viernes, 16 de mayo de 2014

EL ALMIRANTE SÁNCHEZ DE TOVAR





“Ficieron gran guerra este año por la mar, e entraron por el río Artemisa fasta cerca de la cibdad de Londres, a do galeas de enemigos nunca entraron”.
Así recogió Juan I, rey de Castilla, en la crónica de su reinado, la gesta realizada por el almirante Fernando Sánchez de Tovar.
En mi anterior artículo hablaba de la desconocida batalla naval de Saltés en la que el almirante mayor de Castilla derrotaba a una poderosa escuadra lusitana en la llamada Tercera guerra Fernandina, pero no era ésta la única victoria que el almirante castellano había conseguido, es más, su palmarés es realmente envidiable.
Su historia, desconocida en sus inicios, alcanza su máximo esplendor cuando sus extraordinarias dotes de navegante y soldado, hacen de él un personaje famoso en su momento y más tarde diluido en el anonimato de la historia, del que es conveniente rescatar; y es poco más o menos así.
No se sabe dónde nació, ni en qué año, aunque debía ser de las proximidades de Sevilla, por el nombramiento que más tarde se le otorgó y porque por aquellos tiempos, la corte de Castilla estaba a caballo entre la capital del Guadalquivir y Burgos. La primera vez que aparece en los anales de la historia lo hace con un acto, aunque en aquella época bastante habitual, me atrevería a decir que poco edificante.
En el año 1355 desempeñaba un cargo denominado Alcalde de la Mesta, la primera autoridad en impartir justicia en cualquiera de las infracciones que el llamado Consejo de la Mesta apreciara en alguna de las cuadrillas que formaban la poderosa organización trashumante. Estos cargos eran designados por el rey, lo que da idea de que el nominado debería pertenecer a alguna familia influyente. De lo que fuera su trayectoria en este cometido no se tiene noticia alguna.
Más tarde y tras participar como capitán de una galera en la llamada Guerra de los dos Pedros, a las órdenes de Pedro el Cruel, y contra Pedro el Ceremonioso, de Aragón, el rey castellano le entregó el mando de la ciudad castellana de Calahorra, en La Rioja, el cual ostentaba en 1366, durante la guerra fratricida entre el rey y su hermanastro bastardo, Enrique de Trastámara, al que entregó la ciudad, cambiándose de bando. Pedro hizo honor a su sobrenombre y se cobró venganza ajusticiando a su hermano Juan.
Desde entonces, su carrera fue ascendente. En primer lugar trabó relación con Ambrosio Bocanegra, gran marino Genovés que también había cambiado de bando y era muy próximo al bastardo Trastámara y con  el que huyó a Aragón tras la derrota de las tropas de Enrique en la batalla de Nájera.
Pero todo cambia cuando muere Pedro I y Enrique accede al trono y le concede el Señorío de Gelves, en el Aljarafe sevillano, lo que hace suponer su ascendencia sevillana.
Tras la batalla naval de la Rochelle en la que Tovar participó a las órdenes del almirante Ambrosio Bocanegra (ver mi artículo http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/la-fuerza-naval-de-castilla.html) y que se encuadra dentro de la llamada Guerra de los Cien años, la flota inglesa del conde de Salisbury quemó siete naves mercantes castellanas que estaban ancladas en la bahía de Saint Maló. Este hecho que aun dentro de una larga guerra se consideró como cobarde e innecesario, provocó una reacción de venganza que no se hizo esperar. Se nombró a Sánchez de Tovar, jefe de una flotilla de quince galeras con la consigna de apoyar por mar a las tropas francesas que asediaban la ciudad de Brest, en poder de los ingleses. La intervención castellana fue definitiva y la ciudad cayó tras cinco meses de largo asedio.
Un año más tarde, en 1374, ya  fallecido el almirante Ambrosio Bocanegra, se le concede el mando de una flota de galeras a la que se unen algunas embarcaciones francesas y con la saquea por dos veces la inglesa isla Wight, en pleno Canal de la Mancha.
Este hecho reviste suma trascendencia porque el Canal había supuesto para Inglaterra, la separación definitiva del continente, a la vez que su salvaguarda contra cualquier intento de agresión.
Tardan los ingleses un año en reaccionar y enviar una escuadra para hacer frente a los castellanos que durante todo ese tiempo han estado saqueando y destruyendo importantes puertos del litoral sur de Inglaterra, retirándose luego a los puertos franceses del otro lado del Canal.
Hasta allí va a buscarlos la flota inglesa que los encuentra en la bahía de Borugneuf, al sureste de Nantes. las dos escuadras entablan un combate naval del que la escuadra inglesa sale derrotada estrepitosamente.
Asustado el rey Eduardo III de Inglaterra quiere a toda costa firmar un pacto para evitar el saqueo de sus costas, aunque ello suponga la entrega a Castilla de todas las rutas comerciales, sobre todo con Flandes, vital para la corona castellana. A partir de ese momento el Canal de la Mancha está abierto a las rutas de los navíos castellanos y vascos que frecuentan los mares del norte en desplazamientos comerciales y pesqueros.
El Parlamento inglés critica duramente al monarca y a sus ministros, varios de los cuales dimitieron y el propio rey quedó muy apartado de las decisiones políticas. Poco después, en 1377, murió y heredó la corona su nieto que entonces tenía diez años y que reinó con el nombre de Ricardo II.
En ese momento, los nobles ingleses que no admiten haber perdido el control del Canal, inician las hostilidades contra los buques castellanos, a varios de los cuales hundieron o apresaron.
Ese es el momento decisivo del almirante Tovar, al cual el rey castellano le encomienda una escuadra compuesta por cincuenta galeras, a las que se une una pequeña escuadra francesa y con más de cinco mil hombres, se dirige a las costas meridionales inglesas, atacando los importantes puertos de Plymouth, Pothsmouth y otros, además de desembarcar nuevamente en la isla de Wight.

Mapa de las incursiones castellanas

Los continuos ataques a puertos y poblaciones costeras hacen a los ingleses revivir la pesadilla de aquellos tiempos en que eran blanco de los vikingos sin posibilidades de defensa por su parte.
La corona inglesa trata de reunir una flota con la que enfrentarse a los castellanos, pero han sido muchas las pérdidas sufridas y escasos los navegantes capaces de hacer frente a tan temible adversario. Por otro lado los sistemas de defensas costeros no resisten los ataques y aunque son cada vez mejorados, nada tienen que hacer frente a la artillería de las galeras de Castilla.
Cuando la desesperación inglesa es mayor, el almirante decide dar el golpe definitivo y con toda su flota, se adentra en el río Támesis, que en Castilla llamaban Artemisa, como se desprende de la crónica que encabeza este relato y llega hasta la localidad de Gravesend, a unos veinte kilómetros de Londres y actualmente parte del área urbana de la capital británica.
Tomar la ciudad y su puerto no es tarea difícil, pues los ingleses se rinden ante su sola presencia. Incendia la ciudad y las llamas pueden observarse desde Londres, donde sus aterrorizados habitantes no saben qué hacer, ante el temor de que la escuadra castellana continúe su avance.
Pero no se sabe muy bien por qué razón, el almirante Tovar no continuó su incursión, dándose por satisfecho con haber enseñado los dientes al león inglés, sin haberlo rematado, incumpliendo la norma que ha regido desde siempre: hay enemigos a los que no puedes dejar heridos.
La escuadra volvió a Castilla y poco tiempo después, tal como se decía más arriba, los ingleses vuelven a las andadas, apoyando a los portugueses con “hombres de armas y flecheros”, tal como mencionaba en mi artículo anterior.
No obstante, vuelven a tener otra derrota memorable, que no acabó con la batalla de Saltés, pues la escuadra castellana, con la experiencia de su almirante, se presentó unos meses después en la desembocadura del Tajo y se adentró en el Estuario de la Paja, bloqueando todo el comercio y abastecimiento por mar, a la vez que impidiendo que una escuadra inglesa que había traído más refuerzos hasta Lisboa, pudiera hacerse a la mar.
Unos temporales, obligaron a los castellanos a retirarse y los ingleses aprovecharon la oportunidad para escapar de la ratonera que era el estuario del Tajo.
Pero en la primavera del año siguiente, 1382, la escuadra de Tovar estaba otra vez frente a la desembocadura del Tajo y esta vez no se limitó a interceptar las naves enemigas, sino que lo mismo que habían hecho en el Támesis, desembarcaron en las inmediaciones de Lisboa, saqueando ciudades y campos.
La decisiva intervención del almirante, obligó al rey portugués a firmar la Paz de Elvas, en la frontera con Badajoz, el día diez de agosto de aquel mismo año, aunque de bien poco sirvió la firma del tratado, porque un año después ya volvíamos a estar enzarzados en nuevas hostilidades.
El almirante Sánchez de Tovar murió a causa de una epidemia que se desencadenó en su flota, precisamente cuando asediaban Lisboa.
Desafortunadamente la hostilidad castellano-lusa que no tenía otra finalidad para cada uno de los contendientes que anexionarse los reinos, terminó con la victoria portuguesa en la batalla de Aljubarrota, celebrada el catorce de agosto de 1385, cerca de esa ciudad, en la provincia de Leiría, en el centro de Portugal y que supuso la entronización de una nueva dinastía portuguesa, la de la casa de Avis.


viernes, 9 de mayo de 2014

MOJA DE PIES





En varias ocasiones anteriores he tratado sobre guerras o batallas que por ser sus nombres divertidos, como la de los pasteles, la sandía, o de la oreja de Jenkins, o por haber sido la más larga o la más corta, o simplemente por el hecho de habernos pasado desapercibida a pesar de su importancia, creía oportuno sacar del olvido y desempolvarlas, advirtiendo siempre que, no siendo historiador, lo único que guía mi afán es dar a conocer lo que ha estado olvidado y sin que por mi parte incluya nada.
Normalmente esas guerras o batallas han ocurrido lejos de nuestro país y aunque hayan tenido repercusiones para España, su influencia no ha sido advertida por el pueblo llano. Pero no siempre ha sido así, porque buceando en la historia de España, que nos debería ser conocida, al menos por lo próxima, también encontramos algunas de estas curiosidades como la que voy a relatar.
Estábamos en pleno siglo XIV, cuando Alfonso XI de Castilla se casó con María de Portugal, hija del rey Alfonso IV, con la que tuvo al infante Pedro, que gobernó a la muerte de su padre con el nombre de Pedro I, conocido como El Justiciero, por sus seguidores y El Cruel, por sus enemigos. Pedro I murió en la batalla de los campos de Montiel, a manos de su hermanastro Enrique que le arrebató el trono y fundó la casa de Trastámara.
A Enrique II de Trastámara le sucedió su hijo Juan I y a Alfonso de Portugal, su hijo que gobernó como Pedro I y a éste, a su vez, su hijo, Fernando I.
Desde muchos años atrás, los monarcas castellanos y portugueses se habían casado entre ellos, creando unos débiles vínculos de sangre, pero unas fuertes apetencias por apoderarse del reino del otro, ya por tratados, ya por la fuerza.
Así estaban las cosas en el inicio de la década de 1380, cuando se estaba cociendo lo que se daría en llamar la tercera guerra castellano-portuguesa.
En Castilla reinaba Juan I y en Portugal Fernando I, cuando en la corte castellana se empieza a tener noticias de que los portugueses están formando un poderoso ejército que será auxiliado por tropas inglesas, país con el que acaban de firmar un pacto por el que los de la “Pérfida Albión” ofrecen un ejercito de mil hombres de armas y otros mil de sus temidos “flecheros”, ejército que estaría mandado por el propio hijo del rey inglés, Edmundo de Langley, duque de York.
Cuando el ejército conjunto anglo-portugués empieza a desplazarse hacia las fronteras con España. Al rey castellano le surge una nueva dificultad y es que su hermano bastardo, don Alfonso, duque de Noreña, se rebela en la villa palentina de Paredes de Nava. Con muy buen criterio, Juan I decide solucionar antes el problema interno y acudir más tarde al otro que si bien más grave, podrá esperar a que su situación interna mejore, aun cuando el ejército combinado llegue a rebasar la frontera e invadir los territorios de Castilla.
Cuando el bastardo Alfonso conoce que el rey va contra él con todas sus fuerzas, huye a Asturias, hacia donde le persigue el monarca. Viéndose perdido envía mensajeros pidiendo perdón y el rey, quizás acuciado por la necesidad de bajar con sus huestes a hacer frente a los invasores, lo perdona y a marchas forzadas se dirige al sur, a la vez que envía órdenes a sus capitanes de mar, de que preparen una escuadra que se pondrá a las órdenes del almirante mayor de Castilla, Fernando Sánchez Tovar.
En su descenso por Castilla, hace retroceder al ejército combinado que había tomado ciudades limítrofes, a las que el rey castellano pone en asedio.
Mientras, en la costa se está desarrollando una febril tarea: alistar los buques necesarios para enfrentarse al enemigo y enrolar a las tripulaciones que se van a hacer cargo de los mismos.
Situación similar se vive en la vecina Portugal, donde el rey ha entregado el mando de la flota al almirante Joao Afonso Telo, conde de Barcellos, buen militar pero con escasos conocimientos como marino y mucho menos para dirigir la flota, inconvenientes a los que se unen su vanidad y prepotencia y cuya única virtud, al parecer, consiste en ser hermano de la reina de Portugal.
Telo zarpó de Lisboa con una escuadra compuesta por veintiuna galeras, navío que mezclaba las velas y los remos, una galeota, más pequeña que la anterior y con hasta veinte remos por banda y cuatro naos, navíos de tres mástiles y vela cuadrada, de diseño español y que pronto fueron sustituidos por los galeones y en la que trasladaba parte de las fuerzas inglesas de apoyo.
Mientras, en Sevilla, la flota estaba ya aprestada, pero de las veintitrés galeras, solamente diecisiete estaban en condiciones óptimas para la navegación. Casi en la misma fecha, zarparon para descender el Guadalquivir y enfilar hacia Portugal.


   Galera castellana del siglo XIV

El día 17 de julio de 1381, las escuadras se avistaron frente a las costas del Algarve, con viento favorable a la escuadra española que en vez de presentar batalla en mar abierto, optó por una maniobra mucho más astuta.
La escuadra portuguesa iba poco organizada pues las galeras, más rápidas, se habían adelantado a la galeota y a las cuatro naos que con viento casi de frente y sus velas cuadradas, apenas avanzaban dando bordadas.
Hábil, el almirante español, pensó que la superioridad portuguesa no le permitía arriesgar nada y ordenó dar la vuelta, pensando en librar la batalla en aguas poco profundas en donde las naos embarrancasen y que además para poderlos alcanzar, la flota portuguesa hubiera de forzar mucho la marcha, cansando a los remeros para el momento de entrar en combate.
Los portugueses, al observar la maniobra evasiva de los castellanos entendieron que estos huían, lanzándose a una frenética persecución con aires de victoria pero en realidad con vientos desfavorables y un esfuerzo enorme de remos.
En el camino de su alocada persecución, la escuadra portuguesa encontró varias barcazas de pescadores onubenses que faenaban a varias millas de la costa.
Ensoberbecidos y con una tremenda ansia de victoria, decidieron no dejar vivo a ningún castellano, por lo que algunas galeras se desprendieron de la mínima formación que llevaban y se entretuvieron en hundir las barcazas y destrozar las artes de pesca que tenían caladas, dejando que los pescadores se ahogaran, sin ninguna clemencia por su parte.
En la ría de Huelva y cerca de la isla de Saltés, esperó el almirante castellano a la escuadra portuguesa que dada la marcha tan fuerte que su almirante había impuesto, creyendo que los castellanos huían porque se consideraban vencidos, había desperdigado aún más a la flota que venía sin ningún orden de ataque, con remeros muy agotados y con una marinería poco entrenada, mientras enfrente, la escuadra castellana, perfectamente formada en orden de ataque, descansada y con avezados marinos, aguardaba el momento propicio para entrar en combate.
En vanguardia venían doce galeras y la galeota, más atrás otras nueve galeras que se habían entretenido en hundir las barcazas y destruir las redes y aún más retrasados, apenas se divisaban las cuatro naos.
Conforme las primeras doce galeras y la galeota portuguesas se adentraron en la ría, muy separadas las unas de las otras, comprendieron tardíamente su error, porque hallaron a los barcos castellanos muy unidos en formación cerrada, los cuales se lanzaron contra las naves portuguesas según iban llegando, abordándolas y capturándolas sin remisión.
Hasta que las otras nueve galeras hicieron su aparición, tuvo la escuadra castellana tiempo de arrojar al mar a los muertos, atender a los heridos y poner en salvaguarda a las naves capturadas, con lo que quedaba de sus tripulaciones.
Ocho de las nueve galeras fueron también abordadas, mientras que la que iba en última posición, viendo el cariz de los acontecimientos, viró en redondo para protegerse con las naos y todos juntos emprendieron el viaje de retorno, pero una imprevista calma, dejó a las naos sin posibilidad de escape y mientras la galera portuguesa huía a fuerza de remos, las castellanas abordaban a las naos y las capturaban.
Escapó solamente la galera que llegó a Lisboa para dar la triste noticia, que se completaba con la pérdida de todos los barcos y con más de tres mil doscientos muertos por el lado luso, mientras que la escuadra castellana apenas tuvo trescientas cincuenta bajas.
De todas las ciudades del litoral se desplazaron los habitantes para contemplar la parada naval en la que las galeras castellanas remolcaban a los buques lusitanos, con sus pendones sumergidos en señal de derrota.
Pero este artículo estaría incompleto si no diera explicación a la frase que lleva por título y es que muchos de los marineros embarcados en la escuadra castellana eran de la zona de Huelva, Moguer, Ayamonte y otras localidades de las inmediaciones, a los cuales la afrenta portuguesa de hundir las barcazas de humildes pescadores que con eso no hacían sino ganarse la vida, sentó muy mal, por lo que decidieron tomar venganza y así, ajusticiaron a cuatrocientos marineros lusitanos por el procedimiento de “moja de pies” que consistía en atarlos de pies y manos y arrojarlos al agua, en donde se ahogaron sin remisión.
Fue éste el incidente que en parte enturbió la gran victoria castellana.
El almirante Tovar, con su flota y las naves capturadas, se dirigió a Sevilla donde entró triunfante, claro que no fue éste el único triunfo del almirante cuyas hazañas merecen ser rescatadas en artículos posteriores.


viernes, 2 de mayo de 2014

HISTORIA O LEYENDA





Leyendo los Comentarios Reales, del inca Garcilaso de la Vega, quedé sorprendido cuando al llegar al capítulo tercero, el escritor hispano-peruano, sin duda uno de los mejores escritores del Nuevo Mundo, contaba una historia, que no sabría decir si es realidad o simplemente leyenda.
El inca Garcilaso, así llamado a Gómez Suárez de Figueroa, que era hijo de un capitán conquistador español y la princesa inca Isabel Chimpu Ocllo, está considerado el primer mestizo producto de la conquista del Perú. Por su buena posición social y económica recibió una espléndida educación humanística, junto con los hijos de otros conquistadores, como los del propio Pizarro, que completó con la aportada por la familia real de su madre.
Dice Garcilaso que cerca del año mil cuatrocientos ochenta y cuatro, un piloto natural de la villa de Huelva, en el Condado de Niebla, llamado Alonso Sánchez, tenía un navío  pequeño con el que se dedicaba a llevar mercaderías desde España a Canarias, cargando allí con frutos de aquellas islas, los que llevaba a las islas de la Madera, hoy conocida como Madeiras, desde donde regresaba a España cargado con azúcar y conservas.
En uno de aquellos viajes triangulares que el onubense realizaba, cuando iba de Canarias a la isla de la Madera, le cogió un temporal, tan recio y tempestuoso, que al no poder hacerle frente, se dejó llevar por la tormenta y corrió veintiocho o veintinueve días sin saber ni adónde ni por dónde, pues dado el fuerte temporal no pudo tomar la altura del sol ni saber del norte.
Padecieron los navegantes gravísimos peligros y penalidades, porque la tormenta no les dejaba comer ni dormir, pero al cabo de ese tiempo el viento se fue aplacando y de pronto se hallaron frente a una isla.
Dice Garcilaso que no se sabe a ciencia cierta qué isla era aquella, si bien se tienen sospechas de que es la que, más de un siglo después, llaman de Santo Domingo, considerando que el viento que impulsó la débil embarcación era el conocido como solano que empuja desde el este y que al oeste de las Canarias, está la isla de Santo Domingo.
Saltaron a tierra y después de tomar la altura del sol y otras consideraciones para la situación de aquella isla, hicieron agua, leña y otras vituallas y emprendieron viaje de regreso, sin saber tampoco, como a la ida, por dónde regresaban.
Fue el viaje tan largo que les faltó agua y otros bastimentos, lo que unido al mucho trabajo y esfuerzo que llevaban, empezaron a enfermar y morir, de manera que de los diecisiete hombres que habían partido de Canarias, no regresaron más que cinco y entre ellos, el piloto Alonso Sánchez.
El punto de arribada fue la isla Tercera, del archipiélago de las Maderas, yendo a parar a la casa del genovés, Cristóbal Colón, porque sabían que era gran piloto y cosmógrafo y que hacía cartas de marear.
Aunque Colón los recibiera con mucho cariño e hizo todo cuanto pudo por preservar sus vidas, los cinco supervivientes fueron muriendo, no sin antes transmitirle todos los detalles que de su terrorífico viaje podían saber y recordar.
Piensa el autor que es gracias a esa información que Colón se decide ya plenamente a poner en marcha su idea descubridora, consiguiendo, como todos sabemos,  el favor de la reina Isabel e iniciando su aventura.
Termina ese capítulo aseverando el inca que solamente si sabía hacia dónde tenía que ir, pudo llegar en un viaje de sesenta y ocho días desde la isla de la Gomera, donde había recalado para tomar refrescos, hasta las islas de las Lacayas, en donde se produjo el primer avistamiento de tierra.
¿Qué hay de verdad en esta historia que se relata con nombres y apellidos? ¿Fue la pluma del inca Garcilaso la que por primera vez narró las noticias que se tenían de aquella jornada?

Desde estatuas hasta colegios conmemoran a Alonso Sánchez en Huelva

He aquí el enigma, en un principio difuso, luego durante mucho tiempo enquistado y que ahora, además, cubren esos cinco siglos de historia que ya hemos celebrado. ¿Cómo averiguar si antes que Colón, el onubense Alonso Sánchez ya había descubierto las Américas?
Profundizando en la somera información que tenía de la narración a la que he hecho referencia, investigué quien había sido el primero en tratarla y por lo que he podido averiguar, esta primera vez, parece que se debió a la pluma de un insigne historiador, cronista de Indias, militar y administrador español llamado Gonzalo Fernández de Oviedo, que escribió a principios del siglo XVI la Historia general y natural de las Indias, un compendio absolutamente necesario para el estudio y comprensión de cómo fueron aquellos momentos tan cargados de historia, así como de la flora y la fauna que los colonizadores encontraron.
No da crédito el historiador a esta leyenda, a la que ni siquiera incorpora el nombre del protagonista, poniéndola en entredicho al hacerse eco de las numerosas versiones que sobre la misma circulaban ya en aquella época, de las cuales, unas hablaban de un viaje a Inglaterra, otras de un barco pequeño, mientras que otras lo hacían de un gran navío; alguna situaba el regreso en la isla Tercera y otras en las Islas de Cabo Verde. Alguna versión trata de ridiculizar al Almirante y no falta la que pone en boca del rey Fernando el inicio del bulo, para atacar la fama que ya Colón ha adquirido.
Es el inca Garcilaso quien aporta el nombre del marinero onubense y, aunque ha ocurrido el hecho más de cien años antes de su nacimiento, dice haber oído la historia de labios de su padre y de otros compañeros de armas, con detalles de los que nunca se olvidó.
Ahondando en la historia y buscando fuentes literarias que señalaran como cierta la leyenda del marinero de Huelva, aparecen no ya referencias a esta, sino a otras muchas, algunas de las cuales son muy dignas de tener en cuenta y no escritas o referidas solamente por españoles o portugueses, los directamente afectados por el descubrimiento y por las propias tradiciones, sino de otros viajeros, historiadores o literatos de países extranjeros, como León de Rosmithal, un noble bohemio que en 1465/66, realiza un extenso viaje por la Península Ibérica y que recoge en su Viaje documentado por Europa, que sorprendido por la inmensidad del mar que desde Finisterre se contemplaba, oyó de boca de viejos marineros cómo algunos de ellos se atrevieron a adentrarse en él.
Relata el bohemio, la historia que escuchó, según la cual un rey de Portugal mandó hacer tres navíos en cada uno de los cuales colocó a doce escribanos, con víveres y agua para cuatro años y con la misión de navegar los más lejos que pudieran y que escribieran de todas las regiones a las que llegasen. La historia es muy larga y también amena, concluyendo en que de los tres navíos solo regresó uno, con su tripulación tan envejecida por las penalidades que nadie creyera que aquellos ancianos eran los mozos que tres años antes salieran en busca de nuevas regiones.
Los sobrevivientes narraron sus historias de mares de tinieblas e islas deshabitadas con casas labradas bajo tierra, llenas de oro y plata del que no se atrevieron a tomar por miedo a lo que les pudiera suceder. Historias que se completan con mares procelosos y olas enormes que engulleron a dos de las embarcaciones.
Y si nos vamos más lejos, también los vikingos llegaron a Groenlandia y a la Península del Labrador.
¿Qué significa toda esta proliferación de viajes a las tierras desconocidas de más allá del océano?
A mi modesta e irreverente forma de entender significa que algo de verdad hay en que no fue Colón el primero en llegar al Nuevo Mundo y de hecho, así lo hemos de entender pues en las propias memorias del Almirante se menciona que no fue uno solo el confidente que le habló de aquellas regiones, sino que fueron dos, un marinero tuerto, de El Puerto de Santa María y un piloto de Murcia, de los que, lamentablemente no se citan nombres. En otros documentos del propio descubridor, aparece el nombre de un portugués Pedro Vasques que en Huelva le habla también de las mismas regiones. Por otro lado, en su segundo viaje, dice haber hallado restos de la popa de un navío lo que confirma que ya habían llegado antes que él
Es así, más que probable que fueran muchos los osados que se atrevieron a internarse en el océano o que se vieron impelidos a hacerlo por tempestades, vientos adversos, etc., muchos de los cuales, la mayoría, nunca regresó, quedando un exiguo resto que culminó su viaje de vuelta.
Y esta es una circunstancia muy importante porque los únicos que consiguieron volver fueron aquellos que tras ser empujados por los alisios, vientos tropicales que soplan todo el año en dirección oeste, regresaron desviándose hacia el norte y aprovechando así la corriente del Golfo de Méjico y los vientos contraalisios.
De hecho, cuando Colón decide volver, tras su primer viaje, no lo duda ni un momento y toma la ruta hacia el norte.
Fuera el primero o no lo fuera, cosa que ya es casi segura, nada tiene que ver eso con la gloria del descubrimiento que por entero le corresponde y que tras todos estos siglos de historia, los muchos que se la han discutido, han visto como al final el Almirante se salía con la suya.
Es también posible que cuando Colón hace el descubrimiento no sea en el primer viajes que hace a aquellas regiones y que ya hubiese ido antes, de forma más precaria y sin asegurar la jornada. Así lo dice una coplilla que corrió en aquellos tiempos:
“”Otros quieren decir que este camino
que del piloto dicho se cuenta,
a Cristóbal Colón le sobrevino

y el fue quien padeció tal tormenta.””

sábado, 26 de abril de 2014

MATEO SANCHEZ, "LA JESUITA"





Varias órdenes religiosas, inicialmente creadas para varones, al pasar los años desarrollaron una vertiente femenina para dar acogida a la multitud de mujeres que quería profesar en la misma, pero hubo otras órdenes religiosas que por imposición de sus creadores, o máximos ideólogos, jamás permitieron la entrada de mujeres entre sus filas, manteniéndose fieles a la tradición, ya implantada por Jesucristo y sus apóstoles, de formar cuerpos exclusivamente masculinos.
Una de estas órdenes fue la Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Fabro, Laínez, Salmerón y otros más en 1539 y de la que Ignacio fue su primer General, cargo de mayor importancia.
Como se sabe, era desde sus comienzos una orden sacerdotal y apostólica, lo que quiere significar que sus miembros, llamados “jesuitas”, eran sacerdotes a la vez que apóstoles, es decir, misioneros de la palabra. Pero en su seno, también acogieron a los llamados “hermanos”, religiosos que no son sacerdotes, ni monjes y que dentro de la jerarquía ocupan los puestos más bajos del escalafón y pueden abandonar la orden cuando lo deseen.
Pero siempre habían de ser miembros masculinos, ninguna mujer tuvo cabida entre sus filas, que regían con una disciplina casi militar.
Sin embargo esta afirmación no es del todo cierta, porque a veces hay en la vida momentos y situaciones que impulsan a tomar decisiones que no siempre están asumidas de principio y que ha hecho del axioma de hacer de la necesidad virtud, una clara muestra de cómo se puede condescender y dar satisfacciones sin que ello represente un grave quebranto de los postulados “inquebrantables” que están asumidos.
Este es el caso de Mateo Sánchez, una persona desconocida, un nombre solamente, tras el que se ocultó una de las mujeres más influyentes de su época y cuya historia merece ser rescatada del olvido al que ha estado sometida.
En el año 1535 nació en Madrid la tercera y última hija del emperador Carlos V y de su primera esposa, Isabel de Portugal. A la recién nacida se le impuso en nombre de Juana, siendo conocida en la historia como Juana de Austria, a la que con diecisiete años casaron con el heredero de la corona portuguesa, el infante Juan Manuel de Braganza, como parte del tratado matrimonial por el cual Felipe, príncipe de Asturias, se casaba con María Manuela, hija de Juan III y por tanto hermana de Juan Manuel de Braganza. Es decir, que se casaron dos hermanos portugueses con dos españoles, asegurando así poderosos vínculos familiares con el país que junto con España, suponían las potencias más emergentes del momento.
Fruto de ese matrimonio, nació el 20 de enero de 1554, unos días después de que hubiese muerto su padre, el infante Sebastián que sería rey de Portugal con el nombre de Sebastián I y que encontró la muerte en Marruecos, en la batalla de Alcazarquivir o de los Tres Reyes, pues los tres monarcas que en ella intervinieron encontraron la muerte.
La infeliz viuda y madre del heredero se vio obligada a regresar a España, dejando a su hijo, un niño débil y enfermizo en la corte portuguesa a cargo de su abuela, Catalina de Austria, hija de Juana la Loca y Felipe el Hermoso, por tanto tía carnal de Juana de Austria y esposa de Juan III, rey de Portugal.
Es indudable que la joven madre debió sentir una pena enorme al dejar a su hijo en Portugal, pero como quiera que su padre la había designado como gobernadora de sus territorios mientras que su hermano Felipe II permanecía en Inglaterra para desposarse con María Tudor, su sentido de la responsabilidad se impuso y se trasladó a España para cumplir sus obligaciones.
Dicen de ella los cronistas e historiadores que era una mujer bella, menuda y de aire elegante y gracioso, profundamente religiosa, como era tónica en la época y que sentía verdadera veneración por la Compañía de Jesús.


Retrato de Juana e Austria existente en el Museo del Prado

Durante los cinco años que estuvo desempeñando la regencia, mientras su padre, el emperador se encontraba en su retiro de Yuste y su hermano, el rey Felipe, en Inglaterra con su nueva esposa, ella dio muestras de un gran sentido común, así como prudencia y talante de estadista, igual que su padre y hermano demostraron.
Solamente los problemas relacionados con la religión hacían a los reyes españoles perder la cordura y con ocasión de haberse detectado un brote de luteranismo en España, concretamente en las ciudades de Valladolid y Sevilla, la regente, a indicación de su padre púsose manos a la obra para combatirla. En esa tarea trabó profunda relación con el jesuita Francisco de Borja, al que conocía desde la infancia, pues no en vano, el jesuita era, entre otros muchos títulos, Grande de España y virrey de Cataluña.
Tal fue la relación entre ambos que en la corte llagaron a haber habladurías en el sentido de que aquella relación llegaba más allá de la pura amistad.
Juana padecía una verdadera obsesión por ingresar en la orden del de Loyola, el cual se oponía frontalmente, pero dada la magnífica relación que la regente tenía con el de Borja, personaje de lo más influyente en la orden y que más tarde llegaría a ser su tercer General, así como el poder que en aquellos momentos detentaba Juana, como gobernante del país más poderoso de la Tierra, fueron capaces de ir modulando la negativa a formar parte de su congregación.
Así que, tras mucho insistir, consiguió que su valedor en la compañía, Francisco de Borja, postulase su ingreso de forma directa y al que se oponía rotundamente el fundador y general de la orden Ignacio de Loyola, y otros destacados miembros de la orden.
Pero tanto pesaban Juana como el de Borja que, al final, en 1554, se reunieron en Roma los más destacados dirigentes de la orden y aceptaron, aunque a regañadientes y en frontal colisión con los preceptos de la misma y sobre todo con las ideas de su fundador, el ingreso en la Compañía de la infanta, que fue admitida bajo el nombre de Mateo Sánchez, que más tarde cambió por el de Montoya y que juró votos de castidad pobreza y obediencia.
Es curiosa la forma en que en la época se afrontaban algunas situaciones personales que acababan con el ingreso en conventos o monasterios, pues Juana, a la que como se puede suponer no faltaban pretendientes, después de su viudedad, no quiso saber del mundo nada más que lo que sus obligaciones como regenta le habían impuesto y tras regresar de Portugal, ya dejó claro cuales eran sus intenciones de futuro e hizo votos para ingresar en la orden franciscana, antes de decidirse por la Compañía de Jesús, razón por la cual, hubo de pedir dispensa papal para levantar el voto que ya había formulado.
Miembro de pleno derecho de la orden, ha sido la única mujer a la que se ha permitido ingresar en la Compañía, aunque otras muchas y de importantes linajes lo hubieron intentado sin éxito.
La profunda religiosidad de la infanta Juana queda demostrada no solamente por su afán en ingresar en la orden sino por muchas otras acciones como cuando el año 1557, fundó en Madrid el convento de las Descalzas Reales, que encomendó a las hermanas franciscanas, convento que creó en el palacio donde habían vivido su padre y su madre y donde ella misma había nacido.
La princesa Juana murió en 1573, en El Escorial, dejando un profundo vacío en la vida de su hermano. Fue enterrada en el convento de la Descalzas.


jueves, 17 de abril de 2014

ONDEAR DE BANDERAS




Hace poco más de tres años, al cumplir la edad reglamentaria, pasé a la situación de jubilado tras cuarenta y dos años de servicio como policía.
En el momento de mi jubilación estaba desempeñando el puesto de Comisario Provincial de Cádiz, en el que permanecí los últimos seis años y medio de mi vida profesional.
Como es casi natural, el día en que cumplía la edad reglamentaria, las autoridades provinciales, los compañeros y los amigos, me ofrecieron una comida de despedida, a la que asistieron más de doscientas personas.
Al final del acto, muchos de los asistentes me hicieron regalos conmemorativos, todos los cuales guardo con enorme satisfacción.
Terminado el acto, se me acercó para despedirse un buen amigo y antiguo colaborador, perteneciente al servicio de inteligencia naval de los Estados Unidos que tras felicitarme por haber llegado al final de mi vida profesional en bastante buenas condiciones físicas, me hizo saber que su departamento tenía previsto ofrecerme un detalle, pero que por una serie de circunstancias no había podido llegar a tiempo, pues habían de remitírselo desde los Estados Unidos, pero que tan pronto lo tuvieran, nos citaríamos para comer juntos en la Base Naval de Rota y hacerme entrega del presente.
Ciertamente que la información me dejó un poco descolocado, pues no podía ni imaginar qué clase de regalo era aquel que se resistía tanto al envío desde las tierras americanas. En fin, que algo intrigado, decidí no pensar más en ello y esperar a que el tiempo deshiciera la intriga.
Pasó algo más de un mes, cuando una mañana me llamó mi amigo para decirme que ya tenían el regalo y que quedábamos para cuando me viniese mejor para comer con el personal de sus servicios y entregarme solemnemente el obsequio.
Quedamos para el día siguiente, pues ya volvía a estar en ascuas por la incertidumbre que me proporcionaba aquel regalo y así, a la mañana siguiente, me presente en el restaurante de la Base en el que habíamos quedado.
Tras los postres, con toda solemnidad, el jefe del servicio sacó una bolsa de papel de cuyo interior extrajo una caja de cartón que abrió con toda solemnidad, mientras me dedicaba unas palabras de agradecimiento por los buenos años de estrecha colaboración que habíamos tenido.
Y mientras decía esto, me alargó la caja, cuyo contenido yo no había visto, pues mientras todos estábamos sentados a la mesa, él permanecía en pie durante su breve alocución.
Cuando recibí de sus manos la caja abierta, sentí un súbito escalofrío. En su interior, doblada en forma triangular, como lo hemos visto hacer muchas veces en el cine, una bandera de los Estados Unidos venía acompañada de una certificación del arquitecto del Capitolio en la que se dice que a petición del congresista Mike Rogers, la bandera que se acompaña, había ondeado sobre el edificio del Capitolio para dedicarla a José María Deira con ocasión de su retiro y en prueba de la amistad con el Gobierno de los EE.UU.
Yo no soy pusilánime ni me suelo emocionar, pero tengo que reconocer que aquello me amordazó la garganta y por un buen rato no pude ni articular palabra.
Lentamente me puse de pie y me abracé a mi amigo, al que solamente me salía darle las gracias por un regalo tan sencillo, a la vez que tan singular y entrañable.
No es frecuente que un español reciba un regalo de este tipo. Yo al menos no conozco a nadie, pero tampoco conozco a muchas personas que hayan colaborado por casi cuarenta años con los servicios de inteligencia norteamericanos, como lo había hecho yo.
Para un americano no hay nada más sagrado que su bandera y eso es lo que ellos me acababan de obsequiar.


Mi bandera y su certificación

De camino a casa no podía quitarme de la cabeza el emotivo momento que había vivido y cuanto sentía que ese instante no se hubiera producido en el acto oficial de mi jubilación, pero me explicaron que no todos los días se puede hacer que una bandera ondee en el Capitolio para entregarla como testimonio de agradecimiento a alguien y que tanto el congresista que se había hecho eco de su petición, como el arquitecto que certificaba, habían tardado más tiempo del que ellos previeron para cumplimentar el protocolo.
Tengo en mi casa, por tanto, una bandera que ha estado ondeando en lo más alto del edificio más emblemático de los EE.UU, sede del Congreso y del Senado de la nación más poderosa de La Tierra, para luego regalármela como prueba de afecto y amistad.
¿Puede haber algo más hermoso? ¿Hay algo más emotivo para un funcionario del montón que ser distinguido con detalle semejante?
En mi ya algo larga vida me he encontrado con individuos que no sentían por la bandera de España ninguna clase de respeto. He oído de todo, incluso referirse a nuestra enseña como “el trapo”, en la forma más despectiva que alguien pueda expresarse y siempre, exclamaciones así, me han producido urticarias.
Yo tuve la fortuna de jurar bandera cuando hice el servicio militar, allá por el año 1966 y tuve ocasión de reafirmar mi juramento a la bandera en el año 2002, con motivo de la última jura que se iba a producir, como consecuencia del cierre del Cuartel de Instrucción de San Fernando, el mismo en el que yo lo había hecho, varias décadas antes.
Quien no ama a su bandera, no ama a su pueblo, ni a su historia, ni a los que dieron su vida por defenderla, ni al resto de sus semejantes.
¿Y por qué cuento todo esto?, quizás alguno se pregunte, porque no suele ser motivo de estos artículos el contar vivencias personales, si no están relacionadas con la historia. Pues bien, este también guarda esa relación porque es que leyendo en los anuarios de la Real Academia de Historia, me he encontrado un artículo muy singular que me ha traído a la memoria todo lo que hasta aquí he relatado.
En los albores del pasado siglo, el embajador de España en Washington se dirigió a la Real Academia de la Historia, trasladando una consulta que la Universidad de Yale le hacía.
Como todo el mundo sabe, Yale y Harvard son las más prestigiosas universidades norteamericanas y el hecho de que una universidad se dirija a uno de nuestros representantes diplomáticos ya es de por sí singular, pero en  este caso el asunto era aún mucho más impar.
Quería saber la universidad qué bandera se enarbolaba en la Plaza de Armas de Nueva Orleáns (Luisiana), en los últimos años de la dominación española. Era una curiosidad histórica que querían tener muy clara, porque a los norteamericanos les importa y mucho todo lo relacionado con las banderas que para ellos es el más fiel exponente de la Patria, aunque en este caso no fuera la suya.
No fue tarea fácil para la Real Academia el encontrar respuesta a la pregunta, pues las banderas y estandartes nacionales habían sufrido innumerables modificaciones desde el momento en que se perdió la Luisiana, pero con el afán que caracteriza a esta institución, se consultaron archivos, museos e inventarios, así como diversos tratados sobre banderas, pendones y estandartes, sin encontrar una respuesta fidedigna a la pregunta de Yale.
Se acudió entonces a las legislaciones, materia sumamente dispersa, pero entre ellas se encontró una disposición que venía al caso. Se trataba de la llamada Legislación de Guerra, de Marina y de Indias, en donde se encontró respuesta a la consulta, pues, ya avanzado el reinado de Carlos III, concretamente en 28 de mayo de 1785, y que decía que para evitar confusiones que a veces la bandera nacional que usan la Armada Naval y las demás embarcaciones españolas pueda ocasionar, cuando se observan a largas distancias o con vientos calmosos, confundiéndola con las de otras nacionalidades, su majestad resolvió que en adelante los buques de guerra usen una bandera dividida a lo largo en tres listas, de las que la alta y la baja sean encarnadas y la de en medio, de doble anchura, amarilla, colocándose sobre esta el escudo de armas reales, reducido a los cuarteles de Castilla y León y que las demás embarcaciones usen la misma pero sin escudo. No podrá usarse de otros pabellones en los Mares del Norte y en la América Septentrional, desde principios de año 1787.
Y se complementa diciendo que para que no haya diferencias entre los pabellones de mar y los de las costas, se unificará el uso de la bandera antes descrita.
Por tanto, la Real Academia de la Historia, no sin esfuerzo, fue capaz de dar respuesta a nuestro embajador, aclarando cuál era el pabellón que ondeó en Nueva Orleáns, en los últimos años de la dominación española.
Todos hemos visto infinidad de fotografías de los barcos de época que actualmente surcan el río Mississippi y cómo en ello se enarbola el pabellón español de ultramar, por eso nada tiene de extraño que quisieran saber más sobre las banderas españolas.
Los norteamericanos guardan esas tradiciones muy profundamente y son extremadamente respetuosos con cualquier insignia representativa de su país o de cualquier otro. En aquella ocasión querían conocer exactamente cual era la bandera española que ondeó en lo que hoy es su patria y no para vituperarla u ofenderla, sino para respetarla como respetan la suya propia, como respetan a los héroes extranjeros que a su lado combatieron contra los ingleses ayudándoles a alcanzar su independencia como país.
También hemos contemplado la estatua de Bernardo Gálvez, héroe de la toma de Penzacola a los ingleses que España regaló a los Estados Unidos y que fue entregada por nuestro rey en persona pudiéndose admirar hoy día en una plaza de Washington. (véase mi artículo El héroe de Macharaviaya http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/el-heroe-de-macharaviaya.html ).
Para un pueblo que apenas tiene historia, su Historia es valiosísima, para otros, cuya historia, por perderse en lo más profundo de los siglos, nos abruma, parece que nos avergüenza mostrar lo que a todos nos identifica: nuestra bandera.


Dibujo que acompañaba al informe de la Real Academia

sábado, 12 de abril de 2014

EL PRIMER DESNUDO DEL CINE





Por exigencias del guión. Esa era la frase que, hace ya unos años, justificaba que una actriz o un actor tuviera que aparecer desnudo en la pantalla.
Actualmente las cosas han cambiado y mucho. Ya el guión no lo exige, lo exige el público y los productores y directores están muy dispuestos a dar al público lo que pide, siempre que con eso se llenen las salas de cine y los periódicos ensalcen con sus criticas la película.
Basta que una actriz posea un bello rostro y un cuerpo bien torneado para que las productoras le oferten cantidades considerables para aparecer desnuda en la pantalla, sea cual sea el guión de la película que ya los escritores a sueldo sabrán buscar el momento oportuno para que la chica vaya a la ducha, interprete una tórrida escena de amor o simplemente sea espiada a través del ojo de una cerradura mientras se cambia de ropa.
El guión ya da igual porque nadie se pregunta qué necesidad tenían de mostrar desnuda a la actriz, sino todo lo contrario: ¿porqué nunca sale desnuda aquella otra?
En España vivimos un largo período de un cine que se llamaba “S”, ¿lo recuerda? Era un cine erótico, sin llegar a pornográfico o bien sicalíptico de baja intensidad, como diríamos ahora y por el que pasaron todas las actrices españolas de cuerpos deslumbrantes.
Sin lugar a dudas aquello fue un tremendo negocio, toda vez que desde años antes, muchos españoles eran capaces de ir a Francia gastándose un pastón, solamente para ver El último tango en París, película que no tenía más atractivo que ver desnuda a María Schneider y cómo Marlon Brando ponía de moda la mantequilla para otros usos que no los alimenticios.
El cine de destape fue un negocio para productores y exhibidores, pero los protagonistas no consiguieron nada más que sobrevivir durante algunos años.
Y es que el desnudo por el desnudo lleva a pocos sitios y la gente acaba por aburrirse de que no le cuenten verdaderas historias interesantes y que lo tomen por tonto, ofreciéndole solamente carne fresca, por muy apetitosa que ésta sea.
Muy pocas actrices consiguieron un lugar en el palmarés del celuloide sólo por exhibir sus cuerpos; yo diría que casi ninguna si exceptuamos a la tal Schneider o la Silvia Kristell de Enmanuel.
Pero eso ocurría en los años setenta, después de un período de puritanismo mundial ocurrido tras la Segunda Guerra.
Pero, ¿qué había ocurrido antes? Pues desde que se inventó el cine, siempre hubo producciones para la pública exhibición y otras para la proyección en privado. Películas pornográficas grabadas con muy escasos medios y con un plantel de damas y galanes muy al gusto de la época, para las sesiones privadas y películas musicales y con densos argumentos, guapos actores y bellas actrices para las salas comerciales.
Éstas últimas, paradigmas de la honestidad, del recato y de las buenas costumbre, sin embargo entre ellas se deslizó una cinta grabada en 1932 que es la que da título a este artículo.
La película se llamó “Éxtasis” y era de nacionalidad checa y protagonizada por una joven y bellísima actriz austriaca llamada entonces Hedwig Eva Maria Kiesler.

“Éxtasis” fue la primera película de la historia en la que durante más de diez minutos, se exhibió completamente desnuda una mujer.

Cartel de Éxtasis para la proyección americana años después de haberse rodado

¿Y quién era aquella chica joven que se atrevió a rodarla?
Hedwing Eva Maria Kiesler nació en Viena el 9 de noviembre de 1914, hija de un matrimonio judío de muy buena posición económica.
Desde pequeña destacó como una niña de inteligencia poco común que muy pronto sintió inclinación hacia el teatro, por eso, con apenas quince años ingresó en una escuela de arte dramático de Berlín para recibir clases del prestigioso profesor Reinhardt. Aparte de sus cualidades dramáticas, Hedwing era una joven bellísima, lo que hizo que el director de cine checo Gustav Machaty, se fijara en ella como protagonista de su película Ecstasy, en donde no solamente salió desnuda, sino que la cámara la enfocó directamente a la cara mientras fingía el primer orgasmo que se grabó en el cine.
En la época, las escenas resultaron escandalosas, pero a la vez, mostraban a una chica liberal y valiente que cautivaba el corazón de los hombres por su extraordinaria belleza.
Uno de los cautivados fue el multimillonario Friedrich Mandl, poderoso fabricante de armas muy próximo a los nazis y con los que realizó suculentos negocios. Este ricachón consiguió retirar de la circulación una gran parte de las cintas que se habían producido y también consiguió que los padres de la chica se la dieran en matrimonio.
En esa época Hedwing estudia ingeniería aeronáutica, aunque es posible que no concluyese sus estudios.
Pero el magnate era un hombre insoportable y Hedwing, después de soportar algunos años de convivencia en los que incluso la obligó a acostarse con sus clientes, se escapó de su lado, escondiéndose en París, desde donde consiguió el divorcio, el primero de su larga carrera de fracasos sentimentales.
Marchó luego a Londres en donde trabajaba como artista de teatro, hasta que conoció a Louis Mayer, fundador de la Metro Goldwing Mayer, que le ofreció trabajo en los estudios de Hollywood. Sin pensarlo dos veces, Hedwing viajó con él a los Estados Unidos a bordo del lujoso trasatlántico “Normandie”.
A lo largo del inicio de esta relación, Mayer la convenció para romper vínculos con su pasado y sobre todo con su famosa película y que para eso debería empezar por cambiarse el nombre, cosa que hizo por el de Hedy Lamarr con el que se convirtió en mundialmente famosa.
Los que ya somos creciditos la recordamos en sus películas como una mujer bellísima y enigmática, sobre todo junto a un también joven Víctor Mature en Sansón y Dalila.
Desde entonces, la Metro la convirtió en una glamorosa artista que hasta fue considerada la mujer más bella del mundo, sin embargo su carrera artística no acababa de despegar, ni siquiera cuando se levantó la prohibición para proyectar Extasis.
En una fiesta Hedy conoció al músico, pseudos científico y polifacético escritor George Antheil, estableciéndose entre ellos una estrecha amistad, pues Antheil había escrito un libro sobre endocrinología, ciencia en la que tenía muchos conocimientos para la época y Hedy quería aumentar el volumen de sus senos. En aquellos momentos, la técnica de los implantes no existía y el problema de Hedy no tenía solución, pero entre ellos encontraron muchos puntos en común, sobre todo por el afán desmedido de Antheil de aprender cosas y los conocimientos singulares de Hedy sobre aviación y armamentos.
La guerra mundial había comenzado y los torpedos dirigidos y las famosas V-2 que bombardeaban Londres, hacían estragos. Pero rápidamente se inventaron las ondas de interferencia que hacían desviarse los ingenios sin que alcanzaran el blanco.
Interferir era muy sencillo y de un resultado espectacular.
Con los conocimientos armamentísticos de Hedy y la capacidad de sincronización que para la música había empleado Antheil, un día, mientras él tocaba el piano y ella sentada a su lado lo escuchaba, se le ocurrió una idea para evitar la interferencia que no era otra cosa que cambiar secuencialmente de frecuencia, lo mismo que las notas del piano cambian y así idearon un sistema para las armas teledirigidas, mediante señales de radio sincronizadas en distintas longitudes de onda.
Lo difícil era sincronizar las frecuencias entre el emisor de las ondas y el receptor y Antheil propuso usar la cinta perforada, la misma que se empleaba en las pianolas de la época y como el piano tiene ochenta y ocho notas, idearon un artilugio capaz de producir el mismo número de frecuencias.
En 1940 enviaron su invento al Consejo Nacional de Inventores y después de algunas modificaciones para perfeccionarlo, en el año 1942 se le concedió la patente 2.292.387y puesto en funcionamiento por el departamento de Estado con un éxito importante, sin embargo la Marina de los Estados Unidos decidió que el sistema era muy engorroso y poco a poco se fue olvidando.
Planos que se adjuntaron a la patente

No obstante, el germen del invento: las comunicaciones con saltos aleatorios de frecuencia que se conocen con el nombre de Espectro Esparcido, es una tecnología que actualmente se utiliza, tanto en medios militares como civiles, usando microprocesadores que controlan los saltos de frecuencia, origen de la tecnología WI-FI.
Entre 1995 y 1997 en Estados Unidos se patentaron 1.203 ideas sobre el invento de Hedy Lamarr.
Hedy Lamarr terminó su vida en el año 2000, pobre, abandonada, completamente olvidada del gran público, sin haber llegado a triunfar plenamente en el cine y fracasando estrepitosamente a lo largo de seis matrimonio, pero en 1998 la Electronic Frontier Fundatión, le concedió el Premio Pionero por su invento, imprescindible en el desarrollo moderno de las comunicaciones.

Antheil ya había fallecido y Hedy no pudo recoger el premio por su deteriorada salud, pero aunque tarde, le llegó un reconocimiento como mujer inventora que le asegurará un sitio en la historia que ni siquiera habría logrado por ser la primera mujer que se desnudó para el cine.

sábado, 5 de abril de 2014

OTRA HISTORIA DE REYES





Reconozco que últimamente estoy escribiendo mucho sobre reyes españoles, aunque no es mi intención relatar nada de lo que podamos leer en los libros de historia, sino aquellas anécdotas que los hayan singularizado, pero casi siempre caigo en la tentación de deslizar, a lo largo del artículo, algo que va más allá de la historieta que vaya a contar.
Trataré de que con este artículo no me ocurra lo de siempre y empecemos ya.
Suele ser un juicio muy común el afirmar que la monarquía en España ha sido siempre de muy baja calidad. Y si eso pudiera ser verdad con los Borbones y con algunos de los Austrias, nombre con el que se conoce a lo que en realidad era la casa de Habsburgo, no es del todo cierto porque, aunque excepcionalmente, España ha tenido grandes monarcas, si bien es verdad que antes de terminar la Reconquista y también muy al principio de ser otra vez una España unificada.
Sin ir mas lejos y para ceñirnos al mismo contexto, cuando ya España está regida por una sola corona, grandes monarcas alumbraron nuestra historia. Los Reyes Católicos, a los que consideraremos como uno solo, pues todavía eran dos coronas, Carlos I y Felipe II, fueron grandes monarcas, al menos monarcas dedicados a su labor en cuerpo y alma, cosa que no se puede decir de la mayoría de los que les sucedieron.
Cuentan los cronistas que Felipe II leía personalmente todos los informes que le llegaban y con anotaciones al margen de su puño y letra, los devolvía a sus secretarios para que les dieran el trámite adecuado. También cuentan que recibía a todo el que solicitaba audiencia y que escuchaba los problemas de sus súbditos y trataba de darles solución. Fue un rey que jamás hizo dejación de ninguna de sus funciones y según se sabe ni eran tan religioso como dicen, ni tan mustio como le ha presentado su leyenda negra.
Junto con su padre, el emperador Carlos, forman el dueto llamado de los Austrias Mayores, pero con su hijo se inicia la trilogía de los también llamados Austrias Menores.
Y es que ya lo dijo el propio Felipe II: Dios que me ha dado un imperio, no me ha dado un hijo para gobernarlo.
¡Y qué razón tenía!
Su primer heredero de la corona imperial española fue el infante Carlos, nacido de su primer matrimonio con su prima María Manuela de Portugal, nombrado Príncipe de Asturias, murió a los veintitrés años cuando había sido recluido por su propio padre al considerarlo una persona inestable y peligrosa. De salud enfermiza, padecía hidrocefalia, aparte de que no debía tener las neuronas bien conectadas.
Al quedar viudo, Felipe volvió a casarse, esta vez con su tía segunda, María Tudor, reina de Inglaterra, con la que no tuvo hijos. Volvió a casarse en terceras nupcias con Isabel de Valois, con la que tuvo dos hijas y se casó, por cuarta vez, con una prima segunda, Ana de Austria con la que tuvo cuatro hijos varones y una hembra.
El último de los cuatro varones, Felipe, fue el único que le sobrevivió, reinando con el nombre de Felipe III.
Éste era al que consideraba su padre como incapaz de gobernar el inmenso imperio que iba a legarle, aunque el padre hizo todo lo posible por inculcar en su hijo unos buenos principios, disciplina, orden laboriosidad, implicación en los problemas de estado…, no consiguió del príncipe que se interesara por nada que no fuera la caza o la comida.
Desde infante, encargó su educación a don García de Loaysa, la cual se veía constantemente interrumpida por las continuas enfermedades que el enclenque príncipe padecía.
Aunque su preceptor perseveraba en la instrucción del infante, éste, si no era con regalos, golosinas u otras promesas a su gusto, era incapaz de esforzarse en lo más mínimo, lo que desesperaba a su padre que veía que el niño no tenía voluntad nada más que para comer y aunque su padre lo trataba con sumo cariño, queriendo inculcarle cuales serían sus obligaciones, obligándole incluso a asistir a los Consejos de Estado, el infante procuraba marcharse tan pronto como podía y de inmediato se pasaba por las cocinas.


Retrato de Felipe III

En fin, que era una persona indolente, ociosa e indiferente a todo, con una única virtud: la obediencia.
Sin embargo el príncipe fue descrito por algunos embajadores como amante de las ciencias, sobre todo las matemáticas y fluido políglota que dominaba varios idiomas.
Es más que posible que la fuerte personalidad de su padre, su entrega al trabajo, su afán de ser justo y su laboriosidad, influyeran en el hijo que, viendo de cerca las grandes condiciones humanas y morales de su padre, se dejara llevar por este en todo, considerando que era mucho más fácil hacer lo que su padre decía que dedicar el tiempo a tomar una determinación.
Y llegó hasta tal punto la desidia de este joven príncipe que hasta a la hora de buscarle esposa su indecisión fue proverbial.
Todas las casas reales europeas estaban ligadas por vínculos de matrimonio y era muy conveniente encontrar para el príncipe una esposa adecuada, la que se creyó encontrar entre una de las cuatro hijas en edad casadera que formaban parte de los quince hijos que había dejado al fallecer el Archiduque de Austria, Carlos de Estiria, primo hermano de Felipe II, e hijo del emperador del Sacro Imperio, Fernando I (hermano de Carlos V).
Las infantas eran las llamadas Catalina, Gregoria, Leonor y Margarita. Los embajadores desplazados a Austria, descartaron a la infanta Leonor por su mala salud, por lo que quedaron las otras tres como candidatas.
Como es natural, en Austria la noticia de que el heredero de la corona española, la más importante del mundo pudiera estar interesado en una de las tres infantas, cayó como venida del cielo y de inmediato se contrató a un pintor para que hiciera el retrato de las tres y enviarlo a Madrid.
Para identificar a cada infanta, el artista pintó una especie de joya con la inicial de sus nombres en un prendedor del cabello.
Una vez los cuadros en Madrid, el rey le dice a su hijo que escoja la que más se ajuste a sus gustos personales, a lo que el príncipe le respondió que esa era una cuestión de estado y que por tanto dejaba el asunto en manos del rey.
Trató el rey de convencerlo de que hiciera una elección a su gusto, indicándole que él quedaba muy satisfecho con la prueba de sumisión y obediencia que el príncipe había demostrado, pero que la elección debía ser suya, pues con la elegida habría de pasar el resto de su vida: Con la cuchara que tu escojas es con la que has de comer, que le habría dicho mi abuelo.
Se decidió entonces que el príncipe se llevaría los cuadros a sus aposentos y haría una meditada elección, y aunque quiso resistirse, volviendo a insistir en que su padre eligiera, al final el rey se salió con la suya, exasperado por la escasa voluntad que para todo mostraba su heredero.
Apesadumbrado, el heredero estaba hecho un mar de confusión, cuando su hermana Isabel Clara Eugenia tuvo una feliz idea. Colocó los cuadros en orden aleatorio cara a la pared y echaron a suertes la elección.
Salió elegida la infanta que presentaba una M en el prendedor, pero entonces el príncipe pensó que el procedimiento no era ni justo ni serio, por lo que comunicó a su padre que elegía a la mayor de las tres. Esta era la infanta Catalina, por lo que se cursó a la corte austriaca la petición de mano, con la mala fortuna de que al llegar la petición, la infanta había fallecido, posiblemente de una gripe.
La siguiente petición fue a la siguiente en el escalafón, la infanta Gregoria, la cual murió de unas fiebres, por lo que quedaba solamente la que el azar había elegido en primer lugar.
Todo este complicado proceso de selección duró casi dos años y cuando, por fin, se resolvió, la infanta Margarita que tenía en ese momento unos catorce años, se echó a llorar, manifestando que no quería separarse de su familia.
En el entre acto, Felipe II muere y su hijo se convierte en rey, al que razones de estado le impiden desplazarse a realizar el matrimonio.
Y con semejante grado de indecisión, de desidia y dejadez, se ciñó la corona del imperio más poderoso de cuantos habían existido hasta ese momento. Y así nos empezó a ir.
Como la boda la iba a celebrar el Papa y el rey no podía, o no le apetecía desplazarse hasta Italia, se casaron por poderes y para la que fue necesario una dispensa papal, pues eran primos. La boda se celebró en la ciudad de Ferrara en el año 1598.
En el mismo acto, también contrajeron matrimonio por poderes el Archiduque Alberto de Austria e Isabel Clara Eugenia, hermanastra de Felipe III y prima hermana del Archiduque.
Se da la circunstancia de que el archiduque era arzobispo y renunció a su dignidad eclesiástica para contraer matrimonio.
Sobre este matrimonio el escritor Carlos Fisas cuenta una divertida anécdota.
Ni Felipe III ni su hermanastra Isabel Clara Eugenia estuvieron presentes en sus matrimonio, que se celebraron por poderes.
Felipe III otorgó dichos poderes al archiduque Alberto, que además de representarle en la boda con Margarita, iba a casarse con su hermanastra y ésta se los otorgó a don Antonio Fernández de Córdoba, duque de Sessa y descendiente de El Gran Capitán, el cual, llegada la hora de ejercer su representación, se colocó junto al archiduque Alberto y en el momento culmen de la celebración, tomándose de las manos, pronunciaron el protocolario: Sí, quiero.
¡Habría que haber estado allí para verlo!


No ere muy guapa la reina Margarita


Es cierto que después de aquella boda por poderes, Felipe y Margarita volvieron a casarse, ya en presencia, el día 18 de abril de 1599, en la catedral de la ciudad de Valencia.