martes, 9 de agosto de 2016

LA PRIMERA MARINA DE CASTILLA




Mirando el almanaque, cosa que los jubilados no hacemos mucho porque poco nos importa en qué día de la semana estamos, ya que nuestro calendario, para diferenciar un poco la monotonía de los días, tiene solamente seis domingos y un sábado, me he dado cuenta de que hoy es un día que en otro tiempo era grande en España y que ahora nos pasa casi desapercibido, de no ser en tierras gallegas.
Efectivamente, hoy es el día de Santiago, patrón de España, matador de moros e inspirador de la ruta religiosa más recorrida del mundo: El camino de Santiago.
Todo empezó con unos huesos hallados en el Campo de la Estela (Compostela) que inmediatamente fueron atribuidos al apóstol Santiago (recomiendo la lectura de mi artículo ¿Santo o hereje?, en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/04/santo-o-hereje.html).
Pero no es de eso de lo que quiero escribir hoy. Mi atención está centrada en un personaje tan oscuro como brillante, impulsor de grandes acciones a quien la historia se ha empeñado en ocultar.
Era esta persona don Diego Gelmírez, primer arzobispo de Santiago de Compostela, nacido hacia 1067, en el castillo de las Torres del Oeste, en Catoira, en donde su padre, Gelmirio, perteneciente a la baja nobleza, título que había obtenido guerreando al lado de la Iglesia, era el gobernador del castillo a las órdenes del obispo Diego Peláez.


Supuesto retrato del arzobispo Gelmírez


Diego Gelmírez, que también celebraría hoy su onomástica, junto con los Jaimes y Jacobos, destacó desde muy joven por su claro talento. Es muy posible que estudiase en Paris y en algunos conventos franceses de la orden de Cluny, dada la influencia que en su obra se advierte y la vinculación que siempre tuvo con esta orden.
Fue el verdadero precursor del Jacobeo, primer arzobispo de Compostela y promotor e iniciador de la construcción de la catedral actual, pues se estaba construyendo otra de estilo románico, a todas luces ya superado.
Siendo todo esto de enorme trascendencia para su Galicia natal, hay otro rasgo de su personalidad que a mi manera de ver fue muchísimo más importante.
Veamos cómo fue la historia.
Nos hallamos en el primer tercio del siglo XII, en plena Reconquista, aunque aún faltaría mucho para que los invasores árabes, empezaran a tomarnos en serio.
El territorio cristiano se reducía a la franja del Cantábrico, Galicia y unos escasos territorios más al sur que anteriormente habían dado lugar a los reinos de León, con García I y de Castilla con el conde Fernán González. La Reconquista se hacía descendiendo lentamente desde el norte, repoblando con cristianos los territorios conquistados, una batalla de vez en cuando y pocas novedades más.
Quiere esto decir que el proceso se desarrollaba por tierra. El mar no era protagonista en aquella época. Sucedía esto porque, afortunadamente, las costas cantábricas y gallegas no habían sido objeto de piratería naval, por lo que no se había creado la necesidad de defenderse de las invasiones nórdicas que llegarían algunas decenas de años más tarde.
Por supuesto que tanto en Castilla, León, Galicia, o como en Aragón, el otro poderoso reino, habían numerosas embarcaciones de todo tipo, que a su vez se dedicaban a las múltiples actividades derivadas del comercio marítimo, transporte de personas y, sobre todo, la pesca. Lo que no estaba organizada era una marina militar. Una marina para combatir al enemigo, dejando totalmente de lado la faceta mercantil que siempre había representado.
En ese momento histórico se sentaba en el trono de Castilla-León y Galicia, la reina Urraca I . No existía otra política que combatir a los moros meseta abajo, guerrearles y cobrarles tributos cuando se podía. El erario se destinaba a fortificar la frontera, amurallar ciudades y construir castillos en alturas inexpugnables, alguna carretera y un que otro puente para cobrar el pontazgo.
La producción artesanal se centraba en la fabricación de armas, aperos de labranza y enseres domésticos. El lujo era algo que salvo escasas personas muy relevantes, el pueblo desconocía.
Todo muy primitivo y casi de subsistencia. No había más problema que tener huestes abundantes y bien pagadas para seguir extendiendo los dominios cristianos.
Pero empezaron a surgir dificultades derivadas de las incursiones que los normandos y vikingos hacían, sobre todo en las costas atlánticas de Galicia, donde era muy sencillo adentrarse en las rías y esquilmar las poblaciones costeras, mal defendidas y situadas a la misma orilla de la ría, lo que las hacía muy vulnerables.
A estas incursiones han de agregarse las de corsarios moros que basándose en su hegemonía en casi toda la costa peninsular, osan adentrarse hasta Galicia en sus correrías.
El daño que causan estas incursiones afecta a todo Galicia y por supuesto al arzobispado de Compostela, cuya silla ocupa el arzobispo Gelmírez que conoce perfectamente las costas gallegas y sus embarcaciones y, como hombre culto que es, sabe que con los barcos que navegan por las rías o los que hacen recorridos más largos, de cabotaje, no es posible enfrentarse a las naves vikingas y moras.
Hay que construir barcos adecuados para la guerra, galeras impulsadas por fuertes remeros y ayudadas por velas, con espolones de hierro en la proa y cuarteles para protegerse de las flechas enemigas.
Considera el arzobispo que es necesario previamente crear unos buenos astilleros donde construir estas embarcaciones y así crea unas atarazanas en el término de Padrón, en Pontecesures, al fondo de la Ría de Arosa y se trae de Génova a un afamado constructor naval, Roger de Augerio, el que comienza a construir dos galeras que puedan adentrarse en la mar y perseguir a los piratas.
En 1115, estas naves están acabadas y en ellas se embarcan doscientos hombres a las órdenes del genovés, con una primera misión de limpiar las costas gallegas de piratas berberiscos.

Dibujo de una galera del siglo XIII

Actuando conjunta y ordenadamente, las dos nuevas galeras se imponen muy pronto en toda la costa gallega, en donde consiguen hundir e incendiar a numerosas embarcaciones piratas, consiguiendo un suculento botín y numerosos cautivos.
De todos los beneficios obtenidos por esta incipiente fuerza naval, Gelmírez obtiene la cuarta parte, lo que es cantidad nada despreciable. Con su clara visión, dedica los beneficios económicos a pagar las dos galeras y construir alguna otra y a los cautivos los emplea en transportar piedras para la construcción de la catedral de Compostela.
Limpias las costas gallegas, caen los cristianos en la misma tentación que aquellos a los que combatían y libres de ataques, se dedican a atacar ellos, es decir, se convierten en corsarios.
Como es natural, las represalias de los árabes no se hacen esperar y en 1120, se acercan hasta la Ría de Arosa, veinte naves moras, a las que se enfrentan las galeras gallegas, que las detienen a la altura de la isla de Sálvora, a la misma entrada de la ría, entablándose una lucha naval en la que los cristianos se apoderan de tres embarcaciones enemigas y hacen casi novecientos prisioneros, mientras el resto de la flotilla enemiga se da rápidamente a la vela.
En esta ocasión el arzobispo recibe un quinto del botín en dineros, especies y prisioneros.
Por un tiempo, la calma se asienta en las costas gallegas y eso hace que se descuide el mantenimiento y la construcción de nuevas galeras y en 1124, la situación es tan penosa que nuevamente el arzobispo ha de intervenir, pues las autoridades civiles ya se han demostrado incapaces de organizar una marina eficaz y combativa.
En esta ocasión, Gelmírez contrata a otro italiano, un piloto de Pisa llamado Fuxón, al que manda construir una nueva galera, más potente que las anteriores con la que meses más tarde y completamente armada, se inician nuevas expediciones contra los puertos en poder de los moros.
Los beneficios económicos de la primera correría de la nueva galera son enormes y el arzobispo recibe la décima parte del botín y como siempre, emplea a los cautivos para acarrear piedras y los dineros para construir nuevas galeras.
 Así, con planificación, actuación y órdenes concretas, nació la primera marina militar española, impulso y obra casi exclusiva de un miembro de la Iglesia con visión de estado y con arrojo suficiente para emprender cualquier acción.
Esas cualidades quedan debidamente recogidas en la trayectoria personal y profesional de Diego Gelmírez, cuyo primer cargo de importancia, cuando solamente tenía veinte años, fue el de secretario del matrimonio de Urraca I y Raimundo de Borgoña, nuevos condes de Galicia.
Quizás contó con la fortuna como poderosa aliada, sobre todo desde el nombramiento de Calixto II, como nuevo papa, dándose la circunstancia de que este papa era hermano de su primer jefe, Raimundo de Borgoña.
Es indudablemente reconocido por su contribución a que Compostela se considerara ciudad apostólica, circunstancia muy importante, así como que fuera el gran impulsor de Jacobeo.
Siendo arzobispo de Compostela se redactó el “Códice Calixtino”, famoso códice que fue sustraído de la catedral y posteriormente recuperado en fechas recientes y que todos recordamos.

Su figura tiene muchísimas más connotaciones en todos los terrenos, religioso, político y social, habiéndose convertido en uno de los personajes más influyentes e importantes de la Galicia medieval, pero de entre todas sus obras, la más desconocida y a mi manera de ver más importante, fue la creación de un cuerpo de marina con estructura y con formación militar, que además de contribuir muy positivamente en las tareas de Reconquista, se convirtió en la primera “Marina de Castilla”.

domingo, 31 de julio de 2016

EL "PIONONO" Y EL CROISSANT




Conversando anoche con unos amigos, uno de ellos comentó la historia del croissant, la cual era desconocida para mi. El tema me pareció interesante y esta mañana comencé desde muy temprano a recabar información que completé con la del otro pastelillo que compone este artículo.
Como lo tenemos muy cerca en el espacio y el tiempo, casi todo el mundo en España sabe que los “Piononos” son unos dulces parecidos a los bizcochos borrachos en cuanto a su composición, pero enrollados sobre sí mismos y con la parte superior de crema tostada.
¡Riquísimos! Parece que es seguro que su origen fue en la provincia de Granada, aunque de inmediato se desatan las dudas sobre quien fue su creador y tras leer este artículo, también su origen quedara como eclipsado.
Por su nombre, parece que no existe duda de que se quería agasajar al Papa Pío IX, al que los italianos llamaban Pío Nono y aquí castellanizando y uniendo el nombre y el ordinal, se usó para dar nombre a esta delicia de la repostería.
Pero su autoría está en duda, entre unas monjas de un convento de Santa Fe y un pastelero de la misma ciudad llamado Ceferino Isla, aunque es más que posible que ni las unas, ni el otro, inventaran realmente el dulce, que ya debía existir desde tiempos de la dominación musulmana, pasando por diversas concepciones, nombres y estructuras.
Dando por hecho que con su nombre se quiere agasajar al Papa y, también parece, que en los dos casos por un mismo hecho, cabe una duda en cuanto a su aparición, porque según consta en la documentación escrita que al respecto se conserva, tanto las monjas como Ceferino, dieron a la luz sus pastelillos en la década de 1890.
Pío IX fue el papa que en 1854 decidió, unilateralmente y porque así se lo permitía la capacidad de no errar nunca en materia de fe y costumbres, que la Virgen María fue concebida en el seno de su madre, Santa Ana, sin rastro alguno del pecado original que todos arrastramos.
El dogma de la Inmaculada Concepción de María acarreó inmensas oleadas de alegría entre los creyentes y por eso, el pastelero Ceferino Isla ideó aquel bizcochito borracho, de forma redondeada, como era la de su Santidad y coronó la parte superior con una crema tostada, queriendo simular el solio pontificio. Lo introdujo en una barquilla de blanco papel y ya estaba completa la imagen papal.

Típico “pionono” granadino

En el caso de las monjas la historia es muy similar y la cuestión es que en los escaparates de las pastelerías de Granada, primero, y de toda España, después, empezaron a proliferar los Pio Nono o Píos Nonos, que en sus primeros años se escribía con dos palabras.
Pero en el curso de la escritura de la novela titulada La Regenta, Leopoldo Alas “Clarín”, denominó al pastelito como “pionono” y desde entonces se le conoce así, por una sola palabra. Este dato arrastra a la controversia porque encierra una curiosidad más y es que La Regenta se terminó de escribir en 1884, antes, por tanto de que Ceferino y las monjas hubiesen dado a conocer su creación.
Treinta y seis años pasados desde la proclamación del dogma parecen demasiados para agasajar la idea del papa de liberar a la Virgen del original pecado, a menos que la inspiración no se hubiera hecho presenté hasta esa fecha, sobre todo porque, en la prensa madrileña, aparece una primera referencia al pastelillo, con fecha 28 de marzo de 1858, con una proximidad entre los dos actos mucho más comprensible. Además, el artículo, que se puede constatar, explica que la procedencia de la deliciosa golosina, no es de Santa Fe, Granada, sino de Cádiz.
Lo que si parece cierto es que la receta de los piononos de Santa Fe, alcanzaron la máxima popularidad porque eran menos empalagosos, más ligeros y mas bellos de estructura, lo que los hizo los más populares que los demás.
Mas bonita es la historia del Croissant, una especie de bollo que no tiene más especialidad que su forma de amasarlo, pues sus ingredientes son los mismo que para la bollería en general.
Todos pensamos que este delicioso bollo, que tostado con mantequilla y mermelada está exquisito, es un invento francés, dado que su nombre así parece indicárnoslo, pero lo mismo que con el pionono, nos equivocamos.
Es francés desde que la reina María Antonieta puso de moda el comer un dulce típico de su ciudad, Viena y trajo a su corte pasteleros vieneses para que enseñaran amasar y cocer tan exquisito bollo.
Así que fue Viena la ciudad en donde se inventó esta delicia y las circunstancias de su invención son tan curiosas como realmente históricas.

Magníficos croassants, con su forma de media luna

El imperio Otomano, en su afán expansivo, comenzó en el último año del siglo XIII, una serie de conquista que duraron hasta más allá del siglo XVII y que es un período conocido como las Guerras Turcas.
Después de haberse engullido los restos del Imperio Romano de Oriente (Bizancio), prosiguió su incursión por toda Europa Central, conquistando Rumanía, Hungría, Chequia, Eslovaquia y los Balcanes y, mucho más grave, sembrando un terror indescriptible en todas las poblaciones debido a la crueldad con la que se producían sus ataques y sus posteriores represalias.
En su avance imparable, consiguieron llegar hasta Viena, ciudad perfectamente amurallada que detuvo momentáneamente el ataque de los otomanos.
Corría el año 1683 cuando el imperio otomano, que contaba con  poderosos aliados como tribus tártaras, cosacos o con ejércitos de países sometidos, decidió dar el golpe definitivo al Sacro Imperio Romano Germánico. Formó así un ejército de más de ciento veinticinco mil hombres, con los que entró plenamente decidido y a las órdenes de Kara Mustaphá.
El veinticinco de julio de aquel año, el poderoso ejército aparecía frente a las murallas de Viena.
El Sacro Imperio, en el que reinaba Leopoldo I, no tenía tropas para enfrentarse al turco, por lo que pidió auxilio al Papa, para detener el avance de los infieles que ponían en peligro toda Europa.
En su ayuda acudieron España, Portugal y Polonia, juntado un ejército considerable, pero inferior numéricamente al turco.
Estos habían sitiado la ciudad de Viena, en donde se había refugiado el emperador Leopoldo, que viendo la inferioridad numérica, abandonó la ciudad dejándola a su suerte con una pequeña guarnición si bien muy armada con modernos cañones, de los que los turcos carecían.
El asedio duró dos meses en los que los vieneses sufrieron muchas calamidades en forma de hambres y enfermedades, pero otro tanto padecían los ejércitos turcos que no veían la forma de terminar con la resistencia austríaca.
En un último esfuerzo por vencer la resistencia de los sitiados, los soldados turcos comenzaron a horadar galerías subterráneas para llegar a los puntos clave de las murallas, en una labor de zapa que hacían solamente por la noches, para evitar ser descubiertos.
Pero dio la casualidad que muy cerca de las murallas había un obrador de panadería en el que varios panaderos trabajaban toda la noche para que al día siguiente hubiese pan caliente para la población.
En el silencio de la noche creyeron escuchar los débiles ruidos subterráneos que se producían en uno de los túneles, que casualmente pasaba por debajo de la panadería. Inmediatamente dieron la voz de alerta y toda la fuerza regular de la ciudad, auxiliada por numerosos vecinos, se pusieron a la tarea de detectar otros puntos por donde también se estuvieran excavando túneles y para cuando los turcos consiguieron acabar sus galerías, los vieneses los estaban esperando, causándoles tremendas bajas y sobre todo una gran desmoralización, que fue aprovechada días después, con la llegada de un ejército polaco al mando del príncipe Sobieski que presentó batalla, derrotando estrepitosamente a los turcos que abandonaron el asedio.
La noticia de que habparaderos fabricaron un bollo, con forma de media luna, insignia de las fuerzas turcasos puntos por donde ytambi bollo Ccreador.ían sido los panaderos los que se dieron cuenta de que se estaban horadando túneles, convirtió a este gremio en los verdaderos artífices de la victoria y para conmemorarla, el emperador Leopoldo pidió a aquellos panaderos que fabricaran algún bollo o pan, con el que cada año, por aquella fecha, festejarían su victoria sobre los invasores.
Los paraderos fabricaron un bollo, con forma de media luna, insignia de las fuerzas turcas, que es el que hoy conocemos como croissant.
Y con estas dos delicias de la repostería, deseo a todos los lectores una feliz digestión.


domingo, 24 de julio de 2016

EL BUSTO Y EL "PINGURUCHO"




Hoy hemos leído en la prensa que el ayuntamiento de Madrid, de clarísima ideología de extrema izquierda, tiene proyectado dedicar una calle a Mercedes Formica, conocida en el mundo de las letras por el seudónimo de Elena del Puerto. Era esta una mujer destacada en su época, jurista, periodista, novelista, feminista convencida, consiguió que en 1958 se cambiaran sesenta y seis artículos del Código Civil en todos los cuales se mejoraba la condición de la mujer española. Su único y gran defecto es que estuvo afiliada a Falange, organización de la que se desvinculó pronto, cuando comprobó que sus aspiraciones feministas no tenían allí cabida.
Aún con esa lacra en su pasado, va a dar nombre a una calle de la capital de España, con una composición consistorial de ideología contraria a los que esta mujer representara.
Tan extrema que otro ayuntamiento, esta vez el de Cádiz, de la misma ideología que el madrileño, hace unos meses retiraba de la entrada al Instituto de la Mujer gaditano, un busto de la misma Mercedes Formica que se había colocado allí en 2014.
La razón para la retirada es que era falangista.
Más que razón, diría yo, la sinrazón, porque con la que está cayendo, con lo que tenemos que soportar los ciudadanos cada día, con la cantidad de problemas que tienen  los ayuntamientos, que su preocupación sea retirar un busto, o cambiar el nombre de una calle, no deja de ser una sinrazón.
Cosas similares han ocurrido con demasiada frecuencia en los últimos cuarenta años y también el la larguísima etapa anterior y es que se conoce que debe ser un deporte al que, sin saberlo, somos los españoles muy aficionados.
En 1943, ya ha llovido, la ciudad de Almería retiraba, en presencia del entonces aclamadísimo caudillo, un monumento dedicado a los Mártires de la Libertad, pero no a unos mártires reciente, no, a unos mártires de ciento diecinueve años atrás.
Veamos qué ocurrió entonces.
En 1823, Fernando VII recupera el poder absoluto, como ya mencionaba en mi anterior artículo. “Vivan las caenas” era el grito que gustaba a una buena parte del pueblo español, que incluso pensaba que el rey se había quedado corto a la hora de ejercer el poder absoluto.
Tanto, que se produjo una sublevación de los realistas, contra el propio rey que se llamó “La guerra de los agraviados” o de los “malcontents”, en catalán, porque fue precisamente en tierras catalanas donde casi únicamente se dejó sentir.
Fue en realidad una birria de guerra que resolvió Fernando, trasladándose a Cataluña, donde con su sola presencia y el apoyo del ejército que mandaba el conde Carlos de España, militar distinguido en la Guerra de la Independencia, se resolvió prácticamente el conflicto con la rendición de casi todas las tropas que formaban el conglomerado de los malcontents.
Todo era un disparate, pues los motivos por los que estaban descontentos eran, entre otros, porque no se había restablecido la Inquisición, para seguir ajusticiando sin sentido de la justicia; porque el rey mantenía relaciones con los denominados “afrancesados”; por faltas de reformas para conservar el absolutismo, o porque estas eran muy tímidas, o porque las Milicias Realistas que creara el rey, no estaban suficientemente controladas.
Como se ve, todo en contra de lo que eran tendencias mundiales hacia la concesión de libertades y finalización de los regímenes totalitarios.
Los agraviados pensaban destronar a Fernando y colocar en su lugar a su hermano Carlos María Isidro, que sí que iba a misa todos los días.
Como es natural, al acabarse el periodo liberal, distintos movimientos europeos, en los que se habían ido engarzando los liberales españoles que tuvieron que huir de España tras el llamado Terror de 1824, y a los que habría que sumar los miembros de las llamadas sociedades de comuneros y los masones, comenzaron a subvertir el orden en España, pero con tanta timidez y poca contundencia, que nada pudieron contra las fuerzas realistas.
Y uno de esos movimientos, una de las más arriesgadas acciones, fue aquella que en Almería hizo que se levantara un monumento a los Mártires de la Libertad.
Estos mártires fueron un puñado de hombres que la noche del dos de agosto de 1824, zarparon de Gibraltar a bordo de tres falúas con dirección a Almería. Al mando del grupo de sesenta y cinco hombres, iba el coronel Francisco Valdés y la flotilla la dirigía un individuo, contrabandista de profesión y liberal de ideología, apodado “El Borrascas”. No sé que tal navegante era el contrabandista, pero se encontró un fuerte viento de levante que el hizo dar la vuelta y desembarcar en dirección contraria a la que iba: en las playas de Tarifa.
Allí, valiéndose de la sorpresa, asaltaron el presidio en el que había unos cien presos y otros tantos vigilantes, los cuales se pasaron casi todos al bando de los liberales. Pero les duró poco la alegría porque, muy pronto, se vieron rodeados por tropas españolas y francesas y unos días después los bloquearon también por mar.
Cuatro días después, el seis de agosto, liderados por el coronel Pablo Iglesias (nada que ver con otra cosa que no sea la casualidad), volvía a embarcar en Gibraltar un contingente de liberales, nuevamente con dirección a Almería, y esta vez a bordo de un bergantín británico llamado Frederic.
Era un grupo muy heterogéneo, conocido como “Los Coloraos”, por el color de la camisa que llevaban y en el que iban varios liberales extranjeros de reconocido prestigio, así como el director del periódico liberal madrileños llamado “El Zurriago”, que había tenido que cerrar con la llegada del absolutismo.
Pero ya no podía funcionar el factor sorpresa que acompañó a la operación de Tarifa y el buque fue seguido en todo su viaje y cuando fueron a desembarcar en Almería, las tropas realistas los estaban esperando.
Se desató un durísimo enfrentamiento y muchos de los coloraos murieron en la misma playa, mientras otros consiguieron huir hacia la sierra próxima. Allí fueron cercados y capturados todos.
Sin juicio y hasta sin tambor, el día veinticuatro de agosto, los veintidós coloraos capturados, fueron llevados hasta la Rambla de Belén, entonces fuera de la ciudad y obligados a ponerse de rodillas, fueron fusilados por la espalda.
El único que no murió aquel triste día, fue el coronel Pablo Iglesias, el único que fue juzgado en Madrid, siendo ahorcado el 25 de agosto del año siguiente.
Lo mismo que ocurrió con los coloraos de Almería, sucedió con los de Tarifa, en donde fueron capturados ciento sesenta y tras un juicio pantomima, fueron fusilados en las tapias del cementerio de Algeciras.
Años después, la ciudad de Almería encargó a un escultor, un monumento que celebrara aquel acontecimiento y en 1871 fue levantada una columna de mármol en la llamada Puerta de Purchena, en donde permaneció hasta 1899, en que se trasladó a la Plaza Vieja.

Foto de la época del Pingurucho en la Plaza Vieja

Allí permaneció hasta 1943, fecha en la que ya el deporte nacional de cambiar nombres, se ensañó con el infeliz monumento, que tiene tan escasa significación, que el pueblo almeriense lo bautizó con una palabra inventada por ellos: Pingurucho, a falta de otra denominación que aludiera con más acierto a su existencia conmemorativa.
Con la llegada del nuevo régimen democrático, el ayuntamiento de Almería, volvió a colocar la columna en la misma plaza, acordando que cada veinticuatro de agosto se celebre un acto conmemorativo por aquellos liberales que dieron su vida por restablecer la Constitución.
Todo lo acaecido con el famoso y repetido Pingurucho parece cosa normal, pero no lo es.
¿A quién, en 1943, molestaba ese monumento dedicado a unas personas caídas en aras de la libertad un siglo antes?
Yo creo que a nadie, solamente a algún terco y trasnochado fanático de esos que, siendo más papistas que el Papa, lo único que desean es congraciarse con el poder.
¿A quién molestaba en Cádiz el busto de Mercedes Formica? ¿A los mismo que agrada en Madrid?
Solamente a algún mezquino intransigente que tiene atravesado en la garganta, como si de la espina de un pescado se tratara, todo lo que le huela a época anterior, aunque esa época sea de hace dos años.
Solamente a un mentecato que busca mil explicaciones para que la bandera de España no ondee en nuestra ciudad y en su lugar lo haga la de la II República, la del Arco Iris o cualquier otra que no nos representa a todos, sino a los colectivos que a ellos les votan.

¡Lamentable!