sábado, 6 de mayo de 2017

UNA CUEVA CON MISTERIO



Hace ya varios años, quince o más, a altas horas de la madrugada, el afamado locutor del misterio, como alguien lo llamó, Juan Antonio Cebrián, estaba emitiendo su programa La Rosa de los Vientos, que contaba con miles y miles de seguidores, a pesar de que se emitía sábados y domingos, a partir de las doce de la noche. Trataba en aquella emisión de la enigmática Cueva de Hércules, situada en el Callejón de San Ginés, en Toledo, cuando un oyente, tan enigmático como el propio programa, entró telefónicamente en la emisión del programa, para dejar a la audiencia totalmente sobrecogida.
Se conoce como la Cueva de Hércules a unos espacios subterráneos, abovedados, en el subsuelo del centro de la antigua ciudad de Toledo. Mucho se ha escrito sobre esta fabulosa cueva y algunos escritos, tan maravillosos como las antiguas leyendas, afirman que su nombre obedece a que su construcción fue obra Hércules el Egipcio, personaje entre la mitología y la realidad que se considera muy vinculado con Hispania, en donde habría sido desde creador de varias ciudades, entre ellas Cádiz y Segovia, y hasta constructor de emblemáticos edificios, como el faro que lleva su nombre, en La Coruña, o las bases en la que asientan en la actualidad el Alcázar y el acueducto de Segovia.

Juan Antonio Cebrián, durante la emisión de uno de sus programas

En esas cuevas, horadadas por él en la roca granítica del subsuelo toledano, impartiría su lecciones sobre magia y ocultismo y al marcharse de allí, dejaría una advertencia para cualquiera que quisiera profanar aquel lugar de culto y sabiduría, aconsejando que se abstuviera de entrar en aquel lugar si es que temía a la muerte .
Otras fabulas hablan del “Toledo Subterráneo”, una especie de submundo de túneles y grutas en el que se refugiaban los iberos, habitantes de la zona centro peninsular, para defenderse de las múltiples invasiones que amenazaron su tierra. Otras hablan de conexiones misteriosas con otras dimensiones y así, hasta no parar de especular.
Pero la más fantástica de todas es la que atribuye la construcción de las cuevas al mismo arquitecto que construyera el Templo de Salomón, el también mítico rey hebreo, cuya verdadera existencia hoy se cuestiona –ver mi artículo: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/existio-el-biblico-salomon.html.
Por razones que no se han explicado por los defensores de esta leyenda, Salomón habría trasladado a esta cueva gran parte de su tesoro, entre el que se encontraría la famosa “Mesa de Salomón”, una maravilla confeccionada en oro, con piedras preciosas y perlas, tan codiciada por templarios, esotéricos, herméticos, buscadores de tesoros y arqueólogos de todas las épocas y que tenía la extraordinaria particularidad de responder a cuantas preguntas se le hicieran sobre el pasado o el futuro.
Esas cuevas fueron usadas por los romanos y esto ya no es leyenda, sino historia constatada, como depósitos hídricos y según la “ciencia oficial” se construirían en la segunda mitad el siglo I. Dentro de las cavidades del subsuelo se construyeron depósitos, con sus correspondientes conexiones, aliviaderos, muros de contención, bóvedas de medio cañón y cuanto fue necesario para convertir el espacio en una aljibe que aprovechara las aguas de lluvia o de algún venero con el que abastecer a la población y que a la vez sirviera como fresco lugar de almacenamiento de determinadas mercancías.
Tras la invasión de los godos, al hacerse dueños de la Península, establecieron su corte precisamente en Toledo y aquellas aljibes fueron cayendo en desuso, quizás alimentado por toda la batería de leyendas que sobre las cuevas existían. Al convertirse al cristianismo el nuevo pueblo invasor, sobre el lugar que protegía la entrada a la cueva, posiblemente un torreón, se construyó una iglesia, dedicada precisamente a San Ginés, lo que dio nombre al callejón que quedaba ante la edificación, y en la que se habilitó un acceso a los subterráneos, protegido por una gruesa puerta, debidamente asegurada.
Por siglos, las puertas de la cueva se mantuvieron cerradas y la tradición imponía que cada nuevo rey que se sentara en el trono de Toledo, tendría que ir agregando un nuevo cerrojo a la puerta, con la promesa de no violar su entrada, so pena de iniciar una serie de desgracias que conllevarían al fin del mundo.
Así vino ocurriendo hasta que don Rodrigo se hizo con el poder en 710, tras derrocar a Witiza y sus partidarios, el cual, lejos de seguir la tradición con respecto a la cueva, profanó sus cerrojos y se introdujo en ella con algunos de sus más leales.
No se tiene constancia de lo que ocurrió realmente, pero algo muy grave perturbó el ánimo de los exploradores de la enigmática gruta, a los que se les vaticinó un cercano final.
Se cuenta que en un arcón, el propio don Rodrigo encontró un trozo de tapiz o tela en el que estaban dibujadas unas gentes de extrañas vestiduras, cubiertas sus cabezas con telas enrolladas y portando espadas curvas.
En efecto, un año después, los árabes, ayudados por los resentidos seguidores de Witiza, consiguieron llegar a la Península y atacar a don Rodrigo en la batalla del Guadalete (o de la Janda), venciendo estrepitosamente a los cristianos e iniciando la conquista que ya conocemos.
Respetuosos los musulmanes con las tradiciones esotéricas, en el tiempo en que Toledo estuvo bajo sus dominios, no se tiene constancia de que se profanara la cueva, aunque sí se convirtió en mezquita la antigua iglesia visigótica y no fue hasta 1546, cuando el arzobispo de Toledo, Juan Martínez Guijarro, filósofo, teólogo, matemático y hombre cultísimo, organizó una expedición para explorarla. Como la anterior exploración, ésta también acabó en tragedia, aunque en los anales de la ciudad no consta exactamente en que consistió, posiblemente debido al enorme poder de la Iglesia en aquellos momentos, que acallaría los nefastos resultados de aquella intrusión.
Hasta aquí, he pretendido narrar un poco de la historia de la cueva más enigmática de nuestro país y sobre la que se pueden encontrar multitud de publicaciones, estudios y artículos de difusión, ciertamente que sin demasiado rigor científico.
Pero algo está ocurriendo en los últimos quince años, porque el interés se ha vuelto a desatar, sobre todo cuando se han sabido cosas realmente curiosas que habían permanecido calladas durante mucho tiempo.
En 1940, iniciada la II Guerra Mundial, los alemanes habían tenido un fulgurante comienzo que los hacía suponerse vencedores del conflicto y amos del mundo. Así, enviaron a España, concretamente a Toledo, una expedición de la Unidad de Arqueología de las “SS”, que mandaba directamente Heinrich Himmler, con la intención de explorar la Cueva de Hércules y buscar la reliquia más sagrada y poderosa del rey Salomón, la famosa mesa, de la que ya se ha hablado.
¿Hasta qué punto deben de existir escritos ocultos que hablen de esa Cueva y sus tesoros, para que los alemanes le dedicasen una atención preferente?
Algo hay que desconocemos y ese algo quiere sacarlo a la luz una persona, de dudoso rigor científico que a veces desvaría en teorías “conspiranóicas” y que se llama Alberto Canosa.
Sobre esta última persona y sobre aquella incursión nazi, así como los secretos y misterio que la cueva oculta, trataba aquel programa de la madrugada de un domingo.
Cebrián, con su estilo tan personal, desgranaba los misterios que recorren la amplísima cueva, las conexiones que tiene con otros túneles, unos cegados por el paso de los años y los derrumbes y otros expeditos, que llegan a salir fuera de la ciudad de Toledo, a unas fincas privadas que en nada favorecen la investigación de tan complejo entramado subterráneo.
En ese momento, en el que se hablaba de la cantidad de misterios e incógnitas que encerraba la cueva, entró la llamada de un oyente. Dijo que se llamaba Pedro, pero ese no era su verdadero nombre. Quería preservar su identidad porque lo que iba a decir era algo de mucha trascendencia y no quería que se le identificase. Dijo haber estado varias veces en el interior de las Cuevas de Hércules, como parte de un equipo de lo que entonces se llamaba CESID (actual CNI) y que sabía muchas cosas que no podía contar.
Por mucho que el locutor trató de arrancarle información, el oyente no soltó ninguna prenda en concreto, pero manifestando de una forma en la que se veía que sabía de qué estaba hablando que el contenido de aquellas grutas nunca serán dados a la luz. Que los secretos y efectos que allí se contienen  son de tal magnitud que nunca serán hechos público. En definitiva, que habían sido considerado del más “Alto Secreto”.
Un corte del programa puede oírse en esta dirección: https://www.youtube.com/watch?v=r3Sf7OnRzZY.
Muy cerca de la Cueva de Hércules existen otras cuevas, posiblemente conectadas, sobre las que no se sabe mucho y sobre las que nadie parece querer aclarar su sentido.
En el año 2009, parte de las cuevas de Hércules fueron abiertas al público tras unas obras de conservación, pero se cerraron arcos que daban paso a otros espacios que continúan sin ser visitables.

Las cuevas tras las obras de conservación. Pueden verse los cerramientos de los arcos

¿Qué secreto contienen estas cuevas? ¿Por qué no se quiere ni se deja a nadie investigar sobre las mismas?
No lo sabemos y quizás, como dijo el enigmático Pedro, nunca lo sabremos

jueves, 27 de abril de 2017

CONEJOS Y ESTORNINOS




Dice el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua que una plaga es la aparición masiva y repentina de seres vivos de la misma especie que causan graves daños a poblaciones animales o vegetales, como la peste bubónica o la filoxera.
En una segunda acepción, define la plaga como calamidad grande que aflige a un pueblo.
No todas las plagas han sido obra de la naturaleza, muchas veces es la mano del hombre la que ha provocado una gran calamidad, queriendo intervenir en el curso natural de las cosas.
Eso pasó, por ejemplo, con el cangrejo de río americano, cuando se quiso repoblar los ríos españoles con esta especie, parecida a nuestro característico cangrejo, pero tan diferente, que acabó con la especie. Pasó con el eucalipto australiano que se puso de moda en caminos y parques y se plantó indiscriminadamente y ahora ha colonizado tanto el territorio que sus raíces causan graves daños en caminos, carreteras y viviendas.
Al fin y al cabo estas dos plagas pueden ser controlables, pero qué ocurre cuando se va de las manos; cuando no se puede controlar lo que en principio parecía una cosa fácil: un desastre, una verdadera calamidad. Como cuando se hace una barbacoa en el monte para diversión  de un grupo de amigos y se le descontrola el fuego extendiéndose hasta arrasarlo todo.
En el año 1859 en Australia no había ningún conejo. Su suelo estaba plagado de especies raras y únicas en el mundo, pero el común y vulgar conejo, no tenía un solo representante.
Los ranchos australianos eran inmensos, como lo es todo el continente y los granjeros dedicaban su tiempo libre a recorrer sus tierras acompañado de sus perros  para divertirse con la caza. Thomas Austin era un rico hacendado dueño de enormes terrenos que se divertía disparando a todo lo que se movía, pero echaba en falta la caza del suculento conejo, la liebre y la exquisita perdiz, que eran tan comunes en su Inglaterra natal.
Por eso, en 1859, mandó traer de Inglaterra una remesa de parejas de los tres animales y concretamente le llegaron setenta y dos perdices, cinco liebres y veinticuatro conejos, que soltó en sus tierras con la malsana intención de disfrutar luego matándolos en el dudoso deporte de la caza.
Lo que el señor Austin desconocía era la tremenda repercusión que su acción traería consigo.
Las perdices contaban con sus depredadores naturales que eran los reptiles y las rapaces, además de su escasa proliferación: una o dos camadas al año; las liebres quizás no se adaptaron bien al terreno, o la escasa población inicial no supuso un crecimiento anormal de la nueva especie, pero los conejos, con una alimentación abundante, sin depredadores naturales y con su extraordinaria proliferación, vinieron a constituir un problema de gran magnitud.
Efectivamente, una hembra de conejo alcanza su madurez sexual antes del año  y no entra en celo como las hembras de los otros mamíferos (igual que sucede con la mujer) y acepta la cópula con cualquier macho en todo momento, incluso estando preñada. Su periodo de gestación es de un mes, después del cual paren hasta catorce gazapos, a los que amamanta hasta que vuelve a parir.
En este ciclo que se puede repetir hasta siete veces al año, puede poner en el mundo más de treinta gazapos por término medio, teniendo en cuenta que la mortalidad en las primeras semanas es muy alta.



Retrato de Thomas Austin

Echando cuentas, nos encontramos que en el primer año pudieron nacer más de trescientos conejos, que si la mitad eran hembras y se reprodujeron al mismo ritmo, al finalizar el año ya habría cuatro mil quinientos y así, en progresión geométrica, bien alimentados y solamente abatidos por algún disparo del granjero Austin, en cinco años un millón y medio de conejos, moverían sus orejas en el suelo australiano sin otro temor que la puntería de los granjeros. El propio Austin había cazado veinte mil conejos en seis años, una cantidad insignificante para la población que había alcanzado.
Y se fueron extendiendo y reproduciendo y empezaron los problemas. Ya no había suficiente vegetación para millones de ejemplares y empezaron a entrar en huertas y sembrados, a horadar madrigueras en cualquier parte y a hacerse tan presentes que molestaban.
A principios del siglo XX el problema era tal, que en amplísimas zonas, la vegetación había sido arrasada, poniendo en peligro de extinción a otras especies animales herbívoras y llevando al limite de desertización lo que antes eran extensas praderas y afectando, sobre todo, a la cabaña ovina, principal fuente de ingreso ganadera.
Para evitar que su desplazamiento demográfico invadiera todo el continente se incentivó la caza del roedor, distribuyendo trampas, venenos, armas y munición hasta el extremo de hacerse capturas como la que se refleja en la fotografía que se expone más abajo.
Pero todo fue inútil y hacia 1887, aunque se llevaban abatidos veinte millones de conejos, la reducción  e la población era insuficiente y los pastos y huertos seguían estando en peligro.
Se ha calculado que la población de conejos llegó en los años veinte del siglo pasado, a los diez mil millones de individuos, cifra, desde luego, harto difícil de calcular.
Entre medio, se intentó todo, desde cercarlos, con una valla de metro ochenta de alto y más de cinco mil kilómetros, que los conejos salvaban sin ninguna dificultad construyendo túneles, hasta lo que, por fin, se mostró eficaz: la guerra bacteriológica.
En este caso, vírica, pues se usó un virus originario de Sudamérica, llamado “mixoma”, que produce la enfermedad conocida como “mixomatosis” que se trasmite por las pulgas y los mosquitos.
En pocos años, la enfermedad mató seiscientos millones de conejos, pero el daño causado a la cabaña ovina, a las otras especies herbívoras autóctonas y a la agricultura en general, fue irreparable.

Cacería de conejos

La otra plaga de la que va a tratar este artículo es mucho más refinada, más culta, podríamos decir.
Como hay gente para todo, alguien, no sabemos quien, se dedicó a la tarea tan improductiva como innecesaria de contar todas las especies de aves que se mencionan en las obras de Shakespeare. Algo trascendental, como el lector podrá apreciar y se llegó a la conclusión de que eran exactamente sesenta especies de aves entre búhos, alondras, cormoranes, ruiseñores, cuervos, pardillos… y estorninos.
Sesenta especies, que se dice pronto, incluso para Eugene Schieffelin, un neoyorkino, fanático de la obra de Shakespeare hasta extremos insospechados, que quiso tener volando en su ciudad y en su país todas aquellas aves mencionadas por su idolatrado dramaturgo y comenzó a hacer un recuento de las que ya se hallaban presente en los cielos de los Estados Unidos.
Casi todas vivían en tierras americanas, menos los estorninos, unos pájaros gregarios que forman sincronizadas y bellísimas figuras en el aire, cuando vuelan por millares, buscando sus lugares donde dormir.
Corría el año 1890 cuando el tal Eugene soltó en Central Park de Nueva York, sesenta estorninos, con la idea de que se reprodujeran. Un año después soltó otros cuarenta.
Intentó lo mismo con otras especies, pero no consiguió que se reprodujeran, ya por las condiciones climáticas, ya por la presión de los depredadores; lo cierto es que alondras y ruiseñores se quedaban fuera de la lista shakesperiana.
No sabía este señor que su amor por la literatura traería tantos quebraderos de cabeza a toda una nación.
Los estorninos se reprodujeron con suma facilidad y se adaptaron perfectamente al entorno y el hecho de volar en grupos los protegía de sus potenciales depredadores.
Pronto, enormes bandadas de estos bellos pájaros, se veían en los cielos de Nueva York y en muy poco tiempo en todos los alrededores; unos años después, en los estados limítrofes y por fin, desde Alaska hasta Méjico.
Con una inspiración tan literaria, era difícil que nadie se hubiera opuesto al proyecto, o que, en unos primeros momentos, hubiese tratado de controlar aquella invasión, pero décadas después, más de seiscientos millones de estorninos devoraban cada día el doble de su propio peso, esquilmando huertas, cultivos de cereales, frutas y cuanto se pusiese al alcance de su pico, incluso basura si escasean otros alimentos.

   

Dos bellas formaciones de bandadas de estorninos

Propietarios de granjas empezaron a quejarse y a alejar los molestos pájaros de sus tierras a base de escopetazos, algunos con un sistema de cohetería secuenciada que conseguía a medias su propósito.
Se empezaron a utilizar rapaces como halcones, milanos, azores, etc., que conseguían desplazarlos de zonas muy concretas, como los aeropuertos, en donde empezaban a constituir un enorme peligro. La mayor catástrofe aérea protagonizada por aves, fue precisamente por una bandada de estorninos que el cuatro de octubre de 1960, se introdujo en los motores de un avión que despegaba del aeropuerto de Boston, causando un accidente en la que murieron sesenta y dos personas.
Pero no es esa la única problemática ciudadana que presentan estas aves, que suelen concentrarse en los lugares de dormidas produciendo con sus cantos un ruido infernal que dificulta el descanso de quien tiene la poca fortuna de tener cerca de sus casas árboles altos y frondosos, en los que suelen pernoctar.
No menos desesperación producen en los propietarios de vehículos que encuentran cada mañana una sorpresa.

Defecaciones de los estorninos

Actualmente se cree que la población ha disminuido y solamente alcanza a unos doscientos millones de pájaros, lo que supondría uno por cada ciudadano de los Estados Unidos.

Uno, por uno, otra curiosidad y es que el estornino se menciona en las obras de Shakespeare ¡en una sola ocasión!, concretamente, en el drama “Enrique IV”.

jueves, 20 de abril de 2017

¿POR UNA CAUSA JUSTA?



El  catorce de enero de 1858, cuando el emperador francés Napoleón III y su esposa, la española Eugenia de Montijo, iban en el carruaje imperial camino de la Ópera Garnier, un anarquista italiano llamado Felice Orsini y tres cómplices, arrojaron tres bombas que produjeron ocho muertos y ciento cuarenta y dos heridos, algunos caballos despanzurrados y un carruaje para la chatarra, pero la pareja imperial salió ilesa del atentado.
Orsini, que resultó herido, fue detenido al día siguiente y guillotinado el trece de marzo del mismo año.
Un año antes, con ocasión de un viaje a Inglaterra, Orsini pidió al armero Joseph Taylor que construyera seis bombas que el mismo había diseñado. Se trataba de una bomba arrojadiza que explotaba por impacto, cuando unos resaltes cargados con fulminato de mercurio, el mismo que se utilizaba como “flash” en las primitivas fotografías, iniciaban la explosión de la pólvora que contenía.
Era un artefacto ingenioso que no necesitaba mecanismos de explosión retardado, lo que la hacía efectiva, sin programación previa, en el momento de su utilización. Sin embargo, como se verá, algunas de estas bombas no llegaron a explotar.


Bomba Orsini

Años mas tarde, las bombas Orsini se habían popularizado tanto, que eran la bomba habitual de los anarquistas.
En España se utilizaron varias veces este tipo de bombas, siendo las más famosas las que se usaron por el anarquista Santiago Salvador Franch en el teatro del Liceo de Barcelona.
El final del siglo XIX y el principio del XX fue un época dura, violenta. En una España convulsa, las ideas anarquistas, importadas principalmente de Italia, habían arraigado en zonas muy concretas, pero sobre todo en Cataluña, Levante y Andalucía. Los anarquistas empezaron primero con encarnizadas huelgas, cuya intención era más acabar con los beneficios de la producción, en manos de los aborrecidos burgueses que conseguir mejoras sociales o salariales para ellos mismos. Al no conseguir por estos medios su propósito de descabalgar a la burguesía, dieron paso a los robos, atracos a mano armada y atentados, y dentro de estos, a los más sangrientos: los cometidos con bombas.
Circulaba en manos de las células anarquistas, un libelo llamado El Indicador Anarquista que era un compendio de directrices e instrucciones en donde, entre otras cosas, se enseñaba a fabricar bombas Orsini, e incluso había un par de relojeros en Barcelona que acoplaban un dispositivo de relojería para una explosión retardada.
1893 fue un año especialmente sangriento. Se había atentado contra la casa de Cánovas del Castillo, que seis años después fue asesinado por los disparos del anarquista italiano Angiolillo, cuando se encontraba en un balneario de Guipúzcoa descansando.
Ese mismo año, el veinticuatro de septiembre, el anarquista Paulino Pallás, arrojó una bomba Orsini en una parada militar en Barcelona, con la intención de matar al gobernador militar de Cataluña, el general Arsenio Martínez Campos, autor de la proclama por la que se reinstauró la monarquía tras la Primera República.
El general Martínez Campos salió herido levemente, pero como resultado de la explosión murió un guardia civil. El autor fue detenido y en su juicio alegó que lo había hecho para vengar a tres compañeros anarquistas, ejecutados en Jerez de la Frontera el año anterior.
Como prensa estúpida y sensacionalista la ha habido siempre, algunos periódicos presentaron a Pallás como un héroe y un mártir de la causa, hasta el extremo de exacerbar los instintos de algunos de sus correligionario, como el referido Santiago Salvador, que con unos compinches quiso incluso robar el cadáver de su amigo y compañero para que fuera venerado en círculos anarquistas.

Fotografía de Santiago Salvador

No se conoce muy bien cómo este joven, nacido en Castelserás, un pueblo de Teruel, en el Bajo Aragón, muy próximo ya a Cataluña, que en aquella época tenía poco más de dos mil habitantes y en el que sus padres eran unos agricultores acomodados, había llegado a radicalizarse tanto en el anarquismo.
Sí se conoce que con dieciséis años tuvo que abandonar su pueblo por haber tratado de matar a su padre y marchó a Barcelona, en donde ejerció varios oficios, incluso el de contrabandista, en ninguno de los cuales parece haber cuajado. Como no tenía medios de subsistencia, se dedicó durante un tiempo a los robos, por lo que fue detenido en alguna ocasión y debió ser en la cárcel, cuando por contagio de algún otro recluso, encontrara en el anarquismo un medio de justificación a sus tropelías, pues el movimiento anarquista vivía de los atracos y robos que sus integrantes efectuaban.
Ante la imposibilidad de robar el cadáver de Pallás, decidió vengar su muerte, para lo que el día siete de noviembre, un día frío y lluvioso, vestido como un obrero y con una bata o blusón amplio, de color gris que los artesanos solían usar, entró en el Palacio del Liceo de Barcelona llevando escondidas en una faja, dos bombas Orsini. Subió hasta el quinto piso y allí, en “el gallinero”, esperó el momento propicio para cometer el atentado.
Evidentemente las bombas irían dirigidas al patio de butacas, donde se concentraba la burguesía catalana que tanto escozor producía en el anarquista.
Y el momento propicio lo encontró al final del segundo acto de la ópera Guillermo Tell, que era la que se estaba representado y cuando el público ovacionaba a la cantante, arrojó la primera de las bombas que pulverizó cuatro asientos y destrozó otros muchos a su alrededor, causando veintidós muertos y treinta y cinco heridos.
En ese momento de gritos, carreras, humo, sangre y todo lo que una explosión conlleva, arrojó la segunda de las bombas, que vino a caer en el regazo de una señora que ya estaba muerta por la explosión. La bomba rodo por el suelo inclinado del Liceo y fue recogida intacta.
Con el revuelo formado, Salvador pudo escapar del teatro, que fue rápidamente cerrado y después de deambular varios días por distintas poblaciones, se fue a Zaragoza, a casa un primo llamado Julio Sánchez, que vivía en la calle San Ildefonso 23.
Pero el terrorista no es nada si no proclama sus actos y el de esta historia se dedicaba a ir contando, a quien le quisiera escuchar, que él había sido quien tiró la bomba del Liceo, porque había que acabar con la burguesía.

La prensa internacional se hizo eco del atentado

Como es natural a los pocos días, y más concretamente el uno de enero de 1894, la policía irrumpió en el domicilio donde Salvador se encontraba acostado. Para que no lo cogiesen vivo, ya que los anarquistas temían las torturas a las que decían que los sometía la policía, llevaba siempre un revolver cargado, con el que se disparó en un costado y trató de beberse un veneno de un frasco ya preparado, lo cierto es que el disparo le produjo una herida leve y el frasco no se lo llegó a beber.
Como es natural fue encarcelado, enjuiciado y sentenciado a muerte.
Al preguntársele si al arrojar la primera bomba no se había sobrecogido al ver el dramático escenario que se presentaba, con cuerpos ensangrentados y gritos de terror, el anarquista respondió con una flema que hace pensar en el irregular funcionamiento del cerebro de estas personas, que en un primer momento se quedó impresionado, pero en seguida se sobrepuso y arrojó la segunda bomba, porque creía que actuaba por una causa justa, como era acabar con la burguesía.
Eso mismo repitió en la prisión, hasta la saciedad, a dos sacerdotes que quisieron conseguir su arrepentimiento y que no lo lograron y a los que decía que hasta Jesucristo, en caso de que hubiera existido, sería anarquista.
Salvador fue ejecutado a “garrote vil”, el día veintiuno de noviembre de 1894, un año después del atentado, en el llamado “Patio de los cordeleros”, por el verdugo de la audiencia de Barcelona, Nicomedes Méndez.
El famoso cuadro de Ramón Casas denominado Garrote vil y pintado por aquellas fechas, muy bien podría corresponder a la ejecución de Salvador.

El cuadro de Casas, Garrote vil

Dos curiosidades adornan esta historia: la primera es que en el Museo Histórico de Barcelona se exhibe una bomba Orsini de la que se dice que fue la que no estalló en el atentado del Liceo. Esto es falso, según se ha podido demostrar hace ya unos años. La bomba que no estalló se la llevó a su casa el secretario de la Audiencia Provincial de Barcelona, Pedro Armengol Cornet y actualmente está en manos de su familia
La segunda, ronda en torno a la ópera que se representaba: Guillermo Tell, casualmente era la misma ópera a la que se dirigía Napoleón III, cuando Felice Orsini le impidió disfrutar de su diversión preferida, arrojándole una bomba que desde entonces lleva su nombre.
 ¿Por qué he contado todo esto?
¡Ah, sí!, porque hace muy pocos días hemos tenido que soportar las declaraciones del llamado “El Carnicero de Mondragón”, autor de diecisiete asesinatos y cuyo nombre me resisto a escribir, en las que decía, además de no estar arrepentido de nada, que no se consideraba un asesino, sino un ejecutor, que desconocía los nombres de sus víctimas y no iba a pedir perdón.
Seguramente que este canalla también actuaba por una causa justa.