jueves, 8 de octubre de 2020

EL LAGO ESPAÑOL

 


Desde que castellanos, aragoneses y andaluces se lanzaron a los mares, comenzaron a proliferar toda una serie de marinos ilustres que especializado cada uno de ellos en sus latitudes, fueron capaces de trazar las rutas que rodearan todo el globo terrestre.

Los aragoneses se hicieron dueños del Mediterráneo. Castellanos y andaluces iniciaron arriesgadas navegaciones primero en el Atlántico y luego en el Pacífico.

Las dificultades de la navegación en los siglos XV y siguientes eran múltiples.

En primer lugar el diseño de las embarcaciones y sus aparejos permitían una navegación muy limitada, teniendo que llevar siempre el viento favorable (barlovento). Por otro lado la limitada tecnología con la que se construían los barcos no los hacía eficaces para largas singladuras y tras varios meses de navegación empezaban a deteriorarse, a hacer agua y a pudrirse el maderamen. En segundo lugar no podían determinar la longitud en la que se hallaban, una vez perdida de vista la costa.

Por último el problema de la alimentación, que no era de poca importancia.

Con valentía y arrojo, un buque de aquella época podía llegar hasta donde el viento lo llevase, pero volver era otra cosa muy distinta y complicada.

Cristóbal Colón conocía los vientos alisios que soplan constante desde la orilla Este del Atlántico hacia la Oeste. Desde las costas africanas hasta las americanas y usándolos, arribó al nuevo continente.

Pero volver fue más complicado, aunque sabía de la existencia de los contra alisios y de la corriente del Golfo de Méjico, encontrar el punto en que estas dos circunstancias coadyuvaran a la navegación de vuelta, era complicado.

Las cosas ocurrían así en el Atlántico, un gran océano, sin duda, que se hacía poco a poco más navegable gracias a la pericia de aquellos ilustres marinos, pero sus dimensiones y su conocimiento no eran nada comparables con la navegación del Océano Pacífico, infinitamente más grande y desconocido, no en vano ocupa casi la tercera parte de toda la superficie de la Tierra; por eso, las primeras navegaciones por lo que entonces se llamaba Mar del Sur, fueron de una tremenda dificultad.

Pasar el Cabo de Hornos y seguir la ascendente costa para llegar al Perú, no presentaba grandes dificultades.

Cruzar a pie el istmo de Panamá, después de haber desembarcado en Veracruz o Portobelo y continuar navegando hasta Perú, tampoco las suponía, pero el afán de los descubridores de llegar más allá, hasta encontrar la “Terra remota Australis” era un asunto mucho más complicado.

Navegar desde las costas americanas hacia el oeste, en busca de los paraísos de las sedas, las especias, las maderas y marfiles, era relativamente fácil, el retorno era imposible.

Los alisios, también presentes en el Pacífico, empujaban las naves con cierta rapidez y desde cualquier punto de la costa, entre el Cabo de Hornos y la Península de California, era posible viajar hacia el Oeste, pero regresar era un verdadero problema.

A toda esta dificultad había que añadir otra que era la escasa tecnología con que se construían las naves de aquella época que no resistían unos viajes tan largos desde la Península Ibérica hasta las Molucas o Filipinas.

Pero Hernán Cortés, en una carta que le dirige al rey Carlos I, le hace saber que en la costa del Pacífico ha empezado a construir navíos y bergantines con el fin de explorar aquellos mares.

Partir de las costas americanas con buques nuevos suponía dar un importante giro a la navegación.

Pero hubieron de pasar todavía algunos años para que se consolidara la posibilidad de navegar el Océano Pacífico.

En este periodo de tiempo aparece la figura de un piloto excepcional; se trata de Andrés de Urdaneta y Ceráin, nacido en 1508 en la ciudad guipuzcoana de Villafranca de Ordicia, en el seno de una familia de ilustre linaje.

Con apenas 17 años formó parte de la expedición dirigida por un pariente suyo, Jofre de Loaisa, para colonizar las Islas Molucas, cuya titularidad estaba en litigio entre España y Portugal.

 

Retrato de Andrés de Urdaneta

 

Era una expedición formada por siete naves y 450 hombres, entre los que figuraba Juan Sebastián Elcano. La expedición duró once años y en ella encontraron la muerte Loaysa y Elcano, regresando a España una única nave capitaneada por Urdaneta con veintidós hombres.

 El emperador Carlos lo recibió y el navegante le entregó una memoria de todo lo sucedido en la expedición.

En la corte, Urdaneta conoce a Pedro de Alvarado, mano derecha de Hernán Cortés y con él regresa a Nueva España, actual Méjico, donde se prepara una nueva expedición a Molucas y Filipinas.

En ese intervalo y sin que se sepan muy bien las razones, Urdaneta decide ingresar en la orden de los Agustinos, cuando ya tenía 45 años.

Mientras, en Acapulco, se estaban construyendo los barcos que conformaría la nueva expedición en la que figuraba como máximo responsable Miguel López de Legazpi que a la postre sería el conquistador de Filipinas.

El 21 de noviembre de 1564 zarpó la expedición del puerto de La Navidad, en Méjico y dos meses después arribaron a las Filipinas sin grandes incidencias en el viaje y aprovechando los tan repetidos vientos alisios. La expedición estaba compuesta por cuatro buques: dos naos la San Pedro y la San Pablo y dos pataches: el San Juan y el San Lucas y llevaba 480 hombres a bordo: 150 hombres de mar y el resto, cinco agustinos, colonos y militares.

Aquella expedición fundó el primer asentamiento español en el archipiélago: Villa  San Miguel, con el que se inició una ocupación que duraría 333 años.

En Filipinas permanecieron una larga temporada, reparando los buques y esperando un tiempo favorable para intentar el regreso y el uno de junio de 1565 zarparon con destino a lo casi desconocido, aunque la meta era volver a Nueva España.

Aprovechando vientos del suroeste, Urdaneta y el resto de los pilotos de los barcos que regresaban, dejaron atrás Filipinas dirigiéndose cada vez más al norte; así, ascendieron hasta los 42º Norte en donde por casualidad, se encontró con una corriente que le impulsaba hacia el Este.

Era la corriente que actualmente se conoce como Kuro Siwo, una corriente muy fuerte que nace en las costas de China, sube hasta Japón y allí se funde con otra corriente que procede del Estrecho de Bering y las islas Aleutianas.

Esas dos corriente juntas impulsaron los buques hacia el continente americano, hasta las costas norte de California, desde donde navegaron hacia el sur, costeando, para llegar a Acapulco.

Habían recorrido más de catorce mil kilómetros, a una media de cien kilómetros al día.

Pero al llegar a Acapulco se encontraron con que un capitán de la expedición llamado Alonso de Arellano, con cuyo barco perdieron contacto a poco de salir de Filipinas, se les había adelantado.

Sin embargo Urdaneta argumentó mejor su ruta, cosa que Arellano no pudo efectuar y creyendo que su regreso se hubiera debido más a un golpe de fortuna que a una experiencia científica lo cierto es que desde aquel momento la ruta del tornaviaje fue la que descubrió el fraile Agustino.

A partir de entonces los buques españoles comenzaron a navegar asiduamente desde Nueva España hasta Filipinas y regresar de manera regular a Acapulco, tanto es así como que al buque que hacía la ruta se le llamaba Galeón de Manila.

Esta posibilidad de ir y regresar produjo un tráfico constante de mercancías orientales, no solamente de Filipinas, sino de todo el continente asiático que muchos mercaderes nativos se encargaban de transportar desde India, China o Japón hasta las Islas Filipinas, donde eran cargadas y traídas a España, vía Méjico.

  Las rutas del Océano Pacífico estaban dominadas y los barcos españoles surcaban aquellas aguas con tanta prodigalidad que el inmenso océano empezó a ser conocido como “El lago español”.


jueves, 1 de octubre de 2020

EL HURACÁN DE CÁDIZ


Los recuerdos de la infancia se graban de forma casi indeleble y aunque no es posible recordarlo todo, gran cantidad de esos recuerdo permanecen inalterables al paso de los tiempos.

Hace sesenta y dos años, en el mes de diciembre de 1958, nos despertamos una madrugada con un ruido constante y atronador de cristales rotos y objetos cayendo y rompiéndose.

No sé cuánto duró aquello, pero tan de pronto como había surgido, desapareció aquel estruendo. Había sido un ciclón, o un huracán, dijeron.

Asustados, nos levantamos y nos asomamos al patio. Mi casa tenía un patio central con una montera de cristales. No había ninguno en su lugar. Fuimos a ver qué pasaba en la calle y vimos cantidad de macetas que cayeron de los balcones, más cristales y toda clase de objeto que el viento había desplazado: trozos de cornisas, alguna almena de las azoteas y algún animal, perro, gato, gallina o conejo, al parecer muertos. Era muy común que en las azoteas de las casas hubiera pequeños gallineros o jaulas de conejos que el “huracán” destrozó.

Poco a poco la vida se fue normalizando y los vecinos salieron a la calle a comentar lo ocurrido.

Luego, nos vestimos y junto con los amigos del barrio, nos fuimos a recorrer la ciudad.

Ya he dicho muchas veces que mi pueblo es San Fernando, La Isla de León y entre muchas otras cosas es conocido por la gran cantidad de araucarias que lucen enhiestas como trofeos de los jardines de las casas de familias adineradas y en algunos parques públicos, casi todas traídas de las Américas por los marinos que allí estuvieron destinados y que ahora vivían en mi pueblo.

 

Portada del diario de Cádiz

La araucaria es un árbol majestuoso, alto y muy derecho y había sufrido muy mal el paso de aquella ventolera y muchos de aquellos testigos de cientos de años, habían sucumbido y yacían en el suelo, habiendo arrasado casas y jardines en su caída.

Con la normalización de la vida, nos dijeron que había sido un ciclón que había soplado desde el suroeste, con una fuerza extraordinaria y rachas de hasta ciento cincuenta kilómetros a la hora.

El desastre en que quedo sumida la ciudad duró muchos días y algunos de los amigos y compañeros de aquella época, lo recuerdan.

Parece que estas cosas solo pasan en el Caribe, donde cada año uno o dos huracanes azotan las islas y la costa sur de Estados Unidos, pero no es cierto, pueden suceder en cualquier lugar, siempre que se den una serie de condiciones climatológicas.

En la provincia de Cádiz han ocurrido algunas otras catástrofes naturales, sobre las que planea la más grave de todas: el maremoto de 1755, conocido como el de Lisboa, aunque en la bahía gaditana tuvo grandes repercusiones.

Hace ya unos años escribí un artículo en el que trataba este desastre natural que se puede consultar en este enlace:

http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com/2013/03/mi-cunado-manolo-y-el-ilustrado-roche.html

El pasado otoño la prensa publicó numerosas fotografías y documentales de una manga marina, es decir, un tornado, que se paseó a su antojo frente a las costas de Cádiz, afortunadamente sin tocar tierra, pero no siempre las cosas son así.

En la Historia de Cádiz de Adolfo de Castro ya se hace mención a un “huracán”  que asoló la ciudad y la bahía, causando enormes pérdidas en vidas humanas y bienes materiales. Pero con mucha más precisión se describe el catastrófico incidente en un libro llamado “Emporio del orbe”, Cádiz Ilustrada”, del fraile carmelita Gerónimo de la Concepción,

Este fenómeno ocurrió el 15 de marzo de 1671, domingo que en aquellos tiempos se conocía como Domingo de Lázaro, que en el calendario hispano mozárabe se refiere al quinto domingo de cuaresma.

En aquellos momento Cádiz era una de las ciudades más pujantes de España. Reinaba Carlos II y Sevilla y su importante puerto fluvial, estaban en declive frente a las comodidades náuticas que ofrecían Cádiz y su resguardada bahía.

La riqueza que fluía en la ciudad la había remozado considerablemente y las viejas construcciones habían sido sustituidas por modernos edificios de piedra en sus calles estrechas y bien alineadas

Es de considerar que en la época no se tuvieran elementos necesarios para hacer una distinción adecuada sobre los fenómenos atmosféricos, por eso desde el primer momento a éste se llamó “huracán”, cuando lo más probable es que se tratara de un tornado, dadas las circunstancias que se expondrán.

Para medir la intensidad de un tornado se emplea actualmente la llamada Escala de Fujita que igual a otras que dimensionan las catástrofes, lo hace por el poder de devastación. Sobre un límite de cinco, aquella situación llegó al grado tres, lo que da idea de su gravedad.

El fenómeno comenzó a las tres de la madrugada, con fuertes lluvias y vientos del sur con gran profusión de truenos y relámpagos y poco a poco se fue acercando a la costa un frente de fuertes vientos que terminó por entrar en la ciudad casi por su centro arrasando edificios, tejados, vallas y arbolado.

Según crónicas de la época y posteriores investigaciones, el “huracán”, cambió de rumbo, cosa que hizo en dos o tres momentos posteriores, sembrando muerte y destrucción a su paso, pero la dirección final fue de oeste a este, tocando el primer punto de la ciudad por el baluarte de San Sebastián y la recogida playa de La Caleta y saliendo a la Bahía más o menos a la altura del actual Muelle. En total, la zona de máxima devastación no superó los trescientos metros de anchura.

El hecho, relatado en varios documentos, de que las fuertes rachas de viento respetasen totalmente algunas partes de la ciudad y que a su vez hicieran cambios bruscos en la dirección, hace pensar que se trataba más del recorrido errático de un tornado que de un verdadero huracán, ya que si bien éstos suelen cambiar de dirección, sus frentes son lo suficientemente amplios como para abarcar zonas mucho más extensas que toda la ciudad de Cádiz.

Pasada la estrecha franja del istmo en el que se asienta la ciudad, las rachas de viento llegaron a la bahía, donde toda la flota anclada a resguardo se vio afectada y muchas de cuyas embarcaciones quedaron completamente destrozadas. Hasta un total de diecinueve embarcaciones de alto bordo, como navíos, naos, bergantines y otras, sufrieron tremendos daños y precisamente entre la marinería se registró el mayor número de víctimas, que se cifraron en más de seiscientas personas, de muy diferentes nacionalidades, pues los buques surtos eran de distintas banderas.

Muchos días después de la tragedia continuaban saliendo a las playas cuerpos de personas ahogadas.

Según estas cifras que junto con toda la descripción del fenómeno fueron recogidas por el escribano municipal Juan de la Sena, estaríamos ante uno de los tornado más mortífero de cuantos hay constancia, pues solamente lo superaría otro ocurrido en 1925 en los estados vecinos de Missouri, Indiana e Illinois, en los Estados Unidos que causó seiscientos noventa y cinco muertes.

Una de las principales consecuencias de aquella catástrofe fue el cambio radical que sufrió la construcción en la ciudad, donde se acostumbraba a tener en las azoteas unos miradores de influencia árabe, usados como lugar de esparcimiento, construidos de forma muy somera de los que el tornado no dejó ni uno solo a su paso.

Aquellos miradores fueron sustituidos por las llamadas torres-miradores que cumplían la doble finalidad de resultar un lugar de esparcimiento y un punto de observación sobre la llegada de barcos de las Américas y que forman una emblemática imagen de Cádiz.

 

Típico edificio gaditano con Torres-miradores

 




jueves, 24 de septiembre de 2020

CABALLEROS VEINTICUATRO



    A veces pensamos que la composición de los ayuntamientos nunca ha sido democrática hasta la llegada de la Constitución del 78 y no reparamos que a veces la designación de los miembros que componen las corporaciones locales, aunque estaban tuteladas por la “autoridad”, que podía ser el rey, el virrey, el señor de la villa, etc., también tenían miembros elegidos libremente entre las clases más desfavorecidas.

    La necesidad de introducir en los ayuntamientos, cabildos y concejos una limitación a los poderosos es muy antigua y viene desde que las ciudades y villas se van haciendo cada vez más fuertes en la gestión de sus propios recursos.

    A finales del siglo XV la ciudad más importante de Castilla era Sevilla que estaba gobernada por una asamblea llamada Cabildo, nombre con el que sigue conociendo a la corporación municipal.

    Esta asamblea se reunía tres días a la semana y estaba compuesta por los alcaldes mayores, el alguacil mayor, los regidores y los jurados.

    Estos dos últimos grupos estaban formados por una mezcla heterogénea integrada por los alcaldes de la tierra y los de justicia, los fieles ejecutores y “los caballeros veinticuatro”.

    ¿Quienes eran estos caballeros? Para saberlo hay que remontarse en la historia y dar marcha atrás un par de siglos.

    Alfonso X, llamado El Sabio, se percató del desbarajuste que la falta de una gobernabilidad coherente estaba produciendo en una ciudad tan poblada y próspera como Sevilla, recién conquistada por su padre Fernando III y así, dispuso que las veinticuatro “collaciones” en las que estaba dividida la ciudad eligieran entre sus ciudadanos a dos jurados cada una.

    Collación es una palabra que está en desuso, pero fue muy utilizada en tiempos anteriores y su traslación al significado actual sería el de barrio.

    Su hijo, Sancho IV, dio forma definitiva a la fórmula de su padre y en 1286 aprobó la propuesta del concejo sevillano de que doce nobles y doce ciudadanos del pueblo llano fueran integrados en el gobierno de la ciudad.

    De ahí viene su nombre y aunque en la realidad no eran veinticuatro, sino el doble, la elección se producía entre dos estamentos muy concretos de cada una de las veinticuatro collaciones, pues se nombraba un representante entre las clases altas y otro entre la burguesía o los gremios y en donde se integraban también algunas clases menos protegidas, como judíos neoconversos. 

    Su designación real convertía en vitalicio el oficio que habían de desempeñar, lo que los apartó de la ciudadanía, creándose al final una nueva oligarquía.

    Su labor era fundamentalmente la fiscalización de las actuaciones del concejo y la defensa de los ciudadanos y sus intereses. Tenían voz, pero no tenían voto en las reuniones de los ayuntamientos.

    A finales del siglo XV, momento en el que estábamos situados más arriba, había en Sevilla sesenta y cinco jurados, pues la ciudad había crecido enormemente.

    Pero había un gran problema y es que la ciudad tenía un dueño.

    Un noble que ejercía toda su autoridad sin acatar la autoridad real ni ninguna otra que no fuese la suya propia. Este noble era el poderoso duque de Medina Sidonia, don Enrique de Guzmán, que rivalizaba con otro poderoso, Rodrigo Ponce de León, marqués de Cádiz.

    Tras la pugna entre las dos casas, el de Medina Sidonia comenzó a gobernar la ciudad a su antojo y la floreciente Sevilla empezó a caer en una etapa de verdadera descomposición.

  La corrupción llegaba todos los rincones de la ciudad con claro enriquecimiento del duque y sus gentes y perjuicio de la corona y del pueblo llano, pero esa situación de privilegio se acabó con la llegada al trono de los Reyes Católicos, pues estos se propusieron como primera medida, visitar las ciudades más importantes de Castilla y asegurar su sometimiento efectivo a la autoridad de los monarcas.

    En Sevilla fue primordial liberar la dependencia que tenía del duque de Medina Sidonia y como primera medida dispusieron que éste, el marqués de Cádiz y algunos otros señores importantes de la baja Andalucía, no volvieran a pisar ninguno de los pueblos dependientes de la ciudad y su cabildo.

    La ciudad estaba fuertemente protegida por numerosas fortalezas situadas tanto en el interior de las murallas, como extramuros y, naturalmente, todas estaban en manos de la nobleza, por lo que recuperarlas se hizo vital. 

Ayuntamiento de Sevilla en grabado de la época

    La segunda medida fue la de prohibir que lugartenientes de alcaldes mayores, de alguacil mayor y otros oficios con los que la nobleza se había introducido en la vida política de la ciudad, concurrieran a las reuniones del cabildo, obligándoles a dedicarse a las labores que tenían encomendadas que no eran otras que la justicia, la paz urbana, la limpieza y otras cuestiones menores.

    Por el contrario, fueron incorporando al gobierno municipal sevillano a más de cuarenta nuevos caballeros veinticuatro, elegidos entre personas de su confianza en sustitución de los que iban falleciendo, pues al ser cargos vitalicios, solamente la muerte solucionaba el problema.

    En pocos años más de la mitad de los regidores de la ciudad eran nuevos en su oficio y todos marcados por el común denominador de fidelidad a la corona.

    Un veinticuatro venía a ser lo que hoy entenderíamos como concejal y desde su inicial creación para Sevilla se extendió a otras ciudades de Andalucía como Granada, Baeza, Úbeda, Jaén, Córdoba y Jerez de la Frontera y algunas castellanas como Salamanca y Palencia, donde se los conoció con el mismo nombre.

    Pero se produce el descubrimiento de América y Sevilla se convierte en la entrada de todas las riquezas procedentes del Nuevo Mundo y donde hay dinero, ya se sabe, comienza la corrupción.

    En la época de Felipe II, con la Casa de Contratación funcionando a pleno rendimiento, el dinero corría por las calles de la ciudad, pero la corrupción era tal que hasta se produjeron los primeros “grafitis” en murallas sevillanas, alertando del desorden y mal gobierno que imperaba en la ciudad.

    Se había llegado al caso de que determinados cargos del cabildo eran comprados de forma vitalicia y entre ellos los de los caballeros veinticuatro. Una práctica ya muy antigua que se había realizado incluso en el seno de la Iglesia y que se conocía como “simonía” o venta de cargos religiosos.

    El desbarajuste era tal que resultaba imposible tomar ninguna determinación jurídica, porque siempre había otra norma que se le enfrentaba y si no la había se confeccionaba al momento, así que la corona decidió hacer una recopilación de todas las leyes, ordenanzas municipales y disposiciones de todo tipo que se habían ido promulgando desde la reconquista de la ciudad y en 1527 se publicó por el cabildo de la ciudad lo que sería la primera recopilación de normas y jurisprudencia que hicieran posible adoptar acuerdos dentro de ese marco jurídico.

    Otra cualidad de esa recopilación fue la descripción rigurosa de las funciones que correspondían a cada uno de los cargos que componían el cabildo municipal, así como la creación novedosa del cargo de “Asistente”, nombrado por el rey que participaba en la administración de la justicia y en la política de la ciudad, de la que, como única circunstancia, el designado no podía ser vecino. 

El Libro de Ordenanzas de Sevilla 

    Como es natural, esta figura fuel alcanzando una gran influencia y poder, fácil también de corromperse, pero al tener por encima solamente al rey, su desviación ya se sabe lo que suponía.

    El siguiente cargo en influencia era el Alguacil Mayor, al que también nombraba el rey y que también debía ser forastero en aquella ciudad y que a su vez, nombraba una especie de brazo ejecutor de sus órdenes que eran los Aguaciles a Caballo.

    Habían después cuatro Alcaldes Mayores, elegidos entre letrados y los alcaldes ordinarios y a inferior nivel estaban los “regidores”, los “Caballeros Veinticuatro” que mantuvieron ese nombre aunque su composición fue aumentando constantemente.

    Estos, que siglos más tarde se empezaron a llamar “representantes del común”, tenían un campo de actuación amplísimo que iba desde la fijación de los impuestos, el funcionamiento de los mercados o las prisiones, urbanismo, etc.

    Pero la corona, tan inmensamente rica por momentos como pobre las más de las veces, necesitaba una fuente de ingresos constantes para mantener los frentes que durante tres siglos tuvo abiertos y esta necesidad de financiación la suplía como en el refrán: volviendo la burra al trigo y a finales del siglo XVII, por unos ocho mil ducados se compraba un cargo de caballero veinticuatro.

   Después de esta última fase, ya podemos imaginarnos lo que sucedería: visitas a los clubs de alterne de la época (tablaos, corral de comedias, etc.), mariscadas, borracheras, “pagarés black”…

    En fin, nada nuevo bajo este cielo andaluz tan bello. 



jueves, 17 de septiembre de 2020

CRUELDAD FEMENINA

 


Sin ninguna duda el centro de Europa es la región más enigmática de nuestro viejo continente.

Pegados unos a otros, países de larga tradición histórica, forman fronteras entre ellos, con el común asentamiento en una cordillera también enigmática: los Montes Cárpatos.

Una cadena montañosa de 1.600 kilómetros de longitud y hasta 500 de anchura que discurre por Rumanía, Moldavia, Ucrania, Chequia, Eslovaquia, Austria, Serbia y norte de Hungría.

 Parajes enigmáticos que los romanos llamaron “La Dacia” y en los que consumieron gran parte de sus efectivos luchando contra los indomables habitantes de aquella zona, cuyo principal caudillo fue Decébalo, verdadero azote y enemigo de Roma.

Durante muchos siglos toda la región de los Cárpatos fue una sucesión de convulsiones, conquistas, ocupaciones, matanzas, pertenencia al imperio otomano, o al austro/húngaro. Luego invasión del  “imperio nazi” y después del “bolchevique”, hasta que al desmembrarse este último, cada territorio parece haber accedido a su verdadera identidad, no sin nuevas convulsiones.

De todas las regiones de aquellos Montes, Transilvania se lleva la palma en lo que a enigmática se refiere y no solamente porque la literatura decimonónica situara allí a uno de los personajes de terror más trascendentes de cuantos se han creado: El Conde Drácula, sino porque allí mismo se había dado un personaje real en el cual se inspiró el autor: Vlad Tepes, o Vlad el Empalador.

Fue el segundo hijo del rey Vladislad II, conocido como Vlad Dracul, y desde muy niño su padre se vio en la obligación de entregarlo como rehén al imperio otomano con el fin de garantizar la paz. Conseguida la liberación del yugo turco, el príncipe Vlad descargó todo su odio y su sanguinario instinto en sus enemigos, a los que ejecutaba empalándolos, de ahí el sobrenombre por el que es conocido.

Pero no fue éste el único personaje sanguinario de aquella recóndita región, pues hubo otro y esta vez una mujer, que ha pasado a la historia por su crueldad y carencia total de sentimientos hacia las personas.

Se llamó Erzsebét Báthory de Ecsed y nació en 1560 en el seno de una de las familias más antiguas y poderosas de Transilvania, fruto del matrimonio de dos primos hermanos, Giorgi y Anna Báthory.

Pasó su infancia en territorio de la actual Eslovaquia, en el intrigante castillo de Cachtice, en donde la pequeña ya dio síntomas de padecer alguna enfermedad, quizás epilepsia, que sin embargo se mitigó con el paso de los años.

Recibió una educación esmerada, a la que casi ningún varón de la época podía acceder y dio muestras de una inteligencia fuera de lo normal. Hablaba perfectamente húngaro, latín, alemán y varios idiomas de las zonas próximas, cuando la mayoría de la nobleza era totalmente analfabeta, por no hablar del pueblo llano.

Con once años fue prometida en matrimonio con el conde Ferenc de Nadasd y un año después se trasladó a la residencia de su prometido para desposarse.

Después de la boda, la familia se trasladó al castillo donde la joven había pasado su infancia.

El matrimonio tuvo cuatro hijos, el último de los cuales nació cuando Erzsebét tenía treinta y ocho años.

De extraordinaria belleza y culta, la joven tuvo una vida afortunada, aunque su esposo pasaba más tiempo fuera de casa, guerreando contra todos, que en el hogar familiar y como todos los vencedores de aquellas zonas, imponiendo a los vencidos las más crueles torturas y vejaciones.

El alejamiento de su marido lo aprovechaba la condesa para visitar a su tía Karla Báthory, de gustos lésbicos, donde la joven condesa experimentaba toda clase de relaciones sexuales en orgías que su tía organizaba.

Ruinas del castillo de Cachtice 

Al parecer, entre los esposos se intercambiaba mucha correspondencia, en donde ella, entre otras cosas, solicitaba instrucciones para la buena gobernanza del castillo y sus posesiones y recibía los consejos del conde sobre cómo castigar a los sirvientes, con medidas tan crueles como la introducción de agujas bajo las uñas de las doncellas, para castigar cualquier falta por leve que fuera.

La condesa no solo se solaza con sus doncellas sino que a una que hablaba mucho ordenó que le cosieran la boca y a otra con fama de libertina la hizo sentarse en una parrilla al rojo vivo.

En 1604 falleció el conde y ella quedó viuda con 44 años y ya no hubo de ocultar sus instintos sexuales y criminales ante nadie y la primera medida que adoptó fue la de expulsar de sus tierras a toda la familia de su difunto esposo, incluida la madre y a continuación hizo prisioneros a todos los sirvientes de la casa Nadasd, a los que encerró en los sótanos de su castillo, infligiéndoles caprichosos castigos.

No existe constancia fiel, pero parece que cierta anciana decrépita, de la que la condesa se burló, le echó una maldición, diciéndole que ella también se convertiría en vieja en muy poco tiempo.

Orgullosa de su belleza, Erzsebét no podía asimilar que ella se fuera a convertir en una anciana decrépita como aquella y empezó primero a estudiar y luego a experimentar extrañas fórmulas y pócimas para alargar la juventud, una obsesión tan antigua como el ser humano.

Dicen que profundizó en ritos de la llamada “magia roja”, una práctica de brujería en la que se utiliza sangre humana, bebida directamente de las heridas causadas a las víctimas y con el fin de obtener la ansiada juventud.

La falta de escrúpulos de esta bella mujer, que ya con su edad podría haber sido considerada como una anciana en su época y que, sin embargo, mantenía una belleza y juventud envidiables, le llevaba a escribir un diario en el que anotaba minuciosamente cada una de las torturas que daba a sus víctimas y que según su propia redacción llegaron a ser ¡SEISCIENTAS DOCE!, siempre mujeres y jóvenes.

 Mordía directamente a la víctima en mejillas y pechos y bebía su sangre, o las introducía en la llamada “doncellas de hierro”, una especie de sarcófago antropomorfo cuyo interior estaba erizado de pinchos que se iban clavando en la carne conforme se cerraba.

La condesa Erzsebét Báthory

Qué clase de placer pudiera experimentar en tan sádicos y macabros actos, es cosa que se escapa a la comprensión, pero lo cierto es que algo debía percibir que excitara sus instintos porque el número de víctimas indica una práctica muy dilatada en el tiempo. Y efectivamente así fue, porque durante años la condesa actuó con absoluta impunidad, no solo por su situación privilegiada y poderosa, sino porque la extracción social de sus víctimas hacía que en muchos casos nadie se interesase por ellas.

Pero la voz se corría y el pueblo llano sabía lo que se escondía tras aquellos muros palaciegos y las jóvenes empezaron a huir de la zona, en donde sabían que su muerte sería segura y comenzaron a faltar doncellas con las que continuar las escabrosas prácticas y ahí cometió, afortunadamente, un tremendo error.

Empezó a utilizar a jóvenes de la nobleza para sus horrendos crímenes y las desapariciones de esas jóvenes si que despertaron sospechas entre los poderosos que obligaron al rey, Matías II a que iniciara una investigación y éste ordena a un primo de la condesa, el conde Thurzo que entre en el castillo y averigüe qué pasa allí.

Así lo hace el día 30 de diciembre de 1610 y lo primero que encuentran en el patio del castillo, es a una mujer en un cepo, instrumento de tortura y en estado agónico. Dentro del castillo los descubrimientos son terroríficos. Hay una joven desangrada en el salón y otra con todo el cuerpo agujereado por haber sido sometida a la “doncella de hierro” antes descrita. Más de treinta cadáveres son desenterrados en los alrededores del castillo y todo estaba impregnado de un olor a sangre y carnes en putrefacción.

La condesa y algunas personas que le ayudaban en tan siniestra operaciones fueron sorprendidas en medio de uno de aquellos rituales, procediendo a su detención inmediata.

Hay quien asegura que el conde Thurzo llevó a su prima a juicio y que fue condenada, igual que sus sirvientes fieles, pero parece ser que no fue así.

La investigación solamente pudo probar la muerte, o mejor dicho, el asesinato, de ochenta doncellas, a pesar de que el diario al que antes hacía referencia habla de más de seiscientas y si bien los sirvientes fueron condenados a la hoguera, por brujería, a Erzsebét Báthory solo le impusieron una pena de confinamiento, emparedada en una minúscula celda.

En estos tiempos en los que las teorías conspiranoicas rinden tan suculentos beneficios, no ha faltado el criterio de algún historiador que haya puesto en solfa todo lo narrado, explicando que la realidad es que el rey Matías II tenía un gran interés en las propiedades de la condesa y para eso se inventó una historia según la cual, ella habría incurrido en graves delitos que acarreaban la pena de muerte, único caso en que el rey podía incautarse de todas sus propiedades, aunque luego conmutara la pena por el confinamiento.

Algo de verdad habría tras aquellas acusaciones, pues de otra manera no se explica la intervención real ni el posterior confinamiento.

De ser verdad todo esto, en nuestra legislación y a pesar de que la condesa tenía género, en este caso femenino, esta conducta no habría sido considerada violencia de género.

La condesa murió en 1614 sin volver a ver la luz del día.