viernes, 9 de agosto de 2019

SUCEDIÓ EN CÁDIZ





Por la política española han circulado muchos personajes, aunque lamentablemente, tasados en una amplia mayoría por su ineptitud.
Muchos han ejercido gran influencia en el gobierno del inmenso imperio español, eran aquellos en los que los desidiosos monarcas españoles entregaban todos sus poderes para ellos dedicarse sin excusa alguna a la caza, visitar alcobas o simplemente vagar. Estos influyentes eran los llamados “Validos”, entre los cuales prácticamente ninguno demostró algo que fuera más allá de su testarudez, ineptitud e incultura.
Pero hubo dentro de este colectivo un hombre, muy próximo a los reyes Fernando VI, Carlos III y Carlos IV que destacó sobre todos los que le habían precedido y los que vinieron después. Este fue el Conde de Aranda: Pedro Abarca de Bolea y Ximénez de Urrea.
Nacido en el castillo familiar del humilde pueblecito de Siétamo, en la provincia de Huesca, el día 1 de agosto de 1719, fue un noble militar español, estadista, ilustrado y Secretario de Estado del rey Carlos IV, aparte de haber desempeñado muchos e importantes cargos en otros reinados.
Este brillantísimo político tuvo la visión de adelantarse en cien años a lo que ocurriría en las Colonias de Norteamérica con los ingleses allí afincados y cómo aquellos territorios alcanzarían pronto su independencia.
En consecuencia, tras madurar muchísimo su pensamiento, se atrevió a exponérselo al entonces rey Carlos III, al que advirtió de lo que iba a ocurrir y argumentó aún más: lo mismo iba a ocurrir seguidamente con las colonias españolas.
Como es natural se le tomó por visionario  y sobre todo, por resentido, ya que políticamente había perdido gran parte de su potencial en aquel momento.
Pero fue muy claro con el rey, al que le comunicó su sabia premonición y le hizo saber que la única forma de conservar las colonias formando de alguna manera un todo con España, era dividirlas en tres reinos al frente de los cuales colocara a uno de los infantes: uno como rey de Méjico, otro de Perú y el tercero, del resto de la llamada Tierra Firme.
El rey se reservaría Cuba y Puerto Rico y se convertiría en Emperador, al conservar su superioridad sobre los nuevos reinos. Algo así hizo Portugal con Brasil, aunque tampoco salió bien parada la aventura.
¡Qué diferencia con lo ocurrido posteriormente si se le hubiese hecho caso!
España era ya incapaz de mantener aquellos territorios en plena ebullición y al final se perdieron todos.
Pero para que eso se produjera, y de la manera que se produjo, es necesario pasar por las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812.
Esa tan liberal que ahora todo el mundo aplaude y que hasta ha dado nombres a uno de los puentes más bonitos de España que, afortunadamente, tengo frente a la ventana de mi escritorio.
En mi pueblo, La Isla de León, hoy llamada San Fernando, el 24 de septiembre de 1810 tiene dedicada una calle muy céntrica, pero nunca, ni de jóvenes ni no tan jóvenes, nos preocupamos por saber qué significaba aquella fecha. En mi pueblo, aparte de un teatro que todavía se llama De las Cortes, nada olía a constitucionalismo ni liberalidad.
Allí se reunieron las Cortes que venían huyendo de los franceses que llegaron hasta el famoso Puente Suazo y de allí no fueron capaces de pasar.
Primero una misa y luego un desfile de diputados hasta el cercano teatro.
Según el Diario de Sesiones, 102 diputados asistieron a aquella sesión inaugural, pero el Notario del Reino, Ministro de Gracia y Justicia, anotó 104. A lo mejor había dos que se colaron de rondón. De ese número, solamente 27 representaban a los territorios americanos y 2 a Filipinas; pero es más, de los 29 representantes de ultramar, solamente había uno que había sido realmente elegido por sus conciudadanos y este era un tal Ramón Power y Giralt. Hijo de padre irlandés y madre francesa, había nacido en Puerto Rico, donde su padre era “un ejemplar tratante de esclavos”.
Los demás fueron elegidos de una manera muy singular. Había censados en Cádiz y La Isla un total de 177 hombres nacidos en los virreinatos y entre estos se eligieron a los 28 diputados suplentes, en espera de que alguno de los titulares convocados pudiera ir llegando a Cádiz para incorporarse a las sesiones de las Cortes en cada una de las clases en las que se subdividían sus señorías que eran: los profesionales liberales, los representantes de la administración, los de la Iglesia y la clase más numerosa, la de los militares.
Si tenemos en cuenta que entre los militares había suboficiales, entre los representantes de la administración, simples funcionarios, en la iglesia curas y sacristanes, carentes todos de formación política alguna, solo cabe pensar que era el grupo de profesionales liberales los que realmente lideraban los debates, pues entre ellos había catedráticos de universidades, leguleyos y hombres de gran formación política.
Eso es tan así que en el propio discurso preliminar leído al presentar el Proyecto de Constitución, que tuvo lugar el 24 de diciembre de 1811 y que iba fundamentalmente dirigido al rey, aunque también, como parece natural, al pueblo español, la propia Comisión reconoce que por diversas causas: urgencia, impaciencia y falta de auxilios literarios, no había sido posible dar al texto una “última mano” que necesitaba para captar “la benevolencia del Congreso y la buena voluntad de la Nación”.
Es decir, los mismos congresistas ya habían reconocido desde el inicio sus escasos recursos, si bien hay una cosa clara y es que entre los congresistas de la llamada Metrópoli existían expertos redactores de leyes, mientras que entre los representantes de los virreinatos y provincias de ultramar se daba la circunstancia de que para ellos era la primera vez que contribuían con su aportación a la redacción de tan importante texto. Pero, lamentablemente, fue también la última vez que lo hicieron, porque muy pocos eran los que fiaban su futuro unido a la Madre Patria, pues la mayoría sabían, o mejor, intuían, que las vísperas de su independencia las estaban viviendo.
Porque aquella Constitución calificada de liberal contenía aberraciones de talla gigantesca y aunque en el artículo 1º dice que la Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios, no todos los nacidos en esos hemisferios que formaban la Nación podían ser españoles. En primer lugar había que ser hombre libre, cuando hasta el padre de un congresista que ya citamos, se dedicaba a la  compraventa de esclavos.
Si eran extranjeros debían obtener carta de naturaleza, que no era concedida a todo el mundo; o llevar diez años de continuada vecindad. Además, estaba obligado a contribuir proporcionalmente a los gastos del Estado y en caso contrario, sería ciudadano, pero como llamaron los latinos: “capitis deminutio”.
No respetó la libertad de culto, salvo para la religión católica, a la que califica de “única verdadera” y se “prohíbe el ejercicio de cualquier otra”.
Ya sé que eran tiempos de fervor religioso, pero las creencias ¿si no son tolerantes con las demás ideologías, pueden llamarse liberales?
No es mi intención censurar la vetusta “Pepa”, de la que guardo una preciosa edición facsímil, sino resaltar un poco cómo se condimentaba aquel enorme puchero en el que todos metían baza y en el que los dos bloques principales: europeos y ultramarinos, guardaban enfrentamientos insalvables.
Unos querían prohibir la esclavitud, los otros, principalmente los caribeños, venezolanos y peruanos veían peligrar sus ingenios si no tenían mano de obra gratis; los mismos querían abolir la Inquisición, los otros veían un freno contra las innumerables creencias paganas que se extendían por todo el continente.

Ejemplar facsímil de la Constitución de 1812

 El diputado por Lima, capital de Perú, no quería que se concedieran derechos de ningún tipo a los descendientes de africanos y en tan vergonzosa discusión se optó por negociar en sesiones secretas, en las que se decidió reconocer la igualdad de derechos a los naturales del continente, pero no a los africanos de origen, es decir, a los negros. Un nuevo detalle de liberalidad.
A medida que pasaban los meses y se iban incorporando a los debates los diputados titulares de sus respectivos departamentos ultramarinos, empezaron a contar con importantes refuerzos para imponer sus políticas entre las que eran comunes el reconocimiento de la superioridad del hombre blanco sobre el indio.
Solo la prohibición expresa del presidente de las Cortes y la cercanía en la que se estaba desarrollando la guerra que impedía la salida de Cádiz salvo por mar pero con los pasajes de los buques controlados, obstaculizó que muchos de los diputados americanos abandonaran las sesiones, que tenía otro escollo insalvable como era la igualdad de todos los habitantes del Nuevo Continente a acceder a puestos militares, religiosos o simplemente civiles, lo que no se le permitía ni a ciertos criollos, si no eran hijos de españoles.
Por fin y tras agrias discusiones las Cortes concedieron los mismos derechos a los españoles nacidos en América, a los mestizos y a los indios, para acceder a cargos públicos.
Hoy, nuestros ejércitos se alimentan en buena medida de los descendientes de aquellos indios, ante la falta de españoles para engrosar sus filas.
En relación con la esclavitud se optó por una fórmula totalmente ecléctica y progresiva. Primero prohibir el tráfico de esclavos y paulatinamente ir concediendo la libertad de manera muy controlada, pues hasta el tío de Simón Bolívar, el diputado Esteban Palacios, llegó a pronunciar una frase lapidaria: “En cuanto a que se destierre la esclavitud lo apruebo como amante de la humanidad; pero como amante del orden político, lo repruebo”.
Sí, pero no. Y aunque se suspendieron numerosos impuestos, trabas políticas y tributos que al final, decantaron la balanza de los logros a favor de los ultramarinos, no se consiguió otra cosa que despertar el afán independentista en toda la América española y empezando por Méjico, con el famoso “Grito de Dolores”, siguió el Cono Sur, Venezuela y terminó con Cuba y Filipinas.
Hubo un denominador común: los que consiguieron la independencia eran españoles o descendientes de españoles. No fue un movimiento indígena queriendo recuperar su identidad histórica. 
¿Se habría evitado si el Conde de Aranda hubiera sido debidamente escuchado?
No lo sabremos nunca, pero es más que probable que así hubiera sido.

viernes, 2 de agosto de 2019

DE FRAILE A CORSARIO





No es usual que alguien, una persona con amplia formación humanística, criado en el seno de una familia perteneciente a la alta burguesía, asidua visitante de cortes y palacios y en íntima conexión con los monarcas, en cuyo entorno llegaron a alcanzar puestos de gran relevancia, pueda efectuar un cambio tan radical que lo lleve a trocar su vida monástica, a la vez que prestigiosa, por otra tan azarosa como la de corsario.
Esto le sucedió a don Pedro Fernández de Bobadilla, más conocido como “Pedro de Bobadilla, el Corsario”.
Fue el sexto hijo del matrimonio formado por Andrés de Cabrera, hombre la total confianza de los reyes castellanos Juan II y de su hijo Enrique IV, llamado el Impotente, del que fue camarero real y regidor de todos los oficios palaciegos, y de su esposa, Beatriz de Bobadilla, amiga personal y camarera real de la reina Isabel, futura Reina Católica. Con el matrimonio de los reyes cabrera pasó a ocupar un puesto de la mayor confianza de Fernando el Católico.
La fecha de nacimiento del “cura-corsario” no está perfectamente datada, pues mientras éste se fijó en Jaén en 1486, cronistas contemporáneos aseguran que murió en 1522, a la edad de treinta y tres años, lo que supondría haber nacido tres años más tarde. Pero este detalle tiene escasa importancia al objeto de esta historia, porque lo cierto es que perteneciendo a una tan distinguida familia, el joven Pedro, lo mismo que todos sus hermanos, estuvieron sometidos a una promoción social y política poco usual.
Con cinco años fue nombrado caballero de la Orden de Santiago y el mismo cronista que nos habla de su muerte, hace el relato de esta ceremonia, de la que dice haber ocurrido en 1495.
El que un niño de cinco años profesase como monje-guerrero en una orden militar de la categoría de la de Santiago, era absolutamente fuera de lo normal, por lo que necesitaba una dispensa real, que el entonces rey Fernando el Católico, fácilmente le concedería. Casi a renglón seguido el joven caballero ingresó en el convento de los dominicos, en donde se ordenó sacerdote de la prestigiosa Orden de Predicadores, cuando apenas tenía catorce años.
En plena ebullición de su pubertad, el joven dominico empezó a mostrar su verdadero carácter que resultaba ser no sólo incompatible, sino antagónico con los votos profesados, revolucionando el convento. No había moza que se le resistiera ni tapia que no saltara para visitar a su enamorada, haciendo caso omiso a las advertencias de los frailes que, incapaces de reconducir la desconcertante línea que había tomado el joven, decidieron poner el hecho en conocimiento de sus padres.
Como es natural y más en la época, los padres recibieron un jarro de agua fría y optaron por una medida tan drástica como traer al joven a la casa paterna y encerarle en una jaula de madera bajo la custodia del alcaide del castillo en el que vivían. Allí lo mantuvieron con una alimentación tan menguada que a duras penas resistió el castigo de casi dos años al que estuvo sometido. Pensaban sus padres que una alimentación exigua eliminaría los furiosos apetitos sexuales del joven, el cual manifestaba que no quería seguir en el convento, que era tanto lo que le gustaban las mujeres que seguiría haciendo toda la vida lo mismo que había hecho que lo encerraran en aquella jaula.
A gritos pedía ingresar en la milicia, pero eso era imposible. Había sido consagrado sacerdote y esa es una condición que acompaña al hombre a la tumba, que imprime carácter.
No carente de inteligencia, el joven Pedro optó por una táctica más refinada; empezó a fingir que ya no tenía aquellos desaforados deseos sexuales, e incluso, de manera voluntaria empezó a ayunar, haciendo continuos actos de contrición por sus horrendos pecados y culpas.
Fue el propio alcaide quien recomendó el cese de aquella tortura, en vista del deterioro físico que presentaba y de su cambio de actitud, los frailes de su congregación accedieron a aceptarlo nuevamente en el convento.
Pero todo había sido una farsa para salir de aquella jaula y adquirir nuevamente la libertad y después de un año de pacífico comportamiento, coincidiendo con que la corte de los Reyes Católicos estuvo de forma itinerante en Madrid, él, como muchos otros frailes de diversos conventos, se vio desplazado a la villa junto a otros compañeros, para atender espiritualmente a toda la multitud que acompañaba a los monarcas.
Entre los que podríamos llamar “funcionarios”, que atendían a toda la logística alrededor del movimiento de miles de personas, los cronistas que relataban los sucedidos, militares, nobles, diplomáticos y muchas otras personas, viajaban también mercaderes de todo tipo. Había joyeros, comerciantes de caras sedas, armeros, talabarteros y artesanos de todo tipo.
En todo evento multitudinario de este tipo, los conventos realizaban una importante labor, acogiendo física y espiritualmente a menesterosos, así como a gente importante que por los monasterios desfilaban; y uno de estos personajes al que Pedro Bobadilla atendió y con el que trabó rápida amistad fue Pero Hernández, rico platero, servidor de la más acaudalada nobleza, entre los que se encontraban los padres del propio fraile.
Rápidamente el fraile desenterró su verdadera faz y convenció al platero de que un señor muy principal de Aragón, muy amigo suyo, llamado Luis de la Cerda, se había casado con una riquísima viuda llamada Juana de Rocabert y que el marido, profundamente enamorado quería hacerle un regalo de joyas por valor de trescientos o cuatrocientos “ducados labrados” y que su amigo le había pedido que él mismo escogiese las prendas.
Esa cantidad de oro equivalía a casi un kilo y medio, lo que puso al platero Hernández nervioso como un flan ante las enormes ganancias que podría obtener. Así, quedaron en que al día siguiente, el platero iría con toda su mercancía al convento, a donde acudiría el supuesto cliente, que naturalmente no apareció en todo el día, pues no tenía ni idea de lo que en su nombre se estaba tramando. Llegada la noche y ante el fracaso de la reunión, el platero Hernández temió volver a su casa con una carga tan valiosa y fiándose plenamente del fraile, le dejó las joyas en depósito.
Ahí se acabó definitivamente la vocación del fraile Bobadilla que aquella misma noche partió hacia Alicante.
Seguramente que el fraile tendría trazado sus planes con precisión, pues la estafa practicada a su amigo, fue cosa de mucha preparación, así que una vez llegado a Alicante, se instaló adecuadamente y comenzó a trabar relaciones con gentes de dudosa reputación, a los que agasajaba presentándose vestido a lo militar y siempre elegante, rumboso y con apariencia de rico, dejando caer en sus conversaciones que buscaba un navío con el que ir a combatir a los piratas moros, incluso hacer alguna incursión en sus países.
Después de algunas intentonas, encontró una carabela muy bien dispuesta, entablando negociación con su propietario para efectuar la compra, no sin antes probarla, cosa que hizo con una tripulación ya preparada por él y que al hacerse a la mar en pruebas, en realidad lo que hizo fue apoderarse de ella y poner rumbo a Sicilia, pero quiso la fortuna que a pocos días topase con una rica embarcación perteneciente al tesorero del reino de Valencia, el cual desconociendo la procedencia de aquella carabela, aceptó la gentil invitación que el fraile le hizo para que subiera a bordo y celebrar el encuentro.
Fatal decisión pues Pedro Bobadilla ya tenía decidido dedicarse por entero al corso y su tripulación albergaba las mismas intenciones que él; así que aquella fue su primera presa que por estar muy bien abastecida llevó a Sicilia, donde vendió la carga, sacando pingües beneficios.
No relatan los cronistas qué sucedió con el tesorero valenciano y su tripulación, pero es de esperar que fuese abandonada en la isla a su destino.

Una de las muchas banderas que usaron los piratas

Con dos naves, la piratería simplificaba mucho las cosas, pues permitía atacar por los dos flancos y pronto fueron tres las naves de su flota y sus correrías empezaron a alcanzar fama en todo el Mediterráneo y su flota fue creciendo a razón de continuar con sus acciones de piratería. Llegó a tener cuatro naos muy bien armadas, cada una de dos palos y otras cuatro carabelas. Una flota de ocho buques era capaz de cualquier enfrentamiento en el mar.
Entre las ocho embarcaciones reunió un contingente de más de quinientos hombres, todos perfectamente adiestrados, cada uno en su cometido, pero cometió un pequeño error.
En un puerto griego embarcó a una bella joven con la que compartía su vida, cosa que hubiese sido normal si entre la tripulación no se supiera que Pedro era un sacerdote renegado, que había abjurado de la fe de su patria y eso en aquella época era muy mal perdonado.
Aunque cueste creerlo en estos tiempos, eso le acarró algún que otro disgusto que el renegado solventaba con una mayor distribución del los botines que iban adquiriendo.
A su favor contaba un detalle de vital trascendencia y no era otro que salvo sus primeras acciones, Pedro Bobadilla y su gente iban siempre contra la piratería bereber y eso era algo muy importante para todos los reinos del marco Mediterráneo, incluso para el papado porque le permitía una más libre circulación de mercaderías por todo el Mare Nostrun. Tanto fue así que el cazador de piratas ya era conocido como “Fray Pedro” y todos sus pecados parecían perdonárseles.
Cuando ya llevaba años de granjeada fama, Fray Pedro y su considerable flota arribó a la isla de Rodas, en aquel momento sede de la Orden de San Juan de Jerusalén, en donde, para su sorpresa recibió la invitación formal del Gran Maestre Guy de Rochefort, ya anciano y en mal estado de salud.
La propuesta que Rochefort le hizo lo dejó perplejo, pues el anciano guerrero le ofrecía nada menos que el nombramiento de Gran Maestre de la Orden, porque consideraba en él todas las virtudes que una persona necesitaba para hacer frente a su servicio a la comunidad cristiana: era joven, valeroso, experimentado en la guerra marítima, acaudalado y con un ejército de hombres fieles y curtidos y para colmo era de origen noble.
El cinismo llegó al extremo que la poderosa Orden lo consideró no como a un pirata que es lo que verdaderamente era, sino como a un caballero con licencia para ejercer el corso y que su flota, aumentando la de la Orden, estaba en disposición del enfrentarse al mayor pirata otomano de aquellos momentos: Kapudán Pachá.
En un acto de buena voluntad, devolvió todos los tesoros robados a barcos no piratas, pero la fortuna no se alió con él y tras mejorar considerablemente la salud de Rochefort, lo que le alejaba de la promesa del cargo, en un enfrentamiento naval contra Pachá, una tempestad mermó su flota a la vez que los otomanos le infligieron gran castigo.
Pero un nuevo golpe de suerte le vino otra vez de cielo, pues el papa Julio II estaba formando la llamada Liga Santa, contra Francia, que formaron en principio Génova y Milán y luego se fueron adhiriendo los Estados Pontificios, España, Venecia, Inglaterra, el Sacro Imperio, Suiza… y hasta cualquier navegante decidido y mediante una Bula Pontificia de diciembre de 1511, el papa decidió que cuantos se unieran a la noble causa contra los franceses quedarían reivindicados y su pecados, a los que llamó “travesuras” quedarían de inmediato perdonados.
Incluso perdonaba la apostasía que Pedro había hecho al abandonar el seno de la Iglesia para dedicarse a tan innoble oficio como era la piratería y además le autorizaba a usar su condición de caballero de la Orden de Santiago.
No se puede explicar con qué autoridad pudo el papa acceder a tamaños desafueros, pero el poder era el poder y el dinero el dinero y Julio II necesitaba al fraile renegado a su lado y como vicario de Cristo en la Tierra, hizo lo que mejor convenía a su poder y a su hacienda.
Restablecida su honra, el propio Carlos V lo llamó a su servicio, nombrándole almirante de la flota del norte, pero la suerte no pudo ayudarle más y murió ahogado en 1522, cuando navegaba por el norte de Francia, luchando contra las flotas francesas.

viernes, 26 de julio de 2019

HEROE POR PARTIDA DOBLE





El declive hegemónico español en el mar empezó mucho antes, cuando las marinas británicas y holandesas dejan de temer a los navíos españoles y a enseñorearse de las aguas, llegando incluso a atacar a las poblaciones costeras, pero el golpe de gracia se lo dio la Batalla de Trafalgar.
Puesta nuestra flota, todavía importante, en manos de un mando único, personalizado en marino francés incompetente, hizo un planteamiento del enfrentamiento naval tan favorable a la escuadra inglesa, que contando con un genio militar como Nelson a la cabeza, no desaprovechó la oportunidad y nos dieron para ir pasando y eso a pesar de la resistencia heroica de los grandes manirnos españoles que comandaban nuestros barcos.
En uno de esos buques, concretamente el “Príncipe de Asturias”, iba como segundo comandante, un jovencísimo teniente de navío al que daba órdenes nada menos que uno de los mejores y más aguerridos marinos españoles: Federico Gravina.

Perfil del Príncipe de Asturias (Revista Todo a Babor)

En el combate de Trafalgar,  Gravina sufrió la amputación de un brazo que una bala de cañón le arrancó, pero aún así, fue capaz, en colaboración con su segundo, de llevar el barco a Cádiz, donde buscó refugio.
Un mes después de tan épica hazaña, falleció en Cádiz a consecuencia de las graves heridas y las infecciones a que la falta de higiene conducían inexorablemente. Su segundo en el mando, reconocida su pericia y sobre todo su valor, fue ascendido a capitán de Fragata y muy malparado física y psíquicamente, se retiró a su tierra natal, Vitoria, para una temporada de descanso.
Este joven marino, héroe de Trafalgar, reúne en su persona unas singularidades tan poco conocidas que es necesario dedicarle unos renglones para poner al descubierto su trayectoria profesional.
Se llamaba Miguel Ricardo de Álava y Esquivel y vino al mundo el día siete de febrero de 1772, en el seno de una noble familia alavesa, en la que existían antecedentes de gloriosos marinos, militares y políticos.
Después de estudiar durante nueve años en el seminario de Vergara, con solo trece años ingresó como cadete de infantería en el Regimiento Sevilla y dos años más tarde conseguía su nombramiento como militar profesional con el grado de subteniente.
Era costumbre en la época cambiar de cuerpos militares y así, completados sus estudios como oficial de infantería, ingresó en la Armada, donde su tío Ricardo era un prestigioso capitán de navío.
A la sombra de este familiar fue adquiriendo una gran experiencia como marino y militar, interviniendo en numerosas acciones de la marina española contra Francia, en el sitio de Tolón, Inglaterra, Italia, defensa de Ceuta contra las tropas marroquíes que intentaban tomar la ciudad que en aquella época se reducía a un presidio militar y las guarniciones correspondientes, así como la participación en otras acciones en las que el valor demostrado lo impulsaron en su rápida carrera y con apenas veintidós años ya era teniente de fragata.
Participó, como ayudante del jefe de escuadra, a la sazón, su tío Ricardo, en buena parte de la vuelta al mundo que dio el navío “Europa” y que se prolongó desde el 1795 hasta el 1800.
Estando en Manila en operaciones de reparación y abastecimiento se le ordenó al joven Miguel regresar a España, para entregar una documentación de suma importancia y embarcó en un mercante americano, con tan mala fortuna que fue abordado por barcos ingleses y sufrió cautiverio por varios meses, aunque esta vicisitud le sirvió para aprender inglés, que más tarde le sería de suma utilidad.

Lienzo de Miguel R. De Álava y Esquivel

Ya en Cádiz, fue destinado como ayudante del teniente general Gravina, jefe de la escuadra española, momento en el que a raíz de la oprobiosa etapa en la que España se rindió a Napoleón, nuestra escuadra se integró a la francesa que mandaba el inepto almirante Villeneuve, posterior artífice de la tremenda derrota de Trafalgar. De sus relaciones con los marinos franceses, adquirió gran soltura en el manejo del idioma, lo que también le sería de gran trascendencia en épocas y hechos posteriores.
Su participación brillantísima en la Batalla de Trafalgar le valió un nuevo ascenso, pero hubo de solicitar una licencia real para reponer su quebrantado estado de salud.
Cuando por fin, España se rebela contra los franceses, a partir del dos de mayo de 1808, Miguel se incorpora al ejército, donde por falta de oficialidad competente, fue promovido a coronel.
Aquí sus conocimientos de inglés y francés hicieron valer sus otros méritos para que fuese designado ayudante del capitán general inglés, duque Wellington, que mandaba en España las tropas de la alianza formada en Europa contra el tirano francés.
Y en acciones de tierra, Miguel de Álava, destaca en la toma de importantes ciudades fuertes del ejército francés: Badajoz, Ciudad Rodrigo, Talavera de la Reina y en batallas memorables que escribieron páginas de honor para las tropas españolas: Arapiles, Vitoria, San Marcial, Tolousse…, pues el duque de Wellington consiguió expulsar a las tropas francesas de España e incluso invadir el sur de Francia, de ahí su participación en la batalla de Tolousse.
Tanta confianza depositó el duque de Wellington en su ayudante Miguel de Álava que no permitía que se separara de él y tras la primera caída de Napoleón, hizo que se le nombrara embajador de España en París.
Como ya se ha expuesto en otros artículos, la reclusión de emperador francés en la isla de Elba no fue más que una pantomima de las medrosas cortes europeas, que aún no sabían qué hacer con él y resultaba muy duro tomar decisiones drásticas cuando se sabía que contaba con el apoyo, no solo de Francia, a la sazón una gran potencia bélica, sino de otros países europeos.
Por eso casi se le deja huir de su cautiverio, en donde se había dejado una fuerte guarnición militar absolutamente fiel al “corso”.
Ya contaba en anterior artículo cómo la prensa francesa fue cambiando de titulares conforme Napoleón se acercaba a París, aglutinando detrás de él a muchos regimientos que le guardaban absoluta fidelidad. Así, desde titular que “el ogro, huido de la isla de Elba, había desembarcado en Antibes, Francia”, fue dulcificando titulares y el siguiente fue “el tigre ha llegado a Gab”, para después comunicar que “el tirano ya estaba en Lyon”. Mas tarde se decía: “el usurpador a seis jornadas de París” y al día siguiente: “Bonaparte avanza a gran velocidad”; hasta que, por fin se publicó: “en la tarde de ayer, su majestad el emperador hizo su entrada en París. ¡Viva el Imperio!”. Todo esto lo puedes releer en mi artículo de 2013 que puedes consultar en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/08/colocate-o-no-sales-en-la-foto.html
Como es natural, las potencias europeas advirtieron desde un principio el peligro que un genio militar como Napoleón, apoyado por un ejército poderosísimo, iba a suponer para todo el continente y, tímidamente al principio, se formó una primera coalición de naciones que forman el imperio Austro-Húngaro y Prusia, temerosos de que la revolución iniciada en Francia se extienda a sus territorios.
Unos años mas tarde se forma una segunda coalición en la que entran además Gran Bretaña y Rusia. Es el año 1779.
Y así se van formando coaliciones hasta la séptima, en 1815 y en la que entran España, Portugal y Suecia, junto a las otras naciones que habían mantenido el avance del que entonces era denominado en Europa como “El Monstruo”.
Y es a través de la integración española en esta séptima coalición, la circunstancia para que Miguel de Álava, militar experimentado en tierra y mar y posiblemente el único de alta graduación que hablase tres idiomas, la razón por la que el gobierno español lo coloca junto a Wellington.
De Álava era un hombre erudito, de una familia en la que destacaban eminentes personajes en muchas ramas del conocimiento y Wellington era, asimismo, amante de la cultura, lo que pudo ser la causa de que entre ambos se trabara una amistad que duraría toda la vida y la consecuencia más importante, a juicio de expertos historiadores es que integrado en el ejército de la coalición fue el único español que participó en la famosa batalla de Waterloo que puso fin al Imperio de los Cien días y acabó con la amenaza napoleónica para siempre.
Esta intervención de Miguel de Álava supone que se da en él la rara circunstancia de haber luchado en el bando napoleónico, en la batalla de Trafalgar y luego, diez años más tarde, haberlo hecho contra el que fue su “aliado” y conseguir su definitiva aniquilación.
Durante la regencia de María Cristina, por la minoría de edad de Isabel II, el  21 de septiembre de 1835, fue nombrado Presidente del Consejo de Ministros, cuando se encontraba en Londres como embajador de España.
Pero el designado no mostró ningún interés por venir a España para hacerse cargo de tan importante nombramiento y ante la supuesta desidia, la Regente se vio obligada a nombrar un presidente interino, a la espera que el titular se presentara, pero Miguel de Álava no regresó nunca más a España, solicitando de la reina regente que aceptara su renuncia al cargo, cosa que no tuvo más remedio que admitir y nombró en su lugar a Mendizábal.