viernes, 10 de febrero de 2017

UN ECLIPSE EN EL CONGO




Resulta difícil imaginar qué pensarían nuestros antepasados, aquellos primeros hombres que ya tenían la facultad de pensar, cuando observaran un eclipse.
Tanto daba que fuese de Sol o de Luna, lo que estaba ocurriendo era algo inconcebible y que solamente podía suponer el fin de todo.
Afortunadamente, no ocurren muchos eclipses, pues de otra manera, nosotros no existiríamos, nuestros antepasados se habrían extinguido, de tanto miedo como pasaban.
Y así fue durante siglos, quizás centenares o miles de siglos, hasta que, en la Grecia Clásica, como parece natural, Metón descubrió, en el siglo V antes de nuestra era, lo que se llama el “Periodo Saros”, o “Ciclo Metónico”, en su honor. Este es un período de dieciocho años y entre diez y once días, en los que La Tierra y La Luna, repiten casi exactamente su órbita y, por lo tanto, se vuelven a producir los mismos eclipses que en el período anterior.
Pero para darse cuenta de que un eclipse era la interposición de Luna, o de La Tierra entre el Sol y el otro cuerpo celeste, tuvieron que pasar muchos años; años en los que el pavor a lo desconocido condicionaba la conducta del hombre hasta el extremo de que todo lo que no se podía explicar, obedecía a la intervención  de los dioses y se interpretaba por los chamanes de las tribus como algo favorable o de funestas consecuencias.
Es más, muchos siglos después de que se conociera la mecánica que actúa para producir un eclipse, ese conocimiento seguía estando en poder de unos pocos, porque la inmensa mayoría de la población mundial, que ya vivía en un mundo civilizado, estaba completamente ajena a aquel conocimiento y seguía pensando lo que, milenios antes, pensaban nuestros ancestros.
Un eclipse era cosa de magia. De magia que nada bueno presagiaba y así se interpretaba en términos generales.
Hay que pensar que para las civilizaciones primitivas, el eclipse siempre los cogía por sorpresa y la inmediata interpretación no era otra que la proximidad del fin del mundo, o el enojo de los dioses. En algunas de esas primitivas tribus, la reacción inmediata era iniciar una serie de sacrificios, incluso humanos, con el que contentar a las enojadas divinidades y como, al cabo de un rato el eclipse acababa, la interpretación era que el sacrificio había sido agradable a los dioses. Toda una concatenación de hechos funestos que quedaban grabados en la memoria de los pueblos a la espera del próximo acontecimiento estelar.
El tener conocimientos ha sido siempre algo que ha diferenciado a un grupo de personas del resto de la ignorante humanidad. Por eso, algunos casos de conocimiento sobre las cosas de la naturaleza llegan a dar un poder difícilmente alcanzable por otros procedimientos. Saber que en determinada fecha se va a producir un eclipse puede ser un arma poderosísima en un momento determinado.
La primera vez que tuve conocimiento de esta circunstancia fue siendo adolescente, cuando leía un libro que me produjo una tremenda impresión. Se trataba de “Un yanqui en la corte del rey Arturo”, de Mark Twain.
Todos habíamos leído como embobados al genial Twain, en las famosas aventuras de Tom Sawyer y su íntimo amigo Huckleberry Finn, por eso cuando aquel libro llegó a mis manos, lo leí de inmediato.
El libro es el viaje al pasado que experimenta Hank Morgan, un ciudadano norteamericano, como consecuencia de quedar inconsciente por el golpe sufrido en una pelea.
Transportado a la Inglaterra del siglo VI, con el mítico rey Arturo, su mago Merlín y con Camelot como escenario de fondo, es encarcelado y condenado a morir en la hoguera, pero se salva al conocer que en esa fecha se va a producir un eclipse de Sol. Una lectura muy recomendable para todos, aunque la fecha en que ocurre el fenómeno, veintiuno de junio de 528, no hubo en realidad ningún eclipse.

Portada de la primera edición

Profundizando en la historia, la genialidad de este americano, no era original suya, pues ya la había puesto en práctica Cristóbal Colón, en 1503, cuando la carcoma que padecieron sus naves, le obligaron a varar sus dos carabelas en la costa norte de Jamaica.
Al principio las cosas fueron bien, pero al prolongarse la estancia de aquellos extranjeros entre la población indígena, las cosas fueron cambiando hasta que se produjo una escabechina entre unos y otros y los indígenas cautivaron a todos los españoles, Colón incluido.
Esperaban la muerte cuando Colón recurrió a las tablas astronómicas de “Regiomontanus”, un astrónomo alemán que publico un almanaque en el que se predecían los movimientos del Sol, la Luna y los planetas y que era de uso común entre marinos. Estudiando el almanaque comprobó que el 29 de febrero de 1504, tendría lugar un eclipse total de Luna. Quedaban tres días para le fecha indicada y el almirante jugó sus cartas.
Su dios estaba enojado con aquella tribu y para demostrarlo, en tres noches, borraría a la Luna del cielo. A la tercera noche, una hora después de salir la Luna, fue eclipsada totalmente, ante el terror de los nativos.
Aprovechar el miedo y la confusión del momento y sobre todo, la enorme superioridad en los conocimientos, es una astucia comúnmente usada y Colón supo aprovecharla y desde aquel momento él y sus hombres fueron tratados como reyes, durante los cuatro meses que tardó en aparecer otra carabela española que rescató a los marinos españoles.
No es este el único caso en que se ha aprovechado el fenómeno del eclipse contra la ignorancia de ciertos pueblos y el caso más conocido es del que da título a este artículo.
En los últimos años del siglo XIX, el afán colonizador de los países europeos los había hecho desembarcar en África, de la que entre británicos, franceses, alemanes y belgas, se apoderaron de casi toda su geografía.
En 1865, el Estado Libre del Congo era una propiedad privada del rey Leopoldo II de Bélgica, el cual lo administró hasta que en1908, lo cedió a su país.
Una situación completamente ilógica, pero que ocurrió y Bélgica explotó aquella colonia que estaba considerada como parte de su territorio, hasta 1960, en que alcanzó su independencia.
Pero a los territorios que poseía de forma privativa el rey Leopoldo II, se le sumaron en 1905, una extensión de más de veintitrés mil kilómetros cuadrados, consecuencia de una cuestión de suerte y de saber predecir.
El capitán del ejército belga, Albert Paulis, mandaba un grupo de veinte soldados que exploraban unos territorios limítrofes con el Congo, cuando fueron sorprendidos por una tribu de temidos caníbales, los Mangbetu, que hostilizaban a todos sus vecinos, incluidos los soldados de el Congo.

Fotografía del capitán Albert Paulis

El grupo del capitán Paulis fue torturado de forma inhumana, antes de que los prepararan para ofrecerlos en un banquete a su rey, Yembio.
Ya habían perdido toda clase de esperanzas de salir con bien de aquella aventura, cuando Paulis, consultando un almanaque astronómico, se dio cuenta de que estaba a punto de ocurrir un eclipse de Luna, una situación muy similar a la que se ha narrado anteriormente.
Paulis exigió a sus captures ser llevado ante el rey Yembio, al que pidió un cuchillo con el que se hizo un corte en la mano, amenazando al reyezuelo con que cualquier herida sobre su cuerpo, tendría repercusión en la Luna y que si mataban a cualquiera de sus hombres, matarían al satélite.
Como es natural, los caníbales se echaron a reír y los hechiceros de la tribu quisieron matarlo en aquel momento, pero el rey debió ver algo en la seguridad de aquel hombre que lo mando de regreso a la mazmorra.
Apenas unas horas más tarde, desde su lugar de encarcelamiento, Paulis y sus hombres oyeron un gran alboroto, durante el cual se abrió la puerta de aquella especie de jaula en la que estaban encerrados y lo llevaron a presencia del rey.
Al salir de la jaula, comprobó el tono rojizo que presentaba el cielo, señal inequívoca de que el eclipse se estaba produciendo.
Nada más entrar en la choza real, comprobó que en un rincón estaban las cabezas de los hechiceros que antes quisieron matarle y el rey, sumamente afligido, le rogó que devolviera su color a la Luna a cambio de lo que quisiera.
Como es natural, el capitán aceptó el trato y pidió la libertad de todos sus hombre, tras lo cual, salió al exterior y gritó a pleno pulmón dirigiéndose a la Luna para que se detuviera.
A los pocos minutos la Luna empezó a obedecer y a deshacerse el eclipse, lo que causó una enorme alegría en aquellos infelices caníbales.

Fruto de aquella añagaza, Leopoldo II se anexionó un montón de kilómetros cuadrados y el capitán Paulis fue considerado un héroe.

viernes, 3 de febrero de 2017

UN CUADRO MISTERIOSO




De todas las artes, quizás, la más enigmática, sea la pintura. Existe un amplia relación de cuadros que encierran grandes secretos, pocas veces descifrados, pero en todas interpretado por los estudiosos y críticos de la manera más conveniente a sus intereses.
Paradigma de enigmática representación es, casi sin lugar a dudas, La Santa Cena, de Leonardo da Vinci; espléndido mural del que se han interpretado a casi todo los personajes, así como las posturas que cada uno presenta en la pintura y los objetos que aparecen o que, inexplicablemente, faltan.
Pero hay otra pintura, un cuadro de autor desconocido, pintado en 1594 que encierra también un gran misterio. En la documentación que he encontrado referente a este cuadro, figura la fecha anterior, pero no es posible porque el anillo, del que se hablará a continuación y que muestra la dama de la derecha, no le fue regalado hasta febrero de 1599.
Un enigma sobre una persona ya de por sí enigmática, que convertida en la amante del rey de Francia, Enrique IV, estuvo a punto de casarse con él, si una, también misteriosa enfermedad, no hubiera acabado rápidamente con su vida.
Pero es necesario empezar a aclarar los conceptos. El cuadro a que se ha hecho referencia se titula “Gabrielle d’Estrées y una de sus hermanas” y está en el museo del Louvre, y no solamente eso, sino que ha sido considerada una de las diez obras artísticas más importantes de Francia, a pesar de ser de autor desconocido.

El misterioso retrato de la bella Gabrielle d’Estrées (derecha)

El cuadro, en sí mismo, encierra varios enigmas, el primero y principal es cómo es posible que ambas hermanas, cuyo parecido físico ya denota la consanguineidad, pero que además lucen idénticos pendientes, estén desnudas, tomando un baño, cuando en aquella época solamente se recomendaba lavarse las manos de vez en cuando, los pies muy de tarde en tarde, las parten íntimas poquísimo y la cabeza nunca y muchísimo menos, tomar un baño completo. No era desde ningún punto necesario a los efectos de trasladar el misterio que encerraba el cuadro, mostrar los dos cuerpos desnudos, porque la pieza central de toda la incógnita se centra en el anillo que Gabrielle exhibe y muestra al público en su mano izquierda.
Sigamos con el siguiente misterio antes de proceder a la interpretación que los exegetas pictóricos han hecho del cuadro.
Su hermana Diana, aunque no queda totalmente aclarado si se trataba de ella o de otra hermana, pues tenía tres, pellizca el pezón del seno derecho de Gabrielle, en un gesto que no parece una caricia ni una agresión, sino más bien una señal. Y, por último, qué hace aquella dama, que al amor de una chimenea, cose una prenda que no se puede identificar pero que bien parece una especie de faja o ceñidor, presenciando una escena tan íntima como la que ante ella se está desarrollando.
Que son hermanas queda claro y que Gabrielle quiere mostrar al público el anillo también, pero ¿por qué esa intención?
Ese punto parece estar aclarado, igual que la caricia del pezón, que quiere demostrar que Gabrielle estaba embarazada y que guarda relación con el anillo, pues este pertenecía a Enrique IV, rey de Francia.
No es corriente que una cortesana exhiba una joya real, ni que alardee de encontrarse embarazada de quien parece, es el propietario de la joya, es decir, el rey.
Por último, la dama que al fondo cose, muy bien pudiera estar preparando la canastilla del nuevo vástago.
¿Cómo una cortesana puede hacer semejante alarde? Para dar una explicación es necesario conocer un poco de la turbulenta historia de esta importantísima e influyente dama en la corte francesa del siglo XVI.
Nació Gabrielle en el seno de una familia aristocrática, en la que, desde tiempo atrás, las mujeres venían teniendo pésima fama, hasta el extremo de que una abuela, presumía de haberse acostado con el papa Clemente VII y con el rey Francisco I (el mortal enemigo de Carlos V, para situarnos en el  momento histórico), luciendo estas conquistas en un palmarés mucho más dilatado.
Su madre, Françoise Babou de la Bourdaisière, abandonó a su esposo, Antoine d’Estrees y a sus siete hijas, para seguir a su último amante como perra en celo y después de darle una hija, morir juntos asesinados de forma violenta en 1592, durante un motín en la ciudad de Issoire.
Gabrielle era su quinta hija, aunque es bien probable que su padre no fuese Antoine d’Estrees, dada la promiscuidad sexual en la que vivía su buena señora, la cual, si se ha de creer lo que algún cronista de la época llegó a escribir, cuando su hija tenía dieciséis años, la entregó a Enrique III de Francia, el cual le pagó la nada despreciable cantidad de seis mil escudos.
Pero el rey se cansó pronto de la guapa adolescente, lo que dejó a su madre en libertad de hacer nuevos negocios, siempre con hombres poderosos y ricos, entre ellos el noble e influyente Luis II de Lorena, conocido en la historia como el cardenal de Guisa, que era la familia a la que pertenecía y que vivió amancebado con la joven durante más de un año.
Pero también se cansó de la muchacha, a la que dejó libertad para ir calentando las camas de los más ilustres nobles franceses, hasta que después de pasar por el lecho del duque de Bellegarde, éste se la pasó al rey Enrique de Navarra, veinte años mayor que ella, pero siguió disfrutando de la cortesana con conocimiento del rey.
Así pues, cuando tenía dieciocho años, había acumulado más experiencia que muchas mujeres en toda una vida y había sido ya amante de dos reyes.
Para disimular o dar a la relación un viso de legalidad, el rey casó a Gabrielle con un noble llamado Nicolás Damerval de Liancourt, el cual no supo decirle que no a su majestad y aceptó aquel matrimonio ignominioso.
Curiosamente, pocos años después, el matrimonio se disolvió por la supuesta impotencia del marido, que tenía catorce hijos de matrimonios y aventuras anteriores.
Gabrielle ya no se despegaría del lado del rey navarro, junto al que hizo su entrada triunfal en París el 15 de septiembre de 1591, para ser coronado rey de Francia y que reinaría con el nombre de Enrique IV.
No sabía el monarca cómo agasajar a su joven concubina, a la que otorgó títulos de duquesa, marquesa y todo lo que a ella se le viniera en ganas y a la vez le permitía, en una Francia abatida por la hambruna y arruinada por guerras civiles y contra España, su perpetua enemiga, que Gabrielle exhibiera un lujo escandaloso.
Se conserva en el Archivo General del Reino, un inventario de los bienes de la concubina real, que poseía una inmensa fortuna en propiedades inmuebles y tierras y cuyo mobiliario, solamente, valía más de ciento cincuenta mil escudos.
Tanto la belleza de la dama, como sus habilidades íntimas y su inmensa fortuna, tenían desquiciado al rey francés que estaba dispuesto a casarse con ella y sentarla en el trono, pues años antes había anulado su matrimonio de conveniencia con Margarita de Valois y estaba, por tanto, soltero.
Como es natural, la noticia cayó como un jarro de agua fría entre la más clásica nobleza y aristocracia francesas que veía con buenos ojos que los reyes y los poderosos tuvieran un ejército de amantes, pero cosa muy distinta era casarse con ella y menos con la d’Estrees, que había pasado por la cama de casi todos ellos.
Durante los casi diez años que duró la relación entre los amantes, Gabrielle tuvo tres hijos, dos varones y una hembra y se encontraba embarazada del cuarto, cuando, en 1599, acompañaba al rey en una fiesta de carnaval que se celebraba en el palacio del Louvre, y éste, ante toda la corte francesa, se levanta, la hace levantar a ella y le da el anillo que le fue entregado a él en su coronación como rey de Francia. A la vez que coloca el anillo en el dedo, anuncia que quiere casarse con ella y que celebrarán la boda después de la Pascua.
Ese es el anillo que Gabrielle luce en el cuadro y por el que se la consideraba prometida del rey; hasta tal punto llegó su orgullo que de inmediato encargó su vestido de boda y a proclamar que solamente Dios o la muerte del rey, impedirían que llegase a ser la reina de Francia.
Pero no contaba Gabrielle con el poder oculto de la nobleza francesa, ni con los tentáculos del papa Clemente VIII, que llegaban de sobra hasta París.
Entrados en la Cuaresma, toda la corte se trasladó a pasar la Semana Santa a Fontainebleau. Al comienzo de la Pasión, era costumbre guardar abstinencia sexual y solo las esposas podían permanecer bajo el mismo techo que los maridos, siendo obligadas las amantes a abandonar las mansiones, cosa que hace Gabrielle el día seis de abril de 1599, cuando el rey la acompaña a coger una chalupa que, por el Sena, la llevará de regreso a París.
Esa misma noche, ella va a cenar a casa de un banquero italiano de nombre Zamet, donde repite nuevamente la noche del Jueves Santo y durante la comida, la dama se queja del extraño sabor de un limón que le han servido. Después de la cena, mientras da un paseo por los jardines, cae desmayada, creyendo los presentes que va a dar a luz.
Al día siguiente su estado empeora y tras varias sangrías que no consiguen sino debilitarla aún más y al amanecer del Sábado Santo, muere.
Su muerte libera tremendas amarras y disipa negros nubarrones que se cernían sobre el cielo francés, pero también hace caer sobre la nobleza, la sospecha de que no ha sido una muerte natural y que algo más que una enfermedad misteriosa se ha llevado a la futura reina de los franceses.

Esa es quizás la idea, tremendamente encriptada, que el pintor quiso plasmar en el cuadro y que sin duda lo ha conseguido.

jueves, 2 de febrero de 2017

¡HASTA SIEMPRE, PEDRO!




Se fue el “Tío Pere”. Se fue con sigilo, con la paz que dan ¡ciento dos años!
Casi hasta el último momento, con la cabeza en su sitio; no exenta de esas rarezas a las que te empujan la edad y la soledad en la que te vas encontrando cuando compruebas que todos tus amigos te abandonaron hace ya tiempo y que, de tu edad, no queda nadie en tu entorno.
Esas rarezas que en vivo te enfurecen, pero cuando lo ves con los ojos que miran el pasado, ni si quiera sirven como anécdota.
Se ha ido una referencia, la más antigua que teníamos y ya, lamentablemente, no la podemos sustituir por otra.
Más de un siglo es mucho vivir, quizás demasiado, pero cuando se vive, se disfruta y se comparte, el tiempo se hace corto.
El tío Pere nació en el año de la Primera Gran Guerra, en “la Vila”, que es el nombre familiar de Villajoyosa, en la provincia de Alicante y allí fundó su estirpe.
Nunca habló de su padre y sí mucho de su madre que había criado, como mejor pudo, a él y a sus hermanos.
De su madre abusaba, de puro buena que era y cuando en la calle, jugaba con los críos de su edad de pronto se acordaba, corría a su casa y detrás de la puerta, le deba un chupetón a una teta, para correr como un diablo y seguir en sus juegos.
Todo lo arreglaba con aceite de oliva. ¿Te duele la tripa? Unas gotas de aceite de oliva en la barriguita y una friega con dos dedos hasta que se calmaba el dolor. ¿Te has hecho un chichón?
-Eso te pasa porque eres muy travieso. Ven acá –le decía severa, pero cariñosa.
Unas gotas de aceite, una friega con dos dedos y una moneda atada con un pañuelo; y otra vez a la calle a correr y hacer méritos para el próximo descalabro.
Pero muy pronto, siendo un niño todavía, se le acabaron los juegos con los demás niños y las friegas de aceite y, lo mejor: los chupetones a la teta de su madre.
En casa eran pobres y el dinero no llegaba sino para mal comer y mal vestir. Tenía que hacer algo, ayudar a su madre con sus hermanos más pequeños y se vio en la obligación de arrimar el hombro a la casa. Hizo lo que todos hacían en aquel pueblo marinero.
Se embarcó en un barco de pesca. Una chalupa de vela que salía por la tarde a pescar y si se daba bien, volvía por la mañana y si no, continuaban hasta que la bodega diera para mantener a las familias de los marineros.
Muchos chicos de aquel pueblo de la costa levantina habían empezado así su vida como trabajadores. “Sou” llamaban los marineros a esa especie de grumete que iba en cada barco, rebujados con los marineros mayores y con los viejos; sin un techo en el que resguardarse de la lluvia, del viento, del frío o del Sol. Comiendo de lo que habían podido llevar de casa o de lo que el mar les había dado que en eso eran expertos cocineros y sacaban jugoso provecho de las exiguas capturas.
Si tenia que orinar, sacaba la “churra” por la borda y si la necesidad era mayor, el culo era el que se reflejaba en la mar.
Algún domingo no faenaban. En las fiestas señaladas, tampoco, pero los demás días, sin mirar al cielo y sin saber de pronósticos, izaban la vela triangular y ponían rumbos a las pesqueras.
“Palaillas”, salmonetes, gambas rojas, jureles, bacoretas, y todo lo demás que caía en la red, que izaban a brazos, iban al día siguiente al mercado. Después, a repartir beneficios; escasos: una peseta como mucho y contento para casa.
En las fiestas, los muchachos practicaban su afición preferida: ¡Quién hace la mejor paella!
Cada uno cogía de su casa lo que podía: una ñora, un pimiento, medio tomate, un muslo de pollo, un chorrito de aceite, unos dientes de ajo y varios puñados de “arrós”, para que hubiera para todos y a competir a ver quien hacía mejor la paella.
-Siempre ganaba yo –se jactaba el “Tío Pere”, que cuando yo lo conocí, seguía haciendo los mejores arroces en paella del mundo.
Y creció y se hizo mozalbete y hombre, prematuramente, y comprendió que sin saber, no se llega a ninguna parte. Y estudiaba y leía, mientras iban o venían de las pesqueras y en los ratos que pasaba en su casa. Y se sacó un primer título. No sé de que qué, pero continuó y buscó nuevos horizontes y barcos más grandes que fueran más lejos y que hicieran mejores capturas, para llevar más dinero a casa.
Había llegado una revolución: la del motor de explosión y las chalupas y jabeques empezaban a colocarlo para sustituir a la vela.
-Le decíamos “semi-diesel”, pero no me preguntes más, porque la mecánica nunca fue lo mío. Yo me hice patrón de embarcaciones de cabotaje, que así se llamaba y patrón de pesca, que era lo más interesante porque en el reparto de las ganancias me llevaba la mejor parte –explicaba con ojos nostálgicos, acuosos, viendo en su memoria aquellos tiempos y añorándolos.
Pero vino la guerra y le cogió en zona republicana. Sabía leer, escribir, tenía un título de patrón y era un elemento valiosos en un país de analfabetos. No tardaron en alistarle en el cuerpo de Carabineros de la República.
De la guerra contaba poco: que terminó de sargento, cautivado por los de Franco, que se salvó de ser fusilado porque tenía un cinturón de cuero del que se antojó un oficial del ejército sublevado y que se lo cambió por su vida y que desde entonces odiaba las lentejas: “lentejas de Negrín”, decía aludiendo a que gracias al presidente de la República comían solamente lentejas.
 Acabó la guerra y se fue de inmediato a su otra contienda: esa que mantenía cada día con el mar, el viento, las olas, las redes vacías y los estómagos más.
A vela y medio motor, salían de Alicante par ir hasta el banco Sahariano, pasando por Ceuta para repostar combustible, hielo y alimentos, que estaban más baratos.
Luego, a arrastrar en las interminables costa del Sahara, del cabo Bojador hacia abajo, donde las antiguas leyendas decían que no era posible la vida por las altas temperaturas que se alcanzaban; inmensos arenales en donde se llenaban las redes hasta reventar.
-Si eran gambas, las tirábamos al mar nuevamente porque entonces no tenían valor.
Lo demás, iba todo a las bodegas: hielo, sal, bórico y el “meao” de la tripulación, un magnífico conservante por el amoniaco que contiene.
Luego se casó, enamorado de su mujer, Encarna, y cuyo nombre puso a dos de sus hijas y las cosas le empezaron a cambiar.
El Tío Pere era un buen patrón, tanto del barco, como de pesca y trataba con justicia a sus marineros. La gente de la mar quería ir con él y cuando hay equipo y voluntad, se sabe el rumbo y el punto donde echar las redes, las cosas marchan.
Y cambiaron mucho. Se vinieron a vivir al Puerto de Santa María. Ya tenía sus cuatro hijos y compró su primer barco, luego siguieron otros y con todos triunfaba el afable Pere.
Pero la vida le arrebató lo que más quería, a su Encarna, cuando todavía era joven y podía haberle dado años de felicidad.
Con ella iba a Madrid, a ver las revistas de Colsada, o zarzuelas, música por la que sentía pasión.
Le dislocaban las vedetes, bueno, en realidad le gustaban las mujeres en general… y el futbol, y el Mundo Deportivo y el programa de radio de la Morena.
Decía que era del Valencia, porque le daba vergüenza decir que en realidad era del Barça, pero se ponía muy contento cuando perdía el Madrid.
Desde que se quedó viudo, conservó la tradición que su mujer había tenido con sus nietos: los viernes, paella.
Ahí lo conocí yo, temblando ya un poco, por el parkinson que tenía controlado, la espumadera en la mano y cocinando una paella como nadie.
Yo la aprendí de él; no le llego ni al tobillo, pero él me decía que las hacía bien. Y las hago. Muchos domingos nos reunimos con todos los hijos y les hago una paella al estilo Tío Pere.
Para comer era como una lima. Jamás perdonaba una comida, ni la leche caliente a las cinco de la tarde, ni el paseo de después, ni la cena.
Yo decía que de pequeño se había tragado un reloj que seguía andando dentro de él y es que podías poner el tuyo en hora por las costumbres del bisabuelo.
-Voy a dar una vueltecita; media hora.
Y ni un minuto más.
Pasó muchas temporadas viviendo con mi mujer y conmigo. Aquí, en El Puerto y en los seis años que vivimos en Cádiz.
Allí estaba en la gloria. Se había conquistado a todas las camareras de los bares de alrededor, donde nada mas verlo entrar, le estaban sirviendo su “cortadito”, que le encantaba.
Mis amigos conocen una anécdota que ocurrió precisamente en aquella etapa gaditana.
Yo soy muy aficionado a la cocina y desde hace años, cada vez que tengo oportunidad, me meto en los fogones.
Un fin de semana le preparé una comida opípara, a base de un guiso marinero de pescado de roca. Una delicia, con una guarnición de verduras, un dedal de arroz pilaf y unas frutas, las mejores que encontré.
Incluso se bebió una cerveza sin alcohol; sentado conmigo en la cocina, charlábamos de cualquier cosa y de cuando en cuando elogiaba el aroma que desprendía el guiso.
Le serví abundantemente cuando el pescado reposó, le puse la guarnición, el arroz, sus picos (nunca comía pan, porque si empezaba se lo comía todo) y ya no le oí decir nada más. Comió y repitió un poco, mientras yo esperaba que me dijera algo sobre tan suculento plato.
El Tío Pere no decía nada y su hija le acercó la fruta. No sé las que se comió, porque le encantaba y cuando terminó, después de limpiarse concienzudamente las manos y la boca, cogió un vaso de agua y se le bebió entero.
Con parsimonia, dejó el vaso sobre la mesa y no sé si de corazón, o para chincharme un poco exclamó: ¡Qué rica está el agua!
Ya no pude aguantar más y sin acritud, pero muy seriamente le dije:
-¡El agua! ¡Que buena está el agua! ¿No estaba bueno el pescado, ni el guiso, ni la guarnición, ni siquiera la fruta y lo que usted elogia de esta comida, que me ha llevado horas en prepararle, es que el agua está buena?
-El pescado estaba riquísimo, ¿no ves que me lo he comido todo y hasta he repetido?
Pero él no era de elogiar y cuando, ya conociéndolo bien, le preguntaba con sorna qué le parecía una comida, respondía con evasivas: si todo lo que le pones es bueno, la comida sale buena. Yo lo miraba y me sonreía.
El elogio se lo hacemos nosotros a él y le damos las gracias por haber estado tantos años con nosotros. Años no exentos de riesgo en los que estuvo varias veces en el hospital y del que consiguió salir por su propio pie y su fuerza de voluntad

Descansa en paz y si hay algo más allá de la muerte, vela por tus bisnietos, que no podrán decir, como nosotros, que conocieron a un hombre extraordinario.