viernes, 17 de febrero de 2017

LA QUINTA DE LOS SORDOS




Lo pienso ahora y se me ponen los vellos de punta. Nunca podemos imaginar lo atrevida que es la ignorancia. Durante bastantes años de mi vida profesional, estuve destinado en lo que entonces se llamaba “Gabinete de Identificación”.
Este Gabinete tenía la responsabilidad de realizar las inspecciones oculares en los lugares en los que se hubiera cometido un delito para, fundamentalmente, certificar que ese delito se había perpetrado, determinar el móvil y las consecuencias y tratar de identificar al autor o autores.
En esta última tarea era en la que se empleaba mucho más tiempo y también una sustancia de la que ahora voy a hablar, pero para situarnos en el tiempo es necesario decir que esto sucedió hasta la época de los setenta. Luego cambió radicalmente.
Para identificar las huellas latentes que todas las personas vamos depositando en los lugares en los que tocamos, se empleaban fundamentalmente dos tipos de polvos: uno negro y otro blanco.
Al negro lo llamábamos Negro de humo y estaba hecho de huesos quemados, mezclados con otras sustancias muy pesadas.
El blanco era “la cerusa” o “albayalde” que no era otra cosa que carbonato de plomo. Un metal pesado, extremadamente peligroso que produce la grave enfermedad conocida como “saturnismo” y que se empleaba en varios usos, pero sobre todo en la fabricación de pinturas de todo tipo y en cosmética.
Pues bien, durante años y años, los policías destinados en los Gabinetes de Identificación estuvimos usando carbonato de plomo que tomábamos con un pincel de una cajita que contenía un polvo blanco muy denso, que rellenábamos de cuando en cuando. Con el pincel extendíamos el polvo sobre las superficies susceptibles de encontrar huellas, lo repasábamos y soplábamos el polvo sobrante, que volaba en el aire y se depositaba en nuestras manos, cara… y nos lo tragábamos.
En fin, un disparate que afortunadamente cambió cuando aquellos polvos fueron sustituidos por unas finísimas limaduras magnéticas mucho más útiles y efectivas y sobre todo, menos peligrosas.
Y por qué cuento esto, pues porque leyendo algo sobre la biografía de Goya, me llamó poderosamente la atención un cuadro en el que aparece el propio pintor, muy enfermo y el médico que le atiende; en los márgenes, en tonos muy oscuros aparecen unas caras que se identifican con la muerte, que espera recibir al enfermo. El cuadro se llama “Goya atendido por el doctor Arrieta”.
El protagonista presenta un feo aspecto: extremadamente pálido, cara desencajada, casi sin fuerzas para sostenerse, agarrado convulsivamente a las mantas que lo cubren. Parece entregado a su suerte, mientras su amigo, el doctor Eugenio García Arrieta, le mantiene incorporado y le hace beber una supuesta medicina, mientras le tiende su brazo izquierdo sobre el hombro del artista, en una actitud cariñosa y compasiva.
El cuadro se encuentra en la actualidad en Minneapolis, Estados Unidos, en el Instituto de Arte que es su propietario y en su parte inferior figura una anotación, supuestamente manuscrita por el autor que dice: “Goya agradecido a su amigo Arrieta: por el acierto y esmero con que le salvó la vida en su aguda y peligrosa enfermedad, padecida a fines del año 1819, a los setenta y tres años de edad. Lo pintó en 1820”
¿Qué grave enfermedad padeció Goya de la que fue salvado gracias a los cuidados de su amigo?
Como es natural, no se sabe con certeza y todo lo que sobre el tema se ha escrito es pura especulación que médicos, psicólogos, escritores y otras personalidades dedicadas a escudriñar en la historia, han compuesto.

Goya atendido por el doctor Arrieta

Por supuesto que hay variedad de interpretaciones, desde crisis psicótica, para la que el doctor le estaría dando una infusión tranquilizante, a la más grave y quizás más acertada: saturnismo.
Goya, igual que todos los pintores, usaba polvos de carbonato de plomo para componer sus pinturas al óleo y además tenía la costumbre de sujetar un pincel con la boca mientras pintaba con otro. Esto habría hecho, con el paso de los años, envenenarse progresivamente la sangre hasta el extremo de presentar la temida enfermedad, presagiada por los permanentes cólicos abdominales y otras dolencias gástricas que el artista padecía.
Años más tarde, otro sordo ilustre, Beethoven, también murió víctima de la intoxicación por plomo, como demostró el análisis que se hizo recientemente de un mechón de cabellos del músico que se salvó de la tala capilar a la que lo sometieron sus admiradores después de muerto.
Desde luego no parece que el músico pudiera tener mucho contacto con pinturas o con plomo, sin embargo, se descubrió que sentía verdadera pasión por las tencas y los lucios, pescados de río que se daban mucho en el Danubio, el cual se encuentra altamente contaminado del metal pesado. Precisamente el famoso vals de Strauss “Danubio Azul”, expresa la tonalidad azulada de las aguas del famoso río, teñidas de color “azul plomo”.
También se manejan otras hipótesis de las causas por la que altas concentraciones de plomo se encontraban en el cuerpo del músico, como la ingesta de aguas de un balneario al que acudía frecuentemente para aliviar sus dolencias, aunque fue prontamente descartada porque la enfermedad padecida no era hídrica.
La última alternativa es una larga secuencia de cataplasmas de jabón y plomo que su médico le aplicaba para combatir el edema pulmonar que padecía.
Sin análisis previos es muy difícil diagnosticar la enfermedad que acarreó la muerte de famosos siglos atrás, pero la ciencia avanza cada vez más y por la sintomatología se pueden sacar conclusiones bastante certeras, como en el caso del también pintor Vincent Van Gogh, que usaba profusión de “cerusa” para componer sus tonos amarillos. Y puede que la misma suerte corriera el español Mariano Fortuny, que murió prematuramente a la edad de treinta y seis años con los síntomas de haber padecido la temida intoxicación. Fortuny fue el pintor vivo más cotizado de su época.
El plomo es un metal mal visto en la actualidad, pero con enorme presencia hasta hace pocos años. Hasta las gasolinas llevaban altas concentraciones de plomo, como antidetonante.
Los tubos de pasta de diente eran de plomo. En mi casa, yo los iba guardando cuando se acababan y cuando tenía bastantes, los vendía en una chatarrería y obtenía buenas pesetas.
En aquel plomo se contenía una pasta que iba directamente a la boca y estuvimos así años y décadas y no nos pasó nada.
El plomo se empleaba en la imprenta para fundir los moldes de las letras y en las cristalerías, para hacer las famosas “vidrieras emplomadas” y en la construcción, pues la práctica totalidad de las tuberías eran de plomo que, por cierto, solían picarse con frecuencia y allá que venía al fontanero con la lamparilla y el estaño a reparar la fuga. Con plomo se hacían los adornos de rejas, cancelas y balcones y con plomo se reparaban los fondos de las sartenes consumidas por el fuego y el uso.
Y sin embargo, no nos ha pasado nada, o es que sí que hubo numerosas intoxicaciones que pasaban inadvertidas. No lo sabemos, pero yo puedo asegurar que ni en mi familia ni mi entorno ha habido ninguna muerte por esta causa.
Pero el artículo responde a otro título que nada tiene que ver con lo que se ha expuesto hasta ahora.
Cuando Goya fue nombrado pintor de la corte, se trasladó definitivamente a Madrid, pues antes había residido en diversas ciudades como Sevilla o Cádiz.
Allí, en el municipio entonces cercano a Madrid y actualmente absorbido por la capital, de Carabanchel Bajo, se compró una finca en la que vivía alejado de la corte en la que no se encontraba muy a gusto, dado su carácter liberal. Pero también para ocultar los amores que mantenía Leocadia Zorrilla, esposa de un conocido personaje madrileño.

Foto de la maqueta conservada en el Museo de Historia de Madrid

La quinta adquirió mucha fama porque en sus paredes pintó Goya los catorce murales que componen la conocida serie de Pinturas Negras, entre las que se encuentran Saturno devorando a sus hijos o el Duelo a Garrotazos, pero en realidad se trataba de una finca modesta y sin pretensiones, aislada y a unos trescientos metros del río Manzanares.
Ha pasado a la historia por sus murales y se la conoce como “La quinta del Sordo”, habiéndose creído siempre que recibía este nombre por la sordera del pintor, pero resulta que no es cierto. Cuando Goya la compró a un ciudadano llamado Pedro Marcelino Blanco, la finca ya se llamaba así y en este caso sí que debía su nombre a la sordera del anterior propietario.
Allí vivió Goya con su amante y una hija de esta, de la que muy posiblemente fuera el padre, pues la joven Rosario demostró un talento natural para la pintura.
Pero al terminar la etapa de Riego y el Trienio Liberal, el pintor comprendió que en España no estaría cómodo y se marchó a Burdeos donde falleció en abril de 1828.

La “Quinta de los Sordos” fue demolida después que sus murales se trasladasen a lienzos que se exhiben actualmente en el Museo del Prado.

viernes, 10 de febrero de 2017

UN ECLIPSE EN EL CONGO




Resulta difícil imaginar qué pensarían nuestros antepasados, aquellos primeros hombres que ya tenían la facultad de pensar, cuando observaran un eclipse.
Tanto daba que fuese de Sol o de Luna, lo que estaba ocurriendo era algo inconcebible y que solamente podía suponer el fin de todo.
Afortunadamente, no ocurren muchos eclipses, pues de otra manera, nosotros no existiríamos, nuestros antepasados se habrían extinguido, de tanto miedo como pasaban.
Y así fue durante siglos, quizás centenares o miles de siglos, hasta que, en la Grecia Clásica, como parece natural, Metón descubrió, en el siglo V antes de nuestra era, lo que se llama el “Periodo Saros”, o “Ciclo Metónico”, en su honor. Este es un período de dieciocho años y entre diez y once días, en los que La Tierra y La Luna, repiten casi exactamente su órbita y, por lo tanto, se vuelven a producir los mismos eclipses que en el período anterior.
Pero para darse cuenta de que un eclipse era la interposición de Luna, o de La Tierra entre el Sol y el otro cuerpo celeste, tuvieron que pasar muchos años; años en los que el pavor a lo desconocido condicionaba la conducta del hombre hasta el extremo de que todo lo que no se podía explicar, obedecía a la intervención  de los dioses y se interpretaba por los chamanes de las tribus como algo favorable o de funestas consecuencias.
Es más, muchos siglos después de que se conociera la mecánica que actúa para producir un eclipse, ese conocimiento seguía estando en poder de unos pocos, porque la inmensa mayoría de la población mundial, que ya vivía en un mundo civilizado, estaba completamente ajena a aquel conocimiento y seguía pensando lo que, milenios antes, pensaban nuestros ancestros.
Un eclipse era cosa de magia. De magia que nada bueno presagiaba y así se interpretaba en términos generales.
Hay que pensar que para las civilizaciones primitivas, el eclipse siempre los cogía por sorpresa y la inmediata interpretación no era otra que la proximidad del fin del mundo, o el enojo de los dioses. En algunas de esas primitivas tribus, la reacción inmediata era iniciar una serie de sacrificios, incluso humanos, con el que contentar a las enojadas divinidades y como, al cabo de un rato el eclipse acababa, la interpretación era que el sacrificio había sido agradable a los dioses. Toda una concatenación de hechos funestos que quedaban grabados en la memoria de los pueblos a la espera del próximo acontecimiento estelar.
El tener conocimientos ha sido siempre algo que ha diferenciado a un grupo de personas del resto de la ignorante humanidad. Por eso, algunos casos de conocimiento sobre las cosas de la naturaleza llegan a dar un poder difícilmente alcanzable por otros procedimientos. Saber que en determinada fecha se va a producir un eclipse puede ser un arma poderosísima en un momento determinado.
La primera vez que tuve conocimiento de esta circunstancia fue siendo adolescente, cuando leía un libro que me produjo una tremenda impresión. Se trataba de “Un yanqui en la corte del rey Arturo”, de Mark Twain.
Todos habíamos leído como embobados al genial Twain, en las famosas aventuras de Tom Sawyer y su íntimo amigo Huckleberry Finn, por eso cuando aquel libro llegó a mis manos, lo leí de inmediato.
El libro es el viaje al pasado que experimenta Hank Morgan, un ciudadano norteamericano, como consecuencia de quedar inconsciente por el golpe sufrido en una pelea.
Transportado a la Inglaterra del siglo VI, con el mítico rey Arturo, su mago Merlín y con Camelot como escenario de fondo, es encarcelado y condenado a morir en la hoguera, pero se salva al conocer que en esa fecha se va a producir un eclipse de Sol. Una lectura muy recomendable para todos, aunque la fecha en que ocurre el fenómeno, veintiuno de junio de 528, no hubo en realidad ningún eclipse.

Portada de la primera edición

Profundizando en la historia, la genialidad de este americano, no era original suya, pues ya la había puesto en práctica Cristóbal Colón, en 1503, cuando la carcoma que padecieron sus naves, le obligaron a varar sus dos carabelas en la costa norte de Jamaica.
Al principio las cosas fueron bien, pero al prolongarse la estancia de aquellos extranjeros entre la población indígena, las cosas fueron cambiando hasta que se produjo una escabechina entre unos y otros y los indígenas cautivaron a todos los españoles, Colón incluido.
Esperaban la muerte cuando Colón recurrió a las tablas astronómicas de “Regiomontanus”, un astrónomo alemán que publico un almanaque en el que se predecían los movimientos del Sol, la Luna y los planetas y que era de uso común entre marinos. Estudiando el almanaque comprobó que el 29 de febrero de 1504, tendría lugar un eclipse total de Luna. Quedaban tres días para le fecha indicada y el almirante jugó sus cartas.
Su dios estaba enojado con aquella tribu y para demostrarlo, en tres noches, borraría a la Luna del cielo. A la tercera noche, una hora después de salir la Luna, fue eclipsada totalmente, ante el terror de los nativos.
Aprovechar el miedo y la confusión del momento y sobre todo, la enorme superioridad en los conocimientos, es una astucia comúnmente usada y Colón supo aprovecharla y desde aquel momento él y sus hombres fueron tratados como reyes, durante los cuatro meses que tardó en aparecer otra carabela española que rescató a los marinos españoles.
No es este el único caso en que se ha aprovechado el fenómeno del eclipse contra la ignorancia de ciertos pueblos y el caso más conocido es del que da título a este artículo.
En los últimos años del siglo XIX, el afán colonizador de los países europeos los había hecho desembarcar en África, de la que entre británicos, franceses, alemanes y belgas, se apoderaron de casi toda su geografía.
En 1865, el Estado Libre del Congo era una propiedad privada del rey Leopoldo II de Bélgica, el cual lo administró hasta que en1908, lo cedió a su país.
Una situación completamente ilógica, pero que ocurrió y Bélgica explotó aquella colonia que estaba considerada como parte de su territorio, hasta 1960, en que alcanzó su independencia.
Pero a los territorios que poseía de forma privativa el rey Leopoldo II, se le sumaron en 1905, una extensión de más de veintitrés mil kilómetros cuadrados, consecuencia de una cuestión de suerte y de saber predecir.
El capitán del ejército belga, Albert Paulis, mandaba un grupo de veinte soldados que exploraban unos territorios limítrofes con el Congo, cuando fueron sorprendidos por una tribu de temidos caníbales, los Mangbetu, que hostilizaban a todos sus vecinos, incluidos los soldados de el Congo.

Fotografía del capitán Albert Paulis

El grupo del capitán Paulis fue torturado de forma inhumana, antes de que los prepararan para ofrecerlos en un banquete a su rey, Yembio.
Ya habían perdido toda clase de esperanzas de salir con bien de aquella aventura, cuando Paulis, consultando un almanaque astronómico, se dio cuenta de que estaba a punto de ocurrir un eclipse de Luna, una situación muy similar a la que se ha narrado anteriormente.
Paulis exigió a sus captures ser llevado ante el rey Yembio, al que pidió un cuchillo con el que se hizo un corte en la mano, amenazando al reyezuelo con que cualquier herida sobre su cuerpo, tendría repercusión en la Luna y que si mataban a cualquiera de sus hombres, matarían al satélite.
Como es natural, los caníbales se echaron a reír y los hechiceros de la tribu quisieron matarlo en aquel momento, pero el rey debió ver algo en la seguridad de aquel hombre que lo mando de regreso a la mazmorra.
Apenas unas horas más tarde, desde su lugar de encarcelamiento, Paulis y sus hombres oyeron un gran alboroto, durante el cual se abrió la puerta de aquella especie de jaula en la que estaban encerrados y lo llevaron a presencia del rey.
Al salir de la jaula, comprobó el tono rojizo que presentaba el cielo, señal inequívoca de que el eclipse se estaba produciendo.
Nada más entrar en la choza real, comprobó que en un rincón estaban las cabezas de los hechiceros que antes quisieron matarle y el rey, sumamente afligido, le rogó que devolviera su color a la Luna a cambio de lo que quisiera.
Como es natural, el capitán aceptó el trato y pidió la libertad de todos sus hombre, tras lo cual, salió al exterior y gritó a pleno pulmón dirigiéndose a la Luna para que se detuviera.
A los pocos minutos la Luna empezó a obedecer y a deshacerse el eclipse, lo que causó una enorme alegría en aquellos infelices caníbales.

Fruto de aquella añagaza, Leopoldo II se anexionó un montón de kilómetros cuadrados y el capitán Paulis fue considerado un héroe.

viernes, 3 de febrero de 2017

UN CUADRO MISTERIOSO




De todas las artes, quizás, la más enigmática, sea la pintura. Existe un amplia relación de cuadros que encierran grandes secretos, pocas veces descifrados, pero en todas interpretado por los estudiosos y críticos de la manera más conveniente a sus intereses.
Paradigma de enigmática representación es, casi sin lugar a dudas, La Santa Cena, de Leonardo da Vinci; espléndido mural del que se han interpretado a casi todo los personajes, así como las posturas que cada uno presenta en la pintura y los objetos que aparecen o que, inexplicablemente, faltan.
Pero hay otra pintura, un cuadro de autor desconocido, pintado en 1594 que encierra también un gran misterio. En la documentación que he encontrado referente a este cuadro, figura la fecha anterior, pero no es posible porque el anillo, del que se hablará a continuación y que muestra la dama de la derecha, no le fue regalado hasta febrero de 1599.
Un enigma sobre una persona ya de por sí enigmática, que convertida en la amante del rey de Francia, Enrique IV, estuvo a punto de casarse con él, si una, también misteriosa enfermedad, no hubiera acabado rápidamente con su vida.
Pero es necesario empezar a aclarar los conceptos. El cuadro a que se ha hecho referencia se titula “Gabrielle d’Estrées y una de sus hermanas” y está en el museo del Louvre, y no solamente eso, sino que ha sido considerada una de las diez obras artísticas más importantes de Francia, a pesar de ser de autor desconocido.

El misterioso retrato de la bella Gabrielle d’Estrées (derecha)

El cuadro, en sí mismo, encierra varios enigmas, el primero y principal es cómo es posible que ambas hermanas, cuyo parecido físico ya denota la consanguineidad, pero que además lucen idénticos pendientes, estén desnudas, tomando un baño, cuando en aquella época solamente se recomendaba lavarse las manos de vez en cuando, los pies muy de tarde en tarde, las parten íntimas poquísimo y la cabeza nunca y muchísimo menos, tomar un baño completo. No era desde ningún punto necesario a los efectos de trasladar el misterio que encerraba el cuadro, mostrar los dos cuerpos desnudos, porque la pieza central de toda la incógnita se centra en el anillo que Gabrielle exhibe y muestra al público en su mano izquierda.
Sigamos con el siguiente misterio antes de proceder a la interpretación que los exegetas pictóricos han hecho del cuadro.
Su hermana Diana, aunque no queda totalmente aclarado si se trataba de ella o de otra hermana, pues tenía tres, pellizca el pezón del seno derecho de Gabrielle, en un gesto que no parece una caricia ni una agresión, sino más bien una señal. Y, por último, qué hace aquella dama, que al amor de una chimenea, cose una prenda que no se puede identificar pero que bien parece una especie de faja o ceñidor, presenciando una escena tan íntima como la que ante ella se está desarrollando.
Que son hermanas queda claro y que Gabrielle quiere mostrar al público el anillo también, pero ¿por qué esa intención?
Ese punto parece estar aclarado, igual que la caricia del pezón, que quiere demostrar que Gabrielle estaba embarazada y que guarda relación con el anillo, pues este pertenecía a Enrique IV, rey de Francia.
No es corriente que una cortesana exhiba una joya real, ni que alardee de encontrarse embarazada de quien parece, es el propietario de la joya, es decir, el rey.
Por último, la dama que al fondo cose, muy bien pudiera estar preparando la canastilla del nuevo vástago.
¿Cómo una cortesana puede hacer semejante alarde? Para dar una explicación es necesario conocer un poco de la turbulenta historia de esta importantísima e influyente dama en la corte francesa del siglo XVI.
Nació Gabrielle en el seno de una familia aristocrática, en la que, desde tiempo atrás, las mujeres venían teniendo pésima fama, hasta el extremo de que una abuela, presumía de haberse acostado con el papa Clemente VII y con el rey Francisco I (el mortal enemigo de Carlos V, para situarnos en el  momento histórico), luciendo estas conquistas en un palmarés mucho más dilatado.
Su madre, Françoise Babou de la Bourdaisière, abandonó a su esposo, Antoine d’Estrees y a sus siete hijas, para seguir a su último amante como perra en celo y después de darle una hija, morir juntos asesinados de forma violenta en 1592, durante un motín en la ciudad de Issoire.
Gabrielle era su quinta hija, aunque es bien probable que su padre no fuese Antoine d’Estrees, dada la promiscuidad sexual en la que vivía su buena señora, la cual, si se ha de creer lo que algún cronista de la época llegó a escribir, cuando su hija tenía dieciséis años, la entregó a Enrique III de Francia, el cual le pagó la nada despreciable cantidad de seis mil escudos.
Pero el rey se cansó pronto de la guapa adolescente, lo que dejó a su madre en libertad de hacer nuevos negocios, siempre con hombres poderosos y ricos, entre ellos el noble e influyente Luis II de Lorena, conocido en la historia como el cardenal de Guisa, que era la familia a la que pertenecía y que vivió amancebado con la joven durante más de un año.
Pero también se cansó de la muchacha, a la que dejó libertad para ir calentando las camas de los más ilustres nobles franceses, hasta que después de pasar por el lecho del duque de Bellegarde, éste se la pasó al rey Enrique de Navarra, veinte años mayor que ella, pero siguió disfrutando de la cortesana con conocimiento del rey.
Así pues, cuando tenía dieciocho años, había acumulado más experiencia que muchas mujeres en toda una vida y había sido ya amante de dos reyes.
Para disimular o dar a la relación un viso de legalidad, el rey casó a Gabrielle con un noble llamado Nicolás Damerval de Liancourt, el cual no supo decirle que no a su majestad y aceptó aquel matrimonio ignominioso.
Curiosamente, pocos años después, el matrimonio se disolvió por la supuesta impotencia del marido, que tenía catorce hijos de matrimonios y aventuras anteriores.
Gabrielle ya no se despegaría del lado del rey navarro, junto al que hizo su entrada triunfal en París el 15 de septiembre de 1591, para ser coronado rey de Francia y que reinaría con el nombre de Enrique IV.
No sabía el monarca cómo agasajar a su joven concubina, a la que otorgó títulos de duquesa, marquesa y todo lo que a ella se le viniera en ganas y a la vez le permitía, en una Francia abatida por la hambruna y arruinada por guerras civiles y contra España, su perpetua enemiga, que Gabrielle exhibiera un lujo escandaloso.
Se conserva en el Archivo General del Reino, un inventario de los bienes de la concubina real, que poseía una inmensa fortuna en propiedades inmuebles y tierras y cuyo mobiliario, solamente, valía más de ciento cincuenta mil escudos.
Tanto la belleza de la dama, como sus habilidades íntimas y su inmensa fortuna, tenían desquiciado al rey francés que estaba dispuesto a casarse con ella y sentarla en el trono, pues años antes había anulado su matrimonio de conveniencia con Margarita de Valois y estaba, por tanto, soltero.
Como es natural, la noticia cayó como un jarro de agua fría entre la más clásica nobleza y aristocracia francesas que veía con buenos ojos que los reyes y los poderosos tuvieran un ejército de amantes, pero cosa muy distinta era casarse con ella y menos con la d’Estrees, que había pasado por la cama de casi todos ellos.
Durante los casi diez años que duró la relación entre los amantes, Gabrielle tuvo tres hijos, dos varones y una hembra y se encontraba embarazada del cuarto, cuando, en 1599, acompañaba al rey en una fiesta de carnaval que se celebraba en el palacio del Louvre, y éste, ante toda la corte francesa, se levanta, la hace levantar a ella y le da el anillo que le fue entregado a él en su coronación como rey de Francia. A la vez que coloca el anillo en el dedo, anuncia que quiere casarse con ella y que celebrarán la boda después de la Pascua.
Ese es el anillo que Gabrielle luce en el cuadro y por el que se la consideraba prometida del rey; hasta tal punto llegó su orgullo que de inmediato encargó su vestido de boda y a proclamar que solamente Dios o la muerte del rey, impedirían que llegase a ser la reina de Francia.
Pero no contaba Gabrielle con el poder oculto de la nobleza francesa, ni con los tentáculos del papa Clemente VIII, que llegaban de sobra hasta París.
Entrados en la Cuaresma, toda la corte se trasladó a pasar la Semana Santa a Fontainebleau. Al comienzo de la Pasión, era costumbre guardar abstinencia sexual y solo las esposas podían permanecer bajo el mismo techo que los maridos, siendo obligadas las amantes a abandonar las mansiones, cosa que hace Gabrielle el día seis de abril de 1599, cuando el rey la acompaña a coger una chalupa que, por el Sena, la llevará de regreso a París.
Esa misma noche, ella va a cenar a casa de un banquero italiano de nombre Zamet, donde repite nuevamente la noche del Jueves Santo y durante la comida, la dama se queja del extraño sabor de un limón que le han servido. Después de la cena, mientras da un paseo por los jardines, cae desmayada, creyendo los presentes que va a dar a luz.
Al día siguiente su estado empeora y tras varias sangrías que no consiguen sino debilitarla aún más y al amanecer del Sábado Santo, muere.
Su muerte libera tremendas amarras y disipa negros nubarrones que se cernían sobre el cielo francés, pero también hace caer sobre la nobleza, la sospecha de que no ha sido una muerte natural y que algo más que una enfermedad misteriosa se ha llevado a la futura reina de los franceses.

Esa es quizás la idea, tremendamente encriptada, que el pintor quiso plasmar en el cuadro y que sin duda lo ha conseguido.