sábado, 1 de septiembre de 2018

PLEITOS TENGAS Y LOS GANES



Así reza un viejo aforismo, más bien una indiscutible maldición que se atribuye a la etnia gitana y con la que se quiere resaltar de manera muy notable que litigar, aunque al final ganes el juicio, es una verdadera pesadilla.
Con este título, reducido a las dos primeras palabras, publiqué un artículo hace ya algunos años, pero con una temática completamente diferente, por lo que me he permitido volver a utilizarlo.
Lo estamos viendo todos los días; cómo se enrocan los asuntos y cómo prácticamente todas las sentencias dejan insatisfechas a las dos partes, incluso a más, si hay acusaciones privadas.
No hace falta poner ejemplos porque están en la mente de todos y tan recientes que aún la prensa viene a airearlos continuamente.
Después de años de instrucción, de miles de folios de documentación, de pruebas y más pruebas, testimonios y toda la parafernalia judicial, se produce una sentencia, medida, sopesada, meditada, que no contenta a nadie, a continuación un recurso tras otro hasta llegar al Constitucional, o al Tribunal de Estrasburgo.
Hay casos en los que sí contenta, por lo menos a la parte que sale beneficiada, pero en la mayoría de ellos se han visto pasar los años para que la justicia se decante a su favor. Aunque gane, ha soportado ya una verdadera condena que es la pena de banquillo.
Se define la justicia como “la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo que es suyo”, aunque hayan pasado siglos desde que lo reclamó, porque es que a lo mejor, como dijo un alcalde de Jerez muy famoso, actualmente cumpliendo el peso de la justicia en una cárcel de mi pueblo: La justicia es un cachondeo.
Y muy cerca del pueblo de ese famoso alcalde, hay un pueblo llamado Villamartín, que tiene el dudoso honor de haber soportado el litigio más largo de cuantos se han dado en España: dos siglos, setenta años, diez meses y veintisiete días.
Es decir, casi doscientos setenta y un año y ¿todo esto por qué?
Pues por caprichos reales, o por presiones de los nobles, o por pagos de favores, creando situaciones tan injustas como esta.
Toda la zona andaluza comprendida en las actuales provincias de Sevilla, Cádiz y parte de Málaga, fueron durante años frontera entre los reinos de Castilla y Granada, de ahí que numerosos pueblos de la zona, sobre todo de Cádiz, lleven como apellido el “de la Frontera”: Jerez, Arcos, Chiclana, Vejer, Conil, Jimena, Castellar…
Algunos menos en Sevilla, Huelva y Málaga: Cortes, Palos, Rosal o Morón.
Realmente las zonas de frontera eran tierra de nadie, en las que los castellanos construían un castillo, o recuperaban uno musulmán y desde allí defendían el territorio recién conquistado.
Paralelamente venían sucediéndose las repoblaciones de esos territorios, las más de las veces por campesinos que venían buscando buenas tierras de labor y las ocupaban sin más, adquiriendo la propiedad con el paso del tiempo, o al menos la creencia de su titularidad.
Eso ocurrió en una zona de la actual provincia de Cádiz, que es equidistante con las de Málaga y Sevilla.
Allí actualmente se encuentra el pueblo de Villamartín, capital de la comarca, pero en tiempos de la Reconquista lo único que existía era un castillo, más bien un torreón, construido en el siglo IX por el hispano-godo convertido al islam, rebelado contra el emirato de Córdoba y al final de su vida, vuelto a bautizar: el muladí Omar ben Hafsún, cuya historia puede consultar en este artículo publicado en este blog, hace algunos años: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/03/dos-muladies-rebeldes.html.
Conquistados aquellos territorios por Alfonso XI, en las cortes celebradas en Tordesillas en el año 1342, cedió el castillo que se llama Matrera y toda su zona de influencia, a la ciudad de Sevilla, con la clara intención de que se le apoyara en el asedio a Gibraltar que inició aquel mismo año.

Castillo-Torreón de Matrera y reciente obra de conservación

Buena parte de aquellas tierras ya estaban siendo ocupadas por campesinos venidos del norte que se afincaron en la fértil vega del río Guadalete, que riega la zona y el propio castillo de Matrera estaba ocupado por una familia llamada Peraza que defendía la comarca de las continuas agresiones y escaramuzas de los musulmanes.
Esta familia, en 1486 inició un pleito contra la ciudad de Sevilla en el que intervinieron los Reyes Católicos y en el que denunciaban que el Concejo Municipal los había expulsado de sus posesiones. Su resolución no fue satisfactoria porque el Concejo sevillano continuó en su política de querer medrar sobre aquellas tierras.
Años después, la ciudad de Sevilla decidió la creación de un pueblo que centralizase la vida de todas las personas que estaban diseminadas por la Serranía de Cádiz y la Campiña Jerezana y así nació Villamartín en el año1503, con concesión de Carta Puebla otorgada por la ciudad de Sevilla, a la que pertenecía.
Se asentaron en el nuevo poblado ciento dieciocho vecinos, procedentes de distintas partes de los reinos de castellanos, en el mismo lugar en el que se habían asentado comunidades humanas desde la prehistoria, como prueba el Dolmen de Alberite, de más de seis mil años de antigüedad y de los más antiguos de España. Luego tartesios, fenicios, romanos y godos, pasaron por aquella zona dejando sus huellas arquitectónicas.
Pero el problema estribaba en que ya había en el lugar muchos colonizadores por libre, repobladores tan necesarios para mantener las zonas reconquistadas que el Concejo de la ciudad de Sevilla, accedió a que conservaran sus tierras, a cambio de un tributo anual de un millón de maravedíes, moneda que ya en aquella época no se usaba físicamente, pero sí servía para la equiparación con las demás monedas. Mucho dinero, aunque no sabemos cual sería su correspondencia actual, para unos campesinos a los que para mayor adversidad, una epidemia de peste bubónica diezmó de una manera dramática.

El Dolmen de Alberite, uno de los más antiguos de España

Eran mucho menos para repartir la deuda e incumplieron el compromiso, por lo que el Concejo envió sus fuerzas, desalojó a los pobladores y ocupó el pueblo.
Vencida la epidemia, Sevilla quiso revitalizar el antiguo acuerdo, pero los colonos de Villamartín no estuvieron de acuerdo en la enorme suma que habían de satisfacer cada año.
Habían pasado más de cuarenta años desde la concesión de la Carta Puebla y no habiendo avenencia, denunciaron el acuerdo ante el Alto Tribunal de Granada, la Chancillería, que administraba justicia al sur del río Tajo.
Era el 22 de marzo de 1547 y así se inició el juicio más largo de la historia de España.
Once años después se dictó la primera sentencia, a favor de los vecinos de Villamartín, pero como ya entonces era costumbre, el Concejo de Sevilla la recurrió. Todo comenzó de nuevo y la Chancillería volvió a fallar ¡en 1806!, nuevamente a favor de los vecinos, pero nuevamente Sevilla volvió a recurrir, ahora ante instancia superior, el Consejo Supremo de Castilla.
Pero en esos momentos España vivía uno de los momentos más convulsos de su historia. Napoleón había invadido la Península y se estaba a las puertas del inicio de la Guerra de la Independencia, circunstancias que diluyeron la gravedad y premura del litigio.
El conflicto bélico finalizó y aún hubieron de pasar varios años hasta que el 18 de febrero de 1818 se produjo el fallo definitivo que nuevamente fue a favor de los vecinos de Villamartín.
Como es natural ninguno de los vecinos había estado en la génesis del conflicto y la inmensa mayoría desconocía totalmente que Sevilla, por “decretazo” del rey Alfonso XI, era la titular de aquellas tierras, de cuya propiedad podían comenzar a disfrutar, si bien hacía muchos años que ya las cosas estaban así y la sentencia casi no vino a cambiar nada.
Con la división territorial de 1833, llevada a cabo por Javier de Burgos, Villamartín pasó a pertenecer a la provincia de Cádiz y allí continúa.
El empecinamiento de vecinos y concejo sevillano obedece a la feracidad de aquellas tierras, Villamartín es el punto en que confluyen la campiña jerezana con la Serranía de Cádiz. Muy cerca nace el río Guadalete y en sus proximidades se encuentran municipios tan característicos como Ubrique, Prado del Rey, El Bosque o Grazalema, curiosamente el punto de mayor pluviometría de la mitad sur de España, habiéndose llegado a recoger más de cuatro mil trescientos litros de agua en el año 1963.
Una tierra fértil y bien regada, ¿qué más se puede pedir?
¡Sí 271 años de juicio, aunque se haya ganado!

jueves, 23 de agosto de 2018

EL "SALTO DEL CARNERO" Y LA ARDILLA





No era uno de mis juegos preferidos, pero los zagales de mi pueblo jugábamos al “Salto del Carnero” que consistía en formar un círculo con varios jugadores en el que los números pares saltaban sobre los impares que estaban agachados, recorriendo el círculo hasta llegar a su posición, momento en el que se agachaban para que los impares hicieron lo propio.
No era muy divertido, pero sí que exigía el esfuerzo de saltar sobre tus compañeros a buena velocidad, para que el que venía saltando detrás de ti no te alcanzase. Una buena forma de hacer ejercicio, con un juego que se ha perdido vencido por las consolas, las tablets y los teléfonos inteligentes..
Hay otro “Salto del Carnero” y es el que se emplea en el mundo ferroviario para definir la forma en que una bifurcación de las vías ha de cruzar a las demás de su misma dirección para desviarse y que lo hará a distinto nivel, tanto por encima de las vías, tendiendo un puente, como por debajo, excavando un túnel.
Es lo que vemos en los numerosos nudos de comunicaciones de nuestras carreteras, en donde se obvia el colapso que produciría un cruce al mismo nivel, elevando la desviación, o usando un túnel para hacerlo por debajo.
Son dos acepciones de la frase que no tienen mucha enjundia que digamos, pero hay una tercera acepción que es mucho más original y es una singularidad de la Cámara Baja del Parlamento Alemán, el Bundestag.
Que yo tenga noticia es un procedimiento de votación que no se usa en ningún otro Parlamento del mundo y la singularidad de su nombre obedece a la imagen pintada en un cuadro que representaba una escena de la Odisea de Homero.
Pero vayamos por parte. Tras la caída del Muro de Berlín en 1989, los parlamentarios alemanes decidieron trasladar su sede desde Bonn, a Berlín, al emblemático edificio conocido como el Reichstag, que había acogido durante siglos al parlamento alemán y que por quedar dentro de la zona Este, muy cerca de la Puerta de Branderburgo y por tanto en lado soviético, no podía ser utilizado.
Pero el edificio ya había sido reparado de un terrible incendio sufrido en época de Hitler y estaba apto para su uso, así que las cortes alemanas se trasladaron al emblemático y bellísimo edificio.

Fachada del Reichstag; a la cúpula se sube por una escalera de caracol interna

En él, el salón de plenos tiene tres puertas, por las que los parlamentarios acceden a sus escaños.
Sobre una de estas puertas existía, tiempo atrás, un cuadro que debió quemarse en el incendio a que se ha aludido anteriormente, en el que se representaba al cíclope Polifemo, el personaje mitológico de la Odisea de Homero, con un solo ojo en la frente y en el que Ulises hunde una estaca ardiendo cuando el gigante duerme, aprovechando la ocasión para huir de la cueva en la que él y sus compañeros de viaje están prencerrados y para eso se agarran a las lanas de la barriga de los grandes carneros que el monstruo guarda también en la cueva y salen sin que éste, que palpa los carneros según van saliendo se perciba que colgados de sus lanas van Ulises y los suyos.
Es muy posible que en la actualidad, el parlamento alemán cuente con un sistema informatizado para controlar el voto de cada diputado, pero tiempo atrás, muchas de las votaciones que se practicaban eran a mano alzada, un sistema muy directo, pero poco fiable, toda vez que nada impedía que un diputado levantase la mano a favor de una propuesta y luego hiciese lo mismo a favor de la contraria, así que tanto el presidente de la cámara, como los secretarios, contaban las manos que se habían levantado en cada votación.
A veces no coincidía el conteo de unos y otros, porque aparecían más votos que parlamentarios, o los números anotados por cada uno de los que contaban eran diferentes.

Cerámica en la que se aprecia a los hombres de Ulises asidos a los carneros

En esas ocasiones el presidente de la cámara optaba por una solución definitiva. Hacía vaciar la cámara hasta el último diputado y entonces los hacía entrar usando cada una de las tres puertas: una para el “sí”, otra para el “no” y la tercera para la abstención.
En cada puerta colocaba a un secretario que contaba los congresistas que iban entrando y así la cosa no fallaba.
Una de las tres opciones había de pasar forzosamente bajo la puerta que contenía el cuadro al que antes se ha hecho referencia y algún diputado, con sentido del humor calificó aquella modalidad de votación como “El salto del carnero”, en clara alusión a las imágenes del cuadro y desde entonces, en Alemania, a esta forma de votar se la viene conociendo con tan singular nombre.
Hasta el 28 de mayo de 2014 (BOE de 27 de julio 2014) existió un pueblo de la comarca de Osona, entre Barcelona y Gerona, pero provincia de la primera, que se llamaba Santa María de Corcó.
Desde la fecha indicada, el municipio pasó a denominarse L’Esquirol, por decisión de su ayuntamiento, basada en una consulta popular que ni siquiera alcanzó el 50% de participación ciudadana. Con ese nombre que se le adjudico al pueblo tiempo atrás como una especie de mote, era conocido en toda la comarca y lo debía a una famosa y muy antigua posada que, en el vestíbulo, tenía como mascota a una ardilla enjaulada, animal que en catalán se llama “esquirol”.
Pero aunque la gente de la zona conocía la anécdota de la mascota, verdaderamente el nuevo nombre del pueblo se había hecho famoso por otros hechos, de mucha más dudosa honorabilidad.

Panorámica del bonito pueblo de L’Esquirol


En los primeros años del siglo XX, el sector textil, preeminente en toda Cataluña, sufrió unas terribles huelgas que lo tenían prácticamente paralizado. Reivindicaciones de todo tipo se amontonaban en los folios presentados ante la patronal en demanda de mejoras. Pero el sector, muy potente en aquel momento, resistía y se enfrentaba a los huelguistas, e incluso actuaba contra ellos.
En la comarca de Osona existían grandes e importantes telares, cuya actividad era prácticamente nula, dada la presión social que los trabajadores venían efectuando con sus continuadas huelgas. Los habitantes de Santa María de Corcó se ofrecieron masivamente para trabajar en los telares de la zona, sustituyendo a los huelguistas, consiguiendo así volver a hacer productivo el sector, claro que con graves perjuicios para los demandantes de mejoras.
Esta insolidaria actuación de contratar personas ajenas para “romper las huelgas”, está muy mal vista por la sociedad en general, pero parece que la necesidad de los habitantes de Santa María de Corcó era superior a su dignidad y decidieron contratarse a pesar de lo que dirían de ellos y las demás presiones que debieran soportar. A estos trabajadores se les empezó a llamar “esquiroles”, por proceder de aquel pueblo al que se identificaba por la ardilla y así, con el paso del tiempo, a todos los trabajadores que se contrataban para suplir a los que estaban en huelga, no solamente en Cataluña, sino en toda España, se les viene conociendo con el nombre de “esquiroles”, en recuerdo de aquellos insolidarios trabajadores de principios del pasado siglo.
Claro que yo me pregunto si con esos antecedentes y las connotaciones despectivas que la palabra encierra, era conveniente cambiar el nombre del pueblo, aunque siendo catalán y estando bajo la advocación de Santa María, todo puede ser posible.
En otros idiomas a los obreros que no secundan las huelgas, o los que son contratados para romperlas. se les conoce con distintos nombre y así, por ejemplo, en Gran Bretaña, entre varias designaciones, la más gráfica es la de “blackleg”, “pata negra”, como nuestro apreciadísimo jamón ibérico, porque los mineros en huelga, se ponían a la puerta de las instalaciones y señalaban con el dedo a aquellos que llevaban el polvillo negro del carbón adherido a los pantalones, señal de que habían trabajado en la mina.
Si los españoles fuésemos “tan nuestros” como lo son algunos otros, nos veríamos cambiando el sustantivo por el que se conoce a uno de los manjares más apreciados en el mundo entero.
¡Cómo se va a llamar nuestro jamón, como unos “esquiroles”!

viernes, 17 de agosto de 2018

CLARIS Y EL "ACQUA DI NÁPOLI"





Se dice que la curiosidad mata al hombre, pero también puede enriquecerlo, sobre todo de manera intelectual.
Hace ya unas fechas, el ex presidente de la Generalidad, (con “t” que lo escriban los catalanes), Puigdemont, alardeaba de que no tardará veinte años en pisar suelo catalán, refiriéndose al suelo perteneciente a la Cataluña francesa.
Sin citar el medio, ni la persona que le respondió, un video se hizo rápidamente hueco en las redes sociales y contenía una contestación contundente: España había perdido el Rosellón y la Cerdaña por la incuria y el odio a todo lo español que tenía un presidente de la Generalidad. Se trataba de Pau Claris Casademunt, sacerdote, político y catalán, como indica su nombre.
Este personaje nació en 1586, en el seno de una familia burguesa bien situada económicamente; tras ingresar en el seminario, estudió derecho civil y canónico, doctorándose en ambas disciplinas, siendo nombrado seguidamente canónigo de la catedral de Seo de Urgel, una de las sedes episcopales más importantes de Cataluña.
Tras una carrera política fulgurante, en la que ya demostraba su posición enfrentada con España y su monarquía, en 1638 fu nombrado presidente de turno de la Generalidad, cargo que ocupaba cuando tuvo lugar la sublevación de los segadores y el trágico Corpus Sangriento.

Estatua de Pau Claris en Barcelona

La situación, que se estudia en la historia verdadera y no en la transfigurada que se usa en Cataluña, acabó con una rotura total de relaciones entre la Generalidad y la monarquía, sobre todo después de la muerte del virrey Dalmau de Queralt y la proclamación de una República Catalana que Pau Claris puso bajo la protección del rey de Francia Luís XIII y al que el día 23 de enero de 1641, ante la proximidad del ejército español, tuvo que reconocer como Conde de Barcelona, condición impuesta por los franceses para aceptar el protectorado.
La causa principal para este acto rebelde era que los ejércitos españoles acampados en Cataluña, para defender la frontera durante la Guerra de los Treinta Años, que estaba en pleno desarrollo, habían de ser cobijados, alimentados y socorridos por los payeses catalanes que tenían que facilitarle techo para resguardarse.
En esa situación, los soldados españoles, en su mayoría procedentes de los Tercios y por tanto personal profesional y muy aguerrido, cometían múltiples desmanes, sobre todo contra la propiedad y las mujeres. Pero puesta Cataluña bajo la protección francesa, los ejércitos galos no observaron mejor comportamiento y la cosa se puso muy mal, hasta el punto de cambiarse la camisa y pedir ahora la protección española contra los gabachos.
El conflicto acabó con la paz de los Pirineos, por la que España tuvo que ceder a Francia, Rosellón y Cerdaña, por mor de la desleal, egoísta, insolidaria y vesánica actuación del mosén Pau Claris, hoy héroe nacional catalán, con calle y estatua en la Ciudad Condal y en muchos otros municipios.
Así que el territorio catalán que Puigdemónt piensa pisar en breve es aquel que su antecesor en el cargo, el amigo Pau, regaló a los franceses y que Cataluña perdió para siempre.
Pero no es este el motivo que inspira este artículo, sino las causas de la muerte de tan insigne personaje.
El “Muy Honorable” murió a finales de febrero de 1641, envenenado con la pócima de moda en aquella época: El Acqua di Napoli.
Sobre quiénes fueron los causantes de la muerte del mosén, existe una variada controversia, pues unos lo achacan a los realistas y otros a sus propios partidarios, descontentos de sus actos separatistas, mutantes y traidores, pero lo único cierto es que el autor material, el que le diera a beber el agua milagrosa que hacía viajar al otro barrio sin levantar sospecha alguna, tuvo que ser una persona de su entorno.
Porque el agua venenosa era un líquido transparente, insípido e inodoro que había sido creado por una especie de bruja-alquimista llamada Toffana d’Adamo que vivía en la isla de Sicilia.
A su brebaje le llamaba Agua de Toffana y era muy recomendado y altamente consumido por aquellas esposas que hartas de soportar a sus maridos, decidían enviarlo al otro mundo sin levantar sospechas y por eso la mayor parte de la clientela de Toffana eran mujeres, aunque no se descarta el caso contrario del marido que se quiera deshacer de su esposa, o para cualquier otro fin menos claro ya que no dejaba rastro alguno y los médicos de la época eran incapaces de detectar aquel veneno que contenía arsénico, un metaloide altamente venenoso y, al parecer, extracto de cimbalaria, una planta muy común en la Europa meridional que crece en las paredes húmedas. La Toffana preparaba un condimento como había visto hacer a los alquimistas, de los que fue aprendiz durante unos años.
Esta maga venía preservando su actividad hasta que en 1633 una dama de Palermo le compró un frasquito del venenoso bebedizo para darlo a su marido en la comida, pero éste por alguna razón que se desconoce, cambió los platos, por lo que la dama resultó envenenada. En el último momento de vida confesó su fechoría y desveló a la persona que se lo había vendido.
La Toffana fue detenida y ahorcada, su cuerpo fue descuartizado y arrojado en todas las direcciones para que fuera pasto de las fieras.
Pero con la muerte de esta mujer no se terminó la historia, si bien sufrió un cambio. Su hija Giulia Toffana que se trasladó a Nápoles tras la muerte de su madre, conocía a la perfección todo el proceso para la fabricación de la pócima y comenzó a venderla nuevamente, ahora con el nombre de “Acqua di Napoli”.
La eficacia de este medio para viajar a la otra vida consistía fundamentalmente en que administrado cautamente, a base de tres o cuatro gotas diarias, mezclada con la comida, iba produciendo una sensación de cansancio, falta de apetito, vómitos, sed intensa, depresión y finalmente la muerte, pero si se suministraba una cantidad mayor, unas treinta gotas, producía la muerte casi inmediata. Era un veneno ideal para mezclar con bebidas aromáticas como café, te o chocolate, tan de moda en aquella época. Todas las tardes, la sumisa esposa, servía a su marido una taza de buen chocolate que éste bebía con delectación al principio, aunque ya se han expuesto los síntomas que irían apareciendo y que tendrían confundido a los médicos hasta que certificaran su defunción.
En cualquiera de los dos casos era un veneno indetectable para los galenos de la época, pues en el primer caso se confundía con una enfermedad del sistema nervioso y en el segundo con cualquier caso de muerte repentina, infarto, ictus, (congestión), “cólico miserere”, etc.
Desde Nápoles, Giulia pasó a Roma donde el negocio era mayor y allí se popularizó la famosa agua que vendía en una pequeña redoma en la que aparecía grabada una imagen de San Nicola di Bari, aquel santo que curaba con un agua milagrosa, por lo que el agua empezó a conocerse como “Acqua de San Nicola”.


Frasco del agua venenosa

En el año 1659, Giulia Toffana fue denunciada por una clienta arrepentida ante el Vaticano y perseguida por la guardia, buscó refugio en un convento, acogiéndose al derecho de asilo, según el cual los delincuentes no podían ser detenidos en el interior de los lugares sagrados.
Pero nuevas pesquisas efectuadas por la curia pudieron determinar que Giulia decía que había participado en el envenenamiento de más de seiscientas persona, de todo sexo y clase social y además, se corrió el bulo de que antes de huir había vertido varias botellas de su veneno en diferentes fuentes de Roma.
Enardecida la población, obligó a las autoridades a entrar en el convento y sacar a la envenenadora que junto con su hija Girolama y varias ayudantes de las que se servía para la elaboración del veneno, fueron ejecutadas en el mes de julio de aquel año y el cadáver de Giulia fue arrojado al interior del convento que le había dado asilo.
No acabaron las envenenadoras con castigo tan ejemplar y la historia registra muchos otros casos, pero este tiene la singularidad de que el “patriota” Pau Claris fue envenenado, al parecer, con el Acqua di Napoli.
Desde luego que por las fechas pudo ser perfectamente posible, dada la gran vinculación de Cataluña con el reino de Nápoles que en aquel momento pertenecía a la corona de España, que alguien trajera algún frasco del famoso veneno, para cuando se presentara la oportunidad que se pudo presentar con el mosén, toda vez que tanto desde el lado realista como de los catalanes que no eran partidarios de sojuzgarse al reino de Francia, había conseguido un buen número de enemigos.
A tenor de los acontecimientos que rodean su muerte es de suponer que se le dio una dosis masiva de veneno, lo que produjo una muerte inmediata.
Se dice que otra de las famosas víctimas de esta pócima fue el compositor Mozart, el cual advirtió a su esposa en cierta ocasión que le estaban envenenando.
En este caso el envenenamiento sería mediante la administración de pequeñas dosis que irían produciendo su progresivo deterioro.