sábado, 25 de mayo de 2013

LAS DOS INQUISICIONES DE ESPAÑA





Hace unos días escuché, para mi sorpresa, que mientras las condenas a muerte que la Inquisición impuso en España no pasaban del dos por ciento de los casos que enjuiciaba, en los demás países europeos, incluso de religión protestante, esas penas ascendían al ochenta por ciento. El dato no deja de sorprender, sobre todo cuando siempre hemos creído que España era un país muy intransigente con la herejía y que de ahí se había ganado la dudosa reputación de ser la reserva espiritual de occidente.
Después de contrastar que las cifras eran verídicas, me di a pensar en lo poco que sabemos de nuestra historia, que es lo que repito siempre, y cuán desapercibidos han pasado algunos episodios, siendo este de la inquisición uno de ellos.
A pesar de que somos raudos en tachar a cualquiera de inquisitorial o lo apodamos Torquemada a las primeras de cambio, es muy posible que de la inquisición no sepamos casi nada más que lo superficial: que el primer inquisidor fue el dominico  mencionado y que se le atribuye una ingente cantidad de atrocidades en el nombre de la fe. Pero quizás ignoremos muchos detalles tan curiosos como que en España hubo oficialmente dos tribunales de la Inquisición, el episcopal, que ejercían los obispos en sus diócesis y que obedecía la disciplina de Roma y que se llamaba Tribunal de la Inquisición de España y otro, que se llamaba Inquisición Española y que dependía directamente de la corona.
La primera, la de España, obedece, como todos estos tribunales, a la necesidad de atajar una herejía que en el siglo XII y XIII se había extendido de manera peligrosa para los fines de Roma. Se trataba de herejía albigense o de los cátaros. Cátaro significa puro y albigense, deriva de la ciudad de Albi, en donde se gestó la herejía, y ésta, a su vez, de albo, blanco, que tiene el mismo significado en relación con la pureza.
En el sur de Francia, en una región llamada Occitania o Langedoc, se inició el germen de esta creencia que en sí misma era mucho más antigua que la propia religión cristiana, pues tenía sus raíces en el maniqueísmo, la filosofía que el persa Manes había conjugado con las filosofías orientales, según las cuales todo en el mundo se debate de una lucha permanente entre Ormuz, dios del bien y Ariman, dios del mal.
A punto de crear su propia iglesia, los herejes albigenses se extendieron por el reino de Aragón, limítrofe con Occitania y que en Francia tenía posesiones como el Rosellón Catalán y la Cerdaña.
Para combatir aquella herejía, la Iglesia, por medio de la bula Ad Abolendam del Papa Lucio III, estableció en 1184, la denominada Inquisición Medieval, de la que se desarrollará más tarde el Tribunal de la Santa Inquisición y del Santo Oficio. Por ser el reino de Aragón lugar en donde la herejía estaba muy propagada, la Inquisición se asienta allí, pero en los demás reinos peninsulares no se crean estos tribunales.
En un principio, la Iglesia se había limitado a condenar las herejías con la única fuerza coercitiva que tenía en su mano y que era la excomunión, pero cuando, primero Roma y luego otros países, van aceptando la religión católica como religión oficial, las herejías empiezan a considerarse delitos contra el estado y ya no vale sólo con la excomunión que promueve la iglesia sino que el propio estado aporta su poder para que las penas no sean exclusivamente de sentido y que el daño acompañe a la condena.

Auto de fe

Para eso no se escatiman esfuerzos en arrancar confesiones a base de las torturas más atroces e imposibles de imaginar, hasta conseguir la confesión y terminar considerando al reo culpable de herejía, brujería o cualquier otra barbaridad, condenadolo al fuego purificador.
Pero como decía, en los reinos peninsulares apenas se aplica la disciplina de este tribunal y de hecho la situación está tan relajada que no es hasta el año 1478 que los Reyes Católicos, acuciados por la tremenda situación que se está viviendo en España en relación con los judíos conversos que continúan con sus ritos, entienden la necesidad de solicitar del Papa Sixto IV la creación de un tribunal inquisitorial que persiga a los herejes.
El Papa concede la creación de dicho tribunal mediante la bula Exigit sincerae devotionis, a la vez que da a los Reyes la potestad de nombrar y remover a los inquisidores, lejos del control natural que debería reservarse la Iglesia. Por tanto este nuevo tribunal, que se conoce como Inquisición Española es manejada totalmente por la corona. Así como la herejía albigense da pie a la creación de la primera Inquisición, ahora son los judíos los que provocan la creación de este nuevo tribunal.
Hay que remontarse a los finales del siglo anterior para empezar a comprender el fenómeno que se inicia con los asaltos a las juderías, comenzando por la de Sevilla en 1391. Asustados y arrinconados en sus ghetos, los judíos optan por las conversiones. Pero en su nueva situación, en la que son llamados marranos, perros o más lisonjeramente, cristianos nuevos, frente a los cristianos viejos o lindos, cada vez ven más recortadas sus libertades y las posibilidades de ganarse la vida, pues desde las conversiones masivas, los judíos, mejor preparados para ejercer oficios, más cultos, conocedores del sistema decimal y verdaderos genios de las finanzas, han desplazado a los cristianos viejos, lo que despierta la envidia y los celos y comienzan las intrigas y denuncias contra sus verdaderas creencias.
En España predominaban dos órdenes religiosas, los franciscanos y los dominicos y en esta última, el priorato lo detenta fray Tomás de Torquemada, que, además, era el confesor de la reina.
Hasta él llegan las protestas de los cristianos y el fraile inicia una campaña de predicaciones sobre la conveniencia de establecer la Inquisición en Castilla. Coinciden sus prédicas con el descubrimiento en Sevilla de la conjura judía encabezada por el banquero Diego Susón y que fue delatado por su hija, un acontecimiento sobre el que publiqué un artículo en noviembre del pasado año 2011, que algún lector recordará.
En consecuencia, el papado accede mediante bula a la creación de un nuevo tribunal, cuyos primeros inquisidores son Miguel de Morillo y Juan de San Martín, que llegan a Sevilla en 1480 y cuya primera actuación es llevar al quemadero de Tablada al banquero y a todos los que con él estaban compinchados, los cuales, el seis de febrero de 1481 murieron en la hoguera.
Estos inquisidores son en realidad funcionarios del estado y responden a los criterios políticos del momento y en ellos se extingue el proceso, es decir, contra sus resoluciones no cabe recurso alguno, ni siquiera ante el Papa. Torquemada es nombrado Inquisidor Supremo y en el tribunal se integra el cardenal Mendoza y los dos antes mencionados.
Esta fue la Inquisición que funcionó en España, pues la episcopaliana, es decir, la de los obispos, apenas mostró preocupación por mantener la fe cristiana contra la herejía, los defensores de la Ley de Moisés o los seguidores del Profeta Mahoma.
Es por tanto muy posible que aquella información que mencionaba al principio del artículo, se pueda referir a una comparación entre los diferentes tribunales que bajo la potestad de la Iglesia funcionaron en toda Europa, pero es evidente que las cifras no están comparadas con los procesos que siguiera la llamada Inquisición Española, porque afortunadamente existe mucha documentación sobre los procesos que llevaron a cabo los diferentes tribunales inquisidores que se formaban con la presencia de dos jueces letrados y un teólogo, todos los cuales debían ser eclesiásticos. Un fiscal acusador y un juez de bienes que era el encargado de tasar las posesiones confiscadas a los acusados y, y este es un detalle muy de agradecer, un notario, cuya misión consistía en escribir todas las preguntas y respuestas, lo que para el estudio historiográfico ha constituido un valor documental incalculable, pues hasta en los momentos de las tortura se transcribieron todas las preguntas y las respuestas. De otra manera y tal como estamos viendo en estos momentos, en los que la memoria histórica nos falla en demasía, ya se habría encargado alguien de desmentir las atrocidades que en nombre de la fe se hicieron.
Porque la realidad es que en nombre de la fe se hicieron atrocidades y muchas. Se empleó la tortura como medio eficaz de arrancar confesiones, tras las cuales el reo, de una manera desvergonzada era entregado al brazo secular, que se encargaba de ejecutar la sentencia que normalmente era morir en la hoguera.
La Inquisición española utilizó, fundamentalmente, cuatro tipos de torturas que eran conocidas con los nombres de: Agua, Cuerda, Garrote y Garrucha.
La del agua consistía en verter agua sobre la cara del reo cubierta por un paño, impidiéndole respirar; la de cuerda era estirarle los miembros atados con cuerdas y traccionados por poleas; el garrote consistía en fuertes ataduras que eran apretadas mediante un garrote introducido entre las cuerdas que se iba girando para apretar; y la garrucha se usaba para atar a los reos por las manos y suspenderlos, soltándolos bruscamente sin que llegasen al suelo.
Como se aprecia, cualquiera de los procedimientos debía de resultar insoportable y la confesión era inevitable.

Grabados de los cuatro tormentos


sábado, 18 de mayo de 2013

¡A TIERRA, PUTO!






A veces pienso que es casi normal que haya episodios de la historia de España que hayan pasado desapercibidos, incluso ignorados, a pesar de tener mucha importancia y es que siendo nuestra historia tan extraordinariamente rica y extensa, parece lógico que así ocurra.
Durante toda la Edad Media, la existencia de los diferentes reinos peninsulares, amontonó los acontecimientos de tal manera que solamente los más destacados alcanzaron popularidad, mientras que otros han pasado casi inéditos.
En mi afán por sacar a la luz estos episodios, a veces me encuentro con verdaderas perlas conservadas en vetustos arcones. La de hoy es una de ellas, conocida por escasos estudiosos de la historia, algún curioso que haya escudriñado en acontecimientos insólitos y otros, como yo, que lo haya encontrado por pura casualidad.
A mediados del siglo XV, Castilla vivía tiempos convulsos. Reinaba Enrique IV, de la casa de Trastámara, que ha pasado a la historia con el sobrenombre de El Impotente, el cual estaba casado con Blanca de Navarra, pero que tras varios años de matrimonio sin consumar, el Papa le concedió el divorcio.
No era intención del monarca permanecer soltero, pues ya había concertado un nuevo matrimonio con Juana de Portugal, hermana del rey de aquel país, pero para eso había que desmontar el rumor que cada vez tomaba más cuerpo sobre la impotencia de Enrique. Para eso, algunas damas de la corte se prestaron a declarar que ellas habían tenido trato carnal con el rey que se había mostrado totalmente normal.
Así, con la connivencia de la Iglesia, se declaró que el rey estaba bajo los efectos de un maleficio que le había impedido consumar el matrimonio con Blanca, pero que con el resto de mujeres era persona normal.
Un episodio de lo más acomodaticio y a los que la Iglesia, según vemos, se ha prestado desde siempre, que se sustentó en la duda creada sobre la virilidad del rey.
Gregorio Marañón en su Ensayo Biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo, ya comenta que no hay certeza sobre las capacidades del rey, puestas en duda por algunos cronistas de la época, tenuemente defendidas por otros y tachada de pura calumnia por alguno.
Pero no quiero aquí hablar de lo que ya han hablado los que verdaderamente entienden de historia, de psiquiatría y del ser humano, no; quería hablar de algunas otras cosas que ocurrieron durante el reinado de ese infortunado rey.
Era hijo primogénito de Juan II y había heredado así el trono de Castilla; tenía dos hermanos, un varón, Alfonso y una mujer, Isabel.
Pero sobre todo tenía, desde muy joven, escasa voluntad y poco carácter. Su padre le había colocado una especie de preceptor, amigo y compañero de andanzas llamado Juan Pacheco que levantaba excesivos recelos en la corte.
No era, ciertamente, la casa Trastámara, una monarquía muy fuerte, mientras que la nobleza si que gozaba de una posición muy poderosa. Y al frente de aquella nobleza, el personaje más poderoso de la época, don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla, Maestre de la Orden de Santiago y valido que fue del rey Juan II. A su lado se colocaban los Infantes de Aragón, que a pesar de su nombre, ejercían todo su poder en Castilla.
Las cosas con el rey Enrique no iban a satisfacción de estos nobles que incluso llegaban a ver una relación homosexual entre el rey y su amigo y consejero Pacheco.
Tras la boda con Juana de Portugal, pariente de los Infantes de Aragón, la reina quedó embarazada, pero nadie creyó que Enrique fuera el padre y esa paternidad fue atribuida a otro de los validos del monarca, Beltrán de la Cueva e inmediatamente a la hija, nacida en 1462, se le apodó la Beltraneja.
Este es un episodio muy conocido de nuestra historia y constituye una muestra de los tremendos bandazos que daban las monarquías para asegurarse la sucesión, pues, teniendo una hija, el propio rey propone como sucesora a su hermana Isabel, siempre que esta se case con un príncipe que él elija. Es lo que se conoce como el Tratado de los Toros de Guisando, firmado en 1468.
Pero antes de eso, la nobleza castellana protagonizó un lamentable espectáculo que es el que da lugar al título de este artículo.
Desde que Beltrán de la Cueva ha obtenido el favor del rey y de la reina, el amigo de la infancia, Juan Pacheco, marqués de Villena ha pasado a un segundo plano que no acepta y tras los primeros escarceos y exhibición de armas, sin desenfundar, se ofrece al rey de Francia y luego, se coloca descaradamente contra su antiguo amigo. Liderando a la nobleza castellana, reúne a su alrededor a lo más granado del momento que junto a la iglesia, a la que hace ver el carácter ilegítimo de la infanta Juana, predispone contra el rey.
Pero para que haya conspiración tiene que haber un recambio para el monarca y ese repuesto lo encuentra en Alfonso, hermano del rey que no tiene ninguna posibilidad de reinar.
Pero eso no importa y en un acto que ha pasado a la historia como La Farsa de Ávila, escenifican teatralmente una deposición del rey.
El cinco de junio de 1465, junto a las murallas de la ciudad, colocan un estrado y en él lo que hace parecer un trono, sobre el que colocan un monigote vestido con ropas regias de color negro y todos los atributos del monarca de Castilla. En el curso de la representación que tiene lugar, los nobles castellanos y los obispos y arzobispos asistentes, van detallando las iniquidades del  rey Enrique IV; hacen sus acusaciones de impotente, indolente, homosexual, amigo de los moros y cornudo consentido, tras lo cual dictan un veredicto que se cumple de inmediato.
El arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo, desposee al muñeco de la corona, el conde de Plasencia le quita la espada, el de Benavente lo hace con el cetro y al final, para dar mayor dramatismo a la grotesca escena, el hermano del conde de Plasencia derribó el muñeco a la vez que gritaba: “A tierra, puto”.

Grabado de la Farsa de Ávila


De inmediato, subieron al estrado a Alfonso y al grito de “Castilla, por el rey don Alfonso”, lo proclamaron rey y lo invitaron a gobernar con el nombre de Alfonso XII.
Pero el nuevo rey, creado por aquellos disidentes, carecía de cualquier crédito entre la inmensa mayoría de los nobles, caballeros y demás habitantes del país que lo consideraron como un muñeco en manos del antiguo valido, ahora preterido y el sabio pueblo, sin hacer causa común con los cismáticos nobles, permaneció leal a Enrique.
Fue esa la causa de una agitación general en toda Castilla que afortunadamente tuvo poca trascendencia y que se acabó dos años más tarde con la muerte del infante Alfonso.
Pero el que está herido en su amor propio, no ceja en su tarea conspirativa y como la infanta Isabel acató la voluntad de su hermano, el rey, de inmediato se pusieron de parte de Juana La Beltraneja y a la muerte del rey, ocurrida en 1474, se opusieron abiertamente a la coronación de Isabel, estallando la que se conoció como Guerra de Sucesión Castellana que se prolongó por cinco años, hasta la victoria final de los partidarios de Isabel.
Aquella farsa dio lugar a una rebelión de la nobleza contra la corona que tuvo consecuencias muy importantes para la posteridad.
Envalentonados, los disidentes se atrevieron incluso a buscar apoyos en Portugal y en Francia y los obtuvieron casando a la Beltraneja con el rey Alfonso V de Portugal.
Tras la decisiva batalla de Toro, en donde no hubo un claro vencedor, pero que provocó la retirada de los portugueses a su país, se consolidó la posición de Isabel que ya sin rival, ofreció a su sobrina la posibilidad de casarse con el infante Juan que acababa de nacer y que aquella declinó, ingresando en un convento.
La consecuencia más destacada que se inició con aquella farsa fue la pérdida de todo el poder militar de la nobleza, lo que permitió la creación de un estado moderno y fortalecido, aunque en el terreno económico los nobles continuaron ejerciendo un gran poder e influencia.
El episodio fue tan intrascendente que el nombre de Alfonso XII no quedó registrado en los anales y su ordinal fue ignorado completamente, debiendo pasar cuatro siglos hasta que otro rey volviera a llevarlo.
Un dato curioso e incluso chocante es que, entre los partidarios de Isabel, se encontraba Beltrán de la Cueva, el supuesto padre de Juana de Trastámara que luchaba por convertirse en reina.

sábado, 11 de mayo de 2013

EL REY DE COCOS







El valor que tenían las especias hace cinco siglos es algo que en el día de hoy nos resulta difícil de comprender, pero lo cierto es que la búsqueda de estos productos impulsaron casi todos los grandes descubrimientos desde el siglo XV.
En algunos yacimientos prehistóricos, los arqueólogos han encontrado vestigios del uso de algunas plantas como el ajo, la cebolla, los rábanos y otras muchas, lo cual quiere significar que desde la más remota antigüedad, el hombre trató de dar a los productos que consumía, un cierto tono de sabor que los desviara de los posiblemente malos sabores que tuvieran aquellos primitivos alimentos. Salvo en la época de las glaciaciones, conservar las carnes, producto de la caza, o las verduras y frutas de la recolección, era tarea muy difícil, por no decir imposible y, por tanto, los hombres primitivos estaban obligados a comer carne semicorrompida o verduras podridas.
Para disimular el mal sabor de algunos alimentos, se empiezan a utilizar unos productos, casi siempre vegetales, pero a veces también animales y minerales, que se conocen con el nombre de “especias”.
Fueron los romanos los primeros en elevar a la categoría de exquisitez, el uso de algunas especias tradicionalmente usadas, o salsas tan preciadas como el Garum que obtenían en nuestras costas gaditanas y que los griegos habían bautizado siglos antes como Garo, que era el nombre que ellos daban a nuestras caballas, base de la fabricación de tan exquisito condimento.
Pero no solamente las especias eran productos para utilizar en la cocina como conservantes o sazonadores, también para fabricar los perfumes, los medicamentos, linimentos y aceite corporales y en algunos casos como eficaces afrodisíacos
Para buscar especias se dobló el Cabo de Buena Esperanza y se cruzó el desconocido Atlántico, con la certeza de que las especias traerían la riqueza a quienes con ellas comerciaran y así fue en muchos casos, pues la humilde nuez moscada llegó a valer más que el oro.
Indudablemente que su comercio produjo importantes ganancias e incluso sustentó la economía de países, pero llegó un momento, en el siglo XIX que el avance de la agricultura permitió lo que hasta entonces estaba vedado y que fue el cultivar aquellas plantas lejos de sus habitats naturales. Con este nuevo sistema se abarató considerablemente el precio de los productos, se acercó éstos al gran consumo y muchas empresas dedicadas a la importación se vinieron a pique.
Pero lo más importante de lo que trajo la búsqueda de las especias, fueron los innumerables descubrimientos de islas, archipiélagos y continentes que durante varios siglos se fueron produciendo.
Una de las zonas en la que se produjeron mayores descubrimientos y colonizaciones fue en el Océano Pacífico, plagado de islas, mientras que su vecino, el Índico era muy ignorado, limitándose la navegación a las rutas ya establecidas.
Si echamos una mirada al mapa de la zona veremos que este océano está inmensamente despoblado y desde la punta de África, o la isla de Madagascar, hasta Indonesia o el Mar de Java, no se encuentra nada más que un archipiélago, de escaso tamaño y apenas habitados. Son las Islas Coco, compuestas por dos atolones con veintisiete islas coralinas.
Estas islas fueron descubiertas en el año 1609 y de manera totalmente accidental. Tres barcos de la Compañía de las Indias Orientales salieron en 1607 de Inglaterra con destino al Océano Índico con intención de descubrir islas y comerciar con las especias. A bordo de uno de ellos navegaba el capitán William Keelling. Su barco se llamaba Dragón Rojo y fue el último de los tres buques en regresar a su base.
Al hacerlo, el capitán Keelling, un apasionado del teatro, en cuyo barco se representaban obras de Shakespeare por parte de la tripulación, puso de manifiesto el descubrimiento de unas islas, a mitad de camino entre Java y África, a las que había bautizado con su nombre.
Las Islas Keelling, como se las conoció desde entonces, estaban deshabitadas, pero a decir de su descubridor, eran de una gran belleza y en ellas había mucha vegetación y abundante agua que en las lagunas interiores de los atolones, formaban unas lentes flotantes sobre el agua muy salina de éstos.
El descubrimiento no pareció tener demasiada importancia, pues Keelling no encontró en las islas otros productos que el coco, en aquel momento no muy demandado y, además, bastante frecuente en muchos lugares del Pacífico.
Tan escasa importancia se le dio que no se tiene noticia de que ningún otro barco arribara a sus costas hasta que en 1825, es decir, más de doscientos años después el Mauritius, un bergantín inglés, encalló en sus arrecifes, viéndose la tripulación en la necesidad de refugiarse en las islas hasta que pudieron reparar el buque muchas semanas después.
Este naufragio demostraba que la supervivencia en las islas Keelling era posible y que abundando el agua y la vegetación, también había animales para completar la cadena alimenticia.

Grabado del desembarco en las Cocos

Ese mismo año y de manera accidental, otro navegante escocés, John Clunies-Ross, arribó a las Islas Keelling, quedando prendado de la belleza de las mismas y de la enorme cantidad de cocos que podrían producirse en aquellas privilegiadas islas, hasta el extremo de que decidió volver allí e instalarse allí con su familia
Esa noticia fue conocida por el gobernador de Borneo, Alexander Hare, el cual con doscientos esclavos malayos y todo un harem con cuarenta mujeres que poseía para su propia satisfacción, se trasladó a las islas, anticipándose a los deseos de Clunies-Ross.
Enseguida vio que las condiciones de la isla eran óptimas para producir cocos en gran cantidad y comenzó la producción de copra y aceite de coco que empezaba a demandarse mucho en perfumerías, para fabricar jabones y en repostería, como aderezo de pasteles, galletas y chocolates .
Apenas un año después arribaron a las mismas islas John Clunies-Ross con su familia y cuarenta trabajadores y con planes de recolectar cocos y plantar muchas palmeras más.
Pronto surgieron diferencias entre ambos personajes, en las que Hare llevó la peor parte porque además de la competencia y rivalidad entre ambos, muchas de las mujeres que Hare tenía en su harem se marchaban a vivir con los trabajadores de Clunies y por otro lado las durísimas condiciones que éste imponía a sus esclavos malayos, comenzaban a minar la salud de los braceros, afectando a la producción y terminando por hacerle imposible la vida en aquellas islas, por lo que el año 1831 abandonó las abandonó con el resto de personal que le quedaba.
Con su marcha, John Clunies-Ross quedó como único señor de las islas, convirtiéndose en una especie de reyezuelo que la gobernaba y que incluso llegó a crear su propia moneda: La rupia de las Coco que, como es natural solamente servía en el comercio interno.
El patriarca de la familia falleció en 1854, sucediéndole su hijo John George que se autodenominó Ross II. Tres años después las islas fueron anexionadas al Imperio Británico y el que hasta entonces había sido su “rey”, pasó a ser simplemente el administrador del territorio.
Pero las islas tenían escaso interés para la corona británica, hasta el extremo que, tras mucho insistir y dar la lata, la reina Victoria las concedió a la familia Ross a perpetuidad, aunque en la cesión se estableció una cláusula por la que la corona podría recuperarlas, sin indemnización alguna, en caso de que así lo aconsejara el interés público.
Poco interés público habría en aquellos alejados y semidesérticos atolones, sin embargo la fortuna de la familia Clunies-Ross crecía de manera importante, porque aparte del comercio del coco que mantenían constantemente con puertos de la isla de Java, empezaron a dedicarse al aprovisionamiento de los buques balleneros que cada vez en mayor número surcaban las aguas del Índico y que aquellas islas le venían a medio camino entre sus caladeros y los puntos habituales de suministros.
Y por si fuera poco, el descubrimiento de fosfatos en las vecinas Islas Navidad propició que los Roos creasen una compañía para su explotación, disparándose la producción de abonos, tan importantes para la agricultura del pasado siglo XIX.
Pero no todo era idílico en aquel supuesto paraíso de belleza inigualable. La población no conseguía reproducirse y era constante la traída de mano de obra procedente de China y las islas de Java, Borneo, Ceilán, etc., personas que se adaptaban mal a las condiciones de vida y con mala alimentación sobre todo por la escasa variedad de productos, morían muchos y otros enfermaban y se inutilizan para el trabajo. En un año el beriberi, enfermedad producida por falta de vitamina B, produjo más de cuatrocientas muertes entre los poco más de dos mil trabajadores.
El enclave estratégico de las Coco las hizo apetecible en las dos grandes guerras, pero aparte algunas escaramuzas navales, quedaron totalmente al margen del conflicto.
En 1954, la reina Isabel II visitó las islas en las que la familia Ross seguía reinando. Pocos meses después las islas fueron cedidas a Australia, lo que supuso para las Clunies-Ross la pérdida de su reino que durante ciento cincuenta años les perteneció sin ningún derecho.
Con la llegada del gobierno australiano empezó a derivarse la producción agrícola hacia otros campos y los sindicatos a denunciar las condiciones de esclavitud en que vivían los mil quinientos habitantes que había en ese momento.
Pero tenían los Ross una concesión a perpetuidad que los hacía dueños de aquellos islotes, concesión que les permitía seguir casi en la misma situación, aunque con más problemas cada vez, hasta que en 1978 y por seis millones y cuarto de dólares americanos vendieron las islas al gobierno australiano y en 1984, mediante referéndum, los seiscientos habitantes de las islas decidieron su plena integración en Australia.
El último superviviente de la familia Clunies-Ross que vive aún en el archipiélago es John George que tendría que haber sido Ross IV, al cual la BBC le hizo una entrevista en 2007, en la que se lamentó de la pérdida que sufrió su familia.

sábado, 4 de mayo de 2013

¿IMPORTA DÓNDE NACIÓ?





Si hay un número de interpretaciones de la misma magnitud de las que se han hecho sobre el personaje de ficción de don Quijote, es el que existe acerca del lugar en el que nació el más importante descubridor de todos los tiempos: Cristóbal Colón.
Y es muy natural que todos los países de la Europa de aquella época se quieran disputar el honor de tener como nacido en su tierra a un personaje de semejante talla.
Italiano, portugués, mallorquín, francés… cualquier hipótesis ha servido para dar cuna al personaje, del que, de pequeños, estudiamos y dimos por sentado, que era un navegante genovés, sin más polémica.
Fue más tarde cuando empezó a surgir la discusión y de la Génova italiana, pasamos a la Génova mallorquina, una pequeña localidad muy cercana a Palma que mira a la espalda del castillo de Bellver y que en cierto momento se apuntó al carro de la polémica porque la coincidencia de su nombre con la ciudad italiana le proporcionaba una ventajosa posición de partida.
Si no fue portugués, vivió y se casó con una portuguesa y desde allí nos vino a España para ofrecerse a nuestros Reyes Católicos y es casi seguro que en el vecino país adquirió el conocimiento de lo que años más tarde lo encumbraría.
Es por tanto lícito que Portugal se quiera apuntar un tanto, si no en el nacimiento, si en la formación del descubridor.
Salvador de Madariaga le atribuyó un origen incierto como sefardita converso, razón por la cual él quisiera ocultar su verdadera identidad y que, además, procedería de alguna ciudad del mediterráneo español, huido ante los muchos asaltos a las juderías que se produjeron en aquella época. Eso justificaría su dominio del castellano y su escasa facilidad para expresarse en italiano, teniendo en cuenta que, por tradición, los judíos tendían a conservar las costumbres y la lengua del lugar de su procedencia, razón por la que muchos sefardíes todavía hablan el castellano antiguo.
Pero lo que resulta ya más chocante es que también se lo quiera apropiar Francia y para eso voy a relatar una noticia aparecida en la prensa francesa hace ya muchos años.
El día 17 de agosto de 1841, la Gazeta de Madrid, nombre que tenía lo que hoy conocemos como Boletín Oficial del Estado, publicaba en la primera columna de la página tres, que unos días antes, el nueve de aquel mes, la Revista de París había publicado el descubrimiento de la partida de bautismo de Cristóbal Colón, en un pueblecito al norte de la isla de Córcega llamado Calvi.
Este descubrimiento se debía a un tal monsieur Guibega, prefecto de Córcega que aún no lo había publicado pero lo haría en breve y, en ese momento, Francia podría levantar un monumento a un hijo suyo considerado el más atrevido navegante de todos los tiempos.
No dice la Revista en qué fecha ni en qué parroquia fue bautizado, obvia todo eso para destacar únicamente lo que inspira el chauvinismo tan propio de esa nación: Colón era corso, compatriota de Napoleón y por tanto, francés.
El año de su nacimiento es también una incógnita, pues se han barajado fechas desde 1430 hasta 1441, lo que hace suponer que en el momento del descubrimiento, debiera tener entre cincuenta y sesenta años, que parece edad muy avanzada para aquella época y más aún si consideramos que la fecha de su muerte fue en 1506, es decir, estaba cercana.

Retrato a plumilla de Cristóbal Colón

Que se encuentre una partida de bautismo en cualquier punto del mundo, cuatrocientos años después de haber nacido una persona, es un hecho que podría entrar en lo que suele ser normal. En la búsqueda de unos archivos parroquiales puede aparecer un documento hasta ese momento ignorado, pero cuando existe una larga polémica para atribuirse la ciudadanía de universal personaje, el hecho puede chirriar ya de entrada.
Nadie ha dicho que aquella partida o acta de bautismo estuviese falsificada, lo que es muy probable, porque nadie se molestó en desmentir el origen corso del navegante, por razones que más adelante saldrán a relucir y muchos de los estudiosos y conocedores del tema no hicieron otra cosa que remitirse a las propias declaraciones de Colón, vertidas en un documento que tiene fecha de 22 de febrero de 1498 y que es el acta fundacional del Mayorazgo del navegante, en la que el propio Colón dice: “…de la cual ciudad de Génova he salido y en la cual he nacido.”
En el momento histórico en el que nos encontramos, el concepto de ciudad no es exactamente el que ahora tenemos y mucho menos en la Península Italiana, donde las ciudades–estados proliferaban. Los Estados Pontificios, las repúblicas de Florencia, Venecia y Génova, el Reino de Nápoles o el Ducado de Milán, son buenos ejemplos de pequeños estados independientes entre sí. De hecho Italia no consigue ser un país unificado hasta el siglo XIX en un proceso difícil, pero en el que los italianos manifiestan su deseo de unirse y que se consigue en el reinado de Víctor Manuel II.
Por tanto, mediado el siglo XV, decir que se era genovés, no tiene que significar haber nacido en la ciudad de Génova, sino en cualquiera de los territorios que le pertenecían.
Lo lamentable de todo este afán por ubicar el lugar del nacimiento del insigne Almirante, es que el desconocimiento de la historia que algunos demostraron, les haría posteriormente sonrojar.
El Papa Bonifacio VIII, que gobernó la sede vaticana desde 1294 a 1303, consiguió, por el tratado de Anagni, firmado en 1295 que Jaime II de Aragón, llamado El Justo, que había heredado de su padre el reino de Sicilia, se lo permutase por los derechos sobre las islas de Córcega y Cerdeña que quedaron incorporadas definitivamente a la corona de Aragón en 1325, cuando Jaime II las conquistó militarmente.
Años después y un siglo antes de nacer Colón, reinaba en Aragón Pedro IV, el del Puñalito, o el Ceremonioso, que agradecido a unas compañías de corsos, ciudadanos procedentes de Córcega, que habían  luchado a su lado en la defensa de Cerdeña, sitiada por las fuerzas militares de la familia genovesa Oria, mandó que todos los corsos fuesen tratados como catalano-aragoneses.
Parece necesario recordar también que los reyes de Aragón ejercieron la soberanía sobre Córcega en donde nombraban gobernadores que habían de regir los destinos de la isla, situación que se mantuvo aún cuando de hecho, dejaron de poseer aquella isla, arrebatada por los genoveses, en 1481.
Desde entonces muchas vicisitudes se ciernen sobre la República de Génova y las Islas, las cuales pasan por períodos en los que llegan a ser independientes, pero siempre con una fuerte presencia de los aragoneses que nunca cedieron un ápice en sus derechos sobre ellas y no es hasta 1768 cuando la República de Génova mediante el Tratado de Versalles, cede, mejor dicho, vende, la Isla de Córcega a Francia y por un precio tan ridículo que produce rechazo en la propia población corsa, que trata de resistirse y finalmente es derrotada por las fuerzas francesas, mas poderosas y mejor organizadas.
Por tanto, hasta 1769, en que el territorio fue pacificado y acogido bajo la soberanía francesa, Córcega había sido aragonesa, genovesa e independiente y más concretamente, en la fecha en la que debió nacer Colón, de la que ya se habló más arriba, no cabe ninguna duda de que Córcega pertenecía a la corona de Aragón.
Por tanto, si es cierto que esa partida de bautismo es la auténtica y de hecho podría serlo, de lo que no cabe duda es que en aquel tiempo, aquella tierra era tan aragonesa como el propio Aragón y, por tanto, Cristóbal Colón, sería aragonés, lo que en estos tiempos supondría que era español.
No hay que entenderlo así, porque España aún no existía, dividida como estaba en los reinos de Castilla, Aragón, Murcia, Granada, etc., y cuya unificación es lo que realmente propicia que Colón pudiera hacer su prodigioso descubrimiento.
Pero más allá de dar importancia a una persona por el lugar en que nació, resaltemos que la verdadera importancia no radica en ese lugar sino en el que pone a su disposición las condiciones necesarias para que el individuo desarrolle todo lo que lleva dentro.
Madame Curie nació en Polonia y a nadie se le ocurre decir que no fue en Francia el país en el que alcanzó su prestigio. Einstein, considerado el científico más importante del siglo XX, nació en Alemania y tampoco se le puede desvincular del país en el que desarrolló sus teorías que fue Estados Unidos. Nikola Tesla, importantísimo científico y padre de la corriente alterna, imprescindible en nuestros días para cualquier tipo de funcionamiento eléctrico, era servio, pero fue en Estados Unidos donde desarrolló sus innumerables patentes.
La lista sería interminable y con la globalización aumentará todavía más, pero lo que queda claro es que aunque el Almirante hubiera sido francés, España el país que descubrió América y eso no se puede negar, por muy lejos de nuestras fronteras que Colón hubiese nacido.

sábado, 27 de abril de 2013

¿SANTO O HEREJE?







Desde la más remota antigüedad todas las religiones han tenido lugares sagrados a los que sus fieles se han dirigido en santas peregrinaciones.
Benarés, La Meca, Jerusalén, Santiago de Compostela, Fátima, Lourdes y un larguísimo etcétera, componen todo un conjunto de lugares que recibieron, a través de sus peregrinos, la cultura, el arte, el impulso económico y muchísimos beneficios de todo tipo.
En España, en Europa, me atrevería a decir, Santiago de Compostela fue el punto de peregrinación que más importancia tuvo en toda la Edad Media y posteriormente, hasta el punto de seguir siendo en la actualidad el más importante destino de peregrinación. A través de sus variados caminos que convergían en la ciudad gallega, millones de peregrinos caminaron para rendir culto al Santo Apóstol allí enterrado, porque, desde los albores del cristianismo, se ha tenido por cierto que Jacobo el Mayor, como es conocido en los Evangelios y que fue el primer mártir por la fe que murió decapitado alrededor del año 43 por orden de Herodes Agripa, había sido enterrado allí.
Tras su decapitación, su cuerpo fue arrojado para que fuera devorado por la fieras, pero sus discípulos, Atanasio y Teodoro, lo recogieron y lo trajeron a Hispania, donde había estado predicando con escaso éxito, llevándolo por mar hasta Compostela, en donde, se dice, está enterrado. Sant Iacob se transformó luego en Santiago y así ha perdurado a lo largo de siglos, pero incluso su peregrinación se llama Jacobeo.
Sin embargo, aparte de que no existe ninguna constancia de que el apóstol hubiera estado nunca en la Península Ibérica, el llegar predicando desde Galilea hasta Galicia, por más que sus nombres se parezcan, resulta poco creíble.
En primer lugar porque hasta que Saulo de Tarso, nuestro San Pablo, no se incorpora al elenco de apóstoles, éstos tenían bien claro que las enseñanzas del Nazareno había que impartirlas entre los judíos y no entre los gentiles, es decir, aquellos que no profesaban el judaísmo.
Tanto es así que, en un sentido puramente figurado, el primer cisma que ocurre en el seno de aquella incipiente congregación se establece entre Pedro y Pablo, cuando el primero mantiene que sólo se ha de predicar las enseñanzas de Jesús a los circuncidados, mientras que el otro quiere extenderla a todos cuantos quieran oír las prédicas.
Santiago era de la “cuerda” de Pedro, por tanto no parece muy plausible que se desplazara hasta tan lejos, a un lugar en el que no había judíos a los que predicar y, además, no se hablaba ni arameo, ni griego ni la lengua del imperio, sino la céltica, por lo que las dificultades de entendimiento serían grandes y aunque nos cuentan que la iluminación del Espíritu Santo proporcionó a los apóstoles el don de lenguas, es difícil creer que así fuera.
Pero aún siendo ésta, razón de bastante peso, no importa demasiado a la historia, porque una cosa es lo realmente sucediera y otra lo que el pueblo está dispuesto a creer que sucedió.
Hubieron de pasar muchos años, siglos, hasta que a finales del VIII de nuestra Era, un pastor se dirigió al obispo de Iria Flavia diciéndole que en unos campos cercanos había visto el fulgor de una estrella sobre un punto concreto del bosque y escuchado unos cánticos celestiales. El obispo con su comitiva y acompañando al pastor, se dirigió a los bosques en donde decía observarse aquel fenómeno y encontró una lápida que cerraba una tumba en cuyo interior había tres cuerpos, uno de ellos con la cabeza separada del tronco.
Sin pensarlo dos veces y asociando la decapitación que el apóstol había sufrido, relacionó aquella tumba con Jacobo el Mayor.
No existe ningún otro documento de rigor que hable de la posibilidad de que los restos encontrados correspondan al mencionado apóstol.
El obispo, como es natural, puso su descubrimiento en conocimiento del Papa León III que se apresuró a dar veracidad al descubrimiento, el cual fue también certificado por Carlomagno ya que ambos necesitaban de un buen acicate que impulsara la lucha contra los musulmanes que amenazaban Europa y que, de momento, habían sido detenidos en Poitiers; y qué acicate mejor que la aparición del santo apóstol junto a las huestes cristianas.
Muy pronto se levantó una capilla en aquel Campo de la Estela que sería luego Compostela y seguidamente el santo apóstol, montado sobre un refulgente caballo blanco, comenzó a aparecerse a las tropas que se enfrentaban a los invasores. El colmo del poder que aquella tumba ejercía queda constatado cuando el más temible caudillo musulmán, el algecireño Almanzor, que asoló Galicia, respetó las cristianas reliquias. El pueblo, necesitado de fe, se daba a interpretar todos los signos favorables como intercesión del apóstol y no faltó quien impulsado por la fe ciega emprendiera la marcha hasta el santo lugar, convirtiéndose así, con el paso de los siglos en el lugar de peregrinación del que hemos hablado.
Pero hubo una época en la que la fe pareció apagarse y fue cuando el obispo San Clemente, acuciado por el asalto que el pirata Francis Drake hizo a La Coruña, decidió ocultar la reliquia tras el altar mayor y allí permaneció olvidada durante muchos años, decayendo notablemente el flujo de peregrinaciones, hasta que a finales del siglo XIX se reencontraron nuevamente y se despertó el entusiasmo popular que no ha decaído hasta el presente.

Cofre en el que se conservan los supuestos restos del apóstol

Pero si no es Santiago quien está enterrado en Compostela ¿a quién pertenecen entonces los restos que por tanto siglos se veneran?
No es fácil saberlo, sobre todo porque la Iglesia no ha permitido que dichos restos fueran debidamente estudiados. Solamente cuando reaparecieron tras el altar mayor, se permitió que un forense los examinara, el cual, con la técnica del siglo XIX, se atrevió a decir que eran los despojos de una persona que vivió en el siglo I y ya no quedó duda de a quién pertenecían.
Celosa por guardar la fe que ha movido a tantas personas a peregrinar hasta Compostela, la Iglesia se ha negado sistemáticamente a que dichos restos fueran examinados, lo que, además de no dejar aclarar nada, da pie a que numerosas especulaciones se vayan produciendo. Y en ese correr de la noticia, han ido tomando cuerpo diversas teorías que la heterodoxia, a la que somos tan propensos, ha puesto nombres.
Y el primero y el más importante de todos es el de Prisciliano, por cierto uno de los primeros heterodoxos que aparecieron en la recién nacida Iglesia.
Al parecer, Prisciliano nació en Galicia alrededor del año 340, cuando el cristianismo empezaba a tener la pujanza que el Concilio I de Nicea le dio al reconocerlo como religión oficial del Imperio Romano.
Persona de gran carisma, tenía una enorme habilidad dialéctica, unida a una inteligencia muy clara y una exquisita preparación, para aquel tiempo. Como muchos otros de su época, aceptaba como verídicos los Evangelios Apócrifos que fueron apartados del Canon por voluntad personal de quienes regían el destino de la incipiente congregación cristiana y sin más criterios que el de no coincidir con la estrategia que ya había sido trazada y que era considerada la piedra angular en la que todo se sustentaría.
Su posición lo convirtió rápidamente en hereje, pero no en cualquier clase de hereje sino en uno de los más influyentes y que pudo incluso producir un cambio importante en el cristianismo y todo porque sus ideas tuvieron una enorme influencia en la comunidad gallega, extendiéndose luego a la Iglesia en general.
Acusado formalmente de herejía, el pueblo lo aclamó y nombró obispo de Ávila con la intención de salvarlo, pero aun así fue excomulgado.
Confiando en poder defenderse ante el Papa Dámaso, paisano suyo, y el obispo de Milán, Ambrosio, los dos personajes más influyentes del momento, inicia una larga peregrinación hasta Roma, en donde el Pontífice se niega a recibirlo, lo mismo que ocurre en Milán, por lo que se dirige a Tréveris, una ciudad en el centro de Europa, actualmente en Alemania y que era la residencia de verano del emperador del Sacro Imperio.
Muy fuerte tendría que ser, en aquellos momentos, la doctrina de Prisciliano, porque toda la jerarquía católica le teme y así, en Tréveris, el brazo secular del imperio, instigado por el Vaticano, emprende una acción legal contra él que termina con su muerte por decapitación.
¡Qué curiosa coincidencia! Jacobo el Mayor muere como primer mártir a manos del rey judío; Prisciliano es también el primer hereje al que la curia tiene a bien sacrificar para impedir que su herejía siga prosperando.
Cada uno a su manera, son los primeros mártires, solo que con trescientos años de diferencia.
Los seguidores de Prisciliano, que lo habían acompañado en todo aquel largo itinerario, recogieron su cuerpo y lo trajeron a Galicia y por más de doscientos años el germen de la doctrina del hereje Prisciliano tuvo plena vigencia y numerosos seguidores.
Por muchos años se ocultó cual era el verdadero fundamente de la doctrina herética de Prisciliano, negándose la Iglesia a dar satisfacción a esa demanda, pero en 1885 se encontraron en la Universidad de Worzburgo, una de las más antiguas y prestigiosas de Alemania, unos documentos del siglo V en los que se reproducen once textos con la doctrina priscilianista que demuestran que sus posiciones no eran sino críticas a las actitudes de la Iglesia y a la manipulación que de los textos sagrados se había hecho. Por eso, en la actualidad, se le considera un precursor de la Reforma Luterana y una persona tan influyente que estuvo a punto de cambiar el curso de la Religión Católica.
Que su cuerpo sea el que está enterrado en Compostela y el que recibe la veneración de tantos millones de peregrinos, es algo que creen personas de la talla de Menéndez Pelayo, Unamuno, Sánchez Albornoz, Américo Castro, Francisco Singul, el asesor cultural del Jacobeo o toda una autoridad en la materia, Henry Chadwick, profesor de la Universidad de Oxford.
Sería gracioso que se estuviese venerando al primer hereje mártir, ejecutado por decisión de la Iglesia, en vez de al Santo Apóstol.

domingo, 21 de abril de 2013

MORIR DE COSAS RARAS






Recuerdo que en mi juventud se barajaban conceptos actualmente en desuso para definir algunas enfermedades e incluso determinadas muertes. Afortunadamente los avances de la medicina, han ido poniendo nombre a aquellas expresiones populares cargadas de tradición, de miedos y de desconocimientos.
-¿De qué murió Fulano? Respuesta del interlocutor: De repente.
Y todo había quedado claro. Muerto de repente quería decir que estaba tan bueno y tan sano y que se había muerto sin explicación. Hoy se diría de un infarto, un ictus, un shock anafiláctico o cualquier otro proceso que produzca una muerte fulminante.
Un “Cólico Miserere” era una enfermedad que acababa en pocos días con la vida del paciente, entre tremendos dolores espasmódicos y vómitos. No era más que una oclusión intestinal aguda con perforación y septicemia generalizada, muchas veces provocada por una apendicitis sin tratar; y una Alferecía era una enfermedad infantil que se confundía con la epilepsia.
El Mal o Baile de San Vito, también conocido como Tarantismo, era una enfermedad en la que el paciente parecía danzar y danzar hasta terminar extenuado. Se atribuía a intervención demoníaca y a los que la padecían los enviaban a la hoguera, razón por la que los enfermos se encomendaban a San Vito, patrón de enfermedades desconocidas y de ahí tomó su nombre, pero no era otra cosa que una degeneración neurovegetativa que producía esos espasmos similares a una grotesca danza y que hoy apenas la padecen mil personas en todo el mundo y está diagnosticada con el nombre de Corea.
Otra enfermedad, desaparecida de la misma forma en que hizo su entrada en escena, fue El Sudor Inglés, que afectaba a personas jóvenes, preferentemente varones a los que provocaba una sudoración con vómitos y convulsiones. Apareció en 1496 en Inglaterra, de ahí su nombre y se extendió rápidamente por Europa cobrándose muchas vidas, hasta que en 1551 apareció el último brote y no ha vuelto a producirse esta extraña enfermedad.
El Fuego de San Antonio era una enfermedad en la que los pacientes morían entre alucinaciones, convulsiones y una tremenda contracción arterial que provocaba necrosis de los tejidos que empezaba con un frío intenso y acababa con quemazones, de ahí su nombre. Muy frecuente en la Edad Media, se desconocía la causa hasta que después de la Segunda Guerra Mundial surgió un brote en una localidad francesa y se pudo comprobar que se debía a una intoxicación micótica procedente de la elaboración de pan con harina de centeno, cereal en el que crece parásito un hongo llamado cornezuelo del centeno, a partir del cual se sintetizó el LSD, poderoso alucinógeno.
Fueron los frailes de la Orden de San Antonio los que empezaron a curar a algunos de los afectados, ofreciéndoles para comer el pan de trigo que formaba parte de su dieta, por lo que es de suponer que aun desconociendo la causa de la enfermedad intuían su procedencia.
En nuestros tiempos hemos tenido el envenenamiento por el aceite de colza, en un principio llamado, como muchos recordarán “neumonía atípica” y luego “síndrome tóxico”. Si esta extraña intoxicación hubiese ocurrido en siglos o décadas anteriores, había pasado a la historia con cualquiera de aquellos dos nombre, pero, afortunadamente, la ciencia descubrió pronto su etiología y le puso su verdadero nombre, pero hasta que se descubrió, acarreó centenares de muertes. Mucho más recientemente, la fiebre de las vacas locas, la encefalopatía espongiforme que la contrae el ganado vacuno que es alimentado con materia orgánica animal, cuando su organismo está previsto para consumir exclusivamente vegetales. Así, al consumir ganado vacuno que tiene alterada su cadena trófica, como consecuencia de ser alimentado con proteína de origen animal, los humanos contraíamos aquella tremenda enfermedad que dejaba los cerebros como huecos.
Pero esta enfermedad extraña y prácticamente erradicada, no es más que una de las muchas presentaciones de una enfermedad que los exploradores de las islas del Océano Índico encontraron en Nueva Guinea. La enfermedad se llama Kuru y en el idioma nativo quiere decir temblar de miedo, aunque también se la conoce como muerte de la risa. Se trata de una enfermedad neurodegenerativa que se empezó a conocer a principios del siglo XX, pero hasta cincuenta años más tarde no se investigó, descubriéndose que la causa era una práctica que se definió como canibalismo de amor, pues los individuos de aquellas tribus acostumbraban a comerse a sus familiares fallecidos, creyendo que de esa forma se transmitía su poder y su sabiduría. La costumbre era que los hombres devoraran los tejidos musculares, mientras las mujeres y los niños hacían lo propio con el hígado, los pulmones, el páncreas y el cerebro, en donde se encontraba una proteína patógena, llamada prión, causante de la enfermedad que afectaba principalmente a las mujeres y los niños que eran quienes consumían las partes más afectadas, pero como a su muerte, volvían a ser comidos, se producía un círculo vicioso que estaba esquilmando a las tribus que practicaban estos ancestrales y macabros rituales.
La enfermedad se está erradicando a consecuencia de haber dejado la práctica de la antropofagia, pero como su evolución es muy lenta, aún siguen apareciendo casos.


Examinando a un niño enfermo de Kuru

En este enlace se puede ver al equipo médico desplazado a la tribu tratando de encontrar las causas de la enfermedad, mientras uno de los doctores explica el proceso:

El capítulo sería interminable y a cada aportación se la podría ir conceptuando de insólita, pues han sido muchas y muy extrañas las cusas de muertes en tiempos pasado, pero sin lugar a dudas de ninguna clase, la forma más rara de morirse es de risa.
Aparte la expresión popular y extendida en todos los idiomas para definir el morirse de risa como el haber escuchado o visto algo de gracia extrema, lo cierto es que desde la más remota antigüedad, aunque en escasas ocasiones, el ser humano ha llegado a morir por un acceso de risa incontrolable.
Y a pesar de lo extraño que este tipo de muerte suele ser, mucha literatura ha recogido algunos de estos episodios más destacados y a sus protagonistas.
El más antiguo de los fallecidos por un ataque de risa, pertenece a la mitología griega del siglo XII antes de nuestra Era.
Se trata de Calcante Testórida, el mejor de los augures, un adivinador, que participó en la Guerra de Troya y fue el autor de la idea de construir el famoso caballo con el que consiguieron los aqueos vencer a los troyanos según se nos cuenta en la famosa Ilíada de Homero.
Calcante o Calcas, como también se le conoce era el más famoso de los vaticinadores griegos y llegó a predecir su propia muerte. El día que aquel desenlace debía ocurrir, se encontraba tan perfectamente bien y sano que comenzó a reír sin poder parar, aumentando por momentos sus risas hasta el extremo de morir asfixiado.
Otro griego, Crisipo, un famoso filósofo, murió también de risa después de haber dado de beber vino a su burro y contemplar las reacciones de éste.
Un caso extremo, por el tiempo que estuvo riendo histéricamente, es el de una señora británica llamada Lady Mary Fitzherbert, la cual, en la primavera de 1782, asistió en compañía de unos amigos de la aristocracia londinense, a la representación, en el teatro más antiguo de Inglaterra, entonces llamado Teatro Real, actualmente conocido como Drury Lane que en realidad es el nombre de la calle en que se encuentra, de “La ópera del mendigo”, comedia de John Gay, estrenada en 1728 y considerada por los estudiosos del tema como la primera comedia musical de la historia y en la que intervenía un tal Bannister, considerado el mejor actor de su época, cuya indumentaria provocaba la risa de público. Pero la pobre Lady Mary fue mucho más allá, tanto, que tuvo que abandonar el teatro sin parar de reír, entrando en una fase de histeria profunda de la que no consiguieron sacarla. Falleció dos días después sin haber dejado de reír ni un momento.
La más reciente muerte de risa de la que se tiene conocimiento se produjo el 24 de marzo de 1975, cuando un tal Alex Mitchell, un albañil inglés de cincuenta años, murió de risa mientras veía una serie en televisión.
Después de media hora de risa histérica sufrió un colapso y falleció. Su desconsolada viuda escribió una carta a los productores de la serie agradeciéndoles que hubieran hecho tan felices los últimos momentos de la vida de su marido.
Yo creo que en realidad la que encontró la felicidad con aquella serie fue la compungida esposa, porque lo que es reír, se ríe uno como expresión de alegría por la gracia que cierta cosa le hace, pero hacerlo hasta morir no debe ser nada agradable.

sábado, 13 de abril de 2013

LA TIERRA DE CROCKER






Desde la más remota antigüedad el hombre se ha esmerado en hacer creer que existen los paraísos perdidos, las tierras remotas, los valles ocultos y, sobre todo, las islas ignotas.
La Atlántida es la más famosa de todas las leyendas, pero no es la única. La situó Platón en los confines de las columnas de Hércules, es decir, del Estrecho de Gibraltar, precisamente porque allí se terminaba el mar conocido. Por circunstancias geográficas que todos conocemos, el Mare Nostrum de los antiguos romanos y antes de griegos y fenicios, se acababa abruptamente en las costas de Hispania. Más allá todo eran penumbras, el mar tenebroso.
Pasaron los años y la expansión naval de la Península Ibérica, nos lleva al descubrimiento de nuevas tierras: islas como las Canarias y continentes enteros como África y América. Pero la imaginación popular no cesa y allá donde hay algo, se quiere ver más y a las siete islas del archipiélago canario, se añade una octava isla que, como un capricho de la naturaleza, aparece y desaparece al oeste de la isla del Hierro.
Es la misteriosa isla de San Brandán, o San Borondón, así llamada en homenaje a un monje irlandés que en el siglo VI sentía tal necesidad de extender la palabra de Dios, que no dudó en construir una embarcación con cuero calafateado y hacerse a la mar con unos compañeros. Dice la leyenda que desembarcaron en una isla con árboles, animales y toda clase de vegetación, en la que dijeron misa, acabada la cual, la isla empezó a moverse, pues no era tierra firme sino un enorme animal marino.
Poco creíble, pero forma parte de la cultura que, en cierto momento, imperó en la vieja Europa y que acompañó a muchos otros monjes que se internaron en el Mar del Norte, llegando hasta las Islas Feroes y Groenlandia.
Pues bien, la isla de San Borondón apareció también a muchos miles de millas al sur, frente al archipiélago de las Afortunadas y allí se cimentó en la tradición popular, tanto que su supuesta existencia requirió la intervención de nuestro más culto e ilustrado compatriota: el Padre Feijoo.
Perteneciente a la orden de los benedictinos, con su Teatro Crítico Universal y Cartas Eruditas y Curiosas, fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro, dejó bien sentado hasta donde llegaban sus conocimientos y su erudición entrando a estudiar infinidad de asuntos que fueran materia de controversia o preocupación en su época, siglos XVII y XVIII.
Sobre la mencionada isla que aparece y desaparece, trata el discurso X del Tomo IV de la obra El Teatro Crítico Universal. En este discurso da toda suerte de información sobre personas, expediciones y demás empeños en descubrir aquella isla envuelta en brumas, rodeada de un peligroso mar y que para desesperación de los aguerridos navegantes que se acercaban a ella, desaparecía cuando la tenían próxima.
Pone en duda el erudito la existencia de aquella isla que unos autores colocan a cien leguas de distancia y otros a solamente quince, lo que ya le hace desconfiar de la fiabilidad de los datos y alude a la fantasía de las personas queriendo ver lo que no es realmente. Luego cita un caso constatado desde la antigüedad más remota, como es el fenómeno conocido como Fata Morgana o simplemente La Morgana, fenómeno óptico que se da en algunos lugares de las costas y que el más famoso es el que ocurre en el estrecho de Mesina, entre Sicilia y la ciudad de Reggio Calabria, en el sur de Italia.
Con su docta sapiencia, para aquellos tiempos, el erudito explica que se debe dicho fenómeno a lo que él llama una nube especular, es decir, una especie de espejo que refleja una imagen producida en otro lugar. Efectivamente, en la actualidad se denomina espejismo a este fenómeno en el que intervienen sucesivas capas de aire frío y caliente que se embolsan formando una especie de lente que refleja las imágenes.
Y el mayor espejismo y el que durante más tiempo ha tenido ilusionado a los exploradores europeos y norteamericanos, ha sido sin duda el que da título a este artículo: La Tierra de Crocker.
Todo empezó en el año 1818 cuando la expedición del capitán británico John Ross buscaba el llamado Paso del Noroeste, el mítico Estrecho de Anián, del que los chinos ya habían hablado a Marco Polo y que debía unir, por encima de las frías tierras de Canadá, los dos inmensos océanos: Pacífico y Atlántico.
La expedición estaba compuesta por dos barcos de unas trescientas toneladas cada uno, el Isabelle, capitaneado por Ross y el Alexander, algo más pequeño y bastante más lento, que manda otro marino británico llamado Parry.
El Isabelle, más rápido, iba delante en aquel mar helado al oeste de Groenlandia, adentrándose en un océano que con islas y enormes trozos de hielo a la deriva, les iba cerrando el paso, hasta que tuvieron que dar la vuelta, pues ante sus ojos apareció una cadena montañosa que se eternizaba de norte a sur en el horizonte, frente a él.
Llamó a aquellas montanas la “Tierra de Crocker” en honor del primer secretario del Almirantazgo Británico. Su compañero, el capitán Parry no había observado aquellas montañas, pues su buque se había quedado atrás cuando fue encontrado por Ross en su viaje de vuelta.
Los dos barcos volvieron a Inglaterra antes de que el invierno ártico los atrapase. La disensión entre ambos capitanes y el hecho constatado de no haber hallado el famoso Paso, perjudicó considerablemente a Ross, pero sobre todo fue muy criticado por un científico que iba a bordo llamado Edward Sabine, el cual declaró que cuando todo estaba en el mejor momento para realizar los experimentos que se proponía llevar a cabo, el capitán Ross decidió dar la vuelta, dejando en entredicho la capacidad del capitán para una operación de tanta envergadura.
Diez años después y para lavar su reputación, Ross convenció a un amigo, multimillonario magnate del whisky, para que financiara una nueva expedición que partió en 1829 y tardó cuatro años en volver, sin haber encontrado el famoso Paso y sin haber descubierto y explorado la que él mismo llamó Tierra de Crocker.
A pesar de ese relativo fracaso, fue condecorado a su regreso a Inglaterra y nombrado Caballero de la Orden del Baño, una de las más prestigiosas órdenes militares británicas.
Hubieron de pasar casi ochenta años, cuando un explorador norteamericano llamado Robert Peary, volvió a divisar la Tierra de Crocker que le cerraba el paso entre los océanos Atlántico y Pacífico.
Perfectamente pertrechado, con trineos tirado por perros, ayudado por varios “inuit”, los habitantes esquimales del norte de Canadá, emprendió una expedición hacia aquellos mares helados.
Tras muchas penalidades, cierto día se presentó ante sus ojos la Tierra de Crocker y, a pesar de que los nativos le decían que aquellas montañas, aquellos verdes valles, de suaves colinas, no existían, Peary se lanzó tras aquella visión, comprobando que conforme se acercaba, aquella tierra se alejaba y que a su alrededor no había más que un inmenso mar helado.
Concluyó que se trataba de un espejismo como muchos otros fenómenos que ya estaban estudiados en diversas partes del mundo y que antes se han referido, pero éste de una magnitud tal y de una claridad que hacía casi impensable no creer en lo que se estaba viendo.
Este mismo aventurero se atribuyó en 1909 el haber llegado hasta el Polo Norte, siendo la primera persona que lo pisaba, aunque posteriormente sus descubrimientos han sido puestos en tela de juicio y en la actualidad se está convencido de que no llegó al Polo, aunque puede que estuviera relativamente cerca.

Robert Peary en una expedición al Ártico

La última manifestación de espejismos, como el de la Tierra de Crocker, tuvo lugar recientemente en China, en donde, por cierto, suelen producirse muchos fenómenos de estas características.
En mayo de 2006, una agencia oficial de prensa china, informó que en la Costa Este, frente a la ciudad de Peng-lai y durante más de cuatro horas, pudo verse, sobre el mar, una ciudad con grandes edificios, calles, plazas, coches circulando e incluso personas.
Que se llegue a tantos detalles es poco creíble, pero investigando en el fenómeno de los espejismos, se puede comprobar que en la zona de esta ciudad china, así como en el Estrecho de Mesina, o en el Ártico, son comunes estas ilusiones ópticas, que incluso pueden llegar a ser fotografiados, como la descrita en último lugar.

Foto publicada en prensa del espejismo de Peng-lai en 2006