viernes, 5 de julio de 2019

LA PRIMERA MUJER DE ADÁN





¡Qué bonito es estar donde está el conocimiento! Hace unos días un compañero de profesión, premiado escritor y poeta y buen amigo, experto en armas y durante muchos años profesor de la Escuela de Policía de Ávila, me mandaba una ponencia que había leído en unas jornadas dedicadas a la mujer y las armas.
El estudio es ameno y brillante y sobre todo plagado de anécdotas y curiosidades en torno a la mujer, pero no de una mujer cualquiera sino de esas a las que calificamos como de las de “armas tomar”, de una de las cuales, más leyenda mítica que realidad, por sorprendente, quiero relatar.
No tiene tanto que ver con las armas físicas, como con el carácter firme de las mujeres y es una “noticia” de esas con las que La Biblia, te sorprende cuanto más la lees.
Y esta noticia sorprendente aparece en la primera página, en el primer capítulo del primer libro llamado El Génesis y supuestamente atribuido a Moisés, como el primero de la colección que forma el Pentateuco.
En el versículo 26 se lee: “Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces de la mar, y en las aves de los cielos y en las bestias, y en toda la tierra, y en todo animal que anda arrastrando sobre la tierra”.
El versículo siguiente completa la acción de Dios y nos dice: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.
Le hizo luego las reconvenciones de rigor acerca de la necesidad de fructificar, multiplicarse y henchir la tierra…
Pero, un poco más adelante, en el capítulo segundo, versículo 18, advierte Dios que no es bueno que el hombre esté solo: “…haréle ayuda idónea para él”, dice Jehová
De momento su ayuda fue la de crear toda bestia del campo y toda ave de los cielos y las trajo delante de Adán para que les pusiese nombre, pero después de la ingente tarea de nombrar a todos los animales, Dios no halló ayuda que fuese idónea para él.
Entonces, ya el versículo 21, se nos cuenta lo que siempre hemos oído: “Y Jehová Dios hizo caer sueño sobre Adán y se quedó dormido: entonces tomó una de sus costillas y cerró la carne en su lugar”
Bueno, ya sabemos el resto y es que de esa costilla hizo una mujer y la trajo al hombre que la reconoció como hueso y carne suyos y que sería llamada “Varona”, porque del varón fue tomada.
A grandes rasgos es así como el “Libro de los Libros” describe la creación del hombre y de las dos mujeres, pero ¿qué sucedió con la primera, la que “creó” junto a Adán?
Cómo es posible que después de “crearlos hombre y mujer”, ésta haya desaparecido y el hombre esté tan solo y aburrido que el Creador le trae a los animales para que se distraiga poniéndoles nombre y viendo que la distracción no funciona, lo opera de urgencia para proporcionarle una compañera.
Ya sé que todo esto de la lectura de La Biblia es interpretativo y que por esa razón el libro escrito por la inspiración de Dios estuvo siglos vetado a los creyentes, so pretexto de que éstos no sabrían interpretarlo correctamente, pero es lo que se lee en las dos primeras páginas del primer libro y eso merecería, cuando menos, una explicación, o una interpretación, si es que, realmente, los creyentes tienen tan escasa facultad de interpretativa.
Pero a los que nos hemos criado en el cristianismo y más aún, en el catolicismo, esa explicación no nos ha llegado nunca.
Escaso favor se le hace cuando se asegura que es un libro escrito por Dios con la mano de los hombres. Al menos eso es lo que piensan los que lo creen y, sin embargo, los hombres no saben interpretarlo.
¿Qué ocurrió con aquella primera mujer? ¿Quién era? Nada se explica en La Biblia y hay que recurrir a otras fuentes para aclarar algo, si es que algo se pudiera aclarar de este pequeño embrollo.
Es muy probable que gente de buena voluntad pasen sobre estos versículo sin que su fe se quebrante lo más mínimo, queriendo creer que ambos episodios se refieren a la misma creación del hombre y la mujer, solamente que en el capítulo segundo se explicita un poco más.
Pero claro, hay quien entiende que la mano del hombre guiada por Dios no puede cometer un desliz semejante.
Había que encontrar una explicación y como siempre, la imaginación y la especulación humana, que no tiene límites, la encontró en muy diversas fuentes: la Epopeya de Gilgamesh, el Talmud de Babilonia e incluso el Libro de Isaías que habla de la destrucción del Edén.
En cualquier caso a esa mujer, a la que se identifica como “Lilith”, es un personaje más mitológico que real para los hebreos, del que se cuentan muchas cosas, todas ellas sumamente curiosas.
La primera interpretación que se hace del personaje es que al ser creada por Dios en las mismas condiciones que su compañero Adán, no consentía en someterse a éste, reclamando de su Hacedor que diese solución al conflicto que ambos mantenían, entre otras cosas por tener que ceder siempre a las exigencias amatorias de su compañero o por la posición que ella debía adoptar en el coito, tumbada debajo en señal de sumisión.
Al no solucionarse ni este ni otros problemas de convivencia que la pareja tenía, optó por abandonar el Paraíso y marcharse a vivir por su cuenta.
Como es natural, Adán se quejó de que esas no eran las condiciones establecidas en un principio y así, Jehová, envió a tres ángeles, a los que se identifica como “Senoy, Sansenoy y Semangelof” con la orden de buscar a la mujer y traerla nuevamente al Paraíso.
Pero ella se negó en rotundo a volver y optó por atravesar la barrera del bien y del mal.
Se cuenta en la mitología hebrea que a orillas del Mar Rojo, Lilith se encontró con el demonio conocido como “Asmodeo”, junto con el cual tuvo muchos hijos, todos demonios, creando así toda una saga de enemigos de Dios pero Él es muy poderoso y su castigo consiste en que cada día perezcan cien de los hijos habidos con los demonios.
Como puede verse, la cosa empieza a desvariar conforme la mano del hombre va tejiendo un entramado dentro del cual coloca a la mujer como una mala esposa y una perversa adoradora del diablo.
De la misma forma, la perversa “Lilith” aparece en numerosos grabados y pinturas con el cuerpo desnudo, sobre el que se enrosca una serpiente y es que también, en interpretaciones mitológicas, se la identifica como la serpiente que tentó a Eva para que comiese la fruta prohibida y que nos ha costado a todos la ruina.

Una de las pinturas de Lilith transfigurada en serpiente

No ha parado desde entonces de mantenerse en la cultura judeocristiana, esa figura de la mujer como causante de males para el hombre, al que no soporta por su superioridad y al que abandona en un arrebato de valentía.
Aparte de las connotaciones mitológicas, fuera de todo raciocinio, Lilith vuelve a aparecer en La Biblia en el Libro de Isaías, capítulo 34, versículo 14, donde habla del lugar en el que, por fin, Lilith hallará el descanso.
A la vista de todo lo anterior hay algo que me sorprende profundamente y es que no acierto a explicarme cómo es posible que el feminismo que en las últimas décadas impregna la sociedad, dominando todo tipo de relación natural entre hombre y mujer, haya dejado pasar por alto a esta figura tan potente que se enfrenta no ya a su igual, el hombre, sino al Demiurgo para dejar bien claro que no somete su libertad como mujer ante nada ni nadie.
A su lado la madre Eva, a quien también se le han atribuido muchas de las calamidades que el género humano ha de padecer, sería como una ovejita dócil.

viernes, 28 de junio de 2019

EL SABIO DEL AIRE COMPRIMIDO





¡La cantidad de cosas que se aprenden leyendo¡ Hace unos días, cuando consultaba una historia de Roma comprobé que nosotros hablamos del incendio de Roma, como si solo hubiese habido un incendio y refiriéndonos preferentemente al ocurrido en tiempos de Nerón y que fue achacado a los cristianos, para eludir otras responsabilidades, pero lo cierto es que en Roma ocurrían incendios constantemente y muchos de ellos de extrema gravedad.
Muy pocos de estos incendios ocurrían en las casas de los patricios, mansiones amplias de piedra rodeadas de jardines en donde era más difícil su propagación a viviendas colindantes. Casi siempre estos ocurrían en “La Subura”, un barrio de calles estrechas y gente muy pobre que vivía hacinada en la colina del Quirinal, donde ahora está el palacio de la presidencia de Italia e integrado por edificios de madera de varias plantas que se apoyaban unos en otros, sin apenas ventilación y con unas estructuras sostenidas por vigas de madera poco resistentes que la carcoma, el peso que soportaban y la humedad ambiental, acaban por derribarlas, si antes no las consumía el fuego.
En cada uno de estos edificios vivían varias familias por planta y en su interior se hacía toda la vida familiar, desde las necesidades corporales, hasta la preparación de la comida.
Con un riesgo tan elevado derivado de la promiscuidad, la poca higiene, la nula seguridad y la necesidad de encender fuego en su interior, tanto para alumbrarse como para preparar la comida, no era de extrañar que en aquel submundo, casi cada día saliera ardiendo uno de estos edificios, los cuales propagaban el fuego a sus vecinos con una rapidez pasmosa.
Tal era la gravedad del problema que la Ciudad, en tiempos del emperador Augusto, había creado un cuerpo especial: los “Vigiles”, una especie de bomberos que también era una policía de seguridad que velaba por los edificios, sus habitantes y la seguridad de las calles.
Estaba compuesto por unos siete mil esclavos libertos, que después de seis años de servicio, adquirían la ciudadanía romana y podían ser totalmente libres.
Su equipo de trabajo era muy completo en cuanto a herramientas y material y sobre todo contaban con un carro tirado por dos caballos que recibía el nombre de “Sipho” en el que transportaban una bomba de agua que actuaba por presión del aire.
Incluso el entrenamiento que recibían era muy sofisticado y aprendían técnicas de cortafuegos tal como se realizan hoy día. Los caballos también eran entrenados para que no temiesen al fuego ni al humo, algo imprescindible para poder entrar en el corazón del incendio.
Como es natural, aquello de la bomba de agua les proporcionaba una gran eficacia, frente a las cadenas humanas transportando el agua cubo a cubo y así, se extendió la utilización de esta máquina impulsora de agua por otras ciudades importantes.
Pero aunque Roma las utilizó con profusión desde la creación de los “Vigiles”, no era un invento romano, ni mucho menos.
En la primera mitad del siglo III antes de nuestra Era, vivía en Alejandría un hombre a quien sus contemporáneos ya aplicaron el calificativo de sabio. Se llamaba Ctesibio de Alejandría y era hijo de un barbero local que desde pequeño dio muestras de su agudo ingenio y su capacidad inventora.
La ciudad que creara Alejandro Magno ya había adquirido mucho prestigio gracias a la formidable biblioteca que bajo el mandato de la dinastía de los Ptolomeos se estaba creando y a la que acudían a estudiar muchos sabios de todos los países.
Pero el protagonista de esta historia no era un sabio al uso, es decir, no era un filósofo, sino un inventor. Un inventor de cosas mecánicas, por eso dentro de la llamada Escuela de Alejandría se le incluye en el capítulo de “mecánicos”, en el que están también incluidos dos discípulos suyos, Filón y Herón, que aunque no fueron contemporáneos, siguieron sus enseñanzas.
Para ayudar a su padre en la barbería Ctesibio le construyó una especie de espejo, que entonces se hacía de metal muy pulimentado, que podía subir y bajar a voluntad, facilitando al cliente el observar el trabajo que se estaba haciendo en su barba o cabeza, ajustando el espejo a su altura mediante un mecanismo de palancas.
Más adulto, perfeccionó sus conocimientos sobre mecánica e hidráulica, llegando a la conclusión de que el aire se comportaba como el agua y otros líquidos, es decir, podía ser conducido y, sometido a presión, era capaz de impulsar objetos.

Bomba de aire comprimido de Ctesibio


Fueron numerosos y muy diversos los objetos que construyó a lo largo de su vida y que iban desde una especie de órgano musical accionado por aire comprimido y agua, hasta una catapulta que usaba aire comprimido para lanzar grandes piedras a mucha distancia.
Desgraciadamente no han llegado ninguno de los escritos y diseños de las obras de Ctesibio y lo que sabemos es por la relación que hicieron sus discípulos, algunos de los cuales están perfectamente descritos.
No fue suya la invención del reloj de agua, llamado “clepsidra” que tanto se utilizó en la antigüedad y que era mucho más eficaz que el de sol o el de arena, pero sobre él aplicó grandes innovaciones que lo hicieron de lo más eficaz. Sobre todo en Grecia tuvieron las clepsidras una extraordinaria importancia y se usaban para repartir los tiempos en los juicios, en el foro para los oradores y para marcar tiempos en pruebas deportivas.
Perfeccionista sobre todo, Ctesibio iba añadiendo a sus inventos nuevas cualidades para perfeccionarlos y ampliar sus utilidades, como añadir un flotador en el recipiente que recibía el agua y con un artilugio de su invención movía una aguja que iba señalando las horas.
Otra de sus grandes aportaciones fue la invención del sifón, para controlar los movimientos del agua.
Los griegos dividían las horas de sol en doce, por lo que no era lo mismo una hora de verano que una de invierno y eso obligaba a hacer correcciones constantemente, que se solventaban con el tamaño del orificio por el que fluía el agua, pero este sabio inventó un dispositivo de forma cilíndrica que iba rotando a una velocidad muy pequeña cada día, acortando o alargando la duración de una hora según la estación. Su precisión era tal que hasta que no se inventó el reloj de péndulo dos mil años después, no se consiguió una medición más certera del tiempo.


Las rayas que marcan las horas están inclinadas

También incorporó a las clepsidras elementos de mera decoración o divertimento, como un pájaro que piaba al paso de agua, marcando las horas, tañer de campanas o marionetas que se movían y muchas otras variedades.
Si nos fijamos, es exactamente lo que se ha venido utilizando en los relojes hasta hace muy pocos años. Hemos visto muchos relojes de Cuco, de péndulo que dan campanadas e incluso de muñecos en movimiento.
De la combinación de la fuerza del aire comprimido y del agua, surgió su invento más destacado y por el que ha empezado este artículo, que era la bomba de agua usada tanto en fuentes, como para extraer aguas subterráneas o subirla a niveles más altos y para combatir el fuego.
Evidentemente la acción de estas bombas requerían la fuerza humana, como se ha venido haciendo hasta la revolución industrial del siglo XIX.
Este invento al que los romanos dieron una gran utilidad cayó en desuso con la desaparición de Roma como potencia militar y no fue hasta el siglo XV que se volvió a reinventar.
La capacidad inventora de esta persona es comparable a la de los grandes inventores de épocas más actuales, tomando en consideración que si Ctesibio hubiese podido disponer como Einstein, Edison, Tesla y otros sabios, de toda la tecnología que estos tuvieron a su disposición, quizás los hubiera superado.
Pero además de inventor fue un genio de la geometría, solamente superado por Arquímedes.
Un grandísimo científico del que desgraciadamente hemos perdido toda su producción, pues no se conserva ninguna de las obras que se sabe escribió y de las que únicamente tenemos la referencia que han hecho sus discípulos y seguidores.
Ayer domingo 16 de junio, a las 02:30 el Canal Historia ha publicado un amplio reportaje dedicado a Ctesibio y sus dos discípulos. Pensando que es un canal minoritario y que la hora no era la de más audiencia, me animo a publicar este artículo que tenía escrito varias semanas antes, en la seguridad de que para muchas personas la historia será desconocida, aunque la originalidad me la ha anulado la citada cadena de televisión.

viernes, 21 de junio de 2019

LA PREOCUPACIÓN POR EL CLIMA





Hablar del clima y sobre todo, de los cambios que aparentemente el clima está experimentando, se ha convertido en un deporte mundial, pero en ese permanente estado de excitación se suelen eludir circunstancias, confundir elementos y tomar la parte por el todo con mucha frecuencia.
Se habla de clima cuando en realidad se está refiriendo al tiempo, porque el tiempo es algo mucho más temporal que el clima que viene a ser como el asentamiento de un tipo de tiempo, durante un periodo largo.
Yo acabo de leer un libro interesantísimo que se llama “Historia de los cambios climáticos” del profesor José Luis Comellas, al que ya me he referido en ocasiones anteriores, y en el que hace un estudio profundísimo de cómo se han ido sucediendo cambios en el clima a lo largo de todos los tiempos.
Desde que hemos sido “homo sapiens” hemos tenido interés por los fenómenos de la naturaleza y muy pronto el hombre advirtió la repetición de ciertos acontecimientos como los solsticios, los equinoccios, las fases de la Luna y otros más, pero realmente un interés por el clima no aparece hasta la Grecia helenística.

Portada del libro

Se habla de los Siete Sabios de Grecia como de una reunión de hombres de grandes inquietudes y despierta inteligencia que despegaron con sus conocimientos hacia todas las esferas del saber y cuyos nombres han llegado a nosotros a través de Platón, pero hay otras relaciones nominales en las que algunos de los que figuran en aquella, no aparecen en otras.
Lo cierto es que salvo Tales de Mileto, famoso por el teorema que lleva su nombre y Solón, también famoso por la redacción de unas leyes que eran tan duras que se decía estar escritas con sangre, el resto de sabios es bastante desconocido.
Sabemos más de la mayoría de ellos por lo que nos han contado otros, como Platón o Hesíodo que por lo que ellos mismos transmitieran, pero lo cierto es que siendo Grecia un país pequeño, sin aspiraciones de conquista, dominó por su cultura toda la cuenca mediterránea. Su mérito en todas las escalas del saber fue el que se preguntaran constantemente por qué ocurrían las cosas y al contrario de otras civilizaciones más antiguas que quizás sabían tanto como ellos, pero que nunca se habían hecho esa pregunta, al encontrar las respuestas, avanzaron enormemente en el conocimiento.
Y el estudio de los fenómenos de la naturaleza ocupó gran parte del pensamiento de aquellos sabios, como lo reflejaron por escrito poetas y filósofos posteriores.
Así sabemos que durante las guerras del Peloponeso, que es la península situada al sur de Grecia, muchos soldados heridos murieron de congelación, lo que indica un clima extremo en un lugar de clima mediterráneo por excelencia y en donde en la actualidad nadie muere por ese motivo.
 El propio Tales se percató que el aire no era un espíritu, como hasta entonces se creía, sino un cuerpo más que se mueve y que con su desplazamiento produce el viento. Parece obvio, pero hasta él, nadie se había dado cuenta de que era así.
Otro sabio se percata de que condensación del aire produce nubes y que a su vez éstas producen los rayos cuando chocan entre sí y que la luz del sol, cuando las atraviesa en determinadas condiciones, produce el misterioso arco iris. No sabía nada de la refracción de la luz, pero intuyó de dónde procedía el extraño fenómeno.
Pero fueron más allá y llegaron a intuir que algo se mueve en el interior de la tierra que produce los terremotos, aunque la conclusión fuera que la tierra esté muy seca y se resquebraja o tan húmeda que se hunde.
Intuyen las causa de la lluvia, que achacan a la condensación de las nubes, lo que es acertado y lo mismo con el origen del granizo, cuando las gotas de lluvia se congelan al atravesar capas de aire muy frío.
El mismo sabio que formuló la teoríade los cuatro elementos que perduró por muchos siglos: agua, aire, tierra y fuego, explicó de forma rudimentaria, pero acertada que cuando el Sol calienta el aire, éste sube hacia lo más alto, provocando un vacío que otro aire más frío tiende a ocupar, produciéndose así los vientos y que por esa razón, al caer la temperatura por las noches, los vientos tendían a calmarse. Todo esto es cierto a medias y mucho más complejo que las pueriles explicaciones de aquellos sabios, pero no se les puede negar la extraordinaria capacidad de observación e interpretación para que, valiéndose únicamente de su inteligencia, sin ningún auxilio instrumental, llegaran a interpretaciones tan cercanas a la verdad.
Quizás el más grande de los filósofos atenienses, Aristóteles, escribió nada menos que cuatro libros sobre meteorología y además inventó esa palabra que se usa desde entonces. En su enorme capacidad para discernir fue concluyente cuando dijo con absoluta seguridad que el clima es variable. Y lo expresa con ejemplos como la escasez o abundancia de lluvias, predominio de frío sobre el calor o al revés y otras singularidades, haciendo la advertencia de que siempre sería así, lo que ocurre es que esos cambios se dan con una lentitud tal que a veces la vida de una persona no basta a advertir que algo está cambiando.
Advierte que el río Nilo se está secando y las tierras y los mares no han sido siempre como ahora las conocemos y que la cantidad de agua que hay en la Tierra es constante. Calentada por el Sol, el agua se evapora y cae en forma de lluvia, cuando se condensa por el frío.
Un discípulo suyo, llamado Teofrasto escribió un libro con un conjunto de doscientas normas o reglas para predecir el tiempo y relaciona el color de las auroras con la temperatura y el de los ocasos con el viento y la lluvia, o el halo que circunda la Luna con el anuncio de lluvias, ideas que han llegado a nuestros días plenamente vigentes.
Tanta importancia tuvo todo lo relacionado con el clima en la antigua Grecia que en Atenas existe una construcción llamada Torre de los Vientos que es un edificio de ocho caras cada una de ellas con el símbolo del viento que la azotaba en forma de bajorrelieve. En su parte más alta tenía una veleta de bronce, con forma de tritón que apuntaba la dirección del viento.

Torre de los Vientos en Atenas

Al contrario de lo que hoy pensamos, estas veletas se llamaban “Giralda” y la famosa torre-minarete de la catedral de Sevilla, tomó su nombre de ahí y no al revés, pues actualmente a la veleta que la corona se el llama “Giraldillo”.
En la Torre de los Vientos había también otro elemento fundamental y era una clepsidra, el famoso reloj de agua que marcaba las horas y que los ciudadanos podían consultar para saber si llegaban tarde a sus casas a comer.
Cada viento tenía su nombre y así el Céfiro soplaba del Oeste, el Boreas del Norte, el Noto del Sur y el Euro, del Este. También había otros cuatro nombres para los que soplaban a mediados de los cuadrantes.
No  quiero abrumar con datos que pueden leerse en el estupendo libro al que arriba he hecho referencia, pero sí que es mi deseo resaltar que la preocupación por el clima no es de ahora, por mucho que se empeñen en machacarnos constantemente con consignas casi siempre catastrofistas. Del mismo modo el cambio climático no es solamente cuestión del presente, ni exclusivamente producto de la mala gestión de los recursos de la Tierra por parte de los humanos.
La caída de un asteroide, además de cargarse a los dinosaurios, hundió al planeta en un invierno que quizás duró varios años; la erupción del volcán Tambora colmó la atmósfera del hemisferio norte de cenizas en suspensión y provocó que aquel año no hubiese verano porque los rayos del Sol no llegaban a la tierra.
La honda preocupación por la contaminación en Madrid, impulsa a prohibir los coches de combustión Diesel por todo el centro de la capital y sin embargo la contaminación sube, porque el motor Diesel contamina menos que el de gasolina. Unas rachas de viento hacen bajar la contaminación a niveles aceptables, como ha ocurrido en días pasados. El clima se cuida por sí mismo.
Estamos todos contra el humo que ensucia la atmósfera y perjudica los pulmones, ya sea de cigarrillos, de combustión de motores, calderas o incluso de alimentos conservados por ese procedimiento.
Ya no se ahuman los salmones ni los arenques ni los embutidos con humo de leñas escogidas con esmero para darles ese sabor exquisito e inconfundible, ahora se hace agregándoles unos productos químicos que le confieren el sabor a ahumados, pero no hay humo.
A lo peor en unos años nos dicen que esos productos son altamente cancerígenos, o cualquier otra cosa, ¡qué sé yo!, que hace muchísimo daño, cuando el humo era de lo más inocuo.