jueves, 6 de abril de 2017

DE DÓNDE PARTIÓ LA BALA



Si hay una figura militar controvertida en España, es la del general Zumalacárregui. Todos lo hemos visto reflejado en los libros de historia que estudiamos en el bachiller, sin profundizar mucho sobre su persona o su trayectoria militar. Algunos otros lo han visto más de cerca en literatura especializada, o entrando en profundidad en las Guerras Carlistas, pero muy pocos han escrito realmente sobre aquel general que empezó su vida como soldado voluntario para combatir a las tropas invasoras de Napoleón y terminó liderando el ejército carlista contra las tropas liberales isabelinas.
Como ya sabemos, a la muerte de Fernando VII sin descendencia masculina, España se divide en dos bandos: los partidarios de que reine el infante Carlos María Isidro, hermano del rey y los partidarios de que lo haga su hija Isabel, después de que su padre, “in extremis”, hubiera dejado en suspenso, la Ley Sálica, que prohibía reinar a las mujeres.
Carlistas e isabelinos, también llamados “cristinos”, por la regencia de María Cristina, la reina madre, dos posturas encontradas sin ningún resquicio de solución, terminan  enfrentándose en una cruenta guerra civil, pues no solamente se disputan el trono de España sino que son el choque entre dos ideologías: las liberales, representadas por los partidarios de Isabel y las tradicionalistas, monárquicos absolutistas, representada por la facción carlista, cuyo lema era Dios, Patria y Rey.
La guerra se resolvió finalmente a favor del bando liberal, que era el gobierno y que tenía el mando sobre todos los ejércitos regulares del país, pero los carlistas presentaron dura batalla.
España se dividió entre las dos tendencias. Del lado carlista estaba la parte norte, pero fundamentalmente el País Vasco, Navarra, norte de Cataluña y la comarca del Maestrazgo, entre Teruel y Castellón. Del otro lado estaba el resto, en el que había muchos simpatizantes tradicionalistas. Pero en todo el resto de España surgieron núcleos o células carlistas, unas más activas que otras, pero presentes en casi toda la geografía nacional, siendo las de Talavera de la Reina, las primeras en levantarse contra el gobierno.
El amplio eco que el carlismo tenía en el sector rural, permitió ir formando escuadras de guerrilleros que, rememorando los tiempos de la lucha contra los franceses, traían en jaque al ejército regular español. Pero en eso llegaron dos personajes de gran talla: Zumalacárregui, que unificó las guerrillas creando un ejército en tierras vaco-navarras y Cabrera que hace lo propio en Aragón y Cataluña. En el resto de España, sin embargo y a pesar de la gran presencia, no se llegan a conformar sino pequeñas guerrillas, más inclinadas al bandolerismo que a la verdadera resistencia política y militar.
Tomás de Zumalacárregui Imaz, nació en Ormáiztegui, provincia de Guipúzcoa el 29 de diciembre de 1788; décimo de once hermanos, recibió una buena educación, como correspondía a la clase media alta a la que pertenecía.
Con veinte años se alistó en el ejército para luchar contra los franceses y padeció los dos sitios de Zaragoza, en el segundo de los cuales fue hecho prisionero. Consiguió escapar de su cautiverio para unirse a la partida de “El Pastor”, un guerrillero aguerrido, totalmente analfabeto, llamado Gaspar de Jáuregui. Tosco e inculto, pero dotado de inteligencia natural, pronto vio buenas cualidades en el joven Tomás y lo convirtió en su secretario que, con paciencia y dedicación, consiguió enseñarle a leer y escribir.
En el campo de batalla, el joven secretario no iba a la zaga de los más valientes e intrépidos guerrilleros y demostrando su valía con las armas en las múltiples refriegas, pronto comenzó su carrera de ascensos y fue destinado al primer regimiento de infantería de Guipúzcoa con el grado de subteniente. Dos años después era capitán, grado con el que terminó la guerra, pasando a desempeñar puestos civiles dentro de la capitanía general de las vascongadas.

Retrato del general Zumalacárregui

Durante el Trienio Liberal, dada su clara ideología absolutista, fue separado del servicio, pero cuando Fernando VII acaba con los liberales en 1823, Zumalacárregui se incorpora al regimiento de infantería y se le da el mando de un batallón de la división realista de Navarra, con el grado de teniente coronel.
Vino después la conocida como “Década ominosa”, en la que nuestro personaje debía encontrarse muy a gusto, pues el Rey Felón había acaparado todos los poderes del Estado y hacía y deshacía a su antojo. Fue ascendido directamente por el rey al empleo de coronel por su labor de organización en los regimientos en los que se encontraba destinado.
Con la muerte del rey y como era de esperar, toma parte por el príncipe Carlos, al que ya designaban como Carlos V y que, vistas como estaban las cosas, se había marchado a Portugal y desde allí se escondió en Inglaterra.
El fusilamiento en Pamplona el 14 de octubre de 1833 del brigadier Santos Ladrón de Cegama, el primer militar que proclamó públicamente al infante don Carlos como rey de España, hizo que Zumalacárregui tomase el relevo como comandante general de Navarra.
Desde el primer momento, el “Tío Tomás”, apodo por el que era conocido entre los guerrillero, se puso a la tarea de transformar a aquellos hombres, de heterogénea mezcolanza, en un cuerpo de ejército serio y formal, con el que poderse enfrentar al ejército gubernamental.
Tres cosas tenía bien claras Zumalacárregui: la primera es que necesitaban victorias que trascendieran fronteras y que obligaran a otros países a posicionarse en la contienda, pues hasta ese momento no se habían producido más que escaramuzas y asaltos guerrilleros.
Así, con su embrión de ejército ya formado, se enfrentó a las tropas isabelinas en repetidas ocasiones, logrando considerables victorias, hasta el punto de que el gobierno destituyó al general jefe de la tropas isabelinas, conde de Villarín, sustituyéndolo por el Marqués de Moncayo, que tuvo una suerte parecida a la de su antecesor y fue derrotado en varias batallas.
Ya había conseguido reconocimiento por parte de las potencias europeas, pero le quedaba una segunda cuestión y es que un ejército no podía luchar a favor de un rey que estaba en el exilio, por lo que obligó a don Carlos a venir a España y más concretamente a Navarra, donde mayor fuerza tenían sus seguidores.
En julio de 1834, don Carlos entró en España por el paso de Elizondo, donde le esperaba el invicto general navarro. Allí se celebró una primera reunión en la que el pretendiente abrazó a Zumalacárregui y le nombró jefe supremo de todas las tropas carlistas, con el grado de Mariscal de Campo.
Desde aquel momento los enfrentamientos entre carlistas e isabelinos, se inclinaban del lado de los primeros, consiguiendo Zumalacárregui una fama de general invicto que le acompañó batalla tras batalla, trascendiendo fronteras y hablándose de él como de un genio militar y estratega comparable a Napoleón.
La tercera cuestión que tenía bien clara el invicto general era que las Cortes Forales no podían seguir legislando a su albedrío y así, recortó sus competencias, dejándolas tan exiguas que solamente tenían capacidad para recaudar fondos que iban directamente a financiar la causa carlista.
Esta circunstancia es tan importante que ha sido sistemáticamente acallada por los nacionalistas vasco-navarros que han enaltecido la figura de Zumalacárregui hasta el extremo de querer presentarla como un luchador por la independencia vasca: un abertzale.
Nada más lejos de la realidad, hasta el punto de que el orate fundador del PNV, Sabino Arana y Goiri, nunca mencionó al general como un germen del nacionalismo vasco y todo tiene su inicio en un rumor. Uno de tantos que luego han hecho formar opinión.
En 1834 y ante el vacío de poder en que se encontraba el territorio, surge el rumor cada vez más creciente, de la posibilidad de que se declarase la independencia de las cuatro provincias y que a la cabeza del gobierno estaría el general Zumalacárregui. Diversos periódicos europeos se hicieron eco del rumor y lo publicaron, dando así carta de naturaleza a lo que nunca estuvo en la mente del general, que tenía un alto concepto del lema de su partido: Dios, Patria y Rey. Y la patria era España, no vasconia.
Es muy posible que la muerte del general, tan imprevista como estúpida, haya contribuido a cimentar su fama, porque es más que probable que tras aquellos inicios bélicos, fulgurantes, hubiese venido el lógico decaimiento porque una fuerza militar muy superior, habría logrado doblegarle finalmente.
Zumalacárregui murió por la septicemia provocada por el pésimo tratamiento de una herida de bala en su pierna izquierda. Se encontraba en un balcón, observando la toma de Bilbao, cuando una bala perdida le hirió levemente.
Se puso en manos de un curandero, un tal “Petrikillo”, que alcanzó tan nefasta fama por la chapuza que hizo en la pierna del general, que ha dado nombre a todos los curanderos-ensambladores vasco-navarros.
De dónde procedió aquella bala, es una incógnita, pues al parecer se encontraba lo suficientemente lejos del frente como para tener una amplia perspectiva, por lo que no parece claro que procediera del enemigo. Más bien fue una faena del llamado “fuego amigo”, o quizás, no tan amigo, porque entre la infausta camarilla del aspirante al trono, Zumalacárregui tenía notables enemigos.

Así han inventado los nacionalistas una historia a su medida que no se compadece con la verdad.

viernes, 31 de marzo de 2017

GALIÓN Y PABLO DE TARSO




Hace ya unos años, cuando más me atraía conocer los orígenes del cristianismo, su expansión y sus controversias, compré un libro que se llama “Saulo, el incendiario”, escrito en 1992 por el periodista científico francés, Gerald Massadié, que a la vez es historiador, investigador y ensayista y que, durante veinticinco años dirigió la prestigiosa revista francesa “Ciencia y Vida”.
El autor revela en el libro algunos pasajes de la vida de Pablo de Tarso, realmente poco conocidos, como su parentesco con la familia de Herodes, sus diferencias con otros  apóstoles, sobre todo con Pedro y su afán de difundir la nueva doctrina a los gentiles.
Para Massadié, Pablo es el verdadero artífice de la expansión del cristianismo. Magníficamente investigado y argumentado, no revela un acontecimiento de la vida de Pablo que pudo tener una gran importancia para la posterior expansión del cristianismo y que si no fue así, se debió a la intervención de un hispano, más concretamente, de un cordobés de primera línea en la política romana.

Portada de mi libro

El suceso, ocurrido allá por el año cincuenta y uno, se relata en los “Hechos de los Apóstoles”.
En el mes de julio había llegado a la provincia romana de Acaya, en la actual Grecia y cuya capital era Corinto, un nuevo procónsul, la máxima autoridad. Su nombre era Lucio Junio Galión y pertenecía a una de las familias más prestigiosas de Hispania, procedente de Córdoba. Su padre era Marco Anneo Séneca, profesor de retórica y su hermano mayor era Lucio Anneo Séneca, el famoso filósofo que la historia ha equiparado a Aristóteles y Platón.
Originariamente su nombre era Marco Anneo Novato, pero fue adoptado por un íntimo amigo de su padre, Lucio Junio Galión y con el nombre de su nueva familia, ha pasado a la historia.
A poco de llegar, le fueron presentados los casos que los ciudadanos denunciaban, esperando la justicia romana, una de cuyas acusaciones estaba formulada por Crispo, el administrador de la sinagoga de Corinto que presentaba como denunciado a un extraño personaje: un ciudadano romano, nacido en Tarso y de nombre Saulo, al que acusaba de predicar en su templo doctrinas opuestas a las creencias judías y en contra de la ley de Roma.
En el imperio romano la ley era durísima y actuar en su contra podía suponer la muerte por crucifixión, como ocurrió con Jesús, o en el caso de ser ciudadano romano, por decapitación.
Los judíos de las sinagogas y los incipientes cristianos eran una constante preocupación para los gobernantes, pues estaban permanentemente en disputa sobre Cristo: los judíos, sus conciudadanos, no lo reconocían como el Mesías anunciado por las escrituras y al que seguían y siguen esperando; mientras que los cristianaos no sólo creían que Jesús era el Mesías, sino que lo habían elevado a la categoría de Hijo de Dios.
Pablo, persona de inteligencia poco común, con mucha facilidad de comunicación y una alta instrucción, iniciaba siempre sus prédicas sobre el cristianismo en las propias sinagogas, a las que acudía como judío y en las que aprovechaba para predicar la fe de los nuevos tiempos. Como es natural, esta actitud enfurecía a los judíos que pensaban que era una ofensa a sus creencias.
Roma siempre fue tolerante con las religiones de los países que conquistaba y permitía todos los cultos, por lo que todas las religiones se consideraban con derecho a ser protegidas por la justicia romana.
Ante Galión se presentaron las acusaciones según el procedimiento romano, hablando primero la acusación particular, representada por Crispo, el cual expuso lo que ya se ha relatado sobre la forma de predicar de Pablo que aseguraba que el mesías ya había llegado y que el fin de los tiempos estaba cerca, menospreciando las arraigadas convicciones de los feligreses judíos.
Galión también era un hombre culto, de magnífica educación y muy posiblemente, como su hermano Séneca y una gran parte de la élite de la sociedad romana, estoico convencido, doctrina que se basa en el control de las cosas y los hechos que perturban la vida y que, precisamente, comenzó a declinar con el auge del cristianismo. Escuchó a la acusación, pero no la dejó acabar su alegato y cuando Pablo quiso defenderse, ni siquiera le dejó comenzar.
El procónsul actuó como debería haber hecho Pilatos, dos décadas antes. Consideró que aquella era una cuestión que nada tenía que ver con un tribunal de justicia romano. Ciertamente había diversidad de criterios pero eso no iba contra la ley de Roma; estimó, categóricamente, que la denuncia presentada era sobre cuestiones teológicas, religiosas, materia de creencias y que por tanto habrían de solucionarse dentro de sus propios círculos y sus propias convicciones y que el procónsul de Roma no estaba para perder el tiempo en denuncias como aquella.
¿Qué supuso aquella decisión para el cristianismo? Pues sin duda alguna que se vio fortalecido y amparado para seguir ejerciendo su apostolado de la forma que lo venía haciendo.
Por el contrario, si Galión hubiese fallado a favor de los judíos, como ya hicieron otros juzgando la misma materia, Pablo habría sido encarcelado, lo cual no hubiera sido novedad en su vida, pues sufrió otras prisiones y muy posiblemente le hubiera supuesto la muerte por decapitación. En cualquiera de los dos casos, el cristianismo que se extendía por el mundo greco-romano, gracias exclusivamente a las predicaciones de Pablo, hubiera sufrido un tremendo parón, e incluso, en el peor de los casos, hubiera dejado de extenderse hacia occidente, donde Roma lo controlaba todo.
Ambas orillas del Mar Mediterráneo estaban dominadas por Roma y al contrario de lo que pueda pensarse, por comparación con la situación actual, todo el norte de África, había alcanzado un altísimo grado de civilización, desde Egipto, el extremo oriental, hasta la Mauritania Tingitana, por occidente.
En esa zona había florecido, tiempo atrás, la poderosa Cartago, enemiga mortal de Roma, a la que puso en jaque hasta que fue destruida por Escipión. Pero la cultura de la zona no desapareció y por anteposición a la religión romana, muchos de los mauritanos fueron de los primeros en abrazar el cristianismo.
En ellos se apoyó Pablo, tras el incidente narrado, para llegar a la misma capital del Imperio y posteriormente a Hispania.
Según las últimas investigaciones, hacia el año sesenta y dos, el cristianismo llegó a Hispania y precisamente de la mano de Pablo que como venía siendo habitual en su forma de introducir su nueva religión, buscaba las comunidades judías.
Su deseo de predicar en Hispania está recogido en documentos y cartas que Pablo dirigía a sus comunidades ya cristianizadas y su afán por hacerlo no estaba solamente en ampliar el círculo de sus conversos, sino porque Hispania era el final de la tierra conocida: “El Finisterre”, con lo cual se daba por concluida la predicación hacia esta parte del mundo.
En aquella época y según los datos que se manejan como ciertos, Tarraco, la actual Tarragona, era una de las ciudades más importantes de la Península y en ella había varias comunidades judías, por lo que puede suponer que Pablo llegara a Hispania a través de Tarragona.
Desde allí se extendería bordeando la costa, hasta Andalucía, para terminar infiltrándose en todo el país, gracias al apoyo que recibía del norte de África, desde donde enviaron predicadores.
Es de señalar que todo esto podía producirse por la gran facilidad que aportaba un idioma común, como era el latín y en menor medida el griego, por lo que dominando estos dos idiomas se podía viajar por el mundo conocido sin ningún reparo.
Pablo, por supuesto conocía los dos idiomas, además del arameo, su lengua vernácula, que era la única que hablaron los demás discípulos, por lo que sus prédicas no tuvieron la universalidad de las de Pablo.
Por esa razón, de haberse producido una sentencia contra Pablo, la expansión del cristianismo hubiera sido de otra manera. España no habría llegado tan pronto a la cristianización casi total y Roma tampoco.
Se cuenta como anécdota que Galión, tras un corto espacio de tiempo en Acaya, tuvo que dejar el cargo por haber contraído unas fiebres de las que no se recuperaba, marchando a Egipto, donde sus médicos eran muy afamados.
También se cuenta que Pablo conoció personalmente a Séneca, el hermano mayor de su salvador que era el preceptor del emperador Nerón, tarea que había abordado con escaso éxito, como demuestra el hecho de haberse tenido que suicidar por orden del emperador.
El proceder de Galión no tenía precedentes. Tampoco sirvió de ejemplo en lo sucesivo, de hecho, ahí están las numerosas persecuciones a los cristianos posteriores a aquella fecha.

Qué impulsó a este hombre justo a tomar una decisión como aquella, es algo que se escapa al conocimiento, aunque es muy probable que estuviera influenciada por su concepción estoica de la vida.

viernes, 24 de marzo de 2017

EL INFIERNO DE CABRERA



Mi primer destino en la Policía fue Palma de Mallorca. Yo, que venía de un pueblecito perdido en el sur de la Península, a donde el turismo no había llegado, quedé deslumbrado ante el abigarrado colorido de vestidos escotados, escuetos bikinis, rubias melenas y ojos verdes.
Allí, al que en aquella época no ligaba, le decían que estaba para irse a la isla de Cabrera. También te mandaban a Cabrera como frase despectiva ante cualquier desliz que hubieras tenido.
Yo no sabía qué significaba aquella frase y nunca lo pregunté, porque los que la repetían ,tampoco sabían muy bien qué significaba.
Cabrera es la mayor de los islotes que forman un archipiélago al sur de la isla de Mallorca. Debe su nombre a la cantidad de cabras que hubo en otro tiempo, pero ya no queda ninguna. La isla está deshabitada pero en el primer cuarto del siglo XIX tuvo una población importante, aunque es necesario explicar cómo se formó aquella concentración humana.
Todo empezó tras la primera derrota sufrida por la tropas de Napoleón, en Bailén, el 19 de julio de 1808.
Tras la batalla, entre los soldados que se rindieron y los que se hicieron prisioneros, se formó un contingente de unas dieciocho mil personas, incluidos desde generales, oficiales, suboficiales, soldados, paisanos que hacían funciones de abastecimiento y hasta las mujeres que acompañaban al ejército, con niños incluidos; unas eran esposas de los combatientes, otras desempeñaban oficios varios.
Los generales y algunos oficiales fueron entregados a los franceses por medio de algún intercambio, pero el grueso de prisioneros formó una interminable columna que puso rumbo sur, con dirección a la provincia de Cádiz.
El plan era embarcarlos en pontones y trasladarlos con buques ingleses, hasta diversos puertos de Francia, pero lo cierto es que durante la estancia en Cádiz, fueron dispersando a los prisioneros y la mayor parte de ellos fueron trasladados a Sanlúcar de Barrameda, otros permanecieron en Cádiz, hacinados a bordo de pontones y un contingente importante fueron trasladados a las Islas Canarias.
Resultaron ser los más afortunados; aunque abandonados en las islas, pronto consiguieron ir integrándose en la sociedad y la inmensa mayoría terminó su vida allí, totalmente diluidos entre los canarios.
La peor parte la llevaban los prisioneros embarcados en las pontonas fondeadas en aguas de la Bahía de Cádiz. Más de siete mil hombres y mujeres malvivían a bordo de aquellos extraños calabozos flotantes, en donde el hambre, las enfermedades y la promiscuidad eran los fantasmas que sobrevolaban las miserables vidas de aquellos desdichados.
La esperanza era que se produjera algún intercambio de prisioneros, o un rescate por precio, pero Napoleón y su estado mayor no estaba para perder tiempo en negociaciones estériles. No les importaba en absoluto la suerte de aquellos desgraciados, cuando estaban empezando a tener dificultades en los frentes europeos; y en la propia España, las cosas se les ponían más difíciles por días.
Desesperados, mal comiendo en una España que ya de por sí pasaba una hambruna atroz, aquellos prisioneros se fueron diezmando, a la vez que iban contagiando sus enfermedades a los carceleros y éstos, a la población militar y civil de Cádiz.
La situación se hacía insostenible por días, hasta que el gobernador militar de la ciudad optó por deshacerse de aquellos prisioneros, para lo que se pensó dejarles abandonados en alguna isla desierta y que se buscaran la vida como pudieran.
Y la isla tenía que ser desierta porque en Canarias había habido numerosos incidentes entre los desesperados soldados prisioneros y los habitantes de las islas, aunque, ciertamente, se fueron mitigando con el tiempo.
Así las cosas, remolcados por navíos ingleses y españoles, emprendieron aquellos pontones una travesía hacia el este. Se trataba de buscar por el Mediterráneo un lugar donde soltarlos.
La terrible escuadra que remolcaba nueve mil esqueletos, tuvo que soportar, además del hambre, las enfermedades y la sed, terribles tempestades en su ruta, llegando, por fin, a la isla de Mallorca, donde fondearon en la bahía de Palma. Pero las autoridades civiles y militares impidieron el desembarco de aquella tropa famélica y agresiva y se empezó a buscar un lugar en el que desembarcarlos.
Frente a las costas meridionales de Mallorca existe el pequeño archipiélago mencionado anteriormente y hacia allí se dirigió la tétrica flota.

Mapa de la época

De todas las islas que conforman aquella minúscula reunión, solamente Cabrera tiene superficie suficiente para albergar una población como aquella y con la promesa de enviarles provisiones periódicamente, el mando de la flota se dirige hacia la isla, un islote de apenas dieciséis kilómetros cuadrados con abundante vegetación silvestre y unas pocas cabras, de las innumerables que antes habían dado nombre a aquel trozo de tierra emergida.
Muchos han muerto por el camino y algunas mujeres han parido a sus hijos en aquellas infrahumanas condiciones.
Allí fueron desembarcados los supervivientes, se cree que unos nueve mil y soltados a su libre albedrío en la escueta isla.
Poco tardaron las pocas cabras que quedaban en ir a la olla para paliar el hambre con la que quedaban después del suministro
Éste se hacía cada cuatro días y se componía de escasos alimentos que alcanzaban a proporcionar una subsistencia hambrienta y desesperada.
Los más audaces comenzaron a recorrer la isla y descubrieron una cueva donde manaba un ridículo caño de agua. Las colas ante aquel chorrito de fresca agua eran permanentes e interminables.
La vegetación no era comestible y la fauna escasa: algún conejo, un ave, ratas y otros roedores. El mar circundante tampoco era pródigo.
Pero había sido una solución, dramática, pero al fin y al cabo solución al problema, alejándolo de la vista de todos. Allí, la vigilancia se hacía casi innecesaria y las autoridades españolas pensaban que los prisioneros debían dirimir sus cuitas entre ellos, pues para eso había oficiales de distinta graduación.
Sin saber la trascendencia que este tipo de concentración, tendría en un futuro, lo cierto es que aquella isla se convirtió en un campo de prisioneros.
Se van levantando cabañas usando piedras de antiquísimas construcciones y troncos de matorral en donde se van guareciendo por familias o por afinidades. Se van formando calles, e incluso se construye una especie de plaza central a la que se bautiza como Palais Royal.
Poco a poco va adquiriendo un nuevo perfil, primero cerca de la playa, más tarde ascendiendo por la ladera hasta que a alguien se le ocurrió la idea de bautizar a aquel poblado: Napoleónville, fue el nombre que le dieron. Aun esperaban que su emperador hiciera algo por aquellos desafortunados, pero cada día que pasaba menos espacio mantenían en la mente del dictador que veía cómo su sueño europeo se iba desmoronando.
Han pasado ya un año en cautividad cuando les llega la primera esperanza, aunque es solamente espiritual. El sacerdote español Damián Estelrich se hace cargo de la dirección espiritual de aquella abigarrada población, en donde cada día se va observando el grado de asilvestramiento que se está alcanzando en todos los órdenes de la vida.
El primer domingo se celebra una misa pero entre enfermos, heridos, descreídos y otros desesperados, la afluencia no es mucha. Pero el sacerdote inicia su labor de apostolado dando paz a los enfermos, enterrando a los muertos, que hasta entonces se incineraban, en un improvisado cementerio, bautizando a recién nacidos o absolviendo de pecados a quien deseara confesión.
La labor del cura parece ser importante, pues se van consiguiendo algunas mejoras, como llevarse a los enfermos a algunos hospitales de Palma, aumentar las raciones de agua y víveres.
Pero la evacuación de enfermos y heridos produce un efecto indeseado. Muchos se mutilan horriblemente con tal de salir de aquel infierno y los hospitales de Mallorca y de Mahón se colapsan y la población empieza a protestar de que las camas que a ellos les corresponden, las están ocupando prisioneros franceses.
Se ha negado que existiera canibalismo, pero es más que posible que se dieran casos de devorar cadáveres, ante la tremenda hambruna que se padecía y a veces se han relatado casos de comer sus propios excrementos.
También se cuenta que en cierta ocasión en que algún personaje desembarcó en la isla, mareado por el viaje, vomitó en la playa y más de un prisiones acudió presto a devorar aquella inmundicia.
Por supuesto que hubo intentos de fuga, algunos muy bien diseñados, aprovechando la llegada de la chalupa de los víveres, pero todas fueron abortadas por las cañoneras españolas que vigilaban aquellos islotes y que disparaban sin clemencia sobre los amotinados.
 Han muerto uno de cada tres de los que llegaron a la isla, pero se han ido recibiendo nuevos contingente y la población total ha superado las diez mil personas. Incluso algunos países aliados contra Napoleón, empiezan a enviar a sus prisioneros de guerra a aquella maldita isla.
No se sabe hasta cuantas personas pudieron coexistir en la isla, pero se fueron diezmando con rapidez y en 1814, tras cinco años de reclusión, quedaban solamente unas tres mil personas. Es el momento en el que les llega a libertad. Napoleón ha sido derrotado, ha dejado de reinar y en el trono de Francia hay un rey que se preocupa por su pueblo y manda a por aquellos desafortunados que, por fin, como una procesión de espectros, desembarcan en Marsella.
Han regresado del infierno. Una vergüenza pero no solamente para España, lo es también para Francia, Gran Bretaña y aquellas otras naciones que mandaron allí a sus prisioneros.

Sin quererlo, Cabrera se había convertido en el primer campo de concentración de la historia.