jueves, 10 de marzo de 2022

ME DUELE TODO

 A lo largo de la historia y desde que somos España, no hemos tenido demasiada suerte con los reyes: los dos primeros Austrias, Carlos III y poco más, en aquella época en la que el rey reinaba y gobernaba, tarea fundamental para la buena marcha del país.

Todos los demás también reinaron, pero lo que se dice gobernar, lo dejaban en las manos de sus validos que hacían del rey un pelele manejable al que entretenían con la caza, las bellas mujeres de la corte, la música, el teatro y la dulce holganza. La tarea de gobernar recayó durante siglos sobre estas poderosas cabezas, en algunos casos más irreflexivas aun que la del propio rey.

Ya tuvo validos el reino de Castilla con Álvaro de Luna, el marqués de Villena, Beltrán de la Cueva y algún otro, pero esa tradición se rompió drásticamente con los Reyes Católicos y sus sucesores, hasta que Felipe III, volvió a instaurar la mala costumbre de dejarlo todo en manos ajenas y así, el duque de Lerma primero y el de Uceda después, actuaron a su antojo. Su hijo, el IV Felipe tampoco se privó de privados, entre los que destacó el Conde Duque de Olivares.

Pocos países se libraron de esta plaga si su forma de gobierno era la monarquía y hasta Inglaterra disfrutó de Lord Buckingham, favorito de dos reyes y los cardenales Richelieu y Mazarino, su sucesor que fue cardenal sin ser sacerdote, también ejercieron su influencia en la Francia de Luis XIII.

Pero el que más validos tuvo y quizás el que más los necesitó fue el desgraciado Carlos II, del que todo el mundo conoce y del que ya he escrito en varias ocasiones.

El último Austria tuvo nada menos que cinco validos, entre los que destaca su hermanastro, Juan José de Austria, el reconocido hijo de Felipe IV y la guapísima actriz y cantante, María Calderón, “la Calderona”.

Al rey Carlos empezaron a llamarlo “El Hechizado” desde que se quiso encontrar una justificación para que un engendro de tal envergadura fuera fruto de la unión carnal de un rey con una mujer de la realeza. Era imposible; los reyes no podían excretar semejante desecho, tenía que haber una causa que lo propiciara, un encantamiento, un hechizo, cualquier cosa que valiera como justificación.

Pero no. La única causa era y es la consanguineidad, ese empobrecimiento progresivo de la sangre a la que conduce la más feroz endogamia entre familiares de todos los grados y que tanto y tan bien practicaron casi todos los monarcas españoles: tener hijos tarados antes de que mi imperio se desmiembre. Aunque el imperio no se extinguió, sí que lo hizo la dinastía de los Habsburgo.

A finales del siglo XVII, momento del reinado de Carlos II, no se sabía mucho de medicina, la genética se ignoraba y se seguían curando enfermedades con procedimientos seculares, pero quizás alguien tendría que haber caído en la cuenta de que mientras los hijos bastardos de los reyes, habidos con ciudadanas a las que no unía ningún vínculo familiar, eran bastante normales, los habidos dentro del sagrado matrimonio iban degenerando progresivamente. Qué pasaba, ¿qué Dios protegía más a los bastardos que a los nacidos bajo su santo sacramento?

Bastaría echar un vistazo a dos bastardos insignes, reconocidos por sus padres: Juan de Austria, hijo de Carlos I y la alemana Bárbara Blomberg y el mencionado anteriormente Juan José de Austria.

El adefesio real al que llamaron “el Hechizado”, tuvo como primer valido al confesor de su madre, Mariana de Austria, un jesuita austríaco llamado Juan Everardo Nithard, que la reina se trajo cuando vino a casarse con Felipe IV. Otro matrimonio curioso; iba a casarse con su primo el príncipe Baltasar Carlos, pero como se murió, se casó con el padre que era hermano de su madre. ¡Es igual, el hijo o el padre, lo que importa es engarzar con la familia real española!

Mariana de Austria     
  
Everardo Nithard

El segundo fue Fernando de Valenzuela, más valido de la regente que del rey. El tercero fue su propio hermanastro Juan José, hombre brillante en los aspectos político y militar que ponía nerviosa a la corte con su sola presencia.

Apartado por su padre de la línea sucesoria, decidió el rey confiar el reino al recién nacido Carlos, hijo de sagrado matrimonio -aunque desde un primer momento se sabía a lo que podía llegar-, antes que comprometer la continuidad de su casa real con un monarca bastardo.

La infancia y adolescencia del príncipe Carlos fueron una sucesión ininterrumpida de sustos y disgustos, no ya por la quebrantada salud del joven, también por sus comportamientos.

 Sin embargo, al llegar la mayoría de edad y por tanto el momento de su coronación, llamó a su hermanastro y tras muchas vicisitudes, consiguió nombrarlo primer ministro y arrinconar a su madre, al confesor Nithard y al valido Valenzuela.

Esto ha hecho que algunos historiadores se planteen la debilidad de carácter que se atribuye al último Austria que en un momento de extraordinaria tensión dentro de su familia y de toda la corte, a sabiendas de que su hermanastro lideraba una facción que lo promovía como sucesor de la corona a la muerte del rey, cosa que se creía inminente, quiso tenerlo a su lado y confiar plenamente en él. Para eso hubieron de producirse tormentosos sucesos, como eliminar a los adversarios de todos los órganos de poder y de la propia Corte, desterrar a la reina madre y a su valido Valenzuela, al que encerraron en Consuegra y despojado de todos los títulos y honores, desterrar también al almirante de Castilla que con otros altos cargos fueron diseminados por el suelo patrio.

Al mismo tiempo se procedió a recuperar a los que habían sido expulsados o exiliados por la intervención de la reina y los anteriores validos, formando un conjunto de personas a su alrededor que demostraron tener una correcta visión de Estado y se ocuparon del reflotamiento económico y una renovación política en todos los órdenes tendentes a conseguir moralizar la administración. Pero lamentablemente Juan José de Austria moría durante una epidemia de peste en el año 1679, sin que hubiera llegado a alcanzar los objetivos propuestos, en cuyo caso habría que preguntarse cuál habría sido el destino de España.

Aún, el Hechizado vivió veinte años más, durante los que quiso llevar personalmente el peso del gobierno, aunque era plenamente consciente de su incapacidad para gobernar, no así para saber rodearse y confiar en personas que, como el duque de Medinaceli, que sucedió como valido a su hermanastro, hicieron que España, a decir de modernos historiadores, fuese como “un remanso de paz”, donde hubo superávit económico, ausencia de las bancarrotas que habían asediado a sus antepasados y una etapa de progreso y bienestar envidiables.

Aún con una salud deplorable, Carlos sobrevivió a su primera esposa María Luisa de Orleans, lo mismos  que había sobrevivido a sus cuatro hermanos mayores.

Es proverbial cómo la naturaleza humana se resiste a la extinción y ese cuerpo maltrecho y estragado, superó el sarampión, la rubeola, la viruela y el raquitismo; tuvo acceso de fiebres palúdicas, diarreas permanentes, ataques epilépticos, apoplejía y alguna otra enfermedad que se desconoce. Hoy se sabe que su sistema inmunológico era apenas existente, fruto de la tan repetida consanguineidad y hay que leer las descripciones que de él hicieron personajes influyentes de la corte, como el nuncio de su santidad el papa que después de atribuirle toda clase de defectos, señaló que de vez en cuando daba señales de inteligencia y cierta vivacidad

Se intentó todo tipo de conjuros y se solicitó la intervención divina para eliminar el embrujamiento que el rey padecía y que para que no falte la ironía en un asunto tan dramático, el cardenal dominico Juan Tomás de Rocaberti, que gozaba del aprecio del rey que lo promovió a cargos importantes tanto eclesiásticos como políticos y que terminó siendo Inquisidor General y una de las personas que más “investigaron” el real hechizamiento, concluyó que la maldición que se había introducido en el cuerpo del rey fue a través de una taza de chocolate que había tomado el día 3 de abril de 1675 y en la que la mano hechizadora, que se desconocía, había disuelto sesos de un ajusticiado, entrañas y riñones.

Cardenal Rocaberti

Con una vida como la que llevó Carlos, es difícil asignarle ninguna virtud que tan siquiera se acerque a las que conforman el bagaje  de un estadista y sin embargo, según se ha relatado, tuvo destellos de rigor y lucidez.

Carlos murió el día de Todos los Santos de 1700, tras varios días en los que de sus tripas salían todo lo poco que le quedaba a su exhausto cuerpo y cuando su fin ya estaba próximo pronunció la frase que da título a este artículo: “Me duele todo”.

viernes, 4 de marzo de 2022

"GUASTAVINO SYSTEM"

 

Me pasa como a muchas personas cuando les preguntan cuántas veces ha viajado a los Estados Unidos. Casi todo el mundo responde con cierta ambigüedad. Unos dicen: ocho o seis veces; otros: cinco o cuatro y por fin los de mi grupo que respondemos: una o ninguna.

En efecto, porque yo no he estado nunca en los Estados Unidos, ni pienso ir, entre otras cosas porque no me gusta nada viajar y mucho menos montarme en avión y pasar cinco o seis horas inmóvil pensando que en cualquier momento aquello se puede caer.

Pero eso no quiere decir que no me guste el país, que no admire la grandiosidad de sus ciudades, que no aprecie que Nueva York es una ciudad hermosísima, plagada de bellísimos edificios y sobre todo, para mi gusto, con unas estaciones de tren que más parecen el hall de un gran hotel que un centro de viajeros.

Esa moda de construir bellas estaciones tanto de ferrocarril como de metro o autobuses, se extendió por todo el país y plagó de bellísimas construcciones casi toda su geografía.

Recuerdo una escena de la película “Los Intocables de Elliot Ness”, rodada en una estación de tren en la que Ness y el agente Giuseppe Petri proceden a la detención de un mafioso, con un coche de niño que rueda escaleras abajo para dar mayor dramatismo a la situación. Me acuerdo perfectamente del edificio, de su amplitud, su luminosidad y su belleza en general. No sé en que estación fue filmada esa escena, pero da igual, muchas capitales de los estados cuentan con terminales como esa.

Seguro que muchas personas, estadounidenses incluidos, desconocen quien diseñó y construyó esas obras de arte moderno y se sorprenderán cuando sepan que fue un español el que ideó y patentó la forma de construir esas bóvedas y arcos alicatados, que dan amplitud a los espacios interiores, a la vez que proporcionan una gran luminosidad.

Esta es la historia, muy brevemente contada, de ese genio español, que como el del anterior artículo, resulta prácticamente desconocido.

Su nombre era Rafael Guastavino Moreno y nació en Valencia el uno de marzo de 1842, en una familia de larga tradición artística, en la que había desde fabricante de pianos hasta constructores de edificios.

 

Rafael Guastavino Moreno

Muy joven, empezó a trabajar como aprendiz en un gabinete de arquitectura, dando así salida a lo que ya se veía era su vocación, después de dejar el violín, que había sido su primera pasión artística. Muy pronto comprendió que sus conocimientos era  escasos y decidió ampliarlos, para lo que aprovechando la posición adinerada de su tío Antonio Guastavino industrial del textil de Barcelona que lo acogió en su casa, comenzó a recibir clases en la entonces llamada Escuela de Maestros de Obra de Barcelona, germen de lo que sería escuela de arquitectura, donde destacó entre sus compañeros por su gran ingenio y creatividad.

Completada su formación con 24 años y gracias al apoyo de su tío, construyó en Barcelona un espléndido edificio llamado Fábrica Batlló, dedicada a la industria textil y comenzó la construcción del Teatro de La Massa, con una bóveda espectacular, en la localidad cercana de Vilasar de Dalt.

Tenía 39 años y una vida familiar algo más que irregular, pues su carácter mujeriego  y su exclusiva pasión por la construcción de edificios le hacía difícilmente compatible con una vida familiar ordenada cuando su mujer, Pilar Expósito con la que se había casado en 1861, lo dejó plantado y con los tres hijos mayores, habidos en el matrimonio, se marchó a Argentina, dejando con el marido al hijo más pequeño, llamado Rafael, como su padre.

Guastavino era inquieto y sabía que en España su futuro estaría muy limitado y que era necesario cambiar de planes y aunque ya había diversificado su actividad en las dos facetas, la de diseñador y la de constructor de sus propios edificios, siendo pionero de la utilización en España de los nuevos cementos, recién inventados, no se conformaba con lo que había.

En un viaje que realizó al Monasterio de Piedra, quedó impresionado por el techo de una gruta, de forma abovedada, en la que solo el agua había conseguido construir de una forma tan sólida y esa idea le persiguió para siempre.

 

Fábrica textil Batlló

Así, el 26 de febrero de 1881, con el hijo pequeño y una asistenta o nodriza con sus dos hijas, embarcan en Marsella con destino a Nueva York.

El choque cultural fue brutal. Guastavino no tenía ni idea de inglés y en las américas se mascaba tabaco y se bebía whisky, pero no sabían lo que era de vino ni aceite de oliva, se construía con madera y al final todos los edificios terminaban quemados o devorados por las termitas. Las bóvedas se construían con yeso y cartón como si fueran cielos rasos que más tarde o temprano terminaban en el suelo.

Rafael era una persona muy despierta y de inmediato se dio cuenta del enorme futuro que habría si se empezaba a construir edificios al estilo europeo, el que él había desarrollado durante años y que recibía el nombre de “arquitectura cohesiva” que el mundo occidental venía utilizando desde muy antiguo. A las  primeras construcciones egipcias o babilónicas, Guastavino las consideraba “de gravedad”, por ser el peso lo que unía las piezas; más tarde, los romanos inventaron la construcción con argamasa, es decir la unión de los materiales mediante un sistema de aglutinación que él llamaba cohesivo.

Con el sistema que se usaba en aquel momento, en Manhattan no se hubiese construido ni un solo rascacielos. Pero cambiar mentalidades es una ardua tarea, sobre todo si no se tiene un dólar y nadie quiere saber nada de su sistema de construcción.

En 1882 se presentó a un concurso para la construcción de un edificio, presentando un proyecto basado en estilo árabe, allí completamente desconocido. Ganó el concurso y recibió sus primeros ingresos, además de la inicial popularidad. Invirtió bien el dinero recibido, porque lo hizo construyendo dos casas en un Manhattan todavía en inicios y en las que aplicó sus sistemas de bóvedas tabicadas que causaron admiración entre la gente rica.

Volvió a presentarse a otro concurso oficial y también lo ganó, así como también acudía a concursos para construcción de casas privadas y por fin, sonreído por el éxito, a los cinco años de penalidades en América, su sistema de construcción era aceptado y solicitado.

A partir de ese momento empezaron a entrarles contratos de todas las ciudades de la Costa Este, con obras tan importantes como la Biblioteca Pública de Boston, que se convirtió en unos de los edificios más emblemáticos de la época y que proporcionó a Guastavino un gran prestigio que ya no lo abandonó a lo largo de su carrera.

Sala de lectura de la Biblioteca de Boston

Tuvo la visión de patentar su forma de construir la bóveda tabicada, bajo el  “Guastavino System” y en el registro de patentes estadounidenses figura con el número 430.122, y el título: Construcción de arcos de ladrillo para techos y escaleras. 1890.

Pero al año siguiente, con el número 464.562 figura otra patente: Construcción de edificios. 1891.

Y la siguiente en el mismo momento, la 464.563 titulada: Forjado cohesivo.

Y otra con el mismo título al año siguiente, la 466.536.

Por no ser exhaustivo, entre el año 1886 y 1908, año de su fallecimiento, figuran nada menos quince patentes referidas todas a temas relacionados con la construcción innovadora que fue capaz de crear, desde los edificios ignífugos, hasta hornos para vidriar ladrillos.

Su estilo, absolutamente novedoso, a la vez que bello y funcional, le valieron una enorme fama que le permitió ir salpicando el país de magníficos edificios como la Estación Central de New York, una de cuyas instantáneas se ha convertido en un icono de la fotografía.

 

O estas otras tres fotos de la misma terminal de finales del siglo XIX, principios del XX:

 

En internet se encuentran cantidad de fotografías de obras arquitectónicas bellísimas de este valenciano universal, por lo que se excusa añadirlas a esta publicación.

En febrero de 1908 falleció Guastavino en la ciudad de Ashville, Carolina del Norte, habiendo construido 360 edificios en Nueva York, más de un centenar en Bostón, varios en Washington, Baltimore o Filadelfia.

A su muerte, su hijo, Rafael Guastavino Expósito, aquél que le acompañó a América y que había permanecido todo el tiempo a su lado aprendiendo y completando la obra de su padre, le sustituyó al frente de la empresa que habían creado y también registró diversas patentes hasta el año 1939. Posteriormente se trasladó a Barcelona, donde murió en 1950.

En la necrológica que The New York Times, publicó del gran Guastavino, figura su nombre y una reseña: Arquitecto de Nueva York y en su texto consideraba que el español había construido los edificios más importantes de la historia arquitectónica de los Estados Unidos.

miércoles, 23 de febrero de 2022

MÓNICO, INGENIERO E INVENTOR

 

Parece que se convertido en un tópico que cualquier español que quiera medrar en su profesión, sobre todo si ésta se relaciona con las ciencias, se ha de marchar de España. Pero eso mismo es aplicable a muchas otras nacionalidades en las que resulta difícil abrirse camino, sobre todo teniendo abiertas las puertas de países mejor dotados que esperan con los brazos abiertos a esos genios emigrantes.

Siempre ha sido así y el alemán Einstein, el serbio Tesla o los italianos Meucci y Marconi, salieron de sus países para ser acogidos en los Estados Unidos.

No tiene nada de extraño; lo que si resulta chocante es que personas que han triunfado a nivel mundial en sus respectivas áreas, resulten casi completamente desconocidas en el país que los vio nacer y formarse.

Este es el caso de muchos, a uno de los cuales me voy a referir en este artículo. Se trata de Mónico Sánchez Moreno, un ingeniero, inventor y científico hecho a sí mismo.

En Piedrabuena, un pequeño pueblo de la provincia de Ciudad Real, nació el 4 de mayo de 1880 Mónico Sánchez Moreno. Su padre era un modesto fabricante de tejas y su madre ayudaba a la economía de la casa trabajando como lavandera.

No obstante los escasos recursos con que contaba la familia, Mónico fue a la escuela local, donde conoció y quedó prendado de un descubrimiento reciente que estaba revolucionando el mundo: la electricidad. En la escuela permaneció hasta los catorce años en los que empezó a desempeñar diferentes trabajos, desde mozo de reparto hasta dependiente de comercio y con solamente diecinueve años, con los ahorros de todos sus años de trabajo, montó su propia tienda, que vendió dos años después y con los beneficios obtenidos se traslada a Madrid, donde tiene pensado estudiar ingeniería eléctrica, pero carecía de titulación que le permitiera el acceso a la universidad, así que bajó el listón y se apuntó a un curso de electromecánica por correspondencia.

 

Fotografía de Mónico Sánchez

 

Una idea de la voluntad y el tesón de este joven la aclara la circunstancia de que los cursos, casi únicos que se daban en la España de principio de siglo, eran en ingles y Mónico no tenía ni idea de esa lengua, así que con mucha paciencia y más voluntad, diccionario en ristre fue desgranando cada palabra y cada ejercicio , hasta que al finalizar el mismo el director del curso que residía en Londres, sin apenas conocerlo, pero avalado por los progresos que había constatado en los casi tres años que duró el curso, le recomendó que se marchara a Nueva York para ampliar sus conocimientos. Y así con poco más de sesenta dólares, emprendió su aventura.

Una vez en los Estados Unidos, comenzó a trabajar como ayudante de delineación, compatibilizando con  estudios de electricidad  y superando la dificultad de su escasa capacidad de relacionarse a través de la palabra, pues, ciertamente, el inglés escrito lo había superado, pero la dificultad para entenderse era muy grande, así que iba permanente pertrechado de una “tablet” de aquella época que recibía el nombre de pizarra y pizarrín.

Con 27 años terminó sus estudios y consiguió un trabajo en una fábrica de aparatos eléctricos , mientras seguía realizando cursos de formación que completaran su bagaje de conocimientos, culminando su trayectoria formativa en la prestigiosa Universidad privada de Columbia, sita en Manhattan, comenzando a trabajar para una empresa que fabricaba material electrónico para hospitales, donde destacó rápidamente por su trabajo para fabricar un aparato de rayos X que se pudiese transportar.

Aunque el descubrimiento de los rayos X se atribuye al científico Roentgen en 1895, se sabe que en realidad fue el serbio Nicola Tesla quien los apreció por primera vez, cuando hacía otros experimentos con un antepasado del rayo laser y falto de tiempo para ahondar en su descubrimiento, pasó la información a su amigo Wilhelm Roentgen que ultimó el proceso.

Pero un aparato de rayos X pesaba más de doscientos kilos y era prácticamente imposible de transportar, así que su uso se limitaba a hospitales.

Para conseguir su objetivo utilizó fuentes de energía que ya se utilizara para otros instrumentos hospitalarios, e incluso otros aparatos de muy diferente uso, como el telégrafo.

Así consiguió un aparato portátil de unos diez quilos de peso y que se transportaba en un maletín.

 

Maletín de rayos X portátil

 

La posibilidad de sacar un aparato tan útil como los rayos X de un hospital y llevarlo a domicilios o mejor aún a un campo de batalla, hizo que muy pronto adquiriera gran popularidad y la compañía de teléfonos Collins, dedicada a la telefonía sin cables, contrató a Mónico y empezó a distribuir su invento, compitiendo con las grandes eléctricas norteamericanas, que se dedicaban a otros aparatos como acondicionadores de aire, frigoríficos, radios, etc.

En 1910, Mónico vino a España a participar en un congreso sobre electrología médica en Barcelona, donde expuso su invento y vendió todos los aparatos que había traído. En ese momento su fortuna se calculaba en un millón de dólares y se decidió a montar una fábrica en España, concretamente en su pueblo, en Piedrabuena que, por cierto no tenía ni electricidad ni agua corriente, dos imprescindibles elementos para montar su fábrica, pero eso no arredró al manchego que instaló una central térmica alimentada por carbón capaz de producir la energía suficiente para su proyecto y una red de distribución de agua potable. Como ambas instalaciones daban capacidad sobrada para su proyecto, vendía ambos productos a sus vecinos, consiguiendo así buenos resultados económicos.

Con el inicio de la I Guerra Mundial, el uso del aparato de rayos X portátil se popularizó enormemente y países como Francia hicieron grandes pedidos que instalaron en furgonetas, donde la posibilidad del aparato de trabajar con corriente alterna o continua, hacía que se pudiese alimentar con la batería de dichas camionetas que podían llegar hasta la primera línea del frente.

 

En ambulancias como esta se montaron los aparatos de rayos X

 

Sin embargo con la llegada de la II República, la situación de Mónico y su empresa se fue deteriorando, y aunque volvió a Estados Unidos con la intención de reflotar su empresa, ya no lo consiguió. El mundo entró en guerra y grandes cambios arrumbaron el invento de Mónico Sánchez, hasta el extremo de que en 1961, cuando murió, su invento era casi desconocido dentro de la clase médica española.

Pero es que somos muy dados a olvidar a nuestros grandes logros y en este caso el olvido no es solamente del de un inventor y su máquina revolucionaria, es estamos ante un hombre que teniendo posibilidades mucho más amplias, decide instalar su taller, laboratorio e industria en un pueblo perdido del corazón de España, cuando en cualquier otro país lo estaban esperando para acogerlo con lo brazos abiertos y facilitarle su labor en todo lo posible. Además de que ese empeño por su pueblo cuajó durante años, su máquina llevada al medio rural servía para detectar fracturas de huesos entre obreros y campesinos que no tenían ninguna posibilidad de acudir a un hospital y en las guerras detectar restos de metralla incrustados en los soldados del frente, sin tener que trasladarlos, simplemente en la enfermería de vanguardia.

Su declive empezó con la llegada de la II República, como decía anteriormente, pues para unos era un industrial acaudalado y por tanto enemigo de la clase proletaria y para otros un “bicho raro” al que no sabían cómo catalogar.  Ni unos ni otros conocían la dimensión del avance científico que Mónico representaba.