domingo, 9 de junio de 2013

ALFONSO X Y LA EMPERATRIZ DE ORIENTE





Hay infinidad de sucesos en la historia de España que nos han pasado totalmente desapercibidos y en los que yo me esfuerzo por sacar del olvido. Cierto que no soy ningún entendido en historia, pero sí aficionado a leer lo que los historiadores nos han ido contando a lo largo de los siglos e ir sacando mis propias conclusiones.
La parte de nuestra historia que más me ha apasionado siempre, ha sido la del larguísimo período de la Reconquista, en donde se dieron personajes de una talla difícilmente imaginable.
Reyes, nobles y guerreros pueblan las páginas de los libros que relatan gestas, tan maravillosas que a veces parecen salidas de cuentos de hada.
Desde 711 en que los árabes profanaron nuestro suelo patrio, invadiéndonos de forma totalmente ilegal, además de cruel y sanguinaria, numerosos personajes se han labrado un lugar en la historia solamente por el hecho de luchar contra el invasor.
El territorio peninsular se fragmenta y aparecen reinos por doquier, los cuales se van aglutinando para formar una nueva unidad de España.
De entre los muchos reyes que combatieron a los invasores, los castellano-leoneses tuvieron quizás el mayor protagonismo, y de entre los castellanos hay tres que destacan sobre el resto. Son: Fernando III, apodado El Santo, Alfonso X, apodado El Sabio y Sancho IV, llamado El Bravo.
Eran padre, hijo y nieto. Tres personajes ponderados hasta extremos insospechados y de los que no se han escrito nada más que loas, agasajos y acciones maravillosas.
Pero puede que nada de eso, o buena parte de eso no sea verdad, o que, al menos, esté exagerado.
De las aspiraciones de Alfonso X a convertirse en Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, se nos ha hablado muy poco, casi nada, pero lo cierto es que el monarca castellano se postulaba y de manera muy fuerte para que el Papa lo nombrase Emperador.
Y eso que para nosotros, los gaditanos, este rey es de los más importantes, no en vano reconquistó Jerez y Cádiz a los moros y consolidó la frontera en lo que hoy es nuestra provincia. Pero en el sentir general de los historiadores que estudiaron su reinado, ha gozado de una doble calificación; por la parte bélica se le considera blando y desidioso en el impulso de la Reconquista, pero por el lado cultural es unánimemente reconocido como el verdadero impulsor de las letras y el arte, la cultura en general, también muy importantes en aquel nuevo país-estado-territorio que se estaba consolidando.
A veces no tenemos muy clara la idea de lo que suponía ser el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y que venía a ser la del defensor como rey y militar de la máxima expresión del poder terrenal que el Papado tenía.
Carlomagno fue el rey de los Francos a quien recurrió el Papa León III, después de que los romanos lo atacaran, lo hicieran prisionero y estuviera punto de que le arrancasen los ojos y la lengua. Tras ponerlo en libertad, Carlomagno recibió al Papa en su corte y le brindó protección, a cambio, el día de Navidad del año 800, el Pontífice lo coronó como primer Emperador del Sacro Imperio. En definitiva no era otra cosa que encargarle que, como rey y guerrero, protegiese la figura del papado, a la Iglesia y a las posesiones que el papado tenía distribuidas por toda Europa.
Era un título más bien representativo, pero en una época de predominio absoluto de lo religioso, lo cierto es que, desde aquel momento, los más poderosos reyes de Europa se bebían los vientos porque se les nombrase Emperador de aquella entelequia.
Pues bien, Alfonso X, llamado el Sabio, hijo de Fernando III y de Beatriz de Suavia, era, por tanto, nieto Felipe de Suavia, Rex Romanorum, que quiere decir hijo del Emperador del Sacro Imperio, razón por la que nuestro rey se encontraba con derechos sucesorios a ostentar el honrosísimo título de Emperador.
Pero los años pasaban y el nombramiento no llegaba. Falto de currículo militar que ofrecerle al Pontífice, el rey Alfonso quería ofrecer buenas acciones que lo postularan como Emperador y para eso aprovechó una visita de lo más inesperada y jugosa.
En la corte Castellana se presentó María de Brienne, a la sazón pariente lejana del rey castellano, la cual estaba casada con Balduino II de Constantinopla, el último rey latino del Imperio Romano de Oriente.
Su marido, el rey Balduino, había sido hecho prisionero del emperador de Nicea, Miguel VIII Paleólogo, creador de la dinastía que gobernó Bizancio hasta el fin de la Edad Media.
Pues bien, María se presenta en Burgos, donde está la corte, con la pretensión de que su lejano primo Alfonso, le de plata suficiente para pagar el rescate de su marido, el cual además de un pésimo militar, debía ser un manirroto, pues estaba endeudado con todas las casas reales europeas, hasta extremos tan insospechados como que había llegado a vender una de las más sagradas reliquias de la Cristiandad: la Corona de Espinas con la que martirizaron a Jesucristo, que estaba depositada en Constantinopla.

Maria de Briennes ante Alfonso X

Bueno, eso es lo que cuenta la leyenda, cuando la realidad dice que si se hubieran contado todas las coronas de espinas que aparecieron como reliquias tras las Cruzadas, hubiera resultado que los romanos cambiaron el casquete de espinas como unas tres mil veces, antes de encontrar el que realmente iba a servir para el martirio.
Es lo mismo que ocurre con el “lignum cruxis”, los trozos de madera pertenecientes a la cruz en que fue clavado. De proceder todos ellos de los maderos de la cruz en la que fue clavado, ésta debería pesar varias toneladas.
 El tal Paleólogo pedía un rescate de nada menos que cincuenta quintales de plata, cantidad impensable de reunir en aquella época de pobreza por la que atravesaba Castilla.
El rey Alfonso, prudentemente y para no pecar ni de tacañería ni de largueza, le preguntó que con cuanto contaba ya, pues su pariente, la de Brienne, venía de recorrer otras cortes europeas. Ella le respondió que entre el Papa y el rey de Francia le habían dado un tercio del rescate que era todo cuanto tenía, pues sus súbditos no habían aportado nada, lo que a juicio de la prima era considerado como normal y no se les podía pedir más, pues bastante hacían sus pobres ciudadanos con haberse acomodado a su suerte y no tratar de buscar un sucesor para tan horrendo gobernante.
En contra de lo que se hacía suponer en la corte, Alfonso le prometió que en veinte días le daría el resto que quedaba para completar el rescate. Y así lo hizo y el rey de Constantinopla salió del cautiverio y fue proclamando por todo el mundo las bondades de su pariente el rey Alfonso de Castilla, el cual había pensado que aquella acción lo iba a proyectar en el panorama político como posible candidato a Emperador del Sacro Imperio.
Y el cronista, arropado tras la sensatez que suelen tener todos los analistas de la historia que hubieron en otros tiempos, escribió: “Y como quiera que esto fue grande y buena fama del rey Alfonso en las otras tierras, pero esta y otras cosas que el rey hizo trajeron grande empobrecimiento en los reinos de Castilla y de León”.
Por supuesto que después del dispendio económico que supuso regalar aquellos quintales de plata tan necesarios en la lucha contra el invasor, seguro que el rey Alfonso recibió parabienes, golpecitos en la espalda y felicitaciones de todas las cortes europeas y del papado, el cual hasta es posible que le viniera a decir que ya se lo tendría en cuenta y que aprovecharía su fama para encumbrarlo, pero lo cierto es que nunca lo nombró Emperador y eso que la corte castellana era, sin lugar a dudas de ninguna clase, la más culta de Europa, la mejor preparada para la guerra y el rey, a juzgar por el apelativo con el que ha pasado a la historia, el más listo de todos los monarcas.
Pero se quedó sin la plata y sin la corona imperial, haciendo el ridículo más espantoso dentro de su corte y entre sus súbditos que en realidad eran los únicos que les debían importar al monarca.
No sé por qué esta historia, tan antigua, me suena de una actualidad rabiosa.
Nunca consiguió ser Emperador y nunca le interesó ser un buen guerrero. Se conformaba con títulos y lustre para su currículo; no obstante, este rey está considerado como el gran impulsor de la lengua castellana, que hoy hablamos muchos millones de personas en todo el mundo.



sábado, 1 de junio de 2013

EL MÁS VIEJO DEL PLANETA





Leyendo una publicación sobre historia natural, me encontré con un tema que me pareció muy interesante.
Decía esa publicación que el ser vivo más anciano de cuantos se conocen es un árbol, lo cual no resulta extraño, más extrañas son las circunstancias de su descubrimiento y las condiciones en las que vive, pero demos un pequeño rodeo antes de entrar en el tema.
Árboles extraños y centenarios los hay y muchos; desde nuestros vetustos olivos, los dragos canarios, o los pinsapos gaditanos, verdaderos fósiles vivientes, hasta los baobabs, cuyas ramas parecen las raíces, las sequoyas gigantes, los árboles más grandes que existen o el eucalipto regnan que con más de cien metros de altura, se convierte en el más alto de todo el reino vegetal.
Hay árboles raros, como el Árbol de la Vida de Bahrein, una acacia centenaria que crece en la desértica isla de manera tan inexplicable como aislada y que ha llegado a convertirse en todo un símbolo para el país. Su rareza es grande, tanto, que incluso con el Google Maps, podemos localizarla, tecleando “Tree of life, Bahrein”. Aumentando luego la imagen se puede distinguir su silueta verde en un entorno arenoso.
Pero el premio a la rareza, a mi modo de ver, se lo lleva el Pino Bristlecone, cuyo nombre científico es “pinus longaeva”, porque además de ser un árbol muy poco común, su capacidad para aferrarse a la vida, es realmente proverbial.
Y una curiosidad más de este vegetal es que no fue descubierto hasta 1953, encontrándose, como se encuentra, en los Estados Unidos de América, un país completamente colonizado.
En esa fecha, el científico botánico, Edmund Shulman, deambulaba por las montañas de California realizando un estudio sobre los árboles más vetustos de Norteamérica, en el que se encontraban ya perfectamente reseñados algunas sequoyas gigantes, cuya vida se medía por milenios y que había llevado a Shulman a pensar que eran los vegetales más viejos que existían, pero en aquella zona, oyó hablar que en los estados de Utah y Nevada, en una cordillera conocida como Montañas Blancas, existían unas especies de pinos que podían ser mucho más viejos que las secuoyas que ya tenía catalogadas.
Como buen investigador, se dirigió a la zona y con mucho esfuerzo consiguió subir hasta las Montañas Blancas, unas montañas que miden alrededor de los tres mil metros de altitud, pero en donde el clima es infernal, ya que al frío propio de la altura y del clima continenetal hay que sumar una carencia total de agua, lo que proporciona unos inviernos extremadamente fríos y unos veranos secos y muy calurosos. Además, hay que sumar que el suelo es rocoso y carente de manto vegetal. Estas montañas tienen una extensión muy similar a la de España, lo que nos da idea de su tamaño, y no tienen ni un solo lago, un río o un riachuelo que aporte algo de agua.
Tras algunas vicisitudes, lógicas en todo viaje por tierras inhóspitas y desconocidas, consiguió llegar a la zona donde crecían aquellos extraños pinos. La primera impresión fue que efectivamente se encontraba ante organismos vivos muy viejos y que en algunos de los casos, la presencia de unas escasas hojas verdes, era la única evidencia de que no se trataba de un trozo de madera fosilizada.
Luego empezó a calcular las edades de aquellos extraños árboles y fue entonces cuando descubrió que realmente se encontraba frente a los seres vivos más viejos del Planeta y dentro de aquella especie de bosque geriátrico, comenzó a catalogar a los especímenes más antiguos.

Pinos de Bristlecone

Detalle del tronco

Los estudios de Shulman se publicaron en 1958 en el National Geographic, pero pocos meses antes de la publicación, el botánico falleció de un infarto y no pudo ver su trabajo en la calle. En su honor, el servicio forestal de los Estados Unidos, bautizó el bosque de pinos Bristlecone, de las Montañas Blancas, como Arboleda de Shulman, en honor del descubridor de aquella rara especie vegetal.
En aquellos momentos, la comunidad científica estaba muy interesada en adquirir  certezas sobre la edad de los árboles y sobre el estudio de sus anillos, con los que se han podido determinar muchas circunstancias como el clima de la Tierra, la contaminación atmosférica y otras cosas. Por eso, al conocerse la existencia de aquel bosque ignorado y milenario, muchos científicos estuvieron interesados en datar los pinos con la intención de encontrar al más antiguo y así, se halló un ejemplar que fue llamado WPN-114 y con el nombre clave de Prometeo, al cual se le calculó una edad superior a los cinco mil años.
Con este pino ocurrió un incidente que conmocionó a la comunidad científica y es que fue descubierto por un becario llamado Donald Currey, licenciado de Carolina del Norte que estudiaba la climatología en el período conocido como Pequeña Edad del Hielo, una circunstancia climática muy curiosa y que fue tema de un artículo anterior. Currey estimó la edad la edad del pino próxima a los cinco mil años, pero haciendo esta datación, se le rompió la cala que introducía en la madera para hacer una perforación y estudiar luego los anillos, por lo que pidió permiso al servicio forestal para cortar el tronco y estudiarlo adecuadamente.
De manera inexplicable, el responsable del servicio le dio autorización y Currey cortó el tronco del árbol más viejo del Planeta; un árbol que tenía casi cinco mil años y que ya había nacido antes de que las pirámides de Egipto hubieran empezado a construirse.
Como es natural, la comunidad científica relacionada con la botánica montó en cólera, pero ya el daño estaba hecho y no había remedio posible.
 No fue fácil encontrar al siguiente más viejo entre tantos ancianos, pero de entre los muchos que por su aspecto indicaban superar los cuatro mil años, se catalogó un pino al que se puso de nombre Matusalén y que su germinación se produjo el año 2832, antes de nuestra Era, es decir que a día de hoy, tiene la friolera de 4.844 años.
Para evitar accidentes indeseables como el descrito con el becario, o la posibilidad de algún acto de vandalismo, la ubicación de este milenario pino no se ha dado a conocer.
En principio se creyó que todos aquellos árboles que parecían salir de una película de terror, era de la misma especie, pero las investigaciones posteriores han demostrado que por lo menos pertenecen a dos especies, muy parecidas, pero también muy singularmente diferenciadas.
Lo realmente curioso de estos pinos es que los más longevos se han encontrado en los lugares más impensables, donde hay que soportar más frío y más calor y donde más escasea el agua. Los científicos creen encontrar, en esta rara circunstancia, la capacidad del árbol para adaptarse al entorno y cuanto mayores son las calamidades que ha de soportar, mas se protege contra la adversidad. Así, hay algunos pinos cuyo tronco está muerto en un noventa por ciento y solamente una estrecha franja vertical permanece viva y de ella brotan ramas con sus hojas que, llegado el momento desarrollan flores y luego frutos: una piñas pequeñas.
Su madera, de color anaranjado, es dura y resinosa, lo que lo hace inmune a las plagas de microorganismos, así como al ataque de insectos, agresiones que dadas las extremas condiciones de vida, tampoco son muy frecuentes, pues no hay hongos en donde no hay humedad ni los insectos pueden vivir en climas como ese.
Son, en fin, una serie de coincidencias las que han hecho de estos vegetales los seres vivos más viejos de La Tierra, pero, sorprendentemente todas esas coincidencias no son precisamente las que pueden facilitar la vida, sino todo lo contrario, por lo que de no haber entrado en liza un sorprendente amor a la vida y una extraordinaria capacidad de resistencia, estas joyas vegetales no tendrían el honor de colocarse en la cabeza del escalafón de la vida.
Al contrario de lo que en un principio se pensó, la tala de Prometeo sacó del anonimato la Arboleda de Shulman y la dio a conocer al gran público, sensibilizando a numerosos colectivos cuyo esfuerzo en común consiguió colocar aquel bosque de pinos milenarios en todos los catálogos, considerando la zona como espacio protegido, Parque Nacional y Reserva de la Biosfera.

Una última consideración, por si algún conocedor de la botánica pudiera hacer una puntualización sobre algunos vegetales mucho más antiguos que estos pinos Bristlecone, como pudieran ser los pinos Huon de Tasmania o como Pando, el bosque de álamos temblorosos de Utah, en ambos casos se trata de vegetales que se clonan a si mismo a partir de una raíz común, pero estos árboles, cada uno por separado y desde que nacen, no alcanzan más que algunas centenas de años, muy lejos de los milenarios Bristlecone.

EL ENVEJECIMIENTO DE LA POBLACIÓN Y EL ESTADO DEL BIENESTAR

Mi buen amigo Rafael Herrero, economista, director del Banco de España de Ceuta, miembro del Grupo de Opinión Salvador de Madariaga y muchas otras cosas más, me remite este interesante artículo referido exclusivamente a España y que junto con los de otros treinta y tantos países se ha presentado esta semana en un simposio en Madrid.
Por su interés me permito publicarlo en mi blog y espero que no os arrugue el corazón.


EL ENVEJECIMIENTO DE LA POBLACION Y EL ESTADO DE BIENESTAR.

Por Rafael Herrero Casaleiz



-Consideraciones generales-

El envejecimiento de la población es un proceso que se acelera desde hace varias décadas. El último informe de Eurostat -Europop 2010- (1) y el análisis de los datos publicados por el I.N.E. lo ponen de manifiesto. En los próximos cincuenta años  va a proseguir la aceleración del proceso. En el fenómeno incide tanto la caída del índice de fertilidad como el de mortalidad y la cuestión se complica con los flujos migratorios que se han venido intensificando a partir de la segunda mitad del siglo pasado. El resultado neto de estos flujos, positivo o negativo, intensificará o no este proceso. Esta convulsión demográfica se ha calificado como el “baby boom”, aplicado a la generación de los 60 del siglo anterior y año de origen del estudio del informe de Eurostat, que se proyecta hacia 2060, año en el que ya habrá desaparecido casi la totalidad de la generación de 1960.

El estudio mide el proceso a través de cuatro indicadores: “Edad media de la población”; “Proporción de personas de 65 años en adelante” -olders-; “Proporción de personas de 80 o más años” -oldest-;  e, “Indice de dependencia, OADR -old age dependency ratio-” (2). (Este último se obtiene de una relación por cociente entre la población de 65 años en adelante y la población en edad de trabajar -15 a 64 años-). El campo de aplicación se realiza sobre 31 países, incluido España, de entre los 52  europeos. Se trata de un estudio de una gran complejidad del que tomo, sucintamente, lo que se refiere a España y que voy a tratar de  manera un tanto restringida, tan sólo en lo que afecta de forma directa a nuestro “Estado de bienestar”.

-Situación general

A 2011 los 52 países europeos sumaban una población de 737.961.000 de habitantes. La cuota española era de algo más de 47 millones, es decir  el 6,36 % y su esperanza de vida al nacer de 81 años, y a los 65 años de 20,4 (Para 2051 estos índices están estimados en 89 años y 25,65, respectivamente). A efectos de complementar los indicadores antes citados se exponen a continuación unos datos referidos a dos épocas transcurridas (1960 y 2010) y otra estimada (2060). De ellos podemos obtener algunas comparaciones bastante expresivas.


AÑOS                                                        1960               2010                2060

Edad media de la población, años          29,6                39,9                  49,7

% Población 65 años en adelante            8,2                 16,8                  31,5    

“          “        80    “     “       “                   1,2                   4,9                  14,2

OADR (Personas dependientes)               12,7                24,7                  56,4

España, tanto en 2010 como en 2060, ha venido superando las  medias obtenidas por los 31 países que componen el estudio, que son las siguientes:


AÑOS                                                         2010                   2060

Edad media de la población                         39,80                  47,20

Población de 65 años en adelante                16                      29,30

          “           80    “     “       “                       4,1                   11,5     
                                                                          
OADR, Ratio dependencia                             23,6                  52,4
  
Desde 2010 a 2060 la población española crecerá por encima de 14 millones de habitantes. La población de 65 años en adelante crecerá un 14,7% y la de 80 años en adelante crecerá un 9,3%.  La ratio de personas dependientes aumentará un 31,7. (Datos, todos ellos, aplicables a los que se expresan en los dos últimos párrafos de este trabajo).

Si en los dos primeros índices España ocupa un lugar entre los más destacados, en el tercero (“Oldest”), ocupa el primero seguida de Italia, ambos bastante distanciados de la media. Como consecuencia de todo ello la ratio de personas dependientes -OADR- aumentará de manera alarmante, aumento que alcanza casi un  60 en Alemania, sólo superado por Letonia, Polonia, Rumania y Eslovaquia. (España 56,4)

-¿ Se aproxima el “Grandparents Boom” ?.

No existe en país alguno ni en ninguno de ellos valores más bajos  en 2060 que en 2010. No existen precedentes más allá del curso de la historia. La población habrá crecido o disminuido en algún momento y en algún país, pero la forma de la distribución de la pirámide de población nunca mostró reversión en su proporción o en su distribución. Lo que nos dice la OADR  es que si en 1960 hubo un porcentaje de tres jóvenes (0 a 14 años) por cada mayor de 65 años, en 2060 podría haber dos ancianos por cada joven de esas edades, es decir más ancianos por menos nietos y lo que es más, los “Oldest-old” van, en promedio, a superar a los niños de cinco años alrededor del comienzo de la próxima década. Por tanto la aparición de bisabuelos será algo común y la familia será  más vertical que horizontal. Su expresión en un esquema triangular supondrá, progresivamente, un estrechamiento de su base y al propio tiempo un alargamiento de su altura.

Consideraciones finales.

Si los flujos migratorios se detuvieran repentinamente la población española envejecería aún más y en general  todos los países que hasta ahora se han visto afectados por saldos positivos migratorios sufrirían el mismo proceso. (España alcanzaría una edad media de 54,4 años en 2060 en vez de 49,7 estimado hoy)

La inmigración por tanto  puede ser vista como una opción para suavizar el proceso de envejecimiento, no obstante y como quiera que los emigrantes son siempre más viejos que los recién nacidos, si el factor de crecimiento de la población fuera inmigración en vez de fertilidad, entonces el proceso de envejecimiento sería menos suave que en el caso de una fertilidad creciente. Este efecto disminuye si la fertilidad de los emigrantes es mayor que el de la población anfitriona.

Las implicaciones que todo cuanto antecede va a tener en el sistema socioeconómico y en concreto en los programas públicos de pensiones, salud, educación, etc. va a ser bastante problemático. Realmente nos enfrentamos a un cambio radical de tales estructuras y en cuanto a la familia estamos ya inmersos en un proceso en el que es problemática, en muchos casos, la atención de nuestros mayores. ¿Qué ocurrirá cuando aparezcan abuelos y bisabuelos contemporáneos? Sin duda un cambio radical de la estructura familiar tal y como ha estado concebida hasta hoy, pues es presumible que las condiciones de salud de la vejez continúen mejorando y todo ello supondrá un gran reto para todo el sistema de seguridad social, y no sólo por las pensiones. Debe considerarse que en particular el soporte de ancianos  que hasta ahora, con matices, ha venido estando al cuidado de las familias, puede alcanzar sus límites en las décadas venideras, cuando el modelo de familia vaya convirtiéndose, progresivamente, en más “vertical”.

Por último, datos que nos ofrece el I.N.E. referidos a 2011 nos muestran una población próxima a los 47 millones de residentes en España, distribuidos como sigue:

Población entre 0 a 14 años……………..15,1 por 100

         “          “    15 y 64 años……………67,7 por 100

         “           de 65 años  en adelante……17,1  por 100

Obsérvese que ya la cifra de mayores de 65 años supera a la de jóvenes entre 0 y 14 años, pero tanto más significativo es el elevado porcentaje de población entre 15 y 64 años que a lo largo de las próximas décadas va a ir integrándose en el tramo de población de 65 en adelante, con limitadas posibilidades de cumplir el relevo por la de jóvenes que van a entrar en edad de trabajar.

29 mayo 2013   
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(1) Informe Eurostat- Statistics in focus 23/2011: “Populations and social conditions”, Author: Gianpaolo Lancieri. (Headline: “The greying of the baby boomers. A century-long of ageing in Europa populations”)


(2) El OADR es frecuentemente utilizado como indicador aproximado  del impacto de envejecimiento, pues en definitiva nos pone de manifiesto el soporte que sobre la población en edad de trabajar recae la carga de la población dependiente, así un OADR tasa 0,2 significa 20 ancianos por cada 100 activos. Si en España y en el grupo de países que con ella tienen las ratios más altas en 2031, pueden tener un OADR de 0,5 quiere decir que hay 2 personas en edad de trabajar por cada anciano (ratio nunca alcanzada).

sábado, 25 de mayo de 2013

LAS DOS INQUISICIONES DE ESPAÑA





Hace unos días escuché, para mi sorpresa, que mientras las condenas a muerte que la Inquisición impuso en España no pasaban del dos por ciento de los casos que enjuiciaba, en los demás países europeos, incluso de religión protestante, esas penas ascendían al ochenta por ciento. El dato no deja de sorprender, sobre todo cuando siempre hemos creído que España era un país muy intransigente con la herejía y que de ahí se había ganado la dudosa reputación de ser la reserva espiritual de occidente.
Después de contrastar que las cifras eran verídicas, me di a pensar en lo poco que sabemos de nuestra historia, que es lo que repito siempre, y cuán desapercibidos han pasado algunos episodios, siendo este de la inquisición uno de ellos.
A pesar de que somos raudos en tachar a cualquiera de inquisitorial o lo apodamos Torquemada a las primeras de cambio, es muy posible que de la inquisición no sepamos casi nada más que lo superficial: que el primer inquisidor fue el dominico  mencionado y que se le atribuye una ingente cantidad de atrocidades en el nombre de la fe. Pero quizás ignoremos muchos detalles tan curiosos como que en España hubo oficialmente dos tribunales de la Inquisición, el episcopal, que ejercían los obispos en sus diócesis y que obedecía la disciplina de Roma y que se llamaba Tribunal de la Inquisición de España y otro, que se llamaba Inquisición Española y que dependía directamente de la corona.
La primera, la de España, obedece, como todos estos tribunales, a la necesidad de atajar una herejía que en el siglo XII y XIII se había extendido de manera peligrosa para los fines de Roma. Se trataba de herejía albigense o de los cátaros. Cátaro significa puro y albigense, deriva de la ciudad de Albi, en donde se gestó la herejía, y ésta, a su vez, de albo, blanco, que tiene el mismo significado en relación con la pureza.
En el sur de Francia, en una región llamada Occitania o Langedoc, se inició el germen de esta creencia que en sí misma era mucho más antigua que la propia religión cristiana, pues tenía sus raíces en el maniqueísmo, la filosofía que el persa Manes había conjugado con las filosofías orientales, según las cuales todo en el mundo se debate de una lucha permanente entre Ormuz, dios del bien y Ariman, dios del mal.
A punto de crear su propia iglesia, los herejes albigenses se extendieron por el reino de Aragón, limítrofe con Occitania y que en Francia tenía posesiones como el Rosellón Catalán y la Cerdaña.
Para combatir aquella herejía, la Iglesia, por medio de la bula Ad Abolendam del Papa Lucio III, estableció en 1184, la denominada Inquisición Medieval, de la que se desarrollará más tarde el Tribunal de la Santa Inquisición y del Santo Oficio. Por ser el reino de Aragón lugar en donde la herejía estaba muy propagada, la Inquisición se asienta allí, pero en los demás reinos peninsulares no se crean estos tribunales.
En un principio, la Iglesia se había limitado a condenar las herejías con la única fuerza coercitiva que tenía en su mano y que era la excomunión, pero cuando, primero Roma y luego otros países, van aceptando la religión católica como religión oficial, las herejías empiezan a considerarse delitos contra el estado y ya no vale sólo con la excomunión que promueve la iglesia sino que el propio estado aporta su poder para que las penas no sean exclusivamente de sentido y que el daño acompañe a la condena.

Auto de fe

Para eso no se escatiman esfuerzos en arrancar confesiones a base de las torturas más atroces e imposibles de imaginar, hasta conseguir la confesión y terminar considerando al reo culpable de herejía, brujería o cualquier otra barbaridad, condenadolo al fuego purificador.
Pero como decía, en los reinos peninsulares apenas se aplica la disciplina de este tribunal y de hecho la situación está tan relajada que no es hasta el año 1478 que los Reyes Católicos, acuciados por la tremenda situación que se está viviendo en España en relación con los judíos conversos que continúan con sus ritos, entienden la necesidad de solicitar del Papa Sixto IV la creación de un tribunal inquisitorial que persiga a los herejes.
El Papa concede la creación de dicho tribunal mediante la bula Exigit sincerae devotionis, a la vez que da a los Reyes la potestad de nombrar y remover a los inquisidores, lejos del control natural que debería reservarse la Iglesia. Por tanto este nuevo tribunal, que se conoce como Inquisición Española es manejada totalmente por la corona. Así como la herejía albigense da pie a la creación de la primera Inquisición, ahora son los judíos los que provocan la creación de este nuevo tribunal.
Hay que remontarse a los finales del siglo anterior para empezar a comprender el fenómeno que se inicia con los asaltos a las juderías, comenzando por la de Sevilla en 1391. Asustados y arrinconados en sus ghetos, los judíos optan por las conversiones. Pero en su nueva situación, en la que son llamados marranos, perros o más lisonjeramente, cristianos nuevos, frente a los cristianos viejos o lindos, cada vez ven más recortadas sus libertades y las posibilidades de ganarse la vida, pues desde las conversiones masivas, los judíos, mejor preparados para ejercer oficios, más cultos, conocedores del sistema decimal y verdaderos genios de las finanzas, han desplazado a los cristianos viejos, lo que despierta la envidia y los celos y comienzan las intrigas y denuncias contra sus verdaderas creencias.
En España predominaban dos órdenes religiosas, los franciscanos y los dominicos y en esta última, el priorato lo detenta fray Tomás de Torquemada, que, además, era el confesor de la reina.
Hasta él llegan las protestas de los cristianos y el fraile inicia una campaña de predicaciones sobre la conveniencia de establecer la Inquisición en Castilla. Coinciden sus prédicas con el descubrimiento en Sevilla de la conjura judía encabezada por el banquero Diego Susón y que fue delatado por su hija, un acontecimiento sobre el que publiqué un artículo en noviembre del pasado año 2011, que algún lector recordará.
En consecuencia, el papado accede mediante bula a la creación de un nuevo tribunal, cuyos primeros inquisidores son Miguel de Morillo y Juan de San Martín, que llegan a Sevilla en 1480 y cuya primera actuación es llevar al quemadero de Tablada al banquero y a todos los que con él estaban compinchados, los cuales, el seis de febrero de 1481 murieron en la hoguera.
Estos inquisidores son en realidad funcionarios del estado y responden a los criterios políticos del momento y en ellos se extingue el proceso, es decir, contra sus resoluciones no cabe recurso alguno, ni siquiera ante el Papa. Torquemada es nombrado Inquisidor Supremo y en el tribunal se integra el cardenal Mendoza y los dos antes mencionados.
Esta fue la Inquisición que funcionó en España, pues la episcopaliana, es decir, la de los obispos, apenas mostró preocupación por mantener la fe cristiana contra la herejía, los defensores de la Ley de Moisés o los seguidores del Profeta Mahoma.
Es por tanto muy posible que aquella información que mencionaba al principio del artículo, se pueda referir a una comparación entre los diferentes tribunales que bajo la potestad de la Iglesia funcionaron en toda Europa, pero es evidente que las cifras no están comparadas con los procesos que siguiera la llamada Inquisición Española, porque afortunadamente existe mucha documentación sobre los procesos que llevaron a cabo los diferentes tribunales inquisidores que se formaban con la presencia de dos jueces letrados y un teólogo, todos los cuales debían ser eclesiásticos. Un fiscal acusador y un juez de bienes que era el encargado de tasar las posesiones confiscadas a los acusados y, y este es un detalle muy de agradecer, un notario, cuya misión consistía en escribir todas las preguntas y respuestas, lo que para el estudio historiográfico ha constituido un valor documental incalculable, pues hasta en los momentos de las tortura se transcribieron todas las preguntas y las respuestas. De otra manera y tal como estamos viendo en estos momentos, en los que la memoria histórica nos falla en demasía, ya se habría encargado alguien de desmentir las atrocidades que en nombre de la fe se hicieron.
Porque la realidad es que en nombre de la fe se hicieron atrocidades y muchas. Se empleó la tortura como medio eficaz de arrancar confesiones, tras las cuales el reo, de una manera desvergonzada era entregado al brazo secular, que se encargaba de ejecutar la sentencia que normalmente era morir en la hoguera.
La Inquisición española utilizó, fundamentalmente, cuatro tipos de torturas que eran conocidas con los nombres de: Agua, Cuerda, Garrote y Garrucha.
La del agua consistía en verter agua sobre la cara del reo cubierta por un paño, impidiéndole respirar; la de cuerda era estirarle los miembros atados con cuerdas y traccionados por poleas; el garrote consistía en fuertes ataduras que eran apretadas mediante un garrote introducido entre las cuerdas que se iba girando para apretar; y la garrucha se usaba para atar a los reos por las manos y suspenderlos, soltándolos bruscamente sin que llegasen al suelo.
Como se aprecia, cualquiera de los procedimientos debía de resultar insoportable y la confesión era inevitable.

Grabados de los cuatro tormentos


sábado, 18 de mayo de 2013

¡A TIERRA, PUTO!






A veces pienso que es casi normal que haya episodios de la historia de España que hayan pasado desapercibidos, incluso ignorados, a pesar de tener mucha importancia y es que siendo nuestra historia tan extraordinariamente rica y extensa, parece lógico que así ocurra.
Durante toda la Edad Media, la existencia de los diferentes reinos peninsulares, amontonó los acontecimientos de tal manera que solamente los más destacados alcanzaron popularidad, mientras que otros han pasado casi inéditos.
En mi afán por sacar a la luz estos episodios, a veces me encuentro con verdaderas perlas conservadas en vetustos arcones. La de hoy es una de ellas, conocida por escasos estudiosos de la historia, algún curioso que haya escudriñado en acontecimientos insólitos y otros, como yo, que lo haya encontrado por pura casualidad.
A mediados del siglo XV, Castilla vivía tiempos convulsos. Reinaba Enrique IV, de la casa de Trastámara, que ha pasado a la historia con el sobrenombre de El Impotente, el cual estaba casado con Blanca de Navarra, pero que tras varios años de matrimonio sin consumar, el Papa le concedió el divorcio.
No era intención del monarca permanecer soltero, pues ya había concertado un nuevo matrimonio con Juana de Portugal, hermana del rey de aquel país, pero para eso había que desmontar el rumor que cada vez tomaba más cuerpo sobre la impotencia de Enrique. Para eso, algunas damas de la corte se prestaron a declarar que ellas habían tenido trato carnal con el rey que se había mostrado totalmente normal.
Así, con la connivencia de la Iglesia, se declaró que el rey estaba bajo los efectos de un maleficio que le había impedido consumar el matrimonio con Blanca, pero que con el resto de mujeres era persona normal.
Un episodio de lo más acomodaticio y a los que la Iglesia, según vemos, se ha prestado desde siempre, que se sustentó en la duda creada sobre la virilidad del rey.
Gregorio Marañón en su Ensayo Biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo, ya comenta que no hay certeza sobre las capacidades del rey, puestas en duda por algunos cronistas de la época, tenuemente defendidas por otros y tachada de pura calumnia por alguno.
Pero no quiero aquí hablar de lo que ya han hablado los que verdaderamente entienden de historia, de psiquiatría y del ser humano, no; quería hablar de algunas otras cosas que ocurrieron durante el reinado de ese infortunado rey.
Era hijo primogénito de Juan II y había heredado así el trono de Castilla; tenía dos hermanos, un varón, Alfonso y una mujer, Isabel.
Pero sobre todo tenía, desde muy joven, escasa voluntad y poco carácter. Su padre le había colocado una especie de preceptor, amigo y compañero de andanzas llamado Juan Pacheco que levantaba excesivos recelos en la corte.
No era, ciertamente, la casa Trastámara, una monarquía muy fuerte, mientras que la nobleza si que gozaba de una posición muy poderosa. Y al frente de aquella nobleza, el personaje más poderoso de la época, don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla, Maestre de la Orden de Santiago y valido que fue del rey Juan II. A su lado se colocaban los Infantes de Aragón, que a pesar de su nombre, ejercían todo su poder en Castilla.
Las cosas con el rey Enrique no iban a satisfacción de estos nobles que incluso llegaban a ver una relación homosexual entre el rey y su amigo y consejero Pacheco.
Tras la boda con Juana de Portugal, pariente de los Infantes de Aragón, la reina quedó embarazada, pero nadie creyó que Enrique fuera el padre y esa paternidad fue atribuida a otro de los validos del monarca, Beltrán de la Cueva e inmediatamente a la hija, nacida en 1462, se le apodó la Beltraneja.
Este es un episodio muy conocido de nuestra historia y constituye una muestra de los tremendos bandazos que daban las monarquías para asegurarse la sucesión, pues, teniendo una hija, el propio rey propone como sucesora a su hermana Isabel, siempre que esta se case con un príncipe que él elija. Es lo que se conoce como el Tratado de los Toros de Guisando, firmado en 1468.
Pero antes de eso, la nobleza castellana protagonizó un lamentable espectáculo que es el que da lugar al título de este artículo.
Desde que Beltrán de la Cueva ha obtenido el favor del rey y de la reina, el amigo de la infancia, Juan Pacheco, marqués de Villena ha pasado a un segundo plano que no acepta y tras los primeros escarceos y exhibición de armas, sin desenfundar, se ofrece al rey de Francia y luego, se coloca descaradamente contra su antiguo amigo. Liderando a la nobleza castellana, reúne a su alrededor a lo más granado del momento que junto a la iglesia, a la que hace ver el carácter ilegítimo de la infanta Juana, predispone contra el rey.
Pero para que haya conspiración tiene que haber un recambio para el monarca y ese repuesto lo encuentra en Alfonso, hermano del rey que no tiene ninguna posibilidad de reinar.
Pero eso no importa y en un acto que ha pasado a la historia como La Farsa de Ávila, escenifican teatralmente una deposición del rey.
El cinco de junio de 1465, junto a las murallas de la ciudad, colocan un estrado y en él lo que hace parecer un trono, sobre el que colocan un monigote vestido con ropas regias de color negro y todos los atributos del monarca de Castilla. En el curso de la representación que tiene lugar, los nobles castellanos y los obispos y arzobispos asistentes, van detallando las iniquidades del  rey Enrique IV; hacen sus acusaciones de impotente, indolente, homosexual, amigo de los moros y cornudo consentido, tras lo cual dictan un veredicto que se cumple de inmediato.
El arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo, desposee al muñeco de la corona, el conde de Plasencia le quita la espada, el de Benavente lo hace con el cetro y al final, para dar mayor dramatismo a la grotesca escena, el hermano del conde de Plasencia derribó el muñeco a la vez que gritaba: “A tierra, puto”.

Grabado de la Farsa de Ávila


De inmediato, subieron al estrado a Alfonso y al grito de “Castilla, por el rey don Alfonso”, lo proclamaron rey y lo invitaron a gobernar con el nombre de Alfonso XII.
Pero el nuevo rey, creado por aquellos disidentes, carecía de cualquier crédito entre la inmensa mayoría de los nobles, caballeros y demás habitantes del país que lo consideraron como un muñeco en manos del antiguo valido, ahora preterido y el sabio pueblo, sin hacer causa común con los cismáticos nobles, permaneció leal a Enrique.
Fue esa la causa de una agitación general en toda Castilla que afortunadamente tuvo poca trascendencia y que se acabó dos años más tarde con la muerte del infante Alfonso.
Pero el que está herido en su amor propio, no ceja en su tarea conspirativa y como la infanta Isabel acató la voluntad de su hermano, el rey, de inmediato se pusieron de parte de Juana La Beltraneja y a la muerte del rey, ocurrida en 1474, se opusieron abiertamente a la coronación de Isabel, estallando la que se conoció como Guerra de Sucesión Castellana que se prolongó por cinco años, hasta la victoria final de los partidarios de Isabel.
Aquella farsa dio lugar a una rebelión de la nobleza contra la corona que tuvo consecuencias muy importantes para la posteridad.
Envalentonados, los disidentes se atrevieron incluso a buscar apoyos en Portugal y en Francia y los obtuvieron casando a la Beltraneja con el rey Alfonso V de Portugal.
Tras la decisiva batalla de Toro, en donde no hubo un claro vencedor, pero que provocó la retirada de los portugueses a su país, se consolidó la posición de Isabel que ya sin rival, ofreció a su sobrina la posibilidad de casarse con el infante Juan que acababa de nacer y que aquella declinó, ingresando en un convento.
La consecuencia más destacada que se inició con aquella farsa fue la pérdida de todo el poder militar de la nobleza, lo que permitió la creación de un estado moderno y fortalecido, aunque en el terreno económico los nobles continuaron ejerciendo un gran poder e influencia.
El episodio fue tan intrascendente que el nombre de Alfonso XII no quedó registrado en los anales y su ordinal fue ignorado completamente, debiendo pasar cuatro siglos hasta que otro rey volviera a llevarlo.
Un dato curioso e incluso chocante es que, entre los partidarios de Isabel, se encontraba Beltrán de la Cueva, el supuesto padre de Juana de Trastámara que luchaba por convertirse en reina.

sábado, 11 de mayo de 2013

EL REY DE COCOS







El valor que tenían las especias hace cinco siglos es algo que en el día de hoy nos resulta difícil de comprender, pero lo cierto es que la búsqueda de estos productos impulsaron casi todos los grandes descubrimientos desde el siglo XV.
En algunos yacimientos prehistóricos, los arqueólogos han encontrado vestigios del uso de algunas plantas como el ajo, la cebolla, los rábanos y otras muchas, lo cual quiere significar que desde la más remota antigüedad, el hombre trató de dar a los productos que consumía, un cierto tono de sabor que los desviara de los posiblemente malos sabores que tuvieran aquellos primitivos alimentos. Salvo en la época de las glaciaciones, conservar las carnes, producto de la caza, o las verduras y frutas de la recolección, era tarea muy difícil, por no decir imposible y, por tanto, los hombres primitivos estaban obligados a comer carne semicorrompida o verduras podridas.
Para disimular el mal sabor de algunos alimentos, se empiezan a utilizar unos productos, casi siempre vegetales, pero a veces también animales y minerales, que se conocen con el nombre de “especias”.
Fueron los romanos los primeros en elevar a la categoría de exquisitez, el uso de algunas especias tradicionalmente usadas, o salsas tan preciadas como el Garum que obtenían en nuestras costas gaditanas y que los griegos habían bautizado siglos antes como Garo, que era el nombre que ellos daban a nuestras caballas, base de la fabricación de tan exquisito condimento.
Pero no solamente las especias eran productos para utilizar en la cocina como conservantes o sazonadores, también para fabricar los perfumes, los medicamentos, linimentos y aceite corporales y en algunos casos como eficaces afrodisíacos
Para buscar especias se dobló el Cabo de Buena Esperanza y se cruzó el desconocido Atlántico, con la certeza de que las especias traerían la riqueza a quienes con ellas comerciaran y así fue en muchos casos, pues la humilde nuez moscada llegó a valer más que el oro.
Indudablemente que su comercio produjo importantes ganancias e incluso sustentó la economía de países, pero llegó un momento, en el siglo XIX que el avance de la agricultura permitió lo que hasta entonces estaba vedado y que fue el cultivar aquellas plantas lejos de sus habitats naturales. Con este nuevo sistema se abarató considerablemente el precio de los productos, se acercó éstos al gran consumo y muchas empresas dedicadas a la importación se vinieron a pique.
Pero lo más importante de lo que trajo la búsqueda de las especias, fueron los innumerables descubrimientos de islas, archipiélagos y continentes que durante varios siglos se fueron produciendo.
Una de las zonas en la que se produjeron mayores descubrimientos y colonizaciones fue en el Océano Pacífico, plagado de islas, mientras que su vecino, el Índico era muy ignorado, limitándose la navegación a las rutas ya establecidas.
Si echamos una mirada al mapa de la zona veremos que este océano está inmensamente despoblado y desde la punta de África, o la isla de Madagascar, hasta Indonesia o el Mar de Java, no se encuentra nada más que un archipiélago, de escaso tamaño y apenas habitados. Son las Islas Coco, compuestas por dos atolones con veintisiete islas coralinas.
Estas islas fueron descubiertas en el año 1609 y de manera totalmente accidental. Tres barcos de la Compañía de las Indias Orientales salieron en 1607 de Inglaterra con destino al Océano Índico con intención de descubrir islas y comerciar con las especias. A bordo de uno de ellos navegaba el capitán William Keelling. Su barco se llamaba Dragón Rojo y fue el último de los tres buques en regresar a su base.
Al hacerlo, el capitán Keelling, un apasionado del teatro, en cuyo barco se representaban obras de Shakespeare por parte de la tripulación, puso de manifiesto el descubrimiento de unas islas, a mitad de camino entre Java y África, a las que había bautizado con su nombre.
Las Islas Keelling, como se las conoció desde entonces, estaban deshabitadas, pero a decir de su descubridor, eran de una gran belleza y en ellas había mucha vegetación y abundante agua que en las lagunas interiores de los atolones, formaban unas lentes flotantes sobre el agua muy salina de éstos.
El descubrimiento no pareció tener demasiada importancia, pues Keelling no encontró en las islas otros productos que el coco, en aquel momento no muy demandado y, además, bastante frecuente en muchos lugares del Pacífico.
Tan escasa importancia se le dio que no se tiene noticia de que ningún otro barco arribara a sus costas hasta que en 1825, es decir, más de doscientos años después el Mauritius, un bergantín inglés, encalló en sus arrecifes, viéndose la tripulación en la necesidad de refugiarse en las islas hasta que pudieron reparar el buque muchas semanas después.
Este naufragio demostraba que la supervivencia en las islas Keelling era posible y que abundando el agua y la vegetación, también había animales para completar la cadena alimenticia.

Grabado del desembarco en las Cocos

Ese mismo año y de manera accidental, otro navegante escocés, John Clunies-Ross, arribó a las Islas Keelling, quedando prendado de la belleza de las mismas y de la enorme cantidad de cocos que podrían producirse en aquellas privilegiadas islas, hasta el extremo de que decidió volver allí e instalarse allí con su familia
Esa noticia fue conocida por el gobernador de Borneo, Alexander Hare, el cual con doscientos esclavos malayos y todo un harem con cuarenta mujeres que poseía para su propia satisfacción, se trasladó a las islas, anticipándose a los deseos de Clunies-Ross.
Enseguida vio que las condiciones de la isla eran óptimas para producir cocos en gran cantidad y comenzó la producción de copra y aceite de coco que empezaba a demandarse mucho en perfumerías, para fabricar jabones y en repostería, como aderezo de pasteles, galletas y chocolates .
Apenas un año después arribaron a las mismas islas John Clunies-Ross con su familia y cuarenta trabajadores y con planes de recolectar cocos y plantar muchas palmeras más.
Pronto surgieron diferencias entre ambos personajes, en las que Hare llevó la peor parte porque además de la competencia y rivalidad entre ambos, muchas de las mujeres que Hare tenía en su harem se marchaban a vivir con los trabajadores de Clunies y por otro lado las durísimas condiciones que éste imponía a sus esclavos malayos, comenzaban a minar la salud de los braceros, afectando a la producción y terminando por hacerle imposible la vida en aquellas islas, por lo que el año 1831 abandonó las abandonó con el resto de personal que le quedaba.
Con su marcha, John Clunies-Ross quedó como único señor de las islas, convirtiéndose en una especie de reyezuelo que la gobernaba y que incluso llegó a crear su propia moneda: La rupia de las Coco que, como es natural solamente servía en el comercio interno.
El patriarca de la familia falleció en 1854, sucediéndole su hijo John George que se autodenominó Ross II. Tres años después las islas fueron anexionadas al Imperio Británico y el que hasta entonces había sido su “rey”, pasó a ser simplemente el administrador del territorio.
Pero las islas tenían escaso interés para la corona británica, hasta el extremo que, tras mucho insistir y dar la lata, la reina Victoria las concedió a la familia Ross a perpetuidad, aunque en la cesión se estableció una cláusula por la que la corona podría recuperarlas, sin indemnización alguna, en caso de que así lo aconsejara el interés público.
Poco interés público habría en aquellos alejados y semidesérticos atolones, sin embargo la fortuna de la familia Clunies-Ross crecía de manera importante, porque aparte del comercio del coco que mantenían constantemente con puertos de la isla de Java, empezaron a dedicarse al aprovisionamiento de los buques balleneros que cada vez en mayor número surcaban las aguas del Índico y que aquellas islas le venían a medio camino entre sus caladeros y los puntos habituales de suministros.
Y por si fuera poco, el descubrimiento de fosfatos en las vecinas Islas Navidad propició que los Roos creasen una compañía para su explotación, disparándose la producción de abonos, tan importantes para la agricultura del pasado siglo XIX.
Pero no todo era idílico en aquel supuesto paraíso de belleza inigualable. La población no conseguía reproducirse y era constante la traída de mano de obra procedente de China y las islas de Java, Borneo, Ceilán, etc., personas que se adaptaban mal a las condiciones de vida y con mala alimentación sobre todo por la escasa variedad de productos, morían muchos y otros enfermaban y se inutilizan para el trabajo. En un año el beriberi, enfermedad producida por falta de vitamina B, produjo más de cuatrocientas muertes entre los poco más de dos mil trabajadores.
El enclave estratégico de las Coco las hizo apetecible en las dos grandes guerras, pero aparte algunas escaramuzas navales, quedaron totalmente al margen del conflicto.
En 1954, la reina Isabel II visitó las islas en las que la familia Ross seguía reinando. Pocos meses después las islas fueron cedidas a Australia, lo que supuso para las Clunies-Ross la pérdida de su reino que durante ciento cincuenta años les perteneció sin ningún derecho.
Con la llegada del gobierno australiano empezó a derivarse la producción agrícola hacia otros campos y los sindicatos a denunciar las condiciones de esclavitud en que vivían los mil quinientos habitantes que había en ese momento.
Pero tenían los Ross una concesión a perpetuidad que los hacía dueños de aquellos islotes, concesión que les permitía seguir casi en la misma situación, aunque con más problemas cada vez, hasta que en 1978 y por seis millones y cuarto de dólares americanos vendieron las islas al gobierno australiano y en 1984, mediante referéndum, los seiscientos habitantes de las islas decidieron su plena integración en Australia.
El último superviviente de la familia Clunies-Ross que vive aún en el archipiélago es John George que tendría que haber sido Ross IV, al cual la BBC le hizo una entrevista en 2007, en la que se lamentó de la pérdida que sufrió su familia.

sábado, 4 de mayo de 2013

¿IMPORTA DÓNDE NACIÓ?





Si hay un número de interpretaciones de la misma magnitud de las que se han hecho sobre el personaje de ficción de don Quijote, es el que existe acerca del lugar en el que nació el más importante descubridor de todos los tiempos: Cristóbal Colón.
Y es muy natural que todos los países de la Europa de aquella época se quieran disputar el honor de tener como nacido en su tierra a un personaje de semejante talla.
Italiano, portugués, mallorquín, francés… cualquier hipótesis ha servido para dar cuna al personaje, del que, de pequeños, estudiamos y dimos por sentado, que era un navegante genovés, sin más polémica.
Fue más tarde cuando empezó a surgir la discusión y de la Génova italiana, pasamos a la Génova mallorquina, una pequeña localidad muy cercana a Palma que mira a la espalda del castillo de Bellver y que en cierto momento se apuntó al carro de la polémica porque la coincidencia de su nombre con la ciudad italiana le proporcionaba una ventajosa posición de partida.
Si no fue portugués, vivió y se casó con una portuguesa y desde allí nos vino a España para ofrecerse a nuestros Reyes Católicos y es casi seguro que en el vecino país adquirió el conocimiento de lo que años más tarde lo encumbraría.
Es por tanto lícito que Portugal se quiera apuntar un tanto, si no en el nacimiento, si en la formación del descubridor.
Salvador de Madariaga le atribuyó un origen incierto como sefardita converso, razón por la cual él quisiera ocultar su verdadera identidad y que, además, procedería de alguna ciudad del mediterráneo español, huido ante los muchos asaltos a las juderías que se produjeron en aquella época. Eso justificaría su dominio del castellano y su escasa facilidad para expresarse en italiano, teniendo en cuenta que, por tradición, los judíos tendían a conservar las costumbres y la lengua del lugar de su procedencia, razón por la que muchos sefardíes todavía hablan el castellano antiguo.
Pero lo que resulta ya más chocante es que también se lo quiera apropiar Francia y para eso voy a relatar una noticia aparecida en la prensa francesa hace ya muchos años.
El día 17 de agosto de 1841, la Gazeta de Madrid, nombre que tenía lo que hoy conocemos como Boletín Oficial del Estado, publicaba en la primera columna de la página tres, que unos días antes, el nueve de aquel mes, la Revista de París había publicado el descubrimiento de la partida de bautismo de Cristóbal Colón, en un pueblecito al norte de la isla de Córcega llamado Calvi.
Este descubrimiento se debía a un tal monsieur Guibega, prefecto de Córcega que aún no lo había publicado pero lo haría en breve y, en ese momento, Francia podría levantar un monumento a un hijo suyo considerado el más atrevido navegante de todos los tiempos.
No dice la Revista en qué fecha ni en qué parroquia fue bautizado, obvia todo eso para destacar únicamente lo que inspira el chauvinismo tan propio de esa nación: Colón era corso, compatriota de Napoleón y por tanto, francés.
El año de su nacimiento es también una incógnita, pues se han barajado fechas desde 1430 hasta 1441, lo que hace suponer que en el momento del descubrimiento, debiera tener entre cincuenta y sesenta años, que parece edad muy avanzada para aquella época y más aún si consideramos que la fecha de su muerte fue en 1506, es decir, estaba cercana.

Retrato a plumilla de Cristóbal Colón

Que se encuentre una partida de bautismo en cualquier punto del mundo, cuatrocientos años después de haber nacido una persona, es un hecho que podría entrar en lo que suele ser normal. En la búsqueda de unos archivos parroquiales puede aparecer un documento hasta ese momento ignorado, pero cuando existe una larga polémica para atribuirse la ciudadanía de universal personaje, el hecho puede chirriar ya de entrada.
Nadie ha dicho que aquella partida o acta de bautismo estuviese falsificada, lo que es muy probable, porque nadie se molestó en desmentir el origen corso del navegante, por razones que más adelante saldrán a relucir y muchos de los estudiosos y conocedores del tema no hicieron otra cosa que remitirse a las propias declaraciones de Colón, vertidas en un documento que tiene fecha de 22 de febrero de 1498 y que es el acta fundacional del Mayorazgo del navegante, en la que el propio Colón dice: “…de la cual ciudad de Génova he salido y en la cual he nacido.”
En el momento histórico en el que nos encontramos, el concepto de ciudad no es exactamente el que ahora tenemos y mucho menos en la Península Italiana, donde las ciudades–estados proliferaban. Los Estados Pontificios, las repúblicas de Florencia, Venecia y Génova, el Reino de Nápoles o el Ducado de Milán, son buenos ejemplos de pequeños estados independientes entre sí. De hecho Italia no consigue ser un país unificado hasta el siglo XIX en un proceso difícil, pero en el que los italianos manifiestan su deseo de unirse y que se consigue en el reinado de Víctor Manuel II.
Por tanto, mediado el siglo XV, decir que se era genovés, no tiene que significar haber nacido en la ciudad de Génova, sino en cualquiera de los territorios que le pertenecían.
Lo lamentable de todo este afán por ubicar el lugar del nacimiento del insigne Almirante, es que el desconocimiento de la historia que algunos demostraron, les haría posteriormente sonrojar.
El Papa Bonifacio VIII, que gobernó la sede vaticana desde 1294 a 1303, consiguió, por el tratado de Anagni, firmado en 1295 que Jaime II de Aragón, llamado El Justo, que había heredado de su padre el reino de Sicilia, se lo permutase por los derechos sobre las islas de Córcega y Cerdeña que quedaron incorporadas definitivamente a la corona de Aragón en 1325, cuando Jaime II las conquistó militarmente.
Años después y un siglo antes de nacer Colón, reinaba en Aragón Pedro IV, el del Puñalito, o el Ceremonioso, que agradecido a unas compañías de corsos, ciudadanos procedentes de Córcega, que habían  luchado a su lado en la defensa de Cerdeña, sitiada por las fuerzas militares de la familia genovesa Oria, mandó que todos los corsos fuesen tratados como catalano-aragoneses.
Parece necesario recordar también que los reyes de Aragón ejercieron la soberanía sobre Córcega en donde nombraban gobernadores que habían de regir los destinos de la isla, situación que se mantuvo aún cuando de hecho, dejaron de poseer aquella isla, arrebatada por los genoveses, en 1481.
Desde entonces muchas vicisitudes se ciernen sobre la República de Génova y las Islas, las cuales pasan por períodos en los que llegan a ser independientes, pero siempre con una fuerte presencia de los aragoneses que nunca cedieron un ápice en sus derechos sobre ellas y no es hasta 1768 cuando la República de Génova mediante el Tratado de Versalles, cede, mejor dicho, vende, la Isla de Córcega a Francia y por un precio tan ridículo que produce rechazo en la propia población corsa, que trata de resistirse y finalmente es derrotada por las fuerzas francesas, mas poderosas y mejor organizadas.
Por tanto, hasta 1769, en que el territorio fue pacificado y acogido bajo la soberanía francesa, Córcega había sido aragonesa, genovesa e independiente y más concretamente, en la fecha en la que debió nacer Colón, de la que ya se habló más arriba, no cabe ninguna duda de que Córcega pertenecía a la corona de Aragón.
Por tanto, si es cierto que esa partida de bautismo es la auténtica y de hecho podría serlo, de lo que no cabe duda es que en aquel tiempo, aquella tierra era tan aragonesa como el propio Aragón y, por tanto, Cristóbal Colón, sería aragonés, lo que en estos tiempos supondría que era español.
No hay que entenderlo así, porque España aún no existía, dividida como estaba en los reinos de Castilla, Aragón, Murcia, Granada, etc., y cuya unificación es lo que realmente propicia que Colón pudiera hacer su prodigioso descubrimiento.
Pero más allá de dar importancia a una persona por el lugar en que nació, resaltemos que la verdadera importancia no radica en ese lugar sino en el que pone a su disposición las condiciones necesarias para que el individuo desarrolle todo lo que lleva dentro.
Madame Curie nació en Polonia y a nadie se le ocurre decir que no fue en Francia el país en el que alcanzó su prestigio. Einstein, considerado el científico más importante del siglo XX, nació en Alemania y tampoco se le puede desvincular del país en el que desarrolló sus teorías que fue Estados Unidos. Nikola Tesla, importantísimo científico y padre de la corriente alterna, imprescindible en nuestros días para cualquier tipo de funcionamiento eléctrico, era servio, pero fue en Estados Unidos donde desarrolló sus innumerables patentes.
La lista sería interminable y con la globalización aumentará todavía más, pero lo que queda claro es que aunque el Almirante hubiera sido francés, España el país que descubrió América y eso no se puede negar, por muy lejos de nuestras fronteras que Colón hubiese nacido.