barry, fue el primer cirujano de la historia, del que se tiene noticia que practicó una cesárea consiguiendo que la madre y el hijo sobrevivieran a la operación.
El hecho no está muy bien documentado y es más que posible que se tratase de una mujer de raza negra, seguramente joven y fuerte a la que se le presentó un parto complicado. En honor al doctor que había salvado la vida de su hijo, la madre le puso su nombre, habiendo constancia que su apellido era Munnik.
El otro acontecimiento médico de gran trascendencia registrado en Sudáfrica fue el primer trasplante de corazón, llevado a cabo en la década de los sesenta por el doctor Christiann Bernard.
Tras su estancia en el sur de África, el año 1828, el doctor Barry pasó por Trinidad Tobago, Isla Mauricio y Santa Helena, donde Napoleón había sufrido destierro hasta su muerte. Posteriormente fue destinado a Malta, como General Inspector de Hospitales y más tarde pasó por Canadá y Jamaica.
En el año 1845, el doctor Barry contrajo la fiebre amarilla, causando baja por enfermedad y trasladándose a Inglaterra con la finalidad de curarse.
Regresó a Malta al año siguiente y tras algunas dificultades con el clero local, fue destinado a Corfú, en Grecia, con el mismo rango y luego, en 1857 lo destinaron a Canadá, en donde, al igual que en Sudáfrica, encontró problemas relacionados con la alimentación y con la misma y terrible enfermedad de la lepra.
Se retiró del servicio activo en 1864, en contra de su voluntad, pero considerablemente enfermo, pues el 25 de julio de 1865, moría víctima de disentería.
Y al producirse su muerte es cuando realmente esta persona alcanza la dudosa fama que después lo coronaría.
La primera circunstancia realmente sorprendente es que en una carta que entrega a su cuidadora, la enfermera Sofía Bishop, para que sea leída después de su muerte, manifiesta su voluntad de que lo entierren tal como se encuentra en ese momento, sin desnudarlo, lavar el cadáver, amortajarlo o aplicarle cualquiera otra de las prácticas habituales, circunstancia que sorprenden a la enfermera que de inmediato consulta con el médico que atendía a Barry en sus últimos días, el cual también se sorprende y decide no hacer caso del mandato de la carta y proceder como era habitual.
Y al desnudarlo se descubre que no era un hombre. Era una mujer perfectamente formada y sin ningún signo evidente de que hubiera defecto físico que indujera a confusión.
Como es natural y al tratarse de un alto cargo del ejército británico se formó un gran revuelo que fue zanjado por las autoridades militares, permitiendo que se enterrase con el nombre con el que se le había reconocido en la milicia y con la categoría militar que había alcanzado y así figura en su tumba del cementerio londinense de Kensal Greenr, como se muestra en la fotografía.

Lápida en la tumba de Barry

De inmediato se desató la especulación e incluso la investigación sobre las causas y las circunstancias por las que aquella mujer había vivido como un hombre, con una dilatada vida profesional en el ejército y sin que nunca hubiera existido sospecha alguna sobre su verdadera condición. Fruto de las investigaciones realizadas, se sabe que James Barry nació en Irlanda en 1789 con sexo mujer, de nombre Margaret e hija del matrimonio formado por Jeremías Bulkley y su esposa Mary Ann Barry, hermana del famoso pintor irlandés James Barry, profesor de arte de la Academia Real de Londres. Jeremías terminó en prisión y los hermanos de Mary Ann no podían ayudarles económicamente.
Se ignora la razón por la que embarcaron hacia Edimburgo, a donde llegaron adoptada ya la identidad de James Barry, por parte de Margaret.
Allí se matricula en la escuela de Medicina y el resto de la historia ya es conocida.
De igual forma en que Catalina Erauso, la Monja Alférez, suplantó una identidad masculina, o Concepción Arenal se vestía de hombre para poder estudiar derecho, Margaret Bulkley se hizo pasar por hombre para poder cursar estudios de medicina, entonces totalmente vedados a la mujer del Reino Unido, pero lo sorprendente es que luego se hiciese militar y así terminase sus días, sin descubrir jamás su verdadero sexo.
Como suele ocurrir en casos similares, tras su muerte no faltaron los que se jactaban de haber intuido la verdadera identidad del doctor e incluso alguno manifestó conocer la existencia de un embarazo, posiblemente fruto de un romance surgido entre Margaret y Lord Charles Somerset, mientras se encontraban en Ciudad del Cabo, pero esa es una circunstancia que no está adverada.
Se dice que para ocultar sus rasgos físicos usaba vestimentas muy amplias y para disimular la finura de su cutis, o la de su voz, había empezado por quitarse años, lo que puede justificar que con doce terminara la licenciatura. Se conservan algunos retratos del doctor, pero de escasa calidad, en donde no se pueden estudiar sus rasgos de manera adecuada.

Retrato de James Barry

Lo cierto es que como persona, supo ser eficaz en su trabajo, discreta en su vida y buen profesional. No se le conocen escándalos de ninguna clase, salvo los que llegó a protagonizar defendiendo fervientemente la causa médica. Era vegetariana y abstemia y los que trabajaron con ella lo definían como de trato muy humano con los pacientes y sobre todo un dato muy significativo que es la elevada tasa de recuperación de soldados heridos en las diferentes guerras en las que intervino como cirujano militar.
Este hecho es innegable pues figura en las tablas de control que el ejército británico llevaba de cada una de sus actividades.
Unos meses después de la muerte de Margaret, concretamente el 25 de septiembre de aquel año, se licenciaba la primera mujer médico de Gran Bretaña, Elizabeth Garret, de casada Anderson, cuya historia, como la de muchas otras mujeres es realmente apasionante, pues para conseguir licenciarse hubo de emplear estratagemas de todo tipo, como estudiar la carrera en Francia y presentarse al examen de licenciatura a través del colegio de boticarios. Los británicos se negaron a registrar el título que había obtenido legalmente, pero eso no le impidió ejercer la medicina
Tras una vida llena de actividad profesional y política, acabó retirándose a un pueblo de la costa, en donde ejerció tanta influencia que terminó por convertirse en la primera mujer alcalde de Inglaterra.
Dos veces llegó la primera.