viernes, 8 de noviembre de 2019

EL CONDE DE OLIVARES





Alguien pensará que me he equivocado, que no era conde sino Conde-Duque, pero es que no me propongo hablar de Gaspar de Guzmán, Conde-Duque de Olivares, sino de su padre, Enrique de Guzmán, solamente Conde.
¡Pero qué clase de conde!
Nació en Madrid en 1540, en el seno de una de las más poderosas familias aristocráticas españolas en la que recibió una exquisita formación, iniciándose precozmente en los servicios de palacio, pues ya, con catorce años, acompañaba a su padre que estaba al servicio del príncipe Felipe (futuro Felipe II) y con el que viajaron por toda Europa.
Más tarde, como paje del príncipe, le acompañó a Inglaterra donde contrajo matrimonio con la reina María Tudor (María la Sangrienta o Bloody Mery, como la llaman los ingleses).
Como es sabido este matrimonio estaba condenado al fracaso y a la muerte de la Tudor, Felipe se casa de nuevo, esta vez con Isabel de Valois, para cuyo enlace el conde es nombrado embajador en Francia.
Era una persona de muy fuertes convicciones, testarudo, valiente y leal, que sufrió una herida en una pierna en la batalla de San Quintín que le hizo cojear de por vida, aunque él mismo decía que le había sido de enorme utilidad, pues con la excusa de esa notable cojera, se liberaba de cuantos actos le resultaban poco atractivos.
Se casó con la hija del conde de Monterrey, María Pimentel de Fonseca, con la que tuvo cinco hijos, el mayor de los cuales, Jerónimo murió en la infancia, lo que proyectó la carrera de su segundo hijo, Gaspar de Guzmán y Pimentel, que llegó a ser valido del rey Felipe IV, grande de España y sí, éste fue el Conde-Duque de Olivares.
Al fallecer su primogénito, sacó a Gaspar de los hábitos eclesiásticos que le correspondían como segundón de familia y lo tuvo a su lado todo el tiempo, acompañándolo, como él había ido con su padre, a cuantas actividades se vio en la necesidad de afrontar.
Por su fuerte carácter fue designado por Felipe II como embajador en Roma, a donde se traslado con toda su familia. Allí, en el Vaticano, tuvo que lidiar con tres papas, Gregorio XIII, Sixto V y Gregorio XIV.
Durante los diez años que permaneció en el puesto, mantuvo una nutrida correspondencia con el rey Felipe II, que según consta en la real correspondencia le tenía en alta estima y consideración, de hecho lo mantuvo tantos años en el Vaticano, pese a los calentamientos de cabeza que aquella embajada le supuso, como se verá más adelante.
En el año 1569 falleció su padre, el primer conde de Olivares y él heredó el título y la fortuna familiar que no era precisamente escasa y acrecentada por la de su esposa, le convertía en uno de los hombres más ricos de este país y si sumamos a eso el inmenso poder que detentaba ante el monarca, queda bien claro que era un noble preeminente.
Tras esos diez años de embajada, fue nombrado virrey de Sicilia y más tarde de Nápoles, la perla italiana de la corona española.
Incluso hasta en el decir de quienes fueron sus enemigos, ya en vida como después de su muerte, pues entre la nobleza había fobias de lo más descarnadas, el conde demostró tener una cabeza muy bien abastecida y resolvió problemas y conflictos con inteligencia, discreción y agudeza.
Consiguió casi todo en la vida, pero le quedó algo por lograr, mas educó y modeló a su hijo Gaspar para que él lo consiguiera para la familia: ser Grande de España.

Retrato a plumilla de Enrique de Guzmán

Pero volvamos a su estancia en Roma, como embajador español.
En 1572, gracias a su amistad con Felipe II y las presiones de este monarca, salió elegido papa Gregorio XIII, el de la reforma del calendario, que desde entonces se llama “Gregoriano”.
Este papa gobernó la iglesia con inteligencia y autoridad durante trece años, al final de los cuales el conde de Olivares estuvo como embajador, pero a la muerte de este inteligente y estudioso pontífice, fue elegido Sixto V, hombre de carácter enérgico que se proponía acabar con el desorden que imperaba en toda Roma y en los Estados Pontificios.
No era muy diplomático mantener al embajador de España, hombre enérgico donde los hubiera, en un puesto diplomático, donde se las tenía que ver con un papa tan terco o más que él mismo, pero Felipe II era el príncipe más importante de la cristiandad, sostén de la Iglesia y emperador del mundo y en su mentalidad no cabía doblegar su autoridad ante un poder tan escaso como el del papado que de no ser por los poderes seculares, no se sostenía y así, contra todo pronóstico y toda conveniencia política, mantuvo en su cargo al de Olivares.
Las diferencias entre ambos personajes empezaron pronto y por cosas pueriles que el conde trataba de zanjar sin prestar demasiada atención a la rigidez que pretendía el pontífice, pero ocurrió un hecho de lo más grotesco que agrió permanentemente la relación, al menos entre los personajes, ya que las instituciones se guardaban muy mucho de agredirse, sabiendo el daño que se podía acarrear.
Así, empezaron las desavenencias, cuando el papa demostraba un claro enfrentamiento con el rey español, por el que sentía verdadera antipatía y no quiso censurar a los católicos franceses que apoyaban a Enrique de Navarra, contra Felipe II.
El embajador español le pidió que condenase o censurase estas acciones y en vista de la negativa papal, se la exigió con amenazas.
El papa quiso expulsar de Roma al embajador y pidió su cese en varias ocasiones, pero Felipe II no desaprobó a su diplomático. Al final esta situación insostenible la arregló una epidemia de malaria que se llevó al papa por delante, dejando el solio vacante para persona más afín a los intereses españoles.
Pero antes de este episodio, de verdadera crisis diplomática, ocurrieron otros varios, entre ellos éste.
Resulta que el Conde de Olivares tenía por costumbre, como muchos otros nobles, llamar a sus servidores por medio de una campana. Así, para servir los aperitivos, las comidas, cerrar las cortinas o cualquier otra actividad doméstica, el conde hacía sonar su campana.
Según decía el propio papa, esta prerrogativa estaba exclusivamente reservada a los cardenales, por lo que el embajador no podía usar dicho método, ni siquiera en su propia casa, lo que era de todo punto chocante.

Óleo del papa Sixto V

Pero era tal la autoridad espiritual pontificia que una acción como esta, traía consecuencias y Olivares recibió la visita del cardenal Pereto que en principio rogaba al embajador que no la tocase la dichosa campana. A esta petición estaban prestos a unirse todos los enemigos y envidiosos del poder español y el embajador francés y otras personalidades se adhirieron a la postura papal y el conde de Olivares tuvo que prescindir de la campana.
Una persona del carácter del conde no se iba a quedar de brazos cruzados ante semejante ignominia y por tres veces se entrevistó con el papa pidiendo primero y exigiendo después que le permitiese usar la campana.
Entre otras razones, no muy consistentes, pues contra una orden estúpida poco se puede argüir, esgrimía que su rey era el mayor príncipe del mundo y que la Santa Sede obtenía de España dos veces más dinero que de todo el resto de la cristiandad, cosas ambas que eran ciertas, pero que ninguna mella hacían frente a la tozudez de Sixto V.
En una de estas reuniones, el papa, queriendo mostrarse distante con el embajador, jugueteaba con un perrillo faldero, al que parecía prestar mucha más atención que al noble español. Éste, encolerizado, le arrebató el perro y lo dejó en el suelo, obligando al papa a que le prestase atención.
Pero de nada servían las muchas razones aducidas por el embajador, que se encontraba con la férrea negativa del papa a que utilizara una campana para llamar a su servicio.
En vista de que por la buenas no era posible hacer entrar en razones al pontífice, el conde de Olivares, que no se arredraba ante nada, optó por cambiar la forma de llamar a sus servidores y esta fue disparando cañonazos cada vez que se le antojaba que le prestaran algún servicio.
A los pocos días, Roma estaba soliviantada por los tremendos estallidos y los temblores que los cañonazos producían, pero nada podía decir el papa de esta forma de llamar al servicio.
Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, el papa le envió un recado en el que le decía que podía seguir usando la campana.
Dicen que los berrinches que agarraba el Santo Padre, por los desplantes impetuosos y altaneros del español, fueron capaces de amargar sus días, ante la impotencia para quitarse de encima a este personaje y que incluso pudieron acelerar su muerte.
Sobre este último punto, parece ser cierto que murió a consecuencia de la malaria, o al menos eso es lo que sus médicos certificaron, pero mucho se habló de que había sido envenenado y de hecho, en una correspondencia encontrada años después, cuando incluso su hijo, el Conde-Duque de Olivares ya había caído en desgracia, se dice que el padre de este valido había manifestado que por servicios a su patria y a su rey tenía en su conciencia haber muerto a un papa, siendo embajador.
Si esto es cierto o no, será difícil de averiguar, pero que coraje no le faltaba, es muy cierto.

viernes, 1 de noviembre de 2019

HÉROE O VILLANO




A mediados del pasado año publiqué un artículo sobre un veneno muy utilizado en los siglos XVI y XVII que recibía el nombre de “Acqua di Nápoli”, con el que supuestamente se había envenenado al “héroe nacional independentista catalán” Pau Clarís. Aunque no me gusta escribir sobre lo escrito, el horrible espectáculo que nos están haciendo vivir los independentistas descontrolados y violentos, me impulsa a desenmascarar la falacia independentista, que tiene en su principal factótum a una de las personas más traidoras al pueblo catalán.
El 27 de febrero de 1641 falleció en Barcelona el eclesiástico, canónigo de la Seo de Urgel, diputado eclesiástico de Cataluña y primer presidente de la fallida primera República Catalana: mosén Pau Clarís y Casademunt.
Su muerte fue repentina y por las circunstancias que rodearon el hecho, hubo quien de inmediato acusó al rey de España de haber ordenado su envenenamiento.
Pau Clarís, como es conocido y como figura en la estatua que los catalanes le han levantado, en ningún momento debería ser considerado por la gente de pro como un gran estadista, y muchísimo menos, como un héroe nacional-catalán, pero fue, sin embargo, un fiel prototipo de lo que los independentistas, más por su odio a España que por verdadero afán de ser una nación independiente, vienen representando desde hace siglos.
Había nacido en Barcelona el día 1 de enero de 1586, en el seno de una influyente familia de juristas originaria de Berga, en la provincia de Barcelona, donde estudió derecho civil y canónico, y siendo muy joven fue nombrado Canónigo de la Seo de Urgel, importante municipio y centro religioso de la provincia de Lérida.
Inmediatamente, el joven cura destacó por iniciarse en la vida política, como defensor de los beneficios y prebendas que, en muchos órdenes, tenían los eclesiásticos, entre otras cosas pretendiendo que ellos no pagaran diezmos y primicias como hacían todos los demás ciudadanos.
 Para esa interesada misión utilizó el malestar que se vivía en Cataluña, como en otras regiones españolas, por la necesidad de albergar y mantener a las tropas en sus desplazamientos de guerra.
Cuando en el año 1635 y dentro de la religiosa Guerra de los Treinta Años que fue una guerra de toda Europa contra España y que pasaba por etapas bélicas y pacíficas, aprovechando una de estas últimas, Francia declaró la guerra a España, Cataluña, por ser un terreno fronterizo entre ambos países adquirió un carácter de pieza clave a la hora de defender la frontera, además de que al principado catalán pertenecían desde la época de Carlomagno, los condados del Rosellón y Cerdaña.
En ese momento, el virrey de Cataluña, Enrique de Aragón y Cardona ordena el desplazamiento de tropas y que la población dé alojamiento y manutención a los soldados que van a defender el territorio, lo que origina un tremendo conflicto social y político, del que rápidamente Clarís se pone a la cabeza, consiguiendo, en buena medida soliviantar al pueblo, hasta el extremo de que en 1638 sale elegido diputado del brazo eclesiástico de la Diputación General de Cataluña, para el período de un trienio.
Como parece natural, ni nobles, ni artesanos, ni payeses querían alimentar y cobijar a la cuota de soldados que le correspondía y éstos, faltos de los alimentos más básicos, comenzaron a protagonizar algunos hurtos y robos en masías y casas solariegas, lo que terminó en un una revuelta monumental ocurrida en Palafrugell, en julio de aquel mismo año por parte de los tercios acuartelados en la zona.
Hubo saqueos, heridos y muertos que unido a la demanda real de alistar en las filas del ejército español a aquellos mozos catalanes en edad, desembocó en la revuelta mencionada y sobre todo dio lugar a una sensación de desgobierno que hizo sublevarse a la población.
El padre Clarís, ya versado en lides antigubernamentales, utilizó hábilmente su cargo en la Diputación General de Cataluña para ser elegido, en una especie de triunvirato, como Diputado del brazo eclesiástico, que junto a los de los brazos real, Quintana y militar, Tamarit, formaban el gobierno de Cataluña, dependiente del de España, pero siempre con ese sabor a insurrección, a independencia, aun cuando ficticia.
Mientras que Cataluña se entretenía con aquello de “¿quién manda aquí?”, los soldados franceses invaden el condado del Rosellón, que era una provincia española.
Aunque se consigue recuperar parte del Rosellón, el enfrentamiento entre el Estado Español y la Generalidad se hizo frontal, hasta el extremo que las autoridades militares españolas acuerdan la detención del diputado del brazo militar, Francesc Tamarit y la de Clarís que, más hábil, consigue huir.
El pueblo en realidad no estaba tan interesado en la detención del diputado Tamarit, como en la de dos diputados del Consell de Cent, Lorenzo Serra y Francisco Vergós que también fueron detenidos, pero arengados insistentemente por Clarís y los de su cuerda, se subleva y se dirige a Barcelona a liberar a los presos.
No eran más de doscientos campesinos los que, el 22 de mayo de 1640, entraron en la Ciudad Condal, organizando alborotos y a los que se unieron, el 7 de junio, día del Corpus, otros cuatrocientos o quinientos segadores que, habiendo acudido a la ciudad para participar en la procesión, terminaron también amotinados protagonizando incidentes de lo más violento y que acabó con la muerte a cuchilladas y tras una larga persecución, del entonces virrey, Dalmau Queralt, Conde de Santa Coloma, en un día aciago que se ha venido en llamar “Corpus de Sangre”.
Como es natural el Conde Duque de Olivares, valido del rey Felipe IV, da un golpe de mano y “aplica el 155” de la época que produjo una ruptura total entre el gobierno de España y la Generalitat, enviando a lo poco que tenía del ejército español, pues en ese momento todos los frentes estaban abiertos.
¿Y qué hizo el cura-diputado Clarís? Pues ni más ni menos que enviar a su sobrino, Francesc Vilaplana a buscar apoyo en Francia, contra España que  sustanciaron en el llamado “Pacto de Ceret”, firmado en septiembre de 1640 y desde ese momento, Cataluña se convierte en una región más de Francia, su eterna enemiga y beligerante nación fronteriza y no solamente las tropas francesas ocupan Cataluña, sino que sus navíos de guerra atracan en los puertos catalanes con total libertad y lo que es más bochornosos: la Generalitat se dispuso a pagar un ejército francés, compuesto inicialmente por tres mil soldados, que se irían incrementando.
No tardaron mucho los catalanes en comprender a qué les había llevado ese proceso separatista y cuando se dieron cuenta que su debilidad era mucho más notable estando del lado francés que del español y que si antes ya pensaban, como hacen ahora, que España les robaba, pronto se dieron cuenta que el representante político y militar de Francia en Cataluña, un tal Roger de Bossost, les robaba mucho más.
Tanto fue así que el Cardenal Richelieu se dirigió por carta a Clarís, comunicándole el cese inmediato de Bossost.
Pero el ejército español comienza a reaccionar y toma Tarragona, aunque luego sufre una monumental derrota en la batalla de Montjuic, tras la cual, el ejército catalano-francés se atreve a llegar hasta Aragón.
Pero la tiranía que Francia ejerce sobre Cataluña traerá consecuencias, aunque antes, concretamente el 27 de febrero de 1641, fallece tras siete días de sufrir lo que se dijo era una infección, el presidente Clarís.
De inmediato se desatan los rumores y se habla de magnicidio, aunque hay tantos intereses encontrados para hacer desaparecer a tan incómodo personaje, que las cosas se acallan y se deja pasar el tiempo.
El resultado de la gestión política y militar de Clarís fue catastrófico para Cataluña, pues tras su muerte, la Generalitat optó por pedir auxilio a España para expulsar a los franceses, cosa que al final se consiguió, no sin grandes pérdidas humanas y territoriales, pues el Rosellón y Cerdaña pasaron nuevamente al reino francés.
La muerte de Clarís ha permanecido durante mucho tiempo en esa especie de incógnita, pues es bien cierto que en aquella época las infecciones no solo eran frecuentes, sino en la mayoría de los casos mortales, pero los envenenamientos no lo eran menos.
Recientemente la Universidad Autónoma de Barcelona ha llevado a cabo unas investigaciones sobre los restos del sacerdote, concretando que fue envenenado con la poción de moda en aquella época: el Agua de Nápoles.
Son creíbles estos enardecimientos o simplemente obedecen a un proceso en el que, realmente escaso en número de verdaderos artífices de la independencia, se ensalza la figura de un cobarde y un traidor a su propia tierra para convertirlo en héroe. Si nos fijamos un poco, hoy está ocurriendo lo mismo

viernes, 25 de octubre de 2019

CONQUISTAR AL CONQUISTADOR





Afortunadamente nuestra historia está plagada de mujeres heroicas; tanto, que ese afán de querer visualizar al género femenino de nuestra raza, repitiendo constante y machaconamente eso de “ciudadanos y ciudadanas”, “españoles y españolas” o inventando palabras como “miembros y miembras” es, no solo innecesariamente reiterativo, sino aburrido y sobre todo síntoma de incultura.
Por fortuna, digo, tenemos una historia plagada de nombres de mujeres que se “han visualizado” al entrar por la puerta grande en los libros de historia. Ya he dedicado muchos artículos a estas mujeres y quedan muchas más a las que iré dedicando mis trabajos.
La de hoy es sin duda una mujer ejemplar. Ejemplar por su arrojo y valentía, por su decisión y por su carisma como líder y aunque ya se ha escrito sobre ella e incluso se ha rodado una película sobre su viaje, no me resisto a colocarla entres las figuras femeninas que orlan mi blog, a pesar de que la originalidad que siempre busco se vea en este caso muy mermada. Se trata de doña Mencía Calderón de Sanabria.
Nació esta mujer en Medellín, en la provincia de Badajoz al comienzo del siglo XVI. No existe constancia de su fecha exacta de nacimiento pero sí que se ha recogido un dato importante y es que casó en 1535 con Juan de Sanabria, primo del conquistador Hernán Cortés, el cual había quedado viudo poco tiempo antes y de cuyo matrimonio tenía un hijo de corta edad llamado Diego.
El matrimonio de Juan y Mencía tuvo pronto descendencia, pero con poca fortuna para la continuación del apellido pues fueron tres hembras.
Residían en Sevilla en donde Sanabria ostentaba un importante cargo en la corte, cuando llegó a España cargado de cadenas el que había sido Adelantado del Río de la Plata, Alvar Núñez Cabeza de Vaca.
El Adelantado era un alto dignatario al que se encomendaba llevar adelante una empresa o servicio por mandato real, y que poseía plenos poderes tanto en tiempos de paz como de guerra. Esto convertía al designado en una figura de máxima autoridad que más adelante podía ser sustituida por el virrey, como comparativo de la magnitud de sus atribuciones.
Alvar Núñez fue acusado de graves delitos por abuso de poder y terminó mal sus días, pero su trayectoria lo describe como un brillante descubridor que llenó páginas de gloria, aunque como muchos otros, en parte por enemistades y en parte por su extrema dureza en el trato con las personas bajo su mando, terminó aherrojado.
Corría el año 1547 y se hacía necesario designar de inmediato un relevo para tan importante cargo, pero a la vez había que dar solución a un problema que se estaba yendo de las manos.
El cristianísimo emperador Carlos tenía sobre su conciencia el desenfreno moral que en el nuevo continente se estaba experimentando, quizás como consecuencia de varias decisiones mal tomadas desde un principio.
Una vez descubierta la nueva tierra, el único afán era el de expandir los dominios en busca del codiciado oro y las especias. Eso hizo que, una tras otra, las expediciones fueran de conquistadores y no de colonizadores de las nuevas tierras. Las mujeres estaban prohibidas a bordo de las carabelas que cruzaban el Atlántico y salvo alguna enrolada de tapadillo como prostituta, para alivio del conquistador y unas pocas que consiguieron emigrar disfrazadas de hombres, lo cierto es que pocas mujeres españolas cruzaban el océano.
Por otro lado las guerras de los últimos años habían diezmado a la población masculina española, decremento que se veía aumentado por la emigración de varones hacia tierras de promisión.
Estas situaciones producían un resultado muy concreto y no era otro que abundancia de mujeres en España y escasez de ellas en las Indias.
Esto llevó a las generalizadas relaciones de concubinato con las mujeres del nuevo continente, con las que los conquistadores tenían múltiple descendencia, pero difícilmente formaban una familia que se asentara en un territorio y cuidara de él.
Se quiso paliar esta situación con una propuesta que la protagonista de esta historia, doña Mencía Calderón, hacía a su esposo Sanabria y que no era otra que la de llevar mujeres castellanas a las Indias, unas para encontrarse con sus esposos, otras para contraer allí matrimonio con los jóvenes soldados solteros.
Esa idea, después de haberla desechado durante años, pareció convencer al emperador Carlos, que en sustitución del depuesto Cabeza de Vaca, nombró Adelantado del Río de la Plata, por indicación del Consejo de Indias, a don Juan de Sanabria, el esposo de Mencía, con la condición de que preparase una expedición de seis naves para trasladarse a tierras del sur de América, donde él detentaría el cargo de Adelantado.
Juan de Sanabria murió al poco tiempo y la expedición, aún sin ultimar, corría serio peligro de ser anulada al nombrarse a otro adelantado, pero entonces doña Mencía tomó las riendas de aquella aventura y consiguió que se nombrase a Diego, hijo de su marido, como nuevo Adelantado y a ella como responsable de la expedición femenina, en atención a lo avanzado que llevaba las gestiones, pues no en vano había conseguido ya tres naves y que numerosas doncellas, sobre todo extremeñas  pertenecientes a las clases más privilegiadas, se hubiesen ofrecido voluntarias para emprender aquella incierta aventura, igual que las abandonadas esposas de muchos de los conquistadores que llevaban años sin aparecer por España.
Hay que considerar que en el ánimo de estas mujeres pesaba una gran losa, pues en aquellos tiempos las féminas solo tenían dos caminos en la vida que no eran otros que el matrimonio y el convento. El matrimonio estaba difícil y de baja calidad y el convento no era idea que atrajese a la mayoría de las mujeres, así que la de apuntarse a aquella aventura no parece tan descabellada: ir en busca del marido desconocido, en vez de descubrir la “Tierra Ignota”.
El diez de abril de 1550 zarpó del puerto de Sanlúcar de Barrameda la primera parte de la expedición, la que dirigiría doña Mencía y que se componía de tres naves: el patache San Miguel, la carabela Asunción y la nao San Juan. En Sevilla quedaba su hijastro don Diego, tratando de fletar las tres naves que faltaban para completar la expedición.
La primera parte de la flota puso rumbo a las Canarias con el fin de avituallarse para la larga travesía y esperar a que los vientos alisios le fueran propicios; a bordo iban alrededor de sesenta mujeres y unos doscientos cincuenta jóvenes, aunque hay algunos autores que cifran en ochenta las damas de la expedición, pues algunas estaban casadas con conquistadores españoles y en realidad iban en busca de sus maridos, por lo que no rebajarían la tensión a la que estaban destinadas las solteras.
En Canarias, la ausencia de vientos retuvo la expedición más tiempo del deseado y cuando unos meses después emprendieron, por fin, la marcha, enfilaron hacia las Islas de Cabo Verde, donde les sorprendió una fuerte tormenta que dispersó las naves.
El patache San Miguel, la mejor de las naves, era la que transportaba a las mujeres y a Doña Mencía, el cual navegó hacia el Golfo de Guinea, para trazar luego la ruta hacia el continente americano.
Pero allí fue sorprendido por un barco pirata francés y doña Mencía tuvo que gestionar la libertad del barco y la inmunidad de las mujeres a su cargo, entregando gran parte de la carga a los piratas.
Del destino de las otras dos naves no se sabía nada, pero el plan del viaje fijaba un punto de reunión en la isla de Santa Catalina, en las costas de Brasil, cerca ya de la frontera con el actual Uruguay, a donde se dirigió el San Miguel, llegando en el mes de diciembre y en donde se encontró con la carabela Asunción. De la nao San Juan nunca se supo nada más.
El estado de las embarcaciones era lamentable y la Asunción se hundió en una maniobra de aproximación a la costa, donde el gobernador portugués de la isla tenía retenidos los dos barcos y sus tripulaciones.
Tres años estuvieron retenidas en tierras brasileñas hasta que por intervención directa del rey de España con el de Portugal, se levantó el confinamiento y las expedicionarias estuvieron en libertad.
Durante ese tiempo había recibido noticias de que Diego Sanabria y su expedición había llegado al Caribe pero su rastro se perdía en las selvas venezolanas.
Quedaba por tanto doña Mencía como única persona responsable de la expedición, pero ya no había opción de continuar por mar, así que armándose de valor y usando unos indígenas que se ofrecieron a guiarlas en un larguísimo viaje a través de la selva, consiguieron llegar dos años después y tras más de mil trescientos kilómetros, a la ciudad de Asunción, en donde algunas de las damas casadas que habían emprendido tan larga aventura, encontraron a sus esposos amancebados con indígenas y otras recibieron la funesta noticia de su muerte.

Mapa del recorrido por tierra desde la costa hasta Asunción


Por fin la expedición se había acabado y llegaban a su punto de destino, en donde las damas, deterioradas por las penalidades sufridas, se esforzaron en su tarea de encontrar esposo y asentarse en aquellas tierras.
Así nació el actual Paraguay y fue gracias a la constancia y tesón de una dama ilustre, a la que nadie empujaba para encumbrar, sino que lo hacía ella sola con su denuedo.
La historia debía haber sido más justa con esta persona que a pesar de ser del sexo femenino, tuvo un comportamiento heroico, contribuyendo notablemente con su aportación al engrandecimiento de las colonias americanas.
Hasta 1960 en que una escritora argentina llamada Josefina Cruz escribió una novela sobre este personaje, su recuerdo había permanecido dormido.

viernes, 18 de octubre de 2019

MIRALLES Y EL "GARAÑÓN"




Hace ya varios años que descubrí a este enigmático personaje, guardé documentación sobre él y la estudié cuidadosamente, pero para escribir su historia necesitaba de un algo, suceso o anécdota que pusiese la guinda al pastel y por fin, la he encontrado. Ahora la historia está redondeada y he sacado mis papeles y me he puesto nuevamente a estudiarlos.
El personaje de esta historia es Juan de Miralles Trailhon, nacido en Petrer, provincia de Alicante y capital de la comarca del Vinalopó, el 23 de julio de 1713, hijo de padres de ascendencia francesa.
Perteneciente a una familia más que acomodada, con 27 años llegó a la Habana, con bastante dinero, magníficas relaciones y buena presencia, lo que le abrió multitud de puertas cubanas, entre ellas la de María José Eligio de la Puente, la soltera más cotizada de toda la isla, por su belleza y su fortuna familiar.
Inició una incesante actividad comercial con las demás islas del Caribe, siempre buscando los artículos necesitados en unas islas y los excedentes de otras e intercambiarlos. Así trabó fuertes relaciones comerciales con Jamaica, Bahamas y las colonias británicas del continente, adquiriendo dominio de la lengua inglesa.
Con el pretexto de que servía de puente informador a las autoridades españolas de los movimientos de los ingleses en el continente americano, el gobierno hacía la vista gorda a sus actividades mercantiles, rayanas en la ilegalidad con las que en poco tiempo consiguió amasar una considerable fortuna.
Junto con el dinero, iba ganando prestigio como informador y cuando en 1776 las colonias se independizan de Gran Bretaña y la corona española decide apoyar a los independentistas, Juan de Miralles fue nombrado embajador ante las Trece Colonias.
Era de los pocos españoles que hablaba un inglés fluido y esto le hizo aproximarse mucho a los colonos independizados, con los que muy pronto establecería relaciones comerciales, surtiéndoles de tabaco, maderas, azúcar, harina y otras efectos de los que carecían por haber cortado el suministro Inglaterra.
Miralles cumplía con las instrucciones que recibía del gobernador de La Habana, mientras desarrollaba relaciones comerciales en su beneficio y así entró en tratos con afamados terratenientes americanos, entre los que se encontraba un tal George Washington, en aquel momento poco menos que desconocido fuera del ámbito agrícola.
Conviene recordar que buena parte de la costa sur de los Estados Unidos, la del Golfo de Méjico, eran posesiones españolas, como La Florida y La Luisiana, Tejas o Nuevo Méjico que en algunos momentos pasaron de manos de unos países a otros, como consecuencia de la Guerra de los Siete años y la posterior derrota de Napoleón.
Las relaciones comerciales de Miralles se fueron sedimentando y sus relaciones personales con importantes hombres de las colonias también.
Entre todas esas relaciones, quizás la más consolidada fue precisamente con George Washington, que como decía anteriormente, aun no había destacado en la política, pero era un hombre decidido a conseguir la independencia, por eso en multitud de ocasiones cogía sus armas y se ponía al frente de los agricultores que formaban grupos armados, apoyados sobre todo por tropas francesas y españolas.
Había participado como oficial de milicias en las guerras contra los indígenas y era de los pocos oficiales con experiencia bélica.
Washington, junto a Tomas Jefferson, Benjamín Franklin, John Adams y algún otro, fueron los artífices de la declaración de independencia el 4 de julio de 1776, pero la guerra continuó siete años más. 
La afinidad de empresas entre los dos era grande, pues Washington era un importante empresario agrícola lo mismo que Miralles y entre ambos la relación se fue agrandando hasta el extremo de que Juan de Miralles cuando estaba en las colonias norteamericanas se hospedaba en casa de su amigo George, en Mount Vernon.
En cierta conversación mantenida entre ambos sobre las explotaciones agrícolas y las necesidades de transportes, Miralles le comentó a su amigo que en España existía una bestia de carga de extraordinaria resistencia. Era de la familia de los équidos, más pequeño que el caballo, más lento, pero muchísimo más resistente para en trabajo duro, capaz de caminar por cualquier lugar en el que un caballo se haría daño en sus delicadas patas, mucho más fácil de alimentar y considerablemente más longevo.
Ese animal tenía otra particularidad que era la de poder cruzarse con yeguas, produciendo el híbrido al que se conoce como mulo, que guarda características de una y otra especie.
Es probable que en América hubiese burros y caballos en tiempos muy pasados, pero se habían extinguido en la época de las glaciaciones, así que los primeros animales de estas especies fueron llevados por Colón en sus sucesivos viaje, pero no eran de la especie a la que Miralles se refería que es autóctona de las provincias de Zamora y León que se conoce como “garañón”.
Tanto le habló de los garañones que Washington quedó interesado en conocer aquel animal de los que ni en Cuba ni en Norteamérica existían, así que su amigo Miralles se propuso darle satisfacción y venciendo la enorme burocracia española, solicitó de la corte de Carlos III en envío de uno de estos burros, para complacer a su amigo Washington.

Garañón zamorano

Pero los animales de esa clase estaban protegidos por leyes muy estrictas que prohibía sacarlos del país, como no fuera con autorización real.
Hay que tener en cuenta varios factores, uno muy importante era la presencia española en lo que hoy son los Estados Unidos, cuyas tres cuartas partes eran colonias españolas y el gobierno estaba muy interesado en mantener buenas relaciones con los independentistas. Lo segundo es que George Washington no era, ni siquiera soñaba, con ser presidente del nuevo país, pero era un empresario agrícola muy influyente, con el que merecía la pena llevarse bien.
En estas circunstancias Juan de Miralles enfermó de pulmonía que contrajo cuando presenciaba un desfile militar en compañía de su amigo Washington y a pesar de los esfuerzos que hicieron los mejores médicos del lugar, falleció en casa de su amigo, con gran pesar de éste y de muchos otros importantes personajes del nuevo país, en el año 1780.
Pero la tramitación del envío de un garañón siguió adelante y dos o tres años después, el conde de Floridablanca, ministro de Carlos III, autorizó la salida de dos burros, con destino a América.
He leído en algún lugar que se envió una pareja de burros, lo que no es cierto porque eso hubiese supuesto la posibilidad de reproducir la raza autóctona en tierras americanas, lo que estaba muy lejos de la idea de preservarla en su hábitat natural, así que se envió un solo macho, joven y en edad de cubrir yeguas. También se ha dicho que en realidad fueron dos machos lo que iniciaron el viaje y que solamente consiguió terminarlo uno de ellos. Eso es más probable.
Lo cierto es que desde Zamora partieron hacia el puerto de Bilbao, un mulero llamado Pedro Téllez llevando a los dos animales que embarcaron en dos barcos diferentes y en establos adecuados que el propio Téllez les construyo. Uno de los buque se hundió a consecuencia de un temporal y el otro consiguió descargar el burro en un puerto americano. Desde allí hasta la finca de Mount Vernon, aun hubieron de recorrer andando más de ochocientos kilómetros.
Washington quedo muy agradecido y envió una carta al rey español y nunca olvidó aquel detalle.
El burro fue bautizado y se le puso el nombre de “Royal Gift”, “Regalo Real” y durante años cubrió numerosas yeguas, calculándose que en los momentos actuales hay más de seis millones de descendientes suyos, lo que no parece posible ya que los mulos y las mulas no se pueden reproducir, son híbridos, mejor dicho, los mulos son siempre estériles, pero las hembras, las mulas, pueden ovular y quedarse preñadas de manera muy excepcional, aunque sus crías son débiles y con escasas posibilidades de sobrevivir.
Murió “Royal Gift” en 1796, pero en todos los Estados unidos se le recuerda, sobre todo de dos maneras muy específicas y singulares: el 26 de octubre, fecha en que desembarcó el garañón, se celebra el Día Nacional de Apreciación de la Mula y por otro lado es el símbolo del Partido Demócrata.
Países con pocas tradiciones se aferran a las que tienen con verdadero afán, otros tenemos tantas que nos importa poco ir perdiéndolas.
En nuestro acervo cultural tenemos una palabra que procede precisamente de “mulo” y no es otra que “mulato” que hace referencia a que como el mulo, el mulato procede de dos razas, en este caso humanas, distintas.