viernes, 18 de octubre de 2019

MIRALLES Y EL "GARAÑÓN"




Hace ya varios años que descubrí a este enigmático personaje, guardé documentación sobre él y la estudié cuidadosamente, pero para escribir su historia necesitaba de un algo, suceso o anécdota que pusiese la guinda al pastel y por fin, la he encontrado. Ahora la historia está redondeada y he sacado mis papeles y me he puesto nuevamente a estudiarlos.
El personaje de esta historia es Juan de Miralles Trailhon, nacido en Petrer, provincia de Alicante y capital de la comarca del Vinalopó, el 23 de julio de 1713, hijo de padres de ascendencia francesa.
Perteneciente a una familia más que acomodada, con 27 años llegó a la Habana, con bastante dinero, magníficas relaciones y buena presencia, lo que le abrió multitud de puertas cubanas, entre ellas la de María José Eligio de la Puente, la soltera más cotizada de toda la isla, por su belleza y su fortuna familiar.
Inició una incesante actividad comercial con las demás islas del Caribe, siempre buscando los artículos necesitados en unas islas y los excedentes de otras e intercambiarlos. Así trabó fuertes relaciones comerciales con Jamaica, Bahamas y las colonias británicas del continente, adquiriendo dominio de la lengua inglesa.
Con el pretexto de que servía de puente informador a las autoridades españolas de los movimientos de los ingleses en el continente americano, el gobierno hacía la vista gorda a sus actividades mercantiles, rayanas en la ilegalidad con las que en poco tiempo consiguió amasar una considerable fortuna.
Junto con el dinero, iba ganando prestigio como informador y cuando en 1776 las colonias se independizan de Gran Bretaña y la corona española decide apoyar a los independentistas, Juan de Miralles fue nombrado embajador ante las Trece Colonias.
Era de los pocos españoles que hablaba un inglés fluido y esto le hizo aproximarse mucho a los colonos independizados, con los que muy pronto establecería relaciones comerciales, surtiéndoles de tabaco, maderas, azúcar, harina y otras efectos de los que carecían por haber cortado el suministro Inglaterra.
Miralles cumplía con las instrucciones que recibía del gobernador de La Habana, mientras desarrollaba relaciones comerciales en su beneficio y así entró en tratos con afamados terratenientes americanos, entre los que se encontraba un tal George Washington, en aquel momento poco menos que desconocido fuera del ámbito agrícola.
Conviene recordar que buena parte de la costa sur de los Estados Unidos, la del Golfo de Méjico, eran posesiones españolas, como La Florida y La Luisiana, Tejas o Nuevo Méjico que en algunos momentos pasaron de manos de unos países a otros, como consecuencia de la Guerra de los Siete años y la posterior derrota de Napoleón.
Las relaciones comerciales de Miralles se fueron sedimentando y sus relaciones personales con importantes hombres de las colonias también.
Entre todas esas relaciones, quizás la más consolidada fue precisamente con George Washington, que como decía anteriormente, aun no había destacado en la política, pero era un hombre decidido a conseguir la independencia, por eso en multitud de ocasiones cogía sus armas y se ponía al frente de los agricultores que formaban grupos armados, apoyados sobre todo por tropas francesas y españolas.
Había participado como oficial de milicias en las guerras contra los indígenas y era de los pocos oficiales con experiencia bélica.
Washington, junto a Tomas Jefferson, Benjamín Franklin, John Adams y algún otro, fueron los artífices de la declaración de independencia el 4 de julio de 1776, pero la guerra continuó siete años más. 
La afinidad de empresas entre los dos era grande, pues Washington era un importante empresario agrícola lo mismo que Miralles y entre ambos la relación se fue agrandando hasta el extremo de que Juan de Miralles cuando estaba en las colonias norteamericanas se hospedaba en casa de su amigo George, en Mount Vernon.
En cierta conversación mantenida entre ambos sobre las explotaciones agrícolas y las necesidades de transportes, Miralles le comentó a su amigo que en España existía una bestia de carga de extraordinaria resistencia. Era de la familia de los équidos, más pequeño que el caballo, más lento, pero muchísimo más resistente para en trabajo duro, capaz de caminar por cualquier lugar en el que un caballo se haría daño en sus delicadas patas, mucho más fácil de alimentar y considerablemente más longevo.
Ese animal tenía otra particularidad que era la de poder cruzarse con yeguas, produciendo el híbrido al que se conoce como mulo, que guarda características de una y otra especie.
Es probable que en América hubiese burros y caballos en tiempos muy pasados, pero se habían extinguido en la época de las glaciaciones, así que los primeros animales de estas especies fueron llevados por Colón en sus sucesivos viaje, pero no eran de la especie a la que Miralles se refería que es autóctona de las provincias de Zamora y León que se conoce como “garañón”.
Tanto le habló de los garañones que Washington quedó interesado en conocer aquel animal de los que ni en Cuba ni en Norteamérica existían, así que su amigo Miralles se propuso darle satisfacción y venciendo la enorme burocracia española, solicitó de la corte de Carlos III en envío de uno de estos burros, para complacer a su amigo Washington.

Garañón zamorano

Pero los animales de esa clase estaban protegidos por leyes muy estrictas que prohibía sacarlos del país, como no fuera con autorización real.
Hay que tener en cuenta varios factores, uno muy importante era la presencia española en lo que hoy son los Estados Unidos, cuyas tres cuartas partes eran colonias españolas y el gobierno estaba muy interesado en mantener buenas relaciones con los independentistas. Lo segundo es que George Washington no era, ni siquiera soñaba, con ser presidente del nuevo país, pero era un empresario agrícola muy influyente, con el que merecía la pena llevarse bien.
En estas circunstancias Juan de Miralles enfermó de pulmonía que contrajo cuando presenciaba un desfile militar en compañía de su amigo Washington y a pesar de los esfuerzos que hicieron los mejores médicos del lugar, falleció en casa de su amigo, con gran pesar de éste y de muchos otros importantes personajes del nuevo país, en el año 1780.
Pero la tramitación del envío de un garañón siguió adelante y dos o tres años después, el conde de Floridablanca, ministro de Carlos III, autorizó la salida de dos burros, con destino a América.
He leído en algún lugar que se envió una pareja de burros, lo que no es cierto porque eso hubiese supuesto la posibilidad de reproducir la raza autóctona en tierras americanas, lo que estaba muy lejos de la idea de preservarla en su hábitat natural, así que se envió un solo macho, joven y en edad de cubrir yeguas. También se ha dicho que en realidad fueron dos machos lo que iniciaron el viaje y que solamente consiguió terminarlo uno de ellos. Eso es más probable.
Lo cierto es que desde Zamora partieron hacia el puerto de Bilbao, un mulero llamado Pedro Téllez llevando a los dos animales que embarcaron en dos barcos diferentes y en establos adecuados que el propio Téllez les construyo. Uno de los buque se hundió a consecuencia de un temporal y el otro consiguió descargar el burro en un puerto americano. Desde allí hasta la finca de Mount Vernon, aun hubieron de recorrer andando más de ochocientos kilómetros.
Washington quedo muy agradecido y envió una carta al rey español y nunca olvidó aquel detalle.
El burro fue bautizado y se le puso el nombre de “Royal Gift”, “Regalo Real” y durante años cubrió numerosas yeguas, calculándose que en los momentos actuales hay más de seis millones de descendientes suyos, lo que no parece posible ya que los mulos y las mulas no se pueden reproducir, son híbridos, mejor dicho, los mulos son siempre estériles, pero las hembras, las mulas, pueden ovular y quedarse preñadas de manera muy excepcional, aunque sus crías son débiles y con escasas posibilidades de sobrevivir.
Murió “Royal Gift” en 1796, pero en todos los Estados unidos se le recuerda, sobre todo de dos maneras muy específicas y singulares: el 26 de octubre, fecha en que desembarcó el garañón, se celebra el Día Nacional de Apreciación de la Mula y por otro lado es el símbolo del Partido Demócrata.
Países con pocas tradiciones se aferran a las que tienen con verdadero afán, otros tenemos tantas que nos importa poco ir perdiéndolas.
En nuestro acervo cultural tenemos una palabra que procede precisamente de “mulo” y no es otra que “mulato” que hace referencia a que como el mulo, el mulato procede de dos razas, en este caso humanas, distintas.


viernes, 11 de octubre de 2019

ROMA VEDUTA, FEDE PERDUTA





La cristiandad, sobre todo la católica, suele peregrinar a tres puntos concretos: los Santos Lugares, Santiago de Compostela y Roma.
En los tiempos actuales los peregrinos a Roma encuentran una espléndida ciudad y un Vaticano no menos magnífico, de arraigadas costumbres cristianas apropiado para el  recogimiento y la oración, pero hace unos siglos las cosas eran tan de otra manera que una frase corría de boca en boca de los peregrinos. Es la que da título a este artículo que quiere decir: “Vista Roma, fe perdida”, dado el clima escandaloso que imperaba en la ciudad eterna.
La aspiración de los criollos de tierras americanas, es decir los nacidos en el nuevo continente, pero de padres europeos, casi fundamentalmente españoles, era también “peregrinar”, pero en este caso a España, a conocer la Madre Patria desde dentro, y a ser posible visitar la corte española. Pero un poco de lo mismo que ocurría a los peregrinos a Roma, vino a ocurrir con algunos personajes que en años mozos pasaron por España y contemplaron una realidad que los dejaba perplejos, despertando el ansia de independencia que más tarde cristalizó.
Desde aquellas lejanas tierras se contemplaba a España como el paradigma de lo perfecto. La metrópoli del inmenso imperio español había de ser un dechado de excelencia en donde todo funcionase a la perfección y la capital de aquel idílico lugar, desde donde los monarcas gobernaban el mundo, no tendría comparación con ningún lugar por ellos conocidos.
Con esa idea vinieron a España los dos libertadores americanos: San Martín y Bolívar, cada uno por su lado y ambos marcharon de aquí con la misma sensación que el peregrino romano. No acertaban a explicarse cómo era posible que el mundo se dirigiera de forma tan lasa, tan corrupta, tan lejana de la moral, como eran las costumbres de la corte española.
Sobre San Martín ya escribí un artículo que puedes encontrar en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/03/la-cobardia-del-libertador.html en el que hacía una semblanza de su trayectoria y la forma cobarde en la que abandonó su puesto de jefe de la guardia del Gobierno Militar cuando la revuelta popular de Cádiz.
De Simón Bolívar escribí también algo de pasada cuando relaté las relaciones sexuales de la reina María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV, pero a la luz de nuevas documentaciones, he pensado que bien podría merecer dedicar un artículo al tema.
En mis anteriores publicaciones, que puedes consultar en estos dos enlaces: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/search?q=la+realeza+en+el+banquillo
hablaba de cierto sacerdote que oyó en su última confesión a la reina, la cual le dijo que ninguno de los hijos que había tenido, ni tampoco los abortos, en total veinticuatro embarazos, eran de su marido, el rey Carlos IV.
Pues bien, los amoríos escandalosos de la reina le hacían cambiar de amante en una desaforada actividad sexual que su marido, al que se conocía con el sobrenombre de “el rey Cazador”, no debía complacer.
No puede decirse que la reina fuera una mujer bella, ni siquiera atractiva y con las vestimentas usadas y la cantidad de embarazos, su figura no debería despertar la lujuria, pero era la reina y eso da un morbo exquisito.
Por su cama pasarían muchos varones, desde poderosos como Godoy, hasta anónimos y entre ellos, el protagonista de esta historia, Simón Bolívar.
Las reinas extranjeras casadas con los reyes españoles no tuvieron demasiada aceptación entre la ciudadanía, pero curiosamente, María Luisa de Parma fue una excepción, pues desde princesa de Asturias hasta los primeros años de reinado, gozaba de una amplísima popularidad y el pueblo la quería.

Retrato de María Luisa de Parma

En aquella época estaba de moda una costumbre social de las altas esferas de la aristocracia que era el cortejo. Una dama se hacía acompañar por un joven de modales educados, bien instruido, preferentemente que hablara francés e italiano, y que estuviera al día en los bailes de la corte y en las costumbres de la aristocracia, mientras su marido se dedicaba a sus tareas, ya fueran de gobierno, de guerra, de negocios o de cualquier otro tipo que le requiriese el empleo de largas temporadas fuera del hogar. La caza también estaba incluida en este complaciente capítulo.
Por eso María Luisa, ya reina, se hacía cortejar mientras su real esposo dedicaba largas jornadas a la caza.
El primer “cortejador” del que se tiene noticia, fue el valido Manuel Godoy que a través de la cama de la reina accedió a las más altas magistraturas de la nación, a la que gobernó a su verdadero antojo.
Pero es más que probable que previamente y todavía princesa, María Luisa hubiese tenido la necesidad de ocupar su lecho cuando su esposo no le hacía ni caso y Godoy no habría sido el primero, pero sí el más importante.
Todos los reyes españoles de la Edad Moderna se casaron con princesas extrajeras y como refería antes, ninguna cayó bien al pueblo español, pero en el caso de María Luisa la actitud fue diferente pues la gente la adoraba y aplaudía cuando paseaba en carruajes por Madrid. Pero como suele decirse, la mentira tiene las patas muy cortas y pronto de aquel amor popular se pasó a una indiferencia y luego al odio. Entonces la reina optó por refugiarse en los Reales Sitios y dejarse ver muy poco, pero Madrid estaba llenos de pasquines insultando a la reina y a su valido Godoy, cuya promiscuidad había desatado la furia del pueblo.
Tras muchas vicisitudes el todopoderoso Godoy cayó en desgracia pero el colchón de la reina tardó poco en calentarse, esta vez con un oficial de la Guardia de Corps llamado Manuel Mallo y que era venezolano.
En esas fechas llegó a España el subteniente Simón Bolívar, el cual por afinidad que da el paisanaje, trabó amistad con el nuevo amante de la reina. Venía imbuido por ese pensamiento que se relataba más arriba y que les hacía ver a los reyes de España como a unos seres superiores, como si ejercieran su real oficio como misión divina, sin las limitaciones y flaquezas que adornan al resto de los mortales.
En la corte evidenció la falsedad de aquella creencia que endiosaba a los reyes de España, cuando comprobó cómo se gobernaba el país sin ningún criterio de estado, cómo el rey dejaba en manos ineptas la responsabilidad suya, como rey absolutista que era, dedicándose por entero a la caza, su única pasión y cómo la reina se refocilaba con su amigo Mallo, el cual vivía en una casa contigua al palacio, con el que se comunicaba por un secreto pasadizo por el que la reina pasaba a la vivienda de su querido.
Un día en que Mallo había invitado a cenar a Bolívar y a un amigo común, Esteban Escobar, se presentó de improvisto una persona con habito de monje capuchino que al descubrirse resultó ser la reina.
Terminada la cena, que compartieron los cuatro, la reina quiso volver a palacio cruzando por la calle y para no levantar sospechas, Mallo consideró más oportuno que la acompañase Bolívar, lo que le dio a éste, hombre de habla fácil, la oportunidad de congraciarse con la soberana, la cual le invitó al sitio de Aranjuez, donde llegó a jugar un partido de pelota con el príncipe Fernando, a la postre Fernando VII.

Simón Bolívar

No existe una constancia oficial de que lo relatado hasta ahora haya sido real y más parece el argumento para construir una novela con trazas de leyenda histórica, aunque lo cierto es que Bolívar, a través de su amigo Mallo, tuvo mucho acceso a la corte y bastante contacto con la reina, lo cual hizo pensar a muchos que había algo más que amistad.
Lo cierto es que Bolívar estaba profundamente enamorado de una joven aristócrata madrileña, con la que llegó a casarse y de la que enviudó a los pocos meses, cuando al instalarse en Venezuela fue víctima de la temibles enfermedades tropicales.
Pero un día Godoy volvió de su exilio y de las primeras cosas que llevó a cabo fue mandar prender a su rival, del que no se volvió a saber nada en los círculos de Madrid, apuntándose que lo habían deportado a Filipinas, aunque años más tarde se dijo que durante la travesía había sido arrojado al mar atado a un gran peso.
La influencia que la Revolución Francesa tuvo en toda Europa y que se trasladó a las colonias con renovado afán independentista así como la pérdida de la fe que los americanos tenían en la monarquía española, fue el aldabonazo que sonó en todo el continente, del que poco a poco se fueron desmembrando los nuevos estados.
Bolívar se marchó de España habiendo transformado su amor en odio y después de haber hecho contactos en poderosos círculos de masonería, en diferentes países, comenzó su campaña libertadora que acabó con buena parte del imperio colonial español.

viernes, 4 de octubre de 2019

EL DUQUE Y "LA GIORGINA"





Que a la nobleza masculina le enloquecen las coristas, cantantes y en general las buenas hembras del mundo de la farándula, no es nada nuevo. Desde la antigüedad hasta el presente más reciente hemos comprobado casos escandalosos de estos amoríos.
Actualmente la Iglesia apenas se entromete en estos asuntos, que bastante tiene con los suyos y se limita a aconsejar continencia, a sabiendas de que es un consejo vacuo, pero en otros tiempos no era así, pues el poder eclesiástico no era solo espiritual, era, sobre todo, terrenal.
En el siglo XVII el papa Inocencio XI se propuso reformar la sociedad romana, por otra parte totalmente corrompida en todos sus estamentos, pero para una reforma en profundidad no era suficiente forzar a sus prelados a abandonar el lujo y la lujuria de que estaban rodeados, ni cambiar las prédicas, prohibir el canto de las monjas o condenar el excesivo escote de las señoras.
Eran necesarias medidas más drásticas y así prohibió, además, que las mujeres ejercieran de actrices en las comedias, obligando a que fueran sustituidas por hombres y lo que es más extravagante, llegó a prohibir que cualquier mujer que cursara estudios de música o canto de cualquier clase y en cualquier lugar, aprendiesen con hombres, fueran religiosos o laicos, aunque hubiese entre ellos parentesco.
Pretendía tutelar la moral del peligro existente entre el maestro y sus pupilas.
Pero el arte salía notablemente perjudicado.
Triunfaba entonces en Roma una cantante llamada Angiola Voglia, a la que se conocía como “La Giorgina”, la cual había recibido una notable educación musical que agregar a su belleza personal, y ambas cualidades juntas hicieron de la joven todo un éxito artístico.
Su madre, dispuesta a sacar el mayor partido de las cualidades de la joven, la puso al servicio de un acaudalado “Príncipe de la Iglesia”, el cual no llegó a casarse con ella por prohibición expresa del papa, pero el prelado, loco de amor o de lujuria, estaba dispuesto a tirar la púrpura por la borda, con tal de conseguir a la cantante.
No había fiesta de la aristocracia en la que no participara la bella cantante, la cual recibía espléndidos regalos, como los que figuran en una relación del duque de Mantua: “…una bandeja de plata grabada de unas quince libras de peso y una cajita con una bandejita y algunas joyas.”
Fernando Carlos III fue, por cierto, el último duque de Mantua, un dechado de inteligencia que cuando el papa Inocencio XI le preguntó qué le había gustado más de Roma, le respondió que una joven que cantaba como nunca había oído; fue la gota que colmó el vaso de la fingida calma del Pontífice que lanzó un bando en el que además de las prohibiciones que se han señalado anteriormente, ordenó que todas las cantarinas se encerrasen en un convento o que abandonasen Roma.
En aquellos momentos Roma quería decir los Estados Pontificios, casi la mitad del centro de Italia.
La policía pontificia creyó oportuno empezar a detener a las que no habían cumplido el mandato papal por la más famosa de todas: “La Giorgina”, que consiguió escapar y refugiarse en el palacio de la reina Cristina de Suecia, la cual vivió muchos años en Roma y que acogió a la cantante con verdadero placer.
Allí gozó del correspondiente derecho de asilo, máxime cuando la reina Cristina estaba en Roma para abjurar del protestantismo y abrazar la religión católica, acto al que la Iglesia concedía la máxima prioridad.
Así transcurrió más de un año, cuando en enero de 1688, para celebrar la boda de dos altas personalidades de la aristocracia italiana, se celebró un certamen de canto, al que la reina permitió que asistiese “La Giorgina” y allí la conoció el embajador de España ante la Santa Sede, don Luis de la Cerda y Aragón, IX duque de Medinaceli, nacido precisamente en mi pueblo, El Puerto de Santa María, concretamente en el Castillo de San Marcos, joya arquitectónica de la ciudad perfectamente conservada, el cual quedó prendado de la cantante hasta el extremo de querer acogerla bajo su protección, pero se encontró con el escollo insalvable de la reina Cristina de Suecia, celosa hasta el extremo de los artista que estaba bajo su protección.
Rara en extremo, se dice que en realidad Cristina sentía amor por la bella cantante, con la que mantuvo un apasionado romance.
La reina enfermó en febrero de 1689 y aunque parecía haberse recuperado, a raíz de un grotesco incidente protagonizado por monseñor Vaini que se coló con fines lúbricos en el cuarto de Giorgina, la reina se agravó y falleció pocos días después.
Muerta la reina, la cantante pasó a la disposición del pontificado, donde decidieron ingresarla en un convento, pero no era querida por las congregaciones religiosas y buscarle un acomodo estaba resultando muy dificultoso. En estas, murió también el Papa Inocencio, al que sucedió Alejandro VIII, un papa que en dieciséis meses dilapidó la fortuna del Vaticano en dádivas a familiares y rebajas de impuestos y nombró a sus parientes para los cargos más importantes de los Estados Pontificios.
Menos mal que la muerte se lo llevó presto que de no ser así se hubiera cargado una institución que duraba ya diecisiete siglos.
El nuevo papa no dudó en entregar la custodia de Giorgina al duque de Medinaceli, a quien se acogió en la embajada española, con gran cólera del otro pretendiente, el duque de Mantua que había entrado en tratos con la familia de la joven para llevársela a su corte.
Por su parte el de Medinaceli exhibía su reciente conquista con verdadero descaro y orgullo, llegando a ser amonestado por la corona española, que en ese momento estaba sobre las sienes del infausto Carlos II.
Sorprendentemente todo esto se realizaba ante los ojos de la esposa del Medinaceli, María Teresa de las Nieves, hija del conde de Osuna, la cual estaba tan encariñada con la cantante que no alcanzaba a ver la realidad que se escondía tras aquella pretendida admiración exclusiva de su arte.
La admiración que despertaba Giorgina llevaba a los hombres a desenvainar la espada y hacer sangre por tal de preservar la primacía que la cantante detentaba, como ocurrió con el gentilhombre de la embajada española José de Villanueva que mató a dos lacayos del marqués de Rispoli, por querer que su carruaje entrase en una fiesta por delante del de Giorgina.
Lo cierto es que en Roma se llegaron a acuñar monedas dedicadas a la cantante, como esta de la fotografía.
 


En esas, el duque es nombrado virrey de Nápoles, uno de los cargos más importantes de la corte española, en donde hizo una entrada triunfal en los primeros días de abril de 1695 y en una de las carrozas de gala de la virreina pudo verse el bello rostro de la cantante, a la que acompañaba su hermana Bárbara, joven también de gran belleza.
Aparte de las dos hermanas, el ahora virrey no dudaba en dar cobijo en su palacio a cuanta cantante agraciada pasara por su virreinato, hasta alcanzar fama de libidinoso, extremo que el pueblo tradujo en un dicho, cuando fue cesado de su cargo y es que se decía que en Nápoles ya solo quedaban cinco pecados capitales pues la soberbia y la lujuria, se los había llevado el duque, que también se llevó a España a su amante Giorgina.
Pero además de lujurioso, soberbio y perezoso, cualidades que tenía con colmo, el duque no debía ser ni medianamente inteligente, pues siendo nombrado ministro por Felipe V en el año 1709, empezó a conspirar contra el monarca en defensa del archiduque Carlos, pretendiente al trono español.
Fue descubierto en esa burda conspiración y dio con sus huesos en el real Alcázar de Segovia y de allí trasladado a Pamplona, donde murió el 26 de enero de 1711, se dice que envenenado.
Con la muerte del duque comenzaron las desgracias de Giorgina que también fue presa en el Alcázar de Segovia. Nada más volvió a saberse de la amante ducal de la que también se llegó a afirmar que había muerto estrangulada en la prisión, cosa que no es cierta, pues en septiembre de 1714 un diario romano publicaba que Angiola Voglia, la famosa cantarina romana llamada “La Giorgina”, que había estado presa por ocultación de joyas, había sido puesta en libertad y obligada a salir del reino de España.
Después de esta noticia, nada más se volvió a saber de la guapa cantante y lo más probable es que regresase a Italia donde sería bien acogida en la casa de algún otro noble.
Los asuntos que atañen de cintura para abajo nunca han tenido arreglo, ni lo tendrán.