viernes, 21 de marzo de 2014

LA BELLA FERRONNIÈRE




En el Museo del Louvre hay una pintura al óleo, sobre tabla, en la que aparece retratada una joven y bella dama de la época del Renacimiento. El título del cuadro da nombre a este artículo: La bella Ferronnière.
En principio, esta pintura por su técnica y sus características específicas fue atribuida a Leonardo Da Vinci, aunque posteriormente los técnicos en arte, han descartado esa autoría, suponiéndola obra de un tal Giovanni Antonio Boltraffio, pintor de segunda o tercera línea, en comparación con el maestro Da Vinci, del que fue discípulo y por esa razón su técnica asemeja a la del maestro.
Lo cierto es que no se está seguro de la autoría, si bien Boltraffio pintó a varias damas de la época, resaltando un aderezo en la frente muy del estilo del que esta pintura exhibe, razón, entre otras, por la que se inclinan los expertos a adjudicárselo.
No obstante, el cuadro es muy valioso, tanto por su arte y técnica, como por la historia que encierra.
Historia que en realidad es una leyenda, porque nada se sabe de ella con toda certeza, salvo lo que la tradición oral ha preservado, transmitiéndola de siglo en siglo y escasamente recogida por los cronistas de la época. A la dama del cuadro se la identificó con una de las amantes de rey francés Francisco I y precisamente la causante de su muerte, aunque de forma indirecta.
La circunstancia por la que dicha pintura se identifica con la dama en cuestión es que se sabe que la Bella Ferronniére puso de moda el aderezo del que se ha hablado antes y que la del cuadro exhibe y que no es otro que un una cinta, o cadena que ajusta alrededor de la cabeza y que sobre la frente se cierra con un camafeo o con una piedra preciosa.

La Bella Ferronnière en el cuadro de Boltraffio
A ese tipo de abalorio se le llamaba en Francia “ferronnière”, razón poco concluyente, si es por sí sola para atribuirle el retrato.
Esta dama, de la que se conoce realmente poco, era la joven esposa de un acreditado comerciante parisino llamado Le Ferròn, no se sabe si por ser este su verdadero apellido o porque su actividad mercantil estaba enfocada a la ferretería, en su más amplia acepción, pues se dedicaba a cualquier tipo de comercio relacionado con el hierro.
Francisco I, rey de Francia, era el enemigo mortal de nuestro Carlos I, más conocido como Carlos V, nombre con el que fue emperador del Sacro Imperio, acrecentando su enemistad, sobre todo, a raíz de su designación como emperador, nombramiento al que Francisco aspiraba.
En su tiempo eran don reyes católicos enfrentados al protestantismo nórdico y británico, que desgastaron sus reinos en luchas entre ellos, cuando los turcos, desde oriente, se iban introduciendo en Europa, llegando hasta las puertas de Viena y alcanzando tal poder y desfachatez que llegaron a infestar el Mediterráneo con su piratería.
Después de la batalla de Pavía, en donde los mercenarios suizos, desertaron de sus filas, Francisco cayó prisionero, trasladándosele a Madrid donde sufrió prisión en la Torre de los Lujanes, viéndose obligado a firmar el Tratado de Madrid, que incumplió tan pronto como fue puesto en libertad tras el acuerdo.
Pero ambos fueron grandes monarcas que prestigiaron la realeza, tanto por sus acciones bélicas, como por su afán por la cultura. El rey francés fue el iniciador e introductor del movimiento renacentista en su país y su corte acogió a las grandes figuras del arte italiano: Leonardo da Vinci, Tiziano, Benvenuto Cellini y muchos otros artistas de la época.
Cuentan que en su palacio de Fontainebeau tuvo colgado el cuado de La Gioconda que compró por cuatro mil escudos de oro, cuando el mercader florentino que se lo había encargado a Leonardo, se negó a pagarle dado el mucho tiempo que el artista había tardado en terminar la obra.
Fue, además, el que adoptó el francés como lengua oficial, sustituyendo al latín que hasta entonces era el idioma oficial en Francia.

Francisco I en un óleo de Tiziano

Pero como muchos de los monarcas de aquella y de todas las épocas, Francisco era también débil de las partes húmedas.
Se había casado con su prima Claudia, hija del anterior rey de Francia, Luís XII, del que era sobrino y con la que tendría siete hijos, pero además de eso plagó el país de bastardos, muchos con mujeres plebeyas y otros con las grandes damas de la corte que fueron sus amantes, como Francisca de Foix, Anna de Piseelieu, la condesa de Châteaubriand, la duquesa de Étampes, Diana de Poitiers, Catalina de Médicis y alguna otra que pasara más desapercibida porque, al monarca, el amor le duraba poco.
En una de sus muchas actividades sociales, conoció a la esposa del ferretero Monsieur Le Ferron, persona gris, trabajadora y muy rica, sin que de él se tengan muchos más datos.
No cabe duda de que a la dama, el cortejo del rey le haría un tilín especial y como todas, cayó sumisa a sus pies, iniciando un romance que duró bastante tiempo.
Pero lo que no está tan claro es que al señor Le Ferron le gustase que su bella esposa pasara más tiempo en la cama del rey que en la suya. Claro que enfrentarse a los deseos del rey de Francia era algo sumamente delicado, a la vez que poco recomendable para los negocios, sobre todo con el del hierro, metal que soportaba una fuerte demanda dado el uso militar para corazas, armas y demás bastimentos.
Por eso y por lo desesperado de su situación, con unos adornos frontales que no podía soportar, el ferretero ideó un plan para vengarse sobradamente del monarca que hacía florecer su frente.
Empezó a frecuentar prostitutas cada vez mas bajas en el escalafón "prostitucional" de París y de todos los puertos a los que había de desplazarse en razón de su actividad comercial.
Las rameras de más baja estofa compartieron cama con el empresario que pronto adquirió una enfermedad que entonces en Francia se llamaba mal italiano, o mal español, pero en España o Italia era el mal francés y que desde que el médico y poeta italiano Girolamo Fracastoro dedicara un poema para informar de la terrible enfermedad llamado Syphilis sive morbo gallicus, en todo el mundo se conoce como sífilis.
El plan era bien sencillo, a la vez que buscaba su desahogo fisiológico se ponía en extremado riesgo de adquirir la tremenda enfermedad que en aquella época era mortal e incurable.
Una vez asegurado de padecer la sífilis, se la contagió a su querida esposa y esta a su majestad el rey Francisco que pagó con su salud y con su vida sus libidinosos instintos.
Francisco murió en Rambouillet que es como decir en París, el día 31 de marzo de 1547, víctima de la sífilis, como tantas y tantas personas fallecieron hasta que la penicilina viniera a redimir a esos enfermos.


viernes, 14 de marzo de 2014

LA MALA EDUCACIÓN




Hace unas semanas asistimos a un hecho singular que quizás por primera vez ocurría en nuestro país: un ciudadano catalán se negó a dar la mano a su alteza real el Príncipe de Asturias. Estas fueron sus palabras y parte de la información facilitada por la prensa:
"No te doy la mano porque no nos dejas hacer la consulta. Te la daré cuando nos dejes votar", le ha espetado Álex Fenoll, un independentista catalán que militó en 'Solidaritat per la Independencia'. Pese a su sorpresa, el heredero de la Corona ha ignorado el desplante y ha seguido adelante.
Es más que posible que algún hecho similar ya se hubiese producido, si bien nunca con el reflejo mediático de esta ocasión, en la que su unían dos circunstancias que hacían del caso un episodio insólito.
Por una parte, el hecho se desarrolló en Cataluña, muy en candelero en los últimos meses por la creciente efervescencia independentista y con la que la acción estaba relacionada, por la otra, tremenda publicidad que desde el primer momento la prensa y luego Internet, han dado al caso.

Imágenes tomadas de la prensa

Quizás en cualquier otro momento de nuestra reciente historia, un hecho similar hubiese pasado desapercibido, encajando de lleno en la esfera de la mala educación, sin que llegara a interpretarse como un desafío a la corona, que es lo que en este singular suceso, se ha incrustado como ingrediente calificativo.
Con una familia real en declive popular por parte de casi todos sus miembros, empezando por el portador de la corona, cuando sus trapos sucios están saliendo a la luz, con una reina consorte que a pesar de ser el más digno representante de la familia, empieza a ser abucheada en público, con dos infantas tocadas por mor de sus desafortunados casamientos y unos Príncipes de Asturias que no han conseguido un heredero varón y cuyo matrimonio, por amor, empieza a hacer agua, como no podía ser de otra manera dada la enorme diferencia existente entre un príncipe y una plebeya, uno puede atreverse a agraviar en público a cualquiera de sus miembros, sabiendo que con su acto de mala educación se creará algún enemigo, pero también muchos que le aplaudirán incluso con las orejas.
Para los que deploran la actitud del ciudadano catalán, rápidamente ha circulado en los medios sociales el nombre y apellidos del interfecto que se llama Alex Fenoll y al que, además, se le pretende hacer el mayor daño que a un catalán y empresario puede hacérsele: molestarle en sus negocios.
Resulta que este individuo tiene una empresa en la que se dedica a vender ropa por Internet y que responde en esta dirección: http://www.shareisfashion.com/ a la que se trata de vetar desde la enorme potencia que las redes sociales han adquirido.
 ¿Y todo eso por qué ha sido?
Pues parece que el tal Fenoll, atribuye al príncipe la imposibilidad de que Cataluña pueda declararse independiente y por esa razón, comete la grosería de no corresponder a su saludo, creyendo que así hace un acto de hombría que hará recapacitar a la real persona y que cambiará su actitud en cuanto a la hipotética independencia de Cataluña.
Los catalanes son así y el que no los conozca que los compre, porque si son capaces de enfadarse con un monstruo del fútbol como Carlos Puyol, porque a su hija le ha puesto por nombre Manuela, como si conocieran las razones por las que lo ha hecho, o como si por llamarse con ese españolísimo nombre ya va a ser anticatalanista, ¡cómo no se van a cabrear con el causante de su más enquistada frustración! ¡Con el despertador de un sueño secreto que ahora quieren hacer realidad aprovechando, entre otras cosas, la debilidad de la corona de España!
Lo lamentable de todo esto es que la casa real ha perdido el respeto de los ciudadanos españoles y están claras y ya expuestas, algunas de las razones por las que se ha caído en semejante declive.
Pero es que, a veces, uno no tiene más que lo que se merece porque, lo que voy a contar ahora es una anécdota real, vivida por un íntimo amigo mío. Un refrán castizo ya reflejaba desde hace siglos que: El que a hierro mata, a hierro muere.
Y ya voy a contar la historia que mi amigo me ha autorizado a hacer pública.
No fue ayer, fue hace ya unos años, concretamente en la primavera del año 2000. En aquel año se concentraron en Cádiz, del cuatro al siete de mayo, la mayoría de los buques escuela del mundo, participantes de una regata que con la llegada del nuevo milenio, quería celebrar por todo lo alto tan importante acontecimiento.
Los buques habían partido de Southampton y de Génova, en una primera etapa que convergía en el puerto gaditano, desde donde partirían para la segunda singladura que consistía en cruzar el Atlántico hasta las Bermudas para posteriormente llegar a Boston y por último a Halifax, en Canadá, donde culminaría la regata.
Con tan fausto motivo, el puerto y la ciudad de Cádiz estaban deslumbrante, aunque no era aquella la primera vez que vimos a nuestra ciudad así de engalanada
La primera vez que nuestro puerto, en otras épocas el más importante del mundo, se vio abarrotado de grandes veleros fue con motivo de la Expo’92 y ciertamente que en aquella ocasión, nos quedamos asombrados de tanta belleza como surcaban los mares del mundo en forma de airosos veleros.
En aquella ocasión la ciudad de Cádiz estaba preciosa y su muelle era, en esos momentos el más bonito del mundo. Los bergantines, las goletas, las corbetas, los navíos, los paquebotes y muchos otros más con nombre tan ilustres como nuestro Juan Sebastián de Elcano, el italiano Amérigo Vespucci, los portugueses Creoula y Sagres, el polaco Frederik Chopin, el británico Lord Nelson, el ruso Mir o el alemán Humboldt II, abarrotaron el puerto.
Pero la regata del 2000, no desdecía nada de aquella otra ocasión y otra vez los buques escuela Amérigo Vespucci, Mir, Humboldt II, Esmeralda, gemelo de Elcano, de la marina chilena, Libertad, argentino, Cuatemoc mejicano o el Simón Bolívar venezolano, se engalanaron durante su estancia en nuestra ciudad.
En la resplandeciente mañana del siete de mayo, se dio el pistoletazo de salida y uno a uno, los enormes veleros fueron levando anclas y soltando amarras para dirigirse a la bahía, desde donde se daría la salida.
Como cualquier lector puede imaginar, el espectáculo era extraordinario y yo mismo, desde mi casa, en El Puerto de Santa María, afortunadamente situada frente al puerto de Cádiz, prismáticos en ristre, me dispuse a contemplar el acontecimiento único.
Millares de personas se agolparon en los muelles, en el rompiente de la Punta de San Felipe y a bordo de veleros y otras embarcaciones deportivas de los clubes cercanos, mientras que las autoridades fueron invitadas a contemplar el espectáculo a bordo de una fragata de la marina española.
La guinda del precioso pastel la ponía la presencia del Príncipe de Asturias, llegado aquella misma mañana en avión militar a la Base de Rota y desplazado por carretera hasta el puerto de Cádiz.
Previa a la salida de los veleros, la fragata soltó amarras y con el príncipe a bordo, luciendo el uniforme de teniente de navío, se hizo a la mar.
A bordo se encontraba mi amigo y protagonista de la anécdota, el cual estuvo departiendo con los demás invitados que mariposeaban alrededor de la alta y egregia figura del heredero de la corona que venía acompañado por la Ministra de Jornada, Margarita Mariscal de Gante.
Cuando ya todos los veleros habían salido a la bahía, mi amigo, que se encontraba en la cubierta de popa, observó cómo el Príncipe, deshaciéndose de la ministra, se dirigía de frente hasta donde él se encontraba y en un gesto rápido de mero protocolo, le extendía la mano, que mi amigo estrechó con leve inclinación de cabeza, sin mediar palabra alguna. Su Alteza, que lo que pretendía, era contemplar tranquilamente el paso del J.S. Elcano, se sitúa justo a su lado, casi hombro con hombro. Momentos después de lo narrado, nuestro buque escuela hace su aparición desplegando velas de manera espectacular y pasando a escasos 30 metros de estos dos espectadores privilegiados.
Mi amigo creyó llegado el momento mas adecuado para romper ese silencio denso e incómodo que entre los dos existía y de forma respetuosa y al mismo tiempo cariñosa, con su profunda voz de tenor, se dirigió al príncipe diciéndole: ¿Imagino que en estos momentos, recordará usted con cariño su época de Guardiamarina en Elcano?
La respuesta nunca se produjo y ni una leve mirada a mi amigo, vino a aliviar la tensión que se produjo. Solamente, silencio e ignorancia. Único testigo mudo de la escena, un policía de paisano en funciones de seguridad.
Mi amigo mas abochornado y decepcionado, que ofendido, casi de puntillas para no “molestar”, hizo mutis por el foro, cantando muy bajito una retahíla de improperios, que ya el lector se puede imaginar.
El príncipe sabía que todos los invitados de aquella salida a la mar, eran autoridades de Cádiz, su provincia, Andalucía, España y de otras nacionalidades. Ciertamente que no conocía a mi amigo, pero fue él quien invadió su espacio y aunque hipotéticamente, la pregunta hubiera estado fuera de lugar, atendiendo a un estricto protocolo real, por cierto que muy desfasado, por el tono, la ocasión y las circunstancia concurrentes, contestarla siquiera con una simple afirmación de cabeza, hubiese sido además de un acierto, un detalle de buena crianza.

Elcano con las velas desplegadas


En Cataluña, el príncipe no ignoró el desplante, en las aguas de la bahía, ignoró a una persona que trataba de ser cariñoso y  cortés con él.

Así que, Felipe, no te quejes si alguien ha hecho contigo lo mismo que un día hiciste tú con una persona que se merecía todo tu respeto y consideración.


martes, 4 de marzo de 2014

LA REALEZA EN EL BANQUILLO (Y II)





Nos habíamos quedado en que, revestido de la apariencia de un hecho poco probable, varias veces se había mencionado la existencia del documento que Zavala dice haber encontrado en el Ministerio de Justicia y que transcribe en su obra.
El que sea poco probable no le niega verosimilitud, por lo que no hay que dudar por principio y mucho menos, negarlo, si bien, sería conveniente que sobre el hecho se realizase la oportuna y exhaustiva investigación que afirmase o negase su existencia y en caso afirmativo aclarase, si es que hay algo que aclarar, su contenido.
Porque de ser cierto cuanto se ha dicho, es obligado pensar que la dinastía reinante en España se había extinguido y eso lo sabía el rey Fernando VII, el noveno hijo de María Luisa de Parma y de padre desconocido según este documento, que aun colocado en tan desventajosa posición del escalafón real, llegó a gobernar, ya que los ocho hermanos anteriores o fueron mujeres o murieron prematuramente.
Además de esos catorce embarazos, la reina María Luisa tuvo diez abortos, es decir que estuvo veinticuatro veces embarazada.
Esa enorme cifra da una idea del desarreglo lúbrico de la pobre señora, por cuya cama pasaron ilustres personajes, desde el incombustible Godoy, hasta el libertador Simón Bolivar, que tomó el relevo de su compatriota, el guardia de corps y también privado de la reina, Manuel Mallo, que a su vez lo había tomado de Manuel Godoy, cuando éste fue desterrado a Roma, pero que a su vuelta y gracias a las armas que esgrimía y que guardaba dentro de su calzón, volvió a conquistar el favor real.
Hay voces que afirman que el fraile Almaraz no existió, que es un invento de alguien con intención de desacreditar la ya tocada familia real española, pero lo cierto es que el fraile acompañó a los reyes en el exilio y a su muerte, la reina María Luisa, dejó en su testamento una manda para que se pagase al fraile la cantidad de cuatro mil duros, con idea de resarcirle de los enormes sacrificios que había realizado y facilitarle su vuelta a España en buenas condiciones económicas. Pero Fernando VII se negó a pagar esa cantidad. El testamento existe y está por tanto constatada la existencia del siervo del Señor.
El fraile, sin la protección de la reina, quedaba en una situación en extremo precaria, por lo que se decidió a escribir al rey solicitando se cumplimentase el testamento de su señora madre y veladamente exponerle el secreto del que era depositario, sin llegar a decirle que lo utilizaría en caso de no ser atendido.
Sin duda que al rey aquella velada amenaza no gustó en absoluto y ordenó su secuestro en Roma y su traslado a Peñíscola en donde quedó completamente incomunicado y de donde salió tras la muerte de Fernando VII y aprovechando un indulto real que era costumbre en la época, tras la coronación del nuevo monarca.
La siguiente reina disoluta, cuarta esposa de Fernando VII, fue María Cristina de Borbón Dos Sicilias, que tras la muerte de su marido, se casó en secreto con un sargento de la guardia de corps llamado Agustín Fernando Muñoz Sánchez, hijo de un estanquero de Cuenca.
Quizás avergonzada de su plebeyo esposo, no reconoció públicamente estar casada, pero como cada año paría un vástago, se supo que la reina, ya fuera de sacramentada legalidad o de lujuriosa necesidad, se aliviaba en la intimidad del palacio, disimulando su estado con los voluminosos vestidos de la época y una oportuna retirada a cualquiera de sus posesiones en el momento del parto. Luego, distribuía a los vástagos como mejor conviniera y a empezar de nuevo.
Esta reina fue la madre de Isabel II y ejerció la regencia en la minoría de edad de Isabel hasta que fue expulsada de España por el general Espartero, declarando la mayoría de edad de la reina cuando acababa de cumplir trece años.
No fue hasta entonces que María Cristina se dirigió al Papa Gregorio XVI suplicando le concediese el reconocimiento de su matrimonio morganático, a lo que el pontífice accedió.

María Cristina de Borbón Dos Sicilias

Y con Isabel II, se rompió el molde. La obligaron a casarse con su primo Francisco de Asís de Borbón, duque de Cádiz, reconocido homosexual, al que el pueblo llamaba “Paquita” y que según la propia reina, en la noche de bodas llevaba en su camisa de dormir más encajes que ella, por lo que la reina, ardiente por los bajos, como todos los Borbones, se vio obligada a buscarse el consiguiente alivio para tantas calores. El primero fue el que ella llamaba El General Bonito, refiriéndose al general Serrano, con el que protagonizó tales escándalos que el ejército lo trasladó fuera de Madrid.
A éste siguieron el cantante Pepe Mirall, el compositor Emiliano Arrieta, otro militar, el coronel de la Gándara, el capitán José María Arana, conocido como “El pollo Arana”, que fue el padre de la infanta Isabel, conocida como “La Chata” .
Pero la más desastrosa de todas fue con el capitán de ingenieros Enrique Puig Moltó, reconocido oficiosamente como el padre de Alfonso XII, al que llamaban “Puigmolteño” .
Otros amantes fueron el general O’Donnell, el cantante Tirso Obregón, José Murga y Reolid, Carlos Marfiori que la acompañaría al exilio en París y el capitán de artillería José Ramón de la Puente.
Producto de esta desenfrenada lujuria, la reina quedó embarazada en doce ocasiones al menos, siendo la más destacada la ya señalada del nacimiento de Alfonso XII.
Y éste, menos mal que murió joven, pues con veintiocho años ya entrego su alma al Altísimo, como se decía en aquellas fechas, no sin antes protagonizar los más descarados y embarazosos escándalos de faldas; el más sonado, el mantenido con la cantante de ópera Elena Sanz, cuya relación duró desde parte de su viudedad, hasta su muerte, ya casado en segundas nupcias con otra María Cristina, esta vez de Habsburgo-Lorena y con la que tuvo dos hijas y un hijo, Alfonso XIII, rey desde su nacimiento, pues éste se produjo después de muerto su padre.
Pero Alfonso XII tuvo con la contralto otros dos hijos, el mayor, Alfonso Sanz, nació cuando su padre era viudo, por tanto era hijo natural y no ilegítimo, pues sus padres tenían capacidad para casarse al tiempo de su nacimiento y en consecuencia, abrió una corriente de opinión, según la cual le correspondía la corona de España.
Como la muerte del rey, aunque esperada, dado lo avanzado de la tuberculosis que padecía, sorprendió a todos por lo repentina, no tuvo tiempo el monarca de arreglar la situación económica de su familia clandestina.
Tras algunas negociaciones con la familia real y bajo promesa de no hacer público ningún documento que atestiguase la paternidad de los dos hijos menores de Elena, la familia recibió una buena cantidad que les permitía vivir con cierta comodidad. Pero a la muerte de Elena, ocurrida pocos años después, las cosas cambiaron. Su hijo mayor, Jorge, de padre desconocido, tomó la tutela de los dos hermanos menores y comprobó que el capital que se había depositado para la familia, había sido malversado con una importante merma.
Se negoció intensamente hasta que la reina regente, María Cristina, se avino a conceder una pensión vitalicia a los hermanos Alfonso y Fernando Sanz, aunque luego incumpliera su promesa. Se recurrió a los tribunales en donde el administrador, un tal Ibáñez reconoció su intervención en la mala administración y en la falsificación de las cuentas.
Consciente la casa real de que había actuado negligentemente, el rey Alfonso XIII se comprometió a resarcir a los hermanos Sanz (sus hermanos), pero también incumplió su promesa.
El Tribunal Supremo vio la demanda presentada por Alfonso Sanz, contra los herederos de su padre, Alfonso XII y en aras a conseguir el reconocimiento de hijo natural con todas sus condiciones como heredero.
El proceso era muy escabroso y aunque silenciado hacia la opinión pública, entre la que el monarca fallecido gozaba de cierto carisma, siguió desarrollándose lentamente y en el curso del cual se llamó a declarar, ni más ni menos, que a la reina María Cristina, la cual, como su tocaya de un siglo más tarde, aseguró que ella desconocía la existencia de aquellos dos hijos de su esposo, que no sabía lo que éste hacía y, como suelen decir muchos antes las preguntas que se les formulan: “Yo estoy ignorante de tó”. Y no sé lo que es el IRPF, porque eso todavía no se ha inventado.
Por último, un sorprendente paralelismo en los gustos de los miembros de la casa de Borbón, destaca sobre todos los demás. No es que se parezcan físicamente, que ya lo es, sino de que a todos les gustan las mismas cosas: cazar y las damas del mundo de la farándula.
Dejando el mundo cinegético aparte, pues carece del necesario morbo, las damas de los escenarios causaron furor entre los borbones. Ya hemos visto el afán de Fernando VII por la Tirabuzones, o el de Alfonso XII por Elena Sanz para seguir con el de su hijo, el XIII por Carmen Ruiz Moragas, Genoveva Vix, La Bella Otero, Celia Gámez y alguna otra que pasaría desapercibida.
No hay nada nuevo, todo ha ocurrido ya antes.
Y de los primeros en empezar fue Carlos I, que nada más llegar a España se lió con su abuela, Germana de Foix, viuda de Fernando el Católico, un montón de años mayor que él y con la que tuvo una hija.

jueves, 27 de febrero de 2014

LA REALEZA EN EL BANQUILLO (I)




Acabo de leer un interesante libro del periodista y escritor José María Zavala que se llama Bastardos y Borbones y me he quedado estupefacto. Hay narraciones de cosas tan increíbles que empecé a sospechar de su veracidad, así como del crédito que el autor merecía. Por eso me adentré en su vida para comprobar su trayectoria, su formación, su crédito literario, en una palabra y ver si lo que narraba era verdad o fruto de su invención. No me cabe ya ninguna duda de que el autor es una autoridad en la historia reciente de España y cuenta con numerosas publicaciones, todas de sumo interés, que iré leyendo cuando las vaya consiguiendo.
Usando los conocimientos que he adquirido con su lectura y algo más de mi propia cosecha, voy a tratar de confeccionar un artículo que voy a dividir en dos partes, pues es un tema que da para mucho.
Y sin más preámbulo vamos a comenzar.
Casi perplejos hemos asistido estos últimos años al derrumbe del mito de la familia real española. Mito que, como casi todos, son gigantes con pies de barro, pues también la realeza, como muchas de las instituciones que se hacen en extremo poderosas, rivalizan en altanería y prepotencia por arriba e inmoralidad y desvergüenza por abajo.
Hemos asistido impertérritos a estúpidos matrimonio de las dos infantas españolas, para culminar con el más increíblemente estúpido de todos, el del príncipe de Asturias, casado con una periodista de cuando menos y atendiendo a lo que de ella se ha escrito, de dudosa trayectoria.
Los españoles no podemos pagar el “encoñamiento” y quedarnos todos tan tranquilos de los tres hijos del rey, ninguno de los que ha contraído el matrimonio de estado que España necesitaba para fortalecer a una institución tan enclenque que de no haber sido por el miedo al pasado reciente, quizás no hubiese resistido ni su restauración, ni el paso de estas cortas décadas.
Para colmo de desastres y como quiera que el tiempo pone a cada cosa en su sitio, todo empieza a desmoronarse, cayendo en picado el prestigio del monarca tras la aireación de sus escarceos amorosos y el afán liquidador de fauna; le sigue su hija mayor con más devaneos amorosos después de separarse de su marido, cosa mal vista por muchos, para culminar viendo a la otra infanta sentada en el banquillo de los acusados y sometida a las preguntas de un juez que trata de averiguar si ella sabía y apoyaba a su marido, mientras se enriquecían traficando con las influencias propias de por ser vos quien sois.
Y es que una infanta no se puede casar con un don nadie, jugador de balonmano, por muy bueno que haya sido ni por muy guapo que a la señorita le parezca y continuar siendo infanta con todos sus privilegios como si la cosa fuera lo más normal del mundo.
Los matrimonios morganáticos han existido desde siempre y cuando uno se casa con un deportista o una periodista y luego quiere seguir aspirando a los privilegios de su nacimiento o, más aún, a la corona de España, debe haber alguien que le baje los pies a la tierra y le haga ver cuáles son sus obligaciones como miembro de la primera familia del país, o en otro caso y siguiendo sus deseos, le indique dónde está la puerta de la calle y que se apee del coche oficial y de la escolta, del protocolo, los palacios y que se ponga a currar como cualquier otro hijo de vecino.
Casarse por amor me parece lo más adecuado, pero no cometa usted un cuezo de ese tamaño a costa de todos los españoles y quédese usted tan tranquilo ciñendo la corona de España.
Yo soy de los convencidos de que si la princesa de Asturias no hubiera sido una periodista de rostro muy conocido y por tanto miembro destacado del llamado cuarto poder, ese poder se hubiera lanzado con saña sobre una presa tan vulnerable y en vez de haber acallado su pasado y casi su presente, se hubiera dedicado a bombardearlo con toda la artillería disponible.
Yo he leído el opúsculo que ha escrito el primo de la princesa y que lleva por título “Adiós princesa”, título por cierto que muy apropiado porque después de su publicación, la princesa y su entorno no podrán estar más alejados del joven Rocasolano que lo ha escrito. No me sale calificar los hechos que en el librito se describen si no es desde la perplejidad.
Por otro lado yo he visto al deportista huir corriendo, asustado como un pavo que escucha una pandereta, por las calles de Washington cuando unos periodistas lo habían localizado y querían, como no, meterle los micrófonos. Una escena lamentable e impropia de un miembro de la primera familia del país.
En fin, para que seguir relatando lo que ya todos sabemos y que ha dado el último disgusto imputando a la infanta Cristina en las maquinaciones de su marido que ya veremos como le saldrá.
Siempre es mejor ir de imputado que de testigo, aunque yo no entiendo como puede ser así. Un testigo tiene que contestar con la verdad o ya sabe a qué se expone, un imputado puede contestar como le de la real gana, nunca mejor dicho y no se expone a nada.
La justicia emana del pueblo y al pueblo se le puede mentir, ¿o es que no estamos acostumbrados a que se nos mienta de la manera más descarada? ¿Es que las leyes la han hecho personas distintas a las que nos mienten constantemente?
Nadie está obligado a declarar contra sí mismo, por eso entiendo que un acusado no quiera declarar, pero que mienta y no le pase nada es intolerable, pero en fin, así son las cosas.
Y no son así ahora, llevan mucho tiempo de esta forma y como dice el Eclesiastés: ¿Hay algo de que pueda decirse: he aquí esto es nuevo?
Todo ha sucedido ya antes y lo mismo que la infanta ha pasado por el banquillo y pasará más veces, otro miembro de la realeza española hubo también de contestar a las preguntas de un juez, aunque de eso hace ya más de un siglo.
Todo este preámbulo, en el que he dejado salir mi indignación por las cosas que están ocurriendo, no era para nada más que centrar lo que ahora quiero narrar.
Que los reyes y reinas de la casa Borbón han sido siempre muy calentitos de las partes bajas, es de sobra conocido y no es mi intención relatar, sino de pasada, cómo el Rey Felón (Fernando VII), hizo amistad con el aguador y más tarde proxeneta, Perico Chamorro que luego cambió su nombre por el de Pedro Collado cuando el rey, agradeciendo sus favores, le nombró para un cargo en el palacio real, después de haberle proporcionado muchas y muy buenas mozas de la noche madrileña, entre ellas a la famosa “Tirabuzones”, con la cual el rey tenía un antojo persistente. Léase mi artículo: Perico, la Tirabuzones y Candelas:
Pero la cosa no había hecho nada más que repetirse, porque su madre, la reina María Luisa de Parma, prima hermana de su padre, el napolitano Rey Cazador, como se conocía a Carlos IV, confesó en “artículo mortis” a fray Juan de Almaraz que ninguno de los catorce hijos que había tenido, eran de su marido, el rey.
En alguna ocasión, los historiadores habían hecho referencia a dicha confesión, pero nunca se tuvo constancia escrita de la misma porque Fernando VII optó por “matar al mensajero” y encarceló de por vida al fraile Juan de Almaraz en el castillo de Peñiscola, de donde no consiguió salir hasta las postrimerías de su vida.
En la obra de Zavala se describe cómo encontró en el Ministerio de Justicia un sobre en el que se indica la palabra “reservadísimo”, en el cual se incluye un escrito fechado el día ocho de enero de 1819 y en el que Almaraz cuenta cómo, seis días antes, recibió en última confesión a la reina viuda y ésta le hizo tan escalofriante y descarnada revelación, a la vez que pedía perdón y descanso eterno para su alma.

María Luisa de Parma

El fraile dispuso en el sobre que no se abriese hasta después de su muerte, poniendo a Jesucristo como testigo e implorando perdón por haber desvelado un secreto de confesión, pero circunstancias que luego narraré, le obligaron a adoptar otra estrategia.
Como opinar es gratuito, hay quienes opinan que es esta una historia increíble, porque no hay nada más sagrado para un sacerdote que el secreto de confesión, pero lo cierto es que el periodista especializado en la monarquía, Juan Balansó, ya en dos ocasiones y con mucha anterioridad, había mencionado que dicho documento existía y que por alguna razón que se nos escapa, ante la gravedad y trascendencia de lo confesado, el fraile se decidió a hacerlo público tras su muerte, sin duda alguna temiendo las represalias que efectivamente hubo de padecer.
Y para no cansar demasiado a los lectores, voy a suspender la narración en este punto, para continuarla en el siguiente artículo.


sábado, 21 de diciembre de 2013

UN ESPAÑOL CON NOMBRE RUSO




Antes de iniciar este artículo, es necesario dejar claro que no es motivo de orgullo para nadie el haber sido el creador, el inventor o el iniciador, de una práctica que de por sí debería abochornar a todo aquel que la pone en uso.
Y expliquemos ahora de qué va este artículo.
Cada día y en los últimos tiempos parece que con más afán, vemos imágenes en la televisión o en Internet que nos dejan sobrecogidos. Estas imágenes se refieren a manifestaciones en las que ambos bandos se emplean con una contundencia y crueldad digna de sonrojar a la raza humana.
Y así como hace años este tipo de algaradas parecían estar reservadas a los países con ciertas libertades democráticas, en la actualidad, no hay régimen político que se libre de ellas y hasta los más radicales las están sufriendo.
Las escenas suelen ser de tremendo dramatismo cuando observamos la ira con la que las dos partes se enfrentan a su particular lucha y desde las barricadas a la quema de neumáticos o el lanzamiento de piedras u otros objetos contundentes, los manifestantes emplean sus armas contra los botes de humo y los gases lacrimógenos.
Seguro que muchos de los lectores habrán experimentado el terror que produce el verse inmerso en una de estas batallas campales. Yo he presenciado, por mi profesión, muchas de ellas y muy concretamente en la zona de los astilleros de la Bahía de Cádiz, me ha tocado participar muy directamente.
Pero han sido enfrentamientos un tanto edulcorados en los que los manifestantes eran mantenidos a raya, permitiéndoseles desfogarse, pero sin pasar un límite.
“Vamos a cargarnos de razones”, era la consigna que yo, como jefe del dispositivo, recibía de quien podía determinar el cariz que debían tomar los acontecimientos y se permitía arrancar farolas, destrozar el mobiliario urbano, estropear el asfalto de las carreteras con las quemas de neumáticos… y también se les permitía que nos arrojasen rodamientos de acero y discos de hierro afilados, que con poca fuerza llegaban hasta el contingente policial.
Cuando los manifestantes se iban creciendo y sobrepasaban el límite, una pequeña carga los hacía correr como “nenazas” para refugiarse en su sacrosanta factoría en donde se encontraban a salvo. De allí, a la ducha, cambio de ropa, guarda de tirachinas y hondas y a coger el coche y para casita que es la hora de comer.
Además, esa era y es la tónica general de los enfrentamientos violentos entre manifestantes y la policía, pero en muchas de las escenas que vemos las cosas no son así. En algunas algaradas, sobre todo en países con regímenes no democráticos, las cosas van desde el fuego real, empleo de tanquetas y acciones cuerpo a cuerpo de extremada virulencia, hasta el uso de artilugios incendiarios: los famosos Cócteles Molotov.
Un cóctel molotov no es mas que una botella con gasolina, con alcohol u otro líquido inflamable, mezclado con aceite de motor, para retardar la combustión y ayudar a expandir las llamas y taponada con un trozo de tela que se deja impregnar en el líquido. Se prende fuego al trapo, arrojándola a continuación con suficiente fuerza para que el cristal rompa y al desparramarse el líquido entre en contacto con el fuego y se inflame.
Este artilugio es de una efectividad increíble y de una capacidad de hacer daño aún mayor.
Se tiene por cierto que la primera vez que se usaron estos artefactos incendiarios fue en la llamada Guerra de Invierno, cuando en 1939 Rusia invadió Finlandia con intención de anexionársela. Lejos de conseguirlo, Rusia quedó en evidencia ante las Naciones Unidas, de donde fue expulsada y convenció a Hitler que su Operación Barbarroja, ideada para invadir Rusia, era posible, dada la escasa calidad del Ejército Rojo.

Tropas finlandesas lanzando los famosos cócteles

Pero lo cierto es que estas armas incendiarias ya se habían usado, en la Guerra Civil Española.
El origen de su nombre se encuentra en la persona del Comisario soviético para asuntos exteriores, Mólotov, (El martillo) el cual, durante la invasión de Finlandia decía que los aviones rusos no estaban bombardeando territorio finés, sino que se limitaban a arrojarles comida.
Los finlandeses, con un sentido del humor poco propio de países nórdicos, respondieron a Molotov que si los rusos ponían la comida, ellos pondrían los cócteles y como quiera que usaban este tipo de bomba incendiaria, éstas recibieron el nombre popular de “cócteles molotov”.

Manifestante lanzando un cóctel molotov

Aquellas bombas incendiarias no eran apropiadas para los ejércitos y por eso dejaron de utilizarse casi de inmediato, sin embargo si resultaban muy apropiadas para las guerrillas y sobre todo, para las algaradas y manifestaciones, donde, desde entonces, se han venido usando con prodigalidad.
Pero la primera utilización de este artilugio incendiario no fue en la Guerra Española ni en la de Invierno, fue mucho antes, más de un siglo antes y también es España.
La primera constatación escrita que se tiene de la utilización de envases de vidrio cargados con  material inflamable se refiere a un incidente ocurrido el 10 de  julio de 1831 en Calahonda, villa marinera que pertenece al municipio de Motril.
En aquella época el Mediterráneo estaba infestado de contrabandistas que por mar movían mercancías de un lado para otro y no solamente de países extranjeros como podría ser del norte de África, Italia o el mismo Gibraltar, sino también de algunas otras localidades de la propia España. Es necesario recordar que en aquella época y hasta hace relativamente poco, funcionaba un sistema de tributo que recibía el nombre de Fielato y que en una caseta colocada en los caminos de acceso a las ciudades, unos guardias del cuerpo de carabineros, conocidos como “consumistas” se encargaban de cobrar los aranceles por la entrada de mercaderías, casi siempre productos de consumo de boca.
Para evitar el pago de los tributos, los contrabandistas movían por mar las mercancías, alijando por la noche en las playas cercanas a las ciudades. Aquel día, una falúa de los carabineros de Motril, llamada San Josef, avistó una embarcación contrabandista a la que dio el alto.
Al ponerse a su altura para averiguar el destino y procedencia de la embarcación, recibió por respuesta dos carronadas, iniciándose un combate de fusilería entre ambas embarcaciones, en el curso del cual, el patrón del San Josef, arrojó “varios frascos de fuego” al barco contrabandista, de manera que la tripulación tuvo que arrojarse al mar, de donde fueron rescatados por el San Josef.
Afortunadamente las carronadas que son unas piezas de artillería de boca muy ancha y ánima corta, tardan bastante en cargarse, por lo que el barco contrabandista no pudo disparar nada más que las dos piezas que ya llevaba preparadas, no dándole tiempo a una segunda andanada.
Del mar fueron rescatados dieciocho hombres, algunos quemados y otros heridos de bala. Otros ocho fueron encontrados en el interior de la embarcación, donde se decomisó el género de contrabando que transportaba.
Lamentablemente entre la tripulación del falucho también hubo heridos, el de mayor consideración el teniente de carabineros, comandante del falucho Manuel José Domínguez, así como el contramaestre y dos marineros del barco.
Es una lástima que la nota oficial de la que se ha sacado esta información no fuera más explícita y describiera mejor lo que designa como frascos de fuego, que indudablemente se refiere a lo que hoy conocemos como cóctel incendiario molotov y no diga qué sustancia inflamable contenía, pues en aquella época no podía ser gasolina, que es la más usada actualmente, pero que podría ser alcohol, pez u otra sustancia similar.
No es ningún honor, ya lo decía al principio del artículo, haber sido el primero en usar tan detestable arma incendiaria, pero al César lo que es del César y si siempre hemos estado sumidos en el error de creer que ese invento era ruso y como además, esa procedencia venía muy bien a los fines que durante la llamada Guerra Fría la URSS se proponía, llegamos a ver cómo el invento se engrandecía en manos de los izquierdistas radicales que financiado por el partido surgían por todas partes.

Pero no había sido así, molotov no era el nombre que le correspondía a tan flamígero artefacto y a falta de otros apellidos españoles que ilustren las listas de sabios que en el mundo ha habido, Domínguez sería el nombre adecuado para el tan repetido cóctel. Claro que “cóctel Domínguez” nunca va a tener la sonoridad ni las connotaciones revolucionarias que tiene Molotov.

sábado, 14 de diciembre de 2013

SU NOMBRE EN LA LUNA


Que le pongan tu nombre a una calle de tu ciudad es algo que debe llenar de satisfacción a la familia, porque casi siempre que ocurre una cosa así, el homenajeado ya no está con nosotros, pero que escriban tu nombre en el mapa de la Luna debe ser como para volverse loco.
Lástima que, de sucedernos algo tan afortunado, no podamos verlo porque las glorias se reconocen a título póstumo. Pero no deja de ser una gloria.
En el caso de esta persona, cuyo nombre figura en el mapa de la Luna, la satisfacción hubiera sido aún mayor ya que por su fe, pertenecía a los de la Media Luna.
Es decir, que era un árabe, un musulmán andalusí, cuya proyección en la astronomía fue tal que se acordaron de él para nombrar un cráter de la superficie lunar.
Su nombre era un largísimo y a ratos impronunciable nombre árabe, pero por todos fue conocido como Azarquiel o Al-Zarqali, su último apellido, o más bien el mote que su familia arrastraba y por el que era llamado, debido a sus ojos azules claros, también conocidos como “zarcos”.
Nació Azarquiel en una aldea de las inmediaciones de Toledo alrededor del año 1025, en el seno de una familia visigoda de tradición cristiana que por habitar en tierra de moros, se convirtió al Islam como medio de poder vivir sin demasiados problemas, aunque es cierto que en Toledo la convivencia de las dos religiones fue ejemplar, pero más cómoda sin duda para los mahometanos, en aquella época en que Toledo formaba una de las taifas que reinaban en Al-Ándalus.
Empezó a trabajar como orfebre, destacando desde muy temprana edad por la destreza con la que manejaba los metales, lo que hizo que muchos de los científicos afincados en Toledo, en aquel momento la capital cultural del mundo, le encargaran instrumentos de precisión para sus quehaceres.
Había en Toledo una cantera importantísima de astrónomos tanto árabes como hebreos y cristianos, los cuales empezaron a encargarle la fabricación de astrolabios.
El astrolabio es uno de los más antiguos instrumentos de astronomía, pero a la vez de los más avanzados a su tiempo.

Astrolabio

No se conoce ni quién, ni dónde se inventó, pero hay referencias a su uso desde los primeros siglos de nuestra era y ya fue descrito por Ptolomeo en el siglo II y la famosa astrónoma y matemática Hypatia de Alejandría, del siglo IV, trabajo junto a su padre para mejorar el astrolabio.
Su uso, muy extendido entre las civilizaciones orientales, era desconocido en la vieja Europa a donde llegó de la mano de los árabes y procedente de Persia y fue el reino de Al-Ándalus el que lo dio a conocer al resto del continente.
Este instrumento permite determinar la posición de las estrellas en el cielo y fue muy eficaz para los navegantes, con el que podían situarse y orientarse, calcular la hora y la latitud.
Hasta la invención del sextante en el siglo XVIII , fue el instrumento más usado en la navegación. Pero el astrolabio tenía un problema básico y es que había que construir uno específico para cada situación en latitud pues las observaciones que se hacían con él, partían de esa referencia.
Con un astrolabio se podía saber la hora exacta de aquel lugar a la vez que también servía para calcular la altura de un monte o de una torre.
El contacto de Azarquiel con aquel núcleo de científicos y la despierta inteligencia del joven, le llevó a aprender astronomía aunque de una forma totalmente autodidacta, lo cual limitaba la rapidez en adquirir los conocimientos, pero con las ventajas de que al ser producto de su propia investigación, sus conocimientos llegaban a superar los de su época y, sobre todo, que al no estar impregnados de las influencias que las creencias religiosas ejercían sobre determinados puntos, fue un conocimiento mucho más real de toda la materia.
Pronto comprendió Azarquiel las limitaciones del astrolabio y para remediarlo inventó, o mejor dicho, perfeccionó el instrumento dándole otras posibilidades más amplias. En principio construyó dos variedades del mismo instrumento, una que dedicó al rey taifa de Toledo, Al-Mamun, conocida como “mamuniyya” y otra que dedicó al rey de Sevilla, Al-Mutamid ben Abbad, conocida como “abbadiyya”.

Las dos caras de la azafea, en donde se denota su mayor complicación

Con este nuevo instrumento se podía, en primer lugar, calcular la latitud del punto en que se observaba, la hora solar con mucha exactitud, las “casas astrológicas”, fundamentales para la astrología, muy de moda en la época y base del horóscopo, las coordenadas de los astros y el llamado arco diurno que es el que recorre el Sol desde que sale hasta que se pone, fundamental para calcular las horas de luz que tenía un día.
Sobre este instrumento que en nuestra civilización se conoce como “azafea” o “al-safiha”, existe abundante literatura que explicaba su manejo y posibilidades; el propio Azarquiel escribió un tomo titulado Tratado de la azafea que fue traducido al latín siglos después en la famosa Escuela de traductores de Toledo y en la Biblioteca de El Escorial, el manuscrito 962 trata de la azafea, instrumento que describe en cien capítulos. Asimismo, en el manuscrito 156 de la Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid también se describe el instrumento a la perfección.
Fue tanta la importancia que el astrolabio conocido como azafea tuvo que su invención está considerada como la más importante de cuantas abrieron la era de la exploraciones oceánicas.
Sin la azafea, que Colón conocía perfectamente, no habría podido descubrir América, ni Magallanes y Elcano le hubieran dado la vuelta al mundo.
Consciente de que su invento o ampliación del astrolabio había resultado un instrumento esencial para la navegación, no había sido esa la razón por la que el sabio lo había construido, pues la finalidad que perseguía era otra mucho más concreta como la efectuar mediciones, trazar órbitas, movimiento de la Tierra, catalogar estrellas y una nueva utilidad que pronto descubrió: la confección del primer almanaque.
Con la azafea pudo determinar el momento exacto en que comenzaban los meses, las posiciones que adoptarían los cuerpos celestes y en consecuencia, predecir los eclipses, así como algo con lo que actualmente se especula y es que pudiera predecir la aparición de cometas antes de que estos fueran visibles.
Este detalle no está comprobado pero de ser así, habría aventajado en muchos siglos a Halley, el descubridor del cometa que lleva su nombre y que demostró que ese cometa era el mismo que había sido visto setenta y siete años antes y que se volvería a ver aproximadamente setenta y siete años después.
El sabio Azarquiel realizó muchos más descubrimientos en el campo de la astronomía, como ser el primero en determinar con precisión cual era el punto de máxima distancia entre el Sol y La Tierra.
Es indudable que nos hallamos ante un  personaje de una gran talla intelectual, viviendo en una época en donde la intelectualidad se premiaba y donde los poderes públicos cobijaban la producción científica.
Pero en el año 1085, Castilla reconquistó la ciudad de Toledo y la gran mayoría de sabios que allí se habían concentrado tuvieron que huir a tierras de Al-Ándalus, entre ellas Azarquiel que se refugió en Sevilla, donde al parecer murió unos años más tarde.
Su obra fue puesta en valor por la Escuela de Traductores que Alfonso X, el Sabio, creó en Toledo, al rescoldo de las enormes hogueras de intelectualidad que en la ciudad hubo y que de alguna manera aún seguían vivas. Pero hasta que se produce la invención de la imprenta, la producción científica y cultural de la Escuela, aunque prolija, no llega al gran público, limitándose a círculos muy exclusivos.
Esa circunstancia y el que algunas obras del insigne astrónomo se perdieron, otras se desvirtuaron con sucesivas traducciones y que, sobre todo, posteriores descubrimientos como el sextante, condenaron al olvido la azafea, de Azarquiel se dejó de hablar y sólo en restringidos círculos científicos se le recuerda.
Pero no es tan frágil la memoria humana en todos los órdenes, porque nueve siglos después de su muerte, la Unión Astronómica Internacional, dio su nombre a uno de los cráteres de la Luna, justo al lado de los dedicados a Ptolomeo y a Alfonso X.
Hoy se puede decir, sin ningún temor a equivocación que Azarquiel es considerado como uno de los más importantes astrónomos hispano-andalusíes y base de la investigación astronómica hasta Copérnico, Kepler y Brahe.
En España el único recordatorio de este insigne personaje ha sido la publicación de un sello de correos del año 1986.


Sello con la cara y la azafea de Azarquiel

viernes, 6 de diciembre de 2013

LA ISLA EFÍMERA





La estupidez humana suele tener escasos límites. Con medio mundo por descubrir y explorar, las naciones pueden llegar a darse de bofetadas por adquirir la propiedad de un trozo de tierra que, de pronto, la erupción de un volcán, pone en la superficie del mar.
Afortunadamente la propia naturaleza que la creó se encargó de hacerla desaparecer, evitando que tres naciones importantes en el concierto europeo de la época, se enzarzaran en un conflicto de dudosos resultados.
Los hechos ocurrieron hace ya casi dos siglos, pero ni siquiera transportándonos a aquella época puede encontrarse justificación a tamaña insensatez.
La naturaleza es, como sabemos, omnipotente y caprichosa, por eso no deja de sorprendernos con sus demostraciones de poder como albergando volcanes activos en el fondo del mar y haciéndoles erupcionar, para sorpresa de todos y terror de muchos.
Una cosa así ocurre en el fondo del mar Mediterráneo, a unos cuatrocientos metros de profundidad y al sur de la isla de Sicilia.
Allí se encuentra un volcán que toma el nombre de un filósofo, sabio y político griego llamado Empédocles. Cuenta la tradición que Empédocles, queriendo ascender a los cielos resurgiendo de sus cenizas y como si de una ave fénix se tratara, subió a la cima del volcán Etna y se arrojó a su cráter. Nadie presenció aquel suicidio, pero en la cima de volcán apareció una zapatilla de bronce que usaba el filósofo, lo que dio pie a relacionarlo con la idea que le iba desde tiempo atrás rondando por la cabeza.
Por esa razón, a aquel volcán submarino, al sur de la isla en la que se encuentra el volcán Etna, se lo bautizó con el nombre del sabio.
Por constatación historiográfica se sabe que durante las Guerras Púnicas, mucha parte de la cual se desarrolló en Sicilia, el volcán submarino entró en erupción, haciendo salir de la superficie del mar una parte de la lava, consolidada como una isla a la que nadie prestó atención y que al cabo del tiempo había desaparecido.
No se volvió a tener noticias de aquel  volcán hasta muchos años después, en 1831, cuando el Empédocles comenzó una nueva erupción y esta vez la lava solidificada formó un islote de considerables proporciones, pues llegó a adquirir los cuatro kilómetros de longitud, con una altura de unos cincuenta metros sobre el nivel del mar. En el interior se formaron dos pequeños lagos con agua que quedó apresada en el crecimiento de la lava.
Aún estaba caliente la lava cuando de la isla de Malta, entonces colonia británica, zarpó el dos de agosto un bergantín al mando del capitán Humphrey Senhouse, que se dirigió a la isla a todo trapo con las órdenes de plantar bandera y tomar posesión de la isla en nombre de la corona británica. Senhouse arribó a la isla a la que bautizó con el nombre Graham Island.
Pero quince días más tarde, otro barco, esta vez perteneciente a la armada del reino de las Dos Sicilias, bajo la soberanía de la casa de Borbón española, arribaba a la isla, quitaba la bandera británica y plantaba la suya, a la vez que tomaba posesión de aquel islote al que bautizaba como Isla Ferdinandea, en honor al rey Fernando II que en aquel momento ocupaba el trono.
Pero no terminó la cosa ahí, porque el veintinueve de septiembre del mismo año llegaba al islote una misión científica francesa que también plantó su bandera, tomando posesión y bautizando a la isla como Ilê Julia.

Mapa de situación del islote

Inmediatamente las cancillerías de los tres países empezaron a realizar su labor frente a terceros que pudieran respaldar la titularidad del islote, que si bien era una tierra completamente árida y aún caliente, tenía un gran valor estratégico para en un futuro servir de puente entre Italia y el norte de África, a la vez que era llave del Mediterráneo.
Cierto que Gran Bretaña tenía la colonia de Malta a no demasiadas millas, pero no estaba en el canal de paso de la navegación y Francia no tenía ninguna posición que le diera presencia en esa zona del Mediterráneo, porque la isla de Córcega queda muy al norte y alejada del paso hacia oriente.
Italia era quizás quien menos interés tenía, pues además de Sicilia, poseía la isla de Pantellería, al suroeste de aquella que también actuaba de llave del Mare Nostrum, pero es fácil comprender que una posesión extranjera tan cerca de sus costas era, cuando menos, incómoda.
Las cosas no estaban claras, pues por primacía debía corresponder a quien primero tomara posesión, aunque el sentido común indica que el factor territorialidad debiera fijar la posesión italiana de aquel inhabitable islote.
Francia, además de haber sido la última en tomar posesión, pasaba por un momento en que figuraba poco en el concierto de naciones, después de las aventuras vividas con la revolución y el imperio, así que la pugna quedaba entre Italia y Reino Unido.
Por fortuna y antes de que se alzaran las espadas, como único medio de solucionar el conflicto, la isla desapareció el diecisiete de diciembre de aquel año, casi con la misma rapidez con la que se había formado.
Es posible que la erosión marina, unida a la falta de estabilidad de los volcados de lava erupcionados por el Empédocles, hicieran derribarse el cono que sobre el volcán se había creado y el mar se tragó la isla seis meses después de su aparición.
En la actualidad, la cumbre del Empédocles está a unos cinco metros de la superficie, lo que lo convierte en un importante escollo para la navegación, aunque por fortuna está perfectamente señalada la zona de bajíos en todas las cartas náuticas.
La profundidad a la que se encuentra la cima del volcán ha venido cambiando a lo largo del tiempo y desde que se hacen mediciones y así, después de su última erupción en 1863, ha variado desde los veinticinco metros en 1925, pasó a ocho metros en 1999 y después de lo que se apreció como un aumento de la actividad sísmica de la zona, se constató en 2002 que la profundidad estaba en los cinco metros.

Sección del volcán en profundidad

Por la singularidad que la aparición de aquel islote supuso en su tiempo, muchos personajes celebres se acercaron a visitarlo como Walter Scott o Fenimore Cooper (autor de El último mohicano) e inspiró obras de Alejandro Dumas y Julio Verne.
La última anécdota protagonizada por este volcán submarino fue en 1986, en el curso de la operación montada por Estados Unidos para acabar con el líder libio Muamar el Gadafi. En ese momento un avión norteamericano bombardeó la sombra oscura y alargada que observaba bajo la superficie del mar al confundirla con un submarino libio.

Afortunadamente el hecho no tuvo ninguna consecuencia.