miércoles, 3 de febrero de 2021

MAS IMPRUDENCIAS REALES


Una inveterada costumbre se ha mantenido a través de los siglos y no es otra que poner calificativos a los reyes; y no es solo una costumbre española, en todas las monarquías se ha dado. Pero vamos a ceñirnos a la española donde los calificativos van desde el “Santo” al “Felón”, desde el “Cruel” al “Campechano”, desde el “Sabio” al “Hechizado”. Desde el “Piadoso” que se asignó a Felipe III,  a su padre conocido como el “Prudente”.

Este es el sobrenombre que se adjudicó a Felipe II, el monarca más poderoso que ha conocido la historia del mundo y al que ya dediqué varios artículos sobre sus peculiaridades, pero no está tan claro que fuera un rey prudente, sino más bien, como muchos historiadores lo han definido, un rey abúlico.

Pero determinadas actuaciones a lo largo de su vida, hacen pensar que antes de ser una persona prudente, es decir, que meditaba y calibraba sus actuaciones, estudiaba sus consecuencias y obraba de la forma más conveniente a los intereses de su estado, era alguien que andaba por el mundo apoyado en una superioridad mundialmente reconocida y con una conciencia un tanto complaciente.

Aparte de la escabrosidad del tema de su hijo, el príncipe Carlos que murió confinado en palacio y en extrañas circunstancias, otros dos hechos corroboran esta impresión mía, aunque ya se que no soy nadie para sacar conclusiones y mucho menos de personaje tan importante y trascendente.

Puede consultar mi artículo sobre el príncipe Carlos en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2015/02/felipe-el-imprudente.html .

No se puede considerar prudente a quien protagonizó, entre otros, dos de los peores errores de su reinado y de nuestra historia y que trajo consecuencias de lo más nefastas.

Los hechos no son muy conocido y por eso me atrevo a sacarlos a relucir.

Aunque el protagonista, es decir, el que tenía el poder de cambiar los acontecimientos, fue el rey Felipe II, el verdadero personaje central de esta historia fue Lamoral Egmont, IV Conde de Egmont.

Nacido en Flandes en 1522, fue el segundo hijo de una de las familias más ricas y poderosas de los Países Bajos; sobrino del Emperador Carlos V y por tanto primo del príncipe Felipe, recibió una importante educación militar en España dentro de la propia casa real. Con veinte años, por muerte prematura de su hermano mayor, heredó lo que entonces era una provincia española y que hoy es el reino de Holanda.

Fue una persona tan importante en la corte española que Felipe II le eligió para representarle en la ceremonia del casamiento con María Tudor de Inglaterra. En el campo militar participó en la batalla de San Quintín, la gran victoria sobre el ejército francés y en la de Gravelinas que marcó, con la victoria española. el fin de la guerra entre los dos países, el de Egmon jugó el papel estratégico más importante.

Tal confianza tenía en él el rey Felipe que le nombro lugarteniente de los Países Bajos, es decir, era su virrey.

Pero surgió la cuestión religiosa en la que Felipe era absolutamente intransigente y es que Egmont, junto con otros importantes personajes flamencos como Guillermo de Orange o Felipe de Montmorency, conde de Horn, eran contrarios al establecimiento de la Inquisición en los Países Bajos para perseguir las desviaciones católicas, pero sobre todo, para atajar la herejía luterana.

Creyendo que su parentesco con el rey, su condición de católico y aparte los innumerables servicios prestados a la corona obrarían en su favor y conseguiría convencer al monarca español de que aquellos países no eran como España y que la libertad religiosa estaba muy arraigada en el pueblo flamenco, nada consiguió en la corte española y su adhesión y amistad con su primo se fueron enfriando.

Estalló en Amberes una oleada de destrucción de iglesias católicas que se extendió por todo Flandes y Felipe II, con su escasa prudencia, envió a reprimir militarmente aquellos desordenes a un poderoso ejército al mando del funesto Duque de Alba, cuya persona aún se recuerda tristemente en Flandes.

Lo primero que hizo el Duque a su llegada a Bruselas fue citar a Egmont y al conde de Horn con la excusa de transmitirle las instrucciones reales y cuando los tuvo ante su presencia ordenó su arresto y sin juicio alguno los condenó a muerte, so pretexto de haber sido ellos, junto con Guillermo de Orange, que no pudo ser detenido, quienes alentaron los tumultos, que Egmont, como lugarteniente del rey, estaba obligado a evitar.

El cinco de junio de 1568 fueron decapitados en la Gran Plaza de Bruselas, en donde una placa conmemora la injusta ejecución. 

 

Cierto que la posición real era muy complicada, pues se hacía necesario demostrar quien detentaba el poder, pero otras formulas menos dramáticas hubieran sido posible y sobre todo no habría traído las nefastas consecuencias que aquella ejecución produjo.

Egmont tenía un hijo pequeño, llamado precisamente Felipe, que al llegar a la edad adulta heredó todos los títulos de su padre y que con mucha visión estratégica fue acogido por Guillermo de Orange para presentarlo como paladín de su lucha contra la dominación española.

Pero el joven Egmont en cuanto pudo se sacudió el yugo que trataba de imponerle el de Orange y fue a buscar el cobijo en su pariente el rey Felipe II, al que sirvió militarmente, tanto que fue encargado por el rey de presentar batalla a Guillermo de Orange en 1579 y tras vencerlo no lo pudo capturar porque huyó en el último momento.

El ajusticiamiento de Lamoral Egmon no fue una prudente medida y desató el comienzo de la secesión de los Países Bajos.

Tampoco lo fue la de otro importante personaje de la política española: Juan de Lanuza, Justicia Mayor de Aragón, el antecedente de nuestro actual Defensor del Pueblo.

Juan de Lanuza, llamado el Joven, para diferenciarlo de su padre que llevaba el mismo nombre y ostentó el mismo cargo, fue el quinto Justicia Mayor de Aragón con el mismo nombre, por lo que “El Viejo” y “El Joven” se sucedieron en varias ocasiones.

El protagonista de esta historia nació en lugar desconocido, en el años 1564 y aun en vida de su padre ya fue confirmado por Felipe II como digno sucesor de su padre.

Pero en estas se produjeron en España unos acontecimientos que convulsionaron a la monarquía. El todopoderoso secretario real Antonio Pérez se vio involucrado de manera muy grave en el asesinato de Escobedo, el secretario de don Juan de Austria. Detenido y encarcelado consiguió escapar de la prisión de Madrid en el año 1590 y busco inmediato asilo en Aragón, aludiendo su condición de aragonés, -aunque había nacido en Guadalajara- y por conocer perfectamente que sus fueron y su Justicia Mayor, lo protegerían.

En ese entreacto fallece Lanuza Padre y su hijo le sucede en el cargo, encontrándose con una patata caliente difícil de resolver. Era el 22 de septiembre de 1591.

Por un lado se encuentra la rectitud de su carácter, su formación jurídica y el apoyo que recibe de personajes tan importantes como el Conde de Aranda o del poderoso Juan de Luna, incluso del propio pueblo aragonés, celoso de sus tradiciones que no veía con buenos ojos que ni siquiera el rey interfiriera en los conflictos de justicia de la antigua Corona: “Antes Fueros Leyes que reyes”

Del otro lado se encuentra al rey que personalmente guarda un odio feroz a quien había sido su mano derecha. Solicita del Justicia Mayor que le entregue al condenado y Juan Lanuza El Viejo, se niega, pero el rey empecinado en su artera venganza no duda en saltarse todos lo vallados y usando el Tribunal de la Inquisición, lo mismo que en Flandes, consigue encarcelar a Antonio Pérez, acusándolo de herejía.

Una serie de violentos altercados acaban con el asalto a la sede inquisitorial y liberan al preso que huye rápidamente a esconderse donde mejor pueda.

Y aquí comienza la otra imprudencia del rey, al enviar a Aragón al igual que antes a Flandes, a un ejército poderoso para sofocar el levantamiento lo que se llevó a cabo con una saña y brutalidad tales que no solo acabaron con la vida de muchas personas, entre ellos muchos inocentes, sino que se sembró de sal las tierras de las ciudades que más hostilmente se opusieron a la injusticia real.

Fue ese el momento en el que el Joven Lanuza sucede a su padre y no dudó ni un solo momento en ponerse al frente de la sublevación en defensa de los Fueros.

Antonio Pérez consigue huir a Francia, pero Felipe manda apresar al Justicia Mayor, un joven de apenas veintiséis años, al que juzga, condena y manda decapitar.

La acción tenía un doble sentido. En primer lugar castigar la sublevación de Lanuza, su oposición al poder real y la segunda y no menos importante tenía el significado implícito de dejar descabezada una institución tan importante como era la de Justicia Mayor.

Pero el pueblo de Aragón jamás olvidó el ultraje a sus fueros, como tampoco olvido el dolor por las víctimas caídas en el enfrentamiento y la ruina económica que le llegó luego.

Ejecución de Juan de Lanuza “El Joven”

jueves, 31 de diciembre de 2020

UN BUEN PUÑETAZO

 

El naufragio más dramático de la historia de España ocurrió el día 10 de marzo de 1895. El acorazado “Reina Regente”, construido ocho años antes, se fue a pique con su tripulación de 472 hombres, sin ningún superviviente.

Sencillamente se lo tragó la mar que devolvió a los pocos días unos resto insignificantes que demostraban que el terrible suceso se había producido.

Este naufragio, del que mi abuela me hablaba desde que yo era muy pequeño, pues ella había sufrido el dolor en sus carnes, me dio pie para escribir una novela que aún no he publicado y que me llevó muchos años de intensa documentación.

El barco era un navío magnífico, nuevo, pero como muchas de las cosas que ocurren en este país, demasiadas personas habían metido sus manos en él y tenía fallos estructurales que lo hacía poco “marinero” que dirían los expertos.

En primer lugar se habían montado cuatro cañones de 240 mm diseñados especialmente por el artillero jerezano González Hontoria, que se colocaron a proa y popa y bajo los cuales se hallaban los pañoles de munición.

El extremado peso de estas baterías, en relación con el desplazamiento total del barco, limitaba la maniobrabilidad y sobre todo, la batería de proa, impedía que el buque tomara la mar con la gracia que los buques de guerra lo suelen hacer y le costara levantar la proa cuando la hundía en una ola.

En segundo lugar, su timón era muy pesado, catorce toneladas, y con un solo punto de apoyo y por último, problemas de presupuesto no tenían en perfecto estado de conservación y funcionamiento las compuertas de cubierta, cuyas juntas estaban muy deterioradas y permitían la entrada del agua.

Cuento todo esto para centrar un poco la historia que viene a continuación.

En la década de los noventa del siglo XIX, Marruecos era un hervidero bélico. Las hordas rifeñas asediaban Melilla y en una de las escaramuzas, defendiendo el fuerte llamado Cabrerizas Altas, el general García Margallo, comandante militar de la plaza, recibió un disparo y falleció en el acto.

 

General García Margallo

 

La contienda se solucionó después con una muy buena gestión diplomática; entre España y el Sultanato se firmaron unas capitulaciones que se refrendaron por el sultán Hasan I, en Fez y tenían que ser refrendadas en Madrid por la reina María Cristina, regente por la minoría de edad de Alfonso XIII.

Tras la primera firma, el sultanato de Marruecos nombró una embajada que iba encabezada por Abd el Krim Brisha, un diplomático y hombre de estado muy poderoso que hablaba español correctamente.

La comitiva mora se hospedó en el Hotel Rusia, de la capital de España y la mañana en que salía hacia el palacio real para culminar el protocolo, de entre el público salió un hombre que de un fuerte puñetazo derribó a Brisha por los suelos.

Por un momento pareció que todo se iba al traste, sobre todo cuando se comprobó que el hombre era nada menos que el general Miguel Fuentes Sanchiz, compañero y amigo del general García Margallo que con aquel puñetazo quería vengar la muerte de su amigo.

Por extraño que parezca, Brisha comprendió el sentimiento de su agresor y el incidente se olvidó, pero España quería quitarse a los marroquíes de encima, así que en cuanto pudieron los mandaron a Cádiz, los embarcaron en el Reina Regente que no estaba en condiciones de navegar y esperaba para entrar en reparación y se los llevaron a Tánger.

La ida fue un viaje casi normal, aunque empezó a emborrascarse el tiempo, pero la vuelta es una incógnita. El barco se hundió frente a Barbate y nada se pudo saber de qué había sucedido.

Y todo por el puñetazo que un dolor profundo por la pérdida de una compañero y amigo, hizo perder la cordura a un general.

Ése es y así se entiende, lo que es el honor militar y hasta el embajador marroquí lo comprendió, pero no estoy tan seguro de que actualmente un deshonor militar lleve a un general a pegarle un puñetazo a un compañero.

 


Como cualquier persona, un militar puede desarrollar el pensamiento ideológico que más acaricie sus sentimientos. ¡Faltaría más!, pero de lo que no estoy tan seguro es de que un militar pueda o deba traicionar aquellos principios que seguramente con gran honor y satisfacción, juró en su día.

Es una constante caprichosa de los políticos poner al frente de determinados ministerios a personas que no tienen ni idea de lo que se cuece en ellos y eso viene ocurriendo desde hace algunos años, sobre todo en uno muy concreto, el de Defensa, para el que se viene eligiendo a una mujer con la esperanza de que se enfrente a un contingente esencialmente masculino y salga airosa.

Tras este comentario me tacharán de machista y acepto el calificativo porque soy de la opinión de que para cada puesto hay que elegir al mejor, sea hombre o mujer y seguro que para Defensa los mejores no se encuentran entre el “sexo débil”.

Eso hizo que Carme Chacón, ministra de Defensa con el presidente Zapatero, eligiera como Jefe del Estado Mayor a un teniente general de aviación llamado Julio Rodríguez Fernández, al que todos conocían como “Julio el Rojo”.

 No entiendo como siendo tan “rojo”, ingresó en el Ejército del Aire en 1969, estando Franco vivito y coleando. Lo suyo es que se hubiera dedicado a la militancia en aquellos partidos extremos, rojos como PCEr, ORT, Liga Comunista Revolucionaria, OMLE, o incluso otros más moderados, como PC y PSOE.

Pero no, no va a la confrontación directa, lo hace por detrás, por la espalda, con un puesto en el Ejército asegurado de por vida y con la absoluta seguridad de que empezó a “rojear” cuando su caudillo, al que juró lealtad, había muerto.

Pues bien, “Julio el Rojo” alcanzó la máxima categoría profesional: General de cuatro estrellas, que hasta entonces solo lo era el rey.

En 2011, al ganar las elecciones el PP, fue sustituido por un almirante de la Armada.

A partir de ese momento sale de dentro todo lo que “El Rojo” llevaba y que resultó que no era rojo, sino morado, porque el “podemita”, Rafael Mayoral lo recluta y muy pronto va de la mano de Pablo Iglesias que desde entonces lucha por situarlo políticamente en un buen puesto del partido. Pero Julio no vale para político. Lo “incrustan” de número dos en Zaragoza en las listas para las Generales de 2015 y no sale elegido.

Un nuevo experimento para colocarlo son las siguientes elecciones, donde va de número uno por Almería y tampoco sale elegido. Un fracaso tras otro, hace que la única posibilidad de seguir contando con la inestimable colaboración del ex JEMAD es meterlo con calzador en la Asamblea de Podemos en Madrid, donde Pablo Iglesias lo controla todo y consigue que le gane por amplio margen a Isabel Serra.

Tras la dimisión de Ramón Espinar, Iglesias lo vuelve a “colocar” como Secretario General de Podemos en la Comunidad de Madrid.

Por sí mismo sólo consiguió aprobar las oposiciones para ingresar en el honorable Ejército del Aire, del que salió despedido (retirado) por el gobierno de Rajoy, por dedicarse a la política estando en situación de reserva, actividad prohibida.

Ya casi no le quedaba iniquidad por hacer, pero aún había algo en la caja de los truenos y se ha despachado abundantemente a favor del pacto entre PSOE, Unidas Podemos y EH Bildu para conseguir, primero la Comunidad Navarra, luego los presupuestos de la vergüenza de España que se ha visto abocada a que sus dirigentes pacten con los asesinos que tiempo atrás les pegaban tiros por la espalda.

Ya no sé si el general lo ha dicho o lo habrá pensado y es que como Podemos va de capa caída y es más que previsible que de buena parte de España desaparezca esa indeseable formación política de resentidos e improductivos parásitos sociales subsidiados, ya que tanto le gustan a él los asesinos de Bildu, en las próximas elecciones irá en la lista de este partido, o en coalición con los etarras, por Navarra o por cualquier otra provincia en la que Podemos se pueda engarzar con los terroristas, formando una bellísima joya de escoria.

Ya no es que sea rojo, ni morado, ni de ningún otro color que el negro, el de las capuchas que usaron y usan sus nuevos conmilitones cuando se sentaban cobardemente tras una mesa y con los rostros cubiertos, para dar a los españoles la “feliz noticia” de que habían asesinado a un militar, poniendo una traicionera y cobarde bomba lapa en su coche o mediante un acto de valentía como el que supone dispararle a bocajarro un tiro en la nuca a una persona indefensa.

Y yo no paro de preguntarme, ¿no es mucho peor este deshonor que desahogarse por la muerte en combate de un general amigo?

¿Nadie va a emular al general Fuentes Sanchiz?

¿Sus compañeros militares no sentirán vergüenza de haber sido algún día sus amigos?

¿Los políticos socialistas que lo encumbraron sin mayores virtudes, ¿no sentirán ningún estremecimiento hacia semejante criatura que no ha dudado en traicionarlos para colocarse en la izquierda más radical?

Del Rojo no voy a colocar ninguna foto, ya sale demasiadas veces en los periódicos y no es digno de ilustrar esta página.


jueves, 24 de diciembre de 2020

AMERICA Y LOS CABALLOS


La conquista del Nuevo  Continente contó con tres factores esenciales que la hicieron sensiblemente más fácil que cualquier otra conquista de territorios que tenga registrada la historia. El primero fue la armadura de los soldados, que los hacía casi  invulnerables frente a las rudimentarias armas de los nativos y a la que se unía el terror que causaban los ruidosos disparos de mosquetes y arcabuces.

Protegidos de cabeza a pies y disparando a distancia sin que el indígena se explicase qué lo había herido, causaban pavor hasta el punto de que los asustados indios se postraban a los pies de los conquistadores, implorando clemencia a unos seres extraños, con la cara cubierta de pelos que aquellas imberbes y sorprendidas criaturas, veían por primera vez.

El tercer factor y quizás el más importante fue el caballo. Nunca habían visto los habitantes de aquellas tierras un animal igual ni semejante y mucho menos que aquellos barbudos montaran en ellos y los manejaran con la destreza obtenida por la larga experiencia como jinetes.

Los primeros caballos que llegaron a América fueron transportados en el segundo viaje de Colón por una orden expresa del rey Fernando.

Con el afán de llevar buenos ejemplares con los que poblar las nuevas tierras, Colón aprobó la compra de unos espléndidos ejemplares hispano árabe traídos de Granada, donde los musulmanes habían cuidado en extremo la selección de la raza.

Esos caballos fueron trasladados a Sevilla para ser embarcados, pero ocurrió que en el último momento, Colón cayó enfermo y los mismos comerciantes que habían seleccionado los animales, los sustituyeron por otros de muy inferior calidad, conocidos vulgarmente como “matalones”, que se definen como flacos, endebles y llenos de mataduras.

Lo que pudo haber sido un verdadero desastre, se convirtió al final en un éxito providencial por las circunstancias que seguidamente se exponen.

Aquellos caballos, veinte machos y cinco yeguas, fueron traídos de las marismas del Guadalquivir, una zona que sufre inundaciones constantes, abierta, con escaso arbolado, en fin, un ecosistema muy inhóspito que exige mucho en la vida diaria y que producía ejemplares de ganado caballar muy feos de aspecto, pero muy resistentes y competitivos.

Eran los caballos en su mayoría de una raza conocida como “marismeños”, aunque también se incluyeron otros que eran conocidos como de “retuerta”, jamelgos de una raza autóctona que se crían en las fértiles bandas de tierra entre las marismas y la tierra seca y que está considerada como la raza autóctona más antigua de Europa. Las “retuertas” son unas lagunas de agua dulce que aparecen en verano y que son producto de las lluvias que se almacenan en las montañas de arena (dunas) y que por efecto del calor la van soltando y descienden sobre una capa arcillosa impermeable, llegando a formar esas lagunas, donde sacian su sed las diferentes especies de animales que pueblan la zona, entre ellas esos caballos que reciben de ahí su nombre.

Ambos ejemplares son caballos resistentes, de escasa alzada, muy propensos a mostrar la osamenta, sobre todo en cuartos traseros y los únicos capaces de sobrevivir en las duras condiciones que las marismas exigen. En muchas ocasiones se ha tratado de aclimatar otros ejemplares de mejor aspecto y el experimento ha sido siempre negativo.

Llegados los caballos a las islas que se iban conquistando, encontraron un terreno muy similar al de su procedencia: manglares, tierras inundables, terrenos fangosos y otras dificultades que los caballos hispano árabes no hubieran soportado.

Y así, aquellos matalones se fueron adaptando perfectamente al terreno y aumentando la cabaña poco a poco.

 

Ejemplares de caballos de las Retuertas

 

Pero eso fue en el descubrimiento y la conquista de las islas caribeñas, porque la primera vez que los caballos pisaron el continente americano fue en la expedición de Hernán Cortes. En las tierras de lo que luego se llamó Nueva España, los caballos se encontraron a sus anchas y prosperó la cabaña hasta hacerse con un contingente importante.

Lo mismo pasó con los caballos que desembarcaron en tierras de Venezuela, tan pantanosas e inundadas de agua que un veneciano que viajaba en la expedición fue el que puso nombre a aquellas inmensas tierras, cuando dijo que se le asemejaban a su Venecia natal y la bautizó como “Pequeña Venencia”: Venezuela.

Más al sur, en tierras de La Pampa, Río de la Plata, Uruguay, volvió a suceder lo mismo, la aclimatación de aquellos caballos era excepcional y se reproducían de manera muy satisfactoria.

Desde Méjico, Juan de Oñate, un conquistador poco nombrado, realizó una expedición hacia los territorios del norte y se extendieron por las inmensas llanuras que forman el sur de los actuales Estados Unidos.

Muchos de aquellos caballos terminaron asilvestrados, al irse alejando de los ranchos en los que vivían, lo que dio lugar a cruces incontrolados y la aparición de los cimarrones, caballos domesticados que tras varias generaciones volvían a la vida salvaje creando manadas de una nueva raza que se llamaron “Mustang”, muchos de los cuales fueron formando inmensas manadas porque faltos de depredadores y disfrutando de abundantes pastos y extensas praderas, nada impedía su reproducción.

Algunos tribus indias, que habían tenido contacto con los españoles y vieron cómo estos manejaban los caballos. Se dedicaban a robo en los presidios que formaban la frontera, pero otras optaron por cazar los ejemplares salvajes y domesticarlos.

La diferencia de las capas y fisonomía de estos animales en relación con los “matalones” que llegaron a América se debe a que estos animales, en plena libertad recuperaron una de las principales características de la selección de las razas y es que suelen reproducirse los mejores.

Esta selección natural mejoró sensiblemente la raza, a la vez que fueron proliferando mejores ejemplares que a su vez contribuían a la superación.

El más famoso de los caballos  que viven en libertad en las praderas estadounidenses es el conocido como “Picasso”, un ejemplar único de rarísima capa.

 

Picasso, un nombre bien merecido

 

Aunque nada tiene que ver con la introducción del caballo en el continente americano, me ha venido al recuerdo un estudio sobre el toro de lidia que hace tiempo me comentó un amigo muy aficionado y docto en materia de tauromaquia.

Es bien patente la degradación que el ganado bravo está sufriendo como consecuencia de la presión que ejercen las figuras de la tauromaquia. Todos quieren toros pequeños, abrochados de cuernos, con poca o escasa fuerza, que no tengan peligro, que no corneen en el suelo al torero caído y muchas otras características que han hecho degradar la raza, hasta un punto que en algunos casos, la bravura que ha caracterizado a estos animales es difícilmente recuperable.

A este respecto y como única solución, un prestigioso veterinario de renombre mundial, muy interesado en el toro bravo, propuso, hace ya muchos años lo que él consideraba la forma de salvaguardar la casta bravía.

Esto era aislar un cierta cantidad de vacas bravas y un número mucho menor de los toros que en el campo se considerasen portadores de los valores tradicionales de la raza.

En un gran acotado, que creo recordar lo situaba en el Coto Doñana, se soltarían a todos los animales con espacios enormes entre ellos, de manera que fuesen dejando actuar a la naturaleza y los más fuertes y bravos cubriesen las vacas.

Calculaba que en cincuenta años se podría producir un número suficiente de machos y hembras que hubiesen recuperado sus ancestrales cualidades que lo han convertido en la única raza de toros bravos del mundo.

Seguro que aficionados y personas más entendidas pondrán miles de peros a esta teoría. Yo me limito a contar lo que me dijo mi amigo y considero que puede no ser una cosa tan descabellada.

Pero volviendo al caballo en América, recientes estudios arqueológicos han venido a demostrar que hace unos doce mil años existían caballos en América del Norte y que por alguna razón ignorada de momento, se extinguieron.

Es más, parece que el caballo es originario de aquel continente y que en época de glaciaciones, cuando el estrecho de Bering era transitable, pasaron a Asia, de la misma forma que tribus humanas hicieron el recorrido contrario.

En Asia el caballo fue una pieza fundamental en la vida doméstica y desde allí se extendió a Europa.

Grandes civilizaciones de la antigüedad usaron los caballos domesticados, tanto para la guerra como para labores del campo o el transporte. Sin embargo, en el resto del África Subsahariana este animal apenas ha sido conocido, salvo los llevados  por los ejércitos colonizadores.

Actualmente solamente hay caballos asilvestrados, los llamados mustang, en las praderas de Estados Unidos y cimarrones en tierras de La Pampa, pero ambos proceden de los caballos españoles. En realidad el único equino salvaje que existe en la actualidad es el “Przewalski”, casi un fósil viviente.

 

“Przewalski” luchando en libertad