viernes, 6 de julio de 2018

LA ZORRA GUARDANDO GALLINAS





En el año 1820 el “proceso independentista” era una realidad en nuestras Colonias Americanas.
José San Martín y Simón Bolívar, ambos militares españoles con ansias de independencia y sobre todo de revanchismo, tenían la rendición de Perú a la vista.
La Revolución Francesa y la guerra de la Independencia norteamericana habían abierto los ojos al independentismo y desde el famoso “Grito de Dolores” de 1810 (ver mi artículo: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/search?q=el+grito+de+dolores), Hispanoamérica era un hervidero.
En Lima estaban las cosas muy mal. España había abandonado a las Colonias a su propio destino y éste era el de sucumbir al avance del independentismo. Había reductos de resistencia que se oponían a los insurrectos, pero lo cierto es que las tropas realistas, sin medios materiales y humanos y sin suministros militares de ningún tipo, iban claudicando. En vista de que el enemigo estaba a las puertas de la capital del virreinato, el virrey del Perú, José de la Serna, tenía dos opciones: o entregar Lima a San Martín, que venía eufórico después de “liberar” Argentina y Chile, o bien retirarse con los restos del ejército realista hacia el interior, Cuzco, Potosí o Jauja y continuar la resistencia.
Cualquiera de las dos opciones era una afrenta al honor de un militar, pero entre ambas, el virrey consideraba que la capitulación tenía un carácter más definitivo que una momentánea retirada, aunque estaba en su ánimo la certeza de que no iba a recibir ninguna ayuda que hiciera posible retomar la lucha y hacer frente a los insurrectos que vencerían al final.
En cualquiera de los dos casos, existía un segundo problema que era cómo evitar que los inmensos tesoros acopiados en los últimos años en Lima, cayeran en manos de los rebeldes, pues eso supondría una doble inyección de moral y económica para continuar el ya imparable proceso descolonizador.
Pero ni siquiera había un buque español en El Callao al que confiar el traslado del tesoro a un lugar más seguro, que momentáneamente podía ser Méjico.
Realmente la situación debía ser angustiosa. tanto para las tropas llamadas realistas, por su afección al rey de España, como para la población civil que deseaba continuar siendo española. Sin ninguna ayuda de España, con un ejército cada vez menos numeroso por deserciones y pases al bando contrario, sin repuestos para el armamento que se iba deteriorando y con escasez de municiones, por no hablar de las carencias en uniformidad y sobre todo en suministros de boca, hacer frente a todo un ejército que contaba cada vez con mayor apoyo popular y al que ya muchos terratenientes y familias poderosas se estaban adhiriendo, en vista de cual iba a ser el desenlace final, era tarea casi imposible.
Salvar el tesoro acumulado en el palacio del virrey y en la catedral de Lima se convirtió en una prioridad, en la idea de que si esa cantidad de piezas valiosísimas cayera en manos de los insurrectos, podrían potenciar considerablemente su ejército, su armamento, y los efectos contra los leales al rey serían devastadores.
El traslado del tesoro estaba decidido y en veinticuatro enormes baúles, fuertemente sellados, se dispuso el traslado lo más rápido posible al puerto de El Callao y desde allí buscar un barco para trasladarlo a lugar seguro.
Muy mal tendrían que ir las cosas cuando lo único que se encontró fue un  mercante ingles llamado “Mary Dear” que capitaneaba William Thompson, un personaje turbio que había aparecido en las costas del Pacífico comerciando entre los puertos españoles. El virrey llegó a un acuerdo con Thompson al que ofreció un porcentaje de la carga que lleva, si la dejaba a salvo en el puerto de destino y aunque no se consigna de qué carga se trata, el capitán sospecha que debe ser un tesoro de enorme valor.
En efecto, monedas, medallas, objetos de orfebrería, incluso se habla de una estatua a tamaño real de una virgen, todo de oro y plata, así como innumerables obras de arte y lingotes de los preciados metales, es el contenido de los baúles que tenían un valor difícilmente calculable.
Con grandes dificultades, los pesados baúles fueron subidos a bordo del buque y también una pequeña guarnición para custodiarlo, concretamente seis soldados que también daban protección a unos cuantos ciudadanos de Lima que huían de los independentistas.
El destino debía ser Acapulco, el puerto al que arribaba el llamado Galeón de Manila en el tornaviaje y donde descargaba todas las mercaderías procedentes de Asia, que se trasladaban luego a España. Era por tanto una ruta muy segura y bien protegida de corsarios y piratas.
Pero claro, en el aturrullamiento del momento no se cayó en la idea de que el capitán Thompson y su barco no estaban muy distantes de aquella actividad que muchos gobiernos europeos protegían, con tal de debilitar aún más a España.
Así, nada más zarpar de El Callao, el capitán y su segundo empiezan a maquinar y deciden que por qué se van a llevar un porcentaje cuando pueden llevárselo todo.
Con buenas palabras y mejores promesas convencen a la tripulación que estaba compuesta solamente por ocho personas, en su mayoría jóvenes marinos, que hay que deshacerse de la escolta española y el pasaje y apoderarse del tesoro. Pero hay una dificultad que saben que si lo apresa algún navío español o de alguna otra nacionalidad, serán ahorcados. Asimismo entienden de la dificultad que va a ser deshacerse del tesoro, una vez que las autoridades españolas, que aún controlaban mal que bien el Pacífico, hayan dado la voz de alarma.
Entonces trazan un plan que consiste en que una vez deshechos de la escolta, dirigirse a un lugar seguro donde esconder el tesoro y esperar el momento adecuado para pignorarlo.
Y eso es lo que hacen. La escolta y los pasajeros terminan en el mar y el “Mary Dear” pone rumbo a una isla llamada Del Coco que es una isla deshabitada situada a unos quinientos kilómetros de las costas de Panamá y que tenía la particularidad de no tener propietario, es decir, ningún país la había reclamado como suya. Actualmente pertenece a Costa Rica.

Mapa de la época de la Isla del Coco

Los ingleses tienen noticias y conocen esa isla porque ha sido muchas veces refugio de piratas y lugar elegido para esconder tesoros, por lo que consideran que es lugar idóneo. Saben incluso que allá por el siglo XVII estuvo allí escondido el celebérrimo pirata Capitán Morgan, como demuestra la inscripción en una roca encontrada por el Comandante Cousteau.



Piedra con inscripciones. Hacia el centro se puede leer “MORGAN”

Una vez llegados a la isla, fondean en la bahía de Wafer, situada al norte y que da a playas de arenas tendidas que hacen fácil la descarga de los baúles. Seguidamente buscan una cueva apropiada para esconderlos e inician la descarga, no sin considerables esfuerzos, pues eran solamente diez personas para moverlos.
Es siguiente paso es ir a Panamá para avituallar el buque, dejar pasar unos días hasta que las cosas se tranquilicen y volver a por el tesoro una vez pasada la tormenta inicial.
Así lo hicieron, pero cuando ya iban de vuelta a la Isla del Coco, los intercepta un buque corsario español, el “Peruvian”, que había salido de Perú con la única orden de perseguir y capturar a los ladrones del que ya se tenían sospechas que no habría de dirigirse a su destino, sino que se iba a apropiar del tesoro.
Capturado el “Mary Dear” es registrado a fondo y al no hallar los baúles sospechan que han sido escondidos en alguna de las islas u otro lugar seguro, por lo que advierten a todos los tripulantes que si no dicen dónde se encuentran los baúles los irán matando uno a uno.
Empiezan por los marineros que no responden adecuadamente a las exigencias de los españoles, pues unos dicen no saber nada y otros que está escondido en una isla pero que no saben qué isla es. Esta última respuesta podría ser cierta, pues lógicamente la tripulación no tenía conocimientos de navegación como para saber de qué isla estaban hablando.
Los ocho marineros fueron fusilados y sus cuerpos arrojados al mar, quedando vivo solamente el capitán Thompson y su primer oficial que ante lo que acaban de ver deciden colaborar y confiesan que el tesoro está escondido en la Isla del Coco.
Después de algunas vicisitudes llegan a la isla pero llevan a bordo una epidemia de fiebres que tiene a la tripulación muy debilitadas, por lo que fondean en la bahía Wafer y esperan que mejore la salud de los marineros.
Son muchos días fondeados sin que la salud se reponga y la vigilancia sobre los dos presos se va relajando, hasta el extremo de que aprovechan un descuido y escapan nadando hasta tierra, donde se pierden y por mucho que son buscados no se les halla.
Creyendo que el tesoro está en la isla, pero sin haberlo encontrado, el Peruvian decide volver y dejar allí a los dos pitaras, en la certeza de que allí morirán.
Pero la Isla del Coco era muy visitada en aquellos tiempos y dos años más tarde el pirata Tomphson y su primer oficial, fueron rescatados y en el momento del rescate no llevaban encima ningún objeto que hiciera pensar en la existencia del tesoro.
Se dice que ambos murieron sin desvelar su secreto, aunque hay teorías que dicen lo contrario y que hubo quien estuvo haciendo viajes a la isla y recuperando poco a poco el tesoro escondido. No se puede asegurar que sea realidad y suena más a leyenda que envuelve uno de los tesoros más fabulosos perdidos por la estupidez humana.

viernes, 29 de junio de 2018

INVENTO O FRAUDE





En los últimos tiempos nos están haciendo un lio tan tremendo a la hora de elegir qué vehículo comprar  que muchos no nos decidimos a cambiar de coche hasta que nos aclaren las posibilidades.
El motor diesel, que echaba mucho humo, pero que contaminaba poco, decían, resulta que ahora contamina una barbaridad. Su publicidad era: El kilometro a mitad de precio, porque los motores consumían menos combustible que además, era mucho más barato que la gasolina. Pero los gobiernos estuvieron rápidos en aumentar los impuestos del gasoil  y equiparar el precio con la gasolina, aun cuando el producto costaba la mitad. Era mucho más rentable pues hasta la equiparación del precio, todo eran beneficios para el Estado.
A este política impositiva se unió el avance tecnológico que se iba introduciendo en los motores de gasolina, cada vez más eficaces y con menos consumo y averías, hasta resultar que ahora son más recomendables. En este apartado la consigna catastrofista de que en pocos años se dejaran de fabricar los motores diesel, cierra el círculo evolutivo y hace que nos decantemos por el motor de gasolina.
Porque las alternativas de vehículos híbridos son un parche que no conducen a nada. Si sales a carretera, el motor eléctrico no funciona prácticamente, por lo que todo el trayecto se desarrolla quemando gasolina y solamente en recorridos urbanos, sin que se pueda pasar de cincuenta kilómetros a la hora, estará funcionando el motor eléctrico, pero, ¡oh fatalidad!, la batería dura poquísimo, apenas dos o tres kilómetros y entonces vuelta al motor de explosión y a recargar la batería.
Al menos es así en nuestro Toyota Hibrid, líder mundial en este segmento.
El coche eléctrico necesita recargar baterías cada trescientos o cuatrocientos  kilómetros y el proceso de recarga puede durar más de una hora. No es solución para nadie que emprenda un viaje de más kilómetros.
¿Son estas las únicas alternativas que existen para la automoción? No lo sé, pero voy a contar una historia que tiene ya algunos años y de la que se habla poquísimo, casi nada.
Se iniciaba la década de los setenta, aquella que produjo el gran cambio de España, cuando un  nuevo acontecimiento se asomó a las páginas de los periódicos de mayor tirada y lo que era aún más importante, a la pequeña pantalla de la única televisión que en aquellos momentos teníamos: un español, un hombre totalmente desconocido, había inventado un motor que funcionaba con agua.
Como es natural, en un momento en el que nuestra economía era enormemente deficitaria y que tanto dependíamos del petróleo que unos años después nos llevó a la primera gran crisis de los últimos tiempos, el que un español inventase un motor movido por agua era una noticia de primera magnitud.
Su inventor era un perito industrial nacido en Valle de la Serena, Badajoz, afincado en Sevilla y llamado Arturo Estévez Varela que había inscrito la patente de su invento en julio de 1970, registrada con el número P0381684.
No solamente en España se dio tratamiento de honor a la noticia, el mundo entero, acogió con grandes expectativas lo que podría ser una solución a la dependencia energética del petróleo.
Don Arturo, como la prensa del momento le llamaba, presentó su invento en su pueblo natal, a donde acudieron algunas autoridades, no todas las que el inventor hubiese deseado, pero sí muchas, para aquella época, en la que apenas salíamos del oscurantismo.
Como es natural, el inventor ofreció a los medios informativos la documentación que se podía dar y concluyó dando un largo paseo en una motocicleta que utilizaba el hidrógeno del agua como combustible y el oxígeno, su otro componente, como comburente necesario. El resultado es que la motocicleta caminó y caminó, hasta que todos se hartaron de la demostración y se marcharon a tomar una copa de “vino español”, con la que se cerraban todos estos actos y que, por supuesto, pagaba el inventor.
¡Cuatro litros de agua eran capaces de hacer recorrer novecientos kilómetros a aquella motocicleta!, decía don Arturo, pero el tema era demasiado bonito para que fuese de una singularidad así.
El inventor cogió un botijo y dio un trago de agua, luego volcó el  búcaro en un depósito al que añadió unas bolitas de una sustancia que no desveló, arrancó la motocicleta y empezó a circular con ella. Hoy se sabe que aquellas bolas eran de boro, un metaloide muy abundante en la naturaleza, pero nunca libre, por lo que ha de obtenerse a partir de otras sustancias. Ese elemento era absolutamente necesario para potenciar la reacción química en la que se produjese la descomposición del agua en hidrógeno y oxígeno con la fuerza adecuada para desprender tal cantidad del primero de los gases que fuese capaz de ser comprimido y explotado a continuación, usando un motor de combustión interna como los que se venían fabricando en la época.

El inventor, el botijo y la motocicleta

En un derroche de esplendidez, el inventor regaló la patente al estado español que en principio no sabía qué hacer con aquel invento.
La cosa alcanzó tal magnitud que en la polémica intervino el mismo Franco, que zanjó la cuestión encargando al Colegio oficial de Ingenieros un informe sobre la viabilidad del proyecto.
No se conoce la composición del equipo que examinó minuciosamente el invento, lo que sí se sabe es que la conclusión fue que la obtención del boro a un porcentaje de pureza como requería el funcionamiento de aquel motor, alcanzaba cifras que lo hacía muchísimo menos rentable que la gasolina.
El pragmático Franco zanjó el asunto mandando archivar aquel invento, apostrofando que ya habíamos hecho bastante el ridículo como para seguir en el intento.
Ha pasado casi medio siglo y no se ha vuelto a hablar de don Arturo y de su invento, si bien, de vez en cuando, en alguna parte del mundo surge la noticia de que un fulano ha inventado un motor que funciona con agua.
Don Arturo no era ningún ingenuo ni ignorante. A  su nombre hay registradas veintidós patentes de inventos que van desde un asador de pollos por rayos infrarrojos, máquina para aventar cereales, que hoy se emplea en las cosechadoras, acumuladores de energía, y hasta un diseño de alas especiales para aplicarlas en la aviación al objeto de disminuir la caída de aeronaves y satélites artificiales. Si alguien está interesado, en la Oficina Española de Patentes y Marcas están registrados todos los inventos de Arturo Estévez Varela.
Hace unos días se ha dado a conocer un invento capaz de extraer el agua del aire de los desiertos, con lo que se podría paliar el problema de las sequías y hambrunas en todo el mundo, porqué no se ha ahondado más en el tema de este invento.
Siempre surgen las llamadas políticas conspiranoicas y el hecho de que en Estados Unidos hubiesen asesinado a Stanley Meyer, un inventor que también había anunciado la construcción de un motor de agua, justo el día antes de firmar un contrato con el Ministerio de Defensa de EE.UU, vino a arrojar leña al fuego.
Se decía que la grandes petroleras habían acallado el invento pagando fuertes sumas por la patente, para después dejarla dormir y no perjudicar el inmenso negocio del petróleo, también se decía la prudencia del gobierno de Franco de no hacer un ridículo internacional cuando estábamos empezando a incorporarnos a las sociedades occidentales. Por último, quizás lo que fuera más razonable: el precio del boro cristalino de un 99% de pureza necesario para provocar la reacción.
Pero quizás había otras dos razones y la primera era de orden político. El primer productor de boro del mundo era la URSS y a ningún país occidental le apetecía iniciar una dependencia de aquella nación comunista, pues si se implantaba este motor, la producción de boro experimentaría una demanda muy superior. La segunda la falta de interés para investigar seriamente sobre el asunto.
Después de medio siglo, el invento de don Arturo no está olvidado y hay varios departamentos técnicos de Universidades, sobre todos la americana de Minnesota que está trabajando desde hace años en este campo con la intención de perfeccionar el invento y producir motores de una manera rentable.
Igualmente el servicio de investigación tecnológica del gobierno de Israel se encuentra trabajando seriamente en el invento y es muy posible que en breve tengamos alguna noticia al respecto.
Para mí hay algo claro que debe prevalecer. Lo primero es determinar que el invento no es un fraude, que un motor de agua puede funcionar, aunque sea agregándole boro y este resulte muy caro, porque desde el primer motor de explosión de gasolina hasta los actuales, hay una separación sideral y es cuestión de investigar para rentabilizar el invento.
Por otro lado no es despreciable considerar que este motor sería anti contaminante, pues de su escape saldría oxigeno que ayudaría a combatir la contaminación atmosférica, el efecto invernadero y el agujero de la capa de ozono.
No sería ninguna tontería, don Arturo.

viernes, 22 de junio de 2018

"MEDEN AGAN"





No me estoy refiriendo al conjunto musical griego que interpreta música de la llamada “Metal Sinfónica”. Me refiero a una frase que figuraba grabada en el frontispicio del templo de Apolo, en Delfos. Allí, junto a la muy famosa de “Conócete a ti mismo”, aparecía “Meden Agan”: “Sin Excesos”.
Y estaba allí para honrar la memoria de un poeta, político, legislador y hombre sabio llamado Solón, considerado uno de los Siete Sabios de Grecia.
La vida de este personaje es un ejemplo de superación y de enfrentamiento con la adversidad. Hijo de una familia muy bien situada, su juventud discurría plácidamente hasta que su padre, afamado hombre de negocios, cayó en bancarrota.
Solón, que pasó de la opulencia más ofensiva a la pobreza más absoluta, se hizo cargo de la quebrada hacienda familiar y en pocos años consiguió sacarla a flote, ganando, además de un importante patrimonio, la fama de hombre sagaz y de honrado, lo que no era poco en aquellos años.
Nunca se había metido en política, si bien se había relacionado con las altas jerarquías de Atenas, así que cuando llegó el momento de las elecciones en la ciudad no pudo evitar que sus conciudadanos lo eligiesen por aclamación para “arconte”, representante de una clase social que era conocida como “eupátrida” que quiere significar algo así como “los bien nacidos”.


Busto de Solón en el museo de Nápoles

Cuando se dice que Grecia es la cuna de la democracia, conviene señalar que no todas las “polis” griegas aplicaban principios democráticos en su gobierno y la única verdadera democracia es la que se vivía en Atenas, la capital de una zona conocida como Ática que, frente a las otras ciudades estados, tenía la ventaja de haber desarrollado un floreciente comercio naval, que junto a unas minas de plata y canteras de mármol, impulsaron a la floreciente sociedad ateniense.
Al poco de ser elegido, Solón se había hecho casi por completo con el control legislativo de la ciudad en la que empezó a demostrar su verdadera valía.
Una de sus primeras medidas fue la abolición de la esclavitud por deudas, una situación muy delicada que estaba llevando a la ciudad a una pérdida constante de artesanos cualificados y pequeños propietarios que abrumados por los débitos, muchas veces usurarios, terminaban convirtiéndose en esclavos del acreedor; la otra medida, complementaria de ésta fue la devaluación de la moneda, para facilitar que los libertos pudieran extinguir sus deudas con mayor facilidad.
Su siguiente medida y lo que causó una gran revolución fue la de dividir a la población según el censo fiscal.
Todos los ciudadanos del Ática eran libres y estaban sujetos a las mismas leyes, pero los derechos no eran igual para todos, estaban baremados según los impuestos que pagaba cada uno.
Los que más contribuían tenían el privilegio de servir más y mejor a la comunidad, en la que se valoraba altamente el poseer un cargo público, tanto en el ejército como en las distintas administraciones.
La sociedad quedó dividida en cuatro clases cada una de ellas con más derechos que la siguiente en el escalafón.
Solamente de entre los primeros se elegía a los “arcontes”, los diputados o magistrados de la ciudad, por votación directa entre todos los ciudadanos pertenecientes a dicha clase.
Hoy sería algo incomprensible, porque se ha luchado por el sufragio universal y solamente por sentencia judicial se puede tener restringido el derecho a elegir o ser elegido, pero en aquella sociedad de hace dos mil quinientos años, la cosa debió parecer como lo más natural del mundo.
¿Cómo va a participar en el gobierno de la “polis” quien no contribuye a su mantenimiento?
Parece una reacción lógica para una sociedad reducida en la que prácticamente todos los ciudadanos se conocían.
Pero el legislador no paró ahí; fue aún más allá y le metió mano al código moral y de buenas costumbres, calificando el ocio como delito contra la ciudadanía y condenando, a quien no ejercía ninguna actividad productiva, a penas como el ostracismo o la pérdida de la ciudadanía, con todas las consecuencias que eso conllevaba.
Los atenienses no elegían a nadie para que los representara, cada uno podía exponer su pensamiento en las reuniones del “parlamento”, cosa que ocurría semanalmente y allí se agrupaban los ciudadanos según las facciones a las que pertenecían, pudiendo hablar por turnos, sin más limitaciones que el tiempo que marcaba la clepsidra. Lo hacían al aire libre, en la Acrópolis o en algún teatro y solían durar todo el día y a veces hasta bien entrada la noche.
Pero una condición exigida a cada interviniente, que lo hacían por orden de edad, era que debía estar legalmente casado, carecer de antecedentes de todo tipo, poseer algún bien o ingresos y estar al día con sus tributaciones a la ciudad.
Seguro que así, la lista de intervinientes se reducía considerablemente, razón por la que les era posible aplicar esta forma de democracia directa y única real.
Sí, ya se sé que se excluía a mucha gente, pero ¿no es lógico que quién no contribuye al sostén de la casa, no pueda opinar sobre la forma de llevarla?
Hoy nos hemos enterado que el Partido Popular que va a celebrar elecciones primarias exige a sus afiliados estar al día en la cuota de afiliación, o hacer un ingreso de determinada cantidad para poder votar, por tanto no parece extraño que ya el Grecia se aplicara esta condición, es más, parece muy avanzada.
Los oradores debían ser claros, cortos, concisos y concretos, pero además, se comprometían con sus propuestas de tal forma que si un año después de haber puesto en funcionamiento la propuesta de determinado ciudadano, se había comprobado la ineficacia de la misma, o sus efectos negativos, además de que el parlamento acordaba la suspensión del acuerdo, podía multar al proponente.
¡Qué pena que se haya perdido esta costumbre! ¡Cuántas estupideces nos estaríamos ahorrando!


La Acrópolis de Atenas

Por el contrario, cuando una propuesta se mostraba eficaz, se votaba por aclamación y de salir elegida, se convertía en ley de obligado cumplimiento, si bien se exigía el dictamen previo de un consejo de ciudadanos que podría semejarse a un Tribunal Constitucional, que lo formaban quinientos ciudadanos elegidos al azar, claro que entre los que ya hemos mencionado anteriormente y que eran los que daban el visto bueno para conformar esa nueva ley.
Con el poder ejecutivo ocurría algo similar, si bien éste era ejercido solamente por nueve ciudadanos elegidos al azar, pero que previamente habían demostrado que sus ascendientes eran, por las dos ramas, atenienses de pura cepa, haber cumplido con todos sus deberes militares y contributivos y algo muy especial: estar dispuestos a que sobre sus vidas se hagan todo tipo de averiguaciones e insinuaciones.
Por último y esto si que es algo que tenemos que echar en buena falta, los aspirantes tenían que pasar por un proceso que se llamaba “doquimasia”, que no era otra cosa que una especie de examen psicotécnico en el que se demostraran las cualidades del candidato, su formación humanística y técnica, su nivel intelectual, etc.
Después de un año en el cargo, su gestión era examinada por el ejecutivo en pleno y sometida a profunda investigación, cuyo resultado iba desde la reelección a la pena de muerte, pasando por la jubilación, si no había motivos para lo uno o lo otro.
En la actualidad esta situación de democracia directa es impensable, además de que resultaría imposible de llevar a la práctica, ni siquiera volviendo a un sistema de “polis” a semejanza de las clásicas, pero eso no nos impide dejar volar la imaginación, aunque sea un vuelo efímero y pensar en tantos y tantos políticos de mentira que no se atreverían a abrir la boca para proponer las banalidades a que nos tienen acostumbrados, si sus propuestas pudieran acarrearles consecuencias como las mencionadas.
¡Qué maravilla!

*Todo esto está recogido del libro “Historia de los griegos”, de Indro Montanelli.