viernes, 13 de enero de 2017

"FURIOSO"




Hace ya unas semanas que venía preparando un artículo sobre un personaje de la historia, un italiano, casi completamente desconocido, que jugó un papel importante en la independencia de los Estados Unidos. Posteriormente, el periódico La Razón, publicó un artículo sobre ese mismo personaje lo que me hizo plantearme que ya no debería escribir aquella historia; pero repasando los datos que había acumulado, comprendí que podría darle un tinte diferente y eso me animó a seguir con mi idea.
Entre los años 1774 y 1776, el Boletín Oficial de Virginia publicó varios artículos que iban dirigidos contra el dominio británico en las colonias de América.
Aquellos artículos estaban firmados con un pseudónimo: “Furioso”, una especie de “indignado” de hace más de dos siglos.
Muy pocas personas sabían quien era aquel personaje que se escondía tras un nombre tan llamativo como agresivo, pero entre ese escaso círculo se encontraba Thomas Jefferson, el redactor e inspirador de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y considerado uno de los padres fundadores de la nación, una lista ciertamente larga, pero en la que Jefferson ocupaba un lugar preeminente.
Años más tarde, Jefferson, fue elegido tercer presidente de los Estados Unidos y durante su mandato se gestó la guerra contra Gran Bretaña de 1812, aprovechando, hábilmente, que el Reino Unido tenía que hacer un gran esfuerzo para detener a Napoleón, que se estaba adueñando de toda Europa.
Jefferson sabía quien se escondía tras aquel pseudónimo, es más, era un buen amigo suyo y él mismo, traducía al inglés los artículos, inicialmente escritos en italiano y en los que se decían cosas como que todos los hombres eran, por naturaleza, igualmente libres e independientes.

Oleo de la Declaración de Independencia, con Jefferson en el centro

Aquel pensamiento se plasmó en el Acta de Declaración de Independencia que se firmó en Filadelfia el cuatro de julio de 1776 y que dice: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad…”
Jefferson, John Adams o Benjamin Franklin, considerados los padres de aquella Declaración, no tuvieron inconveniente alguno en suscribir el pensamiento de un italiano.
Es de todos conocido que América debe, a personajes italianos, desde su descubrimiento, hasta su propio nombre, pero que en la redacción del Acta fundacional de los Estados Unidos, hubiera influido otro italiano que, además, resulta totalmente desconocido, ya es más extraño.
¿Quién era este personaje y qué hacía en Virginia?
Hay que ahondar un poco en la historia y en archivos para conocer que se llamaba Filippo Mazzei y que había nacido el veinticinco de diciembre de 1730 en La Toscana, hijo de un matrimonio de terratenientes acomodados, lo que le permitió una exquisita educación que completó con estudios de medicina en Florencia.
Acabada la carrera, trabajó como médico en diversas ciudades italianas, trasladándose después a Turquía, donde ejerció en Esmirna y Constantinopla.
Quizás desencantado de la medicina que, en aquella época, bien poco conseguía en su lucha contra las enfermedades, con menos de treinta años, se trasladó a Inglaterra, con la intención de introducir en aquel país los productos que su familia producía en Toscana: vino, quesos, aceite de oliva.
Seguramente apadrinado por el VIII Gran Duque de Toscana, Francisco de Lorena, llegó a crear una sociedad exportadora que muy pronto amplió sus horizontes con toda clase de productos innovadores que por el mundo se iban inventando. En esa actividad, se desplazó a los Colonias americanas con el fin de investigar sobre unas estufas, invención del sabio americano Benjamín Franklin, que estaban causando revuelo.
Eran las actualmente conocidas como “Estufas Salamandra”, el primer sistema moderno de calefacción que aprovecha el calor muchísimo más que el hogar, o chimenea tradicional.
En las Colonias, Mazzei compró diez estufas que trasladó a Inglaterra y en donde fueron un éxito rotundo por lo económicas que resultaban, a la vez que proporcionaban un enorme confort en los hogares.
Pero aquel viaje a las tierras americanas tuvo otra consecuencia añadida, además de iniciar la importación de las estufas y es que le permitió conocer, no solamente a Franklin, un científico e inventor de talla mundial, sino a muchos otros personajes importantes del momento como Adams o Jefferson, los cuales, apreciando el talento del joven italiano, así como las enormes inquietudes que poseía, le convencieron para crear una nueva empresa, esta vez colonial, para fomentar la vid, el olivo, la fruta mediterránea, la producción de quesos y, sobre todo, la introducción del gusano de seda, que en Europa estaba haciendo furor.
Quien desee profundizar sobre la cría del gusano de seda, puede consultar mi artículo sobre el tema en este enlace:
Fue Jefferson quien convenció a Mazzei para que comprara unos terrenos adyacentes a la finca de su propiedad, que se llamaba Monticello. Nació así una amistad que perduró más de cuarenta años.
Puso a su nueva finca el nombre de “Colle” –La Colina- y en ella vivió con su familia y algunos amigos italianos, a los que se trajo para que colaboraran en las tareas de implantación de los nuevos productos. Entre estos se encontraba su paisano Carlo Bellini, hombre de ideas liberales que tuvo que exilarse de La Toscana, viviendo en París y Londres, donde ambos se conocieron.
Otra de las innovaciones que Mazzei introdujo en las Américas, fue la figura del sastre, tal como ya se conocía en Londres, donde la profesión gozaba de un gran predicamento, aunque todavía eran más las mujeres que los hombres, las que se dedicaban a la labor.
No dudó Mazzei en intervenir con las armas, frente a las tropas británicas que trataban de sofocar la revolución de las colonias, aunque hacia 1778, su amigo Jefferson y los otros padres de la patria, decidieron que Filippo sería mucho más útil como “embajador” del nuevo estado de Virginia ante Europa, a donde fue enviado con el fin de conseguir financiación para la guerra, que se preveía larga y costosa.
Tras muchas vicisitudes, entre las que fue secuestrado en alta mar por piratas, Filippo consiguió llegar hasta Irlanda, desde donde escapó a Francia y posteriormente llegó a La Toscana, en donde solicitó la ayuda del Gran Duque para comprar bienes y armas, a la vez que daba a conocer la situación en el nuevo continente.
En 1783, Mazzei volvió a Virginia, en donde permaneció dos años, regresando a Europa para no volver. Pero dejó allí a su familia y en 1788 falleció su esposa, Mary Marti, que fue enterrada en el camposanto de la finca de Jefferson.
Desde Italia, siguió trabajando para la causa americana y ya contrataba arquitectos para construir edificios en la nueva capital de los Estados, Washington, como enviaba artesanos especializados en materias que en el nuevo país interesaban.
En 1788 hizo su gran contribución a la causa americana publicando un tratado sobre la historia y la política en los Estados Unidos de América del Norte, en el que describe concienzudamente desde el germen de la revolución, hasta la independencia de las primeras trece colonias y el desarrollo del gobierno de lo que empezaba a ser una nación.
Aquel libro, de cuatro tomos, se hizo muy popular en Europa y muchos dignatarios quisieron conocer a su autor, entre ellos el rey Estanislao de Polonia, país en el que estuvo algún tiempo como amigo y consejero del rey, ayudando a redactar su constitución.
En 1792 regresó a Pisa y se casó nuevamente, llegando con más de sesenta años a tener una hija, Elizabetta. En la bella ciudad italiana, Filipp olvidó su vida pasada y adoptó una forma de pasar el tiempo, más acorde con su ya avanzada edad. En aquel tiempo se dedicaba a cultivar su huerto, siendo conocido desde entonces como “Pippo el Hortelano”.
Murió en 1816, sin que volviera a sus queridas colonias americanas, cuando contaba ochenta y seis años.
Varios presidentes norteamericanos han señalado y recordado la contribución de Mazzei a la formación de los Estados Unidos, entre ellos Franklin Delano Roosevelt y más recientemente John F. Kennedy, en su libro Una nación de inmigrantes.
Quizás, de la lectura de este artículo, se pueda pensar que el tema no es de excepción; que la contribución de aquel italiano, a la carta fundacional de los Estados Unidos, no es cosa de importancia y que esa carta contiene muchísimas otras declaraciones que empañan las aportadas por Mazzei. Es cierto, pero hay que pensar en el lugar y en el momento y ahí es cuando se produce la tremenda novedad: una persona que habla de que un pueblo tiene derecho a la libertad, porque todos hemos nacidos iguales, pero es que además, todos tenemos derecho a ser felices, lo que entraña no insignificante reto.

Creo no haber seguido la línea del periódico que arriba mencionaba, nada más que en los hechos trascendentales y contrastados y haber introducido vértices nuevos en la apasionante vida de este librepensador, norteamericano de adopción, pero italiano de nacimiento.

viernes, 6 de enero de 2017

LA INCÓGNITA GULLIVER




Casi todos los jóvenes de mi edad, que hacíamos aquel bachillerato largo, monótono, con dos reválidas y unos libros de texto que no tenían ni un solo dibujo, estábamos obligados a estudiar si queríamos pasar de curso. Había que aprenderse desde la primera página hasta la última de cada texto y demostrar que lo sabías en un día de verdadera maratón, en el que nos examinaban, por escrito, de todas las asignaturas del curso.
Ya lo he comentado en otras ocasiones y siempre he mantenido que ni para mi, ni para mis compañeros, supuso un trauma esta manera de estudiar. Teníamos clases mañana y tarde de lunes a sábado y algunos años después, empezamos a librar los sábados por la tarde.
Y nos daba tiempo a todo, incluso a jugar y leer, porque ambas cosas eran una distracción.
Cierto que en la escuela nos obligaban a leer y resumir algunos libros, casi siempre calificados de “peñazos”, pero nos tomábamos la revancha leyendo a Mark Twain, Julio Verne, Emilio Salgari, Walter Scott, Jonathan Swift…
Precisamente de este último es de quien quería escribir; de su obra más conocida, aquella que leímos como si de un cuento se tratara y que nos apasionó sobremanera: Viajes de Gulliver.

Portada de la primera edición de los Viajes de Gulliver

Reconozco que me gustaron más los dos primeros viajes, en los que Gulliver llega a Liliput, la tierra de los pequeñitos y de inmediato se convierte en un héroe y luego a la tierra de gigantes en la que el pequeñito es él. No me arrastraron tanto los otros dos viajes, aunque en el tercero suceden cosas tan extrañas como las que se relatan más adelante.
Aun así, todo el libro, aquella apasionante novela, me cautivó y la leí con avidez y con el mismo afán la volví a leer, tiempo después.
Pero siempre leí un libro de aventuras; nunca me planteé que detrás de todas aquellos formidables y fantásticos acontecimientos, se encerrara algo más que un libro de entretenimiento.
Han tenido que pasar años para comprender que, más allá de la diversión que suponía la lectura de tan fascinante novela, el autor quería decir algo sobre la sociedad de su época.
Jonathan Swift nació en Dublín en 1667, cuando su padre ya había fallecido, por lo que fue criado y educado por un tío y en la más absoluta pobreza. Pero destacaba en los estudios y adquirió una educación superior a la media de su época, lo que le permitió, siendo muy joven, entrar de secretario en una importante familia, uno de cuyos miembros era un político inglés.
Viendo que carecía de futuro en aquella profesión, la abandonó para entrar en la iglesia, en donde se ordenó sacerdote.
Durante toda su vida fue un amante de la escritura y tanto en prosa como en verso, escribió varias obras, una de las cuales “Cadenus y Vanessa”, presentan una singularidad que es necesario resaltar. “Cadenus” es “decanus”, el puesto que él tenía en la catedral de San Patricio, en Dublín, en otro orden de sílabas y “Vanessa” es un nombre de mujer que él inventó con las primeras sílabas del nombre y apellidos de una dama a la que, secretamente, amaba. Antes de la publicación de esta obra, no se tiene noticias de la existencia del nombre de “Vanessa”, por lo que se considera una invención suya.

Retrato de Jonathan Swift

Su obra cumbre, fue, sin duda, Viajes de Gulliver, que según los estudiosos, los críticos literarios, los hombres de letras, en general, suponen una visión satírica de los diferentes gobiernos de los países europeos, profundiza sobre la corrupción, a la vez que va describiendo las desgracias por las que pasa el personaje, cada una de ellas más dramática y perversa que la anterior. Por otro lado, la actitud de Gulliver ante la vida se va endureciendo conforme el destino no deja de depararle calamidades. A lo largo de la novela, el protagonista va relatando sus vicisitudes: primero es grande, luego pequeño, luego sabio en un país de ignorante y por último ignorante en un país de sabios.
Es ciertamente un coctel inquietante y sugestivo que impulsa a leer sin parar, aunque lo más curioso es que quien quiera ver en el libro una novela de aventuras marítimas, pues todas las controversias ocurren en viajes por mar, no tiene obstáculo alguno para hacerlo, pero el que quiera ver la faz crítica que los eruditos han advertido, es también muy libre de hacerlo.
Yo, sinceramente, pienso que la novela merece la pena leerla simplemente por lo divertida que resulta y que, además, se sacan conclusiones interesantes, acerca del comportamiento humano.
Por si esas razones fuesen poco, a largo de sus páginas aparece un relato tan sorprendente, que por sí mismo ya merece que tomemos en serio a Jonathan Swift y leerlo.
El padre Swift, además de su faceta crítica y aventurera, se revela en esta obra como un verdadero adivinador, una especie de Verne que anticipa en su libro datos que es imposible que pudiera conocer.
Todo comienza cuando en el tercer viaje, unos piratas lo abandonan en un pequeño bote y pocas provisiones. Con alguna dificultad se dirige a unas islas que ve a lo lejos. Recorre un pequeño archipiélago y cuando se encuentra en la quinta isla, observa que a unas dos millas de altura se desplaza un gran objeto que se interpone entre el Sol y él.
Lo describe como un enorme cuerpo opaco que lo dejó en sombra durante seis o siete minutos y que tenía el fondo plano, liso y muy brillante, en el que se reverberaba el mar. Entonces el protagonista se sube a una colina y ve como el objeto, aquella especie de isla flotante comienza a bajar y se coloca a su altura y a una milla de distancia. Sacando su catalejo, observó que encima de aquel objeto había personas moviéndose.
Después de intentar comunicarse con aquellos seres que pululaban por el extraño objeto, de éste descendió una cadena con un asiento en el que lo izaron hasta la isla flotante.
A continuación describe las extrañas costumbres de aquellas gentes que tienen unos sirvientes que los van despabilando constantemente, porque sus cerebros tienden a ensimismarse. En los capítulos siguientes describe la angustia de aquellas gentes que temen constantemente que el Sol se extinga o que la Tierra choque con algún cometa y luego describe la “isla flotante” que se llama Lupata y que depende de un “imán de prodigiosa magnitud” gracias al cual “la isla se remonta, desciende o se mueve a voluntad” y que está a cargo de ciertos astrónomos que le imprimen la dirección que el monarca de la isla desea.
“Estos astrónomos están muy avanzados y con unos telescopios pequeños, pero de una gran potencia, han realizado un catálogo de diez mil estrellas y han descubierto “dos astros menores, o satélites que giran en torno a Marte”, el primero de los cuales está a una distancia de tres diámetros del planeta y el segundo a cinco diámetros.
El fantástico Gulliver describe las órbitas de ambos satélites y concluye que está regido por la misma ley gravitacional que los demás astros.
¿Cómo es posible que antes de 1727, cuando se publicó el libro, Jonathan Swift supiera que Marte tenía dos satélites y que eran de pequeño tamaño, cuando estos no se descubrieron hasta 1877?
Efectivamente, el dieciocho de agosto de 1877, el astrónomo estadounidense Asaph Hall, descubrió dos pequeños satélites girando alrededor del planeta rojo, a los que llamó Fobos (miedo) y Deimos (terror), nombres de los dos hijos del dios Marte, que siempre le acompañaban.
¿Premonición?, ¿profecía?, ¿casualidad? ó simplemente conocimiento. No se sabe, lo cierto es que ciento cincuenta años antes de su descubrimiento, este genial escritor nos adelantó datos que con el tiempo se demuestran totalmente ciertos.
Y lo que es mas sorprendente, si cabe, es que al hablar de las órbitas dice que una está a tres diámetros y la otra a cinco; la moderna astronomía ha demostrado que el menor de los satélites, Fobos, se encuentra actualmente algo más cerca de los tres diámetros, pero también se ha comprobado que su órbita se va cerrando y acercando a Marte, sobre en el que terminará cayendo, mientras el segundo, Deimos, se encuentra actualmente a algo más de la distancia que el autor relataba, pero también se ha comprobado que su órbita se va alejando del planeta y que terminará escapando de su atracción.
Todo esto en una novela fácil de leer y sumamente entretenida, de unas doscientas cincuenta páginas, a través de las cuales el autor no va a dejar de sorprendernos con aventuras cada vez más desafortunadas que deberían haber llevado a Gulliver al extremo de la cordura.
No sorprende, por eso mismo, saber que Jonathan Swift acabó sus días completamente loco, sin ser capaz de relacionarse con nada de su entorno y llevándose su secreto.

Toda la fortuna que dejó, que fue considerable, se dedicó a la construcción de un hospital psiquiátrico.

viernes, 30 de diciembre de 2016

DOS VECES REINA





Pocas veces se ha dado en la historia que una mujer llegue a ser reina de dos países distintos por matrimonio con sus dos respectivos reyes. Y más extraño aún en el caso de que los dos reinos sean enemigos inveterados.
No estoy seguro, pero me parece que la única mujer que lo ha conseguido, ha sido Leonor de Aquitania, una dama excepcional en todo, tanto en inteligencia como en belleza, que vino al mundo predestinada a grandes logros.
Nació Leonor en 1122, en la ciudad de Poitiers, en el centro de Francia, una zona comercial de primer orden y encrucijada de caminos. Allí mismo, varios siglos antes, el caudillo franco, Carlos Martel, detuvo a los invasores árabes de Al-Andalus que, escarmentados, fijaron su frontera en los Pirineos y no volvieron a intentar la aventura francesa.
Hija de Guillermo y Leonor, su padre era el X Duque de Aquitania, título que heredaría ella por la prematura muerte de su hermano Guillermo.
En 1137, fallece su padre mientras peregrinaba a Santiago de Compostela, por lo que Leonor hereda el ducado que en ese momento se extendía desde los Pirineos hasta el río Loira y que resultaba ser más extenso que los propios dominios del rey de Francia.
Aquella sucesión de desgracias convierten a Leonor en una codiciada esposa para cualquier noble de Europa, incluso para el delfín francés, Luís, con el que se casa a la edad de quince años. Poco tiempo después, fallece el rey de Francia y su esposo es coronado con el nombre de Luís VII.
A pesar de su corta edad, Leonor era una mujer muy instruida: amaba profundamente las artes y sentía pasión por poetas y trovadores. Hablaba latín, francés, español y algo de inglés y encargó a sus poetas protegidos que recopilasen todas las tradiciones medievales y celtas, con el fin de que no se perdieran en el olvido.
Es gracias a ella que conocemos leyendas como las del Rey Arturo y la corte de Camelot, así como innumerables tradiciones occitanas.

Hasta en su tumba se la representa con un libro

Su matrimonio no fue bien desde el principio dada la diferencia de carácter, pues Luís era un hombre excesivamente piadoso que había sido educado para la iglesia y al que la muerte de su hermano mayor, sentó en el trono; no era hombre de enredarse en aventuras de alcobas con otras damas, costumbre muy frecuente entre las altas clases sociales. Sin embargo Leonor era de carácter ardiente y apasionado.
A los ocho años de matrimonio nació su primera hija, a la que pusieron de nombre María y que sería la futura condesa de Champaña.
En 1147, el matrimonio marcha a la Segunda Cruzada, empeñada Leonor en acompañar a su marido, cosa completamente inusual en la esposa de un rey, pero tozuda como era, terminó camino de Jerusalén.
En el viaje pasaron por el Principado de Antioquía, en la actual Turquía asiática y casi en la frontera con Siria, donde un tío de Leonor, Raimundo de Tolosa, era el príncipe.
Graves diferencias entre las estrategias para la conquista de Tierra Santa, surgidas entre los esposos y el persistente rumor de que Leonor tiene un romance de cama con su tío, enfurecen a Luís VII, que llega incluso a maltratar físicamente a su esposa, la cual termina abandonándolo y volviéndose para Francia.
En su viaje de regreso propicia una reunión con el papa, Eugenio III, al que le dice que quiere repudiar a su esposo y que su matrimonio había sido ilegal, pues eran parientes en cuarto grado y por tanto la unión podría ser incestuosa.
La noticia del repudio al rey causa un tremendo alboroto y escandaliza al papa que media para que haya una reconciliación, cosa que se produce y fruto de la cual nace una segunda niña.

Boda de Leonor y Luís VII

Pero Leonor ya no soporta a su esposo y comienza una larga carrera de infidelidades, entre las que se incluye la de un esclavo negro, de enorme porte, que parece hacer las delicias de la reina y que consigue llevar al rey a iniciar el trámite del repudio.
Leonor es joven todavía; tiene veintinueve años y dos hijas, pero, sobre todo, es inmensamente rica y la mujer más poderosa de Francia. Controla un territorio de un cuarto de millón de kilómetros cuadrados, más que el propio rey y sigue siendo una mujer de gran belleza que conserva un cuerpo escultural a pesar de sus dos embarazos.
Pero no era conveniente en aquella época que la mujer permaneciese soltera, así que comenzó a buscar un nuevo marido con el que fortalecer su patrimonio.
En sus indagaciones acerca del partido que más le interesase, encuentra al que va a ser su candidato que no es otro que el príncipe de Inglaterra, Enrique Plantagenet, once años más joven, aunque, ciertamente, ella no aparentaba su edad.
Sabe que entre los dos hay muchos gustos comunes, y sin pensarlo, le escribe una carta de amor que sorprende al príncipe, no tanto por la osadía, sino por las afinidades que descubre en el alma de aquella mujer.
También sin pensarlo, se presenta ante ella y los dos se enamoran completamente identificados el uno en el otro. En dos meses se casan y aquella mujer que había tenido cierto halo de infertilidad y que no había dado heredero varón al trono de Francia, empieza a parir hijos: cinco varones y tres hembras.
Dos años después de la boda, Enrique hereda la corona de Inglaterra y numerosas tierras en Francia y pasa a reinar con el nombre de Enrique II.
Sus posesiones francesas y las de su esposa le hacen poderoso, tanto en su país, como en el extranjero, pero Enrique tiene graves problemas, sobre todo derivados de las relaciones estado-iglesia que personaliza su antiguo amigo y ahora frontalmente encontrados, Tomás Becket, el arzobispo de Canterbury. En su hogar encuentra cada vez menos relajación y comienza una serie de aventuras de camas con varias cortesanas flotantes y con una, Rosamunda, de manera más fija, por lo que Leonor decide tomar la iniciativa.
He dejado para este punto, mencionar quienes fueron los hijos habidos en ese matrimonio, entre los que se encontraban dos de los más famosos reyes de Inglaterra. El primogénito fue Guillermo que falleció a los tres años y al que siguió Enrique, también malogrado y luego nacieron: Ricardo, apodado Corazón de León y Juan, llamado Sin Tierra, por la exigua herencia que recibió de su padre, el más joven y delicado de los hijos varones, que más tarde, sucedió a Ricardo I en el trono de Inglaterra.
 Con tan poderosos hijos, Leonor decide hacer frente a su esposo y confabularse contra él, pero el rey, advertido de las maniobras de su esposa, que quiere destronarlo, se hace fuerte y consigue vencer a las tropas que contra él levanta su hijo Ricardo.
En un arranque de magnanimidad, perdona a su hijos, pero sabiendo que todo el complot lo ha dirigido Leonor, la destierra al castillo de Chinon, en donde vive rodeada de músicos, poetas, juglares, trovadores y artistas en general, así como alguna de hijas, sobre todo la mayor, María, considerada como la primera poetisa francesa. De esa época nace un importante resurgir cultural y amor por las leyendas y tradiciones arcaicas al tiempo que redactan una especie de código cortesano, un compendio de normas y reglas galantes y de cortejo que pronto se hizo famoso en todas las cortes de Europa.
Allí estuvo recluida hasta la muerte de su esposo, cuando consigue que su hijo, Ricardo, acceda al trono, contra la designación de su padre que había nombrado a Juan heredero del reino.
Ella tiene sesenta y siete años, pero sigue manteniendo una presencia magnífica y lo que era más difícil en aquella época: conservaba todos los dientes, perfectamente alineados y blancos, como su cabello.
Ricardo era su hijo preferido y en el había visto señales de que muy bien pudiera conjugar la pluma y la espada.
Pluma, lo que se dice pluma, desde luego tenía, pues aunque no se ha resaltado en la historia, quizás por no derribar el mito de rey guerrero y aguerrido con el que es conocido, se sabe que marchó a la Tercera Cruzada, en compañía de un antiguo amante, nada menos que Felipe II de Francia y dicen que en Tierra Santa, conoció a Saladino, de quien se enamoró perdidamente, aunque no se sabe si llegó a ser una relación consumada.
Leonor, que sabía de la debilidad de su hijo, intuía que éste no le daría un heredero para el trono de Inglaterra, por lo que incluso llegó a casarlo con Berenguela de Navarra, una bella y joven princesa, hija del rey de Navarra Sancho VI, pero aquel matrimonio fue una pantomima.
De los diez años que Ricardo -¿Corazón de León o de Pantera?- reinó, solo estuvo seis meses en Inglaterra. El resto del tiempo se lo pasó de cruzadas y otras escaramuzas. Mientras, su madre, la doble reina, ejercía la regencia.
A la muerte de Ricardo, sin descendencia, le sucede su hermano Juan I, Sin Tierra, que pasará a la historia por aceptar la Carta Magna que le ofrecieron sus nobles para zanjar las grandes diferencias sociales existentes.
Leonor murió a la edad de ochenta y dos años, una edad impensable para aquella época y, además conservando todos sus dientes.

Fue sin duda la mujer más importante de su tiempo y directamente responsable del desarrollo cultural de la mujer en la Edad Media, aunque no falta quien la considera una mujer avariciosa y sedienta de poder, que causó graves perjuicios a Francia.