viernes, 6 de enero de 2017

LA INCÓGNITA GULLIVER




Casi todos los jóvenes de mi edad, que hacíamos aquel bachillerato largo, monótono, con dos reválidas y unos libros de texto que no tenían ni un solo dibujo, estábamos obligados a estudiar si queríamos pasar de curso. Había que aprenderse desde la primera página hasta la última de cada texto y demostrar que lo sabías en un día de verdadera maratón, en el que nos examinaban, por escrito, de todas las asignaturas del curso.
Ya lo he comentado en otras ocasiones y siempre he mantenido que ni para mi, ni para mis compañeros, supuso un trauma esta manera de estudiar. Teníamos clases mañana y tarde de lunes a sábado y algunos años después, empezamos a librar los sábados por la tarde.
Y nos daba tiempo a todo, incluso a jugar y leer, porque ambas cosas eran una distracción.
Cierto que en la escuela nos obligaban a leer y resumir algunos libros, casi siempre calificados de “peñazos”, pero nos tomábamos la revancha leyendo a Mark Twain, Julio Verne, Emilio Salgari, Walter Scott, Jonathan Swift…
Precisamente de este último es de quien quería escribir; de su obra más conocida, aquella que leímos como si de un cuento se tratara y que nos apasionó sobremanera: Viajes de Gulliver.

Portada de la primera edición de los Viajes de Gulliver

Reconozco que me gustaron más los dos primeros viajes, en los que Gulliver llega a Liliput, la tierra de los pequeñitos y de inmediato se convierte en un héroe y luego a la tierra de gigantes en la que el pequeñito es él. No me arrastraron tanto los otros dos viajes, aunque en el tercero suceden cosas tan extrañas como las que se relatan más adelante.
Aun así, todo el libro, aquella apasionante novela, me cautivó y la leí con avidez y con el mismo afán la volví a leer, tiempo después.
Pero siempre leí un libro de aventuras; nunca me planteé que detrás de todas aquellos formidables y fantásticos acontecimientos, se encerrara algo más que un libro de entretenimiento.
Han tenido que pasar años para comprender que, más allá de la diversión que suponía la lectura de tan fascinante novela, el autor quería decir algo sobre la sociedad de su época.
Jonathan Swift nació en Dublín en 1667, cuando su padre ya había fallecido, por lo que fue criado y educado por un tío y en la más absoluta pobreza. Pero destacaba en los estudios y adquirió una educación superior a la media de su época, lo que le permitió, siendo muy joven, entrar de secretario en una importante familia, uno de cuyos miembros era un político inglés.
Viendo que carecía de futuro en aquella profesión, la abandonó para entrar en la iglesia, en donde se ordenó sacerdote.
Durante toda su vida fue un amante de la escritura y tanto en prosa como en verso, escribió varias obras, una de las cuales “Cadenus y Vanessa”, presentan una singularidad que es necesario resaltar. “Cadenus” es “decanus”, el puesto que él tenía en la catedral de San Patricio, en Dublín, en otro orden de sílabas y “Vanessa” es un nombre de mujer que él inventó con las primeras sílabas del nombre y apellidos de una dama a la que, secretamente, amaba. Antes de la publicación de esta obra, no se tiene noticias de la existencia del nombre de “Vanessa”, por lo que se considera una invención suya.

Retrato de Jonathan Swift

Su obra cumbre, fue, sin duda, Viajes de Gulliver, que según los estudiosos, los críticos literarios, los hombres de letras, en general, suponen una visión satírica de los diferentes gobiernos de los países europeos, profundiza sobre la corrupción, a la vez que va describiendo las desgracias por las que pasa el personaje, cada una de ellas más dramática y perversa que la anterior. Por otro lado, la actitud de Gulliver ante la vida se va endureciendo conforme el destino no deja de depararle calamidades. A lo largo de la novela, el protagonista va relatando sus vicisitudes: primero es grande, luego pequeño, luego sabio en un país de ignorante y por último ignorante en un país de sabios.
Es ciertamente un coctel inquietante y sugestivo que impulsa a leer sin parar, aunque lo más curioso es que quien quiera ver en el libro una novela de aventuras marítimas, pues todas las controversias ocurren en viajes por mar, no tiene obstáculo alguno para hacerlo, pero el que quiera ver la faz crítica que los eruditos han advertido, es también muy libre de hacerlo.
Yo, sinceramente, pienso que la novela merece la pena leerla simplemente por lo divertida que resulta y que, además, se sacan conclusiones interesantes, acerca del comportamiento humano.
Por si esas razones fuesen poco, a largo de sus páginas aparece un relato tan sorprendente, que por sí mismo ya merece que tomemos en serio a Jonathan Swift y leerlo.
El padre Swift, además de su faceta crítica y aventurera, se revela en esta obra como un verdadero adivinador, una especie de Verne que anticipa en su libro datos que es imposible que pudiera conocer.
Todo comienza cuando en el tercer viaje, unos piratas lo abandonan en un pequeño bote y pocas provisiones. Con alguna dificultad se dirige a unas islas que ve a lo lejos. Recorre un pequeño archipiélago y cuando se encuentra en la quinta isla, observa que a unas dos millas de altura se desplaza un gran objeto que se interpone entre el Sol y él.
Lo describe como un enorme cuerpo opaco que lo dejó en sombra durante seis o siete minutos y que tenía el fondo plano, liso y muy brillante, en el que se reverberaba el mar. Entonces el protagonista se sube a una colina y ve como el objeto, aquella especie de isla flotante comienza a bajar y se coloca a su altura y a una milla de distancia. Sacando su catalejo, observó que encima de aquel objeto había personas moviéndose.
Después de intentar comunicarse con aquellos seres que pululaban por el extraño objeto, de éste descendió una cadena con un asiento en el que lo izaron hasta la isla flotante.
A continuación describe las extrañas costumbres de aquellas gentes que tienen unos sirvientes que los van despabilando constantemente, porque sus cerebros tienden a ensimismarse. En los capítulos siguientes describe la angustia de aquellas gentes que temen constantemente que el Sol se extinga o que la Tierra choque con algún cometa y luego describe la “isla flotante” que se llama Lupata y que depende de un “imán de prodigiosa magnitud” gracias al cual “la isla se remonta, desciende o se mueve a voluntad” y que está a cargo de ciertos astrónomos que le imprimen la dirección que el monarca de la isla desea.
“Estos astrónomos están muy avanzados y con unos telescopios pequeños, pero de una gran potencia, han realizado un catálogo de diez mil estrellas y han descubierto “dos astros menores, o satélites que giran en torno a Marte”, el primero de los cuales está a una distancia de tres diámetros del planeta y el segundo a cinco diámetros.
El fantástico Gulliver describe las órbitas de ambos satélites y concluye que está regido por la misma ley gravitacional que los demás astros.
¿Cómo es posible que antes de 1727, cuando se publicó el libro, Jonathan Swift supiera que Marte tenía dos satélites y que eran de pequeño tamaño, cuando estos no se descubrieron hasta 1877?
Efectivamente, el dieciocho de agosto de 1877, el astrónomo estadounidense Asaph Hall, descubrió dos pequeños satélites girando alrededor del planeta rojo, a los que llamó Fobos (miedo) y Deimos (terror), nombres de los dos hijos del dios Marte, que siempre le acompañaban.
¿Premonición?, ¿profecía?, ¿casualidad? ó simplemente conocimiento. No se sabe, lo cierto es que ciento cincuenta años antes de su descubrimiento, este genial escritor nos adelantó datos que con el tiempo se demuestran totalmente ciertos.
Y lo que es mas sorprendente, si cabe, es que al hablar de las órbitas dice que una está a tres diámetros y la otra a cinco; la moderna astronomía ha demostrado que el menor de los satélites, Fobos, se encuentra actualmente algo más cerca de los tres diámetros, pero también se ha comprobado que su órbita se va cerrando y acercando a Marte, sobre en el que terminará cayendo, mientras el segundo, Deimos, se encuentra actualmente a algo más de la distancia que el autor relataba, pero también se ha comprobado que su órbita se va alejando del planeta y que terminará escapando de su atracción.
Todo esto en una novela fácil de leer y sumamente entretenida, de unas doscientas cincuenta páginas, a través de las cuales el autor no va a dejar de sorprendernos con aventuras cada vez más desafortunadas que deberían haber llevado a Gulliver al extremo de la cordura.
No sorprende, por eso mismo, saber que Jonathan Swift acabó sus días completamente loco, sin ser capaz de relacionarse con nada de su entorno y llevándose su secreto.

Toda la fortuna que dejó, que fue considerable, se dedicó a la construcción de un hospital psiquiátrico.

viernes, 30 de diciembre de 2016

DOS VECES REINA





Pocas veces se ha dado en la historia que una mujer llegue a ser reina de dos países distintos por matrimonio con sus dos respectivos reyes. Y más extraño aún en el caso de que los dos reinos sean enemigos inveterados.
No estoy seguro, pero me parece que la única mujer que lo ha conseguido, ha sido Leonor de Aquitania, una dama excepcional en todo, tanto en inteligencia como en belleza, que vino al mundo predestinada a grandes logros.
Nació Leonor en 1122, en la ciudad de Poitiers, en el centro de Francia, una zona comercial de primer orden y encrucijada de caminos. Allí mismo, varios siglos antes, el caudillo franco, Carlos Martel, detuvo a los invasores árabes de Al-Andalus que, escarmentados, fijaron su frontera en los Pirineos y no volvieron a intentar la aventura francesa.
Hija de Guillermo y Leonor, su padre era el X Duque de Aquitania, título que heredaría ella por la prematura muerte de su hermano Guillermo.
En 1137, fallece su padre mientras peregrinaba a Santiago de Compostela, por lo que Leonor hereda el ducado que en ese momento se extendía desde los Pirineos hasta el río Loira y que resultaba ser más extenso que los propios dominios del rey de Francia.
Aquella sucesión de desgracias convierten a Leonor en una codiciada esposa para cualquier noble de Europa, incluso para el delfín francés, Luís, con el que se casa a la edad de quince años. Poco tiempo después, fallece el rey de Francia y su esposo es coronado con el nombre de Luís VII.
A pesar de su corta edad, Leonor era una mujer muy instruida: amaba profundamente las artes y sentía pasión por poetas y trovadores. Hablaba latín, francés, español y algo de inglés y encargó a sus poetas protegidos que recopilasen todas las tradiciones medievales y celtas, con el fin de que no se perdieran en el olvido.
Es gracias a ella que conocemos leyendas como las del Rey Arturo y la corte de Camelot, así como innumerables tradiciones occitanas.

Hasta en su tumba se la representa con un libro

Su matrimonio no fue bien desde el principio dada la diferencia de carácter, pues Luís era un hombre excesivamente piadoso que había sido educado para la iglesia y al que la muerte de su hermano mayor, sentó en el trono; no era hombre de enredarse en aventuras de alcobas con otras damas, costumbre muy frecuente entre las altas clases sociales. Sin embargo Leonor era de carácter ardiente y apasionado.
A los ocho años de matrimonio nació su primera hija, a la que pusieron de nombre María y que sería la futura condesa de Champaña.
En 1147, el matrimonio marcha a la Segunda Cruzada, empeñada Leonor en acompañar a su marido, cosa completamente inusual en la esposa de un rey, pero tozuda como era, terminó camino de Jerusalén.
En el viaje pasaron por el Principado de Antioquía, en la actual Turquía asiática y casi en la frontera con Siria, donde un tío de Leonor, Raimundo de Tolosa, era el príncipe.
Graves diferencias entre las estrategias para la conquista de Tierra Santa, surgidas entre los esposos y el persistente rumor de que Leonor tiene un romance de cama con su tío, enfurecen a Luís VII, que llega incluso a maltratar físicamente a su esposa, la cual termina abandonándolo y volviéndose para Francia.
En su viaje de regreso propicia una reunión con el papa, Eugenio III, al que le dice que quiere repudiar a su esposo y que su matrimonio había sido ilegal, pues eran parientes en cuarto grado y por tanto la unión podría ser incestuosa.
La noticia del repudio al rey causa un tremendo alboroto y escandaliza al papa que media para que haya una reconciliación, cosa que se produce y fruto de la cual nace una segunda niña.

Boda de Leonor y Luís VII

Pero Leonor ya no soporta a su esposo y comienza una larga carrera de infidelidades, entre las que se incluye la de un esclavo negro, de enorme porte, que parece hacer las delicias de la reina y que consigue llevar al rey a iniciar el trámite del repudio.
Leonor es joven todavía; tiene veintinueve años y dos hijas, pero, sobre todo, es inmensamente rica y la mujer más poderosa de Francia. Controla un territorio de un cuarto de millón de kilómetros cuadrados, más que el propio rey y sigue siendo una mujer de gran belleza que conserva un cuerpo escultural a pesar de sus dos embarazos.
Pero no era conveniente en aquella época que la mujer permaneciese soltera, así que comenzó a buscar un nuevo marido con el que fortalecer su patrimonio.
En sus indagaciones acerca del partido que más le interesase, encuentra al que va a ser su candidato que no es otro que el príncipe de Inglaterra, Enrique Plantagenet, once años más joven, aunque, ciertamente, ella no aparentaba su edad.
Sabe que entre los dos hay muchos gustos comunes, y sin pensarlo, le escribe una carta de amor que sorprende al príncipe, no tanto por la osadía, sino por las afinidades que descubre en el alma de aquella mujer.
También sin pensarlo, se presenta ante ella y los dos se enamoran completamente identificados el uno en el otro. En dos meses se casan y aquella mujer que había tenido cierto halo de infertilidad y que no había dado heredero varón al trono de Francia, empieza a parir hijos: cinco varones y tres hembras.
Dos años después de la boda, Enrique hereda la corona de Inglaterra y numerosas tierras en Francia y pasa a reinar con el nombre de Enrique II.
Sus posesiones francesas y las de su esposa le hacen poderoso, tanto en su país, como en el extranjero, pero Enrique tiene graves problemas, sobre todo derivados de las relaciones estado-iglesia que personaliza su antiguo amigo y ahora frontalmente encontrados, Tomás Becket, el arzobispo de Canterbury. En su hogar encuentra cada vez menos relajación y comienza una serie de aventuras de camas con varias cortesanas flotantes y con una, Rosamunda, de manera más fija, por lo que Leonor decide tomar la iniciativa.
He dejado para este punto, mencionar quienes fueron los hijos habidos en ese matrimonio, entre los que se encontraban dos de los más famosos reyes de Inglaterra. El primogénito fue Guillermo que falleció a los tres años y al que siguió Enrique, también malogrado y luego nacieron: Ricardo, apodado Corazón de León y Juan, llamado Sin Tierra, por la exigua herencia que recibió de su padre, el más joven y delicado de los hijos varones, que más tarde, sucedió a Ricardo I en el trono de Inglaterra.
 Con tan poderosos hijos, Leonor decide hacer frente a su esposo y confabularse contra él, pero el rey, advertido de las maniobras de su esposa, que quiere destronarlo, se hace fuerte y consigue vencer a las tropas que contra él levanta su hijo Ricardo.
En un arranque de magnanimidad, perdona a su hijos, pero sabiendo que todo el complot lo ha dirigido Leonor, la destierra al castillo de Chinon, en donde vive rodeada de músicos, poetas, juglares, trovadores y artistas en general, así como alguna de hijas, sobre todo la mayor, María, considerada como la primera poetisa francesa. De esa época nace un importante resurgir cultural y amor por las leyendas y tradiciones arcaicas al tiempo que redactan una especie de código cortesano, un compendio de normas y reglas galantes y de cortejo que pronto se hizo famoso en todas las cortes de Europa.
Allí estuvo recluida hasta la muerte de su esposo, cuando consigue que su hijo, Ricardo, acceda al trono, contra la designación de su padre que había nombrado a Juan heredero del reino.
Ella tiene sesenta y siete años, pero sigue manteniendo una presencia magnífica y lo que era más difícil en aquella época: conservaba todos los dientes, perfectamente alineados y blancos, como su cabello.
Ricardo era su hijo preferido y en el había visto señales de que muy bien pudiera conjugar la pluma y la espada.
Pluma, lo que se dice pluma, desde luego tenía, pues aunque no se ha resaltado en la historia, quizás por no derribar el mito de rey guerrero y aguerrido con el que es conocido, se sabe que marchó a la Tercera Cruzada, en compañía de un antiguo amante, nada menos que Felipe II de Francia y dicen que en Tierra Santa, conoció a Saladino, de quien se enamoró perdidamente, aunque no se sabe si llegó a ser una relación consumada.
Leonor, que sabía de la debilidad de su hijo, intuía que éste no le daría un heredero para el trono de Inglaterra, por lo que incluso llegó a casarlo con Berenguela de Navarra, una bella y joven princesa, hija del rey de Navarra Sancho VI, pero aquel matrimonio fue una pantomima.
De los diez años que Ricardo -¿Corazón de León o de Pantera?- reinó, solo estuvo seis meses en Inglaterra. El resto del tiempo se lo pasó de cruzadas y otras escaramuzas. Mientras, su madre, la doble reina, ejercía la regencia.
A la muerte de Ricardo, sin descendencia, le sucede su hermano Juan I, Sin Tierra, que pasará a la historia por aceptar la Carta Magna que le ofrecieron sus nobles para zanjar las grandes diferencias sociales existentes.
Leonor murió a la edad de ochenta y dos años, una edad impensable para aquella época y, además conservando todos sus dientes.

Fue sin duda la mujer más importante de su tiempo y directamente responsable del desarrollo cultural de la mujer en la Edad Media, aunque no falta quien la considera una mujer avariciosa y sedienta de poder, que causó graves perjuicios a Francia.

viernes, 23 de diciembre de 2016

NUESTRA GUERRA MÁS LARGA



Hace ya algunos años, escribí un artículo sobre dos guerras que resultaron ser, por sus circunstancias antagónicas,  la más corta y la más larga de la historia.
La corta, apenas duró una hora, la más larga, duró tres siglos, en los que ninguno de los dos contendientes supo que estaban en guerra.
No tan larga como la última, pero sí lo suficiente, por sus ciento setenta y dos años, para ser la más larga de nuestra historia, es esta guerra entre un modestísimo pueblo andaluz y una potencia mundial como era Dinamarca, aunque en aquel artículo que antes mencionaba, hablaba de la Reconquista que, con sus altibajos, duró ochocientos años (http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/04/la-mas-corta-y-la-mas-larga.html ).
Las cosas hubieran seguido como si nada pasase de no haber sido por un historiador e investigador llamado Vicente González Barberán que, en 1981, era el Delegado Provincial de Cultura de Granada.
González Barberán, hurgando en los archivos de la provincia, encontró un documento traspapelado, al que desde el once de noviembre de 1809, nadie había prestado la más mínima atención. El contenido de aquel folio causó una extraordinaria sorpresa y se convirtió de inmediato en noticia.
Noticia que apareció en el periódico El Ideal, de Granada y allí se contaba cómo, desde el año 1809, la ciudad granadina de Huéscar, situada al norte de la provincial casi limítrofe con Albacete, había declarado, unilateralmente, la guerra a Dinamarca y, lo más importante, las dos “fuerzas beligerantes” continuaban en guerra.
Todo un esperpento que cuesta trabajo entender. ¿Cómo se puede adoptar una medida tan descerebrada como la de atreverse, una ciudad perdida en la Sierra de la Sagra, a declarar la guerra a toda una potencia como era Dinamarca?; pero así había sido, claro que aquel país nórdico nunca se enteró de que un “poderoso” enemigo le había colocado en semejante brete.
¿Qué podía haber ocurrido, de tan extrema gravedad, como para impulsar a un hecho semejante?

Texto del acuerdo de la declaración de guerra

Realmente pocas cosas pueden ser capaces de impulsar a un pueblo a declararse en guerra contra un estado, pero lo que fuera, debería ser muy grave.
Quizás tampoco lo era, lo que sucede es que hay que colocarse en el momento y las circunstancias para comprender el apasionamiento que lleva a cometer semejante desafuero.
En 1796 España y Francia, que acaban de poner fin a la Guerra del Rosellón que había durado tres años, firmaron el que se conoce como Tratado de San Ildefonso, por haberse suscrito en la Granja de ese nombre, entre Godoy, representando a Carlos IV y el general Perignon, en nombre del Directorio francés.
Por ese acuerdo, ambos países deciden aliarse en una política común frente a la eterna rival de ambos, que no era otra que Inglaterra. Esa pésima alianza nos condujo al desastre de Trafalgar, entre otras muchas desgracias.
Pasaron algunos años y las relaciones entre ambos países solamente eran bien vistas por una exigua parte de la población española, a los que despectivamente llamaban “afrancesados”, mientras que el ejército y el grueso de la población veía con muy malos ojos la política que estaba siguiendo el rey, a través de su valido Manuel Godoy.
Los ejércitos de Napoleón terminaron invadiendo pacíficamente España, país que, supuestamente, era su aliado, ante la incapacidad del gobierno y la perplejidad del pueblo.
Pero aquella invasión, el intento de secuestro de la familia real española, el motín de Aranjuez y, sobre todo, el Dos de Mayo de 1808, cambiaron radicalmente la postura española que comprendió quien era verdaderamente su enemigo.
Junto a Napoleón ya habíamos tenido bastantes disgustos como para seguir haciéndole la rosca y la diplomacia española se puso a trabajar para conseguir una paz con Gran Bretaña y una posterior ayuda para expulsar a los franceses de nuestro territorio.
Esa es a grandes rasgos la historia que puede ser consultada para refrescar la memoria, o mejor aún, leerla en la ingente obra de Episodios Nacionales, donde se relata de manera magistral y cuya lectura cautiva desde el principio y que recomiendo apasionadamente.
En el año 1807, antes de los heroicos acontecimientos que tendrían lugar, primero en Madrid y luego en toda España, cuando todavía Francia era nuestra aliada y Godoy la máxima autoridad en España, incluido el rey, se envió a Dinamarca un contingente formado por 13.355 hombres, 3.088 caballos, 25 cañones, 116 mujeres, 69 niños y 49 sirvientes, con la misión de apoyar a las tropas de Napoleón.
Se organizaron dos columnas que partieron, la primera de Irún, que cruzó Francia, llegaron hasta Hannover, en el centro de Alemania; y la segunda de Port Bou, encontrándose ambas en  la ciudad alemana, donde pasaron el grueso del invierno.
A principios del año siguiente, las tropas españolas entraron en Dinamarca y se desplegaron por toda la costa de la llamada Península de Jutlandia con la misión de impedir cualquier desembarco de la armada británica, tarea en la que se afana el contingente español. Pero al poco tiempo empiezan a llegar noticias de España.
Se ha producido el motín de Aranjuez, la sublevación del Dos de Mayo, la entrega de plazas fronterizas españolas al estado francés y, en definitiva, el inicio de la Guerra de la Independencia.
Francia advierte, con cierta preocupación, que a sus espaldas, tiene acantonado un ejército bastante numeroso y con fama de aguerrido, lo que entraña un grave peligro ahora que España y Gran Bretaña han firmado un acuerdo contra Napoleón, por lo que el emperador francés ordena a sus generales que procedan a dispersarlo.
Franceses y daneses se empeñan en ello, pero los españoles se resisten y marchan, como van pudiendo hacia la capital, Copenhague, a cuyas puertas son detenidos por el ejército danés.
Desde España se inicia un plan de evacuación que entraña muchas dificultades, pues han de confiar en que buques de la armada británica consigan embarcar a los españoles para llevarlos a Suecia, donde serían recogidos por barcos españoles.
En fin, toda una operación de extraordinaria complejidad agravada por la dificultad de las comunicaciones y los impedimentos que franceses y daneses oponían constantemente.
Por fin, el 5 de septiembre llegaron a Suecia treinta y siete buques españoles que embarcaron a casi nueve mil de las personas destacadas, a los que trasladaron hasta diferentes puertos del Cantábrico: Santander, Santoña y Ribadeo. Pero quedaron en Dinamarca cinco mil hombres y el contingente de caballería que los daneses entregaron a Francia.
En represalia, el gobierno español, que por aquella época se encontraba en Sevilla, huyendo de los ejércitos franceses y refugiándose lo más al sur que podía, no teniendo nada que perder, ordenó el apresamiento de todos los buques con pabellón danés que hubiera en los puertos españoles, rompiendo, a la vez, toda comunicación con Dinamarca.
En el curso de esa operación se capturaron veintidós buques, entre ellos una corbeta de guerra llamada Diana.
Todo el cargamento fue vendido y los buques impedidos de zarpar.
A la vez, se enviaron emisarios a las provincias españolas que no estaban aún ocupadas por los ejércitos franceses, con instrucciones de que se tomasen toda clase de medidas que fuesen contra los intereses de Dinamarca.
Lo cierto es que exceptuando los puertos más importantes, el resto del territorio nacional no tenía relaciones de ninguna clase con el país nórdico, por lo que la medida, en tierras del interior, no tuvo ningún eco, menos en Huéscar.
Allí sí que tuvo repercusión, porque su Ayuntamiento, por unanimidad, decidió aquel once de noviembre declararle la guerra a Dinamarca.
Y así continuaríamos de no ser porque hay personas que escudriñan en la historia y sacan a la luz cosas tan curiosas como esta.
Naturalmente, se decidió que había que firmar la paz de la manera más inmediata y poner fin a ciento setenta y dos años de hostilidades en los que no ocurrió absolutamente nada.
Con un pueblo de balcones engalanados, en donde proliferaron los trajes regionales de una multitud de vecinos de aquél y de otros pueblos limítrofes, el embajador danés en España y el alcalde de Huéscar, en presencia de las principales autoridades civiles y militares de la provincia de Granada, firmaron protocolariamente la paz.
Incluso un piquete de soldados, con uniformes de época, desfilaron marcialmente por el pueblo, dando sabor al acto.

Piquete de soldados desfilando

Y lo más sorprendente fue que, varios centenares de ciudadanos daneses, que se encontraban en España, casi todos por motivos turísticos, se presentaron en el pueblo para tomar parte del acto y para mayor colorido y vistosidad, algunos de ellos fueron disfrazados de vikingos.

Humor vikingo


Como es natural hubo prensa nacional y extranjera que acudió a cubrir tan insólito acto que, como también suele ser natural, terminó en vinos y magníficas chacinas de la zona, con colofón de abrazos y alguna que otra lágrima de emoción.