viernes, 28 de enero de 2022

¡LA VACA NO VA!



Este artículo que hoy cuelgo nada tiene que ver con la trayectoria que viene siguiendo este blog; se trata de una anécdota, un recuerdo traído a mi memoria y fruto de la desesperación que en estos momentos estamos viviendo, pero de manera que también forma parte de la historia, de nuestra historia personal que nos ha enriquecido .

Este maldito virus ya me ha privado de tres amigos. Uno aquí, en mi pueblo, los otros dos más lejos, en Zamora, donde tuve mi primer destino como Comisario.

Allí conocí a un compañero y a su familia con la que me ha unido más de treinta años de amistad. Aquel compañero y su familia, fueron el hombro en el que descansar las inquietudes en una tierra bella pero lejana de los míos y que yo afrontaba en total soledad.

La otra persona, con la que también he mantenido amistad fue el entonces gobernador civil de la provincia y me he acordado de él porque hoy, 27 de enero de 2022, se ha celebrado una gran manifestación en Madrid, en la que ganaderos de muchos sectores, pero sobre todo del lácteo han paseado sus vacas por las calles de la capital hasta llegar a la puerta del Ministerio de Agricultura en la Glorieta de Atocha y eso me ha traido a la memoria un gracioso incidente relacionado con manifestaciones, vacas y políticos.

En el año 1989 el nombramiento de Corcuera como ministro de Interior, estaba produciendo el cambio de muchos gobernadores y delegados del gobierno en las diferentes provincias españolas y a Zamora también le llegó el cambio y vino a desempeñar el cargo de gobernador un zamorano, emigrado muchos años atrás a tierras vascas, pero que conservaba sus raíces en uno de los pueblos más entrañables de la provincia: Fuentesauco.

De allí era el ministro de agricultura Carlos Romero, el siempre amigo de Felipe González, alias “Isidoro”, que según comentaban, cada vez que el panorama  de la clandestinidad se ponía feo, acudía al pueblo de su amigo a buscar paz y reposo.

Aquel gobernador, que por respeto a su memoria no voy a desvelar su nombre, procedía de las filas sindicales del PSOE; había sido diputado y senador por Álava y junto con el asesinado por ETA, Enrique Casas y José Luis Corcuera, eran los tres líderes sindicales del las provincias vascas.

Era un hombre campechano, entrañable, pero como buen zamorano y más metido a político, tenía sus “cosas”.

Pasaba España en aquellos tiempos por una situación convulsa en los sectores primarios de agricultura la ganadería, sectores que en una provincia tan campestre como Zamora, carente de industrias, son  el sostén de la economía.

Los de mi edad recordaran los problemas de agricultores cerrando ciudades castellanas con sus tractores o de ganaderos del sector lechero, vertiendo sus jarras de leche en las calles, o los ovejeros paseando sus ovejas por la Castellana o a las puertas del Ministerio de Agricultura.

Yo llegué a Zamora procedente de Cádiz, donde habíamos tenido una tremenda conflictividad con el problema de la reconversión naval en los tres astilleros de la Bahía: Cádiz, Puerto Real y San Fernando que conoció espectáculos tan pintorescos como aquel en que una vecina arrojaba desde su terraza un frigorífico contra la policía.

Este incidente inspiró una letra del genial Carlos Cano que decía: “Frigoríficos volando, la reconversión naval; guardia no tires pelotas que “pa” pelotas Puerto Real”.

En aquellos incidentes la policía recibió toda clase de objetos arrojadizos, a los que respondía con las clásicas pelotas de goma.

Los manifestantes de Zamora no eran tan violentos, pero si contumaces.

Debió ser por el año 1991, no lo recuerdo bien, cuando los productores del sector lácteo promovieron unas movilizaciones importantes en todo Castilla y León, de las que Zamora no se libró, como es natural. La culminación de aquellas movilizaciones sería una magna manifestación para protestar por los precios de la leche, la competencia europea que tiraba los precios por tierra, la falta de ayudas gubernamentales y, en fin, toda la suerte de reivindicaciones que se suelen plantear.

La manifestación se realizaría tal día a tal hora y saliendo de la Plaza de la Constitución, en donde estaba ubicado el Gobierno Civil, sería encabezada por una vaca, como emblema más que palpable de por donde iban los problemas.

El servicio de información de la comisaría tuvo acceso a los planes de los organizadores y así supimos que sería una vaca la que encabezaría la “manifa” (manifestación en el argot policial).

Con la información recabada se confeccionó un informe que yo remití al gobernador para su conocimiento.

En cuanto lo leyó me llamó por teléfono, pidiendo que fuera a verlo.

Como es natural acudí de inmediato y una vez en su despacho, advirtiéndolo muy trastocado, le pregunté qué pasaba.

“Que la vaca no va en la manifestación”, me dijo.

Yo le respondí que nuestra información era esa e iba a ser muy difícil impedir que la vaca marchase en cabeza de los afectados por tan serios problemas, procedentes, precisamente, del sector lácteo.

Y lo volvió a repetir, esta vez de manera enérgica: “¡La vaca no va!”.

Pues ya me explicaría que quería que hiciéramos para impedirlo, porque aquello iba a ser reventar la manifestación, enfrentarnos a los ganaderos, empezar a repartir golpes y a recibir de ellos las mismas y agradables respuestas.

“¡Pues me da igual, pero la  vaca no va!”.

Pero vamos a ver, ¿qué importancia tenía que fuera o no una vaca?. En Madrid se manifiestan con las ovejas en las puertas del ministerio de tu paisano y no sucede nada, le razonaba yo, o más bien: creía razonarle.

“¡Pero aquí, la vaca no va!”.

Pues nada, impediremos que salga la manifestación, que precisamente lo hacía desde las mismas puertas del edificio en que estábamos, para terminar ante la Delegación de Agricultura. Pero para eso tendría que pedir refuerzos a Valladolid, pues con los efectivos que tenía Zamora no nos podíamos enfrentar a varios miles de manifestantes como estaba previsto. 

“No hace falta, lo que hay que hacer es impedir que llegue la vaca”.

Y tan tranquilo, como si eso fuera fácil. Lo pensé durante un rato y vi la posibilidad de cerrar la zona unos horas antes para impedir que la vaca pudiera llegar antes de la manifestación.

Pero claro, la vaca no iba a venir andando un rato antes. Lo más probable es que la trajeran en un camión o remolque de los muchos que los ganaderos usaban para transportar su ganado, así que junto con mis colaboradores y siguiendo las instrucciones del político gubernamental, trazamos un plan que consistía en cerrar las seis o siete calles por las que se podía acceder a la plaza del Gobierno Civil, e inspeccionar los transportes para detectar la vaca.

¿Y desde qué hora habrá que cerrar? Nos preguntábamos con buen criterio.

 Pensando que los manifestantes querrían utilizar la impunidad que ofrecen las horas nocturnas, decidimos que a las cero horas, colocaríamos los controles en los puntos de acceso y revisaríamos la entrada de vehículos en los que se pudiera transportar a una vaca.

Muy ufanos, nos retiramos a descansar, en la seguridad de que las medidas estaban bien tomadas.

Al punto de la mañana siguiente (este término lo aprendí precisamente en Zamora), informé al gobernador que se había mantenido, durante toda la noche y hasta que empezara la manifestación, un dispositivo de prevención tendente a dar satisfacción a su capricho y que por el momento no había ningún resultado. ¡La vaca no había entrado en la zona de concentración de los manifestantes desde las cero horas de aquel día!

A la hora prevista empezaron a reunirse los diferentes colectivos y la plaza del Gobierno Civil se fue llenando de personas, pancartas, banderas y megáfonos, pero no estaba la vaca que era la única preocupación del dirigente político.

A la hora prevista, el gobernador y yo observábamos tras las ventanas de su despacho que daban a la plaza, cómo se iba conformando la manifestación y cuando ya la primera autoridad provincial se frotaba las manos pues la “vaca no iba”, con un ruido de hierros, un furgón aparcado en una esquina de la plaza abrió su portalón trasero y ¡salió la vaca!

Traída por el ronzal y con andar parsimonioso, el rumiante se incorporó a la cabeza de la manifestación y emprendieron la marcha.

No pude aguantar una carcajada ante la atónita mirada del gobernador que me interrogaba, con fuego en los ojos, cómo habíamos podido cometer un fallo semejante.

Yo no sabía cómo se había producido y pregunté a los responsables directos del operativo. Minutos más tarde me llegó la información.

Los manifestantes sabían que íbamos a impedir la llegada de la vaca y a media tarde del día anterior ya habían colocado allí al paciente animal. Entre los policías había muchos hijos y familiares de ganaderos y agricultores; seguro que alguno de ellos le habría pasado la información.

Sapos y culebras salían por la boca del responsable político, al que ningún razonamiento le hacía comprender la realidad.

Cuando ya se había calmado un poco, procurando usar palabras que no llegaran a ofenderle, pero que le pusieran de pie ante la realidad, le argumenté que me parecía desproporcionado el intento de evitar la presencia de la vaca; que él, como dirigente sindical seguro que hubiera considerado un éxito el llevar la vaca en cabeza de la manifestación y qué quería que hicieran aquellos ganaderos, a los que precisamente sindicatos como el suyo les habían enseñado a hacer huelgas y manifestaciones.

Pareció comprender, pero yo decidí que lo mejor era marcharme y dejarlo que “rumiara” todo lo acontecido.

 

 Gobierno Civil y Plaza de la Constitución de Zamora

 

A la izquierda del edificio, donde se ve un árbol, estuvo estacionada la camioneta que llevaba la vaca.

 

jueves, 21 de octubre de 2021

ARBUÉS Y EL LIBRO VERDE

 

Hace pocas fechas tuve la ocasión de ver una película en la que un individuo blanco, viaja por los estados sudistas de los Estados Unidos dando compañía y protegiendo a un afamado pianista negro que recorre el país dando conciertos muy exclusivos. La película se llamaba “El Libro Verde”.

Era la época en la que se iniciaba la integración racial, pero donde todavía existían grandes lagunas, muchos lugares en los que un negro no era admitido. Para salvar ese escollo, se publicó en los Estados Unidos un libro encaminado a señalar todos los lugares en los que un individuo de raza negra era aceptado: hoteles, pensiones, almacenes, gasolineras, etc..

El Libro verde fue muy bien aceptado y resultó fundamental para evitar incidentes desagradables. Pero mientras veía la película estaba haciendo memoria porque yo había oído hablar de otro “Libro Verde”, mucho más antiguo y curioso que se había publicado en Zaragoza u otra ciudad de Aragón.

Lógicamente nada más terminar la película me fui a buscar aquel otro libro, que siendo del mismo color, no sabía muy bien de qué trataba ni quien lo había escrito.

No tuve que buscar demasiado porque de inmediato se me hizo presente. El Libro Verde es un manuscrito de principios del siglo XVI que tuvo una enorme difusión en ese siglo y los siguientes y en el que se catalogaban familias aragonesas que tuvieran antecedentes de judíos conversos con expresión de toda su genealogía.

Se sabe que ese no fue su verdadero nombre, pero éste se ignora y quizás el color de la velas que llevaban los condenados en los autos de fe diera título al manuscrito. Un siglo después de haberse escrito, la Diputación General del Reino de Aragón, lo consideró un libelo, un escrito difamatorio y que su autor, si se conociese, bien merecería el máximo castigo de haber estado vivo, pero para su suerte, además de su anonimato, ya habría fallecido muchos años antes. El mismo Órgano dictaminó que cualquier persona que lo tuviese, aunque no lo mostrase a nadie y no lo quemara, también merecería la misma condena.

Incluso la Inquisición llegó a condenarlo y en 1622 se hizo una quema pública de muchos ejemplares en una plaza de Zaragoza.

La finalidad de aquel libro, guía, compendio o como se le quiera llamar está bien clara desde las primeras páginas, pues su autor se expresa diciendo que siendo asesor de la Inquisición tuvo muchas noticias de la mayor parte de los judíos conversos del Reino de Aragón y eso le dio la idea de facilitar una herramienta para que las personas con limpieza de sangre, no se mezclaran con conversos, conocieran de qué generaciones de judíos descendían y no perdieran de vista quienes fueron sus parientes expulsados de España en 1492.

Quizás impedirles el acceso a cargos públicos fuera otra de las motivaciones al escribirlo.

No se tiene certeza de quién fuera el autor de este miserable panfleto que afortunadamente solo existe en algunas bibliotecas y bajo muy estrecho control.

Pero hay quien lo ha leído y estudiado en profundidad, descubriendo algunas cosas de interés para la historia. Por ejemplo, se sabe que gracias a este manuscrito se descubrió quienes habían cometido un atroz asesinato y las personas que habían pagado para que se ejecutara aquella iniquidad.

La historia es la siguiente: En el año 1441 nació en Épila, municipio de la provincia de Zaragoza, Pedro de Arbués Ruiz, en el seno de una familia acomodada que pudo darle estudios y así, tras estudiar filosofía, continuó sus estudios en la prestigiosa universidad de Bolonia, en donde llegó a ser catedrático y más tarde doctor. Paralelamente fue ordenado sacerdote y nombrado canónigo de la Seo de Zaragoza.

Es evidente, por su trayectoria, que Arbués era un joven inteligente y estudioso, en el que pronto se fijo uno de los clérigos más poderosos de España, si no el que más: Tomás de Torquemada, inquisidor general, confesor de la reina Isabel y fanático religioso como casi todos en su época.

En mayo de 1484 Torquemada lo nombró, junto al dominico Gaspar Juglar, primeros inquisidores del reino de Aragón.

Es necesario recalcar que así como Castilla era un reino fervientemente religioso, en el que todo el poder se supeditaba a la Iglesia, en Aragón no ocurría lo mismo ya que la existencia de los famosos “fueros” limitaban el poder real y eclesiástico sobre los súbditos, ejerciendo una protección que en algún caso era de considerable eficacia. Esa condición foral hacía ver a los aragoneses que no estaban desvalidos contra los abusos de la realeza o de la Iglesia, por otra parte muy proclive a abusar de los ciudadanos so pretextos religiosos hábilmente manipulados.

Así estaban las cosas cuando los dos jóvenes inquisidores iniciaron un recorrido por el reino de su demarcación inquisitorial, donde el recibimiento se expresaba en función de respeto y miedo.

Pero al llegar a Teruel, las autoridades locales les prohibieron la entrada en la ciudad y ellos, ni cortos ni perezosos, procedieron a decretar el máximo castigo de la Iglesia: la excomunión de toda la población.

Pero en Teruel también había religiosos y muchos, así que el clero en una unión contra los inquisidores, recurrieron al papa, mientras el brazo secular lo hacía a la Diputación General y al rey.

El papa y la Diputación General se pusieron abiertamente a favor de la ciudad. El papa, Sixto IV levantó la excomunión, mientras que la Diputación se dirigía al rey haciéndole saber que allí no había herejes y que si en algún caso los hubiera deberían ser tratados con “amonestaciones y persuasiones” tendentes a rescatarlos de su error y nunca con violencia.

Ante una demostración de sensatez como la descrita, la respuesta del rey fue todo lo contrario, enviando a tropas castellanas para conminar a las autoridades todas de Aragón a que recibieran y ayudaran a los inquisidores, acabando así con cualquier núcleo de resistencia a la implantación de régimen de terror que suponía el Santo Oficio.

Los jóvenes inquisidores se frotarían las manos del gozo que aquella medida les producía y de inmediato comenzaron con su terrorífica labor y era tanto el afán que ponían en su tarea que muy pronto su foco principal: los judíos conversos y el pueblo llano que no se libraba de acusaciones de herejía y brujería, comenzaron a expresar su malestar  y a los que se unió la propia nobleza que veía peligrar el mantenimiento de los fueros.

Pero era muy difícil enfrentarse al omnímodo poder de la Iglesia, representado por la Inquisición que no cesaba de condenar a muerte a cualquier persona con los argumentos, tan incorpóreos como eficaces, de las delaciones, cuya causa había que buscarla, las más de las veces, en la venganza o la envidia y no en la aspiración a mantener incólume la fe cristiana.

Sin embargo ese enfrentamiento era difícil hacerlo por métodos ortodoxos, así que algunos afectados, más enérgicos de carácter y resolutivos, optaron por pasar a la aplicación de otros métodos más eficaces, sobre todo con el de Arbués, cuya postura más recalcitrante que la de su compañero inquisidor que no se libraba tampoco del rencor y la animadversión del importante segmento de población judeo-conversa, se había hecho acreedor de los más profundos odios.

Se unió a esto que Gaspar Juglar falleció al año siguiente y aunque un rumor incontenible apuntaba a que había sido envenenado, nada se pudo demostrar, aunque los episodios posteriores señalarían certeramente en esa dirección.

Y el episodio posterior fueron en realidad dos atentados que sufrió Arbués y de los que consiguió salir ileso, pero era tal el odio y la sed de venganza que los judeoconversos no cejaron en su empeño.

Conseguir mediante horribles torturas las falsas confesiones de los enjuiciados es algo que la familia no puede olvidar fácilmente y cuando se trataba de personas que ostentaban una buena posición social y económica, cualquier medio es bueno para quitar de la circulación a quien les está haciendo tanto daño y así, la noche del 14 de septiembre de 1485, mientras Arbués oraba de rodillas ante el altar mayor de la Seo de Zaragoza fue acuchillado por ocho personas que sabiendo que el inquisidor usaba una cota de malla debajo de su ropaje religioso, le dan varias puñaladas en el cuello mortales de necesidad. Inmediatamente huyen de la Seo, mientras algunos canónigos, alertados por los ruidos producidos en el apuñalamiento, acuden en auxilio de Arbués que es trasladado a unas dependencias en donde falleció dos días más tarde.

El crimen sacrílego exacerbó el odio contra los conversos y contra los judíos en general, desatando una reacción violenta contra el colectivo judío, más aún cuando se supo que los criminales habían sido pagados por conversos.

Los autores materiales y los instigadores fueron detenidos y juzgados, siendo ejecutados tras la celebración de varios actos de fe a lo largo del año siguiente. La cifra se saldó con dos suicidios, nueve ejecutados, tres quemados en estatua, al no haber sido hallados y cuatro severamente castigados por su complicidad en los hechos.

De inmediato Arbués es considerado un mártir de la Iglesia. Se le realizan funerales de gran boato y se le entierra en un mausoleo en una capilla de la Seo que se dedica a él y que paga la ciudad; se le beatifica en 1662, siendo posteriormente canonizado por Pio IX en 1867.

Es curiosa la forma de agradecer de la Iglesia a los que a sangre y fuego, sin ningún escrúpulo, convierten en herejes a personas normales, en aras de amedrentar y mantener su sanguinaria autoridad.

El proceso contra los asesinos de Arbués se conoce con muchos detalles, precisamente gracias al Libro Verde.

Murillo perpetuó el crimen con un cuadro de magnífica factura que desgraciadamente salió de España y se encuentra en el Museo del Hermitage de San Petersburgo.



jueves, 9 de septiembre de 2021

ENEKO "EL ROBLE"

 

Antes de empezar a escribir este artículo, me puse en contacto con unos amigos pamploneses y les pregunté si el personaje de esta historia era muy conocido en Navarra.

La respuesta no se hizo esperar y era bien escueta. Poco más o menos me vinieron a decir que con el nombre que yo les daba hay una calle en Pamplona y que el personaje en cuestión está considerado como el primer rey de Navarra y fundador de la dinastía Fortún, precisamente el apellido de mi amiga.

Yo no pregunté por Eneko sino por su nombre castellanizado: Íñigo y añadiendo lo que al parecer es el apelativo por el que se le conocía: Arista o Aritza, nombre que en vascuence significa roble o persona fuerte.

Así pues, Íñigo Arista tiene una calle en Pamplona, perpendicular a la Avenida de Navarra, en cuya intersección una extraña escultura eterniza la figura del que se considera primer rey navarro.

 

Monumento a Íñigo Arista en Pamplona

Pero a pesar de su calle y de su escultura, como ocurre en muchas ciudades con sus personajes locales, el tal Arista ha sido un gran desconocido de la historia de España hasta que muy recientemente se descubrieron unos textos de un historiador árabe llamado Ibn Haiyan, gracias a los cuales se puso al personaje en la historia.

Por esos textos del erudito musulmán, nacido en Córdoba en 987 y fallecido en la misma ciudad cuando contaba con la increíble edad de 88 años, sabemos que hacia el año 780 nació en algún lugar de Navarra Eneko Enékez, es decir, Íñigo  ya figura ante conocida por haber aparecido taba con la increible ido de la historia de españa Íñiguez  cuya figura era someramente conocida por haber aparecido en dos códices de época posterior a los escritos del musulmán.

Eran los códices de Rodrigo Jiménez Rada, eclesiástico, militar e historiador navarro, nacido en 1170 en Puente la Reina que fue durante cuarenta años arzobispo de Toledo y el que consiguió para su sede arzobispal la primacía de España que aún conserva y más famoso por haber participado al frente de sus huestes en la batalla de Las Navas de Tolosa.

Junto a su espíritu militar y eclesiástico, Rada había conjugado una erudición poco común en la época, lo que le permitió destacar en los concilios de Letrán y Lyon. Así mismo fue autor de una historia de España, conocida como Historia gótica.

El otro códice es el llamado De Roda, un manuscrito de finales del siglo X y en el que se hacen referencias a los reinos de Asturias, Pamplona y el incipiente condado de Aragón. El nombre lo recibe por haberse conservado en la iglesia románica de San Vicente, en Roda de Isábena, en Aragón.

Por los dos códices y los textos árabes sabemos que designan a este personaje como príncipe o “shaib” de las tierras de Pamplona que eran unos territorios que iban desde la línea de los Pirineos, hasta casi la mitad de la actual Navarra.

De su nacimiento no se conoce fecha ni lugar, aunque todo parece señalar que habría que ubicarlo en las tierras antes mencionadas; tampoco se tiene una clara genealogía y en ese sentido los textos árabes aportan más datos que los códices cristianos.

Así, por textos árabes se sabe que su madre se llamaba Onneca y que de otro padre, seguramente un musulmán llamado Musa Ibn Fortún, era hermano de un muladí, es decir, cristiano convertido al Islam, llamado Muza ben Muza, poderoso señor de las riberas del Ebro y que también tuvo otro hermano de nombre Fortún.

Aparecen también el nombre de dos hijos llamados García y Galindo y  de su hija Assona y se menciona a una segunda hija cuyo nombre no aparece.

Al mismo personaje se le nombra convertido al árabe como Wannaqo ben Wannaqo, equivalente a Íñigo Íñiguez.

Es en el Códice de Roda donde aparece el sobrenombre por el que ha sido conocido en la historia: Arista, situándosele como padre de García I Íñiguez que le sucedió al frente de los territorios cristianos de Pamplona, como señor o líder aristocrático de la región, que situada en los confines del emirato árabe, desde muy pocos años después de la invasión, había firmado un tratado que convertía la región en una especie de protectorado, que a cambio de un tributo y promesa de lealtad, quedaba en libertad para continuar con sus costumbres y tradiciones, tanto religiosas como jurídicas y sociales.

Hay que entender la importancia que aquel territorio tenía, tanto para los árabes, en sus deseos expansionistas hacia Europa, como para los carolingios con su temor a que el imperio musulmán volviera a intentar otra incursión bélica en territorio galo, como años antes había ocurrido en la batalla de Poitiers, afortunadamente con victoria cristiana. En una época tan convulsa y en la que grupos desorganizados y poco numerosos habían de enfrentarse a los poderosos ejércitos árabes, se comprende todo aquello de territorios tributarios, protectorados, continuas escaramuzas y deserciones de un ejército al otro.

La ambigüedad del territorio hace posible aceptar protección tanto del lado carolingio como árabe. Entre los partidarios de respetar los pactos acordados con el emirato de Córdoba se encontraba una facción liderada por la familia Arista que contaba con el apoyo de la poderosa familia Banu Qasi, hispanogodos islamizados, muladíes por tanto, que señoreaban importantes territorios en la cuenca del río Ebro.

Desde entonces los imperios carolingio y árabe, luchan por hacerse con el territorio y unos y otros toman sucesivamente Pamplona, lo que hace que Íñigo y sus huestes hayan de estar tanto al lado de uno como de los otros, en una situación que impulsa al propio emir cordobés, Abderramán II, a ponerse al frente de su ejercito para someter el territorio.

Tras una importante victoria árabe en las cercanías de Pamplona contra unas tropas navarras apoyadas por guerreros alaveses y castellanos y en la que perdió la vida Fortún, hermano de Íñigo y 115 soldados pamploneses, Abderramán se enseñorea de todo el territorio y la situación bélica, tras muchas escaramuzas y la batalla antes mencionada, se salda con un pacto de sometimiento al emirato de Córdoba y el pago de un tributo anual de 700 dinares.

Pero el espíritu rebelde de los pamploneses no les permitía vivir con tranquilidad y años más tarde se inició una nueva etapa de enfrentamientos con el emirato que duró una década.

Como ya se ha advertido, la documentación histórica es escasa y parece que durante ese período, Íñigo había colocado a su hijo García Íñiguez al frente del ejército pamplonés, pues él había sufrido una alferecía, hoy diríamos un ictus, que le dejó imposibilitado hasta su muerte, ocurrida, según textos árabes, en el año 237 de la Hégira, que se corresponde con el 851-852 de la cronología cristiana.

La prueba del coraje, valentía y arraigo que Íñigo tenía entre sus gentes lo demuestra el hecho de que a pesar de los bandazos que dio en sus pactos, su tropas le seguían con fidelidad absoluta y el hecho de haber colocado a su hijo como sucesor de su dinastía es una clara prueba de que era aceptado como monarca de aquel territorio con absoluta lealtad de sus súbitos, aunque nunca lo hubiesen coronado ni aclamado como rey.

Su hijo y sucesor, García Íñiguez se decantó por materializar alianzas con cristianos, haciéndolo con el único rey cristiano de la península el astur Ordoño I, con una de cuyas hijas casó a uno de sus descendientes.

A su muerte, ocurrida hacia el año 882 le sucedió su hijo Fortún, nieto por tanto de Íñigo y que dio nombre a la dinastía que desde ahí arranca. Fortún era apodado por los árabes como “el Tuerto” y por los cristianos “el Monje”, pues terminó sus días en el monasterio de Leyre donde murió con 96 años y que había permanecido durante veinte años cautivo en Córdoba.

El mérito de haber sido creador de una dinastía y sobre todo, la de haber preservado sus territorios contra las incursiones carolingias y musulmanas, merece un reconocimiento de esta importante figura diluida en la historia. Un reconocimiento algo más sensible que ese monumento con el que se la querido recordar, una cosa más así, como esta estatua también dedicada a él.

Estatua de Arista en la Plaza de Oriente de Madrid