jueves, 18 de febrero de 2021

LA UNIVERSIDAD MAS ANTIGUA DE ASIA

 

En realidad el título no es correcto, aunque en toda la documentación que he manejado, se dice así, Incluso que fue la primera en crearse, lo cierto es que unos años antes de nacer esta universidad, los jesuitas crearon en 1590 la más antigua de Asia, pero se cerró en 1770 como consecuencia de la expulsión de la orden religiosa de todos los territorios españoles, por tanto a la que nos vamos a referir es a día de hoy las más antigua en funcionamiento.

Hecha esta breve aclaración pasamos a desarrollar el artículo.

Asia es un continente antiguo. Muy antiguo. Cuando los primeros europeos llegaron a Asia quedaron impresionados por su cultura milenaria, sus riquezas, el refinamiento de sus costumbres, el lujo de sus casas o de sus atuendos y en fin, muchas otras cosas que los asiáticos, chinos, indios y japoneses, sobre todo, tenían como cotidiano y sin embargo para el europeo era impensable.

El primer relato de viajes a China, Mongolia y el Asia Central, el de Marco Polo, se escribe a finales del siglo XIII, cuando Marco Polo coincide en prisión con Rusticello de Pisa, un escritor que, como él, luchaba a favor de la República de Venecia, contra la de Génova.

Marco le cuenta la historia de sus viajes y su relación con Kublai Kan y el escritor las lleva al papel.

De niños todos las leímos y soñamos con las maravillas y las aventuras que se describen.

Pero a pesar del lujo y el boato con que las clases altas de las sociedades asiáticas se arropaban, en ningún momento ese bienestar alcanzaba a las clases populares que seguían viviendo en un estado total de abandono y con una escurrida cultura y economía de supervivencia.

Ni Japón, ni China en donde los primeros religiosos jesuitas que llegaron, se encontraron a una clase poderosa rodeada de lo que desde entonces se llama “lujo asiático”, pudieron encontrar detalle alguno de que los gobernantes sintieran preocupación por su pueblo.

En aquella época, siglos XV y XVI, el este de Asia estaba muy feudalizado pero ningún gobernante feudal sentía la más mínima inclinación de satisfacer a sus súbditos.

Buena prueba de ello es la tremenda incultura que padecía toda la población, donde el analfabetismo alcanzaba cuotas difíciles de imaginar hoy día.

Por eso, los primeros viajeros que llegaron a Asia, sobre todo portugueses y españoles, se encontraron con el panorama ya descrito.

No había escuelas en donde se enseñara a leer y escribir, aunque sí se le preparaba como guerreros o para otras actividades y ni que decir tiene que no encontraron ninguna universidad.

En el año 1565, Legazpi protagoniza el primer asentamiento español en las islas que más tarde serían llamadas Filipinas, en honor al rey Felipe II y comienza la culturización de un pueblo que vivía al borde de la prehistoria. Acompañado por algunos sacerdotes, sobre todo agustinos y dominicos, aunque más tarde también jesuitas, se inicia un proceso que tiene un doble sentido en la mentalidad de la época; primero extender la religión católica, luego dar al pueblo una mínima instrucción que le permita una supervivencia más agradable por sus propios medios.

Mucho debieron prosperar las cosas en aquel montón de islas porque cincuenta años después un dominico, tercer arzobispo de Manila, sembró el embrión de lo que sería la primera universidad de Asia.

Poco sabemos de aquel arzobispo, pero hay algunas notas que le definen. Su nombre era Miguel de Benavides y Añoza y había nacido en Carrión de los Condes, provincia de Palencia, en el año 1552.

Con quince años inició su vida religiosa en la orden dominica de Valladolid y en 1586, habiendo adquirido cierto prestigio por sus cualidades intelectuales, marchó a Filipinas.

Cuatro años después, fue de los primeros dominicos que entraron en China, donde permaneció algunos años, durante los que adquirió tal conocimiento del idioma chino, que le permitieron escribir la primera gramática en lengua china.

Fue nombrado obispo de la diócesis de Nueva Segovia, en la isla de Luzón y posteriormente arzobispo de Manila, la más antigua diócesis de las Filipinas.

Preocupado por la cultura y la formación de las personas, el arzobispo Benavides fundó lo que sería la segunda universidad de Filipinas, aunque la magna obra quedó en embrión durante algunos años, si bien se fueron adquiriendo libros y material con el que surtir su biblioteca.

 

El fundador Miguel Benavides Añoza

 

En 1605 falleció el arzobispo Benavides, donando su gran biblioteca y todos sus recursos personal a los fondos de la universidad que todavía quedaba más en la intención y el ánimo de los que la impulsaban que en la realidad, pues lo único que funcionaba era un seminario.

Por fin, en el año 1609, se solicitó del rey Felipe III una licencia que permitiera crear una universidad en Manila. De manera extraña, a pesar de que España está sufriendo una gravísima crisis económica, consecuencia de la multitud de frentes bélicos que tiene abiertos, la universidad se funda y empieza su construcción el 28 de abril de 1611.

En esa fecha el notario general de Filipinas, Julián Illián, certificó el acta de fundación de la que se llamaría Colegio Nuestra Señora del Rosario, cambiando posteriormente su nombre a Colegio de Santo Tomás, hasta que el papa Inocencio III lo elevó al rango de universidad en 1645 y que más tarde sería adornada con los títulos de Pontificia y Real Universidad Católica de Filipinas.

Desde el año 1865, la universidad tiene la autorización para dirigir y supervisar a todas las escuelas en Filipinas, autorización otorgada por la reina Isabel II.

Las intenciones religiosas de cristianizar el archipiélago dieron su fruto y aun se conservan muchos vestigios de la presencia hispana, así como muchos creyentes cristianos que son el 90% de la población, de los que el 80% son católicos. Es el país con más católicos de Asia, el siguiente es Timor Oriental y el tercero del mundo, tras Brasil y Méjico.

Ese dato le da aún más carácter a la universidad católica y en la actualidad se ha convertido en la mayor universidad católica del mundo.

Su fama en toda Asia es tal que de muchos países del continente acuden estudiantes para formarse en sus aulas y en un recuento realizado hace unos años, tenía más de cuarenta mil alumnos.

En sus aulas ha estudiado gran parte de la élite intelectual, social y política de Filipina y de otros países.

Los primeros cursos que se impartieron en sus aulas, veinticinco años antes de que se fundara la universidad de Harvard, la más prestigiosa de Estados Unidos, fueron: derecho canónico, teología, filosofía, lógica, gramática, arte y a partir de finales del siglo XIX, farmacia y medicina.

A principios de los años veinte del siglo pasado, los edificios destinados a universidad, construidos dentro del casco amurallado de Manila, empezaron a quedarse cortos y fue necesario sacarla al exterior, construyéndose un edificio que se inauguró en 1927 y que fue el primero construido con protección contra terremotos y en donde se admitieron mujeres en sus aulas.

 

Aspecto actual de la Universidad de Manila

 

Como dice Elvira Roca Barea en su libro Imperiofobia y Leyenda Negra, el odio de los países que fomentaron la leyenda contra España, les ha impedido ver la realidad de lo que los descubrimientos y las conquistas españolas han supuesto de verdad.

Ningún otro país colonizador ha creado universidades en sus colonias, ni provocado el fenómeno étnico del mestizaje. Ingleses, holandeses daneses, alemanes o franceses que han poseído colonias por todo el mundo no crearon ni una sola universidad, ni se mezclaron con la población indígena. Se limitaron a sacar cuantas riquezas pudieron y comerciar a base de la explotación de los nativos.

Solamente Inglaterra creo universidades en sus colonias de Norteamérica, pero no eran para los nativos, sino para sus colonizadores.

Ni siquiera se molestaron en propagar su fe, la que fuera, que en aquella época era de vital trascendencia.

Sin embargo España, allá donde fue se preocupó por extender la fe católica, extender la cultura e integrarse en el medio en que se desenvolvía. De ahí surgieron grandes personalidades en el mundo de la religión, con muchos de ellos elevados a los altares, de la misma manera que surgieron grandes literatos, militares y profesionales de todas las ramas. 

Pero no importa, lo mismo que en España parece que no hay democracia plena, aunque disfrutamos de todas sus ventajas, tampoco desistiremos de achacarnos, nosotros mismos la Leyenda Negra.

jueves, 11 de febrero de 2021

EL LEON DE QUERONEA



A lo largo de la historia ha habido innumerables batallas que se han ido desarrollando por toda la geografía de los distintos continentes. Muy pocas veces en un mismo lugar han ocurrido dos batallas y mucho menos tres, pero no es un caso insólito. Hay un lugar en donde se han celebrado cuatro batallas de gran importancia, eso sí: a lo largo de XVII siglos.

Ese lugar es Queronea, una ciudad de las más antiguas de Grecia situada a la orilla del río Cefiso y en un punto  estratégico, cerca de Atenas, en el centro de Beocia, la zona norte del canal de Corinto y dominando la entrada a la península del Peloponeso. Ya aparece en la Ilíada de Homero y su importancia estratégica la tuvieron en cuenta las polis, ciudades-estado, de Tebas y Atenas.

De las acciones bélicas allí celebradas, vamos a empezar por la última, la celebrada en el mes de marzo del año 1311, quizás no tan trascendente como alguna de las otras, pero con una importancia capital para la Corona de Aragón, pues allí se enfrentaron los famosos almogávares contra los francos, que desde la Cuarta Cruzada se habían asentado en aquellos territorios.

En realidad la batalla se ha denominado del Río Cefiso, por ser en sus orillas donde se enfrentaron los ejércitos, pero eran las llanuras de Queronea, la ciudad más cercana  y su territorio, el escenario de la batalla.

El ejército franco era tan superior que la batalla se daba tan por perdida que algunos mercenarios del ejército almogávar salieron huyendo. Pero unos quinientos catalanes que luchaban en el ejército franco, se pasaron al lado de los aragoneses.

Doce mil soldados y tres mil caballeros francos se enfrentaron a tres mil soldados y quinientos de a caballo almogávares, que por contra disfrutaban de una muy superior posición en el campo de batalla, pues se encontraban en terreno seco, mientras el enemigo debía atravesar zonas pantanosas, donde el peso de las armaduras los dejó inmovilizados y ya a tiro, recibieron una lluvia de flechas y dardos que los diezmó.

¡Despierta Hierro! El grito de guerra almogávar, lanza a sus soldados contra las filas enemigas, que deja de ser una lucha para convertirse en una verdadera carnicería, y a la vista de que la victoria está cercana, aquellos que desertaron ante el miedo a la superioridad del enemigo, volvieron al campo de batalla, terminando la degollina iniciada por los soldados almogávares.

Desde aquella victoria la Corona de Aragón reforzó su prestigio en las tierras griegas, donde la bandera de las barras rojas y amarillas ondeó en el Partenón  Ateniense durante más de setenta años.

 La batalla anterior había ocurrido en el año 86 antes de nuestra Era entre el ejército de la República de Roma, mandado por el procónsul Sila y el ejército de Mitrítades, rey del Ponto Euxino, dirigido por los generales Arquelao y Taxiles.

La presencia de Roma en las tierras griegas tenía una fuerte contestación, por la misma razón el Senado romano tenía gran interés en su conquista. La principal dificultad griega era que no formaban un estado sólido, unido, sino que cada ciudad y su zona de influencia caminaba por su lado.

Ante esta fragmentación, el general Sila preparó un ejército compuesto por cinco legiones con el que enfrentarse al rey Mitrítades.

En el año 86, tras largo asedio cayó la ciudad de Atenas y a continuación su puerto, El Pireo. Ambas poblaciones fueron masacradas por el ejército romano que pudo comprobar que durante el asedio, los atenienses habían practicado el canibalismo, antes que morir de hambre.

Fue en Queronea donde se libró la batalla decisiva que enfrentó a Sila, con un ejército de veinte mil hombres, contra el general Arquelao con un ejército de cien mil.

La estrategia y el genio militar de Sila hicieron posible la victoria en una batalla de fuerzas tan desproporcionadas.

Sería cuestión ahora de hablar de la batalla inmediatamente anterior, pero esa es tan singular que prefiero relatar la que se dio antes, en el año 447 a de J.C y que fue la primera batalla de Queronea.

En aquellos momentos Atenas era la ciudad más poderosa de Grecia. Bajo su dominio se encontraban varias ciudades que pertenecían geográficamente a otras ciudades estados y este era el caso de Queronea, que formando parte de la región de Beocia, que ocupaba la margen norte del Golfo de Corinto, pertenecía a Atenas.

Beocios y atenienses se enfrentaron en la llamada Primera Guerra del Peloponeso y los primeros consiguieron reconquistar Queronea que pasó así a formar parte de su estado.

Pero sin lugar a ninguna duda la batalla que ha puesto en la historia a esta ciudad, fue la ocurrida en 338, entre Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro Magno y una coalición formada por atenienses, tebanos, corintios y algunas otras ciudades aliadas a esa fuerza común del Ática, amenazada por la ambición del rey macedonio de apoderarse de toda la península griega.

Macedonia era un reino que ampliaba constantemente sus territorios y sus recursos. Era próspero y contaba con un poderoso ejército, lo que suponía una constante amenaza para las polis griegas, sobre todo para Atenas y Tebas.

En el verano de 339 a. C. Filipo, al frente de su poderoso ejército, marchó sobre Grecia, creando una fuerte incertidumbre que propició una alianza entre las dos ciudades antes nombradas, a la que se unieron otras muchas, aunque su aporte en número de efectivos era considerablemente inferior.

Fue una batalla decisiva pues los ejércitos de la coalición fueron prácticamente aniquilados y como única solución de supervivencia todas las ciudades hubieron de aceptar las condiciones que imponía el rey macedonio que fue crear la llamada Liga de Corinto que convertía a todos en aliados de Filipo.

Solamente Esparta, la ciudad más importante de la península del Peloponeso y famosa por la austeridad en sus costumbre, no aceptó aquella alianza.

Tras las estrategias propias del planeamiento de las batallas, los ejércitos griego y macedonio se enfrentaron en Queronea, entablándose una batalla que pasó a la historia por diversos motivos, entre otros porque en ella luchó el llamado “Batallón Sagrado de Tebas”.

Era este batallón la élite de la infantería y estaba compuesto por trescientos hoplitas (soldados) escogidos entre los jóvenes más distinguidos de la ciudad y que ya hubieran tenido alguna ocasión de demostrar su arrojo.

La singularidad es que sus miembros formaban parejas de amantes entre los que existía un vínculo que los tebanos consideraban indestructible.

Ya en la Ilíada, a la que nos volvemos a referir, se había reflejado el ardor guerrero entre los jóvenes que se amaban, como ocurría entre Aquiles y Patroclo.

Unos años antes de la formación de tan peculiar ejército, el propio Platón, en su obra “El Banquete o del Amor” reflexionaba sobre la conveniencia de la formación de un ejército formado por parejas de amantes y así lo escribió: “(…) si por cualquier circunstancia, un Estado o un ejército pudieran estar compuestos sólo de amantes y de amados, no habría pueblo que llevase más alto el horror al vicio y la emulación de la virtud. Los hombres, así unidos, aunque en pequeño número, podrían en cierto modo vencer al mundo entero”.

En la batalla, las parejas de guerreros luchaban espalda contra espalda, de manera que cada uno protegía la parte más vulnerable de su amante.

Aún con ese ejército hipotéticamente invencible para los filósofos, Filipo II derrotó a la coalición de ciudades.

Después de aquella batalla se contabilizaron más de mil muertos entre tebanos y atenienses, pero aún ante tamaña derrota, los tebanos quisieron honrar a sus jóvenes guerreros que tan valientemente habían dado sus vidas y erigieron un monumento que se compone de una base o pedestal de seis metros de altura, sobre la que se exhibe la escultura de un león que tiene la misma altura.

El monumento se llama “El león de Queronea” que da título a este artículo y bajo su base fueron enterrados doscientos cincuenta y cuatro cuerpos de aquellos soldados amantes.

 

Monumento a la batalla de Queronea

 

Cierto que la homosexualidad no fue nunca entendida en el mundo clásico de la manera en la que se entiende ahora en casi todo el mundo.

Era entonces una forma de amor, sin orgullo ni prejuicios; sin obscenas exhibiciones.

            Si en cualquier lugar del mundo en donde actualmente se celebra el día del orgullo gay, se instalara un “banderín de enganche” para ver cuantos de los que se exhiben con atuendos de extraordinaria agresividad se apuntaban a filas, seguro que no habría ni un solo voluntario.  

miércoles, 3 de febrero de 2021

MAS IMPRUDENCIAS REALES


Una inveterada costumbre se ha mantenido a través de los siglos y no es otra que poner calificativos a los reyes; y no es solo una costumbre española, en todas las monarquías se ha dado. Pero vamos a ceñirnos a la española donde los calificativos van desde el “Santo” al “Felón”, desde el “Cruel” al “Campechano”, desde el “Sabio” al “Hechizado”. Desde el “Piadoso” que se asignó a Felipe III,  a su padre conocido como el “Prudente”.

Este es el sobrenombre que se adjudicó a Felipe II, el monarca más poderoso que ha conocido la historia del mundo y al que ya dediqué varios artículos sobre sus peculiaridades, pero no está tan claro que fuera un rey prudente, sino más bien, como muchos historiadores lo han definido, un rey abúlico.

Pero determinadas actuaciones a lo largo de su vida, hacen pensar que antes de ser una persona prudente, es decir, que meditaba y calibraba sus actuaciones, estudiaba sus consecuencias y obraba de la forma más conveniente a los intereses de su estado, era alguien que andaba por el mundo apoyado en una superioridad mundialmente reconocida y con una conciencia un tanto complaciente.

Aparte de la escabrosidad del tema de su hijo, el príncipe Carlos que murió confinado en palacio y en extrañas circunstancias, otros dos hechos corroboran esta impresión mía, aunque ya se que no soy nadie para sacar conclusiones y mucho menos de personaje tan importante y trascendente.

Puede consultar mi artículo sobre el príncipe Carlos en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2015/02/felipe-el-imprudente.html .

No se puede considerar prudente a quien protagonizó, entre otros, dos de los peores errores de su reinado y de nuestra historia y que trajo consecuencias de lo más nefastas.

Los hechos no son muy conocido y por eso me atrevo a sacarlos a relucir.

Aunque el protagonista, es decir, el que tenía el poder de cambiar los acontecimientos, fue el rey Felipe II, el verdadero personaje central de esta historia fue Lamoral Egmont, IV Conde de Egmont.

Nacido en Flandes en 1522, fue el segundo hijo de una de las familias más ricas y poderosas de los Países Bajos; sobrino del Emperador Carlos V y por tanto primo del príncipe Felipe, recibió una importante educación militar en España dentro de la propia casa real. Con veinte años, por muerte prematura de su hermano mayor, heredó lo que entonces era una provincia española y que hoy es el reino de Holanda.

Fue una persona tan importante en la corte española que Felipe II le eligió para representarle en la ceremonia del casamiento con María Tudor de Inglaterra. En el campo militar participó en la batalla de San Quintín, la gran victoria sobre el ejército francés y en la de Gravelinas que marcó, con la victoria española. el fin de la guerra entre los dos países, el de Egmon jugó el papel estratégico más importante.

Tal confianza tenía en él el rey Felipe que le nombro lugarteniente de los Países Bajos, es decir, era su virrey.

Pero surgió la cuestión religiosa en la que Felipe era absolutamente intransigente y es que Egmont, junto con otros importantes personajes flamencos como Guillermo de Orange o Felipe de Montmorency, conde de Horn, eran contrarios al establecimiento de la Inquisición en los Países Bajos para perseguir las desviaciones católicas, pero sobre todo, para atajar la herejía luterana.

Creyendo que su parentesco con el rey, su condición de católico y aparte los innumerables servicios prestados a la corona obrarían en su favor y conseguiría convencer al monarca español de que aquellos países no eran como España y que la libertad religiosa estaba muy arraigada en el pueblo flamenco, nada consiguió en la corte española y su adhesión y amistad con su primo se fueron enfriando.

Estalló en Amberes una oleada de destrucción de iglesias católicas que se extendió por todo Flandes y Felipe II, con su escasa prudencia, envió a reprimir militarmente aquellos desordenes a un poderoso ejército al mando del funesto Duque de Alba, cuya persona aún se recuerda tristemente en Flandes.

Lo primero que hizo el Duque a su llegada a Bruselas fue citar a Egmont y al conde de Horn con la excusa de transmitirle las instrucciones reales y cuando los tuvo ante su presencia ordenó su arresto y sin juicio alguno los condenó a muerte, so pretexto de haber sido ellos, junto con Guillermo de Orange, que no pudo ser detenido, quienes alentaron los tumultos, que Egmont, como lugarteniente del rey, estaba obligado a evitar.

El cinco de junio de 1568 fueron decapitados en la Gran Plaza de Bruselas, en donde una placa conmemora la injusta ejecución. 

 

Cierto que la posición real era muy complicada, pues se hacía necesario demostrar quien detentaba el poder, pero otras formulas menos dramáticas hubieran sido posible y sobre todo no habría traído las nefastas consecuencias que aquella ejecución produjo.

Egmont tenía un hijo pequeño, llamado precisamente Felipe, que al llegar a la edad adulta heredó todos los títulos de su padre y que con mucha visión estratégica fue acogido por Guillermo de Orange para presentarlo como paladín de su lucha contra la dominación española.

Pero el joven Egmont en cuanto pudo se sacudió el yugo que trataba de imponerle el de Orange y fue a buscar el cobijo en su pariente el rey Felipe II, al que sirvió militarmente, tanto que fue encargado por el rey de presentar batalla a Guillermo de Orange en 1579 y tras vencerlo no lo pudo capturar porque huyó en el último momento.

El ajusticiamiento de Lamoral Egmon no fue una prudente medida y desató el comienzo de la secesión de los Países Bajos.

Tampoco lo fue la de otro importante personaje de la política española: Juan de Lanuza, Justicia Mayor de Aragón, el antecedente de nuestro actual Defensor del Pueblo.

Juan de Lanuza, llamado el Joven, para diferenciarlo de su padre que llevaba el mismo nombre y ostentó el mismo cargo, fue el quinto Justicia Mayor de Aragón con el mismo nombre, por lo que “El Viejo” y “El Joven” se sucedieron en varias ocasiones.

El protagonista de esta historia nació en lugar desconocido, en el años 1564 y aun en vida de su padre ya fue confirmado por Felipe II como digno sucesor de su padre.

Pero en estas se produjeron en España unos acontecimientos que convulsionaron a la monarquía. El todopoderoso secretario real Antonio Pérez se vio involucrado de manera muy grave en el asesinato de Escobedo, el secretario de don Juan de Austria. Detenido y encarcelado consiguió escapar de la prisión de Madrid en el año 1590 y busco inmediato asilo en Aragón, aludiendo su condición de aragonés, -aunque había nacido en Guadalajara- y por conocer perfectamente que sus fueron y su Justicia Mayor, lo protegerían.

En ese entreacto fallece Lanuza Padre y su hijo le sucede en el cargo, encontrándose con una patata caliente difícil de resolver. Era el 22 de septiembre de 1591.

Por un lado se encuentra la rectitud de su carácter, su formación jurídica y el apoyo que recibe de personajes tan importantes como el Conde de Aranda o del poderoso Juan de Luna, incluso del propio pueblo aragonés, celoso de sus tradiciones que no veía con buenos ojos que ni siquiera el rey interfiriera en los conflictos de justicia de la antigua Corona: “Antes Fueros Leyes que reyes”

Del otro lado se encuentra al rey que personalmente guarda un odio feroz a quien había sido su mano derecha. Solicita del Justicia Mayor que le entregue al condenado y Juan Lanuza El Viejo, se niega, pero el rey empecinado en su artera venganza no duda en saltarse todos lo vallados y usando el Tribunal de la Inquisición, lo mismo que en Flandes, consigue encarcelar a Antonio Pérez, acusándolo de herejía.

Una serie de violentos altercados acaban con el asalto a la sede inquisitorial y liberan al preso que huye rápidamente a esconderse donde mejor pueda.

Y aquí comienza la otra imprudencia del rey, al enviar a Aragón al igual que antes a Flandes, a un ejército poderoso para sofocar el levantamiento lo que se llevó a cabo con una saña y brutalidad tales que no solo acabaron con la vida de muchas personas, entre ellos muchos inocentes, sino que se sembró de sal las tierras de las ciudades que más hostilmente se opusieron a la injusticia real.

Fue ese el momento en el que el Joven Lanuza sucede a su padre y no dudó ni un solo momento en ponerse al frente de la sublevación en defensa de los Fueros.

Antonio Pérez consigue huir a Francia, pero Felipe manda apresar al Justicia Mayor, un joven de apenas veintiséis años, al que juzga, condena y manda decapitar.

La acción tenía un doble sentido. En primer lugar castigar la sublevación de Lanuza, su oposición al poder real y la segunda y no menos importante tenía el significado implícito de dejar descabezada una institución tan importante como era la de Justicia Mayor.

Pero el pueblo de Aragón jamás olvidó el ultraje a sus fueros, como tampoco olvido el dolor por las víctimas caídas en el enfrentamiento y la ruina económica que le llegó luego.

Ejecución de Juan de Lanuza “El Joven”