viernes, 16 de septiembre de 2016

LA CIUDADELA DE DAVID




Hace poco más de dos años, la prensa del mundo cristiano se hizo eco de un importante descubrimiento arqueológico en tierras de Israel. El arqueólogo Eli Shukron, que trabajaba para la Dirección de Antigüedades de aquel país, proclamaba al mundo el descubrimiento de la ciudadela que según el relato bíblico, el rey David había conquistado hacía tres mil años.
Una ciudadela es una pequeña ciudad, muy fortificada, construida dentro de otra ciudad, siempre aprovechando una elevación del terrero, un barranco e incluso un río u otro accidente geográfico que la haga poco accesible la expugnación. Ésta, bastante bien conservada en sus cimientos, está situada en al sur de un recinto amurallado en el interior de lo que en aquella fecha era la ciudad de Yerushalayim, la actualmente conocida como Jerusalén.
El arqueólogo explicaba, al presentar su descubrimiento, que él y su equipo habían estado trabajando en el yacimiento durante dos décadas, tiempo durante el cual, junto a los trabajos de campo, se había ido desarrollando un trabajo de estudio y documentación, de tal manera que estaba en disposición de asegurar que, sin lugar a dudas, aquella ciudadela era la que el rey David conquistó a los jebuseos y que en los textos sagrados se conoce como “Ciudadela de Sión”.
No se debe confundir esta excavación con la Torre de David, que es una antigua ciudadela del siglo II antes de Cristo y que existe en la actualidad, aunque ha sido muchas veces destruida y reconstruida.

Foto aérea de la excavación

Que se ha excavado una ciudadela es algo evidente, pero identificarla con la referencia que la Biblia hace de la conquista de David, es harina de otro costal.
Shukron, que no es muy afamado en el campo de la arqueología, sí que es conocido por su tendencia a dogmatizar acerca de sus hallazgos y relacionarlos con los relatos bíblicos sin que ni un ápice de duda pueda ser introducido.
A esta tendencia, en el mundo de la arqueología se le llama “maximalismo”. Como es natural a ella se opone la corriente “minimalista”, mucho más científica y para la que sólo cuentan los hechos contrastables y a este respecto, las narraciones que se registran en La Biblia sobre el mítico rey David, no pasan de pura leyenda o fábula.
Para los creyentes, La Biblia es la palabra de Dios, no en vano quienes la escribieron recibían directamente la inspiración divina. Claro que esto es mucho creer para un tomo que se fue confeccionando a lo largo de siglos y al que se le fueron añadiendo libros, según convenía a la tradición o las costumbres.
Muchas de las referencias bíblicas han resultado ser verdad y yo mismo escribí un artículo en el que hacía referencia a estas coincidencias y que se puede consultar en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/los-diez-mandamientos.html.
Pero también se podrían escribir innumerables artículos con una argumentación totalmente contraria, pues todo el contexto del libro sagrado, está plagado de leyendas, fabulaciones e inexactitudes y en referencia al rey David, su existencia siempre fue motivo de especulación.
David aparece en La Biblia en unas ochocientas ocasiones y en los Nuevos Evangelios en unas sesenta. Como cualquiera puede suponer, tantas apariciones, referencias, incluso la atribuida autoría del Libro de los Salmos, debe tener una base real, pero lo cierto es que la historiografía no había encontrado nunca ninguna evidencia de la existencia real de este personaje.
De humilde pastor de ovejas, pasó a vencedor del gigante Goliath, luego a favorito del rey Saúl y más tarde, a rey de Israel.
Una historia truculenta de heroísmo, astucia, amores, pecados y odios, vicisitudes por las que el personaje va pasando hasta que, por fin, se sienta en el trono de Israel.
Su historia es narrada en Los Libros de Samuel I y II, y aparece por primera vez cuando su padre, Isaí, lo manda buscar, pues está apacentando las ovejas y lo presenta a Samuel, el cual, por orden de Dios, lo unge. Ya está preparado para ser rey de Israel, porque a partir de ese momento Jehová lo toma bajo su protección, apartándose de Saúl que era el rey y que desde ese momento cae en desgracia.
Viene luego la pedrada a Goliath y ya en el Libro II aparece al lado de Saúl y más tarde como rey, cuando ya Saúl pierde definitivamente el apoyo divino.
Leer La Biblia, aunque sea un “versículo al azar”, como decía un amigo mío, es demoledor. Qué mal contadas están las historias, qué episodios tan increíbles: el rey de Israel destronado por Dios frente a un pastorcillo, el más joven de ocho hijos: quién puede creer que Dios, que ya no ha vuelto a hacer acto de presencia desde tan lejanos tiempos, vaya a estar al lado de Samuel ordenándole untar de aceite la rubia cabeza del pastorcillo y desde ese momento lo toma bajo su protección directa; es como para tener una fe ciega en querer creerlo.
De hecho, la lectura de este libro estuvo mucho tiempo restringida por la propia Iglesia y luego destinada, exclusivamente, a aquellas personas que fuesen capaces de interpretarla en su justa dimensión.
¿Por qué Saúl, el rey, había caído en desgracia ante Jehová?: pues porque su dios le había mandado ir y matar a todos los “amalecitas”, pueblo enemigo de Israel.
Tras la batalla de Michmash, Saúl, en un gesto de caridad muy humana, se negó a cumplir el mandato divino que ordenaba liquidar tanto a hombres como mujeres y niños, aun de pecho y también a sus animales. ¡Claro, es que los “amalecita” no eran hijos de Dios!
Según las referencias que en el Antiguo Testamento se hacen de David, fue un gran rey que anexionó importantes territorios a sus dominios y fue el claro vencedor de los filisteos. Reinó por espacio de treinta y tres años y a su muerte le sucedió su hijo Salomón.
Y todas esas cosas ocurrían casi a diario hace tres mil años, pero ya no han vuelto a ocurrir, ya se ha acabado la inspiración y el mandato divinos, ahora hay que trabajárselo todo de otra manera.
Israel era un pueblo mísero, formado por las doce tribus que estuvieron cuarenta años vagando por el desierto para recorrer una distancia como de Cádiz a Córdoba y que luego se asentaron en un erial, al que llamaron la Tierra Prometida, en la que manaba leche y miel, aunque en realidad no crecía ni el más mísero yerbajo y aparte de lagartijas y serpientes, poca fauna más la aderezaba.
¡Menudo jardín! Es mejor no meterse en él porque nos perderíamos, como las doce tribus.
De todas estas vicisitudes, ni una sola estela grabada en roca, nada mereció la noble piedra del mármol para perpetuar las gestas. Israel, que recogió libros y libros de fábulas, no dedicó ni una sola lápida, ni un vaso conmemorativo, ni una columna, nada, a conmemorar su verdadera historia.
Pero a mayor abundamiento es necesario resaltar que los pueblos vecinos de Israel, que tenían en común la lengua, el arameo, y que además acostumbraban a dejar escrito casi todo, no hacen ni una sola mención al rey David. Simplemente cómo si no existiera.
Y por su lado, los israelitas, aparte de las alusiones bíblicas, tampoco dejaron constancia de que por el trono de su reino hubiese pasado el pastorcillo David.
No es cierto, hay una referencia arqueológica que recoge la palabra David y se encuentra grabada sobre una piedra hallada en las excavaciones del Monte Dan (Tel Dan), en Galilea y muy cerca de la problemática zona de Los Altos del Golán.
Esta piedra se exhibe en el Museo Metropolitano de Nueva York, mide trece por dieciséis centímetros y tiene grabadas trece líneas que todavía son legibles.


La piedra de Tel Dan

Dicen los expertos paleógrafos que la escritura narra los logros de Hazael, rey de Siria, enemigo de Israel, el cual ha matado a su rey Ahaziahu, de la casa de David.
Según esto, la Casa de David existió; no fue una invención bíblica y es muy posible que así sea, pero casa, en el contexto hebreo, hace más referencia a tribu que normalmente llevaban el nombre de su primer patriarca, lo cual no quiere decir, ni demuestra de ninguna manera que los relatos bíblicos sobre el rey Davis, vencedor de Goliath y ungido por Dios, sean verdad.
Claro que a falta de otros argumentos de más talla, bueno es éste que, al parecer, cita la existencia de un David. Ya es algo; algo para sostener el armazón que se desmorona por la falta de pruebas efectivas y determinantes que hoy están confiadas todas a la arqueología y sus ciencias auxiliares.
Si el reinado de David se centra alrededor del año mil antes de Cristo, la piedra de Tel Dan tiene doscientos años menos, es decir, fue tallada cuando ya, de haber existido el rey David, solo se conservaba de él la memoria.
Y si no está claro que el rey David, como persona, hubiera existido, ¿de quién era la ciudadela que Shukron descubrió?

Habrá que seguir investigando y, sobre todo, desenterrando para que nos enteremos de la realidad de nuestra Historia.

sábado, 10 de septiembre de 2016

¿QUIÉN ERA AVELLANEDA?




No hay nada como encontrar un cabo bien enredado, para que tirando de él vayamos sacando, uno tras otro varios y sustanciosos argumentos sobre los que escribir.
En esta ocasión, siguiendo a la incógnita de la obra de Moliere, me topé con la que rodea a la autoría de la falsa segunda parte de El Quijote, esa que es conocida como “El Quijote de Avellaneda”, dado que iba firmada por un tal Alonso Fernández de Avellaneda.
Este nombre era un pseudónimo que alguien usó para arremeter, con una saña y un odio feroz, contra Miguel de Cervantes, el más afamado escritor español.
Veamos un poco cómo fue la historia. En 1605, Miguel de Cervantes publicó la primera parte del Quijote que llevaba el título que todos conocemos de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”. De inmediato el libro se convirtió en lo que hoy, sin lugar a dudas llamaríamos un “best seller” y no había nadie en las Españas que preciándose de persona culta, no lo hubiese leído, alabado y conservado como libro de cabecera.
De inmediato se tradujo a varios idiomas, y en todos los países a los que el libro llegó, alcanzó un éxito estelar.
Es obra tan reconocida que, desde siglos atrás, se la considera el inicio de la novela moderna.
Como es natural en un gremio donde tanta envidia se desata entre sus componentes, el abrumador éxito de aquella novela levantó ampollas entre otros literatos, enemigos de Cervantes, uno de los cuales, ni corto ni perezoso, escribió una falsa segunda parte, bajo el pseudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda que es la que se conoce como hemos dicho, por El Quijote de Avellaneda.


Portada del Quijote de Avellaneda

Esta obra apareció en 1614 y fue publicada en Tarragona. En ese momento Cervantes estaba escribiendo su segunda parte del Quijote, que se publicaría al año siguiente.
La aparición de esta novela, bajo un pseudónimo y aprovechando la fama que ya Cervantes alcanzara con la primera, produjo un profundo enojo en el escritor y consternación en el público.
En efecto, ya en el prólogo, su autor, descarga toda una batería de improperios, insultos y acusaciones contra Cervantes, que de inmediato lo colocan en una clara situación de profunda enemistad, aunque no ha querido, o no se ha atrevido a dar la cara.
El público español, que esperaba con ilusión la aparición de la segunda parte que Cervantes había prometido, se vio engañado por la aparición de tan ofensiva obra y en todos los círculos se preguntaban quien era capaz de aventurarse a insultar de aquella manera a un autor consagrado como ya lo era Cervantes.
Lógicamente, las primeras sospechas recayeron en su eterno enemigo: Lope de Vega, “El fénix de los ingenios”, un monstruo de la literatura y un afamadísimo dramaturgo que producía con una calidad y rapidez que cualquiera envidiaba. Sospechas que se cimentaban no solo en la rivalidad, sino en el propio contenido del primer párrafo del prologo con el que el tal Avellaneda presentaba su obra.
Dice así, al pié de la letra: “(…) pues él tomó por tales el ofender a mí, y particularmente a quien tan justamente celebran las naciones más estranjeras y la nuestra debe tanto, por haber entretenido honestísima y fecundamente tantos años los teatros de España con estupendas e inumerables comedias, con el rigor del arte”
Parecía, por estas duras palabras, que el autor de aquella obra era persona muy versada en el arte de escribir y que, además, presumía de haber puesto en escenas muchas obras de teatro con las que había conseguido merecida fama tanto en España como fuera de ella.
No eran muchas las personas que pudieran encajar en los trazos que bosquejaban a este personaje y de entre ellos, quien más aliciente aportaba a la polémica era, sin duda alguna, Lope de Vega.
Pero el genial dramaturgo, cuando fue preguntado por ello se desentendió rotundamente, alegando que mucho trabajo tenía él con las obras que escribía, la mayor parte por encargo, como para ponerse a remedar a quien no consideraba un competidor y ni tan siquiera un buen escritor. Aquel mismo año y cuando contaba cincuenta y uno de edad, había decidido hacerse sacerdote, en expiación de sus múltiples faltas.
Tenía fama Lope de Vega de construir sus textos para la escena con una velocidad tal que él mismo escribiría: “mas de ciento, en horas veinticuatro, pasaron de las musas al teatro”.  Con lo que quería decir que tan pronto se inspiraba en un tema cuando ya la obra estaba escrita e inmediatamente representada, que en muchos casos y por la premura del tiempo se hacía leyendo el libreto y no recitándolo de memoria.
Aun reconociendo la enemistad que entre ambos autores existía, Lope excusó en todo momento su intervención en la felonía.
De cualquier forma, el gran público siguió albergando sus sospechas, sobre todo por la certeza de que en aquel momento no había ningún literato español, enemigo de Cervantes que se atreviese a plagiar a su personaje más universal.
Un año después, 1615, Cervantes publica la segunda parte de su novela, en la que al “ingenioso hidalgo” llama ahora “ingenioso caballero” y en su prólogo, la primera frase va dedicada a los lectores que, sintiéndose defraudados, esperaban una sarta de insultos y vituperios contra el oculto autor y con la que Cervantes se desquitara de la afrenta recibida. Pero esto no se produce y él se excusa, considerándose más ofendido porque el llamado Avellaneda le “note de viejo y manco”, circunstancias ambas de las que no es responsable, que de otras cosas ofensivas que sobre él ha dicho.
Sin embargo, de la detallada lectura del prólogo, parece desprenderse que Cervantes sabía muy bien quien era el autor oculto tras el pseudónimo.
Pasaron los años y la polémica, aunque abierta, no aportó ningún detalle relevante hasta que, a finales del siglo XIX y muy en parte gracias al interés suscitado por Mariano Pardo de Figueroa (consulte mi artículo sobre él en este enlace:  http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/04/el-cartero-honorario.html ) la inquietud por el estudio de la obra cervantina, tomó cierto impulso y varios estudiosos comenzaron a construir teorías sobre vertientes de Cervantes y su obra.
Fue en esos momentos cuando se advirtió el profundo desconocimiento que se tenía sobre el personaje del que ni siquiera se tenía certeza absoluta de dónde había nacido, ni dónde estaba enterrado, polémica ésta última que llega hasta nuestros días; aparte de su estancia en Italia, como soldado de fortuna, su presencia en la batalla de Lepanto y su cautiverio en Argel, su pista se pierde varias veces hasta que aparece como recaudador en  Andalucía y dos veces en la cárcel. Pero dónde había adquirido la cultura que sus obras denotaban, era una incógnita difícil de despejar.
Los investigadores se habían puesto en marcha y entre las cosas con las que se empieza a especular, era que Cervantes conocía perfectamente quien era su suplantador y los motivos por los que lo había hecho.
El primero en enfocar esta hipótesis fue el medievalista y catedrático de filología de la universidad de Barcelona Martí Riquer Morera que en 1969 proponía que el  verdadero autor del Avellaneda era Gerónimo de Pasamonte, el cual, en su juventud había sido compañero de milicias de Cervantes y como él, había tomado parte en la batalla de Lepanto. Siguiendo vidas paralelas, había sido apresado por los turcos, padeciendo un cautiverio de dieciocho años, parte de los cuales los pasó remando en galeras.
Cuando, por fin, Pasamonte regresó a España, escribió una biografía que se titulaba Vida y trabajos de Gerónimo de Pasamonte, de la cual, sin lugar a dudas, Cervantes tenía conocimiento, pues de la lectura detallada del capítulo veintidós de la primera parte del Quijote, aquel en el que don Quijote libera a unos galeotes que van en cuerda de presos a cumplir pena de galeras, Cervantes menciona a Ginés de Pasamonte, un galeoto del que sus guardas, que lo llaman Ginesillo de Parapilla, manifiestan que ha escrito un libro sobre su vida, que tan azarosa debía de ser que el galeoto aseguraba que sería mejor que El Lazarillo de Tormes y todas las demás novelas picarescas escritas hasta entonces, si bien no está acabado, porque su vida no está tampoco acabada. Parapilla es una palabra en desuso, pero que significaba amigo, compañero y que América se sigue utilizando.
Ya con conocimiento del apócrifo Quijote, vuelve Cervantes a ridiculizarlo y da más datos sobre el autor. En el capítulo cincuenta y nueve de su segunda parte, cuando va camino de Barcelona, para en una fonda de Zaragoza, en la que uno de los huéspedes se llama Gerónimo y al que otro viajero le propone leer un capítulo del Avellaneda mientras le sirven la cena, a lo que el tal Gerónimo manifiesta que ese libro es un disparate tal que el que haya leído la primera parte del Quijote, “no puede tener gusto en leer esta segunda”.
Menciona en este párrafo a la obra, el nombre de la persona a la que se supone autor y, por último, la ciudad en la que éste era nacido. ¿Casualidad o apunte directo al blanco?
El libro de la vida de Pasamonte se concluyó allá por 1603, aunque luego le añadió algunas cartas y capítulos, y dos años después apareció el Quijote, en el que sin duda alguna, aparecía ridiculizado.
La teoría del filólogo Riquer es que Pasamonte no publica su biografía por temor a verse descubierto con el personaje del Quijote y decide vengarse para lo que aprovecha la fama de la novela y escribe una falsa segunda parte bajo el nombre de Avellaneda.
Una teoría más entre las varias que se manejan sobre la autoría de la obra, incluyendo una que cita a Suárez Figueroa, historiador coetáneo, o la más curiosa que hace referencia a un tal Alonso Fernández, párroco de la localidad de Avellaneda, en la provincia de Ávila.


sábado, 3 de septiembre de 2016

EL ENIGMA MOLIERE




Hace ya unos cuantos años, en los carnavales de 1998 concretamente, una chirigota de Cádiz llamada “La familia Peperoni”, cantaba un pasodoble cuya letra se iniciaba: “Me han dicho que el amarillo está maldito pa los artistas, y ese color sin embargo es gloria bendita para los cadistas…” . En poco tiempo, la copla carnavalesca se había convertido en el “himno oficialista” del Cádiz C.F, que como todo el mundo conoce, tiene la camiseta amarilla en su principal equipación.
El origen de la supersticiosa costumbre de considerar el amarillo como un color de mal fario en el mundo del arte, es algo bastante conocido y se debe a que Jean-Baptiste Poquelín, el popular dramaturgo y comediante francés, más conocido por Moliere, vestía una camisola larga o una túnica de color amarillo cuando representaba la obra El enfermo imaginario, en el transcurso de la cual tuvo un vómito de sangre, consecuencia de la avanzada tuberculosis que padecía y murió al día siguiente.
En un mundillo tan sujeto a las supersticiones, aquel desagradable incidente fue de inmediato considerado como un síntoma de muy mal augurio, a raíz del cual, el color amarillo empezó a considerarse presagio de calamidades, salvo para la afición cadista.
En España, Italia, Alemania y muchos otros países, el amarillo está reñido con el arte y se excusa su uso en cualquier obra que se precie. Sin embargo, en la propia Francia, lugar en el que ocurrió la trágica muerte del dramaturgo, no es el amarillo el color maldito, sino que lo es el verde, pues retirado Moliere de la escena, cambiaron su blusón amarillo, manchado de sangre, por otro de color verde, con el que le amortajaron, convirtiéndose este color en el proscrito para el arte.
Supersticiones que jalonan una profesión tan antigua como la que más y que a lo largo del tiempo ha ido forjando frases y “tics” muy propios de los comediantes.
A Moliere se le ha considerado el padre de la escena francesa, un dramaturgo de larguísima carrera que empezó como actor para luego escribir una buena cantidad de obras de teatro, con las que se ganó fama mundial.
Pero ya en 1919, el poeta y escritor belga nacionalizado francés Pierre Louÿs, publicó en la revista literaria francesa llamada “Comedia” un artículo que llevaba por título: “Molier es una obra maestra de Corneille” y en el que revelaba que había descubierto un fraude entorno a la obra de Moliere. Según este autor, la mayor parte de las obras del insigne dramaturgo, sobre todo las de su última época, no las había escrito él, sino alguien a su encargo.
Según la investigación que Louÿs había efectuado, el verdadero autor de esas obras era el no menos famoso y magnífico escritor Pierre Corneille.
Como es natural, en casi toda argumentación que vaya contra los criterios ortodoxos largamente mantenidos en la sociedad, aquella teoría tuvo grandes detractores, pero también dio qué pensar a muchos otros investigadores, estudiosos, literatos e incluso abogados que desde 1950 retomaron aquel tema, ya casi olvidado y escribieron sobre la impostura que supone utilizar un “negro” para que escriba las obras que luego firma otro.
La impostura es una figura que se da casi con exclusividad en los escritores y en los músicos. Aquellos artistas que crean en la soledad porque otras ramas del arte exhiben sus progresos de manera que nadie puede dudar de la autoría.
Algunos grandes escritores han sido objeto de duda sobre la autoría de sus obras. Yo mismo escribí, hace años, un artículo sobre las dudas que se tienen acerca la autoría del Quijote (puede consultar el artículo en este enlace: ( http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/el-quijote-de-cervantes.html ), y de la misma forma se duda de la autoría de las obras de Shakespeare.
Establecer estos elementos de duda razonable obedece a dos tipos de criterios: uno es práctico y el otro es especulativo. Este último tiene la propia duda en su fondo, pero el práctico obedece a criterios exclusivos de notoriedad, crear la polémica, aprovechar la popularidad y no aclarar nada.
Desgraciadamente hay muchos de estos últimos que ven el filón en la discrepancia y lo siguen.

Retrato de Moliere

Así, con uno y otro criterio, estuvieron las cosas sobre Moliere y su supuesto fraude, hasta el último trabajo presentado en sociedad. Esta última obra fue escrita en 2001 por Dominique Labbé, profesor e investigador de la universidad de Grenoble.
La singularidad de este trabajo consiste en que su autor maneja diversos procedimientos, entre ellos uno con base informática que utiliza unas reglas ya definidas y debidamente ordenadas que van permitiendo realizar una operación mediante pasos sucesivos que no generen ninguna duda. Esto es lo que se conoce como “algoritmo” y es actualmente un sistema que ofrece pocos fallos, por lo que es mundialmente utilizado en las más diversas disciplinas.
 Junto con los argumentos históricos que ya desde 1919 se venían esgrimiendo, Labbé dice haber demostrado por medio de la comparación de textos de ambos escritores que de la suma de las diferentes frecuencias con que se utilizan los vocablos, se pueden sacar conclusiones que serían: si todas las palabras de los dos textos se repiten con la misma frecuencia, o si los textos no tienen ninguna palabra en común.
Estas diferencias permiten medir las similitudes o diferencias entre ambos. Con infinidad de fragmentos de textos de más de cinco mil palabras cada uno, Labbé ha llegado a la conclusión de que las primeras obras que escribiera Moliere no guardan correlación alguna con la últimas publicaciones y sí que estas últimas guardan una sospechosa similitud con toda la producción literaria de Pierre Corneille, por otro lado, autor de obras tan importantes como El Cid, en la que se basó la famosa película de Charlton Heston y Sofía Loren.
Parece ser que en 1658, Moliere, a quien no había sonreído la fortuna en sus últimas obras teatrales, llegó a un acuerdo secreto con Corneille, a la sazón dramaturgo de éxito, para que éste le escribiera comedias que luego firmaría el otro que, amparándose en la fama que ya poseía, a nadie extrañaría su producción literaria.
Es desde esa ápoca que la obra de Moliere experimenta un cambio sensible y positivo y es cuando empiezan a aparecer sus obras de mayor fama y prestigio: El médico a palos, El avaro, El misántropo, El enfermo imaginario, El tartufo, Don Juan y algunas más, cuya calidad, en todos los órdenes, nada tienen que ver con las primeras obras de Moliere: El médico volador, El doctor enamorado, Las preciosas ridículas, etc., ninguna de las cuales llegó nunca a alcanzar la popularidad y el reconocimiento de las posteriores; es más, están mal consideradas y de no ser por la “facies” representativa de su autor, Moliere tendría que haberse dedicado a otras cosas, lo que no le hubiera resultado difícil, pues su padre había sido un adinerado comerciante que ejercía el oficio de tapicero real.
Argumentar en contra de esta última teoría es muy sencillo, baste con decir que todo en la vida tiene su aprendizaje y que el caso de Moliere, tan completamente sumido en el mundo del escenario, no iba a ser diferente y así, con el transcurso de los años y la acumulación de representaciones, su estilo, sus conocimientos y su arte, se fueron desarrollando, dando lugar a un nuevo Moliere, más incisivo, más realista, más dramaturgo que actor, que revolucionó la comedia francesa.
Contra esa postura, por demás lógica, los algoritmos de Lebbé dicen que de ninguna manera una persona puede variar su forma de escribir hasta el extremo de que ni un programa informático lo reconozca.
Pero hay más. En 2004, Denis Boissiere publicó un libro titulado L’affaire Moliere en el que se decanta totalmente a favor del fraude tejido entre los dos escritores franceses. En el libro aporta numerosas pruebas, claro que ninguna directa ni concluyente, son todas circunstanciales, pero sumadas, alcanzan unas proporciones que cuando menos, no deja indiferente a nadie.
Dice Boissiere que nunca se ha encontrado un manuscrito de las obras de Moliere, ni hay cartas que estén firmadas por él.
Se quiere ver en esa circunstancia tan extraña como si el autor no quisiera dejar rastro que diferenciara su escritura de la que presentaba el manuscrito que entregaba a la imprenta para su publicación, aunque llevaba su firma, eso sí.
Dice también el crítico que a lo largo de toda la vida, nadie vio a Moliere escribiendo ninguna de sus obras, aunque eso sí, las dirigía y las representaba.
Luego, otra circunstancia sumamente curiosa: Corneille fue un escritor muy prolífico y hasta 1658 había escrito y publicado numerosas obras de teatro, pero después de la publicación y estreno de su drama Nicomedes, que precisamente estrenó Moliere, Corneille estuvo ocho años sin publicar nada.
Apunta también el crítico que hasta 1658 Moliere había firmado siempre y se había hecho llamar por su verdadero nombre y es justamente a partir de ese momento cuando empieza a utilizar el pseudónimo de Moliere, tras pasar varios meses en la localidad de Ruan, donde vivía Corneille.
Por último, aporta el crítico una cuestión puramente subjetiva, pero quizás por eso, con mucho trasfondo y es que, a pesar del “navajeo” constante que entre los literatos existía, Corneille no criticó jamás ninguna obra de Moliere, dato sumamente curioso por lo infrecuente.

Que cada uno piense lo que quiera.