lunes, 1 de abril de 2013

TOCAR EL TRIGÉMINO

Publicado el 4 de diciembre de 2011




Fue mi padre quien me habló de él por primera vez. Yo era muy pequeño pero lo recuerdo perfectamente y desde aquella primera ocasión en que le oí relatar la misteriosa historia del “medico que tocaba el trigémino”, se la hice repetir muchas veces.
Allá por los años treinta, llegó a San Fernando un enigmático personaje conocido como el doctor Asuero. Se hospedó en el Hotel La Mallorquina y desplegó una gran propaganda por el pueblo, anunciándose como un médico milagroso que hacía sanar a paralíticos, sordos, epilépticos, migrañosos, lumbálgicos, artríticos y estreñidos. La prensa se hizo eco de la llegada de aquella especie de sanador, milagrero, o científico ambulante, capaz de realizar curaciones increíbles usando solamente una pequeña barrita de acero, acabada en una roseta, que introducía por la nariz hasta tocar el nervio trigémino, localizado al fondo de la fosa nasal y que es el que conduce todas las sensaciones y movimientos de la cara.
Es un nervio de extraordinaria importancia, cuya neuralgia produce un dolor tan intenso y persistente que es incluso inductor al suicidio.
Pues bien, aquel doctor se presentó en mi pueblo con su famosa varita de acero y empezó a recibir clientes en una habitación del propio hotel.
Muchas personas, desahuciadas de la medicina o esperanzadas por la publicidad que precedía la figura del tal Asuero, se dispusieron a hacer colas en los pasillos del hotel y entre ellos, mi padre, que desde su más tierna infancia padecía una enfermedad auditiva que le fue mermando sensiblemente su capacidad hasta que lo dejó completamente sordo.
"Como un calambrazo", me dijo mi padre que había sentido cuando lo atendió el doctor que, introduciéndole por la nariz la famosa varita, le golpeó muy al fondo de la fosa nasal.
Pero mi padre no recuperó nada de oído y tampoco sabía de nadie que de aquella consulta hubiera salido sanado de sus dolencias.
¿Cómo era posible esa fama, si no curaba a nadie? Me preguntaba yo y mi padre no sabía responderme.
Luego, el doctor Asuero se me fuel olvidando, pero hace unos días, sin saber muy bien por qué, me volví a acordar de aquella historia que mi padre me contaba. ¿Qué habría de verdad en todo aquel asunto? Me interrogaba y la curiosidad me hizo empezar a investigar sobre el personaje.
Efectivamente existió un doctor llamado Fernando Asuero Sáenz de Cenzano, que nació en la calle Miramar número 3 de San Sebastián, el veintinueve de mayo de 1887. Era hijo de una familia de realce social y ya su abuelo había sido cirujano y médico personal del rey consorte, Francisco de Asís de Borbón, esposo de la reina Isabel II, al que en Madrid llamaban “Paquita”, por sus inclinaciones homosexuales.
Fernando, estudió medicina en Madrid y perfeccionó sus estudios en París y Cambrigde, en la especialidad de garganta, nariz y oídos. Decían los que lo conocieron y trataron en su juventud que siempre fue una persona muy alegre, extrovertido, que reía constantemente y que gozaba de una enorme vitalidad.
Junto con la medicina, que era su gran vocación y los deportes, su afición, era amante de la lectura de obras que en aquellos tiempos se llamaban genéricamente ciencias ocultas, interesándose ávidamente por todas cuestiones difíciles de explicar. Al mismo tiempo, fue de los primeros europeos en interesarse por la milenaria cultura china y sobre todo, por su relación con las ciencias médicas y sus extraños procedimientos curativos como la acupuntura, que empezaba a alborear en occidente.
De regreso a España, el flamante médico abrió una consulta en el número 1 de la calle Loyola, en San Sebastián, donde también fijó su domicilio, a la vez que trabajó en diversos hospitales de la capital. En poco tiempo alcanzó cierto renombre, en parte por el apoyo de su familia y en buena medida por su exquisito trato personal con los pacientes, a la vez que por el compromiso social que iba adquiriendo, lo que hizo que de 1923 a 1925, ejerciera como concejal del Ayuntamiento donostiarra.
Su consulta era cada vez más numerosa y empezó a correr un rumor de que el médico curaba enfermedades consideradas incurables y que paralíticos, dejaban las muletas en el consultorio, sordos salían oyendo y otros sanaban milagrosamente de sus dolencias. Tanto creció el número de pacientes que trasladó la consulta a varias habitaciones del hotel Príncipe de Saboya que aún estaba sin terminar, situado en el número 3 del Paseo Ramón María Lili, en la margen derecha del río Urumea.
A la transmisión oral de su reputación se unió, en el mes de mayo de 1929, la publicación en la prensa nacional de aquella especie de milagros que realizaba cada día.
Ya no eran solamente de los alrededores, de donde acudían pacientes para su consulta, sino que de toda España se desplazaban a diario decenas de personas con la esperanza de curar sus enfermedades.
La prensa, que aireaba constantemente la noticia, publicaba a la vez opiniones encontradas de otros médicos que se enfrentaban abiertamente a los procedimientos poco ortodoxos del que empezaron a llamar intruso en el campo de la medicina.

El doctor Asuero y una página de la prensa.

El doctor Asuero guardaba silencio y con ese sigilo no hacía sino exacerbar las críticas y las defensas, dando pie a una verdadera guerra entre defensores y detractores.
A menudo se publicaban nombres y fotografías de personas sanadas en la consulta de Asuero, a la vez que se daba, a la técnica empleada, el nombre “asueroterapia”, con el que empezó a conocerse, no sólo en España, también en el extranjero.
Benito Jovarri era un joven inválido desde hacía más de veinte años que salió caminando de la consulta; Bienvenido Sanz, padecía parálisis bucal y sanó completamente; el guardia Civil Alberto Sánchez se recuperó de una fuerte discapacidad y muchos más casos eran aireados constantemente, lo que no hacía sino aumentar la llegada de pacientes, a la vez que levantaba explosivas declaraciones en contra, como las publicadas por el doctor Marañón.
Fraude, era la palabra que constantemente salía de afamados doctores que exigían a Asuero que explicase científicamente su terapia, pero el enigmático doctor permaneció en silencio durante muchos años, hasta que, por fin, se defendió de las acusaciones publicando un librito que se titulaba ¡Ahora hablo yo!
El opúsculo lo prologó un colega francés, el doctor Helan Jarwoski, creador del término “reflexoterapia”, práctica que había presentado en Lyon en octubre de 1911, durante un congreso de medicina y posteriormente ante la Academia de Medicina de París, en mayo de 1912. Alababa las cualidades médicas de su amigo español y exaltaba las humanas, imprescindibles para la aplicación de aquella técnica, muy relacionada con la que él mismo había puesto en marcha y que, por cierto, desde entonces se usa y cada vez más.
Con el ingrediente de las cualidades personales, convertía todo el proceso en una especie de sanación milagrera que se distanciaba de la práctica médica, pues hacía suponer que quien poseyera aquella cualidad era capaz de sanar enfermos, mientras que a quien careciera de ella le resultaría tarea imposible de conseguir. A eso, el propio Asuero agregaba la enorme sorpresa que le habían producido los primeros éxitos y concluía diciendo que le resultaba muy difícil compilar y sacar enseñanza de los casos que tenía documentados, por cuya razón se estaba retrasando su presentación ante la Academia Médica de Guipúzcoa y pedía ayuda a sus colegas para extraer conclusiones de todo aquello.
Pero volvía a insistir en la corriente empática imprescindible para realizar la curación.
Evidentemente, aquellas explicaciones favorecieron poco al doctor Asuero que, poco a poco, fue perdiendo popularidad, hasta el extremo de que el 22 de diciembre de 1942, falleció de una angina de pecho, cuando estaba prácticamente ignorado en la actividad médica.
Lo lamentable es que en ningún foro realmente serio le hubiese prestado a aquella práctica la atención científica necesaria para averiguar qué había detrás de ella, porque lo que resultaba innegable es que, aunque mi padre no consiguió curarse, ni siquiera mejorar ligeramente su condición de sordo, existían casos constatados de curaciones.
Por otro lado, la reflexoterapia, técnica milenaria de la medicina china y de la que el doctor Asuero usaba, es una realidad terapéutica en nuestros tiempos.
¿Qué pasó, entonces? Yo tengo mi teoría muy personal y en parte jocosa y es que realmente el doctor descubrió algo que podía funcionar pero no con todo el mundo, lo que dejaba una estela de pacientes descontentos y otra de médicos insatisfechos de la explicaciones de Asuero, lo que unido al nombre del nervio en cuestión, hicieron que los fracasos se impusieran a los éxitos. Si el nervio hubiese tenido otro nombre, es posible que la cosa hubiera sucedido de otra forma.
No se puede negar que el nombre del nervio tiene su guasa: ¡No me toques el trigémino!

SUSANA BEN SUSÓN, LA SUSONA

Publicado el 20 de noviembre de 2011




Otra mujer, protagonista de la Historia, de entre las muchas que dieron estas tierras, aunque en nada similar a la que tuvimos ocasión de conocer en anteriores artículos, también vivió en Andalucía y más concretamente en el típico barrio de Santa Cruz, de la ciudad de Sevilla.
Con ella y con su familia se pueden hacer algunas constataciones sobre hechos y circunstancias que han permanecido inalterables a lo largo de los tiempos; voy a tratar de explicarlo.
Desde que en el año 70 de nuestra Era, el general romano Tito, antes de ser emperador, destruyese por segunda vez el templo de Jerusalén y ordenase la diáspora del pueblo judío, éstos se dispersaron y se asentaron por toda Europa, siendo España uno de los países en donde hubo mayor asentamiento.
Muy pronto, la laboriosidad de este pueblo en determinadas materias, lo hicieron salir del estado de postración posterior a la salida de su tierra y la banca, así como buena parte del comercio en general, estuvo en manos de aquellos exilados que, ciertamente, se integraban poco y mal en los pueblos y las culturas que los acogieron.
Nunca abandonaron su fe, su lengua y sus costumbres, rodeándose todos para vivir en barrios llamados juderías, de donde casi no les era necesario salir.
Pasados los años y los siglos, las cosas seguían igual en cuanto a sus costumbres, pero se había producido una circunstancia excepcional que hacía a aquella gente sumamente peligrosa para los estados y es que todo el poder económico de los principales países europeos estaban en manos de los judíos, que a la sombra, eran el verdadero poder económico de los gobiernos, a los que prestaban dinero con intereses usurarios.
Eso y la afrenta que para los cristianos de aquellos tiempo de fanatismo religioso, más impuesto por la Iglesia y vigilado por la Inquisición que como verdadera expresión de su fe, suponía tener que convivir con los descendientes del pueblo que había sacrificado al Hijo de Dios, produjeron situaciones muy delicadas, hasta el extremo de que en 1492, recién terminada la Reconquista, se decidió la expulsión de los que no abandonaran la fe judía y abrazaran la religión católica.
Pero antes de eso, pasaron muchas cosas en todas las ciudades importantes de la Península Ibérica y en Sevilla sucedió algo que pudo cambiar el curso de la historia y en la que La Susona tuvo un papel preponderante.
Su padre, Diego Susón, era un poderoso banquero judío de Sevilla, que además de un enorme poder económico, poseía mucha ascendencia sobre el importante colectivo semita, a la sazón bastante harto de las constantes vejaciones que habían de sufrir por parte de los cristianos.
En el mes de marzo de 1391 estalló la primera explosión de ira de los cristianos contra los judíos, incitada por las incendiaria prédicas del arcediano de la catedral de Sevilla, un clérigo natural de Écija llamado Ferrán Martínez. La plebe, siempre dispuesta a cualquier desmán y con vistas a obtener sus propios beneficios, se dejó llevar por las soflamas del clérigo y entraron en la judería saqueando tiendas y negocios y maltratando a sus moradores, pero la cosa no pasó de ahí, porque las fuerzas del orden con el Alguacil Mayor a la cabeza acudieron prestos y apresaron a varios alborotadores, algunos de los cuales fueron castigados a penas de azotes.
No cesó el clérigo y el seis de junio del mismo año, incendiados los ánimos de los cristianos sevillanos, entraron en el barrio de la judería y con el grito de “muerte a los judíos”, no pararon en robar y saquear, sino que persiguiendo a los moradores por las estrechas calles de la judería, mataron a cuatro mil hebreos.
La revuelta se extendió primero por todas las ciudades importantes de Andalucía, luego por las de Castilla y por último, llegaron hasta el reino de Aragón y Cataluña.
Muchos judíos, sin embargo, consiguieron huir con sus familias y con casi lo puesto y años después, cuando las cosas parecían más calmadas, regresaron a su barrio con la intención de restaurar sus viviendas, rehacer sus vidas y, sobre todo, continuar con sus negocios. Pero, a pesar de las promesas hechas por las autoridades y por el propio rey, de que sus vidas y haciendas serían respetadas, los judíos no vivían tranquilos.
Pasaron los años y ya terminaba el siglo XV, cuando los Reyes Católicos tenían cercado el reino de Granada y el final de la Reconquista se contemplaba como posible y cercano, el banquero Susón ideó un plan para acabar definitivamente con aquella situación en la que vivían y lo mismo que ocurrió cuando la invasión musulmana de 711, que los judíos cansados de las vejaciones de los visigodos facilitaron la llegada e invasión de los árabes, quería ahora favorecer el resurgimiento del poder musulmán.
Para ello se reunió con gente muy importante de todo el reino y se confabularon para yugular la economía del Estado; debilitarlo hasta el extremo de que no pudiera mantener el ejército y entonces aflorar dinero a las arcas mahometanas y propiciar la contratación de mercenarios bereberes y turcos, para enfrentarse a los ejércitos cristianos.
El plan era mucho más complejo y no descartaba emplear la violencia en ciudades importantes para hacerse con el poder fáctico.
La conjura iba viento en popa, propiciada por los magníficos cauces de comunicación que los comerciantes y banqueros poseían para sus transacciones económicas y amparada por el uso de la lengua hebrea que no era comprendida por los cristianos y sobre todo, por la apariencia de renegados de su dogma que tanto Susón como sus demás correligionarios, tenían. Todos ellos eran judíos conversos que en el fondo seguían practicando su religión, aunque de forma tan oculta que entre ellos se encontraban personajes de alto renombre en la sociedad sevillana, como Pedro Fernández de Benadava, mayordomo de la catedral; Juan Fernández de Abolafia, letrado y alcalde de Justicia, Adolfo de Triana y muchos otros.
Tenía Diego Susón una hija llamada Susana Ben Susón, una mujer joven de gran belleza, la cual era consciente del poder que podría llegar a alcanzar si conseguía un buen matrimonio con algún joven de la nobleza sevillana y en eso estaba la joven Susana, a la que llamaban “La Susona”, en relaciones con un joven de alto rango dentro la nobleza, cuando tuvo conocimiento de la trama que su padre tenía urdida.
No sospechando el alcance que su decisión pudiera tener, ni confiando tampoco en que la conjura que su padre capitaneaba pudiera llegar a buen puerto, contó a su enamorado los detalles de aquella traición que los judíos preparaban, aportando toda suerte de detalles sobre los planes que pretendían, las personas a las que pensaban asesinar y la forma en la que se iban a hacer con el control de la ciudad.
El joven enamorado, abrumado por la gravedad de lo que Susana le había contado, acudió al alcaide de la ciudad, don Diego de Merlo, al que puso en antecedentes de cuanto sabía por boca de su novia.
El alcaide inició unas pesquisas que le condujeron a comprobar que lo que le había contado su confidente era totalmente cierto y que en la casa de Susón, se reunían con frecuencia aquellos conspiradores. Y así, una noche, esperando que estuviesen todos reunidos, con fuerte guardia de alguaciles y corchetes, se presentó en la casa del banquero, sita en la calle entonces llamada de la Muerte, en pleno barrio de Santa Cruz y los prendió a todos.
No suponía quizás La Susona el alcance de su delación, ni que a su padre y a todos los conspiradores los fueran a ajusticiar, pero así fue y tras juicio sumarísimo en el que se vieron forzados a confesar, todos los conjurados fueron trasladados a los campos de Tablada, donde se aplicaban las penas de muerte y allí fueron ejecutados. Sus cadáveres permanecieron expuestos por un año, como se hacía con los más abyectos criminales.
Cuenta la tradición que, arrepentida de su acción, repudiada por su gente y abandonada por su amante, ingresó en un convento de clausura en donde murió, pero lo cierto es que su cadáver apareció en la casa número 10 de la Calle de la Muerte y junto a él una nota manuscrita en la que pedía que tras su muerte le cortasen la cabeza y la clavaran sobre el dintel de la puerta y permaneciera allí para siempre. A finales del siglo XVIII se retiró la calavera y se sustituyó por dos azulejos, cambiándose el nombre de la calle que desde entonces se denomina Susona.

Azulejo conmemorativo en la calle Susona


LA EDAD DE LA TIERRA

Publicado el  27 de noviembre de 2011




Conocer cuando se formó de La Tierra fue algo que obsesionó al ser humano desde siempre. Pero no es sino a partir de la Edad Media y usando como única fuente de información a la Biblia, que algunos eruditos trataron de establecer lo que consideraban la verdadera edad de nuestro planeta.
El primero fue un ingles llamado John Lightfoot, todo un personaje en la erudición de la época que en 1644 calculó que La Tierra se comenzó a crear a las nueve de la mañana del 17 de septiembre de 3928, antes de Cristo. Años más tarde, en 1650, James Ussher, arzobispo anglicano, publicó un libro llamado Anales del Viejo Testamento, en donde estableció que La Tierra empezó a formarse a mediodía del domingo, 23 de octubre de 4004 A.C. Hoy, estas aseveraciones, tan categóricas como desorientadas, nos producen risa.
Con el procedimiento usado que no era otro que una exhaustiva interpretación de la Sagrada Escritura, es imposible conseguir una datación ni siquiera aproximada, salvo que la impulse la fe. Hasta el siglo XX no se ha podido determinar la edad que aparentemente tiene el Planeta, usando métodos de datación científicos, como el Carbono 14, o el Potasio 40. Con estos procedimientos se ha calculado que la verdadera edad de la Tierra está alrededor de los 4.000 millones de años, pero que podrían ser muchos más.
Muy pocos años después de que los dos bienintencionados eruditos pusieran aquellas fechas de nacimiento tan extravagantes, apareció una persona de extraordinaria inteligencia que inició, de una manera científica, aunque apoyada en los escasos conocimientos de aquella época, a centrar realmente el problema. Se llamaba Niels Steensen, aunque resulta algo más familiar por su nombre latinizado, tal como era costumbre en la época: Nicolaus Stenonius, conocido como Steno. Había nacido en Copenhague el diez de enero de 1638, hijo de un pastor luterano que le proporcionó una espléndida educación que le compensara de sus deficiencias física, pues era un niño enfermizo. Con dieciocho año ingresó en la universidad de su ciudad para estudiar medicina. Fue su preceptor el célebre anatomista Bartholin, descubridor del sistema linfático y que puso a su discípulo en el camino de la anatomía.
Pero no era sólo la medicina el campo en el que destacaría como científico y a pesar de haber descubierto la glándula parótida, elaboradora de saliva, cuyo conducto lleva su nombre, el funcionamiento de los músculos y del corazón, pronto abandonó aquella disciplina de la que pensaba que la mayoría de los tratamientos que se aplicaban a la curación de las enfermedades era peor que inútiles y así, en 1655 se trasladó a Florencia, acogiéndose a la protección del Gran Duque Fernando II de Médicis que estaba formando la primera academia experimental que se creó en el mundo.
Un suceso accidental, cambió radicalmente su rumbo científico. Dos pescadores de Livorno capturaron un enorme tiburón y Steno mostró su interés en diseccionarlo, por lo que el gran Duque ordenó que le fuese enviada la cabeza, en la que el científico trabajó, encontrándose con la curiosa circunstancia de que los dientes eran exactamente iguales a unas piedras conocidas como “lenguas de piedra” que abundaban en algunos yacimientos de fósiles y de las que en la Isla de Malta se habían encontrado en grandes cantidades. Surgía para él un dilema que hasta el momento no se había planteado y era la aparición de fósiles marinos en lugares donde no existía rastro alguno de mares y más extraño aún, que fuera en la cima de montañas donde aparecieran restos que debían haber estado en el fondo del mar. En 1667 publicó un trabajo sobre la disección de la cabeza del tiburón en el que incluía el dibujo que se muestra en la fotografía.
Pero si el mundo tenía algo más de cinco mil años y según la misma fuente, había permanecido inalterable desde su creación, cómo era posible que un fondo marino se convirtiera en la cima de una montaña, o que en el interior de una roca apareciera una concha o una lengua de piedra. La doctrina de Aristóteles, según la cual las conchas marinas crecían tanto en el mar como en la tierra o la explicación del Diluvio Universal, eran los únicos argumentos capaces de sustentar aquella extraña circunstancia.

Cabeza de tiburón conocida como “Stenoshark”

Durante los años siguientes, Steno se dedicó a examinar estratos y lechos rocosos, buscando una explicación a la existencia de tal número de fósiles marinos y de la presencia de rocas de determinadas características en el interior de otras rocas completamente distintas. Sus conclusiones las publicó en un libro de larguísimo título en latín que es conocido como “De Sólido”, las dos primeras palabras del título y también “El Pródromo”, la última, y que es el primer tratado sobre geología que se conoce y en el que explica de manera razonada las diferencias que existen entre los sólidos inorgánicos y los orgánicos y la forma en la que conchas o huesos, depositados en sedimentos blandos, acaban convirtiéndose en roca sedimentaria, concepto que introdujo el propio Steno y que se sigue usando.
Pensando que todas las rocas habían sido antes materia sedimentada en un fluido, formuló la teoría de la formación horizontal de los yacimientos fósiles y que cualquier inclinación era posterior a la formación del yacimiento.
Sugirió que enormes cataclismos actuaron sobre la corteza terrestres a lo largo de siglos, convirtiendo los fondos marinos en cimas montañosas en donde las capas de fósiles guardaban una cronología, correspondiendo las más superficiales, con las más jóvenes y efectuando unas correlaciones sobre identidades de capas halladas en lugares distintos. Estas teorías, vigentes en la actualidad, se conocen como Principio de la Superposición de Steno y servirían de apoyo inicial para desarrollar toda una técnica destinada a conocer la verdadera antigüedad de nuestro Planeta.
Lamentablemente, unos años después, abandonó totalmente la vida científica. En 1667, abjuró de la religión luterana y convirtiéndose al catolicismo, fue ordenado sacerdote en 1675 y pocos años después, nombrado arzobispo de la ciudad alemana de Münster. Murió en 1686 consumido por las enormes privaciones que imponía a su cuerpo. Sus restos descansan en la Basílica de San Lorenzo, en Florencia. El veintitrés de octubre de 1988 fue beatificado por el Papa Juan Pablo II, convirtiéndose en el único científico que ha alcanzado ese rango.
Con su deserción de la actividad científica, el avance de la geología sufrió un parón considerable, pues aún cuando las descabelladas ideas que sobre la edad del planeta habían establecido los clérigos, mucha gente creía ciegamente en ellas, disuadiendo, a quien quisiera atreverse por aquel camino, de perseverar en el estudio de la corteza terrestre.
Así permanecieron las cosas por espacio de varios años hasta que apareció la persona que realmente dio el impulso necesario a esa ciencia. Se llamaba James Hutton y nació en 1726 en la ciudad escocesa de Edimburgo. Lo mismo que Steno, sus primeros pasos estuvieron dirigidos hacia la medicina, ciencia que nunca ejerció, pero sí la química que aprendió durante la carrera y que le permitió descubrir un procedimiento para obtener el cloruro de amonio, una sal imprescindible en la industria del algodón, lo que le reportó tales beneficios económicos que le permitió retirarse a estudiar geología que era lo que verdaderamente le apasionaba.
Contra las corrientes imperantes en el momento, último tercio del siglo XVIII, Hutton se sorprendía que existieran valles y cañones erosionados por el agua y el viento en los seis mil años de existencia de la Tierra, mientras que algunas construcciones egipcias o romanas, apenas presentaban desgastes, cuando eran solamente la mitad o un tercio más jóvenes.

John Hutton 1726-1797

Con el resultado de sus estudios y sus experiencias, estableció que las erosiones del agua, los vientos y otros cataclismos, que apreciamos en nuestros días, son las mismas que han venido modificando la estructura de la corteza terrestre, lo que implicaba que la edad de la Tierra tenía que ser notablemente mayor que lo que propugnaba la Iglesia a través de sus representantes.
En 1785 expuso sus conclusiones en una obra titulada Teoría de la Tierra, pero se encontró con un problema que no pudo resolver y es que su prosa era tan farragosa, su exposición tan confusa, tan pésimo su sintaxis, que la obra se convirtió en un indescifrable jeroglífico que casi nadie entendió.
Cinco años después de su muerte, en 1802, el que había sido su amigo, John Playfair, refundió toda la obra, la redactó de nuevo y la dio a conocer con el nombre de Ilustraciones de la teoría Huttoniana de la Tierra, consiguiendo el reconocimiento mundial del que, después de Steno, sería considerado el padre de la Geología moderna. 

EL CONDE DE SUPERUNDA


Publicado el 13 de noviembre de 2011




Las desgracias nunca vienen solas. Es un dicho muy antiguo y muy cierto y es que a toda la situación de crisis que está viviendo el mundo hay que sumar desgracias como el reciente terremoto de Japón, el posterior tsunami, la crisis en la central nuclear y la guerra de Libia. En fin, para no estar tranquilos.
Pero nuestro mundo está acostumbrado a las desgracias y una vez tras otra se repone y sale adelante; hoy, con la ayuda y el esfuerzo de todos, hace siglos, con el coraje y valentía de unos pocos.
Y entre esos del coraje se encuentra la persona que da título a este artículo. El Conde de Superunda.
¿Y quien era este conde de tan extraño nombre?
Hay que remontarse un poco en la historia y situarnos a mediados del siglo XVIII y en las llamadas Indias Occidentales y más concretamente en el Virreinato del Perú.
Por Real Cédula de 24 de diciembre de 1744, extendida por Felipe V casi al final de su reinado, se nombró virrey del Perú a José Antonio Manso de Velasco y Sánchez de Samaniego, en aquel momento, gobernador de Chile.
Manso de Velasco nació en 1688 en Torrecilla de Cameros, La Rioja, en el seno de una familia que por los apellidos, no parece necesario explicar en qué situación se encontraba y más en aquellos tiempos. Muy joven ingresó en el ejército con el que participó en la Guerra de Sucesión, el Sitio de Gibraltar, la conquista de Orán, y varias expediciones militares, las guerras de Italia y muchas otras acciones militares, en las que siempre destacó, siendo ascendido por méritos de guerra en varias ocasiones, hasta que en la corte se fijaron en él y fue nombrado Gobernador de Chile en 1736. El 15 de noviembre del año siguiente, llegó a la capital del territorio.
Ocupó el cargo hasta 1744 en que se le nombró Virrey del Perú, llegando a Lima a mediados de julio del año siguiente.
Era virrey, por tanto, cuando aconteció en la costa del Pacífico, un tremendo maremoto que, seguido por un tsunami, produjo enorme devastación en muchos miles de kilómetros de la costa del Pacífico y hacia el interior.
En aquella época no había sismógrafos que midieran la intensidad, pero aplicando la escala de Mercalli, anterior a la de Richter, y que evalúa el terremoto en función de los daños producidos, su intensidad fue de XI sobre XII, lo cual da una idea de hasta donde llegó la catástrofe.
Desde hacía más de veinte días, la población de El Callao, el puerto de Lima, decía observar que del mar salían exhalaciones de un vapor caliente y que, debajo de la tierra se oían ruidos como el mugir de miles de vacas y lejanos disparos de artillería, pero nadie prestó demasiada atención a aquellas percepciones, hasta que el viernes, veintiocho de octubre de 1746, a las diez y media de la noche, la tierra comenzó a temblar y no paró por espacio de cuatro largos minutos.
Templos, conventos y edificios públicos, todos sólidamente construidos, cayeron derribados como si fueran de papel, mientras una nube de polvo cubría la ciudad de Lima y su puerto, tan espesa, que según testimonios de la población casi podía cortarse y hacía imposible la respiración.
En aquel momento la ciudad de Lima contaba con sesenta mil habitantes y, casi tres mil edificaciones sólidas, construidas con piedras, se repartían en un diseño rectangular de ciudad moderna compuesta por unas ciento cincuenta manzanas de casas.
De todas ellas, solamente veinticinco consiguieron resistir el temblor de la tierra y más de mil personas perecieron aplastadas por los escombros en sus propias viviendas, pues el seísmo sorprendió a la inmensa mayoría de los habitantes durmiendo.
Casi de inmediato, el mar empezó a retirarse para volver poco después convertido en una gigantesca ola de diecisiete metros de altura que pasando por encima de la Isla de San Lorenzo, penetró en el puerto de El Callao, arrasando todo a su paso y entrando hasta cinco kilómetros tierra adentro, destruyó todo lo que estaba en la costa desde miles de kilómetros arriba y debajo de El Callao.
Hasta las cinco de la mañana se estuvieron produciendo réplicas del terremoto que pararon y volvieron horas después, contabilizándose en los diez días siguientes hasta doscientas veinte réplicas y en el año siguiente, hasta casi seiscientos temblores de diversa consideración.
Tal fue la destrucción que provocó aquel maremoto y su consiguiente tsunami que ha sido calificado como el más fuerte de los padecidos en aquella zona hasta el Terremoto de Arica en 1868.
Ante el desolador panorama, muchos pensaron recoger las escasas pertenencias que aún conservaban y marcharse de aquella ciudad en ruinas, en donde a los pocos días, los olores de la podredumbre, la insalubridad de las aguas de los pozos y la escasez de alimentos, la hacían inhabitable, pero ahí entró en liza el hombre a quien se dedica este artículo, porque el virrey, lejos de descorazonarse, emprendió de inmediato la ingente tarea de, primero, asistir a los necesitados, atender a los heridos y sepultar a los fallecidos, cosa que no era nada fácil pues entre los escombros aparecían constantemente cuerpos aplastados. Nada más que en el hospital para los nativos, murieron sesenta personas sepultadas por el derrumbe.
El puerto de El Callao había sido arrasado por completo y apenas doscientas personas pudieron salvarse, de las casi cinco mil que lo habitaban. De nada habían servido las murallas que se estaban construyendo para proteger el puerto de los piratas, como Francis Drake que asolaban aquellos mares. La primera gran ola sobrepasó sus apenas cinco metros de altura destruyendo varios paños y dejando la ciudad nuevamente desprotegida.

Plano de El Callao antes del terremoto

El empuje personal del virrey, que no se arredró ante la adversidad, tuvo la virtud de infundir ánimos en los limeños que contagiados por el ardor del gobernante, se pusieron manos a la obra para reconstruir la ciudad.
Se tomó gran interés en reconstruir la Catedral Metropolitana y Primada de las Indias Occidentales, que así se llamaba la de Lima, en la que se conserva un cuadro del virrey, retratado precisamente ante su fachada una vez reconstruida.
Mientras en Lima se iban reconstruyendo los edificios oficiales, los conventos y los ciudadanos iban reparando sus casas, algunas de las cuales quedaron completamente arrasadas, en El Callao se inició la reconstrucción de las murallas, con un planteamiento más robusto, tanto que las actuales que conservan parte de aquella construcción, como la Fortaleza del Real Felipe, que fue obra del virrey Manso de Velasco.
Tal fue el afán que puso en la obra que a los pocos años la ciudad y el puerto estaban prácticamente reconstruidos. No pasó su obra desapercibida, tanto que el rey, ya entonces Fernando VI, consideró que era de justicia reconocer aquella tarea y por Real Cédula de 8 de febrero de 1748 le otorgó el título nobiliario de Conde cuyo nombre eligió el propio monarca: Conde de Superunda.
No hace falta explicar que significa, pues parece claro: Súper es grande, enorme y unda es onda u ola: Conde de la Gran Ola.
Aún siguió el virrey gobernando aquellas lejanas tierras hasta el año 1761, dejando su impronta como uno de los más activos de todos los virreyes, de los que éste hacía el número dieciocho. Creó ciudades a lo largo de todo el virreinato y declaró el tabaco artículo estancado, anticipándose a lo que se haría después en España.
Cuando tenía setenta y un años y se encontraba viejo y cansado, solicitó ser relevado de su cargo, petición que le fue admitida, nombrando el rey a Manuel de Amat y Juniet, militar y gobernador de Chile, como nuevo virrey.
El viejo virrey esperó un barco que lo devolviese a la Madre Patria por la ruta de Panamá, pues la travesía del Cabo de Horno se evitaba por su peligrosidad. Tras muchas vicisitudes llegó a la isla de Cuba, donde debía esperar a otro navío para hacer la última parte de la larga travesía. No tuvo suerte en esa etapa, pues el día cuatro de enero de 1762, Jorge III de Inglaterra había declarado la guerra a España, lo que traería funestas consecuencias para la Isla de Cuba y para el virrey.
Consideraba Inglaterra que el Pacto de Familia que los Borbones franceses y españoles habían firmado podría perjudicarle mucho, por lo que se opuso y terminó por declararnos unilateralmente la guerra.
En consecuencia, ante el puerto de La Habana se presentó una poderosa escuadra inglesa con la intención de tomar la ciudad.
La armada, al mando del almirante George Pockock se avistó en La Habana la mañana del 6 de junio de 1762. Desde lo alto de la fortaleza del Morro, el vigía advirtió la presencia de muchas velas en el horizonte que al ir acercándose se convirtieron en navíos de línea y fragatas británica, que traían la intención de tomar la isla. En la armada, además del personal de marinería, venían embarcados catorce mil soldados de tropas escogidas al mando del general Augusto Keppel.
La potencia de fuego británica quedó pronto de manifiesto y desde la mañana del día siete estuvo machacando las fortificaciones que quedaron arrasadas por un fuego ininterrumpido, durante sesenta y siete días, tras los que abatidas las defensas españolas, atestados los hospitales de heridos y a rebosar los cementerios y no sólo del fuego inglés, sino de la tremenda epidemia de vómito negro que se había producido en la isla desde el verano anterior, los responsables de la defensa decidieron izar bandera de tregua y a las dos y media de la tarde del día , cesó el fuego.
En el lado español se habían producido escenas de heroísmo sin límites, pero fueron inútiles ante el potencial bélico del enemigo que había cogido a la isla por sorpresa y, como siempre, escasas en material y efectivos militares.
Mil muertos en el bando español y criollo, contra mil setecientos en el bando británico, hablan de la numantina defensa que se hizo, pero que al final resultó inútil.
El Conde de Superunda, como militar de mayor graduación de cuantos se encontraban en la Isla de Cuba, fue nombrado Gobernador de Cuba y Presidente de la Junta Consultiva de Guerra, cargo que le entrega Juan de Prado Portocarrero, al que pertenecía dicho cargo.
Tras la declaración de tregua, ofrecida por los españoles el once de agosto, fue hecho prisionero por los ingleses que lo trasladaron a Cádiz, en donde fue mal recibido y fue entregado a la justicia militar considerándosele responsable de la rendición de la plaza y del oprobio que causaba a la corona las condiciones en las que se había rendido.
La sentencia estaba dictada antes que se celebrara vista alguna contra el anciano general que fue condenado a cien años de suspensión de todo cargo militar y confinado en la ciudad de Granada.
De nada sirvieron sus años de servicio a la Patria. De nada que su comportamiento hubiera sido heroico durante toda su vida. De nada que hiciera lo que hiciera, la superioridad británica hubiera terminado por conquistar La Habana, causando muchos más desastres de los ya acarreados y de nada, que se expresaran las condiciones en las que se encontraban las defensas españolas, escasas de hombres y material, diezmadas por una tremenda epidemia de fiebre amarilla que en América se conocía como “vómito negro”. De nada, tampoco, la forma en la que se había visto envuelto en aquel doloroso suceso y cómo aceptó responsabilizarse del mismo cuando era evidente que no le correspondía semejante responsabilidad.
Murió en 1767, cuando contaba setenta y nueve años de edad, pobre, despreciado y en el mayor anonimato, en la ciudad de Priego, provincia de Córdoba, a donde se había retirado cuando le liberaron de la prisión que padeció. Allí, en la iglesia de San Pedro, reposan los restos de un héroe ignorado que consagró toda su vida al servicio de España.
Quizás vaya siendo hora de que reciba la atención que se merece, aunque sólo sea porque los terremotos están de dramática actualidad.


Retrato del Virrey ante la catedral de Lima

ERROR O PROVOCACIÓN

Publicado el  6 de noviembre de 2011




Cometer un error es algo bastante usual. ¿Quién no se equivoca? Todos nos equivocamos y, por cierto, muchas veces, a lo largo de nuestras vidas. Pero hay errores y errores y entre estos segundos, están los errores estratégicos. Cuando planificas algo, el factor error debe ocupar un lugar mínimo e incluso no existir, pues de lo contrario las consecuencias pueden ser funestas.
Eso fue lo que ocurrió con un error que no se si calificar de táctico, estratégico, humano, o simplemente dramático; o lo que sería mucho peor, una provocación. Lo cierto es que tuvo graves repercusiones y pudo tenerlas aún peores.
Ocurrió durante la Guerra Civil Española y estuvo a punto de adelantar en un par de años el inicio de la II Guerra Mundial.
El Gobierno de la República de España había comunicado a Italia y Alemania que los puertos de la Baleares estaban cerrados para toda clase de buques extranjeros, ya que se temía que fueran utilizados por estos dos países para abastecimiento de material de guerra con destino al ejército sublevado.
Con la frecuencia que su pudiera, aviones de la histórica Base Aérea de los Alcázares, en Murcia, salían a patrullar el Mediterráneo, aprovechando la oportunidad para bombardear buques de los sublevados, o de las potencias que los apoyaban: Italia y Alemania.
La Base de los Alcázares se creó en 1915 como la primera base de Hidroaviones de España, ampliándose luego a Escuela de Combate y Bombardeo Aéreo, conocido como Aeródromo Burguete, en honor de uno de los comandantes que había tenido.
El día 24 de mayo de 1937, una escuadrilla compuesta de dos aviones de la mencionada Base, volaron hasta Palma de Mallorca en donde vieron, atracado en su puerto, al crucero Barletta, de bandera italiana, destinado al control marítimo por el Comité de No-Intervención.
Este Comité era una organización creada en Londres, en 1936 a propuesta de Francia, que tenía como objetivo vigilar el grado de cumplimiento del Pacto firmado por la potencias europeas para no intervenir en la Guerra Civil Española, habida cuenta de la enorme tensión de aquel momento entre las “democracias” y las “dictaduras” y al objeto de no desestabilizar el equilibrio, ni comprometer el resultado del conflicto. Como todo el mundo sabe, el Pacto no sirvió para nada, pues Alemania e Italia ayudaban al bando de Franco y Rusia lo hacía con el republicano.
De inmediato los aviones republicanos bombardearon el barco, causando seis bajas y algunos daños materiales de importancia.
Dos días después volvieron a bombardear a un barco alemán, el patrullero Albatros, aunque no consiguieron alcanzarlo.
El gobierno alemán elevó una queja que fue poco atendida por la República, tan así como que tres días más tarde tuvo lugar el grave incidente que da razón a este artículo.
Parte de la ayuda que el ejército republicano recibió de Rusia fue referida a la aviación. Rusia se comprometió a mandar ciento cuarenta y dos aviones bombarderos Tupolev SB2, de los que solamente se recibieron noventa y dos, pues los otros cuarenta fueron intervenidos en Francia y devueltos a Rusia.
Estos aviones se destinaron a diversas bases aéreas, entre ellas a la de Los Alcázares. Desde allí partió, en la mañana del día 29, una flotilla compuesta por dos aviones Tupolev, conocidos en España como los “Katiuska”. No se sabe con certeza, pero los pilotos de ambos aviones debían ser rusos que enseñaban su correcto manejo a pilotos españoles.
La misión de esta escuadrilla era la de buscar la flota del ejército sublevado que operaba por el Mediterráneo y aquella mañana, el propio Jefe de la Fuerza Aérea Republicana, el General Ignacio Hidalgo de Cisneros, junto con el coronel Lacalle, jefe del aeródromo, despidieron a los aviones en su salida
Cuando los Katiuska regresaron horas después a la base, uno de los aviones hizo una pasada a muy baja altura sobre la pista de aterrizaje, balanceando las alas, signo que en la aviación significa que había tenido éxito en una misión de caza; una vez en tierra, los que figuraban como pilotos de los mismos, llamados José Arceaga Nájera y Leocadio Mendiola, informaron a sus superiores haber bombardeado al Crucero Canarias, del ejército sublevado, el cual se había localizado en aguas de Baleares.

Tupolev SB-2 “Katiuska”, del ejército republicano

En principio la noticia fue recibida con extrema alegría en el bando republicano, pues el Canarias era uno de los barcos más poderosos del bando sublevado, pero casi de inmediato aquella alegría se diluyó cuando llegó una enérgica protesta del gobierno alemán, acusando al republicano de haber bombardeado uno de sus barcos.
Los hecho habían ocurrido cuando la escuadrilla de Katiuska, en su vuelo de reconocimiento, creyó descubrir al crucero español en aguas cercanas a Ibiza. El primer avión lo sobrevoló, dejando caer sus bombas que fueron al mar. El segundo tuvo mejor suerte, o peor, no sabemos como interpretarlo pues de sus seis bombas, dos alcanzaron de lleno al barco que no era el Canarias sino el acorazado alemán Deutschland, que fue confundido de manera lamentable.
Una de las bombas impactó en la base de la chimenea, causando muchos daños materiales e importantes incendios, aunque pocas desgracias humanas, sin embargo, la otra alcanzó la proa, sobre el comedor de la marinería. Atravesó el fuselaje y penetró en comedor, abarrotado por parte de la tripulación, en donde hizo explosión, produciendo una tremenda carnicería. Veintitrés marineros resultaron muertos en el acto, otro murió la noche siguiente y más de noventa resultaron heridos de diversa consideración, algunos tan graves que murieron en los días siguientes, aumentando el número total de víctimas hasta treinta y una.
El Deutschland, un barco magnífico, el primero de una serie de tres de una clase completamente nueva llamada “Acorazados de Bolsillo”, estaba participando en el bloqueo naval al que se sometía el conflicto español, por tanto, sin participación bélica de ninguna clase. Gravemente afectado por las dos explosiones y con la gran cantidad de heridos, se dirigió a toda máquina hacia Gibraltar, donde arribó a las siete de la tarde del día siguiente.


Acorazado Deutschland y Crucero Canarias


Todavía se estaba celebrando el acontecimiento cuando el gobierno republicano, a través de su Ministro de la Guerra, Indalecio Prieto, recibe una queja de parte del gobierno alemán, en el que les acusa de haber bombardeado un barco de observación fondeado a escasas millas de Ibiza.
Tras confirmarse los acontecimientos, el gobierno republicano se excusó diciendo que los aviones habían recibido fuego antiaéreo previamente y se habían limitado a responder al ataque.
Para salvar a Rusia de la posibilidad de un conflicto con Alemania, se ocultó el hecho de que todas las tripulaciones eran soviéticas y se falsearon los nombres de los militares que ocupaban los dos aviones, pero el coronel Lacalle, jefe de Los Alcázares, posteriormente reveló que el piloto era Nicolai Ostryakov y el bombardero-observador G. Livinski.
De poco sirvieron las excusas en aquello momentos en los que Alemania estaba deseando tener cualquier justificación para entrar en el conflicto.
En el pensamiento del dirigente alemán, Hitler, cabía el declarar la guerra al Gobierno de la República y así se expresaba ante sus colaboradores, los cuales consiguieron convencerle aunque no disuadirle de dar un escarmiento y de ese modo se ordenó al acorazado gemelo del bombardeado, Almirante Scheer, que al frente de una flotilla compuesta por el Albatros, del que se habló anteriormente y otros tres destructores, se dirijieran al puerto de Almería.
El día 31 de mayo, dos días después del bombardeo del Deutschland, a las siete y media de la mañana, los buques se despliegan frente a Almería y comienzan a cañonear la ciudad.
El comandante militar de la plaza, dirige un comunicado al Ministerio de Defensa en el que se lee textualmente:
"Sobre las 5,30 de la madrugada fui avisado de que por la parte de Cartagena venían un acorazado y cuatro destructores de nacionalidad alemana. A las 5,45 los buques ponían proa hacia este puerto, señalándose una distancia de 20.000 metros. Los barcos continuaron avanzando y a una distancia de 12 kilómetros, aproximadamente, observada por telémetro desde las baterías de costa, rompieron el fuego sin notificación o aviso sobre la población de Almería, sin perseguir dentro de ella objetivo alguno concreto, pues sembraron de proyectiles todo el casco de la ciudad, calculándose unos doscientos los disparos hechos.
 La batería de costa contestó al fuego de la escuadra, la cual se alejó lanzando una columna de humo. El observatorio de la batería distinguió perfectamente los colores de la bandera alemana de los buques agresores.
Estos hicieron su entrada por Cabo de Gata hasta la altura de Roquetas, donde viraron para acercarse a Almería, poniéndose en línea de combate y cruzando la bahía.
Al retirarse lo hicieron también por Cabo de Gata rumbo a Levante. Se han derrumbado varios edificios, habiendo muertos y heridos, cuyo número no se puede todavía fijar. En este momento comienzan las labores de desescombro (...)"

Fotografía real del resultado del bombardeo

Durante treinta minutos, ininterrumpidamente, los cinco barcos alemanes estuvieron cañoneando la ciudad y tras una pausa de pocos minutos, volvieron a disparar por espacio de otros diez.
Se produjeron más de doscientos impactos de obuses alemanes y se contabilizaron, de manera que ahora parece casi macabra, la misma cifra de muertos que hubo en el Deutschland: treinta y uno. Sin embargo el número de heridos fue incalculable.
La atroz represalia alemana, tomada contra una población civil, ocurrió treinta y tres días después de que en el norte de España se hubiese producido una acción similar, como fue el bombardeo de Guernica por la Legión Cóndor, alemana y la Aviación Legionaria, italiana, hecho este es mucho más conocido, pero quizás de menos trascendencia que el de Almería, que estuvo en un tris de provocar un conflicto aún más grave, cuando el Ministro de la Guerra propuso atacara la flota alemana del Mediterráneo y el presidente de la República, Manuel Azaña, era partidario de hacer una declaración de guerra a Alemania, que finalmente no se produjo por consejo sobre todo de Rusia que en aquel momento no estaba en disposición de enfrentarse con la potencia bélica que eran los germanos.
España fue un teatro de operaciones en donde Alemania, Italia y Rusia, pusieron a prueba la capacidad estratégica de sus armas, las tácticas militares y muchas otras cosas que luego les iban a servir en el desarrollo de la gran Guerra que se avecinaba.
Resulta difícil de creer que la escuadrilla de Katiuska saliera a volar sin la presencia de ningún militar español a abordo, pero es posible que así fuera, por falta de personal capacitado o por otras muchas razones, pero no es tan fácil de creer que pilotos soviéticos avezados, confundan el crucero Canarias con el acorazado Deutschland que, como se observa en las fotos de arriba, aparte de ser dos barcos de parecida envergadura, no presentan muchas similitudes, es más, son bien distintos a los ojos de cualquier militar; si no, observen las chimeneas, la disposición de la artillería, la torreta posterior y, sobre todo, que el acorazado izaba la bandera de Alemania que puede tener un cierto parecido con la española del bando sublevado, pero nunca confundirse por un profesional del ejército.
La ausencia de testigos miliares españoles, permite a los pilotos soviéticos dar la versión que más oportuna consideren a fin de favorecer sus propios intereses. Lo cierto es que los españoles pagamos caro el error de unos militares extranjeros en nuestra guerra, o fue acaso una provocación perfectamente estudiada y dirigida por el gobierno soviético con el fin de comprobar la reacción alemana y precisar hasta que punto estaban los nazis dispuestos a llegar.

domingo, 31 de marzo de 2013

UNA BROMA OLÍMPICA

Publicado el 30 de octubre de 2011




La llama olímpica, esa que cada cuatro años levanta tormentas polémicas cuando se desplaza por los distintos continentes, países y ciudades, hasta llegar a su destino, es un símbolo universal que rememora aquel latrocinio mitológico en el que Prometeo arrebata el fuego a Zeus, para entregárselo a los humanos.
Bajo ese símbolo, hace un montón de siglos, empezaron a disputarse en Olimpia, los juegos deportivos más famosos de toda la Historia.
Con la caída de las civilizaciones clásicas, aquellos juegos desaparecieron hasta que Pierre Frèdy, Barón de Coubertin, los volvió a instaurar en el año 1896.
Desde entonces y cada cuatro años, salvo en 1916, 1940 y 1944, se han celebrado con mayor o menor pompa y con mejor o peor recuerdo, como los de Alemania de 1972, acabados en tragedia.
Pero cuando la llama olímpica se enciende y comienzan los juegos verdaderamente, todo parece olvidarse, es en el transcurso del recorrido de la antorcha donde se producen las verdaderas manifestaciones, a favor y en contra, de este evento.
En nuestra memoria está el boicot a los juegos de Moscú de 1980, protagonizado por Estados Unidos y argumentando la intervención rusa en Afganistán (suena de algo), que consiguió que sesenta y cinco países se retiraran de los juegos, cuya presencia fue la más baja de la historia moderna.
El año pasado, la carrera hacia Pekín estuvo salteada de obstáculos por parte de muchas personas, instituciones, y todo tipo de asociaciones que se oponían radicalmente a que se celebraran los juegos de la democracia, como alguien los había calificado, en un país que no tiene respeto en absoluto por los derechos humanos de sus ciudadanos, a los que alguno preferiría llamar sus súbditos.
Pero protestar contra todo es algo casi inherente al ser humano y en cuanto tenemos una oportunidad nos lanzamos a la protesta desaforada, desgañitada, inútil y vacía que casi nunca consigue nada, ni siquiera que se hable de ella después de haberse exteriorizado.
El hombre, con su capacidad para crear algo tan sublime como los Juegos Olímpicos, es merecedor de mejores logros, de genialidades que vayan más allá de colocarse una camiseta con slogan, gritar, romper, encadenarse y, en fin toda la variedad de actuaciones a las que nos tienen acostumbrados las jornadas de protesta. Afortunadamente no siempre es así y de vez en cuando, surge alguien que con finura, con elegancia, con gracia, incluso, logra su propósito más allá de los cinco minutos de la dudosa gloria que supone aparecer en un noticiario.
Y una cosa así ocurrió, hace ya unos años, en los prolegómenos de los Juegos de Melbourne, de 1956 y fue protagonizado por un estudiante australiano de veterinaria, llamado Barry Larkin, al que no hay que confundir con el famoso jugador de béisbol y que estudiaba en la Universidad de Saint John, de Sidney.
Barry, junto con otros siete estudiantes, estaban en contra de que la marcha de la antorcha se realizase por el sistema de relevos entre diversos atletas, y alegaban que aquel sistema no era originario de los juegos modernos, sino que había sido implantado en el año 1936 por los nazis que gobernaban Alemania, en cuya capital, Berlín, se celebraron aquel año los juegos.
Habían pasado veinte años y se había celebrado dos juegos, en Londres y Helsinki, los que suspendió la II Guerra Mundial, pero aquellos estudiantes consideraban que en la moderna y democrática Australia no se debía seguir el modelo iniciado en la Alemania de Hitler.
Así que se pusieron manos a la obra e idearon una broma que aunque no alcanzó en su momento demasiada popularidad, pues fue evidentemente silenciada, en el recuerdo de algunos permanece.
La llama olímpica desembarcó en el puerto de Cairos, al norte de Australia y debía recorrer el camino hasta Melbourne, a lo largo de toda la costa oriental y en su recorrido, llagaría a la ciudad de Sydney, la más grande e importante del país.
Para la ciudad era todo un acontecimiento y más de treinta mil personas se echaron a las calles para ver llegar al atleta portador de la antorcha, el cual debería entregársela al alcalde de la ciudad.
El atleta era un célebre esquiador australiano llamado Harry Dillon, el cual haría entrega de la antorcha a Patrick Hill, alcalde de la ciudad que prenunciaría unas breves palabras y la entregaría a otro famoso atleta australiano, Button Bert, el cual continuaría el recorrido. Centenares de reporteros, fotógrafos y corresponsales periodísticos, testimoniaban con su presencia y sus crónicas el emotivo momento.
Y ese momento fue el elegido por Barry y sus amigos para gastar la mejor broma olímpica.
Antes de que Dillon, el esquiador, llegase a la ciudad, dos estudiantes, con calzón corto y camiseta blanca, echaron a correr tras un motorista vestido de uniforme que pretendía ser un policía que abría camino.
Uno de los corredores llevaba en su mano un remedo de antorcha fabricada con la pata de una silla pintada de purpurina de color plateado, en cuyo extremo se había clavado una lata de compota de ciruela, en cuyo interior, unos calzoncillos usados, impregnados en gasolina, ardían como si de la verdadera antorcha se tratara.
Los estudiantes pensaron que la broma no podría durar mucho tiempo y empezaron a tomárselo a chanza, incluso en los movimientos de la carrera, los calzoncillos ardiendo cayeron al suelo, pero conforme se iban distanciando del punto en el que los habían visto salir, el público, dispuesto en las aceras a lo largo del recorrido, iba aceptando aquella broma como algo real. Tanto es así que el propio Larkin empezó a tomar conciencia de que su broma podía culminarse y realizó él, vestido de calle, el último relevo.
El público aplaudía al paso de los falsos atletas y el cordón policial tuvo que actuar para que no se echasen encima del último de los relevos, el cual corría ya escoltado por la verdadera policía hasta el ayuntamiento de la ciudad, donde subió las escaleras de la entrada, entregando la falsa antorcha al alcalde Patrick Hill, que la aceptó congratulado, iniciando su discurso.

Momento en el que Larkin sube las escaleras del Ayuntamiento

Mientras el alcalde hablaba, uno de sus consejeros le deslizó al oído que aquella no era la antorcha olímpica. Entonces el señor Hills miró el objeto que portaba tan orgullosamente y vio que era la pata de una mesa y una lata con unos calzoncillos ya completamente calcinados. Sorprendido buscó a su alrededor a la persona que se la había entregado, pero ya el estudiante Larkin se había diluido entre la multitud de fotógrafos y público que rodeaban al alcalde.
Después de unos momentos de tremenda confusión, alguien agarró la pata de la silla y la ocultó de las cámaras, ante la risa de algunos y el estupor de muchos.
¿Cómo podía haber ocurrido aquello?
Todavía se lo estarán preguntando, pero en aquel momento hizo su aparición el verdadero atleta con la verdadera antorcha y el suceso se quiso disolver en el verdadero acto.
Al día siguiente, Larkin fue ovacionado en la Universidad, pero su verdadera identidad permaneció en el anonimato casi dos años. Es lógico pensar que después de aquella monumental broma, los estudiantes temieran represalias, por lo que se ocultaron y hasta que las cosas no se hubieron olvidado, no salieron de su osera. Fue entonces cuando Larkin confesó que él había sido el primer sorprendido de que la broma llegara a su fin y que tras entregar la pata de la silla al alcalde se dio la vuelta y cogió el primer tranvía para alejarse de aquel lugar.
En el año 2000, fue Sydney la sede de los Juegos, pero desde el alcalde de la ciudad hasta el último de los policías y colaboradores, pusieron todo su empeño en que una broma como aquella no volviera a repetirse.
Hoy, si alguien llegara a realizar una broma tan simpática como la descrita, seguro que no se ocultaría entre la multitud, reclamaría su popularidad y explicaría al mundo entero la razón de su mordaz ironía.
Seguro que obtendría mucha más aclamación popular que encadenándose a la verja de alguna embajada, prendiendo fuego a contenedores o rompiendo cajeros y volcando coches que es lo único que se les ocurre a quienes hacen una protesta.