viernes, 7 de septiembre de 2018

MI PADRE ES ARZOBISPO




La Reina Católica, Isabel I de Castilla, se agarró un “mosqueo” fenomenal cuando su marido, el también Rey Católico Fernando II de Aragón, se tomó unas vacaciones para ir a visitar a su hijo Alonso a Zaragoza.
Esta reina lista, ambiciosa, hipócrita y bastante poco amante de la higiene, con una sonrisa en su cara angelical, llamaba a los dos hijos del Cardenal Cisneros los “bellos pecados del Cardenal” y se quedaba tan tranquila. Ella tan católica y el otro tan cardenal, máximo exponente de la Iglesia en España y el hombre con más poder, después de los reyes, que se saltaba el voto de castidad y se revolcaba por cuantas camas podía, presumiendo de sus inmorales vástagos, aunque seguro que no perdonaría lo mismo para los demás e impondría fuertes penitencias por las faltas de concupiscencia.
Unos eran unos “bellos pecados” a los que no había ninguna necesidad de ocultar, antes al contrario, presumir de ellos, pero su esposo no podía visitar a su hijo, habido con una noble catalano-aragonesa, antes de que se casara con Isabel por cuestiones puramente políticas.
Expliquemos la historia. Tenía Fernando alrededor de diecisiete años cuando conoció a una bella y noble dama llamada Aldonza Roig de Ivorra, natural de Cervera, en la provincia de Lérida e hija de un noble catalán llamado Pedro Roig y su esposa la valenciana Aldonza Ivorra.
Tenía la dama tres años más que el príncipe heredero y era una mujer de enorme belleza, a la que sus padres no pusieron pega alguna para que frecuentara la amistad del heredero, con el que en 1470 tuvo un hijo al que pusieron por nombre Alonso y que fue reconocido por su padre, que en ese momento ya se había casado con Isabel.
Dicen las crónicas que Aldonza amaba tanto a Fernando que, vestida de hombre, le acompañaba a todas partes.
Era entonces rey de Aragón Juan II, el cual reconoció también a su nieto e hizo que la madre y el pequeño se trasladasen a Zaragoza para poder atenderlos mejor.
Es posible que Fernando hubiese seguido unido sentimentalmente a Aldonza de haberlo permitido las circunstancias, pero en éstas se cruzó la posibilidad de unir las dos coronas más importantes de España bajo un mismo cetro y Fernando cumplió su deber como futuro monarca, casándose con la futura reina Isabel, de la que era primo.
En ese momento la corte castellana vivía la controversia creada a partir de la aparición en escena de Juana “la Beltraneja”, lo que llevó a los novios a casarse medio a hurtadillas en Valladolid y según cuentan algunas fuentes, después de haber consumado el matrimonio antes de celebrarlo, pues parece que el flechazo surgió entre ambos de manera tan espontánea y efervescente que no pudieron esperar a la solemnidad del desposorio para entregarse el uno al otro.
Alonso creció en la corte y cuando solamente tenía cinco años, su abuelo, el rey más poderoso del Mediterráneo, lo propuso para que fuera nombrado ¡arzobispo de Zaragoza!
Había fallecido el arzobispo Juan de Aragón, hijo natural de Juan II y aprovechó el monarca, al que le gustaba copar los altos cargos de la curia eclesiástica con sus descendientes bastardos, para proponer al nieto, pero el papa no se lo admitió y nombró a Ausias Despuig, un cardenal y político con mucho predicamento en Roma, en donde llegó a ser Camarlengo del Vaticano, una cosa así como el segundo de a bordo.
Pero el rey no estaba dispuesto a ponerle las cosas fáciles al que había quitado el sillón arzobispal a su nieto y dio tanta lata que Ausias presentó la dimisión. Pero no lo hizo con amenazas, coacciones u otras actitudes innobles; sobre todo lo abrumó con cargos, prebendas, promesas, títulos y canonjías a las que Ausias que no era de piedra, cada vez hacía menos ascos, hasta que las aceptó. Un caso insólito y más en aquellos tiempos, siendo el único caso en la historia de un arzobispo dimisionario de la sede zaragozana.

Retrato del arzobispo Alonso de Aragón

Habían pasado casi tres años, estamos en 1479 y el joven Alonso tenía por tanto casi ocho y esta vez el papa no se pudo negar al poderoso rey y el joven fue investido arzobispo, como es natural sin haber sido ordenado sacerdote y por tanto imposibilitado para ocupar una dignidad mayor. Pero eso importaba poco a un rey todopoderoso que dominaba todo el Este español y buena parte de Italia y sus islas.
Como es natural, el niño Alonso no sabía siquiera qué cosa era la vocación religiosa, requisito que parece hoy imprescindible para profesar, pero es que, además, nadie se sintió en la obligación de hacérselo ver y el arzobispo niño que no aparecía por la sede para nada, se interesaba mucho más en cuestiones políticas y militares que las que conducen al reino de los cielos.
Hasta 1501, con treinta y un años y veintidós desde que era arzobispo, no se ordenó sacerdote y cantó lo que fue su primera y última misa, pues no volvió a vestir alba y casulla ni a consagrar el pan y el vino eucarístico.
Un caso inconcebible, pero que sucedía y con más asiduidad de la que fuera de desear. Basta echar una mirada a las cuestiones de las investiduras, la simonía y muchas otras irregularidades que se permitió la Iglesia y que de haber sido cometidas por otra institución, hoy no tendríamos de ella nada más que el recuerdo, pero no cabe duda de que es la que administra la fe en el que todo lo puede, que hizo el milagro de dejarla existir a fuerza de perjudicar su crédito personal.
Pero volvamos con Alonso al que interesaban la política, las intrigas, las mujeres y en general la vida mundana que nada tiene que ver con la santidad, la oración o la vida contemplativa. Por eso, siendo muy joven se encariño con una noble aragonesa, Ana de Gurrea, señora de Argavieso, un pequeño municipio de la provincia de Huesca, con la que tuvo al menos siete hijos.
Dada su condición de religioso no pudo contraer matrimonio con su amante, pero eso no fue un impedimento en su vida que se siguió desarrollando en los planos civil, militar y social, mucho más que en el religioso pues aunque hizo algunas obras en la catedral de la que era titular, poca relación tuvo con la Iglesia.
Así, en 1507 sustituyó a Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, como lugarteniente del Reino de Nápoles y años más tarde participaba activamente como jefe de las tropas que cercaron la ciudad de Tudela hasta su rendición, prosiguiendo luego con la conquista del Reino de Navarra.
En 1516 murió su padre, el Rey Católico, el cual testó a su favor, quedando como Lugarteniente General de Aragón hasta la llegada de su sobrino Carlos I que iba a actuar como representante de su madre la reina Juana la Loca.
Cuando falleció Alonso, en el año 1520, le sucedió su hijo primogénito, Juan que con veintidós años fue nombrado arzobispo de Zaragoza, aunque tampoco había recibido órdenes sacerdotales.
A éste le sucedió su segundo hijo, Hernando, que se colocó la mitra arzobispal y empuñó el báculo en 1539.
Pero sin duda alguna la descendiente más brillante fue Juana de Aragón, su tercera hija, la cual se casó con Juan de Borja y Enríquez de Luna, duque de Gandía. De esa unión nació el famoso jesuita, tercer general de la orden, Francisco de Borja, elevado a los altares en 1671.
No hay nada como tener un padre arzobispo para promocionarse bien en la vida.

sábado, 1 de septiembre de 2018

PLEITOS TENGAS Y LOS GANES



Así reza un viejo aforismo, más bien una indiscutible maldición que se atribuye a la etnia gitana y con la que se quiere resaltar de manera muy notable que litigar, aunque al final ganes el juicio, es una verdadera pesadilla.
Con este título, reducido a las dos primeras palabras, publiqué un artículo hace ya algunos años, pero con una temática completamente diferente, por lo que me he permitido volver a utilizarlo.
Lo estamos viendo todos los días; cómo se enrocan los asuntos y cómo prácticamente todas las sentencias dejan insatisfechas a las dos partes, incluso a más, si hay acusaciones privadas.
No hace falta poner ejemplos porque están en la mente de todos y tan recientes que aún la prensa viene a airearlos continuamente.
Después de años de instrucción, de miles de folios de documentación, de pruebas y más pruebas, testimonios y toda la parafernalia judicial, se produce una sentencia, medida, sopesada, meditada, que no contenta a nadie, a continuación un recurso tras otro hasta llegar al Constitucional, o al Tribunal de Estrasburgo.
Hay casos en los que sí contenta, por lo menos a la parte que sale beneficiada, pero en la mayoría de ellos se han visto pasar los años para que la justicia se decante a su favor. Aunque gane, ha soportado ya una verdadera condena que es la pena de banquillo.
Se define la justicia como “la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo que es suyo”, aunque hayan pasado siglos desde que lo reclamó, porque es que a lo mejor, como dijo un alcalde de Jerez muy famoso, actualmente cumpliendo el peso de la justicia en una cárcel de mi pueblo: La justicia es un cachondeo.
Y muy cerca del pueblo de ese famoso alcalde, hay un pueblo llamado Villamartín, que tiene el dudoso honor de haber soportado el litigio más largo de cuantos se han dado en España: dos siglos, setenta años, diez meses y veintisiete días.
Es decir, casi doscientos setenta y un año y ¿todo esto por qué?
Pues por caprichos reales, o por presiones de los nobles, o por pagos de favores, creando situaciones tan injustas como esta.
Toda la zona andaluza comprendida en las actuales provincias de Sevilla, Cádiz y parte de Málaga, fueron durante años frontera entre los reinos de Castilla y Granada, de ahí que numerosos pueblos de la zona, sobre todo de Cádiz, lleven como apellido el “de la Frontera”: Jerez, Arcos, Chiclana, Vejer, Conil, Jimena, Castellar…
Algunos menos en Sevilla, Huelva y Málaga: Cortes, Palos, Rosal o Morón.
Realmente las zonas de frontera eran tierra de nadie, en las que los castellanos construían un castillo, o recuperaban uno musulmán y desde allí defendían el territorio recién conquistado.
Paralelamente venían sucediéndose las repoblaciones de esos territorios, las más de las veces por campesinos que venían buscando buenas tierras de labor y las ocupaban sin más, adquiriendo la propiedad con el paso del tiempo, o al menos la creencia de su titularidad.
Eso ocurrió en una zona de la actual provincia de Cádiz, que es equidistante con las de Málaga y Sevilla.
Allí actualmente se encuentra el pueblo de Villamartín, capital de la comarca, pero en tiempos de la Reconquista lo único que existía era un castillo, más bien un torreón, construido en el siglo IX por el hispano-godo convertido al islam, rebelado contra el emirato de Córdoba y al final de su vida, vuelto a bautizar: el muladí Omar ben Hafsún, cuya historia puede consultar en este artículo publicado en este blog, hace algunos años: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/03/dos-muladies-rebeldes.html.
Conquistados aquellos territorios por Alfonso XI, en las cortes celebradas en Tordesillas en el año 1342, cedió el castillo que se llama Matrera y toda su zona de influencia, a la ciudad de Sevilla, con la clara intención de que se le apoyara en el asedio a Gibraltar que inició aquel mismo año.

Castillo-Torreón de Matrera y reciente obra de conservación

Buena parte de aquellas tierras ya estaban siendo ocupadas por campesinos venidos del norte que se afincaron en la fértil vega del río Guadalete, que riega la zona y el propio castillo de Matrera estaba ocupado por una familia llamada Peraza que defendía la comarca de las continuas agresiones y escaramuzas de los musulmanes.
Esta familia, en 1486 inició un pleito contra la ciudad de Sevilla en el que intervinieron los Reyes Católicos y en el que denunciaban que el Concejo Municipal los había expulsado de sus posesiones. Su resolución no fue satisfactoria porque el Concejo sevillano continuó en su política de querer medrar sobre aquellas tierras.
Años después, la ciudad de Sevilla decidió la creación de un pueblo que centralizase la vida de todas las personas que estaban diseminadas por la Serranía de Cádiz y la Campiña Jerezana y así nació Villamartín en el año1503, con concesión de Carta Puebla otorgada por la ciudad de Sevilla, a la que pertenecía.
Se asentaron en el nuevo poblado ciento dieciocho vecinos, procedentes de distintas partes de los reinos de castellanos, en el mismo lugar en el que se habían asentado comunidades humanas desde la prehistoria, como prueba el Dolmen de Alberite, de más de seis mil años de antigüedad y de los más antiguos de España. Luego tartesios, fenicios, romanos y godos, pasaron por aquella zona dejando sus huellas arquitectónicas.
Pero el problema estribaba en que ya había en el lugar muchos colonizadores por libre, repobladores tan necesarios para mantener las zonas reconquistadas que el Concejo de la ciudad de Sevilla, accedió a que conservaran sus tierras, a cambio de un tributo anual de un millón de maravedíes, moneda que ya en aquella época no se usaba físicamente, pero sí servía para la equiparación con las demás monedas. Mucho dinero, aunque no sabemos cual sería su correspondencia actual, para unos campesinos a los que para mayor adversidad, una epidemia de peste bubónica diezmó de una manera dramática.

El Dolmen de Alberite, uno de los más antiguos de España

Eran mucho menos para repartir la deuda e incumplieron el compromiso, por lo que el Concejo envió sus fuerzas, desalojó a los pobladores y ocupó el pueblo.
Vencida la epidemia, Sevilla quiso revitalizar el antiguo acuerdo, pero los colonos de Villamartín no estuvieron de acuerdo en la enorme suma que habían de satisfacer cada año.
Habían pasado más de cuarenta años desde la concesión de la Carta Puebla y no habiendo avenencia, denunciaron el acuerdo ante el Alto Tribunal de Granada, la Chancillería, que administraba justicia al sur del río Tajo.
Era el 22 de marzo de 1547 y así se inició el juicio más largo de la historia de España.
Once años después se dictó la primera sentencia, a favor de los vecinos de Villamartín, pero como ya entonces era costumbre, el Concejo de Sevilla la recurrió. Todo comenzó de nuevo y la Chancillería volvió a fallar ¡en 1806!, nuevamente a favor de los vecinos, pero nuevamente Sevilla volvió a recurrir, ahora ante instancia superior, el Consejo Supremo de Castilla.
Pero en esos momentos España vivía uno de los momentos más convulsos de su historia. Napoleón había invadido la Península y se estaba a las puertas del inicio de la Guerra de la Independencia, circunstancias que diluyeron la gravedad y premura del litigio.
El conflicto bélico finalizó y aún hubieron de pasar varios años hasta que el 18 de febrero de 1818 se produjo el fallo definitivo que nuevamente fue a favor de los vecinos de Villamartín.
Como es natural ninguno de los vecinos había estado en la génesis del conflicto y la inmensa mayoría desconocía totalmente que Sevilla, por “decretazo” del rey Alfonso XI, era la titular de aquellas tierras, de cuya propiedad podían comenzar a disfrutar, si bien hacía muchos años que ya las cosas estaban así y la sentencia casi no vino a cambiar nada.
Con la división territorial de 1833, llevada a cabo por Javier de Burgos, Villamartín pasó a pertenecer a la provincia de Cádiz y allí continúa.
El empecinamiento de vecinos y concejo sevillano obedece a la feracidad de aquellas tierras, Villamartín es el punto en que confluyen la campiña jerezana con la Serranía de Cádiz. Muy cerca nace el río Guadalete y en sus proximidades se encuentran municipios tan característicos como Ubrique, Prado del Rey, El Bosque o Grazalema, curiosamente el punto de mayor pluviometría de la mitad sur de España, habiéndose llegado a recoger más de cuatro mil trescientos litros de agua en el año 1963.
Una tierra fértil y bien regada, ¿qué más se puede pedir?
¡Sí 271 años de juicio, aunque se haya ganado!

jueves, 23 de agosto de 2018

EL "SALTO DEL CARNERO" Y LA ARDILLA





No era uno de mis juegos preferidos, pero los zagales de mi pueblo jugábamos al “Salto del Carnero” que consistía en formar un círculo con varios jugadores en el que los números pares saltaban sobre los impares que estaban agachados, recorriendo el círculo hasta llegar a su posición, momento en el que se agachaban para que los impares hicieron lo propio.
No era muy divertido, pero sí que exigía el esfuerzo de saltar sobre tus compañeros a buena velocidad, para que el que venía saltando detrás de ti no te alcanzase. Una buena forma de hacer ejercicio, con un juego que se ha perdido vencido por las consolas, las tablets y los teléfonos inteligentes..
Hay otro “Salto del Carnero” y es el que se emplea en el mundo ferroviario para definir la forma en que una bifurcación de las vías ha de cruzar a las demás de su misma dirección para desviarse y que lo hará a distinto nivel, tanto por encima de las vías, tendiendo un puente, como por debajo, excavando un túnel.
Es lo que vemos en los numerosos nudos de comunicaciones de nuestras carreteras, en donde se obvia el colapso que produciría un cruce al mismo nivel, elevando la desviación, o usando un túnel para hacerlo por debajo.
Son dos acepciones de la frase que no tienen mucha enjundia que digamos, pero hay una tercera acepción que es mucho más original y es una singularidad de la Cámara Baja del Parlamento Alemán, el Bundestag.
Que yo tenga noticia es un procedimiento de votación que no se usa en ningún otro Parlamento del mundo y la singularidad de su nombre obedece a la imagen pintada en un cuadro que representaba una escena de la Odisea de Homero.
Pero vayamos por parte. Tras la caída del Muro de Berlín en 1989, los parlamentarios alemanes decidieron trasladar su sede desde Bonn, a Berlín, al emblemático edificio conocido como el Reichstag, que había acogido durante siglos al parlamento alemán y que por quedar dentro de la zona Este, muy cerca de la Puerta de Branderburgo y por tanto en lado soviético, no podía ser utilizado.
Pero el edificio ya había sido reparado de un terrible incendio sufrido en época de Hitler y estaba apto para su uso, así que las cortes alemanas se trasladaron al emblemático y bellísimo edificio.

Fachada del Reichstag; a la cúpula se sube por una escalera de caracol interna

En él, el salón de plenos tiene tres puertas, por las que los parlamentarios acceden a sus escaños.
Sobre una de estas puertas existía, tiempo atrás, un cuadro que debió quemarse en el incendio a que se ha aludido anteriormente, en el que se representaba al cíclope Polifemo, el personaje mitológico de la Odisea de Homero, con un solo ojo en la frente y en el que Ulises hunde una estaca ardiendo cuando el gigante duerme, aprovechando la ocasión para huir de la cueva en la que él y sus compañeros de viaje están prencerrados y para eso se agarran a las lanas de la barriga de los grandes carneros que el monstruo guarda también en la cueva y salen sin que éste, que palpa los carneros según van saliendo se perciba que colgados de sus lanas van Ulises y los suyos.
Es muy posible que en la actualidad, el parlamento alemán cuente con un sistema informatizado para controlar el voto de cada diputado, pero tiempo atrás, muchas de las votaciones que se practicaban eran a mano alzada, un sistema muy directo, pero poco fiable, toda vez que nada impedía que un diputado levantase la mano a favor de una propuesta y luego hiciese lo mismo a favor de la contraria, así que tanto el presidente de la cámara, como los secretarios, contaban las manos que se habían levantado en cada votación.
A veces no coincidía el conteo de unos y otros, porque aparecían más votos que parlamentarios, o los números anotados por cada uno de los que contaban eran diferentes.

Cerámica en la que se aprecia a los hombres de Ulises asidos a los carneros

En esas ocasiones el presidente de la cámara optaba por una solución definitiva. Hacía vaciar la cámara hasta el último diputado y entonces los hacía entrar usando cada una de las tres puertas: una para el “sí”, otra para el “no” y la tercera para la abstención.
En cada puerta colocaba a un secretario que contaba los congresistas que iban entrando y así la cosa no fallaba.
Una de las tres opciones había de pasar forzosamente bajo la puerta que contenía el cuadro al que antes se ha hecho referencia y algún diputado, con sentido del humor calificó aquella modalidad de votación como “El salto del carnero”, en clara alusión a las imágenes del cuadro y desde entonces, en Alemania, a esta forma de votar se la viene conociendo con tan singular nombre.
Hasta el 28 de mayo de 2014 (BOE de 27 de julio 2014) existió un pueblo de la comarca de Osona, entre Barcelona y Gerona, pero provincia de la primera, que se llamaba Santa María de Corcó.
Desde la fecha indicada, el municipio pasó a denominarse L’Esquirol, por decisión de su ayuntamiento, basada en una consulta popular que ni siquiera alcanzó el 50% de participación ciudadana. Con ese nombre que se le adjudico al pueblo tiempo atrás como una especie de mote, era conocido en toda la comarca y lo debía a una famosa y muy antigua posada que, en el vestíbulo, tenía como mascota a una ardilla enjaulada, animal que en catalán se llama “esquirol”.
Pero aunque la gente de la zona conocía la anécdota de la mascota, verdaderamente el nuevo nombre del pueblo se había hecho famoso por otros hechos, de mucha más dudosa honorabilidad.

Panorámica del bonito pueblo de L’Esquirol


En los primeros años del siglo XX, el sector textil, preeminente en toda Cataluña, sufrió unas terribles huelgas que lo tenían prácticamente paralizado. Reivindicaciones de todo tipo se amontonaban en los folios presentados ante la patronal en demanda de mejoras. Pero el sector, muy potente en aquel momento, resistía y se enfrentaba a los huelguistas, e incluso actuaba contra ellos.
En la comarca de Osona existían grandes e importantes telares, cuya actividad era prácticamente nula, dada la presión social que los trabajadores venían efectuando con sus continuadas huelgas. Los habitantes de Santa María de Corcó se ofrecieron masivamente para trabajar en los telares de la zona, sustituyendo a los huelguistas, consiguiendo así volver a hacer productivo el sector, claro que con graves perjuicios para los demandantes de mejoras.
Esta insolidaria actuación de contratar personas ajenas para “romper las huelgas”, está muy mal vista por la sociedad en general, pero parece que la necesidad de los habitantes de Santa María de Corcó era superior a su dignidad y decidieron contratarse a pesar de lo que dirían de ellos y las demás presiones que debieran soportar. A estos trabajadores se les empezó a llamar “esquiroles”, por proceder de aquel pueblo al que se identificaba por la ardilla y así, con el paso del tiempo, a todos los trabajadores que se contrataban para suplir a los que estaban en huelga, no solamente en Cataluña, sino en toda España, se les viene conociendo con el nombre de “esquiroles”, en recuerdo de aquellos insolidarios trabajadores de principios del pasado siglo.
Claro que yo me pregunto si con esos antecedentes y las connotaciones despectivas que la palabra encierra, era conveniente cambiar el nombre del pueblo, aunque siendo catalán y estando bajo la advocación de Santa María, todo puede ser posible.
En otros idiomas a los obreros que no secundan las huelgas, o los que son contratados para romperlas. se les conoce con distintos nombre y así, por ejemplo, en Gran Bretaña, entre varias designaciones, la más gráfica es la de “blackleg”, “pata negra”, como nuestro apreciadísimo jamón ibérico, porque los mineros en huelga, se ponían a la puerta de las instalaciones y señalaban con el dedo a aquellos que llevaban el polvillo negro del carbón adherido a los pantalones, señal de que habían trabajado en la mina.
Si los españoles fuésemos “tan nuestros” como lo son algunos otros, nos veríamos cambiando el sustantivo por el que se conoce a uno de los manjares más apreciados en el mundo entero.
¡Cómo se va a llamar nuestro jamón, como unos “esquiroles”!