viernes, 4 de enero de 2019

UN DESCUBRIMIENTO INQUIETANTE





Desde hace ya muchas décadas, a raíz de despertarse el interés general por preservar el patrimonio arqueológico, las empresas de construcción o de movimientos de tierra en general, han venido sufriendo un verdadero problema cada vez que se topan con yacimientos antiguos, lo que les obliga a parar las obras de inmediato, dar conocimiento a los respectivos organismos competentes y esperar a que los técnicos correspondientes decidan qué hacer con el hallazgo.
Eso, en una ciudad cómo Cádiz, cuyo subsuelo es historia pura, supone que cada vez que se clava la piqueta en la tierra te puedes estar buscando una ruina. Por eso, en muchas ocasiones se ha obviado o tapado el hallazgo y se ha seguido la obra con desprecio absoluto hacia la historia, pero en una situación comprensible. Ha habido obras que se han parado por años, incluso para siempre, por encontrar un yacimiento arqueológico importante.
Por eso, en el año 1974, la empresa minera inglesa que explotaba unas minas al aire libre en Riotinto, provincia de Huelva, de las que extraía principalmente cobre en un paraje que actualmente se conoce como “Llano de los Tesoros”, cuando realizaba unos movimientos de tierra para abrir nuevas vías de extracción, adoptó la irresponsable medida de tapar y seguir trabajando cuando una potente excavadora tropezó con una roca que sellaba una cueva, en cuyo interior aparecieron huesos, cerámicas, armas, abalorios y lo más enigmático, más de un centenar de esculturas que representaban bustos humanos.

Vista general de las minas de Riotinto

Los responsables de la empresa dispusieron que inmediatamente todo aquel material se tratara como escombros y que fuese vertido lejos del lugar, para evitar que la intervención de la administración paralizase las obras.
Pero unos empleados recogieron parte de las esculturas de los bustos y en vez de tirarlas las ocultaron en un camión que luego cubrieron de tierra y la trasladaron a una finca de la provincia de Córdoba en donde las ocultaron.
Es indudable que conocían el valor arqueológico del hallazgo, pero también es más que probable que pensaran en otra clase de valor que aquellas piezas le podían reportar.
Un tiempo después, un reconocido arqueólogo y geólogo a quien probablemente recurrirían en demanda de información, se hizo cargo de aquellas esculturas y las trasladó a un pueblo de la provincia llamado Torrecampo, desde el que se hizo público el fenomenal hallazgo.
Inmediatamente los departamentos universitarios relacionados con esta materia, mostraron su interés en examinar dichas esculturas, siendo los correspondientes a las universidades de Córdoba y Granada los que realizaron las primeras y más importantes pruebas.
Lo más sorprendente, a simple vista, es que las esculturas pertenecen a hombres de razas diversas, como se aprecia por sus rasgos generales muy marcados y presentan una colección de “humanos, homínidos y humanoides” procedentes de muy diversas partes de nuestro planeta.

Dos bustos pertenecientes a diferentes razas

Hay bustos humanos de aspecto europeo, caucásico, pero también de rasgos negroides, mongoles o amerindios, todos tallados con realismo y mucha aproximación a lo que el artista estaba observando. Es decir, un compendio de razas, parte de las cuales_ aquellos artistas no deberían conocer.
Y algo que es aún más inquietante, unas extrañas caras de rostro triangular, ojos oblicuos y boca muy pequeña.
Las piezas fueron sometidas seguidamente a diferentes exámenes de orden técnico: Difracción de Rayos X, espectroscopia, etc., concluyéndose que las rocas utilizadas procedían de una misma cantera formada en el mioceno superior, una etapa de la Tierra que comprende entre veintitrés y cinco millones de años antes de nuestra era y en el que se terminaron de formar cordilleras como Los Pirineos o el Himalaya. Para más concreción esas canteras estaban ubicadas en la zona de Niebla, un pueblo entre Huelva y las Minas de Riotinto, el lugar del hallazgo.
Después de detallar exhaustivamente su composición, su morfología y sus características se concluyó que procedían de una necrópolis de más de ¡once mil años de antigüedad!
Evidentemente el hallazgo es desconcertante, por lo menos para lo que la ciencia moderna propugna como verdadero.
En primer lugar hay que considerar que para los estudiosos de las edades del hombre, el periodo más cercano en donde empieza a apreciarse la construcción de herramientas o armas de una cierta factura, es en el Neolítico, un periodo que comenzó hace diez mil años, por lo que el yacimiento encontrado, con evidentes signos de una cultura mucho más avanzada, es mil años más antiguo.
La misma ortodoxia histórica nos habla del enigmático pueblo de Tartessos  que bajo el reinado del mítico rey Habis, había conocido la escritura, pues cuentan antiguos historiadores como Estrabón que poseían leyes escritas con más de seis mil años de antigüedad. Precisamente Tartessos se ubica en la zona de la que estamos hablando, pero en el caso de que fueran los autores de las esculturas, tendrían que haberse asentado casi cuatro mil años antes de lo que se les supone.
Indudablemente un pueblo al que se atribuyen avances de la civilización tan importantes como la agricultura y la apicultura, podría ser capaz de desarrollar una sensibilidad escultórica como la que nos muestran estas estatuas, pero siguen sin haber una explicación lógica a que aparezca un Australopitecus junto a un Neandertal.
Una ciencia tan especulativa como es la arqueología tiende a dar explicación a casi todo y así se ha teorizado sobre la importancia que el lugar del hallazgo tenía en la más remota antigüedad.
Evidentemente las minas de Riotinto, de las que se extraía oro, plata, cobre y otros metales muy apreciados, eran conocidas en todo lo que podríamos llamar “mundo civilizado” de hace diez siglos, pues hay constancia de que tanto en Mesopotamia como en el Alto Egipto apreciaban los metales extraídos de ellas y más tarde los fenicios comerciaron abiertamente con toda la zona, en la que se establecieron de manera permanente, pero eso fue cinco siglos después de que se hubieran esculpido aquellos bustos.
Quinientos años son muchos aunque es posible que en el lento y monótono discurrir de aquellos tiempos hubieran pasado siglos desde que se descubrieron las minas y se inició el comercio, hasta que los pueblos se asentaron allí de forma más estable. En ese caso los escultores podrían ser de Tartessos, apoyados por fenicios que como dominadores del Mar Mediterráneo trasladaban los minerales hacia todos los confines y a su vez traían mano de obra para trabajar en las minas.
Una cosa como la que ocurre en la actualidad: movimientos de personas que justificaría que los tartessios conocieran las razas negras y asiáticas.
Más difícil es que ante un escultor se hubiese sentado un “homínido” que posara para él, mientras esculpía su rostro en una piedra, porque hace once mil años los homínidos estaban extintos o ¿es posible que en algún rincón del África negra o en el corazón de Asia existieran, desgajados del resto de los que habían evolucionado hasta humanos, unos vestigios de aquella fase de nuestra evolución?
Lo mismo ocurriría con los Neandertales pero ¿y los amerindios? ¿Cómo llegaron los tartesios a conocer y esculpir aquella raza? Y ¿quiénes eran los de cabeza triangular?
No hay nada claro, pero es más que probable que la historia haya que reescribirla y que lo que hasta ahora se ha afirmado como ortodoxia, no sea nada más que una teoría y que antes de nuestra civilización, muchos miles de años antes, existieran otras civilizaciones que por alguna razón que no conocemos se extinguieron y cuyos vestigios aún no han aparecido.
Eso es más que probable, porque está comprobado, que existe una tendencia desde la más remota antigüedad de que las diferentes civilizaciones fueran a ocupar  asentamientos antiguos, por lo que es posible que excavando mucho más profundamente de lo que se ha hecho hasta ahora, para descubrir culturas de diez mil años, nos encontremos con sorpresas que vengan a corroborar la desaparición de civilizaciones muy anteriores y que llegaron a alcanzar un alto grado de conocimientos.
Una de esas podría ser la de la mítica Atlántida, cuyo verdadero asentamiento sigue siendo un enigma, lo mismo que su propia existencia.
Quizás fueran los atlantes los escultores de aquellas cabezas.
Las esculturas se encuentran en la Casa-Museo “Posada del Moro”, de Torrecampo, en donde hasta hace poco tiempo no se podían visitar ni fotografiar, lo que ha privado de sacar a la luz tan enigmático descubrimiento que, como siempre, la ortodoxia estará dispuesta a ocultar a costa de lo que sea, incluso de privarnos del verdadero conocimiento.

domingo, 30 de diciembre de 2018

UN "INOCENTE" QUE CAMBIÓ ESPAÑA





Hace  ya algunos años publiqué un artículo sobre un hecho acaecido en la Castilla de mediados del siglo XV, cuando los nobles castellanos, encabezados por el vengativo y versátil Juan Pacheco, entronizaron como rey al infante Alfonso, hermano de padre del rey Enrique IV, de Trastámara, apodado el Impotente, y de Isabel, que luego sería la reina Católica. (Puedes consultarlo en: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/search?q=A+TIERRA+PUTO).
Durante tres años, en Castilla hubo dos reyes con sus respectivas cortes y sus ejércitos, un hecho que de haber durado habría traído graves consecuencias para el reino y a la muerte de Enrique, Alfonso habría sido el nuevo rey y su hermana Isabel no habría sido una de las reinas más importantes de España.
Pero la repentina muerte del infante en Cardeñosa un pueblo de Ávila, cuando iba camino de Toledo al frente de su ejército, liberó a Enrique del problema y abrió el camino al trono de Isabel.
Se dijo que la causa de la muerte fue “la peste bubónica”, una enfermedad que había asolado España décadas antes, pero la duda se asentó poco a poco entre la nobleza y en toda la sociedad.
El infante había llegado por la tarde al poblado de Cardeñosa, en aquella época un lugar escasamente poblado, donde su ejército acampó, preparándose para descansar. Aquella noche cenó en una posada de la localidad, donde se le sirvió una trucha. De inmediato se sintió indispuesto y pasó varios días en la cama debatido entre altas fiebres, terminando por perder el habla y la conciencia.
No eran los síntomas de la peste, sino más bien de un envenenamiento, es decir, una muerte provocada que pusiera fin a la compleja situación por la que atravesaba la corona.
En el año 2013, profesores de la universidad de León publicaron un estudio en la revista “Hidalguía”, tras realizar un examen de los restos del infante, en el que se establece que no padeció la famosa peste bubónica, pues no se hallaron vestigios del bacilo que provoca esta enfermedad, el “yersina pestis”.
Por otro lado, el hecho de acampar en medio del campo, alejada de cloacas, vertederos y otros lugares propios de aglomeraciones urbanas en los que los roedores proliferaban y por tanto en una zona donde no existen las ratas imprescindibles para la transmisión de la enfermedad, incide notablemente en la teoría del envenenamiento.

Tumba de Alfonso el Inocente en la Cartuja de Miraflores (Burgos)

El dilema se centra en encontrar a un sospechoso de dicho envenenamiento que había de ser una persona muy cercana al infante, con poder, ambición y pocos escrúpulos, beneficiada con la muerte y capaz de medrar a costa de ella. Pocas personas con esas características rodeaban al infante y quien más papeletas tenía es el sibilino Juan Pacheco.
Es este un personaje oscuro de la historia de España, al que no se conoce demasiado y del que no se ha hablado salvo en medios muy técnicos.
Juan Pacheco nació en Belmonte (Cuenca) 1419 de linaje originariamente portugués; marqués de Villena, duque de Escalona y maestre de la Orden de Santiago, fue la persona que ejerció mayor poder en Castilla durante parte del reinado de Enrique IV.
Su padre, Alonso Téllez Girón formaba parte muy importante del entorno del todopoderoso Condestable de Castilla, don Álvaro de Luna, valido del rey Juan II, por cuya mediación el joven Juan Pacheco entró a servir como doncel en la casa del príncipe heredero Enrique, del que se hizo amigo, confidente y dueño de su voluntad.
Viendo el de Luna cómo el heredero de la corona solamente veía por los ojos del joven Pacheco, hizo lo que en aquellos tiempos era costumbre, hacerlo entrar en su casa para asegurarse su fidelidad y lo obligó bajo amenazas a él y su familia a casarse con su sobrina Juana (en algunos textos se la llama Angelina, como su madre. También se dice que era su prima), hija de fray Rodrigo de Luna, prior de la Orden de San Juan y su manceba Angelina de Cerriala. El matrimonio fue un desastre y ni siquiera llegó a consumarse, según la propia Juana denunció años después.
Es natural que Pacheco, de noble cuna y bien posicionado en la corte del príncipe heredero, no quisiera casarse con la hija de un fraile y su concubina y menos entrar en una familia que lo controlara, pero el poder del Condestable era tal que ni siquiera la intervención del príncipe a su favor pudo evitar el matrimonio que se anularía años más tarde, cuando don Álvaro de Luna había comenzado su declive que se inicia en 1439 con la llamada Sentencia de Castronuño, que le obliga a abandonar la corte de Juan II, durante seis meses.
No pierde el tiempo Pacheco y escala puestos en la privanza del príncipe y en la boda de éste con Blanca de Navarra, es designado para llevar el cuchillo en la mesa real. Hoy puede parecer una nimiedad, pero detalles como ese, no descubrirse ante el rey, o permanecer sentado, reflejaban el poder de determinados nobles en la corte.
En 1441 el rey Juan II le nombra miembro del Consejo de Castilla, para representar a su hijo Enrique y ya tenía claro lo que deseaba: ser en la corte del próximo rey, lo mismo que el Condestable Luna había sido en la de su padre.
En 1445, Juan II le nombra Marques de Villena, uno de los marquesados más ricos de Castilla y más densamente poblados, con más de ciento cincuenta mil súbditos.
Álvaro de Luna terminó ajusticiado el 3 de junio de 1453 y un año más tarde moría Juan II, proclamándose rey a Enrique IV que poco tardó en dejar todos los asuntos de estado en manos de su amigo y consejero Pacheco que ascendió como la espuma hasta alcanzar el lugar más preponderante de la corte de Castilla.
Ya por aquellas fechas se había hecho un hueco en la corte y actuaba como mayordomo mayor, un personaje que habría de tener notable incidencia en el futuro de Castilla y España: Beltrán de la Cueva.
Pero el reinado de Enrique IV no va a ser fácil y está empañado por la vida privada del monarca, sobre el que empiezan a circular rumores de supuesta homosexualidad, pues el matrimonio con su primera esposa, aquel en el que Pacheco había portado el cuchillo, no se había consumado, entrando en un proceso de anulación.
Los rumores, desatados por falta de verdadera información, introducían en la cama del monarca tanto al propio Pacheco, como a Beltrán de la Cueva, a los que naturalmente esa acusación de homosexualidad no beneficiaba en absoluto.
Para contrarrestar la rumorología no faltaron damas cortesanas que se prestasen a asegurar que habían mantenido relaciones más que normales con el rey, al cual agradaban la mujeres y se comportaba en la cama como varón.
Así, para terminar de acallar la rumorología se buscó una princesa desposable y se encontró en Juana de Portugal, cuya boda se celebró en 1455.
Pero la ambición es mala y la envidia aún peor y el poderío de Pacheco empieza a marchitarse, entrando en rivalidad con nobles tan destacados como el duque de Medina Sidonia, Juan de Guzmán, de la más rancia estirpe y Grande de España; pero sin desdeñar a otros personajes de la corte, como el propio Beltrán de la Cueva, o el administrador real Iranzo.
Como es sabido, Enrique IV tenía dos hermanos del segundo matrimonio de su padre que eran Isabel y el infante Alfonso, uno de los cuales sucedería a Enrique, pero en 1462 nació Juana, supuesta hija del rey y de su nueva esposa, Juana de Portugal, cuya paternidad se atribuyó a Beltrán de la Cueva, hasta el extremo de que la pobre criatura pasó a la historia como la “Beltraneja”.
En el fondo, el rey estaba agradecido al de la Cueva que había disipado su fama de homosexual e impotente y habiendo reconocido a la pequeña, la nombró su heredera, por lo que ocurrían dos cosas: Beltrán ascendía, ensombreciendo a Pacheco, al que acabó sustituyendo en todas las labores y Alfonso e Isabel, los hermanos de padre del rey se quedaban a verlas venir.
Y empezó la conspiración de Pacheco que se busco poderosos aliados entre la más alta nobleza, para forzar al rey a reconocer a Alfonso como su heredero.
Y en ese punto ese produce la Farsa de Ávila que enemista a Enrique IV con Pacheco de forma que parece irremediable, pero el de Villena no tiene escrúpulos y sí mucha ambición, por lo que presentando la muerte del infante como solución al problema, vuelve a ganarse la confianza del rey, hasta el extremo que éste le entrega la custodia de su hermana Isabel.
En 1474 se dirigía Pacheco hacia la ciudad de Trujillo, en Extremadura, que le había sido cedida, cuando le sobrevino un “apostema en la garganta” que acabó con su vida de modo fulgurante.
Un apostema es una especie de absceso supurante que en el caso de producirse en la garganta le produjo una asfixia de la que falleció.
Un personaje poderoso que no dudó en sacrificar a un inocente, para satisfacer sus antojos, a la vez que cambiar el destino de un país.

viernes, 21 de diciembre de 2018

EL COLOR DE LAS ZANAHORIAS




Muchos son los tópicos que circulan alrededor de las populares zanahorias: que son muy buenas para la vista, porque los conejos que la comen con frecuencia, no usan gafas o que ayudan a adquirir un tono bronceado en la piel, cosa que no está demostrada, pero lo cierto es que son un grupo de hortalizas de los más populares y sobre la que existe una historia, cuando menos curiosa.
Las zanahorias proceden originariamente de Oriente Medio, Irán y Afganistán, donde ya se las conocía hace más de cuatro mil años y en donde se consumían solamente sus hojas y semillas y no la raíz, que es la única parte que se consume en la actualidad. Es más que posible que en aquel tiempo, en el que crecía asilvestrada, no fuera demasiado gustosa al paladar, pero incorporada a la horticultura, es precisamente su condición de tubérculo lo que la hace muy apetecible.
Su progresiva incorporación a la agricultura controlada, la selección de las semillas, los cruces o los riegos, hicieron que su raíz fuese progresivamente más carnosa, abundante y de mejor sabor, hasta incorporarle su matiz dulce característico.
La versatilidad de esta humilde planta es tanta que su consumo se ha extendido por todo el mundo, donde se usa en guisos, estofados, pastelería e incluso encurtida o aliñada. Y lo más curioso es que se trata de una fuente de alimentación tanto humana como animal.
Parece que entre los siglos VIII y X, la zanahoria llegó a España como consecuencia de la invasión islámica y desde aquí se extendió a toda Europa, de una manera tan rápida que pronto llegó a los países mas norteños, en donde la raíz causaba furor en sus múltiples preparaciones.
En un primer lugar y durante muchos siglos, las zanahorias eran moradas, del color de las actuales berenjenas, o de sus parientes la remolacha y su pulpa era del mismo tono, aunque había algunas variedades de color más claro, como amarillento.
El gran inconveniente que presentaban aquellas hortalizas era que teñían todos los guisos de un color morado poco apetitoso, además de que manchaban las manos de quienes las manipulaban de un violeta casi indeleble. Así que los horticultores buscaban soluciones para hacer más apetitosa aquella planta que producía buenos beneficios y se daban con profusión casi en cualquier clima.
La solución vino de la mano del patriotismo sensiblero y anti español de las Provincias Unidas (actuales Países Bajos), en donde España ejercía una férrea disciplina con personajes tan célebres como el Duque de Alba, terror de adultos y niños, a los que se asustaba con este personaje como si del “Coco” se tratase.
En el siglo XVI se inició una abierta hostilidad contra los dominadores españoles, desencadenándose una guerra que duró ochenta años y en la que a las fuerzas españolas de ocupación se le fueron oponiendo los nobles flamencos que trocaron su inicial lealtad a España, por el enfrentamiento abierto y belicoso.
Quizás el personaje más destacado en esta lucha rebelde contra España fue Guillermo de Orange-Nassau que en 1544 se convirtió en Príncipe de Orange y al que el pueblo reconocía con el mote de “El Taciturno”.
Nacido en 1533 en Nassau, en la actual Alemania, era el mayor de once hermanos y fue inicialmente educado en la fe luterana, pero su emperador, Carlos V, decidió que su educación fuese católica, por lo que lo sacó de su familia y lo envió a Bruselas, donde su hermana María de Austria ejercía como regente de todos los dominios del emperador.
Allí creció Guillermo como leal súbdito del imperio y a la muerte de Carlos V, continuó su lealtad al nuevo rey, Felipe II.
El haberse educado en ambas religiones condicionó su vida, estando en profundo desacuerdo con las persecuciones sistemáticas que sufrían los luteranos y que alcanzó el colmo de su desesperación cuando se decidió la instauración de los Tribunales de la Inquisición en Flandes.
El descontento de la población flamenca y el empecinamiento español de creerse en posesión de la verdad revelada, tensaron la vida en todas las Provincias y no tardó mucho en que un grupo de nobles formara lo que se llamó “Asamblea de Nobles” que en abril de 1566, presentó, ante la hermana del rey Felipe II, la regente Margarita, una serie de reivindicaciones que se conocen como Compromiso de Breda, entre las que se exigía mayor presencia flamenca en los órganos de dirección del país, totalmente copado por españoles y sobre todo terminar con la persecución a los protestantes.

Guillermo de Orange, “El Taciturno”

Como es natural, las peticiones cayeron en saco roto y el pueblo contestó con una oleada de desmanes hacia edificios religiosos, sobre todo destinada a destruir las imágenes que la ortodoxia luterana consideraba proscritas, como establece el segundo mandamiento recogido en las Tablas de la Ley de Moisés (ver mi artículo: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/03/los-diez-mandamientos.html).
Esta movilización, conocida como “Tormenta de las imágenes”, condujo a la destrucción de cientos de esculturas, imágenes y cuadros de iglesias y monasterios, acompañada de desordenes públicos, hasta el punto que la regente pareció ceder en las pretensiones, pero su hermano, el rey Felipe, tenía otras ideas y envió al duque de Alba para restaurar el orden.
Conocido como el Duque de Hierro, el artífice de una gran parte de nuestra leyenda negra, lo que hizo fue crear un tribunal que se conoció popularmente como Tribunal de la Sangre, para juzgar a los implicados en las revueltas.
En vista del cariz que tomaban los acontecimientos Guillermo de Orange se marchó a Nassau, su lugar de nacimiento y fuera del alcance de los españoles.
Desde ese momento participó en todas las guerras que iniciaron un periodo conocido como Guerra de los Ochenta Años, como se dijo más arriba.
Esta actitud de Guillermo le hizo crecer en popularidad entre el pueblo flamenco, que hacía ondear la bandera de la Casa de Orange en las torres de todas las poblaciones hasta que, tras muchas vicisitudes que no vienen al objeto de este artículo, entró triunfante en Bruselas.
La sublevación de las Provincias Unidas era un hecho y en 1581, dejaron de reconocer a Felipe II como a su rey, es decir, una declaración unilateral de independencia, que ahora suena mucho.
Guillermo de Orange era el noble mejor situado para ocupar el trono, pero no contaba que Francia, su aliada contra España, no iba a ver con buenos ojos ese asalto al poder.
La complicada situación en la que estaba Guillermo, vino a resolverla un fanático católico llamado Balthasar Gérard, un francés partidario del rey Felipe II que consideraba al de Orange un traidor a España y a la religión católica, el cual, estimulado por las veinticinco mil coronas que el rey español ofrecía por la cabeza de Guillermo, decidió atentar contra su vida, lo que consiguió el 10 de julio de 1584, descerrajándole un tiro de pistola a quema ropa, tras una larga maniobra de aproximación a su persona para ganarse su confianza y poder estar cerca de él.
Este hecho confiere a Guillermo de Orange el dudoso honor de haber sido el segundo personaje asesinado por arma de fuego.
Su muerte produjo una honda tristeza en Flandes, donde a pesar de su pérdida de popularidad, seguía siendo muy querido, sobre todo en el campesinado.
Una buena cantidad de agricultores decidieron homenajear a la figura del militar y político desaparecido y no se les ocurrió otra cosa que trocar el color de las zanahorias.
Mendel, el sacerdote de las leyes de la genética, no había nacido todavía, pero los campesinos experimentaban con los cultivos, sobre todo con aquellos productos que proporcionaban pingües beneficios como eran las zanahorias y qué mejor forma de honrar al héroe que consiguiendo que estas raíces violáceas cambiaran al color del apellido de Guillermo.
Orange, como todo el mundo sabe, es “naranja” en inglés y después de muchos cruces y selecciones, consiguieron que la raíz de la planta presentara el color naranja brillante  que tienen en la actualidad.
Ciertamente que con los cultivos selectivos y con la intención de dar satisfacción a todos los mercados, actualmente se comercializan zanahorias de varios colores, como puede apreciarse en esta fotografía.
¡De qué forma tan bonita y ecológica puede un pueblo homenajear a un héroe nacional!