jueves, 15 de julio de 2021

EL MARQUÉS DE LAS MARISMAS

 


Con este título nos viene a la mente la figura del popular y entrañable Luis Escobar, último marqués de Las Marismas del Guadalquivir, pues el título los ostenta actualmente una marquesa: Victoria Escobar y Cancho.

Por sus cómicas interpretaciones en el cine, parecía como que eso del marquesado fuera invención suya, pero no, era el 7º Marqués de las Marismas, título que heredó de su padre, el cual le exigió que cursase la carrera de Derecho y que luego se dedicara a lo que quisiera, que en este caso era el teatro, tanto en la interpretación como en la dirección, donde a pesar de su buen hacer y originalidad, hubiese permanecido en un segundo término, como un personaje casi desconocido si no es porque García Berlanga lo puso a interpretarse a sí mismo como el Marques de Leguineche en las películas de La Escopeta Nacional. Luego vinieron muchas películas más que lo encumbraron.

Así llegó a ser un personaje muy conocido y apreciado, pero de cómo llegó a Marqués es otra historia que viene de antiguo, herencia de un antepasado militar, político, mecenas y financiero.

 

Luis Escobar, VII Marqués de las Marismas

En 1784 nació en el seno de una familia aristocrática sevillana, Alejandro María Aguado y Remírez  de Estenoz. Su padre, Alejandro Aguado era el segundo marqués de Montelirios y su madre, Mariana Remírez, hija de una rica familia sevillana descendiente de judíos portugueses.

Comenzó sus estudios en la capital hispalenses y con quince años ingresó como cadete en el regimiento de infantería de Jaén.

Años mas tarde pasó destinado al batallón de Voluntarios de Sevilla, en cuyas filas participó en las batallas de Tudela y Uclés, contra el ejército de Napoleón.

Reinaba ya en España José I Bonaparte que había formado gobierno en el que la cartera de la Guerra había recaído en Gonzalo O’Farrill y Herrera, tío de Alejandro por parte de su madre, el cual convenció a su sobrino para que se alistara en las filas francesas y así lo hizo, entrando a formar parte de las tropas mandadas por el mariscal Soult, Comandante en Jefe del ejército francés en Andalucía y principal responsable del tremendo expolio de obras de arte llevado a cabo en Sevilla, el cual le nombro ayudante de campo.

Rápidamente su inteligencia y sus conocimientos del arte de la guerra le hicieron prosperar y fue nombrado comandante del Regimiento de Lanceros, con el que participó en la conquista de Badajoz.

Pero llegó 1812 y Napoleón fue expulsado de España y con él hubieron de irse todos los afrancesados que había colaborado activamente y Alejandro Aguado fue uno de ellos, marchando con el mariscal Soult, el cual, una vez afincado en Francia, donde seguía siendo un personaje poderoso, le ofreció el cargo de Gobernador de la Isla de la Martinica, que el español rechazó, instalándose en París, en donde con el apoyo económico de su familia montó varias empresas de importación que iban desde productos agrícolas andaluces hasta la venta de perfumes, empresas con las que comenzó a ganar mucho dinero, llegando a poseer un nutrido patrimonio con el que inició una nueva actividad.

En 1816 empezó a realizar operaciones bursátiles muchas de las cuales  fueron muy afortunadas, lo que le dieron cierto renombre en los círculos financieros de París y otras capitales francesas.

Unos años después, terminado en España el Trienio Liberal, entró en la banca, asociado a dos banqueros franceses de prestigio.

Las arcas del gobierno de España estaban exhaustas y los préstamos contraídos con la poderosa casa Guebhard no podían ser devueltos. Fernando VII nombró ministro de Hacienda a Luis López Ballesteros, un militar y político muy afín al rey absolutista, el cual tenía la misión de sanear la economía española.

 


Retrato de Alejandro Aguado

Como la mayor parte de la deuda estaba contraída con Francia, López Ballesteros se puso en contacto con Alejandro Aguado, para que éste se encargara de gestionarla.

La gestión de Aguado fue totalmente exitosa y salvó a España de una bancarrota que ya se cantaba en todos los círculos financieros.

Pero no solamente saneó las arcas del estado, sino que consiguió cuarenta millones de reales para salvar al Banco de San Carlos, que pasó a llamarse Banco Español de San Fernando, en honor al rey y posteriormente, Banco de España, el que ahora todos conocemos.

Estas operaciones financieras convirtieron a Aguado en una potencia financiera de primer orden y el gobierno español lo designó como su agente financiero en Francia, consiguiendo en 1828, no solamente la nacionalidad francesa, sino también  un préstamo a España de trescientos millones de reales.

Necesitados sus servicios para negociaciones financieras con otros países, negoció la deuda española con Holanda de manera muy satisfactoria para nuestros intereses y su figura empezó a ser admirada en Europa.

Pero también odiada en determinados círculos bursátiles, desde los que se trataba de torpedear su labor, pero él siguió impertérrito, consiguiendo con su incansable tarea de regenerar el crédito y el prestigio de España en toda Europa.

En el año 1831, se deshizo de su Casa de Banca, como entonces se conocía a las entidades bancarias a una compañía de banqueros franceses y traspasó su participación en un importante préstamo hecho a Grecia, a la banca Rotschild, para dedicarse a lo que de verdad le apasionaba.

Así entró en una nueva época en la que ejerció de mecenas, dedicándose a la promoción de todo tipo de actividades artísticas y culturales, tareas que compaginaba con su cargo de alcalde de la ciudad de Evry, muy cerca de París, donde residía, aunque conservaba casa en París.

Su casa era frecuentada por toda clase de artistas, pintores, escritores, escultores y músicos como Giuseppe Rossini, del que fue íntimo amigo y con el que viajó a España, donde fueron recibidos por el rey.

En casa de Aguado, el músico italiano compuso óperas tan importantes como Guillermo Tell o El conde de Ory.

En su residencia de París, una de las más frecuentadas de la ciudad, poseía una de las más importantes galería privada de Francia, con innumerables obras de Murillo, Velázquez, Rembrandt, Rubens, Caravaggio.

Una faceta menos conocida de este personaje fue su participación como empresario en obras civiles, como las efectuadas para el desagüe y desecación de las Marismas del Guadalquivir en 1829, lo que a la postre le valió la concesión del marquesado en ese mismo año.

Fue también empresario de minería, poseyendo explotaciones de oro, plata, mercurio y plomo y obtuvo la concesión por ochenta años del famoso Canal de Castilla.

También fue bodeguero, pues en 1836 adquirió las famosas bodegas Chateau Margaux que fueron vendidas por su familia tras su muerte.

Creó una sociedad para explotar el carbón de Asturias, construyendo carreteras desde las cuencas mineras hasta el puerto de Gijón.

Para supervisar los trabajos en Asturias, en el año 1842 se desplazó desde Francia con una comitiva de varios carruajes en donde viajaban sus colaboradores más directos. En el puerto de Pajares la comitiva fue detenida por una tempestad de nieve y los viajeros decidieron continuar caminando hasta llegar a Oviedo en donde fue recibido con gran agasajo y homenajeado durante los tres días que permanecieron en la capital.

Transcurrido ese tiempo continuaron el viaje hasta Gijón, donde Aguado murió súbitamente de una apoplejía.

Dejó una fortuna que se calculaba en sesenta millones de francos y quizás mucho más en propiedades y obras de arte y para colmo de las sorpresas, nombró como albacea, heredero de sus condecoraciones personales y tutor de sus dos hijos menores a buen amigo José San Martín Motorras, libertador de Argentina, Chile y Perú.

El 10 de abril de 1829, Fernando VII le concedió el Marquesado de las Marismas del Guadalquivir, nombre que eligió el propio marqués en rememoración de sus trabajos de saneado en toda la marisma.

Un hombre extraordinario que a pesar de afrancesamiento no dejó nunca de defender a España donde fuera necesario y que hizo mucho por su progreso.

De su amor a lo francés da buena muestra que fuera enterrado en el cementerio Pere Lachaise de París, en donde revestido de una gran encanto, reposan los personajes más celebres de París.

 



jueves, 8 de julio de 2021

OTRA MUJER EN LA ARMADA

 

A finales del siglo XIX, un coronel de Infantería de Marina que rebuscaba en los archivos de la Intervención de Marina de Cádiz, documentación que le sirviera de soporte para un libro que estaba escribiendo, encontró un interesante registro sobre una mujer que había servido en la Marina durante el final del siglo XVIII y principios del XIX.

Tan extraño era que una mujer hubiese estado enrolada que profundizó en la historia encontrándose con una verdadera singularidad.

El día dieciséis de agosto de 1775 nacía en la cordobesa ciudad de Aguilar de la Frontera una hembra a la que se puso por nombre Ana María, hija de Tomás de Soto y Gertrudis Alhama.

En el seno de una familia de escasos recursos, ayudaba a su padres en la tahona que regentaba la familia.

Antes de cumplir los dieciocho años y sin comentarlo con nadie, abandonó súbitamente su casa, su pueblo y marchó a un centro de reclutamiento, donde el veintiséis de junio de 1793 sentó plaza de soldado como Antonio María Soto, el nombre del mayor de sus hermanos que en breve tendría que acudir a filas, consiguiendo así hacer realidad su sueño y librar a su hermano del servicio militar, para que pudiera seguir ayudando a sus padres. Para disimular la ausencia de barba y su aspecto aniñado,  dijo tener dos años menos de los que en realidad tenía.

Tras los trámites de rigor, se la destinó como soldado voluntario al décimo primer Batallón de Marina, por un periodo de seis años.

Superado el duro periodo de instrucción su primer destino de mar fue la fragata Mercedes de triste destino, pues diez años más tarde fue hundida en un enfrentamiento heroico contra cuatro fragatas inglesas que la atacaron sin previa declaración de guerra en un acto de clara piratería, pues la Mercedes regresaba de América transportando caudales y mercancías valiosas.

A borde de la Mercedes el ahora llamado Antonio de Soto participó en numerosas actuaciones navales muy arriesgadas como en la batalla naval del Cabo San Vicente, contra una potente escuadra inglesa que causó graves daños a la armada española.

La fragata Mercedes, con la heroína a bordo escoltó al navío Santísima Trinidad, desarbolado en la batalla, hasta el puerto de Cádiz, donde la flota española hubo de soportar un largo asedio inglés, hasta que visto lo imposible de tomar Cádiz, gracias a la utilización de la rápidas lanchas cañoneras españolas, en las que se embarcó Antonio Soto, los ingleses se retiraron.

Antonio Soto y toda su unidad embarcó entonces en otra fragata, la Matilde, donde permaneció más de un año, hasta que una grave enfermedad, con altas fiebres, hizo necesaria la asistencia del médico de abordo, el cual tras un primer examen descubrió que se trataba de una mujer.

Ella confesó que su intención era servir a su patria y dio su verdadero nombre y demás datos de filiación, pero no pudo impedir que el comandante de la fragata diera cuenta del extraño caso al general Mazarredo, jefe de la Flota, el cual ordenó desembarcarla de inmediato, cosa que se hizo en medio de la admiración de sus compañeros que recibían con estupor la noticia de que aquel joven audaz y valeroso que tan bien se había portado en los combates era en realidad una mujer, de la que no había sospechado nunca a pesar de los más de cinco años de servicio juntos.

El uno de agosto de 1798 se le concedió licencia absoluta y en un escrito posterior fechado el veinticuatro del mismo mes y año, se hace referencia en la Real Orden de la Armada a esta mujer, a la que se la señala en atención a las acciones de guerra en las que participó, a su heroicidad, acrisolada conducta y singulares costumbres con que se ha comportado durante el tiempo de sus apreciables servicios, su Majestad el rey se digna concederle dos reales de vellón diarios por vía de pensión, al mismo tiempo que la autoriza a que sus trajes propios de su sexo que desde entonces vistiera, pueda usar los colores propios del uniforme de Marina como distintivo militar.

 

Uno de los muchos retratos imaginarios de Ana María

Al tener sus padres conocimiento de que Ana María estaba en La Isla de León, actualmente San Fernando, con el poco dinero que pudieron reunir, marcharon andando desde Aguilar de la Frontera, viéndose en la necesidad de terminar el viaje pidiendo limosna para poder subsistir.

Conocida por el general Mazarredo la circunstancia familiar de aquella mujer que tan heroica y abnegadamente había luchado en el seno de la Armada Española en batallas como las de Bañuls y Rosas, en la del Cabo de San Vicente y en las cañonera defendiendo Cádiz, influyó para que la Real Orden mencionada anteriormente fue ampliada en orden al tiempo servido y a los méritos contraídos, con un ascenso a Sargento Primero de los Batallones de Marina, con el fin de asegurar su subsistencia y la de su padres.

Ana María y sus padres regresaron a Aguilar de la Frontera, donde se establecieron ya con más confort, gracias a la paga de la joven, a la que se concedió la gracia de la titularidad de una expendeduría de tabacos en la ciudad de Montilla, de la que su padre era nacido y desde diciembre de 1799 estuvo registrada a su nombre.

Pero vinieron años muy malos, de una gran crisis económica previa a la Guerra de la Independencia y el sueldo de Ana María no era lo puntual que fuera de desear, por lo que la joven presentó una reclamación, que volvió a reiterar en 1813 y que tuvo por objeto que se descubriese que estaba cobrando dos sueldos del estado, cosa que estaba prohibida y en 1819 se le retiró la titularidad del estanco.

Ana María ya no se movió de Montilla y aunque consta la cédula por la que se le retira el estanco, lo cierto es que muchos años después, en las inspecciones que el ayuntamiento de la ciudad giraba a estas instalaciones de productos estancados, sigue figurando como titular de la expendeduría sita en La Plazuela del Peso.

El cinco de diciembre de 1833, a los cincuenta y ocho años falleció Ana María que había permanecido soltera.

 

Certificados acreditativos de la existencia real del personaje

 Si nos fijamos en la figura de esta heroica mujer entenderemos fácilmente que fue precursora de la incorporación de la mujer a las fuerzas armadas y un claro ejemplo de valentía y coraje.

Una última curiosidad aparece reflejada en mi artículo Diego de Alvear y la fragata Mercedes, publicado en 2010 y que puedes consultar en este enlace: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/03/la-fragata-mercedes-y-diego-de-alvear.html

miércoles, 30 de junio de 2021

MARÍA "LA BAILAORA"

 

A lo largo de la Historia se han dado muchos casos de mujeres enroladas en los ejércitos haciéndose pasar por varón; de entre los mas conocidos es el caso más de la Monja Alférez, Catalina de Erauso. Mujeres heroicas que lucharon como mujeres son también abundantes como María Pita o Agustina de Aragón personajes que han trascendido la literatura con una amplia presencia.

Una buena cantidad de las mujeres que decidieron hacer vida en el Nuevo Mundo, hubieron de atravesar el Atlántico disfrazadas de hombre, situación muy difícil de mantener, conviviendo con otros varones en espacios muy reducidos, pero indudablemente algunas lo consiguieron. Una vez en las nuevas tierras volvían a su condición de mujer, pero pocas veces se vieron abocadas a luchar contra otros contingentes humanos.

La que aparece en el artículo de hoy sí que tuvo que luchar, es más, esta mujer se alistó para luchar. Es el caso de la conocida como María “La Bailaora”, una mujer del siglo XVI que no dudó en alistarse como marinero para participar en la batalla de Lepanto.

De la “Bailaora” se sabe poco, ni siquiera su nombre completo, buena prueba de que pasó inadvertida durante toda su vida, hasta que el hecho narrado a continuación la sacó del anonimato, si bien poco más sabemos para complementar su biografía que los datos seguidamente se relatan.

Es muy probable que su paso por la Armada hubiese pasado desapercibido para la historia de no haber sido mencionada en la crónica que un soldado llamado Marco Antonio Arroyo, partícipe del combate y por tanto testigo presencial de lo ocurrido. Arroyo la nombra en una publicación llamada Relación del Progreso de la Armada de la Santa Liga que apareció en Milán en 1576, cinco años después de la batalla.

En su escrito dedica ocho renglones para citar a una mujer española que, vestida como un soldado, se había colado en la Armada y que llamaba María y era conocida como “La Bailaora” que mutando su indumentaria natural peleó con un arcabuz con tanta eficacia que a muchos turcos costó la vida, no arredrándose cuando hubo de usar el sable para acabar con la vida de alguno de ellos.

Conocida esta valerosa mujer por el almirante de la flota, don Juan de Austria, le concedió que en adelante sentara plaza de soldado, pese a su expresa prohibición de no embarcar en la flota a mujeres ni gente inútil.

Esa concisa prohibición fue parte esencial de la eficacia de la Armada de la Liga Santa contra la flota del imperio Otomano que a pesar de su superioridad, arrastraba una tremenda lacra que era la de llevar a bordo a mujeres y niños, así como a esclavos cristianos, frutos de sus correrías mediterráneas, con la evidente carga de ineficacia bélica.

En el caso de María, era mujer, pero demostró no ser inútil.

Se sabe que nació en Granada hija de padre “egipciano”, que era como entonces se llamaba los gitanos, por nombre Gerardo y cuya madre, al parecer cristiana vieja, murió cuando María tenía apenas ocho años, siendo cuidada por su padre.

En las persecuciones a judíos, moros y gitanos que propicia Felipe II, bajo el lema de la España Católica, Gerardo es apresado por los guardianes de la pureza de sangre, quienes para señalarlo, le cortan las orejas y una vez juzgado y hallado culpable, lo envían a galeras, bajo la acusación de andar pidiendo limosna de lugar en lugar y no tener ni oficio ni otra manera de vivir, salvo la limosna y el hurto.

No era cierta esta acusación, pues Gerardo, como muchos otras gitanos, era un próspero chalán, dedicado a la compra venta de caballos, asnos y mulos, tan necesarios en la época y que producía considerables ganancias.

Pero para aquella España puritana, el hecho de ser gitano y la aparente inestabilidad en la residencia, así como el hecho de no trabajar para nadie, era motivo más que suficiente para una condena durísima, como era ir a galeras, de las que casi nadie volvía.

Visto el porvenir que le espera, Gerardo entregó a su hija María a la Iglesia, pretextando que su madre era cristiana y en esa creencia había criado a su hija. Ingresada en el convento de Santa Isabel la Real, las monjas piden a la pequeña que las lleve a su casa, donde comprueban que la familia vivía con cierta holgura, no dudando en apropiarse de cuantos objetos de valor encontraron y de las bestias de carga preparadas para la venta.

La pequeña advierte la codicia de las monja y se sorprende de la distancia que hay entre las prédicas de la iglesia, ensalzando la pobreza, y el latrocinio a los desvalidos, apoderándose de sus pertenencias, en vez de denunciar que en aquel hogar no faltaba nada de lo fundamental y que todo había sido proveído por el gitano Gerardo. A pesar de la aportación involuntaria que María hace a la congregación, se convierte en la más humilde de las criadas por el solo hecho de ser su padre un galeote.

 En la primera oportunidad, María huye del convento y se refugia en Granada, en donde es acogida por un morisco adinerado llamado Yusuf, amigo de su padre, en cuya casa aprende a leer, escribir en castellano y árabe, a vestirse y comportarse como mujer, danza y, además, a manejar la espada, cosa que Yusuf le enseña, dadas la afición de la pequeña.

Inspirada por ardor patriótico poco común, dicen unos y siguiendo a un amante díscolo y pendenciero, amparada en su cultura y su manejo de la espada y otras armas, María consigue enrolarse en 1571 el Tercio Lope de Figueroa y con el, embarcarse en la galera La Real, buque insignia español, para participar en la batalla de Lepanto como arcabucero, cosa que hizo ese mismo año de su incorporación a filas, y en el mismo buque en el que iba el generalísimo de la Santa Liga.

 

Batalla de Lepanto y retrato de Juan de Austria

Durante la batalla, el galeón La Real abordó al buque insignia turco llamado Sultana, cuyo almirante era el marino otomano Muezzindade Alí Pasha, en cuyo abordaje la Bailaora tuvo una especial participación, pues su puntería causó muchas bajas en las filas turcas, e incluso a alguno de los enemigos hubo de abatirlos a golpes de sable que manejaba con destreza.

Aunque es muy probable que se conociera su condición de mujer, pues en aquellos galeones no existía intimidad por mínimo que fuese, lo cierto es que la contienda dejó desvelada su condición femenina con el alboroto consecuente, circunstancia que llegó a oídos de Juan de Austria, el cual ordenó licenciarla de inmediato, no obstante, conocida su heroicidad y valor durante la batalla y quizás enardecido por la extraordinaria victoria, magnánimo, la premió con el sueldo de arcabucero para toda la vida.

Un detalle a considerar acerca de la preservación de su identidad es el de ser llamada como la “Bailaora” que hace pensar que su buenas dotes para el baile le habían hecho conocida entre la tripulación.

Un hecho como el narrado hubo de tener forzosamente consecuencias extraordinarias entre las tropas de la Santa Liga y de hecho, como se decía más arriba, Arroyo lo había relatado por lo que es muy probable que otro personaje, a bordo de aquella misma flota, tuviese de él conocimiento.

            Efectivamente, en aquella batalla participó Miguel de Cervantes, el cual tras muchas vicisitudes ya convertido en escritor, puso a una de sus novelas ejemplares el nombre de La Gitanilla, aunque no parece que el personaje inspirara la obra mencionada.

jueves, 24 de junio de 2021

LOS GOLPES A LA REPÚBLICA

 

Desde que disfrutamos de estos gobiernos tan demócratas y tan progresistas, venimos oyendo hablar mucho de Franco y su golpe de Estado contra la República, algo que en el fondo no es progreso, sino retroceso.

Yo no voy a entrar en la legalidad republicana ni en la situación en que se vivió durante esa época ni el terror y el caos que creó el Frente Popular entre cuyas pretensiones estaba la de entregar España a la URSS de Stalin y convertirnos en un primer país satélite de forma experimental, que era lo que tenía previsto hacer el gobierno bolchevique ruso y que llevó a cabo tras la Segunda Guerra Mundial, con múltiples naciones de su entorno a las que engulló.

Yo quiero hablar de golpes de Estado contra la República, pero no solamente del de Franco, si no de todos los que hubieron antes y después y de cómo todos los demás fracasaron.

El primer aviso a la naciente República Española (La Sanjurjada) lo dio desde Sevilla, en la madrugada del 10 de agosto de 1932, es decir a los dieciséis meses de su proclamación, el general Sanjurjo y una parte muy pequeña del ejército español que estaba destinado al fracaso y que así fue. Se mantuvo algo en Sevilla, pero fracasó estrepitosamente en Madrid.

Sanjurjo fue detenido cuando intentaba pasar a Portugal por Ayamonte, juzgado  y condenado a muerte en el consejo de guerra que se le siguió, pero la pena capital le fue conmutada por la de cadena perpetua. Ingresó en la Prisión del Dueso y luego en la del Castillo de Santa Catalina en Cádiz. Al final se le concedió un indulto y terminó exiliado en Portugal.

Poco más de un  año después, la República recibe el segundo aviso. Esta vez más serio y lo promocionan comunistas, socialistas y el sindicato UGT. Este golpe de Estado ha recibido el nombre de Revolución de Asturias y se producía por la infundada creencia de las izquierdas de que el gobierno presidido por Alejandro Lerroux, pretendía anular la Constitución e instalar un gobierno fascista. No era cierto, pero a las izquierdas le sobraban otras razones para desbancar a un gobierno de derechas.

 

Alejandro Lerroux, líder del PRR (Partido Republicano Radical

La Revolución de Asturias fue duramente reprimida por el gobierno republicano, causando mil cuatrocientas victimas entre los dos bandos y muchos heridos. Por cierto que el gobierno republicano encargó de la represión de la revolución a los generales Goded y Franco.

Tres días más tarde, un nuevo intento de golpe. Esta vez desde la Generalitat catalana.

Era el día 7 de octubre de 1934 y el gobierno de la República no dudó en declarar el Estado de Guerra que acabó con la suspensión de la autonomía catalana de manera indefinida, y con los dirigentes detenidos, juzgados y condenados por rebelión militar a treinta años de cárcel.

El cuarto golpe fue más sutil, más ladino, se podría decir, pues fue perpetrado por el Frente Popular que no solamente indultó a los golpistas de la Generalitat, sino que incorporó al gobierno a seis ministros pertenecientes a Ezquerra Republicana de Cataluña. Una situación como la que estamos viviendo en los tiempos presentes, con indultos  a los sediciosos catalanes y establecimiento de mesa de diálogo.

La división interna del PSOE provocó en mayo de 1936, previo a la Guerra Civil, el quinto golpe.

Una guerra interna entre Indalecio Prieto, socialista “moderado” y Largo Caballero “exaltado revolucionario” y vehemente esforzado en echarnos en brazos de la URSS, provocó una situación difícil de digerir que abocó en la guerra y todo porque Largo Caballero se oponía a que Prieto aceptase votos de la CEDA para formar gobierno.

Esta situación devino en unas circunstancias que todos conocemos y que culminó con el asesinato de Calvo Sotelo y el estallido del sexto golpe.

Éste se produjo el 18 de julio de 1936 y su desarrollo y resultado final es sobradamente conocido y diferentemente interpretado por unos y otros.

Pero mientras el ejército alzado avanzaba con un único objetivo, el gobierno de la República se veía obligado a tapar otros frentes tan letales como el que estaba abriendo el ejército insurrecto.

El primero fue la traición del independentismo catalán al gobierno del que formaban parte y que aprovechando la situación y la debilidad por la que atravesaba la Republica, como han hecho siempre, proclamaron  la independencia de Cataluña.

Tras la defección catalana, el propio gobierno de la República daba por perdida la guerra, porque la actitud catalanista obligó a dividir las fuerzas republicanas que por un lado tenían que hacer frente al ejerci﷽﷽﷽﷽﷽﷽er frente al ejblicanas que por un lado tenatalanista consiguidospendencia de Cataluñaos y otros.

t, sino que incorporército alzado, pero por otro también tenía que hacer frente a la grave situación separatista.

En esta situación el propio presidente Negrín, en un consejo de ministros celebrado en el palacio de Pedralbes de Barcelona pronunció una frase que ha quedado para la posteridad y en la que el presidente decía que antes de consentir campañas nacionalistas que llevaban a la desmembración de España, cedería el paso a Franco.

Asimismo se confesó irreductible en cuanto a defender la nación de los desafueros independentistas. Este posicionamiento le honra, pero su figura estaba muy deteriorada por su sumisión a Moscú y por el expolio de Banco de España cuando era ministro de Hacienda.

Negrín fue finalmente expulsado del PSOE, estando ya en el exilio.

Y tras estas situaciones, estando ya la guerra perdida para la República, se produce en Madrid el octavo y último golpe de Estado.

El cinco de marzo de 1939 la guerra estaba dando sus últimos coletazos y resistir era únicamente sacrificar vidas humanas en aras de un comportamiento numantino que además de innecesario, no cambiaría el curso de los acontecimientos.

Madrid era de las pocas ciudades que permanecían en manos de la República y allí se exigía por el gobierno continuar la resistencia.

El jefe militar de la defensa de la capital era el coronel de caballería Segismundo Casado López. Militar brillante, había participado en la Guerra de Marruecos, pertenecía al Estado Mayor y era jefe de la escolta del Presidente del Gobierno. Contaba con el apoyo de Indalecio Prieto que lo quería para reorganizar el Ejército, dadas su buenas cualidades como organizador, buen militar y estratega y muy disciplinado.

Una vez iniciada la guerra, el coronel Casado se encargó de la organización de las Brigadas Mixtas, la unidad militar básica del ejército del Frente Popular,  participó en las batallas de Belchite, del Jarama y la durísima de Brunete y fue nombrado jefe del Ejército de Andalucía. Por último fue nombrado Jefe del Ejército del Centro y como tal, tuvo a su cargo la defensa de Madrid.

Por encima de todo Casado era un hombre inteligente y sensato; sabía que después de la caída de Cataluña el mes anterior, de nada serviría continuar resistiendo en Madrid, en donde solo se podría aumentar el dolor de una población ya muy castigada, así que el cinco de marzo, con un grupo de anarquistas y socialistas que a pesar de su ideología antifascista eran conscientes de la realidad, se rebeló contra el gobierno de la República, presidido por Negrín.

 

El coronel Casado (centro) con compañeros militares

Le apoyaron personajes importantes del momento como Julián Besteiro, Cipriano Mera, Wenceslao, el padre de Santiago Carrillo o el general Miaja.

El golpe de Casado desencadenó inmediatamente una nueva guerra civil dentro de Madrid entre los partidarios de negociar una paz y los partidarios de continuar la lucha, en su mayoría del sector comunista.

Pero el ejército, ya exhausto estaba del lado de los golpistas que apoyados por las quintas columnas franquistas empezaron a negociar su rendición con el ejército de Franco que solo admitía una rendición incondicional del ejército republicano.

De todas las formas el ejército del Frente Popular depuso las armas, lo que permitió que los sublevados ocuparan Madrid y casi toda la zona central que continuaba bajo la República, sin disparar prácticamente ni un solo tiro.

El 29 de marzo de 1939 Madrid  fue entregado sin lucha. Franco sugirió a Casado que se trasladase a Valencia con intención de salir para el exilio y así lo hizo embarcando en el buque Galatea en el que el 3 de abril llegó a Marsella.

Desde allí, cruzando Francia en tren, embarcaron para pasar a Inglaterra, donde se estableció con su familia. En 1961 regresó a España instalándose en Madrid, donde falleció en 1968 sin conseguir reingresar en el ejército español, como era su deseo.

Fue un buen militar, leal a su gobierno y que con su actitud ahorró muchas vidas de ambos bandos.

¡No se ha sido justo con él!