viernes, 20 de julio de 2018

GEOGLIFOS ESPAÑOLES



En 1927 la aviación había experimentado un gran avance con respecto a sus inicios, pero evidentemente estaba todavía en un estado de precariedad que cualquier vuelo era una verdadera aventura de final incierto.
Aun así había pilotos arriesgados y aventureros que se atrevían a volar en unas condiciones técnicas que vistas desde la perspectiva actual daría verdadero pánico.
En completa soledad Charles Lindbergh cruzó aquel año el Océano Atlántico sin hacer escalas. Hombres y mujeres marcaron hitos en la reciente historia de la navegación aérea y se ganaron lugares preeminentes en el incierto y arriesgado nuevo deporte de volar. Algunos perecieron en sus aventuras aéreas pero otros hicieron historia y descubrieron cosas que hasta ese momento habían estado vetadas para el hombre.
Muchos son los misterios que se presentaron ante nuestros ojos, cuando el hombre pudo observar la tierra por primera vez desde el aire. En los suelos de muchas partes del mundo, empezaron a aparecer extraños dibujos que solamente desde determinada altura podían observarse.
Estos dibujos habían sido construidos con diferentes técnicas como era excavando en la roca las líneas y contornos, o construyendo pequeñas elevaciones con aportaciones de piedras de diferente colorido al del suelo.
El primer geoglifo, que así se llaman las figuras hechas con piedras sobre el suelo, había sido descubierto en la zona de Perú por los conquistadores españoles a los que extrañaban aquellas enormes y poco explicables figuras, cuya aclaración, por parte de los nativos, poco descifraba el enigmático tema.
Según los habitantes incas de aquellas tierras, las figuras eran para el “Viracocha”, una deidad que habitaba en el cielo y que se representaba más como un guerrero que como una exaltación de un dios.
Eran muchas las tradiciones que hablaban de la visita de dioses que venían del espacio y como tarjeta de bienvenida, aquellos indios andinos, esculpían en el suelo las figuras con que les daban la bienvenida. Para eso aprovechaban declives del terreno o suaves laderas de montaña, pero lo que ocurrió en 1927 es que con el desarrollo de la aviación, los pilotos que sobrevolaban las costas de Perú, Chile o Ecuador, empezaron a hablar de las extrañas figuras que se observaban en las planicies, sobre todo las peruanas.
 En uno de los muchos vuelos que los pioneros de la aviación efectuaron sobre la cordillera de los Andes el piloto comunicó al tomar tierra que había observado desde el aire unas extrañas figuras cuya explicación no acertaba a entender. Era el año 1927, cuando se tuvieron las primeras noticias de las que desde entonces se conocerían como las Líneas de Nazca.
Aquel descubrimiento atrajo la atención de muchos arqueólogos, historiadores y hombres de ciencia, pero sobre todo excitó la curiosidad del norteamericano Paul Koskov y la alemana Marie Reiche, arqueóloga y matemática que había nacido en 1903 y que como tutora de los hijos del cónsul alemán en Cuzco, se trasladó a Perú, donde pronto conoció a Koskov, con el que empezó a trabajar en las líneas y figuras de Nazca.
En 1948, Koskov abandonó el Perú y Marie continuó sola sus investigaciones. Ha publicado varios libros y ha estudiado miles de kilómetros de líneas pertenecientes a figuras de todo tipo. Se la considera la persona más experta en este campo. Falleció en1998.


Marie Reiche, en sus últimos años


Según esta estudiosa mujer, los geoglifos de Nazca, que tienen entre ochocientos y mil quinientos años, son representaciones astronómicas, calendarios, gestores de cosechas y plantaciones, etc. Pero nada de esto excluye que la única posibilidad de visualizarlos en toda su magnitud es desde el aire y a una considerable altura.
¿Para qué lo construían si luego no lo podían apreciar?
Sin duda es todo un enigma pero esta historia es hartamente conocida y está publicada en numerosas revistas de todo el mundo y lo que deseaba destacar es que aquellas construcciones ciclópeas estaban en una tierra que había sido española y españoles fueron los primeros que las avistaron.
La belleza y la perfección de estos geoglifos son difícilmente superables y desde luego no tienen nada que ver con otros descubiertos mucho más recientemente en otro territorio que también era español.
Como todo el mundo sabe, el Sáhara Occidental fue, hasta 1976, una provincia española más, con la que gran cantidad de españoles llegaron a tener una relación muy estrecha, bien porque allí habían cumplido el servicio militar, incluso por haber nacido allí como hijos militares o funcionarios, haberse criado allí, o desempeñado cualquier puesto de trabajo, público o privado. Yo mismo conozco algunas decenas de compañeros que tuvieron la suerte de pasar por aquellas tierras.
Lo cierto es que aunque España era la metrópoli, del Sahara se ocupaba bien poco, aparte de extraer los fosfatos y cuidar el inmenso banco pesquero y ni tan siquiera se había hecho un levantamiento fotográfico del territorio, lo que provocó que allá por los años sesenta, varios aviones españoles sobrevolaran la zona tomando miles de fotografías que se enviaban al entonces Ministerio del Aire, con la intención de hacer un levantamiento fotográfico del país.
No sé si existía mucho interés en estudiar el material que aquellas incursiones aéreas aportaba, porque lo cierto es que los carretes se revelaban y archivaban, sin ulterior trámite y no fue hasta muchos años después, cuando algún funcionario del ya Ministerio de Defensa leyó algunos de los partes de servicio que los propios aviadores habían confeccionado, cuando se quedó sorprendido de que existían algunos detalles que habían sido desdeñados.
Resulta que el levantamiento fotográfico había sido muy completo, abarcando desde la frontera con Argelia por el este, hasta el Océano y desde Marruecos por el norte hasta Mauritania por el sur. Los aviones habían tenido dos bases diferentes; unos partieron de Villa Cisneros y otros de El Aiun, cada uno con su cometido concreto, pero ambas expediciones habían observado y fotografiado casi idénticos objetos. A lo largo de todo el territorio aparecían unas extrañas formas dibujadas en el suelo, que se repetían con mucha frecuencia en buena parte del desierto saharaui.
El extraordinario periodista de investigación y escritor de éxito J.J. Benítez explica en su página web cómo llegó al conocimiento de estas enigmáticas figuras y fueron propios pilotos que habían sobrevolado aquella zona, los que le explicaron qué era lo que desde el aire habían observado.
Fundamentalmente se trata de dos tipos de dibujo que los mismos pilotos bautizaron con los nombre de “mosca” y “boomerang”, en ambos casos por la similitud de los dibujos con el insecto y con el arma arrojadiza.
Ambos eran de gran tamaño, pero había algunos de los designados como “boomerang” que llegaban a medir dos kilómetros de punta a punta. Y lo más curioso de todo es que el centro del “boomerang”, allí donde se unen los dos brazos formando una flecha de ángulo muy obtuso, apuntan exactamente en la misma dirección: hacia el oeste, hacia el Océano Atlántico.
Las reconocidas como “moscas” suelen apuntar un poco desviado hacia el noroeste, en dirección a la isla de Lanzarote, en las Canarias y además no guardan esa exactitud de los otros dibujos.
Se ha podido comprobar que desde tierra es muy difícil la localización de estas construcciones de piedras oscuras, probablemente basálticas, sobre las doradas arenas del desierto, e incluso sabiendo la ubicación exacta de algunas de ellas, algunos expedicionarios se han presentado en el lugar y les ha resultado sumamente difícil localizar exactamente la figura. En parte por sepultación de arena, en parte por erosión y por la tendencia de las rocas a mimetizarse con el entorno.
No he querido poner ninguna fotografía de la web de J.J. Benítez, por no causar la impresión de ser originales mías u obtenidas de procedencia poco fiables, pero pongo la dirección de la página a la que hago referencia, en donde se pueden observar esas espectaculares construcciones: https://www.planetabenitez.com/misenigmas/sahara.htm
Nuevamente fueron españoles los que descubrieron estos extraños dibujos cuya explicación no es posible de momento, pues desde el mismo pueblo saharaui no se sabe dar explicación alguna, más allá de que es cosa de sus antepasados muchos siglos atrás. Por otro lado, aunque no se habla mucho de este problema, la zona está en permanente conflicto entre el pueblo saharaui autóctono, único propietario del terreno y los gobiernos de Marruecos y Mauritania, que se colaron aprovechando el momento de debilidad por el que atravesaba España.
Ambos casos resultan enigmáticos, pero éste último añade un ingrediente más y es, como se puede ver en foto de esa página, que todos los dibujos señalan a un punto concreto, como si de la señalización previa a la entrada en un aeropuerto se tratara.
¿Son balizas de orientación para navegación aérea? Es posible, pero ¿quienes pilotaban sobre la tierra hace mil años?

viernes, 13 de julio de 2018

LA EXTRAÑA ISLA DEL SABLE




El catorce de abril de 1598 zarparon del puerto francés de La Hougue, en pleno Canal de la Mancha, los navíos llamados “Catherine” y “Francoise” formando una flotilla mandada por el marqués de La Roche, el cual había recibido del rey francés Enrique IV, la orden de colonizar tierras que agregar a Canadá, así como la de buscar un canal que comunicase directamente con China, que venía siendo una obsesión permanente.
Desde luego la aventura no era ilusionante. Ya se conocían las terribles adversidades climáticas que había que soportar en las tierras del norte de América y tanto Terranova, la península del Labrador, como Groenlandia, eran territorios ya explorados y constatada la dureza de su clima, máxime en aquella época en que la Tierra era azotada por lo que se ha llamado “Pequeña Edad de Hielo”. Pero la idea de La Roche era la de formar un grupo de personas para colonizar nuevas tierras y la orden del rey era tan amplia que podía recurrir a las medidas que considerara más oportunas para conseguir su propósito.
Ante la falta de voluntarios se recurrió a los condenados a penas de destierro y trabajos forzosos, pero aún así no se llegaba a la cifra requerida. Así que se amplió la oferta a delincuentes con largas condenas, indigentes y toda clase de escoria social. Los elegidos tenían que poseer algunas habilidades, siendo apreciados los agricultores, artesanos, los hábiles con las armas, así como los que tuvieran un patrimonio con el que contribuir a los gastos y todos debían gozar de buena salud.
Este último punto era el más peliagudo, pues lo que se dice sanos, en aquella época había poca gente y mucho menos si llevaban a la espalda años de condena, con una alimentación deficitaria y una higiene casi inexistente.
Muchos de los colonos que embarcaban en expediciones de este tipo no llegaron jamás a sus destinos, pues las condiciones en las que se desarrollaban las travesías solían ser demoledoras.
Con unos cincuenta delincuentes y algo más de doce soldados, los dos buques partieron en aquella fecha con rumbo hacia Canadá.
Dos semanas después avistaron una isla ya conocida desde años antes que había tenido varios nombres hasta que se la bautizó definitivamente como Isla del Sable, debido a su parecido con esta arma. La isla tiene cuarenta y dos kilómetros de largo y solamente dos en su parte más ancha, presentando una curvatura muy parecida a un sable.

La peculiar geografía de la Isla del Sable

Allí, en su costa norte, desembarcaron los más de cincuenta colonos y algunos soldados, mientras el marqués y los dos buques continuaron viaje para intentar descubrir nuevas tierras, con la promesa de volver lo antes posible.
Cerca de un corto río al que pusieron el nombre de Boncoeur, desembarcaron el personal y las provisiones y los colonos de inmediato se pusieron mano a la obra para construir cabañas en las que refugiarse del intenso frío.
La isla está situada a unos trescientos kilómetros de la costa este de Canadá y el puerto más cercano es Halifax. Su climatología es tan extrema, aparte de por lo septentrional de su situación, porque se dan cita tres corrientes marinas procedentes del Polo Norte y como consecuencia, además de recias tormentas, tiene más de ciento veinte días al año de espesas nieblas. Se encontraba en aquellos momentos completamente deshabitada, si bien, con anterioridad había sido colonizada por escaso tiempo por portugueses, que fueron quienes la bautizaron con su nombre actual y que habían dejado allí algunos animales domésticos, como vacas, gallinas y algunos caballos.
Unas semanas después del desembarco, el marqués de La Roche regresó a la isla, como había prometido, pero no pudo desembarcar pues una fortísima tormenta lo arrastró con vientos del este a tal velocidad que en doce días regresó a Francia.
Los colonos exploraron la isla en profundidad, descubriendo que tenía una lago interior de agua dulce, pero ni con la presencia del agua, la vegetación se había abierto paso y no había árboles, solo matorral y hierba rasa que era el pasto del ganado asilvestrado que encontraron.
Durante más de dos años, los colonos se dedicaron a la única actividad posible que era la caza de focas y el curtido de sus pieles y así, durante dos años, La Roche enviaba con regularidad un barco con provisiones, armas y herramientas y recibía a cambio un cargamento de valiosas pieles.
Pero ciertos cambios políticos en Francia hicieron a La Roche perder su poder político y relegado a otros cometidos, los colonos del Sable fueron poco a poco olvidados.
Como es natural, el abandono produjo desesperación en los habitantes de la isla y las revueltas eran constantes, acrecentadas por una temporada de fuertes temporales que destrozaban sus instalaciones, optando por buscar refugios subterráneos y al acabarse los suministros, cubrirse con pieles de foca, como si de hombres prehistóricos se tratara.
Siete años después el departamento de Rouen decidió realizar una expedición a la isla, para avituallarla y relevar a los soldados, pero al llegar se encontraron un panorama desolador. Solamente habían sobrevivido once hombres, el resto, incluyendo al comandante de la guarnición y todos los soldados, habían muerto, unos por hambre y enfermedad y otros a manos de los supervivientes, los cuales a su vez presentaban un aspecto terrorífico: escuálidos, demacrados, con larga barbas y cabelleras y arropados en pieles de animales atadas sobre el cuerpo. Habían devorado casi todo lo que de comer había en la isla e incluso practicado el canibalismo.
Con una sensación de impotencia ante lo absurdo de aquella aventura, el capitán del buque embarcó a los supervivientes, dejando en la isla a un monje que había acompañado a los colonos que, sintiendo su muerte muy próxima, prefirió quedarse allí para siempre.
A su llegada a Francia el rey quiso recibirlos y aunque eran autores de horrendos crímenes, se decidió no castigarlos y por el contrario se les compensó económicamente por los sacrificios padecidos cuando fueron olvidados por el país.
Desde entonces la isla está deshabitada, aunque eventualmente se desplazan hasta allí algunas expediciones con la intención de estudiar algunas de sus peculiaridades.
Una de ellas es el ingente número de naufragios que se han sucedido en sus costas.
Es una isla llana, de playas de arenas tendidas, sin prácticamente escollos, pero en sus costas se han contabilizado más de trescientos cincuenta naufragios todos los cuales están perfectamente documentados.

Cartografía de la Isla en donde cada anotación corresponde a un naufragio

Antes se ha referido que fuertes corrientes procedentes del Ártico se encuentran en aquellas latitudes, lo que hace que se formen rápidos y remolinos, que ayudados por la pertinaz niebla, produce la desviación de los barcos de su rombo, yendo a encallar en los bajíos arenosos que rodean el islote. Antes de su nombre actual, la isla era conocida como De La Arena, por la extensión de sus playas y porque las corrientes marinas desplazan continuamente los bancos de arena, siendo imprevisible su localización.
En la actualidad en la Isla vive una mujer, una naturalista llamada Zoe Lucas que lleva cuarenta años prácticamente sola y que sobrevive gracias a las provisiones que con puntualidad un helicóptero le deja en la isla, en donde está acompañada de unos cuatrocientos caballos, millares y millares de focas, algunas aves y matorrales, porque los ochenta mil árboles que Canadá plantó a principios de siglo XX, con la intención de hacer más fijo el terreno y crear un micro sistema biológico, no funcionó y todos los árboles murieron.
Los caballos proceden de distintos naufragios y durante los últimos cuatrocientos años se ha ido creando una subespecie completamente autóctona conocida como Caballos del Sable que son de mediana alzada y muy resistentes.
En algunas ocasiones aparecen por la isla algunas expediciones de científicos que suelen usar algunas de las construcciones que se hicieron el siglo pasado con fines investigativos y que aún permanecen en pie y utilizan un pequeño aeródromo para los desplazamientos.
La isla es tan plana y con tan escasa elevación que se piensa que con el calentamiento global y la subida del nivel del mar, será de las primeras islas en  desaparecer.

viernes, 6 de julio de 2018

LA ZORRA GUARDANDO GALLINAS





En el año 1820 el “proceso independentista” era una realidad en nuestras Colonias Americanas.
José San Martín y Simón Bolívar, ambos militares españoles con ansias de independencia y sobre todo de revanchismo, tenían la rendición de Perú a la vista.
La Revolución Francesa y la guerra de la Independencia norteamericana habían abierto los ojos al independentismo y desde el famoso “Grito de Dolores” de 1810 (ver mi artículo: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/search?q=el+grito+de+dolores), Hispanoamérica era un hervidero.
En Lima estaban las cosas muy mal. España había abandonado a las Colonias a su propio destino y éste era el de sucumbir al avance del independentismo. Había reductos de resistencia que se oponían a los insurrectos, pero lo cierto es que las tropas realistas, sin medios materiales y humanos y sin suministros militares de ningún tipo, iban claudicando. En vista de que el enemigo estaba a las puertas de la capital del virreinato, el virrey del Perú, José de la Serna, tenía dos opciones: o entregar Lima a San Martín, que venía eufórico después de “liberar” Argentina y Chile, o bien retirarse con los restos del ejército realista hacia el interior, Cuzco, Potosí o Jauja y continuar la resistencia.
Cualquiera de las dos opciones era una afrenta al honor de un militar, pero entre ambas, el virrey consideraba que la capitulación tenía un carácter más definitivo que una momentánea retirada, aunque estaba en su ánimo la certeza de que no iba a recibir ninguna ayuda que hiciera posible retomar la lucha y hacer frente a los insurrectos que vencerían al final.
En cualquiera de los dos casos, existía un segundo problema que era cómo evitar que los inmensos tesoros acopiados en los últimos años en Lima, cayeran en manos de los rebeldes, pues eso supondría una doble inyección de moral y económica para continuar el ya imparable proceso descolonizador.
Pero ni siquiera había un buque español en El Callao al que confiar el traslado del tesoro a un lugar más seguro, que momentáneamente podía ser Méjico.
Realmente la situación debía ser angustiosa. tanto para las tropas llamadas realistas, por su afección al rey de España, como para la población civil que deseaba continuar siendo española. Sin ninguna ayuda de España, con un ejército cada vez menos numeroso por deserciones y pases al bando contrario, sin repuestos para el armamento que se iba deteriorando y con escasez de municiones, por no hablar de las carencias en uniformidad y sobre todo en suministros de boca, hacer frente a todo un ejército que contaba cada vez con mayor apoyo popular y al que ya muchos terratenientes y familias poderosas se estaban adhiriendo, en vista de cual iba a ser el desenlace final, era tarea casi imposible.
Salvar el tesoro acumulado en el palacio del virrey y en la catedral de Lima se convirtió en una prioridad, en la idea de que si esa cantidad de piezas valiosísimas cayera en manos de los insurrectos, podrían potenciar considerablemente su ejército, su armamento, y los efectos contra los leales al rey serían devastadores.
El traslado del tesoro estaba decidido y en veinticuatro enormes baúles, fuertemente sellados, se dispuso el traslado lo más rápido posible al puerto de El Callao y desde allí buscar un barco para trasladarlo a lugar seguro.
Muy mal tendrían que ir las cosas cuando lo único que se encontró fue un  mercante ingles llamado “Mary Dear” que capitaneaba William Thompson, un personaje turbio que había aparecido en las costas del Pacífico comerciando entre los puertos españoles. El virrey llegó a un acuerdo con Thompson al que ofreció un porcentaje de la carga que lleva, si la dejaba a salvo en el puerto de destino y aunque no se consigna de qué carga se trata, el capitán sospecha que debe ser un tesoro de enorme valor.
En efecto, monedas, medallas, objetos de orfebrería, incluso se habla de una estatua a tamaño real de una virgen, todo de oro y plata, así como innumerables obras de arte y lingotes de los preciados metales, es el contenido de los baúles que tenían un valor difícilmente calculable.
Con grandes dificultades, los pesados baúles fueron subidos a bordo del buque y también una pequeña guarnición para custodiarlo, concretamente seis soldados que también daban protección a unos cuantos ciudadanos de Lima que huían de los independentistas.
El destino debía ser Acapulco, el puerto al que arribaba el llamado Galeón de Manila en el tornaviaje y donde descargaba todas las mercaderías procedentes de Asia, que se trasladaban luego a España. Era por tanto una ruta muy segura y bien protegida de corsarios y piratas.
Pero claro, en el aturrullamiento del momento no se cayó en la idea de que el capitán Thompson y su barco no estaban muy distantes de aquella actividad que muchos gobiernos europeos protegían, con tal de debilitar aún más a España.
Así, nada más zarpar de El Callao, el capitán y su segundo empiezan a maquinar y deciden que por qué se van a llevar un porcentaje cuando pueden llevárselo todo.
Con buenas palabras y mejores promesas convencen a la tripulación que estaba compuesta solamente por ocho personas, en su mayoría jóvenes marinos, que hay que deshacerse de la escolta española y el pasaje y apoderarse del tesoro. Pero hay una dificultad que saben que si lo apresa algún navío español o de alguna otra nacionalidad, serán ahorcados. Asimismo entienden de la dificultad que va a ser deshacerse del tesoro, una vez que las autoridades españolas, que aún controlaban mal que bien el Pacífico, hayan dado la voz de alarma.
Entonces trazan un plan que consiste en que una vez deshechos de la escolta, dirigirse a un lugar seguro donde esconder el tesoro y esperar el momento adecuado para pignorarlo.
Y eso es lo que hacen. La escolta y los pasajeros terminan en el mar y el “Mary Dear” pone rumbo a una isla llamada Del Coco que es una isla deshabitada situada a unos quinientos kilómetros de las costas de Panamá y que tenía la particularidad de no tener propietario, es decir, ningún país la había reclamado como suya. Actualmente pertenece a Costa Rica.

Mapa de la época de la Isla del Coco

Los ingleses tienen noticias y conocen esa isla porque ha sido muchas veces refugio de piratas y lugar elegido para esconder tesoros, por lo que consideran que es lugar idóneo. Saben incluso que allá por el siglo XVII estuvo allí escondido el celebérrimo pirata Capitán Morgan, como demuestra la inscripción en una roca encontrada por el Comandante Cousteau.



Piedra con inscripciones. Hacia el centro se puede leer “MORGAN”

Una vez llegados a la isla, fondean en la bahía de Wafer, situada al norte y que da a playas de arenas tendidas que hacen fácil la descarga de los baúles. Seguidamente buscan una cueva apropiada para esconderlos e inician la descarga, no sin considerables esfuerzos, pues eran solamente diez personas para moverlos.
Es siguiente paso es ir a Panamá para avituallar el buque, dejar pasar unos días hasta que las cosas se tranquilicen y volver a por el tesoro una vez pasada la tormenta inicial.
Así lo hicieron, pero cuando ya iban de vuelta a la Isla del Coco, los intercepta un buque corsario español, el “Peruvian”, que había salido de Perú con la única orden de perseguir y capturar a los ladrones del que ya se tenían sospechas que no habría de dirigirse a su destino, sino que se iba a apropiar del tesoro.
Capturado el “Mary Dear” es registrado a fondo y al no hallar los baúles sospechan que han sido escondidos en alguna de las islas u otro lugar seguro, por lo que advierten a todos los tripulantes que si no dicen dónde se encuentran los baúles los irán matando uno a uno.
Empiezan por los marineros que no responden adecuadamente a las exigencias de los españoles, pues unos dicen no saber nada y otros que está escondido en una isla pero que no saben qué isla es. Esta última respuesta podría ser cierta, pues lógicamente la tripulación no tenía conocimientos de navegación como para saber de qué isla estaban hablando.
Los ocho marineros fueron fusilados y sus cuerpos arrojados al mar, quedando vivo solamente el capitán Thompson y su primer oficial que ante lo que acaban de ver deciden colaborar y confiesan que el tesoro está escondido en la Isla del Coco.
Después de algunas vicisitudes llegan a la isla pero llevan a bordo una epidemia de fiebres que tiene a la tripulación muy debilitadas, por lo que fondean en la bahía Wafer y esperan que mejore la salud de los marineros.
Son muchos días fondeados sin que la salud se reponga y la vigilancia sobre los dos presos se va relajando, hasta el extremo de que aprovechan un descuido y escapan nadando hasta tierra, donde se pierden y por mucho que son buscados no se les halla.
Creyendo que el tesoro está en la isla, pero sin haberlo encontrado, el Peruvian decide volver y dejar allí a los dos pitaras, en la certeza de que allí morirán.
Pero la Isla del Coco era muy visitada en aquellos tiempos y dos años más tarde el pirata Tomphson y su primer oficial, fueron rescatados y en el momento del rescate no llevaban encima ningún objeto que hiciera pensar en la existencia del tesoro.
Se dice que ambos murieron sin desvelar su secreto, aunque hay teorías que dicen lo contrario y que hubo quien estuvo haciendo viajes a la isla y recuperando poco a poco el tesoro escondido. No se puede asegurar que sea realidad y suena más a leyenda que envuelve uno de los tesoros más fabulosos perdidos por la estupidez humana.