viernes, 4 de octubre de 2019

EL DUQUE Y "LA GIORGINA"





Que a la nobleza masculina le enloquecen las coristas, cantantes y en general las buenas hembras del mundo de la farándula, no es nada nuevo. Desde la antigüedad hasta el presente más reciente hemos comprobado casos escandalosos de estos amoríos.
Actualmente la Iglesia apenas se entromete en estos asuntos, que bastante tiene con los suyos y se limita a aconsejar continencia, a sabiendas de que es un consejo vacuo, pero en otros tiempos no era así, pues el poder eclesiástico no era solo espiritual, era, sobre todo, terrenal.
En el siglo XVII el papa Inocencio XI se propuso reformar la sociedad romana, por otra parte totalmente corrompida en todos sus estamentos, pero para una reforma en profundidad no era suficiente forzar a sus prelados a abandonar el lujo y la lujuria de que estaban rodeados, ni cambiar las prédicas, prohibir el canto de las monjas o condenar el excesivo escote de las señoras.
Eran necesarias medidas más drásticas y así prohibió, además, que las mujeres ejercieran de actrices en las comedias, obligando a que fueran sustituidas por hombres y lo que es más extravagante, llegó a prohibir que cualquier mujer que cursara estudios de música o canto de cualquier clase y en cualquier lugar, aprendiesen con hombres, fueran religiosos o laicos, aunque hubiese entre ellos parentesco.
Pretendía tutelar la moral del peligro existente entre el maestro y sus pupilas.
Pero el arte salía notablemente perjudicado.
Triunfaba entonces en Roma una cantante llamada Angiola Voglia, a la que se conocía como “La Giorgina”, la cual había recibido una notable educación musical que agregar a su belleza personal, y ambas cualidades juntas hicieron de la joven todo un éxito artístico.
Su madre, dispuesta a sacar el mayor partido de las cualidades de la joven, la puso al servicio de un acaudalado “Príncipe de la Iglesia”, el cual no llegó a casarse con ella por prohibición expresa del papa, pero el prelado, loco de amor o de lujuria, estaba dispuesto a tirar la púrpura por la borda, con tal de conseguir a la cantante.
No había fiesta de la aristocracia en la que no participara la bella cantante, la cual recibía espléndidos regalos, como los que figuran en una relación del duque de Mantua: “…una bandeja de plata grabada de unas quince libras de peso y una cajita con una bandejita y algunas joyas.”
Fernando Carlos III fue, por cierto, el último duque de Mantua, un dechado de inteligencia que cuando el papa Inocencio XI le preguntó qué le había gustado más de Roma, le respondió que una joven que cantaba como nunca había oído; fue la gota que colmó el vaso de la fingida calma del Pontífice que lanzó un bando en el que además de las prohibiciones que se han señalado anteriormente, ordenó que todas las cantarinas se encerrasen en un convento o que abandonasen Roma.
En aquellos momentos Roma quería decir los Estados Pontificios, casi la mitad del centro de Italia.
La policía pontificia creyó oportuno empezar a detener a las que no habían cumplido el mandato papal por la más famosa de todas: “La Giorgina”, que consiguió escapar y refugiarse en el palacio de la reina Cristina de Suecia, la cual vivió muchos años en Roma y que acogió a la cantante con verdadero placer.
Allí gozó del correspondiente derecho de asilo, máxime cuando la reina Cristina estaba en Roma para abjurar del protestantismo y abrazar la religión católica, acto al que la Iglesia concedía la máxima prioridad.
Así transcurrió más de un año, cuando en enero de 1688, para celebrar la boda de dos altas personalidades de la aristocracia italiana, se celebró un certamen de canto, al que la reina permitió que asistiese “La Giorgina” y allí la conoció el embajador de España ante la Santa Sede, don Luis de la Cerda y Aragón, IX duque de Medinaceli, nacido precisamente en mi pueblo, El Puerto de Santa María, concretamente en el Castillo de San Marcos, joya arquitectónica de la ciudad perfectamente conservada, el cual quedó prendado de la cantante hasta el extremo de querer acogerla bajo su protección, pero se encontró con el escollo insalvable de la reina Cristina de Suecia, celosa hasta el extremo de los artista que estaba bajo su protección.
Rara en extremo, se dice que en realidad Cristina sentía amor por la bella cantante, con la que mantuvo un apasionado romance.
La reina enfermó en febrero de 1689 y aunque parecía haberse recuperado, a raíz de un grotesco incidente protagonizado por monseñor Vaini que se coló con fines lúbricos en el cuarto de Giorgina, la reina se agravó y falleció pocos días después.
Muerta la reina, la cantante pasó a la disposición del pontificado, donde decidieron ingresarla en un convento, pero no era querida por las congregaciones religiosas y buscarle un acomodo estaba resultando muy dificultoso. En estas, murió también el Papa Inocencio, al que sucedió Alejandro VIII, un papa que en dieciséis meses dilapidó la fortuna del Vaticano en dádivas a familiares y rebajas de impuestos y nombró a sus parientes para los cargos más importantes de los Estados Pontificios.
Menos mal que la muerte se lo llevó presto que de no ser así se hubiera cargado una institución que duraba ya diecisiete siglos.
El nuevo papa no dudó en entregar la custodia de Giorgina al duque de Medinaceli, a quien se acogió en la embajada española, con gran cólera del otro pretendiente, el duque de Mantua que había entrado en tratos con la familia de la joven para llevársela a su corte.
Por su parte el de Medinaceli exhibía su reciente conquista con verdadero descaro y orgullo, llegando a ser amonestado por la corona española, que en ese momento estaba sobre las sienes del infausto Carlos II.
Sorprendentemente todo esto se realizaba ante los ojos de la esposa del Medinaceli, María Teresa de las Nieves, hija del conde de Osuna, la cual estaba tan encariñada con la cantante que no alcanzaba a ver la realidad que se escondía tras aquella pretendida admiración exclusiva de su arte.
La admiración que despertaba Giorgina llevaba a los hombres a desenvainar la espada y hacer sangre por tal de preservar la primacía que la cantante detentaba, como ocurrió con el gentilhombre de la embajada española José de Villanueva que mató a dos lacayos del marqués de Rispoli, por querer que su carruaje entrase en una fiesta por delante del de Giorgina.
Lo cierto es que en Roma se llegaron a acuñar monedas dedicadas a la cantante, como esta de la fotografía.
 


En esas, el duque es nombrado virrey de Nápoles, uno de los cargos más importantes de la corte española, en donde hizo una entrada triunfal en los primeros días de abril de 1695 y en una de las carrozas de gala de la virreina pudo verse el bello rostro de la cantante, a la que acompañaba su hermana Bárbara, joven también de gran belleza.
Aparte de las dos hermanas, el ahora virrey no dudaba en dar cobijo en su palacio a cuanta cantante agraciada pasara por su virreinato, hasta alcanzar fama de libidinoso, extremo que el pueblo tradujo en un dicho, cuando fue cesado de su cargo y es que se decía que en Nápoles ya solo quedaban cinco pecados capitales pues la soberbia y la lujuria, se los había llevado el duque, que también se llevó a España a su amante Giorgina.
Pero además de lujurioso, soberbio y perezoso, cualidades que tenía con colmo, el duque no debía ser ni medianamente inteligente, pues siendo nombrado ministro por Felipe V en el año 1709, empezó a conspirar contra el monarca en defensa del archiduque Carlos, pretendiente al trono español.
Fue descubierto en esa burda conspiración y dio con sus huesos en el real Alcázar de Segovia y de allí trasladado a Pamplona, donde murió el 26 de enero de 1711, se dice que envenenado.
Con la muerte del duque comenzaron las desgracias de Giorgina que también fue presa en el Alcázar de Segovia. Nada más volvió a saberse de la amante ducal de la que también se llegó a afirmar que había muerto estrangulada en la prisión, cosa que no es cierta, pues en septiembre de 1714 un diario romano publicaba que Angiola Voglia, la famosa cantarina romana llamada “La Giorgina”, que había estado presa por ocultación de joyas, había sido puesta en libertad y obligada a salir del reino de España.
Después de esta noticia, nada más se volvió a saber de la guapa cantante y lo más probable es que regresase a Italia donde sería bien acogida en la casa de algún otro noble.
Los asuntos que atañen de cintura para abajo nunca han tenido arreglo, ni lo tendrán.

viernes, 27 de septiembre de 2019

UN INVENTO EXTRAORDINARIO





En una reunión de amigos y compañeros, alrededor de una buena comida, mientras hacíamos la sobremesa, comentábamos mi artículo sobre las operaciones de cataratas.
Uno de los comensales que estudió medicina, dijo que recordaba haber leído en un libro sobre la historia de la medicina que el inventor de las gafas había sido un médico andalusí llamado Al-Gafequi. Este médico había sido un adelantado a su tiempo y además de operar cataratas, dio nombre a las gafas, por similitud con su apellido.
Mohamed Ibn Qassoum Ibn Aslam Al-Gafequi fue, efectivamente, un notable “oculista” cordobés que vivió en el siglo XII. Se formó en Córdoba y en Bagdad, donde adquirió una notable destreza y regresó a su ciudad para desarrollar su oficio.
Se había especializado en operar cataratas y en enfermedades del iris y escribió un libro llamado “Guía del oculista”, cuyo manuscrito se conserva en la biblioteca del Monasterio de El Escorial como pieza sumamente valiosa.
Famoso en su tiempo, el oculista fue cayendo en el olvido hasta diluirse completamente. En 1965 la ciudad de Córdoba lo sacó del ostracismo erigiéndole un busto que se encuentra en la Plaza Cardenal Salazar, frente a la Facultad de Filosofía y Letras.
Evidentemente nos encontramos ante todo un personaje de la medicina de aquella época, pero por más que mi amigo leyera esa historia en un libro de la carrera, ni por la similitud de su nombre con el vulgar de los anteojos, Al-Gafequi no inventó las gafas.
Inmediatamente vi que tenía necesidad de investigar sobre tan extraordinario invento y la verdad, después de numerosos documentos consultados, no es fácil concluir de una manera definitiva acerca de quien fue el afortunado inventor de tan utilísimo artilugio.
No fue fácil porque he encontrado documentación en la que se refleja que ya los egipcios usaban unos cristales de colores para proteger sus ojos del Sol, lo que da una idea de la antigüedad que tiene el colocar cristales ante los ojos, aunque no sean para mejorar la visión.
Y eso, precisamente eso, es lo que yo buscaba: cuándo se empezó a usar cristales más o menos tallados artesanalmente para combatir la pérdida natural de la agudeza visual.
En el siglo IX, en plena Edad Media y época del mayor esplendor andalusí, un inventor llamado Abbás Ibn Firnás, tan considerado en el mundo científico que su nombre lo llevan un cráter de la Luna y un puente sobre el Guadalquivir en Córdoba, desarrolló un sistema para tallar y pulir cristales que permitió obtener lo que se conoció como “Piedras de lectura”, un verdadero ancestro de las lupas.
El incansable Marco Polo a su regreso de China, en el siglo XIII, hablaba de que los chinos usaban unos cristales ahumados para protegerse igual que los egipcios, pero éstos, además, también usaban unos cristales de aumento para ver con más claridad las cosas pequeñas; desgraciadamente esas declaraciones no aportaban nada sobre la invención de las gafas.
Ese mismo siglo, el franciscano y filósofo inglés Roger Bacon habla del uso de cristales para mejorar la visión, lo que proporciona un dato importante que es que ya se conocía la existencia de estas primitivas lentes. Bacón no fabricó ni siquiera describió como debían ser dichos cristales.
  Unos años más tarde, otro franciscano, Alejandro della Spina que vivió a principios del siglo XIV, parece que fabricó unas lentes de vidrio con las que construyó los primeros anteojos para ver de cerca. Eran simples lentes convexas que, como las lupas, se adaptan a todos los ojos, según se aproximen o se alejen del objeto a observar, es decir, a base de variar el campo focal.
Poco tiempo pasó hasta que a alguien se le ocurriera invertir la lente para ver bien de lejos, como solución para los que padecen miopía. En este caso fue un alemán, Nicolás de Cusa, filósofo y erudito.
Si hacemos caso de los escritos y documentos que circularon por la Europa del Renacimiento, la invención de las gafas, con aspecto similar al que nos encontramos en la actualidad, se tendría que deber a un florentino llamado Salvino degli Armati, el cual habría fallecido en 1317. Esta apreciación partía de un académico, también florentino, del siglo XVIII que relataba que en la iglesia de Santa María Maggiore de Florencia, se encontraba la tumba del tal Salvino en cuya inscripción se le conmemoraba como inventor de los anteojos.
Pero la lápida no cubría una sepultura, era un simple cenotafio cuyo contenido fue refutado por científicos de prestigio y obligado a retirar de la iglesia.

Lápida de Salvino degli Armati

En 1923 se celebró en Sevilla un congreso Hispano Americano de Oftalmología en el curso del cual el representante oficial del gobierno italiano, profesor Albertotti reconoció que era falso que Salvino fuese el inventor de los anteojos.
Es muy posible que las gafas no hayan sido inventadas por una sola persona, sino que varias llegaron a conclusiones parecidas cuando trataron de paliar las dificultades para ver que presentaban algunas personas, pero sobre todo, cuando se empezó a comprender los fenómenos que la transparencia de determinados cristales producían sobre los objetos que se observaban y que no es otra cosa que consecuencia de la refracción y reflexión de la luz al pasar de un medio a otro.
Pero lo que parece cierto es que esa progresiva evolución desde la Piedra de lectura mencionada más arriba, hasta los anteojos de doble cristal, tuvieron que producirse al calor de unas avanzadas industrias fabricantes de vidrios, o del tallado de cristal de cuarzo y en eso, hemos de volver la cara a Italia y a sus poderosas industrias del vidrio, sobre todo en la isla de Murano, en Venecia.
Si queremos situar en el tiempo tan prodigioso invento, ya que no se ha podido determinar con exactitud a quien es debido el “milagro” de recuperar la visión al usar unos lentes, no existe otro medio que inspeccionar la pintura de la época, único medio gráfico.
Cardenal Hugo de Provenza escribiendo con gafas

La primera pintura en la que aparece un personaje con gafas salió de la mano de Tomasso de Módena y es el Retrato del Cardenal Hugo de Provenza que se debió pintar en el año 1350, en donde se le ve en un escritorio auxiliándose de unas gafas para escribir.
Las gafas empezaron a ponerse de moda, aunque siempre entre las clases pudientes y algunos pintores, cometieron la osadía de pintar personajes en escenas tan antiguas como la presentación en el templo del Niño Jesús, en la que un sacerdote judío lleva gafas.
Pero cuando realmente empezó a haber una importantísima demanda de estos artilugios fue a partir de la invención de la imprenta. Y tiene una explicación, pues al poner en el mercado una gran cantidad de libros, estos llegaron a manos de gente que, sabiendo leer, no lo hacía por falta de material, pero al popularizarse el libro, podían acceder muy fácilmente, comprobando que los años habían pasado y sobre todo la presbicia, lo que llamamos vista cansada, había hecho mella en sus ojos.
El mismo Petrarca, hacia 1350, cuando había cumplido los sesenta años, contaba cómo habiendo perdido su buena vista, hubo de recurrir a las lentes.
En cuanto a la forma que fueron adoptando las diferentes gafas, en principio y como eran solo para lectura, lo común era sostenerlas sobre la nariz, sujetándolas con una mano, pero al aparecer las lentes que corregían la miopía, obligaba a llevarlas puestas todo el día, haciéndose sumamente incómodo el sujetarlas, por lo que la imaginación entró en juego nuevamente y empezaron a fabricarse, primero unos gorros con una enjaretado de alambres que la sostenían, luego unas bandas de cuero que a manera de antifaz la sujetaban a la cabeza. Y no fue hasta el siglo XVIII en el que se empezó a utilizar las patillas que también evolucionaron, desde ser un artilugio aprisionador de la cabeza, hasta descansar sobre las orejas con mayor comodidad.


Gafas con patillas plegables del siglo XVIII

No me ha sido posible aclarar quién inventó las gafas, pero al menos me hado la satisfacción de aprender algo sobre este fascinante mundo de la óptica.
Y una última cosa, este útil artilugio ha ido cambiando su nombre a lo largo de la historia: antiparras, anteojos, lentes, espejuelos, impertinentes, quevedos, pero en los cuatro o cinco primeros siglos de uso no he encontrado el nombre de “gafas”, con el que se ha popularizado totalmente en lengua castellana. Es posible que en esa paulatina transformación de su nombre, en algún momento, yo creo más bien reciente, se le empezara a llamar de ese modo en honor al moro Al-Gafequi, que no fue su inventor, pero puede que se haya llevado la gloria.

viernes, 20 de septiembre de 2019

EL MORO DE ZARAGOZA





La pasión del hombre por la música es tan antigua como nuestra propia civilización. El lejano día que por azar el hombre sopló por el agujero de un hueso, o un tronco ahuecado y como respuesta recibió un sonido, debió quedar completamente asombrado. La capacidad de que aire impulsado a determinada presión a través de orificios debidamente construidos, podía producir sonidos diversos, tuvo que sorprenderlo gratamente, porque lejos de conformarse con ese pitido monótono, inició un proceso de extraordinaria complicación.
Con paciencia e ingenio, o al revés, comenzaron a dar forma a uno de los primeros instrumentos de viento: las flautas.
En los periodos Paleolítico y Neolítico ya existían las primeras flautas, pues se han hallado huesos huecos con varios agujeros, capaces de reproducir diferentes sonidos. De la misma forma han aparecido especies de sonajeros o “maracas” hechas de barro, en cuyo interior varias piedras de diferentes tamaños producían el típico sonido. Hasta hace bien poco, el siglo XIX se seguían construyendo campanas de barro.
Más tarde, quizás a raíz de la invención del arco, el hombre primitivo comprobó que aquella tripa de animal tensada producía un sonido y quizás de ahí pasaran a construir especies de liras, con cuerdas de diferentes tamaños y grosores, capaces de producir un sonido armónico.
En la Edad del Bronce aparecen algunos instrumentos que darán lugar a las trompetas, así como el uso del cuerno que se propagó sobre todo en países nórdicos
En la actualidad casi todo el mundo sabe qué es y ha visto un piano. Mucha gente incluso sabe tocarlo, pero hubo un tiempo, no muy lejano que el piano estaba por inventar y por si fuera poco, para llegar a lo que actualmente se conoce por piano, hubo que pasar por otros instrumentos, de complicado funcionamiento, que fueron evolucionando hasta entregarnos este moderno y majestuoso instrumento, líder de todos los demás.
El arpa, como más antigua, pulsada directamente por los dedos, el clavecín, el clavicordio, el clavicémbalo, ya transformados en percusión, dieron paso a un instrumento singular, mezcla de percusión y viento llamado “Claviórgano”.
Pero hasta aquí han pasado siglos, nos encontramos al principio del Renacimiento y mucho se ha desarrollado la tecnología para ser capaz de construir un instrumento de estas características.
Apareció este instrumento en 1460 y fue descrito a la perfección, pero su nombre no se le dio hasta veinte años después.
Partiendo de la base de un clave (clavecín, clavicordio o clavicémbalo), se le adaptaba un órgano de tubos y con un ingenioso mecanismo se hacía sonar a uno u otro, o a los dos juntamente.
La producción de sonido haciendo pasar aire por una serie de tubos, es muy antigua y ya en un artículo anterior hablaba de Ctesibio de Alejandría que había inventado uno de estos instrumentos por los que circulaba agua que presionaba el aire y producía sonidos.
El primer claviórgano del que se tiene conocimiento en España tiene historia.
Fue construido por un moro, Mahoma de Moférriz, el cual aparece en las actas de las cortes de Tarazona de 1484, a donde llegó al objeto de cobrar una deuda de “ciento sesenta sueldos y seis dineros” por el arreglo de un claviórgano que le había encargado la reina Isabel.
Pero ya antes había construido un instrumento similar que Alonso de Aragón, arzobispo de Zaragoza e hijo natural de rey Fernando y la noble catalana Aldonza Ruíz de Ivorra, regaló a su hermano menor, el príncipe don Juan.

Claviórgano del Museo de la Música de Barcelona

La formación cultural de Alonso de Aragón y su amor por las artes hizo de él un verdadero mecenas y fue sin duda alguna quien puso en contacto al moro Moférriz con los Reyes Católicos.
Es de señalar que en esa época, previa a la caída del último bastión musulmán, Zaragoza era sin duda la ciudad más importante de todo el norte peninsular, sede de la poderosa corona de Aragón, a la que fueron acudiendo numerosos musulmanes, de los llamados mudéjares que no queriendo volver al reino andalusí de Granada, se acogían a la buena voluntad de la nobleza, a la que prestaban servicios de calidad en áreas que los cristianos, más ocupados en guerrear, no eran expertos.
Mahoma era un mudéjar, palabra que deriva del árabe y quiere decir “domesticado” y eran los musulmanes que se quedaban a vivir en los territorios reconquistados, ocupando barrios apartados del resto de la población llamados “morerías”, en los que tenían cierta libertad para practicar sus cultos. Como muchos otros profesionales y artistas, eran aceptados e incluso ocupados por las clases pudientes en diferentes oficios destacados, como la construcción de edificios, los arreglos de jardines, orfebrería y construcción de muebles y, en este caso, la construcción de instrumentos musicales.
Tan importantes eran estos profesionales mudéjares en la España cristiana que el propio rey Fernando el Católico escribe una carta desde el campamento de Santa Fe a su lugarteniente en Zaragoza en la que le ordena que comunique al maestro Moférriz que sus dos hijos: “el que labra órganos y el otro que labra algez”, deben trasladarse a Granada para realizar ciertas obras en la Alhambra. Estos hermanos eran Brahem y Mahoma, el protagonista de esta historia.
El que “labra algez”, Brahem, debe ser tomado por un escayolista de la actualidad, pues era el algez un material de construcción del que se obtenía el yeso y que hoy está completamente en desuso.
La presencia de Mahoma en Granada debió ser requerida por la reina Isabel que seguía encargando al Moro de Zaragoza el arreglo y construcción de instrumentos musicales para la cámara real, como se comprueba en el inventario de la testamentaría de la reina, donde se recogen varios claviórganos, clavicémbalos y monocordios, que eran instrumentos de usa sola cuerda.
Trabajar para la monarquía abre indudablemente muchas puertas y tanto en el reino de Aragón, como en el de Castilla, no faltaron encargos al artífice musulmán y se tiene constancia que construyó claviórganos para el obispo de Plasencia, Gutierre de Toledo, hijo del primer duque de Alba, o para el Almirante de Castilla, tío materno del rey Católico.
A veces le encargaron instrumentos en los que se enredaba la complejidad pues llegaron a pedirle una combinación de clave, arpa y órgano, pero el de Zaragoza debía ser todo un artista ,pues nada se le resistía.
Afortunadamente existe mucha documentación de todos los instrumentos encargados a este artista, pues siempre partían de instituciones más o menos oficiales y los encargos de particulares eran, por su elevado coste, procedentes de familias importantes que contabilizaban sus gastos y reflejaban sus adquisiciones en los inventarios.
Todos los obispos querían tener en sus catedrales un instrumento de aquellos y parece ser que en España no había nadie de la talla de Mahoma, por lo que todos los pedidos confluían en él y su taller alcanzó tal potencial económico que en el año 1500, el cabildo de Zaragoza, por el prestigio que daba a la ciudad, así como la riqueza que aportaba, lo eximió de pagar los arbitrios correspondientes a la entrada y salida de materiales relacionados con su oficio, lo que más tarde se conoció con el nombre de “fielato”.
Su prestigio traspasó fronteras e incluso el rey de Portugal, Manuel el Afortunado, le encargó un claviórgano.
En muchas casas de Zaragoza se encontraron estos preciados instrumentos, lo que significa que aparte de nobles y eclesiásticos, algunas familias también podían adquirirlo, lo que da idea de que gracias a la importante producción sus precios bajaron hasta hacerlos asequibles a la burguesía.
 Se tiene constancia que en 1521 Mahoma seguía trabajando en su taller, pero las cosas comenzaban a ponerse mal para los musulmanes, a los que se empezó a perseguir, por lo que en 1526, a cambio de mantener la residencia en Zaragoza, renunció a su fe y se convirtió al cristianismo, cambiando su nombre por el de Juan.
Sus hijos y nietos siguieron la tradición y durante generaciones aparecen como fabricantes de instrumentos de tecla, pero con el paso del tiempo, se fueron diversificando, pues un bisnieto, llamado Gabriel, está registrado como “maestro violero”, es decir, constructor de instrumentos de cuerda tocados por fricción.
Lamentablemente no ha aparecido ningún instrumento fabricado por Moférriz, al que se pueda dar certificado de autenticidad, principalmente porque en los contratos de encargo nunca se especificó detalladamente las características, lo que hace muy difícil reconocer un instrumento de esta factura.
Una cosa queda bien clara y es el interés por la música que existía en toda España, frente a esa idea que se nos quiere imbuir, de incuria e incultura, en la que cayó el país tras la conquista del ultimo bastión andalusí, el reino de Granada.
¡Cómo si los reinos moros hubieran sido todos como el califato de Córdoba de los Omeyas!
¡O como si España, después de su Reconquista, no hubiese entrado de lleno en el Renacimiento, época de máximo esplendor cultural!