jueves, 2 de febrero de 2017

¡HASTA SIEMPRE, PEDRO!




Se fue el “Tío Pere”. Se fue con sigilo, con la paz que dan ¡ciento dos años!
Casi hasta el último momento, con la cabeza en su sitio; no exenta de esas rarezas a las que te empujan la edad y la soledad en la que te vas encontrando cuando compruebas que todos tus amigos te abandonaron hace ya tiempo y que, de tu edad, no queda nadie en tu entorno.
Esas rarezas que en vivo te enfurecen, pero cuando lo ves con los ojos que miran el pasado, ni si quiera sirven como anécdota.
Se ha ido una referencia, la más antigua que teníamos y ya, lamentablemente, no la podemos sustituir por otra.
Más de un siglo es mucho vivir, quizás demasiado, pero cuando se vive, se disfruta y se comparte, el tiempo se hace corto.
El tío Pere nació en el año de la Primera Gran Guerra, en “la Vila”, que es el nombre familiar de Villajoyosa, en la provincia de Alicante y allí fundó su estirpe.
Nunca habló de su padre y sí mucho de su madre que había criado, como mejor pudo, a él y a sus hermanos.
De su madre abusaba, de puro buena que era y cuando en la calle, jugaba con los críos de su edad de pronto se acordaba, corría a su casa y detrás de la puerta, le deba un chupetón a una teta, para correr como un diablo y seguir en sus juegos.
Todo lo arreglaba con aceite de oliva. ¿Te duele la tripa? Unas gotas de aceite de oliva en la barriguita y una friega con dos dedos hasta que se calmaba el dolor. ¿Te has hecho un chichón?
-Eso te pasa porque eres muy travieso. Ven acá –le decía severa, pero cariñosa.
Unas gotas de aceite, una friega con dos dedos y una moneda atada con un pañuelo; y otra vez a la calle a correr y hacer méritos para el próximo descalabro.
Pero muy pronto, siendo un niño todavía, se le acabaron los juegos con los demás niños y las friegas de aceite y, lo mejor: los chupetones a la teta de su madre.
En casa eran pobres y el dinero no llegaba sino para mal comer y mal vestir. Tenía que hacer algo, ayudar a su madre con sus hermanos más pequeños y se vio en la obligación de arrimar el hombro a la casa. Hizo lo que todos hacían en aquel pueblo marinero.
Se embarcó en un barco de pesca. Una chalupa de vela que salía por la tarde a pescar y si se daba bien, volvía por la mañana y si no, continuaban hasta que la bodega diera para mantener a las familias de los marineros.
Muchos chicos de aquel pueblo de la costa levantina habían empezado así su vida como trabajadores. “Sou” llamaban los marineros a esa especie de grumete que iba en cada barco, rebujados con los marineros mayores y con los viejos; sin un techo en el que resguardarse de la lluvia, del viento, del frío o del Sol. Comiendo de lo que habían podido llevar de casa o de lo que el mar les había dado que en eso eran expertos cocineros y sacaban jugoso provecho de las exiguas capturas.
Si tenia que orinar, sacaba la “churra” por la borda y si la necesidad era mayor, el culo era el que se reflejaba en la mar.
Algún domingo no faenaban. En las fiestas señaladas, tampoco, pero los demás días, sin mirar al cielo y sin saber de pronósticos, izaban la vela triangular y ponían rumbos a las pesqueras.
“Palaillas”, salmonetes, gambas rojas, jureles, bacoretas, y todo lo demás que caía en la red, que izaban a brazos, iban al día siguiente al mercado. Después, a repartir beneficios; escasos: una peseta como mucho y contento para casa.
En las fiestas, los muchachos practicaban su afición preferida: ¡Quién hace la mejor paella!
Cada uno cogía de su casa lo que podía: una ñora, un pimiento, medio tomate, un muslo de pollo, un chorrito de aceite, unos dientes de ajo y varios puñados de “arrós”, para que hubiera para todos y a competir a ver quien hacía mejor la paella.
-Siempre ganaba yo –se jactaba el “Tío Pere”, que cuando yo lo conocí, seguía haciendo los mejores arroces en paella del mundo.
Y creció y se hizo mozalbete y hombre, prematuramente, y comprendió que sin saber, no se llega a ninguna parte. Y estudiaba y leía, mientras iban o venían de las pesqueras y en los ratos que pasaba en su casa. Y se sacó un primer título. No sé de que qué, pero continuó y buscó nuevos horizontes y barcos más grandes que fueran más lejos y que hicieran mejores capturas, para llevar más dinero a casa.
Había llegado una revolución: la del motor de explosión y las chalupas y jabeques empezaban a colocarlo para sustituir a la vela.
-Le decíamos “semi-diesel”, pero no me preguntes más, porque la mecánica nunca fue lo mío. Yo me hice patrón de embarcaciones de cabotaje, que así se llamaba y patrón de pesca, que era lo más interesante porque en el reparto de las ganancias me llevaba la mejor parte –explicaba con ojos nostálgicos, acuosos, viendo en su memoria aquellos tiempos y añorándolos.
Pero vino la guerra y le cogió en zona republicana. Sabía leer, escribir, tenía un título de patrón y era un elemento valiosos en un país de analfabetos. No tardaron en alistarle en el cuerpo de Carabineros de la República.
De la guerra contaba poco: que terminó de sargento, cautivado por los de Franco, que se salvó de ser fusilado porque tenía un cinturón de cuero del que se antojó un oficial del ejército sublevado y que se lo cambió por su vida y que desde entonces odiaba las lentejas: “lentejas de Negrín”, decía aludiendo a que gracias al presidente de la República comían solamente lentejas.
 Acabó la guerra y se fue de inmediato a su otra contienda: esa que mantenía cada día con el mar, el viento, las olas, las redes vacías y los estómagos más.
A vela y medio motor, salían de Alicante par ir hasta el banco Sahariano, pasando por Ceuta para repostar combustible, hielo y alimentos, que estaban más baratos.
Luego, a arrastrar en las interminables costa del Sahara, del cabo Bojador hacia abajo, donde las antiguas leyendas decían que no era posible la vida por las altas temperaturas que se alcanzaban; inmensos arenales en donde se llenaban las redes hasta reventar.
-Si eran gambas, las tirábamos al mar nuevamente porque entonces no tenían valor.
Lo demás, iba todo a las bodegas: hielo, sal, bórico y el “meao” de la tripulación, un magnífico conservante por el amoniaco que contiene.
Luego se casó, enamorado de su mujer, Encarna, y cuyo nombre puso a dos de sus hijas y las cosas le empezaron a cambiar.
El Tío Pere era un buen patrón, tanto del barco, como de pesca y trataba con justicia a sus marineros. La gente de la mar quería ir con él y cuando hay equipo y voluntad, se sabe el rumbo y el punto donde echar las redes, las cosas marchan.
Y cambiaron mucho. Se vinieron a vivir al Puerto de Santa María. Ya tenía sus cuatro hijos y compró su primer barco, luego siguieron otros y con todos triunfaba el afable Pere.
Pero la vida le arrebató lo que más quería, a su Encarna, cuando todavía era joven y podía haberle dado años de felicidad.
Con ella iba a Madrid, a ver las revistas de Colsada, o zarzuelas, música por la que sentía pasión.
Le dislocaban las vedetes, bueno, en realidad le gustaban las mujeres en general… y el futbol, y el Mundo Deportivo y el programa de radio de la Morena.
Decía que era del Valencia, porque le daba vergüenza decir que en realidad era del Barça, pero se ponía muy contento cuando perdía el Madrid.
Desde que se quedó viudo, conservó la tradición que su mujer había tenido con sus nietos: los viernes, paella.
Ahí lo conocí yo, temblando ya un poco, por el parkinson que tenía controlado, la espumadera en la mano y cocinando una paella como nadie.
Yo la aprendí de él; no le llego ni al tobillo, pero él me decía que las hacía bien. Y las hago. Muchos domingos nos reunimos con todos los hijos y les hago una paella al estilo Tío Pere.
Para comer era como una lima. Jamás perdonaba una comida, ni la leche caliente a las cinco de la tarde, ni el paseo de después, ni la cena.
Yo decía que de pequeño se había tragado un reloj que seguía andando dentro de él y es que podías poner el tuyo en hora por las costumbres del bisabuelo.
-Voy a dar una vueltecita; media hora.
Y ni un minuto más.
Pasó muchas temporadas viviendo con mi mujer y conmigo. Aquí, en El Puerto y en los seis años que vivimos en Cádiz.
Allí estaba en la gloria. Se había conquistado a todas las camareras de los bares de alrededor, donde nada mas verlo entrar, le estaban sirviendo su “cortadito”, que le encantaba.
Mis amigos conocen una anécdota que ocurrió precisamente en aquella etapa gaditana.
Yo soy muy aficionado a la cocina y desde hace años, cada vez que tengo oportunidad, me meto en los fogones.
Un fin de semana le preparé una comida opípara, a base de un guiso marinero de pescado de roca. Una delicia, con una guarnición de verduras, un dedal de arroz pilaf y unas frutas, las mejores que encontré.
Incluso se bebió una cerveza sin alcohol; sentado conmigo en la cocina, charlábamos de cualquier cosa y de cuando en cuando elogiaba el aroma que desprendía el guiso.
Le serví abundantemente cuando el pescado reposó, le puse la guarnición, el arroz, sus picos (nunca comía pan, porque si empezaba se lo comía todo) y ya no le oí decir nada más. Comió y repitió un poco, mientras yo esperaba que me dijera algo sobre tan suculento plato.
El Tío Pere no decía nada y su hija le acercó la fruta. No sé las que se comió, porque le encantaba y cuando terminó, después de limpiarse concienzudamente las manos y la boca, cogió un vaso de agua y se le bebió entero.
Con parsimonia, dejó el vaso sobre la mesa y no sé si de corazón, o para chincharme un poco exclamó: ¡Qué rica está el agua!
Ya no pude aguantar más y sin acritud, pero muy seriamente le dije:
-¡El agua! ¡Que buena está el agua! ¿No estaba bueno el pescado, ni el guiso, ni la guarnición, ni siquiera la fruta y lo que usted elogia de esta comida, que me ha llevado horas en prepararle, es que el agua está buena?
-El pescado estaba riquísimo, ¿no ves que me lo he comido todo y hasta he repetido?
Pero él no era de elogiar y cuando, ya conociéndolo bien, le preguntaba con sorna qué le parecía una comida, respondía con evasivas: si todo lo que le pones es bueno, la comida sale buena. Yo lo miraba y me sonreía.
El elogio se lo hacemos nosotros a él y le damos las gracias por haber estado tantos años con nosotros. Años no exentos de riesgo en los que estuvo varias veces en el hospital y del que consiguió salir por su propio pie y su fuerza de voluntad

Descansa en paz y si hay algo más allá de la muerte, vela por tus bisnietos, que no podrán decir, como nosotros, que conocieron a un hombre extraordinario.

viernes, 27 de enero de 2017

¿QUÉ SE PERDIÓ EN ALEJANDRÍA?



En un programa de radio de hace ya varios años, el locutor le preguntó a un invitado por qué se añoran tanto los conocimientos perdidos en la Biblioteca de Alejandría, a lo que el invitado respondió que, precisamente por eso: porque se han perdido.
Y se ha perdido para siempre, sin posibilidad alguna de recuperarlo, el noventa y cinco por ciento de los escritos, códices, grabados y demás documentos que en aquella época ya tenían tres mil años de antigüedad.
Es decir, apenas se conserva un cinco por ciento del saber acumulado en aquella Biblioteca, una cantidad completamente irrisoria y que, no obstante, da buena muestra de los conocimientos que se llegaron a poseer.
Por fortuna, sí que se han conservado, porque nunca estuvieron en aquella Biblioteca, las múltiples crónicas que escribieron los hombres de ciencias, geógrafos, historiadores y eruditos en general, que estudiaron y trabajaron en aquella famosa cantera del saber y de la investigación.
Por eso han llegado hasta nosotros referencias a tratados sobre materias tan diversas, que de haberse conservado, la visión del mundo, de la historia, de la civilización, de la ciencia, tendría que ser forzosamente revisada. Un claro ejemplo es la obra de Beroso el Caldeo, un sacerdote babilónico de principios del siglo III antes de nuestra Era, que es famoso por haber escrito una obra llamada “Babiloniaka”, una Historia de Babilonia, escrita en tres libros y en lengua griega, que no era su legua madre y en la que, al parecer, no era muy versado.
Beroso era el sacerdote principal del templo del dios supremo Marduk , lo que le daba acceso a los archivos restringidos que en abundancia contenía aquel culto.
Habría sido un erudito en varias ramas del saber como la astronomía y la astrología, ciencias que cultivó y que se sabe por referencias a obras suyas que han hecho otros hombres ilustres, como el historiador Flavio Josefo, que narra que en los tratados de Beroso se hablaba de un extraño ser, mitad hombre, mitad pez, que instruye a los primeros pobladores de Mesopotamia sobre las formas en que se han de hacer las cosas.
También dejó una lista de reyes anteriores al diluvio que los historiadores modernos consideran como mitológica, pero que a Josefo le parecía más que verdadera.
Además, se perdieron con aquella Biblioteca, los escritos del mayor inventor de la antigüedad: Herón de Alejandría, un personaje abandonado en la historia al que nunca se le ha dado el trato que realmente se merece.
Hoy se considera que Herón era un ingeniero y un matemático, apasionado por la mecánica que descubrió, sin saberlo, el principio de “acción reacción” y eso, muchos siglos antes de que Isaac Newton formulara, en 1687, las tres leyes que le hicieron famoso, la tercera de las cuales dice que toda fuerza aplicada a un punto de un cuerpo, crea una reacción de la misma magnitud, pero de sentido contrario.
Eso es lo que descubrió Herón con una simple máquina de vapor que consistía en una esfera sujetada por un eje central y en la que se habían colocado en su parte superior un codo hueco y en la inferior otro igual, pero con la salida en dirección contraria. La esfera llena de agua era calentada y cuando el vapor comenzaba a salir, la esfera giraba sin parar.

La máquina de Herón, conocida como “Eolípila”

También estudió el comportamiento de los líquidos y de la presión del aire, inventando un artilugio conocido como “La fuente de Herón” que aún se enseña en clases de física.
Pero quizás en lo que este inventor avanzara más, con respecto a su tiempo, es con un texto titulado “Los autómatas”, considerado actualmente como el primer tratado sobre robótica, aunque solamente nos han llegado referencias.
También habló de la forma de propagarse la luz, de cuya naturaleza no se tenía ni idea, construyó lo que hoy podría ser un teodolito, para mediciones terrestres y desarrolló la famosa Formula de Herón, por la que se conoce la relación que existe entre los lados de un triángulo y su área.
Otra de las obras de gran trascendencia que desapareció con los repetidos incendios fue un escrito del primer encargado de la Biblioteca, Demetrio de Falera, que se titulaba “Sobre el haz de luz en el cielo”, que nos ha llegado referido y que se puede considerar como la primera descripción del fenómeno ovni.
Algo más de suerte hubo con la obra histórica de Manetón, de la que se han conservado fragmentos y muchas referencias de otros historiadores, principalmente de Flavio Josefo, al que ya se ha mencionado con anterioridad.
Manetón fue posiblemente el sumo sacerdote del poderoso dios Ra, en su templo de Heliópolis y toda una autoridad en el culto de la diosa Serapis. Escribió siempre en griego, cosa común en la clase culta egipcia desde la llegada al poder de los Ptolomeos y, de su extensa producción literaria, destaca la Historia de Egipto, que estaría contenida en tres volúmenes y comprendía toda la cronología de las diferentes dinastías que se fueron sentando en el trono egipcio, así como los principales acontecimientos acaecidos en cada una de ellas, hasta la invasión y conquista de Alejandro Magno.
Fue él, precisamente, el que acuñó el termino dinastía, para encuadrar a las distintas familias de faraones y desde entonces se ha venido utilizando, no conociéndose otra manera para esa clasificación. La moderna egiptología acepta sin reservas esta larguísima sucesión cronológica, en la parte que se conoce.
Pero, indudablemente, el mayor daño, lo hizo Diocleciano que en su afán de arrancar de cuajo la identidad de todo un país que había sido el más culto y floreciente hasta Grecia y Roma, mandó quemar absolutamente todo el contenido de las salas que estaban dedicadas a Egipto.
Allí se perdió una parte importantísima de su historia y de su cultura, ya que posiblemente hubiéramos podido saber cómo y para qué se construyeron las pirámides, de dónde procedían sus conocimientos de astronomía, matemáticas, etc.
También se arrasó con todo el material relativo a ciencias herméticas, esoterismo y alquimia, con la idea de que si a través de esos conocimientos, los egipcios eran capaces de fabricar oro, no lo pudieran usar en su provecho para ir contra el imperio romano.
En el mundo ha habido muchas otras bibliotecas, así como colecciones de libros que han terminado en la hoguera y para eso basta solo recordar a la Inquisición, pero un saber tan antiguo como el que se acumuló en Alejandría, no ha existido en ninguna otra.
Una cosa llama poderosamente la atención y es que el pueblo egipcio no se benefició en nada de toda aquella fuente de conocimientos. Ni siquiera inventos como la máquina de vapor de Herón tuvo un empleo útil y solamente sirvió como juguete para los niños.
La única explicación encontrada es que el pueblo egipcio estaba formado por un escaso número de habitantes, gente privilegiada y millones de esclavos, que eran los que realizaban todas las tareas, por lo que no existía preocupación alguna por aligerar los trabajos de estos.
Lamentablemente solo tenemos las referencias que, sorprendidos investigadores que llegaron hasta allí con el afán de estudiar y aprender, encontraron en las obras contenidas entre aquellas sabias paredes y las reflejaron en sus escritos.
Entre las cosas  más sorprendentes que nos han llegado recogidas por los sabios y estudiosos que allí trabajaron, es que en los años en que la Biblioteca estuvo activa y en todo su esplendor, existía la creencia entre los estudiosos que consumieron sus vidas en sus múltiples salas, de que allí había descripciones de objetos, procedimientos, fenómenos, tecnología y conocimientos, que procedentes de tiempos perdidos en la memoria, habían sido manejado por civilizaciones anteriores y que ellos eran incapaces de comprender y mucho menos, poner en práctica.

Eso da idea del enorme despiste en el que se mueve esta civilización que cree saberlo todo y que, de manera innegable, ha conseguido logros que quizás jamás se hayan alcanzado en este planeta llamado Tierra, pero que, sin lugar a dudas, ha habido otras civilizaciones muy anteriores a la nuestra que han estado muy cerca.

viernes, 20 de enero de 2017

LA QUEMA DEL SABER




En una sociedad ficticia un bombero se dedica, por orden del gobierno, a la quema de libros. Esa es la base argumental de una magnífica novela, que fue llevada al cine con notable éxito y que se llama Fahrenheit 451.
La cifra de ese título hace alusión a la temperatura, en grados de esa escala, a la que arde el papel.
La inclinación de todos los regímenes totalitarios a quemar las fuentes del saber es tan antigua como la misma Humanidad, por eso no sorprende nada que desde que entramos en la historia, que es precisamente el momento en que se empiezan a recoger por escrito los acontecimientos que se van sucediendo, hayan sido muchas las veces que los gobernantes, o simplemente, los poderosos, hayan querido anular todo vestigio de aquello que no les convenía; y eso se ha hecho precisamente quemando libros, es más, quemando incluso bibliotecas enteras.
La primera noticia de la quema de una biblioteca se remonta a los últimos años del siglo segundo antes de nuestra era. Reinaba en China la dinastía Ts’in, cuyo primer emperador, Shi-Hoang-Ti, había sido el unificador del país, un hecho muy meritorio, pero que empañó, también de manera notable, cuando mando quemar todas las obras clásicas de las escuelas del pensamiento chino, excepto la que reflejaba su manera de ser y pensar o que elogiara a su dinastía. Una forma de imponer el pensamiento único, pero llevado mucho más allá, porque también ordenó que más de cuatrocientos cincuenta intelectuales, no afectos a su pensamiento, fueran enterrados vivos.
Pero habiendo sido una tragedia, la pérdida del pensamiento chino, mucho más desolador fueron los diferentes incendios por los que pasó la biblioteca más famosa de la antigüedad, la de Alejandría.
Esta ciudad, situada en el actual Egipto, fue fundada por Alejandro Magno en el delta del río Nilo. Su diseño y construcción fue encomendada a un arquitecto griego que dibujó una ciudad de perfectas cuadrículas, como un damero, cuyas calles seguían la dirección del mar y la entrada de los vientos, lo que le permitía ser una ciudad relativamente fresca, aun cuando su clima es tórrido.

Plano de la antigua Alejandría

Pronto se convirtió en una gran ciudad a la que, los Ptolomeos, dinastía reinante en Egipto desde el reparto del imperio a la muerte del conquistador, prestaron gran atención, construyendo magníficos edificios: palacio, teatro, gimnasio, puertos y entre ellos, el famoso faro, una de las siete maravillas de la antigüedad; pero sobre todo destacó la Biblioteca, la más amplia y famosa del mundo conocido.
En realidad, la Biblioteca de Alejandría, eran dos piezas: el Museo, dedicado a las musas, de ahí su nombre y la Biblioteca, en donde a partir de su construcción, se empiezan a almacenar documentos procedentes de todas partes del mundo.
A aquella biblioteca van a parar todos los volúmenes procedentes de la destruida Cartago y se va incrementando cada día gracias a su primer encargado, Demetrio Falero, un ateniense destacado en su tiempo, pero cuya figura ha pasado muy desapercibida. Falero fue discípulo de Aristóteles y destacó como poeta, escritor, orador, político y llegó a ser el líder de Atenas durante diez años.
Hay que considerar que el concepto que hoy manejamos en relación a la palabra libro, o volumen, no se corresponde con la época a la que nos referimos, pues entonces no se encuadernaba, se escribía sobre tablillas, arcilla, papiro, tela, pergamino y cualquier otro material capaz de soportar la escritura, por eso no es de extrañar que en la biblioteca llegasen a reunir casi un millón de, llamémosles, documentos.
Todas las bibliotecas representan un gravísimo peligro de incendio, ya que el material que contienen suele ser muy inflamable, pero aquella lo era doblemente, pues el papiro, la tela o las tablillas son mejor combustible que el papel.
Pero además, parece que una especie de maldición cayó sobre aquel centro del conocimiento y no fue una vez, como se suele creer, las veces que ardió, sino varias.
Y no todas fueron intencionadas, con el afán destructivo de quemar el saber, no.

Grabado del incendio de Alejandría

Aunque siempre se pensó que Julio César la mandó quemar, parece que en realidad fue consecuencia de un accidente. Un accidente que provocó, en el año 47 antes de nuestra era, el incendio, esta vez sí intencionado, de la flota de César, amarrada al puerto de Alejandría, que una vez incendiada fue lanzada contra la de su enemigo, Potino.
Parece ser que la configuración cuadricular de la ciudad y la entrada por sus calles del viento procedente del puerto, extendieron el incendio de las naves hasta las primeras casas y desde ahí pasó a unos almacenes que la Biblioteca tenía en el propio puerto, en donde ardieron unos cuarenta mil ejemplares.
Por tanto, no habría sido responsabilidad de César, como se le ha atribuido, el incendio de la Biblioteca y quizás ésta, en cuanto a edificio, ni siquiera fue alcanzada por las llamas.
La cantidad de material perdido no es mucho, comparado con el total y además, se siguió incrementando gracias a una curiosidad digna de resaltar. Cualquier barco que arribara al puerto era registrado y requisados todos los libros que tuviera a bordo, los cuales eran estudiados y en caso de interés, copiados para la Biblioteca y devueltos a sus propietarios.
Desde los siglos II al IV, de esta era, padeció la llamada Guerra Bucólica, el caprichoso saqueo de Caracalla y, sobre todo, la conquista de la ciudad por Zenobia, la reina de Palmira, aunque todavía hubo mucho más daño en la reconquista de la ciudad, por parte del emperador Diocleciano, el cual arrasó a conciencia la zona conocida como el “Bruchión”, en donde se encontraban el Museo y la Biblioteca.
En este caso sí que hubo intencionalidad y además doble, pues aparte de querer destruir toda la historia de Egipto, en especial desde la llegada de los Ptolomeos, Diocleciano tuvo mucho empeño en destruir todos los libros de magia, alquimia y otras ciencias con las que, supuestamente, los egipcios pudieran hacerse ricos, levantar un ejército y presentar nuevamente cara a Roma.
Por si de todo aquel desastre hubiera quedado algún resto aprovechable, entre los años 320 y 1303, Alejandría fue sacudida por veintitrés terremotos, el más intenso de todos el de 21 de agosto de 365, el cual acarreó más de cincuenta mil muertes y hundió bajo el mar más de la quinta parte de la ciudad, incluyendo la zona del Bruchión, donde estaba la Biblioteca.
Pero la capacidad de regeneración de la cultura, no tiene límites y el germen de una sociedad avanzada, con pensamiento propio y afán de superación, siguió presente en aquella ciudad que, de alguna manera parecía maldita y lo sería aún más cuando en 391, el patriarca Teófilo destruyó el Serapeum, monumental templo dedicado a la diosa Serapis, para construir un templo cristiano, creando un clima anticatólico que culmina con el asesinato de Hipatia, una de las mentes más preclaras de su tiempo, en 412.
Este luctuoso suceso, otra forma de quemar el saber, marcó el fin de las enseñanzas neoplatónicas: filosofía, astronomía, astrología alquimia, física, música, matemáticas…
En los últimos años, se viene hablando mucho de una biblioteca extraordinaria, que no fue pasto de las llamas, sino que fue ocultada por su propietario, para preservarla de sus enemigos.
Se trata de la misteriosa biblioteca de Iván IV de Rusia, apodado El Terrible, por la extrema crueldad que demostró a lo largo de su reinado.
Era nieto de Iván III, apodado El Grande, que se casó con la sobrina de Constantino XI, último emperador de Bizancio, Sofía Peleóloga y recibió en dote una parte muy importante de la biblioteca de Constantinopla, seguramente porque su tío temiera que pudiese caer en manos inadecuadas. Esta biblioteca de Constantinopla era una de las más importantes de su época y hay quien dice que se había formado con fondos rescatados de la de Alejandría, cosa que es muy probable  porque cuando Teodosio divide el imperio romano en dos, Egipto queda bajo la égida de Bizancio.
Se dice que más de ochocientos volúmenes viajaron a Moscú con la princesa y a los que había que añadir, además de su valor documental y pedagógico, que tenían joyas incrustadas, tapas de oro y muchas otras filigranas orfebres. Esto debía ser verdad, porque cuando los otomanos tomaron Bizancio, arrasaron con la biblioteca, extrajeron todas las joyas que adornaban los libros y quemaron el resto.
El fin de aquella magnífica biblioteca es un misterio y según la leyenda, el zar Terrible quiso preservarla y la escondió en la inextricable red de túneles que horadan la tierra bajo el palacio del Kremlin.
Unas pocas personas conocían la ubicación de aquella joya y todos fueron asesinados hasta que solamente Iván conocía el destino de sus libros. Pero el zar muere inesperadamente cuando jugaba una partida de ajedrez y se llevó con él su secreto.
Durante años, siglos, tal vez, se ha buscado en los túneles de Moscú. Primero ilegalmente, contra la decisión de los zares y luego con la llegada del bolcheviquismo, con la autorización de Stalin, pero nunca se ha encontrado ni rastro.
Ahora se piensa hacer prospecciones, vía satélite, usando scanners y otros adelantos geodésicos de última generación.
Lo cierto es que todo el saber acumulado en la antigüedad y de alguna manera, reunido en aquella magnífica biblioteca, se ha perdido, quizás para siempre y teniendo en cuenta que los ochocientos volúmenes que marcharon a Rusia, serían mucho más del doble de todos los volúmenes que hoy se conocen sobre las culturas mesopotámicas, egipcias y griegas, su hallazgo supondría un avance del conocimiento difícil de valorar.

 De lo que se perdió en la Biblioteca de Alejandría se trata en el siguiente artículo.