viernes, 12 de febrero de 2016

¿QUÉ COMEMOS HOY?




Esta es una pregunta que en la actualidad puede tener miles de respuestas, todas diferentes y todas muy apetitosas. Pero en otros tiempos era una pregunta absolutamente innecesaria, porque la alimentación no variaba nada o casi nada de un día para otro y solamente en algunas solemnidades muy señaladas, se introducía en la dieta algún plato que se salía de lo común.
Esto fue así durante siglos y si bien, en tierra, la cosa podría tener alguna diversidad, en la mar, la monotonía alimentaria era tan brutal, que la mayor parte de las muertes que se producían a bordo de los antiguos barcos, eran causadas por la mala alimentación y por la falta de higiene.
Al hablar de alimentación hemos de considerar sus dos vertientes, a saber, comer y beber.
En la más remota antigüedad, cuando los arriesgados marinos empezaron a adentrarse por el Mediterráneo, la navegación era de cabotaje. Casi no se perdía de vista la costa y cada pocos días se acercaban a tierra, donde se abastecían de agua y alimentos frescos, con lo que no existían los graves problemas que aparecieron más tarde, cuando a partir de la conquista de los océanos por portugueses y españoles, los buques perdían durante semanas todo contacto con tierra firme.
Cualquier capitán de aquellas frágiles embarcaciones con las que los portugueses rodearon África o los españoles llegaron a América, sabía lo importante que era la alimentación a bordo, de tal manera que los motines mas atroces surgieron casi siempre por falta de comida y bebida.
La base fundamental de la alimentación era el pan, es decir, la harina de trigo u otro cereal que se consumía con el nombre de galleta de barco, bizcocho o biscuit, palabras estas dos últimas que se derivan de su forma de fabricación que era la de cocer la masa dos veces.

Reproducción moderna de la galleta de barco

El resultado era una especie de piedra que se consumía remojándola en agua, vino, ron e incluso de mar, lo que en su caso le aportaba sal, muy beneficiosa para el organismo.
En su estudio denominado “La vida en las Galeras de la época de Felipe II”, el insigne médico y escritor Gregorio Marañón, cita estos bizcochos, a los que concede mayor poder alimenticio que al pan blanco, hecho de harina fina, que algunas veces se daba a los remeros de las galeras como premio. El bizcocho, que se hacía con trigo integral, aportaba fibras y más nutrientes que la harina blanca.
Cree nuestra eminencia médica que es más que posible que este alimento fuese un sustitutivo casi milagroso de aquellos otros alimentos que se negaban a los galeotes.
Otra pieza fundamental en la alimentación a bordo eran las legumbres que se dividían en dos clases, las ordinarias: habas, judías o guisantes, secos y lentejas; y las finas: garbanzos y arroz. Estas se servían cocidas, a lo sumo con un poco de aceite.
La carne que se consumía a bordo era siempre salada, tasajo, cecina, perniles, que no duraban demasiado, primero porque se consumían rápidamente y también porque la humedad del mar tendía a afectarle, acelerando su putrefacción, estado en el que muchas veces era consumida, produciendo tremendos trastornos intestinales.
A falta de carne, se servía pescado en salazón que era parte importante de la dieta. El padre Benito Feijoo en la Carta XIX de su obra Cartas eruditas y curiosas, menciona a un personaje que aportó a la navegación un importantísimo descubrimiento en materia de alimentación.
Se trataba del flamenco Guillermo Bulkeldio del que el benedictino dice: “que no tubo por dónde distinguirse entre sus compatriotas, mas que por haber inventado el modo de preparar los Arenques, pececillo humilde, pero muy útil, para que pueda conservarse mucho tiempo. Pero esto fue un capítulo de distinción tan ilustre que le hizo merecedor de un magnífico sepulcro; y lo que es mas, que su sepulcro fuese muy de intento visitado por el Emperador Carlos V…”

Arenque ahumado

Indudablemente Bulkeldio, o como realmente se llamara aquel inventor del sistema de ahumados, como forma de conservación de los alimentos, contribuyó de manera notable a mantener una alimentación sana a bordo de los barcos.
La técnica empleada era el ahumado, primero y la salazón, después, técnica que no he conseguido averiguar en que época se sitúa.
En la actualidad, todos los productos ahumados con humo natural, producto de la combustión de maderas, que es lo que siempre se ha utilizado, están prohibidos por las diferentes políticas alimentarias y en su lugar se sustituye por un humo artificial, que no se sabe ni que es ni de dónde procede.
Como en las costas españolas el arenque no es tan abundante como en los países bálticos, pronto se sustituyó este pescado por la sardina, también ahumada y salada, conocida en nuestra gastronomía como sardina arenque, base de la dieta en los largos viajes cuando se acababan las salazones de carnes.
Después del pan, las carnes y el pescado, el tercer grupo de alimentos serían las frutas y verduras, de cuyo contingente se sufría las mayores deficiencias. Tanto que el escorbuto, una enfermedad que se presenta por la carencia de vitaminas, sobre todo la C, era muy frecuente entre los marinos que son repetidamente descritos en la literatura, como total o parcialmente desdentados, porque esta enfermedad, entre sus muchos síntomas, presenta un aflojamiento de las encías y pérdida de las piezas dentarias.
Bastaba añadir a la dieta unas naranjas o limones, o alguna otra fruta o verdura, para que no se presentase, pero los vegetales apenas duraban una semana, porque el calor de los climas por los que se navegaba y la humedad de los pañoles de las embarcaciones contribuían muy activamente a su rápida putrefacción.
Otro capítulo era la bebida. El agua se almacenaba en toneles de madera, en donde se descomponía por los mismos efectos señalados anteriormente, convirtiéndose en un líquido verdoso, caldo de cultivo de bacterias, a la vez que de insoportable hedor.
Se quiso paliar el problema del agua con otras bebidas, como la cerveza, pero tal como se fabricaba en la época de los descubrimientos, tampoco duraba mucho tiempo, o por el ron, que estimulaban a la tripulación y su distribución producía enorme gozo, pero así como una persona normal puede permanecer algunas semanas sin comer, a los pocos días de sequía, se produce la deshidratación.
Tampoco el vino era opción segura, pues las más de las veces, con los movimientos constantes del barco, la mala conservación, el calor y la humedad, se avinagraba y era imbebible.
Algunos marinos desesperados bebieron agua de mar que les producía delirios que desembocaban en locura.
Uno de los embarcados en el cuarto y último viaje de Colón, llamado Antonio de Herrera, autor de la Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme de la Mar Océano, narra varias de las vicisitudes del viaje, describiendo que lo normal era que el pan se hinchase de gusanos o que las legumbres contuvieses más insectos que harina, hasta el extremo de que las comidas a bordo se hacían solo por la noche, para que los marineros no viesen los insectos o los gusanos que, cocidos o vivos, venían con el pan o las legumbres.
También Álvaro de Mendaña, en su viaje descubridor a las islas Salomón, narra cómo el agua se había puesto viscosa por el gran número de cucarachas putrefactas que había perecido allí ahogadas.
Tal era la condición del agua, tan fundamental para la vida que ningún marinero quería beberla y solo antes de morir de sed, consentían en beber aquel líquido hediondo.
Pero si el viaje era muy largo, el agua de los toneles solía aclararse por decantación de toda la sustancia que en ella flotaba y el líquido volvía a ser claro, aunque nunca llegaba a perder la hediondez.
En muchos estudios, coetáneos y posteriores efectuados sobre la mortalidad a bordo de los barcos desde tiempos inmemoriales, hasta que la revolución industrial introdujo las necesarias modificaciones, se ha constatado que murieron muchos más marineros y galeotes por enfermedades derivadas de la alimentación, que los que lo hicieron por los combates o accidentes a bordo.
La situación en la que gran parte de las tripulaciones, que conseguían sobrevivir, llegaban a los puertos de destino era tan extremadamente desastrosa, que en los principales puertos se empezaron a construir los llamados hospitales para mareantes o para forzados, si eran para los condenados a galera.
Tal era la merma que cada tripulación sufría tras cualquier viaje, que era lo corriente que cada año se embarcase el doble de la tripulación normal del buque. Es decir, si un barco tenía capacidad y necesidad de ser atendido por doscientas personas, cada año habían de embarcarse no menos de cuatrocientas para poder mantener todos los servicios; tal era la cantidad de gente que moría o enfermaba a bordo.

Y casi siempre por no poder hacer una alimentación adecuada.

jueves, 4 de febrero de 2016

LA OTRA LIBERTAD





 Veinte años se tardó en el diseño, modelado, repujado y construcción total de la Estatua de la Libertad. Veinte años desde que fue concebida hasta que quedó instalada en la Isla Bedloe, desde entonces Isla de la Libertad, a la entrada de la bahía de Nueva York.
La estatua de metal más grande del mundo, que recibió el nombre de “La Libertad iluminando al Mundo”, fue técnicamente posible gracias a la colaboración entre el talento del escultor francés Frederic Bartholdi y las innovaciones tecnológicas del ingeniero Gustave Eiffel.
La historia de todo el proceso es digna de ser contada porque se inició como gesto de buena voluntad entre dos países, Francia y Estados Unidos, que muy juntos  habían afrontado todo el proceso bélico que supuso la independencia de éstos últimos.
Cuando se iban a cumplir los primeros cien años de vida del nuevo país, un político y jurista francés, senador permanente de la Tercera República, llamado Eduard Laboulaye, allá por el año 1865, propuso la idea de ofrecer al joven país americano, una estatua que simbolizara la libertad de aquel pueblo y que esta  estatua fuese sufragada por el país entero.
La idea cuajó en el ánimo francés y se iniciaron las recaudaciones, a la vez que se iban admitiendo bocetos entre los que elegir el más adecuado.
El boceto que presentó Bartholdi fue el elegido, a pesar de las muchas complicaciones que por su forma y tamaño presentaban, pero que, según aseguraba el joven ingeniero Eiffel, todos serían solucionados técnicamente. El arquitecto Viollet-le-Duc, disidente de todas las corrientes arquitectónicas clásicas de la época, fue elegido por el escultor para seleccionar los materiales de que estaría compuesta la estatua, principalmente el cobre del revestimiento exterior.
Se cuenta que el escultor se inspiró en el desaparecido Coloso de Rodas, la enorme escultura de bronce que cerraba el puerto de aquella ciudad, pero como más adelante se verá, parece que no hubo tal inspiración.
Mientras el ingeniero Eiffel iba construyendo el armazón interior, que debía ser de hierro y muy fuerte para soportar todas las inclemencias del tiempo sin que la estatua variase su posición, en el taller del escultor se empezaban a esculpir trescientas láminas de cobre por el sistema de repujado, el cual consiste en ir golpeando la plancha sobre un molde previamente fabricado.
Dada la envergadura de la estatua, se construyó primero un modelo en yeso que tenía unos once metros de altura, menos de cuatro veces la altura que el escultor tenía pensado.
La dificultad de hacer un molde previo a tamaño natural en yeso, para convertirlo luego en madera sobre la que golpear el cobre, era enorme, por lo que el escultor fabricó primero la pieza de once metros que cortó en secciones. Cada una de estas secciones fue milimétricamente agrandada hasta alcanzar las proporciones exigidas y de cada sección se labraron moldes de madera exactamente iguales sobre las que se fueron repujando cada una de las trescientas láminas de cobre.
Por fin, con un coste de casi medio millón de dólares de la época, la estatua fue concluida y presentada al embajador estadounidense en París y a todo el pueblo francés.
Empezaba entonces una nueva etapa: desmontar toda la estatua por secciones y trasladarla junto con el armazón hasta un carguero que transportara las más de doscientas cajas que habían resultado de la operación de desmontaje, hasta el puerto de Nueva York.
Fue una travesía muy larga, procurando que las cajas que contenían las chapas repujadas no sufrieran como consecuencia de los movimientos del buque.
Al llegar a Nueva York aun tuvieron que esperar a que se terminara la plataforma sobre la que se iba a ir asentando cada una de las secciones, pues la falta de fondos había paralizado las obras que también supervisaba el ingeniero Eiffel.
El resultado final es el que hemos visto tantas veces y que es una de las estatuas más fotografiadas del mundo.




Hasta aquí es una historia más o menos conocida, pero hay unos entresijos que han pasado desapercibidos, o mejor dicho, ignorados, durante más de un siglo.
Lo primero, pero no lo más importante, es que la idea del escultor Bartholdi de construir una gran estatua conmemorativa, no fue la de esculpirla para conmemorar la independencia de los Estados Unidos, muy al contrario, su idea era la de ensalzar a la mujer musulmana, colocando una gran estatua a la entrada del Canal de Suez.
En realidad la idea era algo más que eso, pues el escultor ya había confeccionado numerosos bocetos que había presentado al Gobernador de Egipto, entonces una colonia británica.
Parece que las conversaciones iban por buen camino, pero la crisis económica por la que atravesaba el país y su endeudamiento con Gran Bretaña hicieron inviable el proyecto.
Como puede apreciarse en el boceto que figura más abajo, las similitudes entra ambas estatuas son asombrosas, lo que indica que el arquitecto había concebido la idea original cuatro años antes de que surgiera la de obsequiar a los Estados Unidos con la estatua.
Evidentemente, eso que es solo una curiosidad, no desmerece nada el trabajo ingente ni la fabulosa creación artística de Bartholdi, pues de cualquier forma, se trataba de una idea original suya.

La libertad “musulmana”

Distinto aspecto toma esta otra circunstancia que se conoce desde hace poco tiempo.
En Madrid y más concretamente en el claustro del ignorado Panteón de Hombres Ilustres, junto a la basílica de la Virgen de Atocha, se encuentra una estatua de unos dos metros de altura dedicada a la libertad.
Esculpida en mármol de Carrara, está colocada sobre un mausoleo erigido en homenaje a los políticos españoles más sobresalientes de aquella época, mediados del siglo XIX.
Su autor fue un aragonés llamado Ponciano Ponzano, escultor de cierto prestigio a quien se había encargado la escultura de los dos leones que guardan la puerta del Congreso de los Diputados.
Treinta años antes de que la Estatua de la Libertad abriese las puertas del puerto de Nueva York iluminando con su llama, la otra Libertad ya estaba colocada sobre el referido mausoleo.
Hasta aquí tampoco tendría demasiada importancia en que hubiera una coincidencia en el nombre, pero hay que echar un vistazo a nuestra estatua para empezar a sospechar otras casualidades, además del nominal.
No es solamente la diadema de rayos que emergen de su cabeza, ni la posición de los brazos, aunque cambiados, ni siquiera la túnica que cubre a ambas, es que, además, en el orden técnico, hay anotaciones que sorprenden y mucho.
Ponzano esculpió su Libertad en 1853, describiéndola como una joven  gallarda, vestida con ligera túnica, cubierta la cabeza con gorro frígio y desprendiendo rayos de luz que saldrán de su abundante cabellera. Señalaba también que en su mano derecha tendrá los restos de un yugo que habrá roto y que pisará con el pie de ese mismo lado, “dando a la otra pierna mayor función sustentadora”.
Hacia 1879, es decir, veintiséis años después, el escultor francés patentó su obra a la que entre las muchas descripciones que de ella hacía, decía: “Con el cuerpo ligeramente vencido del lado izquierdo, para que la pierna de ese lado mantenga el equilibrio”.

La Libertad madrileña. Las similitudes son asombrosas.

Ponzano no patentó su creación, Bartholdi sí lo hizo y por esa razón, quizás entre otras muchas, mientras el francés era aclamado mundialmente como un genio de la escultura, Ponciano Ponzano moría en la más absoluta miseria.
Y eso que había sido un escultor de éxito, tanto que además de los leones del Congreso, esculpió el frontón del mismo edificio.
Y por contar curiosidades de este ignorado escultor, hace muy pocos años, alguien, de un canal de televisión, advirtió que de los dos leones del Congreso, uno de ellos no tenía sexo visible, por lo que daba a suponer que al escultor se le había olvidado colocarle los testículos, dado que ambos tenían aspecto de macho.
En un alarde de buena voluntad, el canal televisivo se comprometió a sufragar los gastos necesarios para completar la anatomía leonina, a lo que se negó el Gobierno, toda vez que consultado el Ministerio de Cultura, desaconsejó hacer añadidos a una escultura de casi dos siglos.
Todos los que en aquel acto, entre administrativo y polémico, intervinieron, hicieron alarde de una incultura, de un desconocimiento y sobre todo de una falta de interés por informarse, que merece la pena ser destacado.
Ponciano Ponzano, evidentemente, sabía mucho mas de aquellos leones que lo que supiera el canal televisivo y el Ministerio de Cultura, porque aquellas dos esculturas, que por cierto son los mismos leones que tiran del carro de la Diosa Cibeles, en el centro de la fuente más famosa de España, representan a Hipómenes y Atalanta, héroe y heroína de la mitología griega que fueron convertidos en leones precisamente por la diosa Cibeles, cuando se atrevieron a dar satisfacción a sus instintos sexuales en el templo que a ella estaba dedicado.

Por tanto, los leones del Congreso, aunque de aspecto masculino, uno es macho y el otro hembra, mitología que Ponzano conocía y trasladó a su obra con absoluta escrupulosidad.

viernes, 15 de enero de 2016

DE BRUJA A PROFETA





Profetizar es una de las actividades más antiguas de las que se tienen noticias, especialmente en el seno de algunas religiones como la nuestra. Desde el Antiguo Testamento hasta nuestros días, no ha habido período en nuestra historia que no esté plagado de profecías.
Lo cierto es que la inmensa mayoría de los auspicios no se han cumplido nunca, pero ahí están los hombres, insistiendo en vaticinar el futuro con tan escasa fortuna que uno se pregunta cómo es posible que no se haya dejado de lado una actividad en la que el riesgo a equivocarse es tan alto.
Pero claro, si el mesías en que basamos la religión católica predicaba anunciando el inmediato fin del mundo y se equivocó tanto que aún dos mil años después se le sigue adorando, cualquiera se puede arriesgar a hacer un vaticinio con la certeza de que aunque no ocurra, se le continuará recordando.
En eso de profetizar han destacado más los hombres que las mujeres, de entre los que ha habido algunos evidentemente certeros en sus predicciones, como el caso de Nostradamus; otros han sido tan ambiguos que ocurriera una cosa o la contraria, no dejarían de haber acertado.
Cuando en la sociedad, el acceso a la cultura, a la educación, estaba restringido casi exclusivamente a los varones, aquellos videntes enalbardaban sus pronósticos con tanta retórica que difícil era identificar claramente el hecho al que se estaban refiriendo y la circunstancia de que ocurriese o no, era tan difusa, que resultaba imposible decir que una determinada predicción no había acertado al aproximarla, a través de los años, con cualquier suceso con el que estuviera mínimamente relacionado.
Solo cuando una predicción es concisa y concreta, puede darse por realizada si se ha cumplido tal como se había expuesto.
Cuando más directa y sencilla es una profecía, tanto más difícil es que se cumpla y tanto más meritorio es haber acertado a su realización.
Decía que eran los hombres quines más se habían acercado al mundo de los presagios y muy pocas mujeres caminaron por esa senda, sin embargo, hubo en la Inglaterra medieval una mujer, casi desconocida, que hizo predicciones que analizadas a la luz actual, causan verdadero estupor.
Dicen quienes han escrito sobre esta extraña mujer que nació en julio de 1488 y que se llamaba Úrsula Southeil. Su venida a este mundo fue consecuencia de las relaciones ilícitas entre un noble y una campesina llamada Aghata, que obviamente no se podía permitir el mantener a la pequeña Úrsula que fue dada en adopción antes de cumplir los dos años, cuando su madre se retiró a un convento, costumbre muy extendida en la época.
Según cuentan algunas personas que llegaron a conocerla y sobre la que escribieron muy escasas líneas los más escasos historiadores de la época, la madre dio a luz en una cueva en las montañas de Yorkshire, cueva que fue posteriormente identificada por el cronista Richard Head que vivió a mediados del siglo XVII y que en la actualidad es un lugar de visitación.

Cueva de “Madre Shipton”, lugar de peregrinación

Reinaba en Inglaterra el más famoso de sus monarcas, Enrique VIII, circunstancia muy importante en la vida de la protagonista de esta historia, pues en otro caso de menos alteración religiosa, como la que se produjo en aquel momento, Úrsula hubiera terminado indefectiblemente en la hoguera.
Desde muy joven y en el seno de una familia de lo más corriente, Úrsula hizo alarde de su capacidad para ver claramente cosas que habrían de ocurrir en el futuro y casi a diario hacía premoniciones sobre cosas tan intrascendentes como si llovería al día siguiente o si el verano iba a ser muy caluroso.
Dado el elevado número de aciertos que alcanzaban los vaticinios de la joven, muchas personas del condado de Yorkshire acudían a consultar sus agüeros y a decir del cronista Head, estos alcanzaban un porcentaje muy elevado.
Llegada la edad casadera, Úrsula fue desposada por el carpintero Toby Shipton artesano bien acomodado que falleció pronto, dejándole una considerable suma de dinero que ella aprovechó para dedicarse a su vocación de hacer predicciones.
Como es natural, fue la tradición oral la que iba recogiendo los presagios de la que ya se conocía como “Madre Shipton”, apellido de su marido que ella hizo propio. Fue hacia 1680 cuando Richard Head hizo un acopio de todas las predicciones que pudo encontrar y las compendió en un libro que publico años más tarde, en 1686.
Desde aquel momento la fama de “Madre Shipton” y la del escritor, se catapultaron.
Es evidente que sin la convulsión religiosa por la que atravesaba Inglaterra en aquellos años, los oráculos de Úrsula hubieran sido considerados brujería por la Iglesia Católica, pero ésta se encontraba en claro retroceso en aquel país, donde se iba imponiendo el anglicanismo que finalmente llegaría a dominar. Como bruja, su final hubiese sido la hoguera, tras pasar por los múltiples tormentos con lo que Roma acostumbraba a ablandar la resistencia de todos los que eran acusados de pactar con las criaturas del mal, única manera de entender que una persona normal pudiera decir con exactitud qué iba a ocurrir.
Resulta poco comprensible que una mujer de las características de esta adivinadora no haya tenido un puesto en la historia de la altura de San Malaquías o de Nostradamus, pero fue precisamente por la coetaneidad con este importante personaje, que Úrsula quedó eclipsada. La fuerza, la retórica y la cultura de Michel de Notre Dame, conocido como Nostradamus ocultó por completo la existencia de aquella mujer cuyos vaticinios asombran hoy en día.

Portada de la publicación de Head


Y sin adornar más a esta adivinadora, que no lo necesita, recurrimos al compendio cuya portada ilustra las líneas de arriba y pasamos a relatar algunas de las profecías que se fueron haciendo realidad.
Dicen leyendas de la época que “Madre Shipton” dejó escritas en versos las visiones del futuro que atormentaban su mente, pero lo cierto es que no se ha encontrado ninguna ológrafa y sí las que, al parecer, Richard Head compuso a raíz de las predicciones de la vidente.
Relatamos solamente las más importantes, entre las que se encuentran la victoria de Inglaterra sobre Francia, a cargo de los ejércitos de Enrique VIII en la Batalla de Guinegatte, también llamada de Las Espuelas, por las prisas francesas por abandonar el campo de batalla.
Seguidamente vaticinó la derrota española de la llamada Armada Invencible en 1588 y el gran incendio que asoló Londres en 1666.
Hasta aquí, se especuló en su momento que, siendo acontecimientos anteriores a la compilación hecha por Head, pudo haberlas incluido en su obra con el solo motivo de darse el realce de haber sido el descubridor de tan enigmático personaje.
Pero lo realmente sorprendente viene cuando las predicciones son tan posteriores al libro del que hablamos, que algunas de ellas están ocurriendo en nuestros días.
Puede leerse en el repetido compendio que “Los carruajes andarán sin caballos y sus accidentes llenarán al mundo de dolor; o cuando dice que “El castigo vendrá cuando las pinturas parezcan estar vivas y se muevan”, lo que es una clarísima alusión al cine, la televisión y el video.
Más estremece cuando dice que el pensamiento del hombre volará tan veloz como un ojo al parpadear que parece estar aludiendo a las redes sociales que usan Internet para hacer volar el pensamiento humano, o cuando refiere que bajo el agua el hombre caminará, cabalgará, dormirá y hasta hablará; o que los hombres , como las aves, surcarán los cielos y que en esos asombrosos días las mujeres vestirán como los hombres, usando pantalones y se cortarán sus mechones de pelos; el amor cesará y los pueblos disminuirán al no haber nacimientos. Continúa diciendo que los barcos serán de hierro y flotarán como los de madera.
Como es natural, “Madre Shipton” no era Julio Verne que se adelantó a su tiempo en la descripción y el diseño de numerosos inventos, la Shipton era mucho más de la tierra y así hablaba o escribía para sus contemporáneos haciéndoles ver lo que casi todos los augures: el fin de los tiempos, las guerras, las calamidades.
Pero esta sorprendente mujer lo hace con una precisión inusual en los agoreros. Por ejemplo, dice que en 1926 casas de paja y palos construiréis, pues se planean guerras sangrientas y el fuego y la espada arrasaran las tierras. Continúa diciendo que los que vivan el siglo entero lo harán con pavor y miedo ante el rugido de los océanos y las tormentas.
Es evidente la certeza con la que sitúa el siglo XX, un siglo de sangrientas guerras y en donde hemos visto cómo la naturaleza, desatada, ha provocado enormes cataclismos.
Lo más grave de cuanto anticipó Shipton, está aun por llegar: “¡Ay, ay! La guerra vendrá de donde mora el turco y el pagano, que en feroz riña se enfrascarán buscando cómo aniquilar sus vidas. Cuando el norte divida al sur y en las fauces del león, el águila anide, entonces el impuesto, la sangre y la guerra vendrán a cada humilde hogar.” La alusión a los conflictos que estamos viviendo en Oriente Medio, no puede ser más notoria, ni más clara pueden ser las figuras del león, rey de los desiertos y el águila, emblema de la bandera norteamericana.
Y para acabar de dejarnos fríos: Una serpiente plateada se verá y arrojará hombres de extraño semblante, mezclándose con la nueva tierra. Estos extraños hombres aclararán las mentes del hombre futuro. Estos se mezclarán y mostrarán cómo vivir. La edad de oro se inicia de nuevo.
Un rayo de esperanza; débil pero de esperanza al fin y al cabo.

¡Ojalá que “Madre Shipton” no vuelva a tener razón!

viernes, 18 de diciembre de 2015

ESCOPETEROS DE GETARES




Afortunadamente, siempre hay en esta vida personas que te enseñan algo, que te instruyen con sus conocimientos y contribuyen a agrandar los tuyos.
Eso me ha ocurrido esta tarde, cuando me encontraba en Algeciras en una comida corporativa con antiguos compañeros y amigos de aquella ciudad.
En esas charlas que se producen cuando los efluvios del etílico comienzan a hacer sus efectos y el cargado estómago te pide un receso, se suele hablar de cosas intrascendentes, incluso aburridas, lo que en nada contribuye a despejar la modorra que comienzas a sentir.
Pero no siempre es así y hoy no lo ha sido, pues cuando tras los postres, unos cuantos salimos al exterior a respirar un poco de aire fresco, mi buen amigo y antiguo compañero Pedro, me relataba una anécdota que encierra unos conocimientos que creo que son interesantes para compartir con los lectores.
Resulta que un colega suyo que se las da de todo lo que no es, presumía de historiador, de escritor sobre la historia y de tener más conocimientos que nadie.
En ese afán de deslumbrar, el colega venía a afirmar que la Guardia Civil, tras su unificación con el Cuerpo de Carabineros, era la fuerza policial más antigua en la lucha contra el contrabando.
Efectivamente, el cuerpo de Carabineros fue creado por Real Decreto de Fernando VII, el 9 de marzo de 1829, como cuerpo armado de carácter militar y tenía como misión la vigilancia de las costas y las fronteras para la represión de fraude fiscal y del contrabando, era por tanto un cuerpo que hoy contaría con casi dos siglos de historia, pero que en 1940 y tras la guerra civil, fue integrado en el Benemérito Instituto y aunque se han conservado algunos signos de identidad del desaparecido cuerpo, lo cierto es que ya casi nadie se acuerda de él.
Pocos años después de su creación como cuerpo de ejército, pasaron a depender del Ministerio de Hacienda, lo que produjo un considerable abandono de sus principios militares y pocos años más tarde, ya en 1842, era un cuerpo totalmente inoperante.
Unos lustros después se le revitalizó, adscribiéndolo de nuevo al Ministerio de la Guerra, lo que supuso un considerable empuje y así llegó hasta 1936 en el que el cuerpo tenía poco más de dieciséis mil hombres, de los que las dos terceras partes se pusieron del lado de la República, en donde se convirtieron en una especie de élite militar, pues tenían armas, formación y disciplina, circunstancias de las que carecían casi todos los ejércitos republicanos.
Eso, posiblemente, contribuyó a su desaparición e integración en la Guardia Civil, que consiguiendo de prestado los más de cien años que los carabineros llevaban servidos, se autocalifican como el cuerpo más antiguo en la represión del contrabando.
Pero resulta que eso no es cierto y mi amigo Pedro sacó al pseudohistoriador de un error de bulto, cuando le vino a decir que a tenor de lo que narraba, se veía que no conocía bien la historia y que desde luego ignoraba la existencia de un cuerpo llamado “Escopeteros de Getares” que le sacaba a los carabineros más de un siglo de antigüedad, en lo que a la prevención y represión del contrabando se refiere.
Getares es una preciosa ensenada situada al sur de Algeciras, casi frente a Punta Europa, lo más meridional del Peñón de Gibraltar y por donde tradicionalmente se han producido desembarcos, invasiones, contrabando y últimamente alijos de drogas y desembarco de inmigrantes.
Con la pérdida de la importante plaza de Gibraltar en 1713, como consecuencia del tratado de Utrech, las costas inmediatas al Peñón quedaron aún más expuestas a los enemigos británicos y a los piratas berberiscos, que con sus continuas incursiones y correrías hacían un considerable daño en las haciendas del litoral.
Para evitar esta serie de tropelías que constantemente y desde muy antiguo se padecían, la ciudad de Tarifa levantó, en el año 1705, un grupo de cuarenta hombres, expertos tiradores, que al mando de un capitán de la misma ciudad llamado Gaspar Salado, recibió el nombre de Compañía de Escopeteros.
Salado era un valeroso capitán de las milicias urbanas que supo transmitir su espíritu militar a la incipiente compañía, que en breve tiempo había sabido prestar un buen servicio a la sociedad, reconociéndose por todos los estamentos oficiales su utilidad. Por eso, ese mismo año le fue expedida una cédula real declarando a aquellos escopeteros como Compañía de Ejército y señalando que su ubicación sería en las alturas de la playa de la ensenada de Getares, lugar prominente y de muy buena visibilidad, a poniente de Gibraltar y desde donde se podía descubrir a los enemigos mucho antes de que llegaran a tierra, preparando la defensa que consistía fundamentalmente en la puntería de los disparos de los escopeteros, todos ellos magníficos tiradores.
Doce años más tarde y ya plenamente demostrada la valía de aquella exigua fuerza, fue considerablemente incrementada con otros cuarenta hombres y un nuevo mando, esta vez un teniente.
Si analizamos los sueldos que los diferentes integrantes de la compañía, se observa que debían ser un cuerpo de élite, pues el capitán cobraba mensualmente 450 reales, el teniente 320 y la tropa 112 reales y 32 maravedís, además de las mismas raciones de pan que las demás fuerzas del ejército.
Se dividió la compañía en dos secciones que actuaban a levante y poniente de Gibraltar y que incluso empezaron a embarcar a sus hombres para dar protección en la mar contra los piratas que asaltaban las embarcaciones que mercadeaban entre las dos orillas del Estrecho.
La sección de Getares, la principal, mantuvo su establecimiento en aquel puesto, aunque se dispuso que abandonaran las alturas y se trasladasen al fuerte del Tolmo, sito en la ensenada del mismo nombre que, aunque continuaba siendo  municipio de Algeciras, está mucho más próximo a Tarifa.

Ensenada del Tolmo, con Gibraltar al fondo

A principios de la década de los sesenta volvieron a trasladarse, esta vez a Algeciras, mientras los que prestaban servicio a levante del Peñón, es decir en lo que hoy son las playas de La Línea de la Concepción, lo hicieron a San Roque.
Finalmente, en 1867, toda la compañía se trasladó a San Roque, donde se acuartelaron, aunque al personal que estaba casado, se le permitía residir en sus casas con su familia.
Al consultar documentación sobre este peculiar cuerpo de ejército, me encontré una información que me pareció cuando menos interesante y es que lo que ahora conocemos como la Comarca del Campo de Gibraltar, cuando el Peñón se convirtió en colonia británica, aquella misma zona se conocía como Campo de San Roque, en donde existía un Comandante General que tenía la máxima autoridad militar de la zona.
Desconozco la razón por la que se cambió la denominación de la comarca y precisamente, cuando nos fue arrebatada la importantísima plaza del Peñón, pues dejamos de llamarla como se hacía antiguamente, Comarca del Campo San Roque, para llamarla del Campo de Gibraltar.
Como cuerpo de ejército, tomaron parte en la Guerra de la Independencia y en 1811 a las órdenes del Comandante General del Campo de San Roque, tomaron Medina Sidonia y participaron en la célebre batalla de Chiclana. Sin embargo y pese a la importancia que había tenido en su lucha contra el contrabando e incluso su brillante actuación en la guerra, cuando en el año 1819 se afrontó la reorganización del ejército, el cuerpo de Escopeteros de Getares fue suprimido.
Cuando se estaba produciendo la disolución del cuerpo, se produjo el levantamiento del general Riego, el uno de enero de 1820 en la localidad sevillana de Las Cabezas de San Juan y los Escopeteros no dudaron ni un momento de unirse al levantamiento, suspendiendo así su disolución.
Pero nuevamente en 1829, al producirse otra reorganización del ejército, volvió a decretarse la disolución de este cuerpo, tras ciento veinticinco años de historia.
Si se presta un poco de atención a las fechas, se ve que el año en que, por fin, se disuelven los escopeteros, es el mismo en que se crea el Cuerpo de Carabineros.
No es una casualidad, más bien cabría pensar que de la experiencia extraída en los muchos años de actuación de los de Getares, se entendió que era una idea para tener en cuenta y aplicarla a todo el territorio nacional, razón por la cual se crea un nuevo cuerpo que tiene presencia en todas las playas españolas y en el que es muy posible que se integrasen los escopeteros que quisieran permanecer en servicio. Tampoco pasa inadvertida la proximidad que existe entre las palabras “escopeta” y “carabina”
Actualmente la Policía Local de Algeciras tiene como uniforme de gala, el que portaban los antiguos escopeteros y la ciudad, en reconocimiento a la magnífica labor desarrollada, ha levantado, en la playa de Getares, una estatua conmemorativa del primer cuerpo represor del contrabando existente en España, le pese a quien le quiera pesar.


viernes, 4 de diciembre de 2015

LOS IBEROS DEL ESTE




En los actuales tiempos, la pertenencia a una etnia determinada se está convirtiendo en tarea cada día más difícil. Los movimientos demográficos, las migraciones, la velocidad de las comunicaciones, los nuevos conceptos de aldea global, o alianza de civilizaciones, hacen que la pureza de las razas se vaya difuminando, con tendencia a mezclarse todo.
Solamente algunos grupos étnicos permanecerán inmunes a esta nueva tendencia impuesta por la civilización actual, el resto, todos los occidentales, dentro de unos siglos serán un revuelto de razas irreconocibles.
Pero eso nunca fue así, sino hasta que las circunstancias relatadas al principio se impusieron sobre las demás costumbres. Hasta hace muy poco lo natural es que cada pueblo, cada raza, permaneciera encerrada en la ambición de su pureza, eludiendo las mezclas.
También era lo normal que cuando una etnia se imponía a otra en un mismo territorio, tratara de esquilmarla hasta la extinción, para quedarse como único poblador. Es lo mismo que hacen algunas fieras en la naturaleza.
Nuestros compatriotas canarios llaman “godos” a los peninsulares, porque efectivamente fueron los godos los invasores bárbaros que desplazaron y aniquilaron a los pueblos autóctonos que poblaban la península y entre ellos un pueblo que de tanta importancia como tuvo, dio nombre a todo el territorio peninsular: los Iberos.
Mucho se ha escrito sobre los iberos o íberos, que también así se escribe y mucho más se ha de escribir sobre este pueblo que curiosamente no constituía un grupo étnico común y del que no se sabe demasiado, pensando que llegaron a nuestra península en el periodo Neolítico, la edad de la piedra pulimentada, que empezó a darse unos ocho mil años antes de nuestra era.
Lo que parece cierto es que muchos años después, esta reunión de etnias, que tenían en común solamente la lengua que hablaban, se habían distribuido por todo el litoral mediterráneo, tanto francés como español y habían penetrado hasta el valle del Ebro, La Mancha y hasta los ríos andaluces Guadiana y Guadalquivir.
Cuando Grecia alcanza su máximo esplendor, ya hacía siglos que venía colonizando toda la costa del Mediterráneo y desde la ciudad francesa de Marsella, fundada por griegos en el año 600 antes de nuestra era, sobre un antiquísimo asentamiento neolítico, hasta las costas de Murcia, llaman Iberia a todo el litoral, para diferenciar a los pueblos allí asentados, de los habitantes del interior.
Son entonces los griegos los que bautizan a los iberos con ese nombre y con ese nombre los conocieron los romanos cuando la hegemonía de occidente pasó de Grecia a Roma.
La expansión del imperio hace necesario la obtención de recursos para sufragar los enormes gastos que producen las guerras y las conquistas y en la capital del imperio se tienen noticias de las inmensas riquezas y los enormes recursos que contiene la península que los griegos habían llamado Iberia y que ellos rebautizarían con el nombre de Hispania, eso sin contar su enorme valor estratégico, pues se encuentra a un tiro de piedra del continente africano y cierra por completo el Mare Nostrum. A todo esto habría de añadírsele un valor más y es la fiereza de sus guerreros, magníficos luchadores para alistar en las filas de sus legiones.
Roma había contado con todo, menos con una cosa, la feroz resistencia que los iberos le iban a ofrecer y cuando creyeron que vendrían a la península dando un paseo militar para apoderarse del oro de la Médulas, el cinabrio de Almadén o el “garum” de Gades, o las setas de Aracena y que incrementarían sus ejércitos con magníficos soldados, se equivocaron radicalmente, pues aquel paseo se convirtió en una campaña que duró casi doscientos años, y en donde aparecieron figuras ejemplares como los caudillos iberos Indíbil y Mandonio, el lusitano Viriato y la resistencia hasta la muerte de ciudades iberas como Sagunto y Numancia.
Pero, curiosamente, los griegos que eran unos fanáticos colonizadores y comerciantes, no conocieron una sola Iberia, porque con ese mismo nombre designaron a una región del Cáucaso, casi a orillas del Mar Negro, solo que ellos le añadían los calificativos de Caucásica o del Este, para diferenciarla de la Península Ibérica.
Muy posiblemente tras el comercio del cobre, metal que comienza a ser muy preciado en el tercer milenio antes de nuestra era, los griegos se adentran en el mar que ellos denominaron Ponto Euxino y que mas tarde sería el Mar Negro, cuyas orillas recorrieron encontrando, en la más oriental de aquellos litoerales, un país en donde este metal abundaba.
A aquella región la llamaron “La Cólquida”, palabra que presumiblemente procede de “Khalkos”, que ellos usaban para designar precisamente el cobre.
Allí encuentran asentadas a diferentes tribus que no se mezclan entre ellas, una de las cuales fueron llamadas iberos por los griegos y que dieron nombre a aquella región.
Todas aquellas tribus contribuyeron más tarde a formar el estado de Georgia.

Mapa de la zona donde se aprecia Iberia hace 2.500 años

Así pues, en la antigüedad hubo, claramente diferenciadas, dos Iberias. Modernos historiadores, basándose en los escritos de los historiadores clásicos que hicieron referencia a este curioso detalle, han tratado de ver similitudes entre las dos etnias que habitaban sendas Iberias, pues los griegos se caracterizaron siempre por afinar mucho a la hora de poner nombres a todas las cosas, tanto así que su nomenclatura se sigue utilizando hoy en día para nombres científicos.
En documentación existente y referenciada al principio del segundo milenio de nuestra era, es decir, allá por el año mil, existe constancia de que en aquella Iberia caucásica, existía el deseo de muchos de sus nobles y otras personas pudientes, de viajar a la Península Ibérica con la intención de conocer a los “georgianos del Oeste”, es decir, a los españoles de aquella época.
En la actualidad, por parte de muchos lingüistas, se ha encontrado que entre el idioma vascuence y los antiguos idiomas caucasianos, hay demasiadas similitudes para que esta circunstancia fuera fruto de la casualidad y tratando de buscar una explicación, se apoya la teoría de que los vascos son iberos que resistieron a la mezcla de etnias mucho más que los demás pobladores de la península y que nunca estuvieron bajo dominación romana, ni goda o visigoda y menos aún, árabe, por lo que permanecieron como aislados, practicando la endogamia dentro de la tribu, de por sí muy extensa y que por eso conservaron las raíces de su lengua, lo mismo que los sefardíes conservaron el castellano antiguo.
Ya Estrabón, el incansable viajero del siglo I antes de nuestra era, que afortunadamente dejó todas sus experiencias por escrito, habla de la sorprendente similitud de la lengua de los vascones, con la de los iberos del Cáucaso.
En el año 1921 se descubrió, en unas excavaciones que un particular realizaba en Alcoy, provincia de Alicante, una pieza de plomo de forma rectangular y de unos diecisiete centímetros de largo por seis de ancho, en la que había escrito, con caracteres griegos, unas frases que, lamentablemente, aún no se ha conseguido comprender su significado.

Facsímil del Plomo de Alcoy

Los iberos y otros pueblos que moraban en la Península, usaban una lengua ágrafa, es decir, no tenían escritura, por lo que ha resultado muy difícil aprender cosas de estas culturas, que, sin embargo, llegaron a grados de perfeccionamiento como demuestra la Dama de Elche, joya de la escultura ibera. Por eso el extraordinario valor de la plancha de plomo de Alcoy, pues quien quiera que quiso expresar sus sentimientos, usó las letras del alfabeto griego para trasladarlos al soporte de plomo.
El hecho de estar escrita con caracteres griegos, sirvió de mucho para trasladarlas al alfabeto español actual, quedando sorprendido sus descubridores cuando pudieron apreciar la similitud de aquel texto, con la grafía y sonoridad del vascuence.

IUNTZI TIRAU TXAL IRIGO. BASIRETIR SABARI
DAUZ. BIRAGOÑAR GUREZ. BORROIZ TILINGI ZIDEIDU.
SOZ GOERE ZIDURAN. SOSDIRGADE EDIN
SORAIKADA. UAL TINGO. BIDEUDA EDIN. ILDU
NIRAIO NAI. BEKORRE. SOBAGEI DEIRAUNT.
IRIKE ERIGITI. GARRIKAN DA DULA BAZKO
BU IZI TINEGI. BAGARRIK XENIKA IRU ZIZ. TURI LEBAI
LURA. LEGUZ EGIKO BASERRIKO. EIUN BAIDA.
URKO BASBIDE IRABAGI TIN. IRIKE BASER-
RIKO AGI. TO BIN DA. BELA JAZO IKAUR. IS BIN
UAIO AS GANDIS. TAGO IS GARRIKA BIN IKE
BIN. ZALIGI KIDA EI. GAI BIGA ITU.
AGI NAI TZAKAR IS KEP.
Texto convertido en caracteres latinos

           Por supuesto que el texto arriba escrito no tiene traducción ni significado alguno en el vascuence actual, son solamente las semejanzas sonoras de su dicción las que impulsan a creer que, de alguna manera, aquella lengua que hablaron los iberos podría muy bien ser la raíz de la que todavía utiliza el pueblo vasco y que en todos los tratados científicos sobre filología se le denomina vascuence y nunca eusquera, como muchos se empeñan en pregonar.