jueves, 3 de diciembre de 2020

EL ADELANTADO Y EL MOZO

 

En la larga historia de la conquista del continente americano es muy probable que enrolados en la misma expedición fueran padres e hijos, aunque no existen muchos casos contrastados, sobre todo si se trataba de personas de cierto rango.

Sí se sabe de hermanos que lucharon juntos y de estos hay casos tan significativos como los Pizarro.

En esta ocasión se trata de dos personas protagonistas de una gesta que iniciada por el padre, culminó el hijo con la conquista de una zona tan importante como la península del Yucatán.

Empecemos por el padre: Francisco de Montejo, que así se llamaba y del que aunque no se tiene certeza de la fecha de nacimiento, debió venir al mundo en Salamanca alrededor de 1476. Pertenecía a una familia de la baja nobleza castellana que le procuró una esmerada educación.

A principios del siglo XVI se trasladó a Sevilla, en donde tuvo amoríos con una tal Ana León, hija de un notario sevillano, fruto de esta relación nació en 1507 un varón al que su padre legitimó y le dio su nombre.

Poco más se sabe de la estancia de Montejo en Sevilla, ni de qué forma se ganaba la vida, hasta que alrededor de 1513 entra en contacto con Pedrarias Dávila, un noble y militar castellano que acababa de ser nombrado gobernador de Castilla del Oro y está preparando una expedición para partir a ocupar su cargo en la América Central.

A este personaje dediqué hace años un artículo que puede consultar en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/search?q=pedrarias+d%C3%A1vila

Muy pronto se ganó la confianza del gobernador Pedrarias que lo envió por delante de la expedición para preparar la flota y reclutar gente y así, en 1514, llegó a Santo Domingo (La Española) y seguidamente a Cuba, desde donde se iba a ultimar el paso a Tierra Firme para la colonización de la región conocida como “Darien” y que comprendía los territorios entre Panamá y Colombia.

Pero a la postre, Pedrarias era un hombre muy particular y Montejo fue poco a poco desafectándose del gobernador, que entre otras rarezas viajaba cargando siempre con su ataúd, por las razones que en mi artículo explicaba.

En 1515, junto con otros compañeros, el capitán Montejo se dirigió a Cuba para participar en el final de la conquista de la isla y tras la ocupación de todo el territorio cubano, el gobernador, Diego de Velázquez, agradeciéndole su eficaz colaboración en la pacificación del territorio y en la fundación de la ciudad de La Habana, le concedió extensos terrenos y encomiendas para instalar los llamados “ingenios”, principalmente dedicados a elaborar azúcar a partir de la caña, muy abundante en la isla.

Sentido comercial y ambición fueron los dos ingredientes fundamentales para que en poco tiempo Montejo hiciese una pequeña fortuna que en 1518 le permitió fletar un navío con el que participó en la conquista de la península del Yucatán.

Una flota formada por cuatro barcos, uno de ellos capitaneado por Montejo, a las órdenes de Juan de Grijalva y en la que participaban personajes como Pedro de Alvarado o Bernal Díaz del Castillo, logró desembarcar en Yucatán y entablar relaciones con los indígenas, demostrándose nuevamente las buenas cualidades diplomáticas de Montejo, capaz de granjearse la amistad de los nativos, de los que obtuvieron gran cantidad de oro en joyas.

Al año siguiente, al mando de un navío, participó en la expedición de Hernán Cortés que tenía como objetivo asegurar los territorios descubiertos hasta ese momento en Tierra Firme. Era una expedición mucho más formal, compuesta por diez barcos que transportaban soldados y colonos para asentarse en las nuevas tierras.

En la península de Yucatán fundaron la ciudad de Villa Rica de la Vera Cruz, el primer asentamiento del continente y Cortés nombró a Montejo, primer alcalde de la ciudad.

Debido a las graves diferencias de Cortés con el gobernador de Cuba, Diego de Velázquez, el conquistador de Méjico decidió enviar a España una misión diplomática, para explicar al rey cuál era la situación en los territorios de ultramar y utilizó las habilidades diplomáticas de Montejo para que fuera su embajador en esta misión.

Aunque Cortés le advirtió del peligro de recalar en la isla de Cuba, por necesidades de avituallamiento, Montejo se vio obligado a hacer escala, circunstancia que llegó a oídos del gobernador que mandó prender el barco, pero la habilidad del piloto Antón Alaminos les permitió escapar tomando una ruta hacia las Bahamas que al final se convirtió en la del tornaviaje de las flotas del Caribe.

La embajada de Cortés fue un éxito gracias a la exposición que de la misma hizo Montejo, consiguiendo todas las pretensiones del conquistador mejicano.

De regreso a las Indias, Cortés premió su exitosa misión con la concesión del título de regidor perpetuo de Veracruz, así como ricas encomiendas en territorios mejicanos.

Hay que tener presente que en aquel momento se creía que Yucatán era una enorme isla, no una península del propio territorio de Méjico, ya empezado a conocerse como Nueva España.

Desconociendo el mapa de la zona y creyendo que aquel territorio era una isla, Montejo centró en él su interés y empezó a recorrer sus costas y entablar relaciones con los nativos, en los que apreció un nivel cultural muy superior a los caribes que habían encontrado en el resto de islas.

Por esos nativos supo Montejo que en tierras del interior existían grandes poblaciones con edificaciones de piedra y una cultura muy adelantada.

Vio entonces la posibilidad de obtener alguna capitulación que le permitiera conquistar y explorar aquella “isla”, en nombre de su majestad el rey y obtener los cuantiosos beneficios que como conquistador se conseguían.

Así que en cuanto pudo, volvió a España, obteniendo audiencia real en Granada, donde el rey se encontraba y al que expuso su plan de conquista y colonización de Yucatán, obteniendo en diciembre de 1526 las capitulaciones que le otorgaban el privilegio exclusivo de continuar con la conquista y exploración de las “islas de Yucatán y Cozumel”.

Para los monarcas españoles conceder este tipo de autorización de conquista era muy fácil, pues toda la expedición corría a cargo del capitulado, el cual debía poner los territorios conquistados bajo dominio de la corona, recibiendo a cambio algún título, o el gobierno de la región, cargo que heredarían sus descendientes.

No se puede olvidar las compensaciones económicas derivadas de la conquista, salvando el quinto real y la adjudicación de tierras en propiedad.

De inmediato comenzó a preparar la expedición que habría de salir de Sevilla. Vendió todas las propiedades que tenía en Salamanca, solicitó rentas de la corona y además contó con la aportación que le hizo una rica viuda llamada Beatriz de Herrera, con la que se había relacionado muy bien y con la que contrajo matrimonio y tuvo una hija.

En junio de 1527, la expedición salió de Sevilla y atracó en las costas de la isla de Cozumel a finales de septiembre; en ella iba su hijo homónimo, al que había recogido en  Sevilla y que para diferenciarlo del padre recibía el nombre de “El Mozo”.

La conquista de Yucatán requirió mayores esfuerzos que los desplegados en otros territorios, pues la organización de la población nativa era muy superior a la de los demás indígenas, como se ha dicho anteriormente y por otro lado la escasez de oro y plata no incentivaba a los soldados españoles a esforzarse.

Así, la conquista de la península duró, en varias fases, desde 1527 hasta 1547, veinte años de sufrimientos y privaciones.

A partir de 1535 sería su hijo, “El Mozo” quien dirigiera la conquista, pues Montejo abandonó la zona marchando a Méjico, donde desempeñó diversos cargos administrativos, siempre en nombre del rey y como adelantado en toda la zona de Centro América.

 

Monumento a los Montejo en Mérida, Yucatán

Pero la historia no acaba aquí, pues no parece haber concedido nunca a Montejo el haber incorporado la península de Yucatán a la corona española, habiéndose revelado como gran conquistador y mejor administrador, antes bien, todo lo contrario.

Al cesar en su misión, fue sometido a un Juicio de Residencia de los que mencionaba en mi artículo anterior y el resultado fue un verdadero desastre para el conquistador.

Denunciado por los colonos de aquellas tierras y apoyados por una comunidad de franciscanos, se le acusó de tiranía personal, irregularidades en la administración y agravios a personas.

Ya había sido residenciado por sus actuaciones en Méjico, Honduras y Castilla de Oro y había salido absuelto, pero fue nuevamente enjuiciado por su gestión en Yucatán, del que salió mal parado.

En 1551 regresó a España para que tratar de reparar los perjuicios que había sufrido por lo que él consideraba un juicio injusto que le había desprovisto de la totalidad de sus cargos y posesiones.

Apenas consiguió ser escuchado y fue desposeído hasta del título vitalicio de Adelantado, que le forzaron a traspasarlo al marido de su hija.

Se retiró a Salamanca, donde murió el 12 de septiembre de 1553, en la más absoluta pobreza.


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