viernes, 7 de octubre de 2016

EL MISTERIO DE ELCHE




El Misterio de Elche es un drama religioso del siglo XV, que desde su estreno, ha sido representada cada año, ininterrumpidamente, dentro de una iglesia, aunque estas representaciones estuvieron prohibidas durante años .
Todos sus personajes son representados por varones, pues cuando se escribió, la presencia de mujeres en el escenario estaba vetada y la tradición ha hecho que se continúe con esta costumbre.
No tienen en Elche participación las damas; ¡qué le vamos a hacer!
Bastante representación tienen en otro campo de las artes, como es la escultura, y en este caso con una fuerza inusitada, al menos en su aparición.
Me estoy refiriendo a la Dama de Elche, escultura del busto de una mujer, del pueblo ibero, enjoyada y ataviada con lo mejor de su ajuar, que se encontró a finales del siglo XIX en las afueras de Elche, concretamente en un lugar llamado La Alcudia, que en principio era un huerto particular del doctor Manuel Campello Antón.
Este médico, aficionado a la arqueología, poseía, a las afueras de Elche, unas tierras que quería poner en regadío, para lo que estaba realizando unas obras de canalización. Según se cuenta, fue un hijo de 14 años, quien descubrió la escultura mientras cavaba. Era el día 4 de agosto de 1897.
Inmediatamente se suspendieron las obras y con mucho cuidado se procedió a la extracción de la escultura y posterior traslado a la casa del doctor.
En un principio y por carencia de conocimientos sobre la materia, se supuso que era una pieza musulmana, pero estudios más centrados, determinaron que era una escultura de la época ibera, unos quinientos años anterior a nuestra Era.
Eso la convertía, junto con el magnífico estado de conservación en que se encontraba, en una pieza única y pronto suscitó el interés de diversos museos y coleccionistas privados.
Un arqueólogo francés que visitaba la ciudad, Pierre Paris, tuvo ocasión de ver la escultura y quedó tan admirado que telegrafió al museo del Louvre, donde trabajaba, para comprarla en su nombre.
En efecto, así se hizo y el doctor Campello vendió su escultura por cinco mil doscientas pesetas de plata.
Veintiséis días después de su descubrimiento, la escultura fue embarcada en Alicante rumbo a Marsella.
Una vez en París, el director del museo bautizó la pieza como “La Dama de Elche”, nombre con el que se la ha conocido desde entonces y empezó a exhibirse como una pieza única en su género, de infinito valor artístico y arqueológico.
Como es natural, en un pequeño pueblo al que el hallazgo había catapultado a la fama, la noticia de la venta causó un tremendo malestar y se censuró duramente al doctor Campello por haber vendido aquella pieza que estaba destinada a ser emblema de la ciudad.
El gobierno español, enterado del  dislate perpetrado por Campello, inició rápidamente negociaciones para recuperar tan preciada escultura, pero no fue hasta 1941 cuando se consiguió un trueque por unos cuadros de Velázquez y El Greco.
La Dama de Elche se trasladó a Madrid y fue expuesta en la primera planta del Museo del Prado, hasta que se decidió su traslado al Museo Arqueológico Nacional en 1971. Allí preside el museo, como su pieza más importante.
Casi cien años llevaba la bellísima escultura ibera presidiendo cualquier lugar por el que pasaba, cuando tuvieron que venir a descabalgarla de su pedestal sospechando abiertamente de su autenticidad.
No era la primera vez que recaían sospechas sobre La Dama, pero eran aseveraciones circunstanciales que poca consistencia reunían entre todas. Se hablaba de lo extraño de que no hubieran aparecido otras obras o restos junto al busto, la casualidad de que se encontrara en Elche un representante del Louvre; lo rápido que se había vendido y sobre todo, lo barato que resultó para el museos parisino.
Pero en 1995 apareció un libro titulado “El caso de la Dama de Elche”, cuyo autor era el prestigioso profesor de arte de la universidad de Nuevo Méjico, en Estados Unidos, John Moffitt.
En su libro no se andaba por las ramas; acusaba al doctor Capello de haber sido el instigador de la falsificación y como artífice de la obra, al magnífico escultor y falsificador reconocido, Francisco Pallás y Puig, un artista valenciano que había estudiado Bellas Artes en la misma escuela que Sorolla y Benlliure, de quien fue muy amigo.
Para Moffitt, lo primero que resultaba extraño era que una obra del arte ibero se hubiese tallado a tamaño natural, cuando en ese periodo se tallaban obras a escala reducida. Luego, le asombraba el extraordinario estado de conservación que presentaba la escultura, cosa poco corriente dada la cronología de la obra, datada dos mil quinientos años atrás.
La perfecta definición de los caracteres de la dama, la personalidad que denota, la serenidad de su mirada, requerían una técnica que no estaba al alcance de los escultores iberos de hacía veinticinco siglos.
El “tocado imposible” que adorna la cabeza de la mujer, no se podría sostener sin caerse con los medios cosméticos de aquel momento.
Moffitt aporta también otras circunstancias como que Manuel Campello, el descubridor de la escultura no era hijo del doctor Campello, sino pura coincidencia en el apellido, y el cual habría hecho unas declaraciones en su momento en las que aseguraba que la tierra que rodeaba a la escultura, se desprendía con facilidad. Extraño detalle que no casa con el enterramiento de la pieza durante siglos.
Añadía que las prospecciones científicamente realizadas en el lugar, hacían coincidir el estrato en el que fue hallada, con la época romana y si bien, el enviado del Louvre se había esforzado en encontrar más restos en el lugar, no halló nada, ni de la época ibera ni de la romana.
Siguiendo con su razonamiento acerca de la falsificación, el profesor estadounidense advirtió el descubrimiento, unos años antes, de la escultura ibera “La Dama Oferente”, y otra escultura más pequeña conocida popularmente como “La Damita”, halladas en el Cerro de los Santos, provincia de Albacete y que se habían datado como del siglo II o I a.C., por tanto bastante más moderna que la datación de la de Elche.
Posiblemente esta segunda escultura que representa a una mujer de la aristocracia ibérica, sentada y ricamente ataviada, hubieran servido de inspiración al artista falsificador, pues entre ambas, los expertos aprecian cierto paralelismo, y el cual no había tenido en cuenta cómo era posible que, tres siglos antes, se hubiese esculpido con muchísimo más rigor escultórico, mejor técnica y más perfección en el trazo, una imagen como la de Elche.
El profesor Moffitt hizo la propuesta de realizar una datación con Carbono-14 con el fin de salir de dudas, aunque no es posible hacer semejante prueba sobre una piedra, circunstancia que sin duda el profesor conocía, pero sí que se podría hacer sobre los restos de pintura, pues la escultura da la impresión de haber estado policromada.

La Damita, en la que observan similitudes con la de Elche

Como es natural, ya que a nadie le gusta que vengan a su casa a menospreciar sus pertenencias, contra las aseveraciones, realmente poco sustanciosas del profesor, surgieron voces defensoras de la autenticidad de la escultura.
El centro Superior de Investigaciones Científicas encargó a la doctora Luxán la realización de estudios sobre la piedra, concluyéndose que se trata de una urna cineraria, destinada por tanto a contener los restos de algún personaje importante, dada la importancia de la escultura, que aún contenía restos de cenizas, de cuyo estudio se desprendió que eran humanas y que podían representar a una persona que hubiera tenido el tipo de alimentación que se fija para los iberos del siglo V a.C.


Detalle trasero del hueco cinerario

Un dato importante fue el aportado por el catedrático de arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, profesor Bendala, el cual advirtió que el broche de la toquilla de La Dama, no era conocido en el entorno cronológico en el que se supone la falsificación.
Queda formulada la controversia. Lo que ocurre siempre: especular es rentable. Moffitt vendió millares de libros en todo el mundo, e incluso se atrevió, diez años después a defender sus teorías, pidiendo casi disculpas a los españoles a los que cree haber ofendido. En esta ocasión el argumento que el profesor utiliza no es otro que los tres principios básicos que se deben seguir para la autentificación de una obra y que según él son: la procedencia; el examen del experto y las pruebas científicas.
Según él, ni la procedencia ni el examen científico se han realizado en esta obra, por lo que cabe especular sobre su autenticidad. Para Moffitt, no vale quejarse de las críticas, insta a hacer algo para rebatirlo.
¿Auténtica, falsa? Quién lo sabe. Este es el otro “misterio de Elche”, distinto del que mencionaba al inicio de este artículo.

viernes, 30 de septiembre de 2016

LOS VIAJEROS EGIPCIOS




El faraón egipcio Ptolomeo III, llamado el Benefactor, se casó con una princesa siria llamada Berenice, natural de Cirene, en la actual Libia. Esa fue quizás la causa de que oyera hablar de un sabio griego nacido en aquella misma ciudad y llamado Eratóstenes, al que llamaban de segundo nombre “Pentathlos”, título que se concedía a los que ganaban en las cinco pruebas de que constaban los juegos de la ciudad de Olimpia.
Hace pensar esta circunstancia que además de matemático, astrónomo y geógrafo, Eratóstenes fue en su juventud un gran atleta.
Era el año doscientos treinta y seis antes de nuestra era, cuando Ptolomeo III lo mando llamar; pero no lo quería para practicar deportes, ni para entrenar a los jóvenes egipcios, lo quería para que organizase la más grande y fabulosa biblioteca de la antigüedad, la Biblioteca de Alejandría, ubicada en un bellísimo edificio considerado una de las siete maravillas del mundo que lamentablemente desapareció, con muy buena parte de su contenido, en un incendio provocado por la tropas de Julio César en el año 48 a.C.  No se sabe con demasiada certeza quien mandó construir tan magnífica biblioteca, aunque se piensa que había sido su abuelo, Ptolomeo I.
Eratóstenes y un grupo de alumnos suyos, se hicieron cargo del casi millón de rollos con que contaba la biblioteca y organizó, estudió, distribuyó y sobre todo, leyó, todas las maravillas escritas que allí se almacenaban, mientras estuvo en el cargo hasta su muerte, en 194 a.C.
El sabio griego, considerado ya en la antigüedad como el “Segundo Platón” destacaba sobre todo en astronomía y antes de su llamada por el faraón, había construido una esfera celeste para estudiar los movimientos del Sol y los planetas que se estuvo utilizando hasta bien entrado el siglo XVII, lo que da idea de lo avanzado de los conocimientos del griego.
Una vez en Egipto, tuvo referencias, por un papiro encontrado en la biblioteca, de que en la localidad de Siena, actualmente Asuán, donde está la gran presa del Nilo, el día del solsticio de verano los objetos verticales no proyectaban sombra y los rayos del sol se colaban hasta el fondo de los pozos más profundos.
Estudió y comparó la situación geográfica de Alejandría y Siena, concluyendo que ambas estaban en el mismo meridiano, situada la primera más al norte.
Llegado el solsticio, midió las sombras de ambas ciudades encontrando que en Siena, la sombra era totalmente perpendicular, pero en Alejandría tenía una levísima inclinación. Por algún procedimiento matemático que yo no alcanzo a explicarme, determinó el punto en que esas dos líneas se unirían, determinando el radio terrestre y más tarde la circunferencia que cifró en doscientos cincuenta y dos mil estadios.
Considerando que la longitud de la medida conocida como estadio no era universal, pero aplicando la que se utilizaba en aquella época en Alejandría, que era de 184.8 metros, el cálculo de Eratóstenes se desviaba solamente en unos seis mil kilómetros respecto de las mediciones más modernas, efectuadas por satélites, que cifra la circunferencia terrestre en 40.075 kilómetros. El error no estuvo en los cálculos matemáticos, sino en la premisa sentada de que ambas ciudades estaban en el mismo meridiano, cuando en realidad había tres grados de diferencia entre una y otra.
Todo eso en el seno de una civilización que aún no tenía muy claro que la tierra fuese redonda.
Pero los conocimientos del sabio llegaron mucho más allá. Hasta el siglo XVIII, la navegación de altura no sabía situarse cuando se encontraba en alta mar y sin ninguna costa a la vista. Para los avezados marinos era relativamente fácil situarse en relación a los polos de la Tierra y el ecuador, pero resultaba imposible situarse en el huso horario que fijaban los meridianos.
No fue hasta que se introdujo el cronómetro, como elemento auxiliar de la navegación, que los marinos pudieron saber en qué punto exacto, o casi exacto, se encontraban (se puede consultar mi artículo sobre la Longitud en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/la-parrilla-el-saltamontes-y-el-h-1.html ).
Eratóstenes debía de manejar conocimientos muy profundos sobre astronomía, entre ellos uno que le había hecho fabricar un aparato que, enfocando la Luna y diversas estrellas conseguía situarse dentro de la inmensidad de las aguas oceánicas.
Este instrumento, auxiliar de la navegación, es referido en algunos escritos de la antigüedad con el extraño nombre de “Tanawa”, aunque, desgraciadamente no conocemos muy bien cómo era y cómo se utilizaba.
Muy posteriormente, en la Edad Media, se usaba un instrumento llamado “Torquetum”, basado en las mediciones del “Tanawa”, pero que no debía ofrecer demasiada precisión pues su uso fue abandonado.

Fotografía del Torquetum

El faraón, influenciado por Eratóstenes, organizó una expedición naval compuesta por seis embarcaciones modernas y muy bien equipadas que iban mandada por un capitán al que se conoce con el nombre de “Rata”, pero en realidad, todos iban a las órdenes de un navegante al que se conoce por el nombre de “Maui”, indudablemente discípulo del sabio griego.
Partiendo de la base de la redondez de la Tierra, aquella expedición se proponía rodearla, eligiendo el camino de oriente, porque las rutas a través del Mediterráneo eran muy peligrosas por la presencia de fenicios, sus mortales enemigos y piratas libios y tunecinos.
Así pues, salieron del Mar Rojo y aprovechando los vientos monzones, llegaron hasta la India con facilidad, pues es ruta ya la conocían, entrando seguidamente en el océano Pacífico.
Se cree que la expedición llegó hasta las costas occidentales de América, concretamente a la altura del actual Chile y muy posiblemente tocaron en la isla de Pascua.
Algunos estudiosos egiptólogos estiman que bordearon el Cabo de Hornos y llegaron a Brasil, donde existe una isla que lleva por nombre Rata.
Esta última hipótesis es muy poco consistente, pero que llegaran a Chile es más que creíble.
Previamente debieron desembarcar para abastecimiento y aguada en Nueva Guinea, donde se pensó que habían rendido viaje y en donde el epigrafista Barry Fell, toda una autoridad mundial en  la ciencia de descifrar las inscripciones, tradujo una inscripción hallada en una roca en las llamadas Cuevas de los Navegantes, en la costa de Irian Jaya, en Sosora, en una bahía llamada MClure.
La inscripción dice: “La Tierra está inclinada. Por lo tanto los signos de la mitad eclíptica tienden al sur, la otra mitad crece en el horizonte. Este es el cálculo de Maui.”
A continuación había un dibujo que se interpretó que se trataba del “tanawa” y que sirvió para que se hiciera una copia en madera.
Junto a estas grabaciones había otra inscripción, también en escritura jeroglífica, en la que se habla de una expedición de seis barcos que manda el capitán Rata.
Ante estas evidencias, se hace obligatorio pensar que aquella expedición de Ptolomeo III llegó, al menos, hasta Nueva Guinea, pero muchos investigadores apostaban porque la aventura no acabó allí y que después de pasar por la isla de Pascua, arribaron a las costas de Chile, remontaron el río Rapel y su afluente, el Tinguiririca y dejaron otra grabación en una roca, esta vez descubierta por el naturalista alemán Karl Stolp en 1885. La inscripción se hallaba en una caverna a bastantes kilómetros de la costa y casi en la cordillera de los Andes. Nuevamente fue traducida por Barry Fell que aseguró que la inscripción pertenecía a la misma expedición que dejó constancia en Nueva Guinea.
En esta ocasión decía: “Límite sur de la costa alcanzada por Maui. Esta región es límite de la tierra montañosa que el capitán reclama mediante proclamación escrita  en esta tierra triunfante. A este límite sur llegó la flotilla de barcos. El navegante reclama esta tierra para el rey de Egipto, para su reina y para su noble hijo, comprendiendo un curso de 4000 millas escarpado, poderoso, montañoso levantado en lo alto. Día 5 del año 16 del rey”.
A la luz de estos dos descubrimientos, una buena parte de los investigadores históricos de prestigio mundial, han empezado a creer que, efectivamente, los egipcios llegaron, al menos, hasta la costa americana del Pacífico, sin que se tenga constancia de que aquella expedición regresara a Egipto para poner a los pies del faraón su descubrimiento.
Estudiando las corrientes marinas y los vientos imperantes, parece posible que para un navegante avezado y conocedor de su situación en el mar, la expedición se podría haber realizado con el éxito que asegura la inscripción de Tinguiririca.
Si la expedición no volvió, es de suponer que permaneciera en tierras americanas, siendo más que posible que otros navegantes egipcios tratasen de ir en búsqueda de aquellos compañeros, sobre todo porque Eratóstenes, el verdadero genio e impulsor de expedición, querría comprobar que sus instrumentos y sus tablas astronómicas eran correctas.
Eso podría explicar las numerosas similitudes que presentan las culturas encontrada en las Américas con las de Egipto, no solamente en la construcción de pirámides, sino en rasgos fisonómicos, caracteres gráficos, símbolos jeroglíficos, etc.

Esto no es obligatorio creerlo, pero que los egipcios llegaron a las costas occidentales americanas, es un hecho incuestionable.

viernes, 23 de septiembre de 2016

OCURRIÓ UNA NOCHE




En realidad ocurrió en dos noches; dos noches del mes de noviembre pero con treinta y cinco años de por medio. Les ocurrió a dos personas, dos sabios y quizás, las mentes más preclaras de su época, cada uno en su área, aunque en muchos casos, sus actividades se solapaban.
Por dar una mejor explicación, voy a empezar por la segunda de las noche, la del veintitrés de noviembre de 1654, día de San Clemente, papa y mártir, vigilia de san Crisógeno mártir. Cerca de las diez y media y hasta las doce y media.
Así, poco más o menos, iniciaba Blas Pascal un memorial que escribió aquella noche y que cambió radicalmente el rumbo de su vida y privó al mundo del futuro desarrollo y expansión de una de las mentes más preclaras de todos los tiempos.
Nació Blas Pascal el diecinueve de junio de 1623, en la localidad francesa de Clermont-Ferrand, hijo de un magistrado de alto rango y perteneciente a una familia de buena posición, tenía solamente dos hermanas; quedó huérfano de madre cuando contaba tres años de edad. Esta circunstancia hizo que su padre dedicase mucha más atención a sus hijos y, mirando por su futuro, se trasladó con toda la familia a París, en donde veía que los niños tendrían más posibilidades que en una ciudad de provincia, sobre todo el pequeño Blas que ya había dado múltiples muestras de poseer una inteligencia poco común.
Allí pasaron varios años hasta que en 1640 su padre fue nombrado jefe de la oficina de recaudación de impuestos de la región de Normandía, cargo que ejercía con extremado rigor, lo que le acarreó no pocos enemigos.
Viendo a su padre enfrascado constantemente en las sumas y restas de las cuentas de las recaudaciones, el joven Pascal, que entonces contaba dieciocho años, inventó una máquina que en principio solamente realizaba sumas, pero que con el transcurso de los años fue perfeccionando y llegó también a hacer sustracciones. La “Pascalina”, llamó a la máquina sumadora y construyó, manualmente, hasta cincuenta ejemplares, de los que aún se conservan algunos. Es el antecedente más claro que se conserva de las modernas calculadoras.

Una de las nueve “Pascalinas” que se conservan en perfecto estado

Muy pronto, el joven Pascal empezó a destacar en el campo de las matemáticas y la física, disciplinas en las que demostró ser un verdadero genio,  realizando profundas investigaciones sobre los cálculos de probabilidades, investigaciones sobre los fluidos, sobre la presión de los líquidos y el vacío. Pero también destacaba y mucho, en materia de pensamiento, dedicándose muy de lleno a la filosofía y a la teología.
Con solamente dieciséis años, había formulado el conocidísimo Teorema de Pascal, que todavía se estudia en la geometría descriptiva.
Como padecía de constantes calambres en las piernas, no era muy apto para hacer excursiones, pero tenía necesidad de efectuar unas comprobaciones sobre la presión atmosférica, por lo que obligó al marido de su hermana a que subiera a la cumbre del monte Puy-Dome, para comprobar que la teoría de Torricelli, sobre el peso del aire, era cierta, observando que el mercurio contenido en una especie de rudimentario barómetro, iba descendiendo conforme se iba subiendo la montaña hasta comprobar que en la cima experimentaba una subida menor que en la base de la montaña. Era evidente, el aire de la atmósfera tenía un peso.
Trabajó intensamente sobre la teoría de los vasos comunicantes y sobre todo en hidrostática, dentro de la cual expuso la presunción de que la presión que se ejerce sobre un punto cualquiera de un liquido encerrado en un recipiente se transmite con la misma intensidad en todas las direcciones.
Con este principio, inventó la prensa hidráulica, un sencillo mecanismo que nos sirve tanto para elevar un coche, como para sostener la torre Eiffel y sin la cual, la revolución industrial hubiera sido una cosa muy diferente.
Sin otro de sus inventos, la jeringuilla, el mundo tampoco sería lo que es, aunque posiblemente otro la habría inventado con posterioridad.
Profundamente religioso, junto con su familia, entró a formar parte del movimiento confesional conocido como jansenismo, que se caracterizaba por una estrecha aproximación a San Agustín, resaltando la predestinación y la imposibilidad del hombre para hacer el bien sin la intervención divina y que pronto fue proscrito por  el papa.

Pascal, según un grabado de la época

La familia entera vivió la exaltación religiosa de tal forma que su hermana Jacqueline, profesó en un convento.
En este ambiente, en el que por un lado su mente se desarrollaba hacia las ciencias y por el otro hacia la espiritualidad más profunda, llegó la noche del veintitrés de noviembre de 1654.
Qué fue lo que pasó exactamente aquella noche, es algo que se desconoce y ni siquiera se hubiese sabido que algo muy importante tuvo que pasar por la mente del sabio, de no ser porque, a su muerte, se encontró cosido a su ropa, un papel en el que había escrito algo.
Ese escrito se conoce como Memorial de Pascal y empieza como más arriba se dijo por la fecha, los santos del día y de la víspera y la hora. Sigue con la palabra FUEGO, resaltada; a continuación sigue: “Dios de Abraham, Dios de Isaac, no de los filósofos y eruditos…” lo que continúa es una exaltación a Dios, al que se propone ser lo único en recordar. Todo lo demás queda relegado al olvido. Nombra a Jesucristo como quien le llama de manera vehemente, renuncia a todo sometiéndose exclusivamente a Jesucristo y a la fe y termina con: “Jamás olvidaré tus palabras. Amén.”
Luego se comprobó que desde aquella fecha de 1654, Pascal había dejado de ser el científico que todos esperaban de él. A partir de ese momento se entrega al ayuno, a la mortificación de su cuerpo, colocándose un cilicio por cinturón, olvida la física o las matemáticas y no lee nada más que a San Agustín. Su única obsesión fue la religión, salvar su alma y para eso, abandonó todo placer mundano y como algunos han dicho de él, entró en una etapa de misantropía en la que se dejó morir, lo que ocurrió el diecinueve de agosto de 1662, casi ocho años después del terrible incidente que trastocó su vida y cuando contaba solamente treinta y nueve años de edad.
En realidad su muerte no sobrevino por abatimiento ni descuido, padeció un cáncer de estómago que le produjo metástasis y que acabó con su vida.
Cuando iban a amortajarle, le quitaron las harapientas ropas que llevaba y fue en ese momento cuando se descubrió aquel trozo de papel, cosido a su levita, que había cambiado su vida.
También una noche, treinta y cinco años antes, la vida de otro francés, otro gran matemático y filósofo, cambió radicalmente.
Es el caso de René Descartes, sobre el que ya hace bastantes años publiqué un artículo que se puede consultar en este enlace ( http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/la-cabeza-de-descartes.html ).
Es sorprendente el paralelismo entre las vidas de estos dos insignes matemáticos y pensadores, pues Descarte también era hijo de un jurista que enviudó cuando el pequeño René tenía apenas dos años de edad.
Había nacido el treinta y uno de marzo de 1596, y era, por tanto, veintisiete años mayor que Pascal.
Autor de la famosa frase: “Cógito, ergo sum”, dijo haber tenido un sueño la noche del 10 de noviembre de 1619, a raíz del cual, se da de baja del ejército, con el que estaba luchando en los Países Bajos contra los tercios españoles, vende todas sus propiedades y se dedica a viajar, aprender y madurar su: “Pienso, luego existo”.
Treinta y cinco años antes, un sueño, una revelación, una aparición, no se sabe muy bien qué cosa fue, despertó en Descartes el deseo de la sabiduría; de aprender y transmitir y así nació su Discurso del Método, que dio el espaldarazo final a su renombre como matemático, astrónomo y filósofo.
Treinta y cinco años después, a otra persona, de características muy similares, un sueño, una revelación o no sabemos qué otra cosa, lo apartó de la ciencia, de la senda del conocimiento y lo encerró en el férreo cofre de la religiosidad, a cuya servidumbre se dedica por entero, haciendo dejación de su propia vida y de sus conocimientos.

Y las dos cosas ocurrieron una noche; noche que, en el primer caso, terminó en una feliz alborada, llena de luz y color y en el otro, no fue capaz de conjurar las tinieblas y quedó en noche para siempre.