viernes, 2 de diciembre de 2016

LAS DUEÑAS DE ZAMORA



Mi primer destino como Comisario fue la histórica ciudad de Zamora. Allí pasé tres años disfrutando del destino más agradable que tuve a lo largo de mi vida profesional.
Amigos, charlas, historia, románico y gastronomía. ¡Menudo coctel se me presentó como venido del cielo!
Allí conocí a un compañero, docto aficionado a la historia con el que sigo manteniendo una estrecha amistad y que me enseñó muchísimas cosas de las ásperas tierras zamoranas.
Hace unos meses, llegó a mis manos un estudio bastante serio sobre un convento de la capital, el de las Dueñas y como es natural, de inmediato me puse en contacto con mi amigo y tocayo.
Como también es natural, él conocía perfectamente dicho convento, en donde yo mismo había comprado los exquisitos dulces que fabrican las monjas. Me contó una historia que el documento que yo había encontrado corroboraba perfectamente.
Hace ya unas décadas, mi amigo quiso hacer una investigación en los archivos del mencionado convento, para lo que se valió de sus influencias y consiguió que el obispado le diera una carta de presentación para la madre superiora de las Dueñas a fin de que ésta le permitiese la entrada a sus archivos y la investigación que se proponía llevar a cabo.
Con el salvoconducto obispal, mi amigo se dirigió una fría mañana, muy ufano, al convento de Las Dueñas, al otro lado del Duero, en el llamado barrio de San Frontis. Tras el protocolario acto de presentación, llegó la superiora a la que le fue entregada la carta del obispo.
La respuesta de la superiora dejó a mi amigo como hecho de piedra: Muy bien, pero el señor obispo no tiene ninguna autoridad en este convento.
Sentenció la madre, a la vez que alargaba la carta, devolviéndosela a mi amigo. Sorpresa, incredulidad, estupefacción, fueron sus naturales reacciones.
¿Cómo es posible que el obispo, la máxima autoridad de la diócesis, no tuviera potestad en aquel convento?
Eso era algo que ya aclararía, de momento era necesario camelar a la abadesa para que, de todas formas, le permitiera realizar su investigación. Pocas cosas hay que mi amigo no sea capaz de conseguir con la palabra y en aquella ocasión, aunque la abadesa se le resistió un poco, terminó permitiendo que realizara su investigación.
Era un archivo completamente virgen del que emergieron infinidad de datos que pasaron a engrosar la ya dilatada historia zamorana. Pero eso, evidentemente, es también otra historia.
La que ocupa este artículo está unida a la exagerada religiosidad que presentaba la sociedad castellana a principios del siglo XIII, hasta el punto que las órdenes religiosas empezaron a abandonar sus enclaves monásticos de los medios rurales aislados, en donde los monjes vivían observando estrictamente las normas de las distintas órdenes religiosas, pero que en casi todas se circunscribían a pobreza, ayuno, castidad y oración, para trasladarse a las ciudades. Se abandona el sentimiento de pobreza y se sustituye por la prédica y la mendicidad, acercándose a los más necesitados que suelen estar en los núcleos urbanos. Surgen así las órdenes mendicantes, representadas principalmente por franciscanos y dominicos.
A principios de ese mismo siglo XIII, llegó a Zamora Domingo de Guzmán, que con el tiempo sería conocido como Santo Domingo, fundador de la orden de los dominicos, quizás la que más fuerza ha tenido dentro de la Iglesia y a la que han pertenecido personajes tan relevantes como Santo Tomás de Aquino o San Alberto Magno. Domingo se alojó en casa de una tía, María de Guzmán. La intención que le había llevado hasta allí era abrir un convento de la orden que había creado, a orillas del Padre Duero.
El primer convento que había fundado era un monasterio femenino, en Francia, y a semejanza de aquél, quería hacerlo en Zamora.
Su tía y otra dama de la que se sabe se llamaba Sancha, se apuntan a la obra fundadora y ceden algunas posesiones con el fin de acoger a un grupo de mujeres, viudas en su mayoría, con las que se funda el Monasterio de Santa María de las Dueñas, bajo la disciplina de la orden de los dominicos y las reglas monacales de San Agustín.
Dueñas era el término que se daba a las monjas, o beatas, que vivían en comunidad y que solían ser mujeres de cierta posición social, muchas veces viudas de caballeros o ricos-hombres, que a la muerte del esposo no deseaban contraer nuevas nupcias; aunque también había otras a las que la viudedad no les había dejado nada más que el estatus social y telarañas en la alacena, por lo que recurrían al convento como medio de subsistencia.
Hacia mediados de siglo, las instalaciones que en principio se cedieron y que estaban en el interior de las murallas, se habían quedado pequeñas y se trasladaron fuera de la ciudad, al otro lado del río, a un amplio edificio adquirido por dos damas zamoranas, madre e hija. En aquel lugar, con las consiguientes reformas y adaptaciones, permaneció el convento durante siglos, hasta que en el pasado XIX se trasladaron al que aún ocupan y que en principio iba a ser un palacete que un hombre rico cedió a las monjas cuando estaba en muy avanzado estado de construcción.

Aspecto actual del convento de Las Dueñas

Surgió así lo que se podría clasificar como uno de los escasos conventos que respeta las llamadas reglas de San Agustín, pero bajo el manto exclusivamente dominico, orden religiosa que se había creado por Bula del papa Honorio III, en 1216 y en la que se reconocía su dependencia total del pontífice, quedando muy de soslayo la obediencia que debieran a los obispos y otros prelados; y así, las monjas de Las Dueñas, se resistían a acatar ninguna autoridad, ni episcopal, ni laica.
En el centro de Europa había surgido un movimiento similar al de las Dueñas. Eran las beguinas, mitad monjas, mitad laicas, que formaban comunidades de  mujeres de todas las clases sociales que optaban por recluirse en conventos y monasterios sin normas estrictas, como alternativa al matrimonio o la clausura. Sobrevivían de su trabajo como maestras, enfermeras, costureras, bordadoras, pasteleras y, sobre todo, de las múltiples herencias y donaciones que recibían y que pronto la Iglesia interpretó que, de alguna manera, eran escamoteos que se hacían a lo que podría ser su propio patrimonio.
Así que el convento de las Dueñas optó por la ecléctica solución de ceder al obispado de Zamora los diezmos y primicias, a cambio de no tener ninguna otra dependencia del poder episcopal.
En aquella época ocupaba la poltrona diocesana un obispo llamado don Suero Pérez de Velasco, muy allegado al rey Alfonso X, guardián del sello real y designado directamente por el rey. Quiere decir esto que era uno de los obispos más influyentes y poderosos del panorama que presentaba en esos momentos el reino de León.
Descontento con el cariz que iban tomando los acontecimientos, respecto de aquellas monjas que no acataban su autoridad, giró una visita al convento, por otra parte a escasos metros del palacio episcopal, aunque para llegar hasta el debiera cruzar el Duero.
Se hizo acompañar el tal don Suero del abad de Moreruela, convento de la orden cisterciense y el de Valparaíso, fundado por Fernando III, El Santo, que había nacido en aquel lugar (Peleas de Arriba), los dos conventos más importantes de la provincia.
Llegados al convento de las Dueñas, reúnen a todas en capítulo e imaginamos que llegarían amenazas y otras lisuras, por parte de los “pater eclesiastaes”, conminando a las díscolas monjas a volver al redil de la obediencia.
No debió terminar muy bien aquella reunión, porque don Suero aceptó que dos de las monjas más críticas con su postura, doña Gimena Rodríguez y doña Marina Roderici (posiblemente madre e hija), tomaran la dirección del convento, pensando que quizás volvieran a la obediencia. Pero no fue así.
Persistieron en su postura y no comparecieron cuando fueron citadas a dar explicaciones.
Mientras, recibían a sus “colegas” dominicos en sus celdas, se negaban a los rezos, salían del convento solas y no respetaban las horas, nombre que reciben en los monasterios los rezos que tenían lugar a lo largo de todo el día y de la noche.
El obispo, don Suero, quiso escarmentar a aquella comunidad y se personó nuevamente en el convento, comenzando a interrogar a las monjas, muchas de las cuales reconocieron que era verdad todo lo que se decía de ella, pero otras no solo no asumieron la autoridad del obispo, sino que se marcharon con sus amantes.
Tuvo que intervenir ante el Papa, entonces Honorio IV, la máxima autoridad de la orden dominica, quejándose del acoso que el obispo ejercía sobre un convento que no estaba bajo su autoridad.
Lo cierto es que el papa llamó al obispo don Suero para que en el plazo de cuatro meses se presentara ante él, en el Vaticano, orden que don Suero no pudo cumplir porque en ese período le sobrevino la muerte.
El convento siguió funcionando a su aire y sin acatar otra autoridad que la de su orden y, al parecer, y por lo que mi amigo me contó, así sigue siendo hoy día, porque lo primero que la abadesa le dijo y eso debe ser como el estandarte que tienden, es que “aquí el obispo no manda nada”.

La muerte súbita de don Suero se debió, probablemente, al berrinche que debió coger el obispo más poderoso del reino, cuando pudo comprobar que aquellas monjas, díscolas y pecadoras, tenían más poder que él.

viernes, 25 de noviembre de 2016

¿QUÉ LE PASÓ AL "VALBANERA"?


El “Valbanera” era un buque de vapor, mixto de carga y pasaje, que hacía la ruta de correo entre Barcelona y el Golfo de Méjico.
Fue construido en 1906 en unos astilleros de Glasgow, por aquellas fechas industria puntera de la construcción naval. El buque fue un encargo de la Naviera Pinillos, la compañía naviera más antigua de España, aunque actualmente está integrada en un grupo valenciano más potente llamado Boluda.
La Pinillos, como coloquialmente se la conoce, fue creada en Cádiz en 1840 por un emprendedor riojano de ese apellido que con la prosperidad de sus negocios, encargó la construcción de este magnífico buque al que puso el nombre de una virgen muy venerada en La Rioja. Por un error que no ha sido aclarado, los astilleros escoceses troquelaron en la proa el nombre del barco, escribiendo con “b” la segunda “v”, pues el verdadero nombre de la Virgen es el de “Valvanera”.
En noviembre de 1906, fue botado con éxito el magnífico y potente barco que en muy poco tiempo se alistó y entró en servicio.
Era un buque de vapor de ciento veintidós metros de eslora, provisto de camarotes de primera, segunda y tercera clase; los emigrantes pobres se hacinaban en bodegas, entre cubiertas, pasillos etc., sin ninguna intimidad. Tenía unas potentes calderas que proporcionaban una velocidad de crucero de doce nudos. No era un trasatlántico de lujo, sino más bien un buen barco para cubrir las necesidades migratorias y de correo ordinario, entre España y las Américas.
Capaz para mil doscientos pasajeros, en muchos viajes sobrepasó con creces esa cifra, lo que unido a los fletes de carga y los ajustados precios que ofrecía la naviera, hicieron muy pronto famoso al moderno buque.


Cartel publicitario del “Valbanera”

Pero sus singladuras empezaron a ir mal después de que durante la Primera Guerra Mundial, se hubiese ganado una merecida fama de crucero seguro y rápido. Es de considerar que la neutralidad de España en la citada contienda daba cierto viso de seguridad a nuestros transportes, tanto de pasaje como de materias primas y alimenticias, de las que Europa estaba profundamente necesitada.
Su nombre, con una falta de ortografía considerablemente abultada, suponía un detalle de mala fortuna en los medios marítimos y una contrariedad importante para la familia que, no obstante, deciden no corregir.
Su segunda contrariedad se produjo en julio de 1919 y fue la mayor lacra que sobre el buque pesaría.
Estando en La Habana, presto para embarcar el pasaje con destino a España, la gran demanda de plazas hizo que la avaricia se impusiera y sobrecargaron el buque con cuatrocientas personas más de las permitidas. El hacinamiento en la sobrecubierta, a la intemperie y las malas condiciones meteorológicas que acompañaron la travesía, produjeron una treintena de muertes a bordo, y sin otra opción, los cadáveres de los fallecidos iban siendo arrojados al mar, por falta de sistemas de conservación.
La sobrecarga y, sobre todo, las muertes, se convirtieron en noticia de primera página en la prensa Canaria, primer punto donde arribó el barco.
Los relatos de los emigrantes canarios que regresaban a su tierra fue espantoso, quizás acentuado por la publicidad que se estaba dando al hecho, pero lo cierto era que a bordo se había desatado una terrible epidemia de gripe que acabó con muchas vidas y no es lo peor, sino que, al no haberse tomado medidas sanitarias y continuar el buque su singladura, fue contagiando la enfermedad a cada puerto en el que atracaba. El resultado final fue una pandemia, es decir, una epidemia mundial que es tristemente conocida como “La Gripe Española”. La enfermedad se había detectado meses antes en Estados Unidos, pero fue el “Valbanera” quien la trajo a Europa y luego a todo el mundo.
La crisis de la compañía se cerró con el cese del capitán del buque, sobre el que cayeron, injustamente, todas las responsabilidades y el mando del buque se entregó a un marino joven pero muy acreditado que había mandado otros barcos de la misma compañía.
Y estamos ya ante lo que sería el principio del misterio que rodea a este barco. El diez de agosto de 1919, nada más asearlo un poco después del funesto viaje de la gripe, el “Valbanera” zarpó de Barcelona con una carga de tejidos, pero sin pasaje. Hizo su escala habitual en Málaga, en donde cargó vinos, aceitunas y frutos secos y en esta ocasión treinta y cuatro pasajeros. Tres días después zarpaba con destino a Cádiz, en donde subieron a bordo quinientos veintiún pasajeros.
Desde Cádiz, inició la travesía oceánica para llegar al puerto de Las Palmas el día diecisiete. Después de tocar varios puertos del archipiélago, emprendió la navegación del Atlántico, llevando a bordo mil ciento cuarenta y dos pasajeros y una tripulación de ochenta y ocho personas, dedicadas a todos los servicios propios del buque.
La gente de la mar es muy supersticiosa, conoce perfectamente que una vez dejado el abrigo del puerto, un barco en la mar está a merced de todos los elementos y cualquier cosa que ocurra saliéndose de lo normal exige una inmediata interpretación en forma de agorero pronóstico, pues casi todo suele interpretarse de forma poco favorable. Y en el “Valbanera” ocurrió que cuando realizaba la última maniobra en puerto canario, perdió una de las anclas; mayor infortunio y mala suerte no cabe para un barco que se enfrenta a una larguísima travesía.
Un último detalle que es más un rumor sin contrastar que una verdadera noticia, es que en el buque habían embarcado muchas mujeres que viajaban solas a las Américas, con la intención de dedicarse allí al oficio más antiguo del mundo, circunstancia que no guarda ventajoso crédito entre la marinería, siempre dispuesta a las malas interpretaciones.
La ruta que llevaba el “Valbanera” le debía conducir, en primer lugar a San Juan de Puerto Rico, para seguir luego a Santiago de Cuba, La Habana, Galveston (la ciudad que lleva el nombre del héroe de Macharaviaya Bernardo Galvez. Ver mi artículo sobre el personaje en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/el-heroe-de-macharaviaya.html ) y por fin, Nueva Orleans.
Hizo su primera escala en San Juan de Puerto Rico sin que se apreciara ninguna incidencia y el día cinco de septiembre atraca en Santiago de Cuba.
Han pasado pocos días y sin embargo algo parece haber cambiado muy sensiblemente a bordo del buque. Tanto, que setecientos cuarenta y dos pasajeros que llevaban billete para La Habana, se desembarcan en Santiago sin razón aparente.
Algunas escenas de histeria, individualizadas en principio y más generalizadas después, empiezan a darse entre los pasajeros, entre los que algunos presienten el hundimiento del buque. Parece que todo empezó con una niña que mostró desde el principio un nerviosismo que se fue trocando en histeria conforme el barco se acercaba a las Antillas y después de San Juan, tomó tal cariz, que sus padres decidieron desembarcar en Santiago, aunque querían llegar a la capital cubana. Como ellos, los más de setecientos pasajeros que quedaron a su merced en Santiago de Cuba, a casi novecientos kilómetros de su destino y con escasos recursos para el traslado a la capital.
En la tarde del mismo día zarparon hacia La Habana con cuatrocientas ochenta y ocho personas a bordo.
A principios del siglo XX no existía apenas predicción meteorológica y los fenómenos de la atmósfera se constataban cuando ya los tenías encima. Algo así debió ocurrir con un huracán que se acercaba imparable a las costas americanas. Alcanzó Puerto Rico cuando ya el “Valbanera” estaba en Santiago, con una virulencia tal que se le catalogó de fuerza cuatro.
Fue el único huracán del año 1919, pero fue devastador. La tarde noche del día nueve, el “Valbanera” consiguió llegar a la bocana del Puerto de La Habana y encendió luces morse para solicitar práctico.
Pero el puerto llevaba horas cerrado y no pudo atender la petición del buque español, que impelido por la fuerza del viento y quizás la intención del capitán de alejarse del centro de la tormenta, tomó rumbo norte, sabiendo que en aquellas latitudes, los ciclones tropicales suelen rolar al oeste cuando tocan tierra.
No se supo nada más del barco; ni un mensaje de telegrafía fue recibido en ninguna estación costera. No se sabía si el barco había naufragado o se encontraba a la deriva en cualquier punto de aquellos mares.
Especular y a toro pasado, no solamente es fácil, sino que viene siendo un deporte muy extendido y entre los pasajeros que habían quedado en Santiago, se oía que el barco venía muy escorado y que el capitán sabía que se aproximaba una tormenta tropical, pues había estado midiendo la presión atmosférica constantemente.
También testigos presenciales decían haber visto al buque navegar muy fuerte en dirección a La Habana, lo que hace suponer que el capitán sabía del peligro que se les venía encima, aunque es muy posible que creyera que no eran tan inminente.
Lo cierto es que días después, tranquilizada la mar, un guardacostas americano descubrió en los Bajíos de la Media Luna, en Cayo Hueso, el más meridional de los cayos de Florida, un mástil y la popa de un buque que sobresalían de la superficie. Estaba tumbado sobre estribor, la borda sobre la que decían escoraba el barco.
Allí el mar tiene escasamente doce metros de profundidad con marea alta y seis en la bajamar, por lo que todos los días del año se ve el esqueleto del pecio que se fue al fondo con sus cuatrocientas ochenta y ocho personas a bordo y de las que ninguna consiguió salvarse.

Una de las primeras fotos del “Valbanera” hundido


El hundimiento del “Valbanera” ha sido la mayor catástrofe marítima que en tiempos de paz, ha sufrido España.

viernes, 18 de noviembre de 2016

EL SILENCIOSO




España es tierra de poetas. Si repasamos la historia nos encontramos que en cada época hemos tenido grandes poetas que han enseñoreado nuestras letras y las han paseado por el mundo.
Desde el Cantar de Mío Cid, pasando por el Marqués de Santillana o Jorge Manrique, Lope de Vega, Góngora o Quevedo, hasta llegar a los poetas actuales, el recorrido es casi interminable. Sin embargo, en el lado femenino, encontramos un número considerablemente más bajo.
Dejando aparte la situación social de la mujer española hasta hace bien poco, circunstancia que la ha tenido muy apartada de la vida real, lo cierto es que pocas mujeres han destacado en el campo de la poesía: Santa Teresa de Jesús, Rosalía de Castro, Pardo Bazán, Carolina Coronado y algunas otras ya de nuestro siglo, forman el escaso glosario de poetisas españolas. De habla hispana hay muchas más y algunas magníficas, pero en el fondo, pocas, comparándolas con los hombres.
Esta deficiencia en el número de representantes es mucho mayor en la música y en otras artes, pero afortunadamente, en la actualidad, los dos sexos empiezan a compensarse y no ya por las obligaciones de la “paridad”, sino porque es mejor quien mejor lo hace.
Yo no soy partidario de compensar número de hombres y mujeres en ningún foro. Deben de estar los que más se lo merezcan.
Pero no es de paridad sino de una poetisa y novelista de quien quería escribir y hacerlo sobre una de las más afamadas: Carolina Coronado.
Nació esta poetisa de tan sonoro nombre, al parecer,  en 1823, en la extremeña ciudad de Almendralejo, donde unos años antes había nacido Espronceda, uno de los mejores poetas del romanticismo español. El día de su nacimiento no está debidamente centrado, pues desde el año 20 al 23, se barajan distintas fechas, todas, al parecer, imprecisas.
Siendo aún muy niña, su padre fue destinado a Badajoz como secretario de la diputación, pero poco duró este bienestar, porque acabado el trienio liberal, su padre fue encarcelado por los seguidores del régimen absolutista de Fernando VII.
En el seno de una familia acomodada, sin llegar a ricos, Carolina pasó su infancia y juventud aprendiendo lo que las jóvenes de la época aprendían y que tan importante era para cuando, alcanzada la madurez, tuvieran que hacer frente a toda una familia. Bordar, coser, algo de cocina, la forma de educar a los hijos y poco más, eran los aprendizajes de una joven que ya sentía en su interior la llamada de las letras y en las que se afanaba en los ratos que aguja y dedal le daban asueto y siempre a escondidas de su padre que no veía con buenos ojos esa inclinación literaria.
Pronto se conoció, en su más estrecho entorno, la habilidad para versar que la joven demostraba, pero su arte poético no hubiera sido decisivo si en su vida no hubiera ocurrido un grave incidente.
Carolina padecía la extraña enfermedad de catalepsia, que consiste en una muerte aparente que se puede sufrir por múltiples causas y que si actualmente aún no está perfectamente estudiada, hace casi doscientos años, no se tenía ni la más remota idea de cual era la causa y cual el remedio, si bien se conocía que tenía mucho que ver con la estabilidad emocional, de la que Carolina dio muchas muestras de carecer. Era nerviosa, poco equilibrada, de carácter cambiante. hoy se diría que era de una personalidad disociada.
Así, cierto día, cuando ya Carolina era una joven desarrollada, sufrió esta muerte súbita que a todos confundió, hasta el extremo de que se llegó a publicar una nota necrológica, en la que se glosaban los méritos literarios de la joven y el tremendo desastre que suponía la pérdida de un gran talento literario.
Pero Carolina “resucitó” al día siguiente para alegría de todos, y tuvo además, dos gratas experiencias como consecuencia de su repentina y breve muerte.


Retrato de Carolina donde se aprecia su belleza

La primera fue que pudo leer la noticia en el panfleto local y advertir cómo sus conciudadanos estimaban su poesía y la segunda, quizás más significativa en su vida, que el propio Espronceda, ya consumado poeta, supiese de la existencia de la joven que padecía tan extraña enfermedad y que tan bien manejaba la pluma, para coser palabras, como la aguja y el ganchillo para tejer.
Con el apoyo del poeta, Carolina se dio a conocer en círculos literarios y tertulias literarias, pero su condición de mujer no le facilitaba nada la publicación de sus obras.
Hasta 1843, no consiguió publicar sus primeras poesías, que le acarrearon gran fama y reconocimiento y le permitieron ser admitida en el Instituto Español de las Letras y en los Liceos de muchas capitales españolas.
El reconocimiento público de la poetisa abrió muchas puertas a otras mujeres y la cultura “empezó a democratizarse”, si bien todavía con restricciones en los medios escritos, donde se constreñían las creaciones femeninas a lugares poco propios de la prensa escrita, amen de que los temas sobre los que debían versar tenían que ser fundamentalmente afectivos, es decir: expresiones ante el dolor, el amor a padres o hermanos, afección por la muerte, etc., conservando, además un tono lineal, sin explosiones de pasión humana y con absoluta objetividad. Poesía castrada y tanto, que a una mujer poeta no se la llamaba así, sino poetisa, termino acuñado en aquellos años.
En el año siguiente, la joven Carolina volvió a tener un ataque de catalepsia y todos la volvieron a dar por muerta.
En aquella época, en la que los remedios médicos eran tan escasos y tan poco fiables para combatir las verdaderas causas de la enfermedad, los médicos siempre prescribían lo mismo: tomar aguas en algún balneario, viajar, lecturas evasivas, comida sana, vida reposada, a poder ser en entorno bucólico y alguna que otra sangría para compensar los humores del cuerpo.
Carolina estuvo viajando y apareció por Cádiz, en donde se quedó algún tiempo hasta que en 1850, se estableció con su familia en Madrid.
Allí conoció a un diplomático norteamericano llamado Horacio Perry, del que se enamoró perdidamente y con el que se casó dos años después, no sin antes hacerle el numerito de la falsa muerte, cuando el yanqui pareció no querer saber nada de ella.
En aquella época la llamada “religión mixta” era un impedimento dirimente para el matrimonio, así que los novios tuvieron que celebrar dos bodas, una por el rito protestante, en Gibraltar y la otra, católica, en París. Todo muy sencillo y además, a Horacio lo mandan a Lisboa, como representante consular.
Allí vivieron un verdadero idilio. Se instalaron en un palacete en la localidad de Poço do Obispo, conocido como el palacio de Mitra, cerca de Lisboa en donde nace su primera hija, Carolina y luego su hijo Carlos Horacio, que muere muy joven.

Salón del palacete de Mitra

Siempre fue la poetisa una enferma mental atormentada por la muerte y de tal manera obsesionada, que cuando años después, murió su marido, no lo quiso enterrar, sino que lo mandó embalsamar y lo colocó en una habitación de su palacete, en la que Carolina pasaba horas hablándole de todo lo relacionado con la vida diaria, desde cómo se comportaba su hija, hasta lo mal que les iban los negocios del incipiente telégrafo, en el que Horacio se había metido y en el que se iba despeñando, poco a poco, toda su fortuna, que no era nada desdeñable.

Como es natural, el difunto esposo, a pesar de aquel inmejorable aspecto de vida y salud que el embalsamamiento y los afeites que ella le aplicaba, le hacían parecer, estaba muerto y bien muerto, por lo que jamás respondió a las preguntas o los comentarios de la amante esposa, razón por la que ésta lo llamaba “El Silencioso”, eso sí, con todo cariño.