viernes, 4 de noviembre de 2016

CONSTRUYENDO A LO GRANDE




La obsesión del hombre por ofrecer a sus dioses las construcciones más grandes que se puedan imaginar, parece surgir ya en la más oscura noche de los tiempos, incluso con la posibilidad de que sea de otros días muy anteriores a esa noche.
En cuanto el ser humano fue capaz de construir algo, erigió un monumento megalítico a los dioses. Lo más sorprendente es que esa vocación ha sido mundial y en todo lugar, en el que se haya desarrollado una civilización que se asentase en un territorio, con visos de permanencia, erigía monumentos a sus deidades.
Dólmenes, menhires y crómlechs…, salpican la geografía prehistórica de toda Europa; pirámides, zigurats, mastabas y otras construcciones religiosas, señalan puntos de la protohistoria en África, Eurasia y América.
Templos, iglesia, catedrales y mezquitas, pueblan todo el mundo moderno.
Siempre tratando de ser la mayor construcción, siempre procurando que el menhir o el obelisco sea el más alto, o que el dolmen tenga la mayor luz, o que los anillos de piedra del crómlech reflejen lo más exactamente posible las entradas de las estaciones o la posición de las estrellas.
Los lugares sagrados los eligieron los prehistóricos, las sucesivas civilizaciones fueron fiándose de ellos y reemplazando el lugar de culto a los dioses ancestrales, por los dioses que les iban llegando, como consecuencia de la permeabilidad de las culturas.
Cómo elegían los lugares, que con el paso de los siglos siguen mostrando un halo misterioso o mágico, es algo que ignoramos, como ignoramos con qué procedimiento contaron para transportar enormes bloque de piedra a unas distancias que asustan. Pero lo cierto es que antes, mucho antes de conocer el bronce o el hierro, serraron enormes bloque de piedra y los transportaron, a veces, por espacio de muchos kilómetros, sin conocer la rueda, hasta dejarlos depositados en el enigmático lugar elegido.
Esta es una de las muchas incógnitas con las que se enfrentan los estudiosos de las civilizaciones antiguas que han barajado teorías de lo más diversa, que tratamos de explicar.
La más recurrida y la más socorrida es la de que antes, mucho antes de que empezase nuestra prehistoria, existieron otras civilizaciones que alcanzaron un nivel tecnológico capaz de construir Stonehenge, las pirámides de Egipto y del Yucatán, las figuras de la Isla de Pascua, las esferas perfectas de Costa Rica, la de Bosnia o las de Nueva Zelanda, o la Piedra del Sur, de la que luego se hablará.
Estas civilizaciones, desaparecidas sin dejar rastro, o dejando un rastro que fue aprovechado posteriormente por civilizaciones venideras, ocultando aquel pasado, habrían alcanzado un alto nivel de desarrollo tecnológico que, siguiendo esta teoría, habrían recibido a través de visitas de seres de fuera de este mundo.
Es cierto que existen muchos grabados, relieves, jeroglíficos que describen perfectamente lo que ahora denominamos encuentros en la tercera fase, pero es algo tan especulativo que apenas merece la pena entrar.
Es mejor centrarse en buscar una forma que, hace tres, cuatro, o cinco mil años, egipcios, sirios, olmecas, celtas, etc., pudieran utilizar para cortar y transportar enormes bloques de piedra; pero eso no era todo: había luego que colocarlos en su lugar, subiendo al vértice de una pirámide o clavándolo vertical en la tierra.
Una de las técnicas que se ha barajado está centrada en los egipcios, los cuales, dejando de lado el controvertido trabajo de millares de esclavos arrastrando bloques de cuatrocientas toneladas, habrían sido capaces de dominar la fuerza del viento y usando enormes cometas, arrastraban los bloque de piedra con gran velocidad y maestría, subiéndolos a las pirámides a través de rampas perfectamente diseñadas.
Evidentemente, los egipcios conocieron la fuerza del viento y la aprovecharon en sus naves, pero una cosa es empujar una nave en el medio líquido en el que flota y otra muy distinta arrastrar una piedra de quinientas toneladas, aunque fuera ayudándose de rodillos, por cierto, de alguna madera que deberían traer de muy lejos, pues aparte de palmeras, en Egipto casi no hay otro tipo de árbol.
Otra teoría, muy interesante, escudriña en la posibilidad de que los egipcios y por transmisión de ellos, otras civilizaciones, hubieran conocido un método para ablandar la roca, hacerla manejable y volverla a solidificar en su lugar definitivo.
Alguno de los que lean lo que acabo de escribir estará pensando que quien esto escribe no está muy bien centrado, pero no es así.
En 1889, Charles Wilbour descubrió, en la una isla del Nilo llamada Sehel, una piedra con una larga leyenda. Esta inscripción es conocida como la “Estela de Famine”, o “Estela química de Jnum”.
En ella se halla una receta para conseguir un elixir que ablanda las rocas. El científico francés Joseph Davidovit, dice haber conseguido fabricar por este procedimiento roca artificial.
Según la misma estela, este sería un secreto revelado por los dioses, a los que estaríamos obligado a darles figura humanoide, vistiendo traje espacial y escafandra, tal como han sido muchas veces representados.
En caso de que la dicha fórmula funcionara, sería una buena forma de tratar la piedra, haciendo que se acoplase con exactitud milimétrica y formas caprichosas, porque de otro modo resultan un tanto inexplicables construcciones como estas:



La idea, que en principio puede resultar sorprendente, no está muy descaminada de lo que en definitiva ha ocurrido en la naturaleza con las rocas metamórficas, que son aquellas que han sufrido un proceso de transformación inducido por la temperatura, la presión y la existencia de agentes químicos.
Pero no siempre los constructores habrían utilizado esta técnica, pues hay evidencias de las canteras de las que la piedra se ha extraído, así como que no es fácil que dicha fórmula “filosofal” sirviera para todo tipo de roca, ya fueran de arenisca o de granito.
Los bloques de piedra más grandes que se han extraído, trasladado y colocado en su lugar, son tres curiosas piedras conocidas como “Trilithon”, cada una de las cuales pesa alrededor de mil quinientas toneladas.
Estas piedras se encuentran en las ruinas del templo de Baalbeck, una antigua ciudad fenicia dedicada al dios Baal, que luego pasó a ser griega y, por último, fue la ciudad romana de Heliópolis (Ciudad del Sol), en tiempos de emperador Augusto y que actualmente se encuentra en territorio de Libano.
Existen allí las ruinas de un complejo de templos dedicados a Júpiter,  Baco y Venus, unidos por dos grandes patios, uno de ellos de extraña forma hexagonal. Allí, en la base del gran patio, están colocados numerosos bloques de piedra de más de cuatrocientas cincuenta toneladas cada uno de ellos.
Pero no están sobre el suelo, sino sobre una base de dos filas de piedras mucho menores, perfectamente colocadas y sobre estas, otra fila de piedras de mayor tamaño y biseladas, sobre las que, por fin, van colocadas las llamadas “Trilithon”.
Esta construcción ciclópea ya estaba en Baalbeck cuando sobre ella construyeron los romanos los tres templos mencionados más arriba.
Seguro que ya estaban también cuando los griegos colonizaron la ciudad y casi seguro de que precedieron a los fenicios.
Qué civilización construyó esta especie de plaza sustentada por tan colosales piedras, es algo que se escapa, pero un detalle muy significativo se asoma a la ventana de lo enigmático: Aquella formidable construcción era para sustentar algo que estaría sobre el enorme patio.

Compárese el tamaño de las piedras con el de los dos hombres

La enorme diferencia entre el tamaño, el canteado, la colocación y la homogeneidad de las "Trilithon" y sus bases y la muralla que se construye posteriormente por los romanos sobre ellas es tal, que parece como si las primeras las construyeran un gran arquitecto y el mejor maestro cantero del mundo y las segundas dos peones de albañil poco cualificados, pero dejando aparte ese detalle: ¿Qué podría ser algo de tanto peso para necesitar un basamento tan sólido?
De inmediato entramos en el terreno de lo especulativo al no saber exactamente qué podría ser. Analizando el patio se observa que nunca hubo allí ninguna construcción, por lo que se infiere que no era para soportar algo permanente. Si por el contrario, era para soportar provisionalmente una carga, esta debería ser tremenda y transportable, por lo que viéndolo con la perspectiva de hace cuatro mil años, no se ocurre otra cosa que fuera una plataforma para aterrizaje y despegue de naves extraterrestres. Eso suponiendo que existan y que nos visitaran ya en aquellas épocas.
Es una hipótesis que no podremos comprobar, si bien los sucesivos descubrimientos arqueológicos pueden ir centrando el dilema.
Y eso ocurrió efectivamente con un descubrimiento posterior. Fue el de la famosa “Piedra del Sur”, la más enorme talla en forma de columna o base que jamás el hombre haya tallado.
Se encontraba tumbada con cierta inclinación en lo que parecía la cantera de la que fue extraída y que está situada a un cuarto de milla del templo de Baalbeck.
Algo debió ocurrir para que aquella piedra fuese abandonada repentinamente, pero la evidente intención estaba en transportarla hasta la plataforma del templo.
¿Qué extrañas fuerzas podrían mover aquella enorme piedra, si en los tiempos actuales la mayor grúa que se conoce solo es capaz de levantar mil doscientas toneladas?
Nunca lo sabremos, pero lo que en este caso queda claro es que estos ciclópeos constructores no utilizaban el extraño “elixir filosofal” capaz de ablandar la roca. Estos iban a transportarla en sólido, tal como se aprecia en la fotografía.

La Piedra del Sur

En la observación de este gigantesco bloque de más de dos mil toneladas, se aprecia un orificio circular, que no atraviesa el bloque, situado en el lado izquierdo de la parte más próxima. Podría ser un punto de anclaje para efectuar su tracción o desplazamiento, pero también podría ser para el ensamblaje definitivo en su lugar.

No lo sabemos, pero si hoy, con nuestra avanzada tecnología, no podríamos mover este bloque, ¿cómo iban a hacerlo ello?

viernes, 28 de octubre de 2016

EL SABIO MALDITO




Uno de los marquesados más importantes e influyentes en la España de la Reconquista fue el Marquesado de Villena.
Villena era, a finales de la Edad Media, una importante ciudad de la actual provincia de Alicante que se convirtió en la sede del primer marquesado de Castilla, en 1366, cuando el rey castellano, Enrique de Trastámara, se lo concedió a Alfonso de Aragón, por haberle ayudado a destronar a su hermano, el legítimo rey Pedro I, El Cruel.
Su poder era inmenso y se dice que tenía bajo su hegemonía a más de ciento cincuenta mil hombres y abarcaba partes importantes de las actuales provincias de Almería, Murcia, Albacete, Alicante, Valencia y Cuenca, lo que puede dar idea de hasta que punto llegaba su potencial.
Su primer marqués, don Alfonso, se consideraba con derechos sucesorios a la corona de Aragón cuando Martín I, El Humano, murió sin descendencia y sin nombrar heredero, situación peliaguda que se resolvió con el compromiso de Caspe que nombró rey a Fernando de Antequera.
Heredo el marquesado su hijo Pedro, casado con Juana de Castilla, una hija del rey Enrique de Trastámara, pero la envidia castellana le hizo caer en desgracia y tras fallecer en la batalla de Aljubarrota, el rey lo desposeyó de su marquesado, pero sus herederos continuaron ostentando el título de señor de Villena.
Pedro tuvo varios hijos, pero a esta historia el que importa fue Enrique de Villenaque ya en su tiempo sería conocido como el “Astrólogo”, el “Sabio” o el “Nigromante”.
Por parte de su madre era nieto del rey castellano, por parte de su padre, su familia se consideraba con derecho a la corona de Aragón.
Como se ve, por su ascendencia, Enrique pertenecía a una de las familias más nobles e importantes de Castilla y de Aragón.
Es evidente que había nacido predestinado para ser caballero, pero nada de la nobleza, la caballería, la guerra o la política, interesaba al joven Enrique de Villena.
Él prefería las letras y sobre todo, las ciencias. Muy pronto destacó como traductor y como poeta, casi al mismo tiempo que se especializaba en el estudio de la alquimia, la astrología y las ciencias ocultas.
La dedicación a estas disciplinas en los finales del siglo XIV, le acarreó inmediatamente fama de brujo, creándose un ambiente nada propicio que, sin embargo, inspiró y mucho, a autores posteriores.
Su obra se ha perdido casi en su totalidad, pues a su muerte, el obispo de Segovia, fray Lope Barrientos, por orden del rey de Castilla, Juan II, ordenó que hiciese un profundo expurgo en su biblioteca y taller de trabajo y se mandase a la hoguera todo aquello que no estuviera en orden con la religiosidad y sanas costumbres de la época.
No era precisamente el obispo hombre desalmado e inculto sino que, al contrario, versaba en materias diferentes, pero sobre todo relacionadas con el ocultismo, por lo que deseaba preservar buena parte de lo que ante sus ojos tenía. Por un lado la obediencia a su rey y por otro el amor a la cultura, hizo que encargase a la hoguera muchos de los libros allí encontrados, pero que preservarse muchos otros para “provecho de sabios venideros”.
Lo que no se quemó, fue celosamente guardado o no dado a conocer, por lo que decir de la obra de Villena que prácticamente desapareció, se ajusta a la realidad.
Dice de él Marcelino Menéndez Pelayo que no existe duda alguna de que Villena cultivó la ciencia verdadera y positiva, pero desconocemos, desgraciadamente, con qué adelantos contribuyó a engrandecerla. El filólogo e historiador español  se hace eco de un poema de Juan de Mena, poeta cordobés contemporáneo de Villena que dice:
Aquel que tú vees estar contemplando
En el movimiento de tantas estrellas,
La fuerza, la orden, la forma daquellas,
Que mide los cursos de cómo e de quando;
E uvo noticia filosofando
Del movedor e los conmovidos;
De fuego, de rayos, de son de tronidos,
E supo las causas del mundo velando;
Aquel claro padre, aquel dulce fuente,
Aquel que en el Cástalo monte resuena,
Es D. Enrique, señor de Villena,
Onra de España e del siglo presente.
!O ínclyto sabio, auctor muy sciente!
Otra e aun otra vegada yo lloro
Porque Castilla perdió tal tesoro
Non conoscido delante la gente.
Perdió los tus libros sin ser conoscidos,
E como en exequias te fueron ya luego
Unos metidos al ávido fuego,
E otros sin orden no bien repartidos.

Uno de los pocos libros que nos han llegado trata sobre astrología y otro sobre el mal de ojo, temas estos que en la época no eran bien recibidos, sobre todo si la astrología se distanciaba de la práctica de la Iglesia.
Sus dos obras más importantes son Los doce trabajos de Hércules y Arte Cisoria que no es otra cosa que el arte de cortar los alimentos a cuchillo, en donde no solo se explica como trinchar el pavo, sino que es un compendio de costumbres curiosas y un completo libro de cocina que, además, contiene normas de urbanidad y etiqueta en la mesa, tan alejadas en estos tiempos actuales.

Portada del libro

Entre otras cualidades, fue Enrique de Villena el primero en traducir al castellano la Eneida de Virgilio y las obras de Dante.
Por estas circunstancias sus contemporáneos no prestaron demasiada atención al personaje pero, a los pocos años de su muerte, numerosos alquimistas comenzaron a inventar y escribir libros que falsamente atribuían al de Villena, aduciendo que los habían hallado escondidos en su vieja biblioteca y fue creciendo el rumor popular de que el sabio había obtenido todo su poder por un pacto con el maléfico, como querían hacer ver los que lo reinventaban.
Comenzaron a correr leyendas fantásticas que dos siglos más tarde, dieron mayor popularidad al de Villena, como la de que habría perdido su sombra, burlándose así del demonio y del pacto que con él tenía.
Algo así le pasó al héroe infantil Peter Pan, que quizás perdió su sombra inspirado en esta leyenda.
No menos famosa fue la leyenda de la Cueva de Salamanca, en la que supuestamente había aprendido ciencias ocultas a cargo del sacristán que no era otro que el mismo diablo.
Lo que no había sido en vida, comenzó a inspirar a escritores de la talla de Juan Ruíz de Alarcón, Rojas Zorrilla, Quevedo, Juan Eugenio de Hartzenbusch, el de Los amantes de Teruel o el más reciente, Fernández Bremón.
Pero sin duda alguna, el hecho, supuestamente cierto, aunque bastante increíble, más sobresaliente de la vida de tan curioso personaje es el de sus dos muertes.
Ya se ha mencionado que mantenía un pacto con el demonio que tenía como finalidad última vencer a la muerte, volviendo a nacer, no estirando la vida en una  eterna juventud en la que se inspira el Fausto de Goethe.
Así, cuando le pareció que su última hora estaba cercana, tenía ya preparado un remedio alquímico para regresar a la vida. La única dificultad era que necesitaba ayuda para llevarlo a la práctica, así que se sinceró con su fiel sirviente, el cual le ayudó a preparar toda la estrategia necesaria para conseguir el fin.
Lo más importante que el sirviente debería hacer era ocultar su muerte. Nadie debería saber que había fallecido. Una vez asegurado de su muerte, debería bajar el cadáver al laboratorio y allí trocearlo en fragmentos inferiores a una onza. A continuación introduciría los trozos en un recipiente de cristal preparado al efecto que ya contendría un elixir especial y que enterraría en un montón de estiércol de caballo. Allí permanecería nueve meses, lo mismo que dura un periodo de gestación. Durante ese tiempo, el sirviente no podría dejar entrar a nadie en la casa y, lo más importante, se tendría que hacer pasar por el marqués, saliendo a pasear todos los días a la misma hora y con la misma vestimenta que su señor acostumbraba.
Muerto su dueño, el criado cumplió al pie de la letra las indicaciones de su amo, sin que le temblara el pulso en ninguna de ellas, salvo la de vestir sus ropas y pasear por las calles de la ciudad, en donde temía ser reconocido.
Pero se sucedieron diversos paseos sin que nadie notase la diferencia y el criado fue cogiendo confianza, hasta el extremo que saludaba a los conocidos con leve inclinación de cabeza y mano al ala del sombrero.
Pero unas semanas después, tuvo la poca fortuna de toparse con un sacerdote que llevaba el viático a un enfermo. La norma general era arrodillarse y descubrirse a su paso, costumbre que todos los viandantes ejecutaron, pero no así el criado que temió verse descubierto, pues podría ser reconocido, y continuó embozado en su capa y con el sombrero calado al paso del sacerdote.
Semejante acción causó estupor en los demás viandantes y algunos se acercaron a él, destocándolo de airada forma.
Inmediatamente se descubrió el engaño y sospechando que la suplantación de la identidad de su amo se debiera a la comisión de un hecho delictivo que tuviese que ver con la vida de su señor, lo llevaron ante el Santo Oficio, en donde fue debidamente “interrogado”.
Intentó el pobre sirviente mantener silencio, pero la simple vista de las máquinas de tortura, que generosamente le iban mostrando, acabó por rendir su resistencia y narró todo lo que había ocurrido y cómo lo único que hacía era cumplir las indicaciones de su amo.
Seguro que el estupor se apoderaría de los santos varones de la Inquisición, que antes de castigar al criado decidieron comprobar la veracidad de sus manifestaciones y se desplazaron a la casa del difunto marqués.
Allí, en el laboratorio, completamente cubierto de estiércol de caballo, el criado sacó la frasca de cristal en cuyo interior se veía un incipiente embrión humano.
Aterrados ante la extraña visión, el inquisidor ordenó su inmediata destrucción.
Dicen que cuando, roto el cristal, pisoteaba al embrión, se escuchó un terrible grito.

Sin ninguna duda que se trata de una leyenda tan falsa como la que más, pero indudablemente amparada en la fama maldita que tenía aquel sabio llamado Enrique de Villena.

viernes, 21 de octubre de 2016

LA TIERRA DE MARÍA SANTÍSIMA



Aunque ahora nos parezca extraño, aunque creamos que la Virgen María no nació con el pecado original, ese que todos traemos a este mundo como una extraña e inmerecida lacra, lo cierto es que hasta el 8 de diciembre de 1854, día en el que el papa Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada, la Santísima Virgen había nacido, para la Iglesia Católica, exactamente igual que cualquiera otra persona en el mundo. Pero a partir de ese día todo cambió: María, por decisión pontificia, había nacido sin el pecado que todos traemos.
Ni siquiera su hijo se había librado de él y tuvo que ir al Jordán para que su primo Juan lo bautizara.
¡Qué manía de retorcerle el brazo a las cosas normales! ¿Qué necesidad hay de complicarlo todo para hacerlo menos creíble aun?
Ni siquiera sabemos con certeza que todos nazcamos con un pecado, cuando ya estamos indultando de esa injusta herencia a una persona en la que hacemos coincidir algunos misterios más, tan enrevesados de por sí que los sustentan exclusivamente la fe. La Iglesia define la fe como creen en algo que no se ve; y yo añadiría, ni se comprende.
Pero no fue siempre así, muy al contrario. Después de dieciocho siglos y medio, un buen día, el papa, al que indudablemente iluminó aquella jornada el Espíritu Santo, cedió por fin a la presión de buena parte de la cristiandad, fundamentalmente española, andaluza y más concretamente sevillana y declaró a María “sine labe concepta”.
Así es que llevamos solamente siglo y medio adorando a la Inmaculada, contra los más de dieciocho en que se la adoraba pero sin ese reconocimiento.
Curiosamente, desde aquel diciembre de 1854, pocas Inmaculadas se han pintado, esculpido o glosado y, sin embargo, qué enorme cantidad de cuadros, imágenes, prosa y poesía de Inmaculadas salieron de los pinceles, las gubias y las plumas más grandes de España en aquella época, en la que la inmaculada concepción de María, aún no tenía el respaldo dogmático.
Y es que España y más concretamente Sevilla, fueron los adalides del reconocimiento del nacimiento de María sin ninguna mancha, pues estaba destinada a ser la madre de Dios.
La veneración a la Virgen es consustancial al nacimiento y expansión del cristianismo, pero dentro de esa veneración, corrientes fuertemente encontradas, defendían con ardor la absoluta normalidad humana de María, contra la singularidad del “sin pecado concebida”.
Y entre los grandes defensores de esta segunda posición se encontraba España y más apasionadamente Andalucía y dentro de la región, con mucho más ardor, Sevilla.
La historia data de cuando la ciudad del Betis era la capital financiera, económica y social de España, cuando controlaba el oro y la plata de las Indias y cuando decidía qué y quién se embarcaba y qué y quién se quedaba en tierra.
Al menos desde el siglo XIII, Sevilla se ha decantado por venerar a la Virgen Inmaculada y desde el cincel de los escultores, hasta la pluma o el pincel de escritores y pintores, se han explayado en ensalzar el mito concepcionista.
Los gremios, las romerías, las fiestas y las cofradías, tenían por patrona a la Virgen Inmaculada, sobre todo, con la llegada del Renacimiento.
Pero un buen día de septiembre de 1613, el prior del convento dominico sevillano “Regina Angelorum”, el padre Diego Molina, en la fiesta dedicada a la natividad de María, de la que, por cierto, se ignora completamente qué día fue, se le ocurrió, desde el púlpito de su iglesia y en pleno sermón, manifestar sus dudas sobre la concepción inmaculada de la Virgen.
No lo decía este prior dominico al buen tuntún, que era una opinión muy meditada y basada en los grandes “padres de la Iglesia”, entre ellos el siempre admirado Tomás de Aquino.
La polémica saltó de inmediato y el pueblo llano que, sin dogma, había venerado desde muchos años atrás a la Virgen Inmaculada, estalló de ira contra el dominico, posiblemente incitado por una hermandad de penitencia llamada del Santo Crucifijo e Inmaculada Concepción, que precisamente tenía su sede en aquel convento, en la actual calle Regina, muy cerca del palacio de Dueñas.
Inmediatamente se encontraron las posiciones de los dominicos, haciendo causa común con su prior y los franciscanos y jesuitas que lideraban la facción contraria, a la que el pueblo llano era mucho más adepto.
Este enfrentamiento religioso no siembre fue pacífico pues de cuando en cuando saltaban conatos o meros altercados, protagonizados por los más enfervorecidos defensores de una y otra postura.
Las clases más pudientes, las nobiliarias, los asentadores a Indias, comerciantes y gran parte del clero, estaban a favor de la Inmaculada; las clases más desfavorecidas no consideraban necesario purificar más a una Virgen que ya de por sí gozaba de todos los atributos para su adoración.
Pero los pudientes emprendieron una campaña en la que se hacía publicidad con los pocos medios que en la época se conocían y que era encargando cuadros y más cuadros a los pintores más afamados, Murillo, Velázquez, Zurbarán, El Greco, Rubens, por citar a los más importantes.
Encargando imágenes y esculturas a los más prestigiosos imagineros como Martínez Montañés, Pedro Roldán y su hija, Luisa “La Roldana”, Juan de Mesa, Alonso de Mena y otros muchos.
Poemas y letrillas a las plumas más fértiles, Lope de Vega o Góngora, entre otros.
Por entonces, la Iglesia dictaba ciertas normas que debían observar las tallas o los cuadros, en orden a reconocer inmediatamente las pinturas e imágenes de Inmaculadas, como era el pintar siempre a la Virgen con una túnica blanca y una capa o manto azul.
Los textos bíblicos pusieron el resto de la composición: la mujer joven, hermosa, revestida de rayos de sol, rodeada de estrellas y pisando una media Luna, completaron el canon, aunque a veces, la Luna se convierte en serpiente.
Con esos colores se identificaron numerosos pintores y escultores, pero algunos, menos sumisos, no dejaron de pintar estas vestimentas en otros colores, como el rojo, el negro y el verde.
El arzobispo de Sevilla, don Pedro de Castro, en el mes de julio de 1615, envió a Roma, una delegación formada por dos franciscanos, un canónigo de la Catedral y un representante del movimiento cofrade, que llevaban por misión conseguir de la curia apostólica que desautorizase a los dominicos, reafirmara la doctrina de la Inmaculada y sobre todo, conseguir que el papa declarase el dogma de fe al respecto.
Pero la Santa Sede no se dejó convencer fácilmente y pasaron casi dos años y medio para que diese una respuesta que alegró enormemente a los sevillanos y andaluces en general, pero que no llegó a contentarlos del todo.

La Inmaculada de Rubens, que no sigue el canon de colores

Dos años más tarde, en 1619, Felipe III, rey muy católico, envió a Antonio Trejo, un franciscano obispo de Cartagena, a que se entrevistase con el papa Pablo V y le explicase, además del enfrentamiento existente entre las posturas de distintas órdenes religiosas, o entre los propios obispos y arzobispos,  o las universidades y las autoridades civiles, cómo buena parte del pueblo había interpretado la pugna entre una y otra creencia y se estaba llevando la situación a un límite cismático.
El silencio pontificio se impuso de nuevo. No era necesaria la decisión papal para zanjar el asunto.
El nerviosismo que empezaba a contagiar a la sociedad española, impulsó a Felipe IV a emprender una nueva embajada, esta vez con el duque de Alburquerque, que acompañado por un teólogo franciscano llamado José Vázquez, se entrevistaron con Gregorio XV, para exponer las mismas ideas que ya se habían expresado a sus antecesores.
La intervención real en estas dos ocasiones da idea del profundo calado que tenía el tema en toda la sociedad española y la preocupación por aquella situación, que se podría ir de las manos en cualquier momento.
En vista de que la autoridad pontificia no se definía, la iglesia española, con la anuencia de los poderes laicos, proclamó, en 1644, que la festividad de la Inmaculada, era fiesta de precepto.
Sorprende la insistencia con la que estado e iglesia se confabulan con las masas sociales en orden a conseguir una cosa tan etérea como innecesaria. Cómo se lucha y con qué ardor, por conseguir un reconocimiento oficialista que no desmerecía en nada la situación anterior, cuando la situación política y económica del país más poderoso del mundo, se estaba yendo al garete.
Reyes que no querían saber nada de los asuntos de estado, los cuales dejaban en manos de sus validos, agarran la bandera del sin pecado concebida y hacen de ella su único fin en la vida.
Pero eso carece de importancia a los fines de este artículo que trata de poner en relieve cómo un movimiento ciudadano, nacido en Sevilla, se fue abriendo camino insistentemente hasta conseguir, más de dos siglos después, que la cristiandad pudiera venerar, por fin, a una María Inmaculada.

¡Eso era lo realmente importante y por eso mi querida Andalucía es la “Tierra de María Santísima”!