jueves, 22 de octubre de 2020

LOS PRIMEROS MESTIZOS

 

El personaje de esta historia es controvertido desde su nacimiento. No se sabe a ciencia cierta ni su fecha, que debía ser alrededor de 1470, ni si nació en Palos de la Frontera o en Palos de Moguer, dos localidades que rivalizan por llevar el nombre de Palos, que procede del latín “palus”, laguna.

Su nombre era Gonzalo Guerrero, pero también lo conoce la historia como Gonzalo de Aroza o Gonzalo Marinero.

Lo más cierto de su vida es que fue el primer español que decidió hacerse mejicano por decisión propia, decisión que le valió el ser conocido entre los españoles como “El Renegado” y actualmente, por los mejicanos, como el “Padre del Mestizaje”.

Soldado del ejército de los Reyes Católicos, participó como arcabucero en la conquista de Granada a las órdenes del Gran Capitán, en cuyo campamento conoció a Cristóbal Colón.

Con el Gran Capitán marchó a Nápoles, participando activamente en todas las actuaciones de los que más tarde serían los famosos Tercios Españoles.

Pasarían así unos años en los que nada se conoce de la vida de Gonzalo, el cual debió viajar a América a principios del siglo XVI y ya en 1510 se le sitúa en un territorio recientemente denominado Veragua, situado en América Central, en las actuales Nicaragua, Costa Rica y Panamá, del que era gobernador Diego de Nicuesa, un conquistador castellano.

El momento histórico y la zona geográfica se convirtieron en un campo de batalla donde los intereses encontrados de los distintos conquistadores, no terminaban nunca. Todos querían fortuna y poder y rivalizaban entre ellos por alcanzar ambos deseos.

Alonso de Ojeda, otro de los conquistadores, fue nombrado gobernador de un territorio denominado Nueva Andalucía, limítrofe con el de Veragua, gobernado por Nicuesa.

Gonzalo tomó partida con este último y a sus órdenes embarcó con intención de dirigirse a Santo Domingo para cargar esclavos, uno de los negocios que pese a estar terminantemente prohibido, se ejercía con cierta tolerancia y que resultaba ser de los más provechosos.

Pero una fortísima tormenta, quizás uno de los muchos huracanes de la zona se hizo presente al tercer día de navegación, desviándolo de su ruta y después de muchas millas, el barco naufragó cerca de la península de Yucatan, aún por descubrir, en una peligrosa zona de bajíos llamados de las Víboras.

Apenas veinte hombres consiguieron salvar la vida y reparando un pequeño batel que como embarcación auxiliar llevaba su buque, sin remos ni velas se hicieron a la mar con la esperanza de que las corrientes los llevasen a tierra.

De los veinte que iniciaron esta aventura solamente consiguieron llegar a las costas de Yucatán ocho hombres.

Encontraron en estas nuevas tierras un peligro añadido a su ya notable debilidad física, pues durante la travesía pasaron grandes penalidades, viéndose en la necesidad de beber su propia orina para no resultar deshidratados.

Hubieron de enfrentarse a unos nativos belicosos y aguerridos llamados “cocomes”, una tribu que se integraba dentro de los mayas, los cuales prendieron a los españoles a alguno de los cuales sacrificaron a sus dioses.

Según cronistas, ofrecieron a los más delicados de salud, reservando a los demás con el fin de engordarlos para posteriores sacrificios y banquetes rituales.

Los pocos supervivientes consiguieron escapar, pero fueron nuevamente capturados por los nativos que los esclavizaron y distribuyeron, por separado, entre los jefes de aquella tribu.

Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar se convirtieron en servidores de la casa del cacique maya de Chetumal, actual provincia de Quintana Roo, llamado Na Chan Can y más concretamente, Gonzalo, pasó a su servicio personal.

Hombre curtido, inteligente y experimentado de la vida, pronto comprendió que había de doblegarse a su nueva situación, si es que quería conservar la vida y así, poco a poco fue ganándose la confianza de su señor e integrándose en las costumbres y cultura maya.

Empezó por vestir como los mayas, agujerearse las orejas y el labio inferior y colgarse amuletos y hasta adoptó la religión de los indígenas.

Apaciguada la inicial animadversión hacia su persona, pronto tuvo ocasión de ganarse un puesto de mayor rango en la tribu, con ocasión de las continuas batallas que se daban entre tribus vecinas.

El conocimiento militar de Gonzalo lo hizo destacar como hábil estratega y comenzó a instruir a los nativos en tácticas de guerra, así como en la construcción de trincheras, fuertes, baluartes. Una labor muy importante fue la de eliminar el miedo que la pólvora producía en los indios y enseñarle la estrategia necesaria para vencer a los conquistadores, a los que presentaba como hombre normales.

De siervo de su amo paso a yerno, cuando la hija del cacique, Zazil Can, puso sus ojos en aquel hombre fuerte y decidido que llevaba a sus guerreros a continuas victorias.

Se desconocen otros detalles de la hija del cacique con la que formó una familia y cuyos hijos se convirtieron en los primeros mestizos del continente americano.

En 1519 Hernán Cortés, que marchaba a la conquista de Méjico, desembarcó en la isla de Cozumel, frete a la península de Yucatán, en donde algunos indígenas le informaron que por allí había dos náufragos españoles que llevaban mucho tiempo entre ellos.

Cortés vio la posibilidad de utilizar a aquellos hombres en su expedición, ya como “lenguas”, ya como soldados conocedores de las costumbres bélicas de los nativos, y así, despachó misivas invitándoles a unirse a su expedición.

La acogida de la invitación tuvo dos posturas encontradas. Jerónimo de Aguilar, que seguramente no se integró en la sociedad maya de la misma forma que hiciera Gonzalo, no dudó en reunirse con los españoles a los que acompañó con notable éxito, dado su conocimiento de la lengua maya.

Por el contrario Gonzalo, ya más maya que castellano, rehusó el ofrecimiento alegando que su mujer y sus hijos  eran más importantes que la gloria de la conquista.

Cortés le hizo una contra oferta: podía llevar con él a su familia; pero Gonzalo alegó entonces que era un esclavo del cacique y que no tenía opción de elegir.

Y pasaron los años y Gonzalo seguía integrado en la sociedad que lo había acogido, por cuya razón pensaba que debía estarle agradecido, pues podría haber terminado en el ara del sacrificio y su corazón, aun latiendo, devorado por los nativos.

Así que permaneció fiel a los mayas hasta sus últimos días y no solamente guerreó contra tribus rivales, sino que se enfrentó a todos los intentos españoles por conquistar Yucatán, lo que hizo que la conquista se demorara por años.

En el año 1527, el Adelantado Francisco de Montejo, intentó que Gonzalo se uniese a sus tropas y le ayudara en la conquista, sabiendo del prestigio militar y guerrero que había alcanzado. Así, le escribió una carta invitándole a que abandonara su vida india y volviera al servicio de la Corona, con la promesa de los más altos honores.

Pero el Renegado Guerrero decidió continuar fiel a su pueblo de adopción y en el reverso de la esquela, escribió de su puño y letra que como esclavo no tenía opción de elegir, el mismo argumento ya utilizado, pero que los españoles podían considerarlo su amigo.

Pero ya no era amigo de los españoles, ni súbdito de su corona, era un maya más que adivinando las intenciones de Montejo comenzó a organizar la fortificación de la ciudad.

El Adelantado creó en Yucatán una pequeña ciudad a la que llamó Salamanca, nombre con el que, por añadidura, empezó a conocerse la península de Yucatán y que pronto quedó en desuso, a favor del nombre que los indígenas daban a su tierra.

Desde la nueva ciudad, Montejo lanzó un ataque contra Chetumal con sus fuerzas divididas en dos grupos que por el norte, al mando de Alonso de Ávila con fuerza de caballería y el sur, con fuerzas mandadas por él, atacarían conjuntamente para coger a la tribu entre dos fuegos, pero Gonzalo, advertido de la maniobra obró con astucia enviando falsos informadores a cada uno de los grupos de españoles y haciéndoles creer a los de Ávila que Montejo había muerto en una escaramuza con los indios, mientras a éste le llegaba información de que Ávila y su gente habían sido esquilmados.

Ambos muy ingenuos, se dejaron engañar y decidieron volver a la recién creada ciudad, donde comprobaron hasta que punto habían sido engañados por la astucia de Gonzalo.

Posteriores intentos de conquistar Yucatán, fracasaron estrepitosamente frente a las hordas indias capitaneadas por Gonzalo que, además, con sus triunfos había conseguido erigirse en líder de muchas otras tribus que se le fueron uniendo, formando un frente común contra los conquistadores españoles.

De ese modo, años más tarde, cuando Alonso de Ávila intentó nuevamente la conquista del territorio, tuvo que enfrentarse a una sublevación indígena de formidable tamaño que no pudo sofocar y tuvieron que huir en canoas hacia Honduras.

Hacia 1536, la fama de Gonzalo era tal que tribus de etnia maya que habitaban Honduras, reclamaron su ayuda para enfrentarse a los españoles. No lo dudó y acudió con sus hombres en auxilio de sus compatriotas de adopción, pero en esta ocasión tuvo poca fortuna pues fue alcanzado por un disparo de arcabuz y murió.

Un informe del gobernador de Honduras, Andrés de Cereceda, fechado el 14 de agosto de 1536 dice que entre los muertos de la contienda fue encontrado el cadáver de un hombre blanco, con vestimenta de indígena y pintado a la manera de un indio.

Historia y leyenda combinadas en un personaje ambivalente que para los hispanos era un renegado y para los nacionalistas mejicanos un mártir de la lucha contra el imperialismo.

En  numerosas ciudades de Yucatán hay estatuas dedicadas a este personaje en las que se le representa como gran guerrero, pero también como cabeza de familia, acompañado de su mujer e hijos.

Una de las muchas esculturas del personaje

jueves, 15 de octubre de 2020

HUMANISTA Y CIENTÍFICO

 


Si ha habido un hombre del Renacimiento tan brillante como ignorado durante siglos por la historia, ha sido Benito Arias Montano.

Nació en la localidad de Fregenal de la Sierra, al sur de Badajoz, casi frontera con Huelva en el año 1527 y falleció en 1598 en Sevilla, a la avanzada edad de setenta y un años. Curiosamente los años de nacimiento y defunción de este personaje coinciden con los del que fuera su amigo y benefactor, el rey Felipe II.

No solamente fueron a nacer y morir en los mismos años, sino que Arias Montano llegó a ser el hombre de confianza, consejero político y factótum del monarca en todo lo concerniente a temas bibliográficos.

Su padre era letrado del Santo Oficio y se ocupó y mucho de la educación del tercero de sus hijos, en el que muy pronto se advirtió que era extremadamente inteligente. Bajo la tutela de su padre y de un sacerdote de la localidad, llegó a los catorce años, momento en el que habiendo fallecido su padre, se trasladó a Sevilla para prepararse para ingresar en la universidad, donde realiza un curso de Artes de dos años.

A principios del año 1548 se traslada a Alcalá de Henares, donde se encuentra la universidad más importante de España y posiblemente de Europa, y en la que estudia filosofía, amplía sus conocimientos de arte, física, filosofía natural y medicina y amplía sus estudios de teología y de las lenguas clásicas, latín y griego, en las que se convierte en todo un referente europeo. Estudia también y llega a dominar el árabe, hebreo y sirio.

Ya dio muestras de una inteligencia poco común, pues aparece en numerosas crónicas relacionado con altos personajes de la intelectualidad española de la época, como el humanista y poeta Juan de Quirós. Unos años después, se ordenó sacerdote y se retiró a un pueblo de Huelva llamado Peña de Alájar donde se dedico a estudiar las Sagradas Escrituras.

Adquirió tal fama como experto en esta última materia que el obispo de Segovia, que iba a participar en una de las múltiples sesiones en las postrimerías del Concilio de Trento, se lo llevó como asesor.

En las ocasiones en que pudo participar en el famoso concilio, dio muestras de una gran erudición, la cual llegó a oídos del rey Felipe II que a su regreso de Trento, lo nombró su capellán con el encargo de redactar una nueva Biblia que innovase a la Biblia Poliglota Complutense, editada en la ciudad de Alcalá de Henares por impulso del cardenal Cisneros en 1517.

Esta nueva Biblia que se conocería como Biblia Políglota de Amberes o Biblia Regia no fue bien recibida por la ortodoxia recalcitrante de la Santa Inquisición, pues Arias Montano introdujo una considerable cantidad de conceptos que la hicieran más asequible y entendible para el lector no versado en temas bíblicos.

La Biblia se publicó después de cuatro años de intensos trabajos en los idiomas hebreo, griego, arameo y latín, todos dominados por el humanista español.

Al finalizar su trabajo sobre la Biblia, Felipe II le encargó gestionar la biblioteca de El Escorial, en donde desarrolló una labor ingente, realizando multitud de traducciones de textos hebreos, a la vez que escribía tratados teológicos, filosóficos y científicos.

 

Portada de la Biblia Políglota de Amberes

Su producción humanística es inmensa y por eso es conocido en todos los círculos religiosos que debatían alrededor de las Sagradas Escrituras, en cuya materia era una autoridad mundial.

Pero existía otra cara de su extensísimo saber que nada tenía que ver con lo hasta ahora descrito y esta es su faceta como científico.

Desde Aristóteles y en relación con el aire que compone la atmósfera, se tenía por cierto que no ejerce presión alguna; de igual manera había sentenciado el sabio griego que el vacío no existe en la naturaleza. Esta última teoría conocida como “horror vacui”, ya fue desestimada y demostrado su error por algunos sabios alejandrinos, sobre los que escribí un artículo hace años y que puedes consultar en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2019/06/el-sabio-del-aire-comprimido.html , pero desde entonces hasta el Renacimiento nadie se volvió a interesar por este tema. Desde ese momento, la doctrina aristotélica empezó a ser arrinconada, consiguiéndose avances tan importantes como los experimentos realizados por Torricelli sobre la presión atmosférica.

No quedó Arias Montano fuera de esta experimentación y en su monumental obra Naturae Historia trata la materia del vacío y describe cómo al succionar por un tubo desde un depósito con agua, esta sube y al cesar la succión desciende, lo que crea una mecánica utilizable para fabricar ingenios capaces de hacer subir el agua hasta grandes alturas por medio de la fuerza del vacío.

Superaba en conocimientos de medicina a muchos de los médicos de su época y su amigo Francisco de Arce, uno de los más afamados galenos de la época y médico personal de Felipe II, le encargó que escribiera el prólogo de su obra médica.

En materia de Ciencias Naturales era todo un experto como demostró con  la obra antes mencionada Naturae Historia. Tuvo contactos y experiencias con varios naturalistas europeos, como Carolos Clusius que fue el creador de los jardines botánicos que se extendieron por todos los países de Europa y a la vez está considerado el botánico-horticultor más influyente de su siglo.

Con él intercambió plantas y semillas con fines de mejorar las cualidades de los vegetales.

No escapaba a sus conocimientos el campo de las matemáticas, influyendo sobre el Duque de Alba, gobernador de Flandes, para la creación de una cátedra de esa materia en la universidad de Lovaina.

En materia de geografía era capaz de discutir con Gerardo Mercator, considerado el padre de la cartografía moderna, con el que intercambió mapas e instrumentos auxiliares para la cartografía.

Y también fue un experto en numismática, una materia sobre la que con solo catorce años escribió un trabajo científico titulado: Discurso sobre el valor y la correspondencia de las monedas antiguas con las nuevas.

Con tan escasa edad y un título como el expuesto no es descabellado pensar que nos hallamos ante un “niño repelente”, pero lo cierto es que no era así, solo que sentía curiosidades por determinadas cosas que su inteligencia se negaba a desdeñar y se empleaba a fondo para lograr ese conocimiento.

 Y por último, aunque no está constatado, debía poseer grandes conocimientos en materias jurídicas, porque su amigo, el rey Felipe II, le encargó que redactara un dictamen sobre sus derechos sucesorios al trono de Portugal tras la muerte, sin descendencia, del rey don Sebastián en la Batalla de Alcazarquivir, dictamen que redactó en unión de otros dos expertos y que buena enjundia jurídica debía tener, cuando Felipe fue jurado rey por las cortes portuguesas el año 1581, bien es cierto que el pueblo no lo aceptaba, pero ante las cortes sus derechos fueron reconocidos como hijo Isabel de Portugal.

En 1592 regresa Sevilla y ya muy desgastado por la intensa vida llevada, no sale de Andalucía y reparte su tiempo entre el convento de Santiago, del que era prior, el Monasterio de la Cartuja, situado en la famosa Isla de la Cartuja y al que legó todos sus bienes y una finca que llamó “Campo de las Flores”, también en Sevilla. 

Portada de la Cartuja de Sevilla

 Pero su tesón creativo no cedió a sus años y poco antes de fallecer creó en Aracena una “Cátedra perpetua de lengua latina”.

El día seis de julio de 1598, a las tres y media de la madrugada, entregó su alma al Altísimo, según constaría en la fórmula de la época.

Como puede verse la actividad humanística y científica de este olvidado personaje está fuera de toda duda, si  embargo tras su muerte cayó en un olvido secular del que apenas ha despertado.

Es muy posible que Arias Montano careciese de empatía con otros personajes ilustres de su tiempo, quizás por considerar sus conocimientos muy por encima del resto y también es posible que su enfrentamiento con la Inquisición, del que no le libró nada más que su íntima amistad con el rey, hiciera de él un personaje proscrito y que en el seno de la Iglesia no fuese demasiado querido, dada la controversia creada por su Biblia, la de Amberes o Políglota, que no tuvo la aceptación eclesiástica esperada.

Es una incógnita, pero no es singular, pues muchos sabios y doctos hispanos sufrieron de esa misma miseria humana de tratar de ignorar al contrario, a pesar de sus cualidades.


jueves, 8 de octubre de 2020

EL LAGO ESPAÑOL

 


Desde que castellanos, aragoneses y andaluces se lanzaron a los mares, comenzaron a proliferar toda una serie de marinos ilustres que especializado cada uno de ellos en sus latitudes, fueron capaces de trazar las rutas que rodearan todo el globo terrestre.

Los aragoneses se hicieron dueños del Mediterráneo. Castellanos y andaluces iniciaron arriesgadas navegaciones primero en el Atlántico y luego en el Pacífico.

Las dificultades de la navegación en los siglos XV y siguientes eran múltiples.

En primer lugar el diseño de las embarcaciones y sus aparejos permitían una navegación muy limitada, teniendo que llevar siempre el viento favorable (barlovento). Por otro lado la limitada tecnología con la que se construían los barcos no los hacía eficaces para largas singladuras y tras varios meses de navegación empezaban a deteriorarse, a hacer agua y a pudrirse el maderamen. En segundo lugar no podían determinar la longitud en la que se hallaban, una vez perdida de vista la costa.

Por último el problema de la alimentación, que no era de poca importancia.

Con valentía y arrojo, un buque de aquella época podía llegar hasta donde el viento lo llevase, pero volver era otra cosa muy distinta y complicada.

Cristóbal Colón conocía los vientos alisios que soplan constante desde la orilla Este del Atlántico hacia la Oeste. Desde las costas africanas hasta las americanas y usándolos, arribó al nuevo continente.

Pero volver fue más complicado, aunque sabía de la existencia de los contra alisios y de la corriente del Golfo de Méjico, encontrar el punto en que estas dos circunstancias coadyuvaran a la navegación de vuelta, era complicado.

Las cosas ocurrían así en el Atlántico, un gran océano, sin duda, que se hacía poco a poco más navegable gracias a la pericia de aquellos ilustres marinos, pero sus dimensiones y su conocimiento no eran nada comparables con la navegación del Océano Pacífico, infinitamente más grande y desconocido, no en vano ocupa casi la tercera parte de toda la superficie de la Tierra; por eso, las primeras navegaciones por lo que entonces se llamaba Mar del Sur, fueron de una tremenda dificultad.

Pasar el Cabo de Hornos y seguir la ascendente costa para llegar al Perú, no presentaba grandes dificultades.

Cruzar a pie el istmo de Panamá, después de haber desembarcado en Veracruz o Portobelo y continuar navegando hasta Perú, tampoco las suponía, pero el afán de los descubridores de llegar más allá, hasta encontrar la “Terra remota Australis” era un asunto mucho más complicado.

Navegar desde las costas americanas hacia el oeste, en busca de los paraísos de las sedas, las especias, las maderas y marfiles, era relativamente fácil, el retorno era imposible.

Los alisios, también presentes en el Pacífico, empujaban las naves con cierta rapidez y desde cualquier punto de la costa, entre el Cabo de Hornos y la Península de California, era posible viajar hacia el Oeste, pero regresar era un verdadero problema.

A toda esta dificultad había que añadir otra que era la escasa tecnología con que se construían las naves de aquella época que no resistían unos viajes tan largos desde la Península Ibérica hasta las Molucas o Filipinas.

Pero Hernán Cortés, en una carta que le dirige al rey Carlos I, le hace saber que en la costa del Pacífico ha empezado a construir navíos y bergantines con el fin de explorar aquellos mares.

Partir de las costas americanas con buques nuevos suponía dar un importante giro a la navegación.

Pero hubieron de pasar todavía algunos años para que se consolidara la posibilidad de navegar el Océano Pacífico.

En este periodo de tiempo aparece la figura de un piloto excepcional; se trata de Andrés de Urdaneta y Ceráin, nacido en 1508 en la ciudad guipuzcoana de Villafranca de Ordicia, en el seno de una familia de ilustre linaje.

Con apenas 17 años formó parte de la expedición dirigida por un pariente suyo, Jofre de Loaisa, para colonizar las Islas Molucas, cuya titularidad estaba en litigio entre España y Portugal.

 

Retrato de Andrés de Urdaneta

 

Era una expedición formada por siete naves y 450 hombres, entre los que figuraba Juan Sebastián Elcano. La expedición duró once años y en ella encontraron la muerte Loaysa y Elcano, regresando a España una única nave capitaneada por Urdaneta con veintidós hombres.

 El emperador Carlos lo recibió y el navegante le entregó una memoria de todo lo sucedido en la expedición.

En la corte, Urdaneta conoce a Pedro de Alvarado, mano derecha de Hernán Cortés y con él regresa a Nueva España, actual Méjico, donde se prepara una nueva expedición a Molucas y Filipinas.

En ese intervalo y sin que se sepan muy bien las razones, Urdaneta decide ingresar en la orden de los Agustinos, cuando ya tenía 45 años.

Mientras, en Acapulco, se estaban construyendo los barcos que conformaría la nueva expedición en la que figuraba como máximo responsable Miguel López de Legazpi que a la postre sería el conquistador de Filipinas.

El 21 de noviembre de 1564 zarpó la expedición del puerto de La Navidad, en Méjico y dos meses después arribaron a las Filipinas sin grandes incidencias en el viaje y aprovechando los tan repetidos vientos alisios. La expedición estaba compuesta por cuatro buques: dos naos la San Pedro y la San Pablo y dos pataches: el San Juan y el San Lucas y llevaba 480 hombres a bordo: 150 hombres de mar y el resto, cinco agustinos, colonos y militares.

Aquella expedición fundó el primer asentamiento español en el archipiélago: Villa  San Miguel, con el que se inició una ocupación que duraría 333 años.

En Filipinas permanecieron una larga temporada, reparando los buques y esperando un tiempo favorable para intentar el regreso y el uno de junio de 1565 zarparon con destino a lo casi desconocido, aunque la meta era volver a Nueva España.

Aprovechando vientos del suroeste, Urdaneta y el resto de los pilotos de los barcos que regresaban, dejaron atrás Filipinas dirigiéndose cada vez más al norte; así, ascendieron hasta los 42º Norte en donde por casualidad, se encontró con una corriente que le impulsaba hacia el Este.

Era la corriente que actualmente se conoce como Kuro Siwo, una corriente muy fuerte que nace en las costas de China, sube hasta Japón y allí se funde con otra corriente que procede del Estrecho de Bering y las islas Aleutianas.

Esas dos corriente juntas impulsaron los buques hacia el continente americano, hasta las costas norte de California, desde donde navegaron hacia el sur, costeando, para llegar a Acapulco.

Habían recorrido más de catorce mil kilómetros, a una media de cien kilómetros al día.

Pero al llegar a Acapulco se encontraron con que un capitán de la expedición llamado Alonso de Arellano, con cuyo barco perdieron contacto a poco de salir de Filipinas, se les había adelantado.

Sin embargo Urdaneta argumentó mejor su ruta, cosa que Arellano no pudo efectuar y creyendo que su regreso se hubiera debido más a un golpe de fortuna que a una experiencia científica lo cierto es que desde aquel momento la ruta del tornaviaje fue la que descubrió el fraile Agustino.

A partir de entonces los buques españoles comenzaron a navegar asiduamente desde Nueva España hasta Filipinas y regresar de manera regular a Acapulco, tanto es así como que al buque que hacía la ruta se le llamaba Galeón de Manila.

Esta posibilidad de ir y regresar produjo un tráfico constante de mercancías orientales, no solamente de Filipinas, sino de todo el continente asiático que muchos mercaderes nativos se encargaban de transportar desde India, China o Japón hasta las Islas Filipinas, donde eran cargadas y traídas a España, vía Méjico.

  Las rutas del Océano Pacífico estaban dominadas y los barcos españoles surcaban aquellas aguas con tanta prodigalidad que el inmenso océano empezó a ser conocido como “El lago español”.