sábado, 27 de julio de 2013

¡MÁS VALIENTE QUE BARCELÓ!




La editorial Navalmil, que centra su actividad en productos relacionados con la mar y con la marina, acaba de publicar un libro interesantísimo sobre la piratería y sobre un insigne, peculiar y olvidado marino español.
Su título es “La piratería Berberisca y su final con los jabeques de don Antonio Barceló” y está escrito por el capitán de navío José Manuel Gutiérrez de la Cámara.
En este interesante e ilustrativo libro, se saca a la luz a un hombre singular que sin haber ingresado en la Armada, como todo los que seguían carrera militar, fue incorporado a la marina por orden real y llegó al más alto rango.
El inicio de esta historia guarda mucha relación con el artículo que publiqué la semana pasada a raíz da la aparición en La Vanguardia de cierto pleito por la Islas Formigues y la antigua presencia de piratas berberiscos en aquellas zonas.
El personaje central de este libro, cuya lectura recomiendo a todos los aficionados a la mar, es Antonio Barceló y Pont de la Terra, un mallorquín que de marinero enrolado en un jabeque propiedad de su padre y dedicado al correo entre Baleares y la Península, llegó hasta Teniente General de la Armada.
Su historia es muy sencilla a la vez que conmovedora, pues se trata de uno de esos héroes, como los que he intentado rescatar del olvido, que no tienen calles en su pueblos ni plazas en las capitales.
Antonio Barceló nació en Palma de Mallorca el uno de octubre de 1717, sintiendo inclinaciones hacia la mar desde muy joven, lo que le impulsó a enrolarse como marinero de cubierta en un jabeque propiedad de su padre Onofre Barceló, junto al que viajó y aprendió hasta obtener el título de tercer piloto cuando aún era un niño.
A los dieciocho años falleció su padre, prematuramente envejecido de los innumerables sufrimientos de la mar y la familia le confió el mando del jabeque cuando lo normal era que lo patronearan hombres más expertos.
Como decía en mi pasado artículo, el Mediterráneo era un enjambre de piratas que importunaban constantemente el comercio, causando graves daños a la economía.
Pero Barceló no era de los que se dejaban atrapar por los piratas y con su jabeque persiguió a los berberiscos que infestaban las islas “Pitiusas”.
Un jabeque era una embarcación muy ágil y muy marinera que unía remos y velas en una combinación que le daba mucha capacidad de maniobra, lo que sumado a la potencia artillera, hacían de estas embarcaciones unos buques incluso mejores que los navíos de línea.
El nombre de Barceló fue haciéndose popular por ser persona valiente que no se entregaba sin lucha y su reconocimiento llegó al máximo cuando, transportando de Baleares a Barcelona un destacamento de dragones, sostuvo un serio combate con dos galeotas argelinas, a las que venció, poniéndolas en fuga y por cuya acción, como era costumbre, el rey le nombró alférez de fragata, aunque, eso sí, “sin derecho a goce de sueldo alguno”.
Tanto se consideraba su arrojo que la frase que da título a este artículo, se hizo muy popular y cuando se quería destacar la valentía de alguien, se hacía comparándola con la ya acreditada del mallorquín: ¡Es más valiente que Barceló!
Algún tiempo después, los berberiscos atraparon un barco español que llevaba doscientos pasajeros, entre lo que se encontraban varios oficiales del ejército. Esta acción pirata causó gran indignación por lo que se ordenó armar en Mallorca una escuadra compuesta por cuatro jabeques y cuyo mando se le concedió al que ya era conocido como “Capitán Toni” que fue ascendido a teniente de fragata.
La escuadra se dirigió a Cartagena en donde se incorporaron dos navíos de línea quedando toda la escuadra al mando de Julián de Arriaga, héroe de la Guerra de la oreja de Jenkins, sobre la que escribí hace tiempo y que los que siguen mis artículos habrán ojeado.
Esta división naval obtuvo algunos éxitos, poniendo en fuga a numerosos barcos piratas de las costas mediterráneas, pero al año siguiente y como siempre ocurre en este país, sin causa justificada, se ordenó deshacer la división, por lo que Barceló volvió a sus antiguos quehaceres.
En cierta ocasión y hallándose en el puerto de Palma de Mallorca, se corrió la noticia de que una flotilla berberisca había sido avistada cerca de las costas de Formentor. El “Capitán Toni” ordenó embarcar una compañía de granaderos en su jabeque y se hizo a la mar en persecución de los piratas a los que localizó en las proximidades de la isla Cabrera. Se trataba de tres naves: una galeota de treinta remos y cuatro cañones y un jabeque pequeño, que llevaban apresado el buque español “Santísimo Cristo del Crucifijo”. Consiguió abordar y tomar la galeota y liberar el buque español, aunque fue herido en el abordaje. Por esta acción se le ascendió a teniente de navío graduado, lo que suponía su incorporación real a la Armada, que se confirma con fecha de treinta de junio de 1756.
Desde entonces abandonó sus actividades de marino mercante y se dedico plenamente a la marina de guerra, alcanzando el grado de capitán de fragata en 1761, momento en el que se le dio el mando de una división naval de tres jabeques, siendo comandante del llamado “Garzota”.

Jabeque de Barceló en 1738



Ese año, al mando de su división, se enfrentó a una flotilla berberisca y apresó siete barcos. Más tarde, navegando en solitario apresó a otro barco pirata, haciendo más de treinta prisioneros, además de los diez que murieron en el abordaje.
Un año después, con su embarcación, presentó batalla y venció a tres barcos piratas, haciendo más de ciento cincuenta prisioneros, entre ellos al famoso “Selim”, un célebre, por lo cruel y aguerrido, capitán pirata.
En aquella ocasión Barceló pagó bien cara su heroicidad pues fue herido por una bala de mosquete que le atravesó la mandíbula izquierda, dejándole una deformidad permanente.
Su ascendente carrera continuó en cuanto estuvo repuesto, apresando un jabeque pirata de veinticuatro cañones en las costas de Marruecos.
Su carrera militar seguía en ascenso y alcanzó el grado de capitán de navío cuando al mando de una flotilla de seis jabeques se enfrentó a una escuadra pirata en la ensenada de Melilla, consiguiendo apresar cuatro barcos.
Su fama alcanzó el zenit cuando consiguió liberar a mil cristianos y hacer mil seiscientos prisioneros.
Luego participó en operaciones de desembarco y castigo, como la del Peñón de Alhucemas o la toma de Argel en las que ambas fracasaron cuando se produjeron los desembarcos, pero no por el comportamiento de la escuadra que no solamente protegió las maniobras con su artillería, sino que se acercaba a las costas para hacerla más efectiva, a la vez que para recoger a los soldados que en gran números eran obligado a retirarse ante la presión enemiga.
La toma de Argel, al mando del general O'Reilly fue una gran derrota militar, aunque supuso el comportamiento heroico y destacado de muchos de nuestros militares y marinos.
Aun cuando su hoja de servicios estaba más que cumplida, aun quedaba al “Capitán Toni” otra acción  encomiable.
El veinticuatro de agosto de 1779 fue nombrado comandante de las fuerzas navales que participarían en el bloqueo de Gibraltar. Al mando de una potente escuadra debía efectuar el bloqueo por mar, mientras que por tierra debía atacar el general Martín Álvarez de Sotomayor.


Óleo de Barceló con uniforme de teniente general



Fue en ese asedio  cuando a Barceló se le ocurrió la genial idea de construir lanchas cañoneras y bombarderas, manejadas a remo y muy ágiles, las cuales dieron grandes éxitos pues con mucha facilidad se aproximaban a los objetivos, presentando a la vez muy poco blanco. Estas lanchas causaban estragos metiéndose entre las formaciones de buques enemigos que huían atemorizados al no poder presentar batalla.
Hay que pensar que en aquella época los cañones se montaban a los costados del buque, por lo que atacándole por la proa eran totalmente vulnerables.
En 1783 fue ascendido a teniente general y reconocido su derecho a cobrar el sueldo que le correspondiese, cosa que no era muy corriente en la época y se retiró a descansar a Palma de Mallorca, donde falleció a los ochenta años y cuando su prestigio había alcanzado tal cota que, despertada la envidia de un grupo de detractores que siempre tuvo, se dedicaron a la tarea de desacreditarlo por carecer de formación y no haber cursado la carrera militar, cosa que como casi siempre ocurre, consiguieron en parte.
Hoy, en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando hay una placa dedicada a su memoria, pues su restos reposan en alguna iglesia de Palma de Mallorca.

Uno más de nuestros héroes olvidados y felizmente sacado a la luz en el libro que la editorial Navalmil ha publicado.

viernes, 19 de julio de 2013

UNA MEDALLA Y UNA ESPADA





El diario La Vanguardia de Barcelona, publicaba, días pasados, un artículo sobre el contencioso que mantienen los municipios de Palamós y Palafruguel, en el litoral de la Costa Brava, por unos islotes inhóspitos y deshabitados conocidos como las Islas Formigues. 
Ambas ciudades se atribuyen la pertenencia de los islotes a sus respectivos términos municipales, aunque su utilidad sea prácticamente nula, pues su altura es tan escasa que cuando hay temporales quedan completamente cubiertas por las olas.
Su único valor son las efemérides, pues en sus aguas se celebró en 1285 la batalla naval de Formigues en la que la escuadra aragonesa derrotó a la francesa que había invadido Cataluña, además de otro suceso que me propongo narrar.
Sin mucho fundamento, por la escasa similitud entre ambos casos, el periódico relaciona este contencioso con el esperpéntico incidente de la Isla del Perejil, con el que no guarda relación alguna, salvo en el escaso valor intrínseco y de todo tipo que el islote y las Formigues poseen.
Pero no es esa coincidencia ni ese pleito lo que atrae mi curiosidad. Refiere el periódico que en el siglo XVIII, ese lugar fue escenario de un combate entre un barco pirata argelino y un barco mercante de Mataró, en el que hubo cuarenta heridos y terminó con una aplastante victoria del lado español.
Es de todos conocido que los piratas berberiscos asolaron las costas mediterráneas por espacio de siglos y sobre todo España e Italia, vivieron en permanente estado de alerta por culpa de las incursiones de estos piratas. La situación era así desde tiempos del Imperio Romano, pues ya Julio César hizo una campaña contra la piratería, pero  empeoró a raíz de dos acontecimientos: la toma de Granada y la caída de Constantinopla.
Con la desaparición del reino Andalusí, muchos de los moros expulsados se pusieron a disposición de los piratas berberiscos que tenían sus bases en el norte de África y, conocedores de la costa y de la lengua, facilitaban enormemente las incursiones en el litoral español.
La caída de Constantinopla supuso el comienzo de la hegemonía islámica en el Mediterráneo y el fortalecimiento de la piratería en el las plazas de Túnez, Argel, Trípoli, Salé, Orán, etc.
Dicho esto para centrar un poco el tema y volviendo a la noticia de días pasados, quise buscar alguna confirmación oficial de aquel hecho, lo que no ha resultado fácil, pero hoy, con las nuevas tecnologías, nada parece imposible.
La noticia no daba, como pueden ver en el enlace que encabeza este artículo, ningún dato confrontable, por lo que la búsqueda, no estando en mi mano la posibilidad de consultar archivos físicos por fechas, creí que no iba a dar resultado positivo.
Pero hurgando en los archivos de la Academia de la Historia, que el Instituto Cervantes tiene digitalizados, en referencia al siglo XVIII, único dato constatable, encontré con un artículo titulado “Una singular merced nobiliaria del principado de Cataluña”.
Me descargué el archivo y me dispuse a leer, con paciencia. la rebuscada literatura de aquellos siglos.
Pronto vi que en él se hacía referencia a un hecho de características tan similares al que se publicaba que, no habiendo encontrado nada más que pudiera relacionarse con el mismo, me inclinaba a pensar que se trata del mismo hecho.
Dice el artículo que mediado el siglo XVIII, hacía ya trescientos años que los monarcas españoles tenían un grave problema con los piratas berberiscos que, muy bien organizados y con grandes barcos, impedían la navegación, adueñándose de las riquezas que venían de las Indias o las que circulaban por el Mediterráneo.
Como la situación de la Marina Real Española era dramática (como siempre), sobre todo después de las guerras contra Inglaterra y Holanda y el desastre de la Armada invencible, fue necesario acudir a otros medios eficaces para combatir a los piratas y uno de dichos medios fue el de autorizar que se “armasen en corso” los navíos mercantes de alto porte, los cuales merecerían la consideración de barcos de guerra. La recompensa ofrecida por la aprehensión de barcos piratas eran privilegios militares, pensiones, empleos, etc.
Por esa razón y faltos del apoyo que la Armada Española podía proporcionar, numerosos barcos dedicados al comercio, pero con porte alrededor de las cien toneladas, decidieron armarse con los cañones que proporcionaban las capitanías marítimas.
No faltaban entre las tripulaciones quienes hubiesen servido en barcos de la Marina Real, por lo que era relativamente fácil encontrar entre los marineros de cubierta a algún artillero y los sirvientes necesarios para abastecer los cañones.
Así las cosas, el día 22 de junio de 1757 surgió en aguas de Palamós una galeota pirata que tenía sembrado el pánico en el Mediterráneo y que llevaba claras intenciones de asaltar al primer barco que pasara o hacer una incursión en tierra.
El capitán y propietario del buque armado San Antonio de Padua, llamado Juan Bautista Balanzó, que venía de Marsella con mercaderías destinadas a Barcelona, se vio sorprendido por la presencia del barco pirata a la altura de las islas Formigues y aunque su nave solamente llevaba cuatro cañones y su tripulación eran quince hombres y dos pasajeros, uno capitán del ejército español y otro un franciscano, decidieron presentar batalla a los piratas, por lo que tras abrazarse todos para darse ánimos, se lanzaron a la aventura de atacar a un barco muy superior a ellos en porte y armamento.
Se inició el combate intercambiando cañonazos y consiguiendo el San Antonio mantener a raya a la galeota pirata y cuando llevaban dos horas de fuego cruzado, un disparo del San Antonio tuvo la buena fortuna de acertar con la Santa Bárbara del barco pirata, provocando una tremenda explosión y echándolo a pique.
Como resultado del estallido del almacén de pólvora, murieron o quedaron mal heridos muchos de los cien tripulantes piratas y entre estos últimos se encontraba el jefe corsario que junto con otros cuarenta consiguieron ganar la costa a nado, donde fueron hechos prisioneros por las autoridades de Palamós y Palafruguel que advertidas de la presencia de los piratas y alertados por los ruidos de los cañonazos hicieron presencia en la costa con un contingente de hombres armados. Los piratas que consiguieron sobrevivir fueron curados y  encerraros en una torre de Palamós, para trasladarlos posteriormente a Barcelona el día cinco de agosto.
El capitán Balanzó, natural y vecino de Mataró, fue recibido con gran alegría por todos los habitantes de la comarca, cuyas autoridades no dejaron pasar el acontecimiento sin dar cuenta de ello al rey.
Conociendo Fernando VI el importante servicio que se había prestado, concedió al capitán Balanzó diferentes mercedes, entre ellas dos de singular calado por lo inhabitual.
La primera es que el rey dispuso que para eternizar la memoria de este suceso, se esculpiera una medalla de oro con su real efigie y que se le entreguase al referido Balanzó, por “envidiable timbre de su persona, honra de su familia y estímulo común”.
La segunda es que le concede “el adorno y porte de espada”, mandando a todos los jefes militares que no pongan obstáculos a su uso.
La concesión de esa medalla, de la que se conserva un ejemplar que estaba en el medallero del rey, otro en el Museo Arqueológico Nacional y otro en poder de los descendientes del heroico capitán, tiene una importancia extraordinaria porque es la única medalla regia creada en España en honor de una familia, pero aún tiene mayor importancia la concesión del uso de la espada, lo que representa ennoblecimiento en la graduación adecuada, pues los reyes concedían a sus súbditos que destacaban con acciones sobresalientes, los privilegios de Ciudadanía Honrada, de Caballero y de Noble.

Medalla conmemorativa del suceso

En este caso la concesión del porte de espada implica el nombramiento de caballero que se llevó a cabo el día 9 de noviembre de 1758 por el Capitán General de los Reales Ejércitos, gobernador de Cataluña y Presidente de su Real Audiencia, Juan de Aragón-Azlor.

La heroica tripulación que solo sufrió algunas heridas, recibió doscientos doblones de oro para su reparto.

domingo, 14 de julio de 2013

ESPARTACO MADE IN AMÉRICA





La hazaña protagonizada por el gladiador rebelde Espartaco es conocida en la historia como la Tercera Guerra Servil que fue la última y la más importante de cuantas protagonizaron los esclavos y los gladiadores enfrentándose al poder de Roma.
En todas las revueltas, el ejército romano aplastó a los insurrectos, llegando en algunos casos hasta el exterminio total, pero en esta tercera guerra la cosa fue muy distinta, porque el contingente de gladiadores sublevados y los esclavos que se unieron a al revuelta contaban con un cabecilla excepcional como era el tracio Espartaco, que de soldado profesional hecho prisionero por las legiones romanas, pasó a ser esclavo y luego a gladiador.
Liderando un ejército bien preparado de gladiadores profesionales y numerosos esclavos que con sus mujeres e hijos se les unieron, llegaron a ser más de cien mil personas en aquella formación que trajo en jaque a Roma, hasta que en el año 71, antes de nuestra Era, la revuelta fue aplastada por las legiones romanas al mando de Marco Licinio Craso.
Espartaco falleció en el combate, junto con otros sesenta mil gladiadores y esclavos, aunque su cuerpo no fue hallado entre los restos de la batalla. Todos sus capitanes y gran parte de sus gladiadores que cayeron prisioneros fueron crucificados y muertos, sin ninguna misericordia.
Que ocurriera en la antigüedad una situación de esclavitud como la que se daba en Roma que utilizaba a esclavos como gladiadores para matarse entre sí y divertir a la plebe, es algo que no sorprende demasiado, pero que hayamos llegado hasta casi el pasado siglo XX, sosteniendo una sociedad muy similar a las de los primeros siglos, es ya más sorprendente, aunque realmente cierto.
Pero la llama de la sublevación estaba siempre  encendida y el esclavo se encargó siempre de mantenerla viva, fomentando el odio y la venganza, con actos individuales de insurrección o con conatos de rebeliones colectivas, sofocados casi de inmediato, porque el poder contra el que habían de luchar era tan superior a las fuerzas que podían aglutinar los esclavos que la secuencia duraba bien poco. Por otro lado era tal la crueldad que se empleaba contra el esclavo que a éste pocas ganas le quedaban de levantarse contra su amo.
Pero aun así hubieron rebeliones de esclavos, algunas con mayor trascendencia de lo que cabría imaginar.
Y fue por una de esas sublevaciones de esclavos como se formó el país de Haití, proclamándose independiente de Francia que hasta ese momento había tenido el dominio de la mitad occidental de la isla La Española, que comparte con la República Dominicana.
Allí, tras una ceremonia vudú de un “chamán” llamado Boukman, celebrada 14 de agosto de 1791 en el Bosque del Caimán, varios líderes de los esclavos haitianos se juramentaron para luchar a muerte hasta obtener su libertad. Tras los rituales enervantes que se emplean en estas ceremonias, los conjurados bebieron la sangre de un jabalí, lo que supuestamente debería darles la fuerza que necesitaban para una empresa tan arriesgada como la que se proponían afrontar. Una semana después, en la llamada Noche de Fuego, se inició la rebelión con la quema de muchas plantaciones y asesinato de todos los blancos que encontraron.
Hasta que las autoridades francesas pudieron realizar una contraofensiva, pasaron varios meses, pues no en vano la población de Haití en aquel momento era de trescientos mil esclavos contra doce mil personas libres, casi todos blancos y algunos mulatos y pasaron años hasta que el primer líder de la insurrección pudo ser apresado, conducido a Francia y ejecutado.
Fue en 1803, doce años después de iniciarse las revueltas, cuando otro líder llamado Dessalines, consiguió vencer a las tropas francesas y un año después declaró la independencia de Haití, proclamándose emperador, lo que no sabemos si fue mejor o peor que lo anterior, pues ya se conoce la situación en la que está ese país, considerado el más pobre del mundo y gobernado permanentemente por personajes macabros que se eternizan en el poder.
Esta primera sublevación de esclavos en las Américas, trajo funestas consecuencias, pues se fueron produciendo otras muchas en diferentes países, sofocadas todas con la misma contundencia inmisericorde.
Ocho años después de la sublevación de Haití e inspirado en aquel movimiento que consiguió la independencia del país, los esclavos negros de Louisiana y más concretamente los de la llamada Costa Alemana, muy próxima al río Mississippi, se levantaron en armas contra los amos.
Siempre hubo conatos de rebeldía por parte de algún esclavo harto de soportar las penosas condiciones de vida que los dueños les imponían, pero en esta ocasión la cosa era mucho más seria.
Un esclavo llamado Charles Deslondes que trabajaba en una plantación y que era una especie de capataz o encargado de controlar el trabajo de otros, aglutinó a su alrededor hasta quinientos esclavos a los que vistió de manera similar y de forma parecida a una uniformidad y los hizo marchar al redoble de un tambor que uno de los esclavos tocaba. También hizo confeccionar banderolas que encabezaban su marcha.
Su idea era la de dar a aquel contingente el aspecto de un ejército regular y él, sobre un caballo, marchaba a la cabeza de su tropa que arrasaba plantaciones, incendiaba cultivos, viviendas e incluso llegó a matar a algún blanco, aunque no era esa su intención.
Pretendían causar solamente daños materiales, pero el hijo de uno de los dueños de una plantación les hizo frente y lo mataron.
La sublevación empezó el ocho de enero de 1811, con veinte esclavos sublevados, a los que rápidamente se fueron agregando muchos otros hasta conseguir el número que antes se ha referido.
Dos días después, tropas regulares procedentes de nueva Orleans, los estaban esperando en una plantación propiedad de un tal Fortier. Los esclavos optaron por dar marcha atrás, pero el ejército, mucho mejor preparado y con un armamento más potente, los persiguió dando captura a todos ellos.
Muchos murieron en el enfrentamiento y los demás fueron momentáneamente esclavizados a la espera de ser juzgados, lo que no se hizo esperar, pues tres días más tarde se dictó pena de muerte por decapitación contra cincuenta de ellos; otros veintinueve fueron colgados y su cabecilla y sus dos colaboradores más inmediatos fueron fusilados y posteriormente decapitados.
Lo más chocante de la situación fue que a los propietarios de los esclavos que hubiesen muerto en la sublevación, por cualquier causa, se les pagó trescientos dólares por cada esclavo muerto.
A la vista de la magnitud de aquella revuelta, las autoridades decidieron que aquello no había ocurrido, que había sido un acto más de pillaje aislado y sin más trascendencia.
Pero no todo se puede ocultar y como quiera que en ningún momento cambiaron las condiciones de vida que se imponían a los esclavos, hubo numerosas revueltas más, alguna de importancia como la que protagonizó el esclavo llamado Nat Turner, natural del estado de Virginia.
Turner más que un alborotador era un visionario que decía recibir mensajes divinos y que hacía interpretaciones de los hechos materiales muy al gusto de las religiones animistas.
Así, ante unos hongos que daban al maíz un aspecto como de gotas de sangre, dijo que el cielo lloraba por los esclavos, o que un eclipse de sol era una advertencia divina de que debía preparar una insurrección.
Por fin, el 21 de agosto de 1831, los esclavos de las plantaciones que seguían a Turner, se levantaron en armas y a una orden de su cabecilla, empezaron a matar a todos los blancos que se encontraban y que llegaron a ser cincuenta y cinco entre hombres, mujeres y niños.
Pero aquella rebelión no tenía la fuerza de la de Deslondes, veinte años antes y en menos de cuarenta y ocho horas fue aplastada y todos sus integrantes masacrados, menos Turner que consiguió huir, ocultándose en los pantanos de las zonas, hasta que unos meses después fue descubierto y apresado.

Grabado de la captura de de Nat Turner



El cinco de noviembre fue juzgado, encontrado culpable y ahorcado seis días después. Tras su muerte, el cadáver fue despellejado y descuartizado y dicen que alguno guardó trozos como reliquia, porque lo cierto es que Turner es considerado como un héroe dentro de la comunidad afroamericana.

Es curioso contemplar cómo un país que había conseguido su independencia por una sublevación contra los ingleses que era la potencia colonial, aplastaban cada sublevación que se producía en su suelo, quizás porque ya se habían olvidado de cómo llegaron hasta allí.

domingo, 7 de julio de 2013

PARA DARSE AIRES




Tengo en mi casa un par de abanicos que pertenecieron a mi familia y que después de muchísimos años guardados en un cajón de la vieja cómoda, un día mi madre se decidió a sacarlos y encargar unos marcos en donde exponerlos, abiertos y en todo su esplender.
Los dos están bien conservados, aunque con algunos achaques debido a le edad porque deben tener más de ciento cincuenta años. Uno es de madera de sándalo, que aún conserva su característico y agradable aroma y el otro es de marfil. Los dos tienen en la banda que en términos técnicos recibe el nombre de país, motivos chinos, con la particularidad de que cada una de las caras de los múltiples personajes que aparecen, es de marfil esculpido y pintado. La palillería esta labrada con una pulcritud que asusta al pensar en las horas de trabajo que debió llevar. Guardados tengo los estuches en el que han permanecido durante muchos años y éstos, si cabe, son más bellos que los propios abanicos.
Desde pequeño sentía verdadera atracción por estas dos piezas de colección y no pocas veces pedía a mi abuela que me los enseñara, aunque no me dejaba tocarlos y había de contentarme solamente con contemplarlos y apreciar su delicado olor.
Ahora los tengo en mi casa y, ciertamente, muchos días creo que ni los miro, pero, en fin, así son las cosas: aprecias lo que no tienes y menosprecias lo tuyo.



Mis dos abanicos


Pero hace unos días cayó en mis manos una publicación en la que se anunciaba una subasta de abanicos y por curiosidad empecé a informarme sobre este bello artilugio que es muy apreciado en sus versiones populares, pues cumple una maravillosa función, pero que en las versiones como las mías, no sirven nada más que para exhibirlos.
En el proceso investigativo sobre el abanico me enteré de cosas verdaderamente curiosas que me parece merece la pena relatar.
La palabra abanico procede del término latino “vanus” y da la idea de un instrumento o artilugio que sirviera para avivar el fuego, aventar la parva, o simplemente refrescar, mediante movimientos de vaivén; durante la época que por algunos se ha dado de denominar “galante”, como integrante del aderezo de las damas, fue también y sobre todo, instrumento de comunicación, porque el abanico llegó a tener todo un lenguaje en un momento en la que la libertad de expresión de una dama estaba muy restringida y las señoritas de buena familia acudían siempre a los bailes o demás recepciones acompañadas de una “carabina” que controlaba sus movimientos y conversaciones con los hombres.
En esa mal llamada época galante, cuando Europa olía a retrete por todas partes, dos cosas se pusieron de rabiosa actualidad: el perfume y el abanico.
El perfume para enmascarar la peste que reinaba en todos los lugares públicos y el abanico para aminorar esos mismos olores además de para refrescar el rostro de las damas.
El origen del abanico es confuso, aunque se supone que debió estar en los países cálidos, cuyos habitantes, en un primer momento, usarían una hoja de palma o planta similar, o bien las plumas de un ave para darse un poco de aire que aliviara el calor.
Los abanicos pueden ser, fundamentalmente de dos clases: fijos, más sencillos en su construcción y plegables, más elaborados y complejos.
Sin duda alguna fue el fijo el primero que hizo su aparición y ya en grabados egipcios se representan unos primitivos aventadores, hechos de plumas de avestruz, con los que los siervos daban aire a las personas importantes.
El primer vestigio de este útil objeto se encontró en la tumba de Tutankamon y era un abanico de plumas de avestruz y mango de marfil en forma de “L”.
Pero no fue el uso de este artilugio unicamente de los egipcios, pues en la América precolombina también aparecieron pinturas y grabados con abanicos y de igual forma se constata su existencia en África, en Asia y en muchas islas del Pacífico y siempre en una clara asociación con posiciones de preeminencia social.
Las plebes no usaban abanicos, quizás porque el acceso a plumas de avestruz u otra ave fuera prohibitivo para las clases sociales deprimidas, pero lo que parece innegable es que de una manera o de otra su uso, utilizando una tabla delgada u otro objeto similar, estaría extendido, aunque no se reflejase en ninguno de los grabados, dibujos o bajorrelieves.
Desde que se conoce el uso del abanico, que puede ser desde quince o veinte siglos antes de nuestra Era, su diseño varió poco, aunque si lo hicieron los materiales de que se construía, pero no es hasta el siglo IX d.C. cuando se construyó el primer abanico articulado y fue en Japón.
Cuenta la tradición que su inventor fue un artesano constructor de abanicos fijos que, observando las alas de un murciélago, tuvo la ocurrencia de unir por su base varias varillas y desplegarlas o cerrarlas a capricho.
Su uso fue muy localista hasta que siglos después fue introducido en China, en donde lo conocieron los mercaderes españoles y portugueses que comerciaban con Catay, nombre por el que se conocía a la actual China.
Desde la Península Ibérica se introdujo rápidamente en Italia, dada la gran presencia española y desde allí a Francia y los países centro-europeos.
Cuando Catalina de Médicis se casó con Enrique II de Francia, llevó a Paris sus abanicos, causando una tremenda sensación en la corte francesa, donde se llegó a poner de tal actualidad que todas las damas que se preciaban asistían a los actos sociales aderezadas con sus abanicos.
Lo cierto es que el abanico cumplía al menos con cuatro importantes cometidos.
El primero era, por supuesto, el de refrescar, función para la que estaba concebido; el segundo era disipar los malos olores de todos los palacios, teatros, salones, mansiones y casas de la época, el tercero era el de constituir una especie de juguete con el que tener entretenidas las manos durante los largos conciertos, las recepciones o las tediosas cenas y el cuarto el de constituir una especie de biombo portátil tras el que ocultar las conversaciones privadas de las damas o sus gestos, dejando ver del rostro solamente los ojos.
Más tarde, a este ingenio se le dio otra aplicación como elemento de comunicación secreta.
Desde casi el momento de su introducción se comprendió la cantidad de posibilidades que ofrecía un abanico para convertirse en un objeto de máximo lujo y entonces, hábiles talladores fabricaban las varillas en maderas preciosas o marfil e incluso orfebres las fundieron en oro y plata, creando maravillosas filigranas, mientras que los “países”, nombre que reciben la banda pegada a las varillas, eran confeccionados en sedas, vitelas, encajes o materiales de calidad y eran decorados por importantes pintores de la época, aportando al abanico un valor incalculable.
Como a veces las damas necesitaban las dos manos para realizar alguna función, se acostumbró a llevar el abanico prendido en una cadena, normalmente de oro que se sujetaba a la cintura, dejándolo colgar mientras se realizaba la función, para recuperarlo tirando de la cadena.
Cuando el uso del abanico se popularizó en toda Europa, se crearon numerosas empresas abaniqueras, siendo las más importantes las italianas, donde la gran presencia de artistas, escasos en otros países, hacían una innovación permanente en tan útil objeto.
Desde el siglo XVII se crearon en París y en algunas otras capitales europeas, un buen número de talleres abaniqueros e incluso se formaron gremios debidamente regulados por diferentes edictos.
Un siglo después, su uso se había popularizado de tal manera que el abanico había entrado a formar parte del atuendo femenino, sobe todo cuando se industrializó su construcción, sustituyendo el labrado a mano de las varillas por el troquelado a máquina y la pintura a mano delm país, por una impresión gráfica. Sobre esta época, el abanico alcanza el tamaño de medio círculo al abrirse, pues hasta entonces, su arco era bastante inferior a los 180º.
Sin que se sepa muy bien por qué, los temas de decoración de los abanicos europeos fueron fundamentalmente mitológicos, siendo también muy popular los temas religiosos cristianos.
En la actualidad el abanico es una prenda de uso común, suelen ser de tamaño inferior a los abanicos clásicos de los que hemos hablado y sobre todo de aquellos abanicos enormes llamados “pericotes” que estuvieron de moda allá por el siglo XVIII. Como prenda estacional que es, se suele desempolvar con el inicio de las ferias, sobre todo la de Sevilla, en cuyo real y en cuya plaza de toros, se mueven aliviando las calores de las damas y algunos caballeros, para los que también se han fabricado abanico, de menor tamaño que suelen llevarse en el bolsillo superior de la chaqueta.
Si será importante este artilugio en la vida y costumbres de los pueblos occidentales, el nuestro entre ellos, que además de servir para mitigar el calor, el abanico ha impregnado nuestro ya de por si largo vocabulario. Decimos con mucha frecuencia que ante nosotros se nos presenta un abanico de posibilidades, o que los militares se desplegaron en abanico, o que determinado vegetal se cultiva en abanico, o que el barco llevaba velas de abanico.
Por eso, desde hace unos días en que empecé a instruirme sobre este apreciado artefacto, cada vez que cruzo el pasillo en el que tengo colgados los míos, los miro con admiración y respeto, porque además de todo lo dicho, es que son muy bonitos. 

sábado, 29 de junio de 2013

NACIDO POR UN MILAGRO





Hubo un tiempo y aún hoy día muchas personas de abigarrada fe así lo creen, que a casi todos los acontecimientos de la vida cotidiana se les adjudicaba una intercesión divina. Era tan grande el convencimiento de esta mediación que ante catástrofes como el terremoto de Lisboa, ocurrido el día de Todos los Santos de 1755, la cristiandad entera se preguntaba cómo era posible que Dios hubiese permitido semejante tragedia en un día tan señalado como aquél.
Pero, en fin, eran cosas de aquellos tiempos en los que la ciencia no había explicado la mecánica de muchos de los acontecimientos naturales que a diario se producen, por eso, al fenómeno incomprendido se le atribuía la divina intervención.
El hecho que voy a relatar, no tiene siquiera la constancia histórica de ser verdad, pero aparece en dos de las grandes crónicas catalanas, la de Bernat Desclot y la de Ramón Muntaner.
Y sobre todo en este último que refiere el asunto con toda suerte de detalles.
Muntaner fue un escritor, soldado y caballero nacido en 1265 en la localidad gerundense de Perelada. Después de algunas vicisitudes en las que hubo de cambiar de domicilio en varias ocasiones, aparece alistado como soldado de infantería en la llamada Gran Compañía Catalana, popularmente conocida como los Almogávares que tuvieron un gran protagonismo bélico en los siglos XIII y XIV y cuyo capitán más sobresaliente fue el caballero templario Roger de Flor.
En la Compañía, Muntaner viajó mucho por el Mediterráneo, participando en numerosas batallas, que luego relataría como testigo en sus crónicas y que le dan más valor de veracidad, pero gran parte de sus escritos se basan en lo recogido por tradición oral, como sucede con el episodio que da título a este artículo.
Reinaba en Aragón Pedro II, llamado El Católico, un rey poco guerrero que se dedicó más a la política y a las finanzas que a pelear contra los moros y que de no ser por su participación en la batalla de Las Navas de Tolosa, decisivo triunfo cristiano frente a los musulmanes, casi nada habría avanzado la Reconquista durante su reinado. De profundos sentimientos religiosos, fue coronado por el Papa Inocencio III a cambio de un compromiso anual fijado en una suma de dinero importante.


Coronación de Pedro II en Roma



A partir de Pedro Il, todos los reyes aragoneses fueron coronados en la Catedral del Salvador de Zaragoza, popularmente llamada La Seo y ese sería el detalle más significativo en su vida por el que se le apodara El Católico pues, en el resto de sus actitudes, no parece demostrar ningún sentimiento de inclinación religiosa, o al menos en determinadas facetas del comportamiento católico.
En 1204 se casó con María de Montpellier, heredera del señorío de su nombre situado en la actual Francia y que se agregaría a los títulos que ya poseía como rey de Aragón. María, pese a su juventud, ya había contraído matrimonio en dos ocasiones, enviudando la primera y siendo repudiada en la segunda, aunque ya había tenido dos hijas de este matrimonio.
Pedro era un mujeriego empedernido y antes y después de casarse, su colección de amantes no tenía fin, mientras que a la reina no hacía caso alguno, incluso en alguna ocasión en que visitó Montpellier, ni siquiera vio a su esposa.
Como es natural, la nobleza y el clero de Aragón y sobre todo los de Montpellier, veían con suma preocupación esa falta de atención a la reina, lo que se traducía en la ausencia de un heredero que consolidara la corona, en aquellos tiempos siempre bamboleante, pero ni los más certeros consejos conseguían que el rey dejase de ir detrás de todas las faldas de la corte y de cuanta mujer bella hubiese en el reino.
Para colmo de frustración, en una de las visitas a la ciudad, el rey se enamoró perdidamente de una dama llamada María de Montferrato, descendiente de los reyes de Jerusalén que los templarios habían nombrado.
Tanta era la pasión que el rey sentía por esta dama, que no se privaba en absoluto de proclamarlo y actuaba en justas y torneos o convocaba a trovadores y poetas para proclamar el amor por su dama.
En vista de la actitud del monarca, los nobles, caballeros, clérigos y prohombres de Montpellier, sabiendo que era ocioso dirigirse al rey, optaron por una maniobra envolvente que fue la de captar a un caballero de la corte, muy próximo al monarca, al que explicaron el grave dilema al que se enfrentaban; por un lado que el rey estaba dispuesto a repudiar a su esposa y por otro la falta de heredero, así que le encargaron de convencer al rey que la dama de sus amores, la Montferrato, estaba dispuesta a satisfacer los deseos del rey y que se encontraría con él en un aposento que ella indicaría y celebrarían la unión completamente a oscuras, fin de que nadie pudiese verla.
Una vez que el rey estuviera en la alcoba, esperando a su enamorada, que en realidad sería la propia reina, el privado debería avisar al concejo de Montpellier que lo esperarían junto con la reina, acompañada de doce damas de las más distinguidas de la ciudad y doce doncellas las cuales irían, junto con los nobles, al encuentro del rey.
A toda esta comitiva acompañarían dos notarios, el obispo, dos canónigos y cuatro religiosos de reconocida bondad, llevando cada uno de los componentes un cirio en la mano. Todos conducirían a la reina hasta la alcoba en donde el rey esperaba y permanecerían en la puerta esperando hasta que rayase el alba, en perfecto silencio y recogimiento, momento en que el privado del rey abriría la puerta de la cámara y entrarían todos con los cirios encendidos, mostrando al rey que quien había yacido con él era su esposa, la reina María y que por la fe depositada en Dios y en la Virgen, aquella noche habían engendrado un heredero.
El caballero estuvo conforme en participar del plan y quedaron que en una semana se ejecutaría, no sin que antes todas las iglesias ofreciesen misas para la feliz conclusión y que todos los habitantes de Montpellier ayunasen el día antes a pan y agua con el fin de resultar propicios a Dios.
La verdad es que todo resulta rocambolesco pero así, y con muchísimo más lujo de detalles, está narrado por Muntaner que continúa preguntándose cómo era posible que con tantas misas, rogativas y pública exposición de lo que nobleza y clero se traían entre manos, el rey no hubiese llegado a tener oído de lo que se estaba tramando y solamente la explicación de la fe ciega que aquellos siglos imponían a los ciudadanos, era capaz de dar una explicación.
Transcurrida la semana, en la noche del domingo, la comitiva compuesta por casi cincuenta personas, llegó hasta la puerta de la cámara donde esperaba el rey, dejando entrar a la reina y permaneciendo todos orando. Al mismo tiempo, todas las iglesias de la ciudad permanecieron abiertas y a ellas acudieron numerosos fieles rogando a Dios por el feliz desenlace de la historia.
Rayando el alba, tal como habían planeado, entraron en la cámara cirio en mano, inundándola de luz, por lo que el rey saltó de la cama blandiendo su espada, pero al contemplar a las altas dignidades que invadían su habitación y que quien había yacido con él era su esposa, prestó oídos a las explicaciones que se le dieron, se conformó de buen grado y manifestó que si así había sucedido, ojalá quisiese Dios que la idea que habían llevado a cabo se cumpliese.
Pero el rey no debió quedar muy satisfecho de aquella encerrona, que de otra manera no se la puede calificar y aquel mismo día montó a caballo y se marchó de Montpellier.
El Concejo de la ciudad dispuso que las damas y doncellas que habían acompañado a la comitiva, no se separase de la reina hasta que no se produjera el alumbramiento y los notarios levantaron acta de cuanto había acontecido. Todos estaban convencidos de que aquel encuentro había sido fecundo.
La alegría al comprobar que la reina estaba embarazada fue grande y a los nueve meses fue aún mayor cuando dio a luz un infante al que pusieron por nombre Jaime que fue creciendo hasta transformarse, a la muerte de su padre en 1213 y con apenas cinco años, en rey de Aragón con el nombre de Jaime I, conocido como el Conquistador.
Nadie dudó que aquel nacimiento había sido obra divina y mucho menos cuando el nuevo rey se convirtió en el mejor monarca de la Casa de Aragón que anexionó territorios tan importantes como las Islas Baleares, el reino de Valencia y el de Murcia.

Pero, pasado el tiempo, todo toma un “tufillo” algo distinto. La creencia en el milagro no se sostiene hoy día y el conocimiento de los días fértiles de una mujer, no alcanzaba en aquella época, por tanto caben muchas dudas y la que con más frecuencia se presentará es la que más visos de realidad tiene y es que lo más probable es que la reina estuviese ya embarazada, fruto de algún amorío, que lo mismo que el rey por su cuenta, ella mantendría por la suya y así, urdieron todo para que pareciera  lo que en realidad no era.

sábado, 22 de junio de 2013

EL PLEITO DE LA LANGOSTA





Están viviendo en el centro de la Península, una verdadera invasión de polillas migratorias que cada año pasan por nuestras tierras procedentes de África y camino del norte de Europa.
Cuando he leído la noticia y he escuchado algunas tertulias en las que se ha tratado el tema, me he acordado de una historia ocurrida hace un tiempo y que guarda mucha relación con el suceso actual.
Hace años, me invitaron a la boda de la hija de un compañero de Segovia con el que guardo muy buena relación.
 La boda se celebró en la preciosa catedral segoviana y el convite, al más puro estilo castellano de comer hasta reventar, en una antigua abadía convertida en lugar de celebraciones multitudinarias.
Desde la catedral nos trasladaron en autobús hasta la abadía que estaba a unos veinte kilómetros, pues no era cuestión de volver conduciendo, aunque en aquellas fechas las cosas no estaban lo duras que lo están hoy.
Se trataba de la abadía de Santa María la Real de Párraces, un convento medieval de la orden de los Jerónimos que alcanzó durante los siglos XV y XVI una tremenda importancia al convertirse en un señorío de los llamados de abadengo, por ser un abad quien lo gestionaba y llegando uno de sus abades, el cardenal de la Cueva, a ostentar el cargo más importante de la jerarquía eclesiástica. Este cardenal estuvo a punto de ser nombrado Papa, en el año 1559, cuando fue elegido Pío IV.
La abadía era un lugar maravilloso, en donde la paz y la calma se respiraba por doquier, lógicamente hasta que empezó el convite, en el curso del cual, un comensal que con su esposa compartíamos mesa, me contó una historia singular sobre aquella abadía.

Vista general de la abadía de Párraces



La historia, que viene al pelo de lo que está ocurriendo con las polillas es esta.
Corría el año 1650 cuando todo el territorio que pertenecía a la abadía, llevaba ya dos o tres años soportando una tremenda plaga de langosta que estaba empobreciendo notablemente la comarca.
En un principio, los habitantes de todos los pueblos de los alrededores, se dedicaban, junto con toda su familia, a matar y quemar langostas, valiéndose de ramas de árboles, pero la cantidad de insectos era tal que en poco se la diezmaba con aquellas matanzas.
Terminado su ciclo vital, las langostas desaparecieron, no sin antes sembrar de huevos toda la zona. Como es natural, los insectos se reprodujeron y donde había uno, ahora eran cientos los que regresaron a los campos con mayor entusiasmo, si cabe, a devorar el trigo, la vid y toda clase de sembrados, volviendo a sumir a la población en una tremenda desesperación.
Como era muy natural en aquella época, se recurrió al poder divino de la iglesia y en la abadía se realizaron toda clase de diligencias, desde los conjuros y exorcismos, hasta el aspergio de los campos con agua bendita, procesiones, novenas, rogativas y toda clase de plegarias; además, se exhortó al pueblo para que cada uno suplicara y se encomendara a Dios, reformara sus costumbres y se arrepintiera de sus pecados. Como también es natural, la langosta no se enteró de todas las fuerzas espirituales que se lanzaban contra ella y siguió devorando los campos y esquilmando las cosechas.
En vista de la situación, se adoptó, por las autoridades eclesiásticas, una medida aún más drástica: había que excomulgar a las langostas.
Para ello se creó un tribunal en toda regla, con su juez y su fiscal, así como un abogado defensor de los insectos y bajo la advocación de los santos correspondientes, como no podía ser de otra manera, se iniciaron los trámites para proceder a la excomunión de los bichejos.
Después de aquella conversación con mi compañero de mesa, que resultó muy diluida en los vapores etílicos lógicos en la celebración, me quedó un leve recuerdo de todo, pero la noticia y la curiosidad por el hecho me hizo bucear en los archivos. Y así, encontré que en la biblioteca de El Escorial se conserva un texto del beato agustino Julián Zarco Cuevas en donde se recoge todo el proceso desde el nombramiento de los jueces y fiscales, hasta el procurador de la langosta.
Como el bachiller Manuel Delgado, cura del lugar, fiscal de la audiencia eclesiástica de la Abadía de Párraces y también juez eclesiástico, recoge minuciosamente en el pleito, a los daños que las langostas causaban en los sembrados habría de sumarse el gasto ocasionado para matarlas y el mucho tiempo que a esta tarea se dedicaba, abandonando otras más necesarias, dejando de observar los días dedicados al Señor, el empobrecimiento de las clases ya de por sí pobres desde el año anterior (1649), además del mucho daño a las Ánimas del Purgatorio, “porque menguados los frutos de la tierra no se hacen sufragios por ellas”; también “el mucho daño a las religiones mendicantes, hospitales, imágenes de devoción, ermitas y otras obras pías, porque no pueden los fieles acudir con sus limosnas” y por último que “no se sirven, como es razón y se debe las iglesias y ministros de ellas, por falta de ofrendas y obligaciones ordinarias”.
Pero como es natural, en aquella época donde todo era interpretar la Biblia y los Cánones y especular sobre todo lo ignorado, la polémica se inicia tras la apertura del pleito, porque, ¿a qué obedecía aquella infame plaga? ¿Era un castigo divino por los pecados de los hombres o la movía el demonio? Ahí estaba el dilema cuya solución requería distintos tratamientos.
Luego se planteaba otra controversia, pues la excomunión era acción dirigida contra los hombres y las cosas o animales que a él le estaban afectados, pero las langostas no estaban en esa categoría, ya que nada tenía el hombre de relación con ellas, por lo que la excomunión no habría de causarle efecto. Así, tras innumerables interpretaciones, razonamientos (¿razonamientos?), estudios de los textos sagrados y Dios sabe cuantas cosas más, se concluye en esta primera fase del proceso que la intención de la excomunión es la dirigir una súplica ferviente e invocatoria a Dios contra las langostas, condenando y maldiciendo a cualquier espíritu maléfico que las mueva.
Por su parte, el procurador designado para la defensa de los saltamontes, un vecino de un pueblo cercano llamado Bernabé Pascual, propone que se los juzgue piadosamente porque en el fondo son criaturas de Dios, carente de entendimiento que si se comen las cosechas es porque en ellas es lo natural, lo que, tímidamente, es un alegato a la razón, la cual le falta al nombrado procurador de las Ánimas del Purgatorio, otro vecino de la comarca llamado Esteban González, el cual demanda una condena contra las langostas por los perjuicios que causas a las benditas ánimas con el descenso de las aportaciones que los fieles con su diezmos y limosnas arriman a la Iglesia, así como la disminución de las misas que los devotos solían encargar.
A esta petición se adhirieron todos los pueblos de la comarca a través de procuradores designados en cada uno de ellos, lo que resultó una larga lista de peticiones de excomunión, pero el procurador de la langosta, su defensor, había lanzado una acusación velada que tras la petición de piedad, era necesario contestar y a eso se empleó el bachiller antes mencionado, el cual vino a decir que, efectivamente, las langostas eran criaturas de Dios y como tal tenían que alimentarse, pero que lo hicieran de las hierbas de los caminos y de los campos no cultivados, o de otros baldíos que no sirven ni a los hombres ni a los animales y en caso de que la cuestión fuera quién tiene preferencia para comer, si ellas o los hombres, era de justicia y razón que fueran ellas las que se quedaran sin hacerlo, pues aun siendo los dos criaturas de Dios, es el hombre el que está hecho a su imagen y semejanza.
Por su parte el procurador de la langosta no se arredra, ni se calla y especula con la posibilidad del castigo divino, como ya ha sido en otras ocasiones anteriores y añade que si bien es cierto que los frutos de la tierra son del hombre, demandándolo nuestros pecados, quiere Dios que se los coma la langosta para castigar en el cuerpo en beneficio del alma y que ésta regrese a Dios.
Tras declarar innumerables testigos, trasladar autos de una a otra parte y todo el demás trámite judicial, por fin se produjo el fallo en el que se dice que: “debemos condenar y condenamos a la langosta, así la presente como la venidera, a que sea desterrada de todos los términos y lugares de esta abadía y que no vuelva jamás a dichos términos y le damos plazo de tres días naturales en los cuales no hará ningún daño, lo que mandamos en virtud de santa obediencia y so pena de excomunión mayor.”
Como es natural la langosta o no se enteró, o hizo caso omiso a la orden de marcharse y siguió comiendo las mieses y los frutos.

Es lástima que no haya encontrado cómo se resolvió aquel problema, posiblemente con una helada a destiempo u otra causa natural que acabase con los huevos o las larvas de tan incómodos insectos, con lo cual la abadía se atribuiría el éxito de la operación que a juicio de lo que se lee, se monta fundamentalmente porque las arcas de tan religiosa institución se están resintiendo con la situación y no preocupan tanto los campos yermos como los dineros que están dejando de recibir.

sábado, 15 de junio de 2013

EL DEPORTISTA MEJOR PAGADO




Todos los años, la prestigiosa revista Forbes publica el ranking de los más ricos del mundo, de los empresarios que más dinero ganan y de los deportistas mejor pagados.
Como para todo hay quien no se conforma, un jeque árabe ha protestado porque no figura en dicha lista, a pesar de considerarse más rico que muchos de los allí relacionados, pero eso ha sido un caso excepcional, lo normal es que los que tienen mucho dinero quieren que nadie lo sepa.
Entre los deportista ocurre lo mismo y cuando nos hemos enterado ayer que Leo Messí, el número uno del fútbol mundial, ha defraudado al fisco unos cuatro millones de euros en temas de publicidad, nos preguntamos ¿cuánto gana este tío para defraudar esas cantidades?
Y es que los deportistas están entre las profesiones mejor pagadas del planeta. Cierto que son pocos los que alcanzan cifras de escalofrío, pero esos pocos ganan muchísimo dinero, que, curiosamente, no quieren compartir con nadie.
Este año, el atleta mejor pagado ha sido el boxeador Floyd Mayweather Jr. que por dos combates se ha embolsado 85 millones de dólares, después le sigue el que durante muchos años estuvo a la cabeza, el golfista Tiger Woods, luego el baloncestista Kobe Bryant. Luego están David Beckam y Cristiano Ronaldo que aun estando en ese puesto, cobra más de cuarenta millones de dólares al año. Eso en euros es una cantidad bastante inferior, como una tercera parte menos, pero aún así es una cifra astronómica que si consiguen mantenerla durante cinco o diez años, les quita los problemas económicos de por vida.
Es indudable que el boxeador no puede mantener ese caché por más de uno o dos años, en cambio, el golfista puede y de hecho el “tigre” está consiguiendo mantenerlo durante diez o quince años a pesar de la retirada de sus patrocinadores a raíz de sus problemas con el sexo.
Entonces, si aplicamos la aritmética, la cifra que se revela es de auténtico infarto. Tiger Woods, con ochenta millones al año, durante veinte años, ha ganado ni más ni menos que mil seiscientos millones de dólares, lo que serían unos mil cien millones de euros, que tampoco está nada mal.
Y así estaríamos ante una sociedad que se pirra por el deporte y no escatima esfuerzos para hacer multimillonarios a los deportistas de élite y entre ellos al deportista mejor pagado de la historia, el famoso Tigre, medio negro, que sin arriesgar nada, dando porrazos con un hierro o una madera a una pelotita, es capaz de meterla en un agujero situado a centenares de yardas (queda mucho más fino que metros), en menos golpes que nadie.
Pero eso no es verdad.
Cierto que los deportistas ganan mucho más que los ejecutivos, los científicos, o los profesores, por no hablar de funcionarios y eso nos encabrona notablemente, pero esa realidad incuestionable no es moda de nuestros tiempos: ha ocurrido así desde siempre.
Tanto que aunque nos cueste creerlo, el golfista Woods, tenido por el deportista mejor pagado de la historia, no le llega ni a la suela del zapato al que verdaderamente fue el atleta mejor retribuido.
Este dato me hubiera pasado desapercibido si no hubiera sido por mi natural inclinación a desentrañar la historia y, precisamente, leyendo historia, me enteré de la existencia de un personaje que había que investigar.
Estaba con un libro ameno y muy bien escrito, la Historia de España para escépticos de Juan Eslava Galán, cuando al hablar de Roma y sus costumbres, menciona la pasión romana por el circo y la existencia de un auriga que alcanzó grandes cotas de popularidad y que se retiró con cuarenta y dos años, habiendo ganado una verdadera fortuna.
Un auriga es, como todo el mundo sabe, un conductor de carros tirados por caballos que se conducía de pie, como vimos todos en la famosa película Ben Hur. Los carros podían ir tirados por uno, dos, cuatro, las famosas cuádrigas y hasta diez caballos y en función del número de animales, las carreras eran de más o menos carros.
El auriga vestía una túnica del color de la facción a la que pertenecía que eran cuatro: blanco, verde, azul y rojo, bajo la cual colocaba protecciones de madera y cuero que las más de la veces eran inútiles contra las tremendas heridas que se producían en los choques y vuelcos. La túnica se sujetaba con correas a las que ataba las riendas para poder manejarlas sólo con la mano izquierda y el látigo con la derecha. Al cinto portaba un afilado cuchillo con el que cortar las riendas en caso de accidente, cosa que se producía con mucha frecuencia y que acarreó la muerte del tribuno Mesala en la película antes mencionada.


Cuádriga en plena carrera

Fueron varios los aurigas que alcanzaron gran popularidad en el circo romano que, como es natural, era el más importante del imperio y todos los aurigas querían competir en él: Eutimi, Pannoni, Marcianus...; y sobre todo los más famoso: Comunis, Venusto, Poncio Epafrodito, Escorpo, Pompeyo Musculoso y Fortunato. Pero a todos ellos venció en numerosas ocasiones el protagonista de esta historia, el auriga más famoso de todos y el que más victorias obtuvo a lo largo de sus veinticuatro años de vida profesional y este auriga en cuestión se llamaba Cayo Apuleyo Diocles.
Conocido como Diocles el Hispano, nació en el año 104 en Mérida, capital de la provincia romana de Hispania Lusitania y con dieciocho años debutó como auriga en el circo romano de dicha ciudad. Pronto su fama lo condujo a otros escenarios más importantes y por fin debutó en el circo romano.
Ahora nos sorprendemos cuando nos dicen que un estadio de fútbol tiene capacidad para cincuenta mil o cien mil personas, aun cuando la población de nuestras ciudades es infinitamente superior a las que tenían en épocas romanas, pero el mismo circo de Mérida tenía capacidad para treinta mil espectadores, cifra muy superior a la población de la ciudad y el circo más famoso de cuantos han existido, el Circo Máximo de Roma, construido en el año 600 antes de nuestra era, y remodelado en muchas ocasiones, albergaba a más de trescientos mil espectadores. De la enorme popularidad que los circos y los hipódromos romanos gozaban dan buena muestra la cantidad de grabados y mosaicos existentes.
No todos los espectáculos circenses eran gratuitos, la mayoría eran de pago y solamente cuando el emperador o el gobernador de alguna provincia celebraba algún festejo que pretendía atraerse la simpatía popular, se permitía la entrada libre de los ciudadanos (panem et circenses). Además el circo era un lugar de apuestas, en donde se movían cantidades millonarias. Buena prueba de ello es la cantidad de dinero que algunos aurigas llegaron a ganar.

Maqueta del Circus Máximo

Es muy posible que en cualquier otra cultura, no supiéramos de este campeón circense tantos datos como conocemos, pero los romanos eran muy aficionados a anotarlo todo, ya sea en rollos o en lápidas y estelas, piedras esculpidas que se colocaban en los monumentos.
De Diocles se sabe por dos lápidas, la primera colocada por sus admiradores en el Circo de Nerón, en el actual Vaticano y que aunque ha desaparecido se conserva su contenido y por otra lápida colocada en el templo de Fortuna Primigenia en la actual Palestrina, a unos cincuenta kilómetros al este de Roma, ciudad a la que se retiró con cuarenta y dos años e inmensamente rico. Sus hijos le dedicaron una estatua en cuya base puede leerse: Caio Apvleio Diocli Agitatore Primo Factione Rvssato Natione Hispano Fortunae Primigeniae.
Por eso sabemos de su origen y de la facción para la que corría, la roja y con la que obtuvo 1.462 victorias, de ellas 1.064, singulares. Cada una de esas victorias llevaba aparejada un premio en metálico de hasta sesenta mil sextercios, moneda usada para cantidades ya considerables.
En la copia de la lápida del Circo de Nerón, se describen cuantas victorias obtuvo y en qué categoría, así como la cantidad percibida en cada premio, por lo que algún curioso y aburrido historiador, se ha entretenido en ir anotando las cantidades, cuya suma alcanza una cifra para nosotros difícilmente imaginable.
Según esas cuentas, Diocles ganó en su vida treinta y cinco millones, ochocientos mil sextercios. Como quiera que tanto la cantidad como la equivalencia nos es poco familiar, he tratado de buscar una posibilidad de realizar una equiparación. La mejor manera es la de comprobar en cuanto se cifraba el salario anual de una persona de tipo medio. Por ejemplo, un magistrado, o un alto funcionario de la administración, o un jefe militar, en el siglo II podía cobrar alrededor de los mil quinientos sextercios anuales (Escipión el Africano cayó en desgracia por haber malversado quinientos sextercios durante una de sus campañas). Un salario bueno podían ser mil sextercios al año.
Usaremos esta cifra, más redondeada y más próxima a la media para calcular cual sería la fortuna de Diocles a día de hoy.
Un sueldo en España equivalente al de los mil sextercios, sería de unos cuarenta mil euros anuales. Entonces, si un sueldo del mil en Roma equivale a otro de cuarenta  mil, los casi treinta y seis millones que ganó Diocles se pueden calcular por una simple operación que resulta de multiplicar los casi treinta y seis millones de sextercios por cuarenta, lo que arroja la increíble cifra de dos mil quinientos y pico millones de euros ¡más del doble de lo que ganará el mejor pagado de todos los deportistas modernos