viernes, 17 de abril de 2015

EL CABALLERO NEGRO




Hace ya unos años, un amigo, astrónomo de profesión, me comentaba que hay ya tanta basura espacial dando vueltas alrededor de La Tierra, que se está convirtiendo en un grave problema a la hora de lanzar naves o satélites al espacio.
En estos momentos, el primer problema con el que se enfrentan las agencias espaciales de todo el mundo a la hora de lanzar al espacio sus cohetes, es comprobar que en el  momento de atravesar la estratosfera podrán salir al espacio exterior sin chocar con alguna de las estaciones espaciales, satélites, la inmensa mayoría inútiles totalmente, así como residuos y demás basura, que están dando vueltas a nuestro alrededor, sin otra misión que la de “percochar” el espacio exterior.
Y todas esas miles de toneladas flotantes están siendo depositadas desde 1957, menos de sesenta años, fecha en que la URSS puso en órbita el primer satélite artificial, el Sputnik I, porque hasta ese momento la humanidad no había sido capaz de construir un vehículo con velocidad suficiente como para escapar de la atracción terrestre y el único satélite que teníamos, rodeándonos incansablemente desde el principio de los tiempos, era nuestra Luna.
Bueno, no único, porque parece que algo más nos estaba orbitando desde hace muchos años, más de diez mil.
En febrero de 1953, cuatro años antes que se lanzara el Sputnik I, y la carrera espacial, aunque sin pistoletazo de salida, estaba en toda efervescencia pues era de suma importancia llegar el primero al espacio y dominarlo, un grupo de científicos norteamericanos que trabajaban para el departamento de defensa, detectó un extraño objeto orbitando La Tierra.
Como es natural, en plena época de la llamada “guerra fría”, todas las alarmas se dispararon y el primer pensamiento que cruzó las mentes de aquellos científicos es que la carrera espacial estaba perdida, porque si aquel satélite que nos orbitaba no era americano, no podía ser nada más que ruso, luego estos se habían adelantado considerablemente a los proyectos USA.
En consecuencia se abrió una profunda investigación que fue encargada a un distinguido profesor de astrofísica de la universidad de Nuevo Méjico y al reciente descubridor del planetoide Plutón, un astrónomo de reconocido prestigio mundial.
Ambos científicos observaron y estudiaron el cuerpo que nos orbitaba y al cabo de los meses se produjo una nota oficial tratando de explicar el fenómeno.
La nota decía que lo que se había tomado por un satélite artificial, no era otra cosa que un pequeño asteroide atrapado en nuestra órbita y con esta tan somera explicación quisieron dar el carpetazo a un asunto de tanta trascendencia.
El problema vino luego, porque la comunidad científico-astronómica del mundo entero no se creyó la explicación, pues los asteroides no se quedan orbitando sino que atraviesan nuestra atmósfera y forman las llamadas estrellas fugaces o los bólidos, que se desintegran por las altas temperaturas que alcanzan o, simplemente, si son de considerable tamaño, se estrellan contra la superficie terrestre, como tantos meteoritos de los que tenemos buenas pruebas.
Aquel extraño objeto fue bautizado como “El caballero Negro” y entró de inmediato en la páginas de los enigmas: si no era ni ruso ni americano, ¿de dónde demonios había salido?
Unos años más tarde, en 1960, ya había en nuestro espacio exterior tres satélites orbitando, el ya mencionado Sputnik I, su hermano el Sputnik II y el norteamericano Explorer I y astrónomos de todo el mundo seguían las órbitas de los tres satélites con sumo interés, cuando un grupo de ellos que observaba al primero de los soviéticos que ya llevaba casi tres años de incansable peregrinar, y sobre los que el satélite pasaba en aquellos momentos, observaron como un objeto se estaba cruzando con el Sputnik I, haciéndole sombra. ¿Sería el famoso Caballero Negro?
El objeto era tan grande, en comparación con el satélite ruso, que los astrónomos admitieron que era imposible que se hubiese lanzado desde la Tierra, con los medios de propulsión que entonces existían y por otro lado observaba una órbita perpendicular a las de los tres satélites terrestres, pues estos giraban alrededor del ecuador, mientras que el objeto no identificado lo hacía alrededor de los polos.
Muchos años antes de toda esta historia, el serbio Nikola Tesla, uno de los científicos más brillantes y enigmáticos de todos los tiempos, empezó a experimentar con las ondas hertzianas y dijo haber percibido señales que por su cadencia y características no eran naturales, sino efectos de una modulación en la que algún ser inteligente había intervenido.
Hoy se sabe que Tesla fue el verdadero inventor de la radio y no Marconi, como hasta hace relativamente poco se le había atribuido (ver mi artículo http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/del-telefono-la-radio.html ) , pero años después, el científico italiano, aseguró haber captado también señales de radio como las descritas por Tesla que no tenían ninguna explicación científica, salvo que eran producidas por el hombre.
La falta de conocimientos de aquellos principios del siglo XX, dejaron el asunto para mejor ocasión y esta llegó varias décadas más tarde, cuando en los años setenta un astrónomo aficionado irlandés llamado Duncan Lunan (curiosa coincidencia), se encontró con el caso de las señales de los dos científicos mencionados anteriormente y empezó a investigarlas ya con una tecnología adecuada.
La conclusión fue que aquellas ondas eran emitidas desde algún punto orbital de La Tierra que había permanecido en silencio hasta que un sensor había puesto en funcionamiento su mecanismo cuando recibió las primeras ondas electromagnéticas que desde aquí habíamos lanzado al espacio.
Es decir, hace unos diez mil años, una civilización muy avanzada, colocó un satélite en órbita polar alrededor de La Tierra que había permanecido en silencio hasta que captó las primeras señales de radio, en cuyo momento se puso en funcionamiento lanzando señales en un código que Lunan había casi descifrado: “Empiece aquí. Nuestro hogar es la estrella Izar en Bootes, que es una estrella doble. Vivimos en el sexto planeta de los siete de la más grande de las dos estrellas. Nuestro planeta tiene una Luna. El cuarto planeta tiene tres. Nuestra sonda comparte orbita con su Luna. Esto actualiza la posición de Arcturus en nuestros mapas” .
Dicho así, parece de novela de ciencia ficción, en la que la ciencia ni está, ni se la espera y que todo es producto de una encendida imaginación. De hecho, la comunidad científica se tomó las conclusiones del aficionado a broma.
Es muy posible que Lunan obedezca a lo que su nombre parece indicar y sea un “lunático”, pero hay cosas que si bien separadas no dicen nada, unidas parecen tener algún sentido, sobre todo cuando se observa un desmedido interés en ocultar que un satélite artificial nos está orbitando desde hace muchos años, sin explicación aparente.
Porque eso es lo que han hecho las agencias espaciales, como la norteamericana, cuando después de haber identificado como un asteroide aquel objeto no identificado, encargó a Gordon Cooper, uno de los astronautas de la misión Apolo X, que pasara cerca del “meteorito” y lo filmara.
Se sabe que se efectuó una grabación de más de tres horas, la cual no se ha hecho pública y que los instrumentos de la nave terrestre se vieron seriamente afectados, hasta casi perder el control, con grave susto de sus tripulantes. Se descubrió que junto con el objeto principal, navegaban otros de forma muy similar, pero mucho más pequeños y que de alguna manera estaban conectados.
En 1972, la NASA realizó una operación secreta con uno de los primeros transbordadores espaciales y cuyo objetivo era hacerse con unos de aquellos pequeños objetos. La misión tuvo éxito y el objeto fue llevado a un laboratorio secreto de las Bahamas, en donde sería estudiado a fondo.
No se sabe el resultado de ese estudio, lo que sí se conoce es que muchas personas que tuvieron contacto con él, murieron de cáncer en muy poco tiempo, entre ellas, el profesor Carl Sagan, una de las personas que estudió el artefacto.
En el colmo de la desinformación, la Nasa publicó el video que se puede visionar en este enlace https://youtu.be/yNkjrzXYlP0 y en que se pretende hacer creer que el famoso Caballero Negro no es otra cosa que una “manta espacial” que se les escapó a los astronautas de la misión “STS-88” que fue lanzada en diciembre de 1998.
Desde luego con explicaciones así no se contribuye a nada más que a fomentar la incertidumbre, por otro lado muy lógica, cuando hay testimonios escritos en la prensa de la época en los que se comenta la noticia sobre un artefacto orbitando la Tierra.


(Si es ruso, su disparo nunca fue reconocido por ellos)

Recortes de prensa de 1954 

Para terminar con esta historia, de la que posiblemente nunca sepamos la verdad, recomiendo la visión de este video, en donde se hace una recreación en 3D del artefacto https://www.youtube.com/watch?v=B7DqHa4nNao

sábado, 11 de abril de 2015

UNA ISLA PARA PERDERSE




Una mañana de principios de julio del año dos mil dos, nos levantamos sobresaltados con una noticia de alcance internacional: Marruecos había desembarcado y ocupado la isla del Perejil, un islote de titularidad española.
Aquella ocupación fue un incidente armado patrocinado por media docena de gendarmes marroquíes y un número igual de Guardias Civiles españoles que desembarcaron también para restablecer el dominio español.
Al margen de que una estupidez como aquella nos podía haber llevado a un conflicto con Marruecos y que felizmente se resolvió sin emplear la violencia, la inmensa mayoría de españoles se hacía otra pregunta: ¿Dónde está la isla de El Perejil?
Y es que nadie había oído hablar de aquella isla, salvo los ciudadanos de Ceuta y los que de una u otra manera hubiéramos estado vinculados a aquella ciudad.
Allí, en Ceuta, cuando alguien quería aparentar más de lo que era, o mostraba en público su falta de modestia, rápidamente era nombrado “Marqués de la Isla de Perejil”.
El islote es un peñasco inhóspito, en donde solamente viven unas cuantas cabras que un cabrero marroquí cuida, sin que nadie se haya metido nunca con él, porque nunca nadie ha tenido interés alguno con esa peña que está a ocho kilómetros de Ceuta, pero oculta para la ciudad tras el promontorio del pequeño poblado de Belyounes, en donde tiempo atrás hubo una factoría ballenera española.
El incidente no tuvo más mérito que sacar del anonimato un “importante enclave español” al que después de recuperarlo militarmente, se le ha seguido dando la misma importancia que tenía antes, es decir, ninguna.
Y hago toda esta reflexión para sacar a colación algo que muchos españoles hemos ignorado durante muchos años y es que España, además de las Baleares, las Canarias, las Cíes, Alborán, las tres Chafarinas y el peñasco de Perejil, posee la titularidad legal sobre varias islas diseminadas por esos mares del mundo.
A ciento sesenta y cinco kilómetros al norte de las Canarias hay un mísero archipiélago que recibe el nombre de Islas Salvajes. Está compuesto por tres islas y varios islotes rocosos y en todo el conjunto solamente hay dos casas, uno del gobierno y otra de una pareja de ingleses que suele visitarlas de vez en cuando.
Estas islas habían sido descubiertas por pescadores canarios, cuando un navegante portugués dijo haberlas avistado por primera vez, cosa que era falsa. Desde hace quinientos años, España y Portugal mantienen ese litigio que no se ha solucionado y que, sin embargo, careciendo de interés político, esas islas tienen un gran interés económico de cara al futuro, pues ejercen la soberanía sobre una enorme extensión de mar y su fondo marino, de cara a futuras explotaciones, tanto pesqueras como de todo tipo, sin contar su potencial como turismo ecológico, ya que esas exiguas islas encierran numerosas especies autóctonas, tanto animales como vegetales.
En plena guerra civil española, Portugal presentó ante los organismos internacionales, demanda de titularidad de aquellos islotes que al no ser contestado por España que por razones obvias estaba a otros asuntos de mayor interés, fue fallado a su favor, pero por la parte española nunca fue aceptada aquella titularidad.

Una de las Islas Salvajes

Pero lo más llamativo en lo referente al tema que se trata es la titularidad española sobre varias islas del Océano Pacífico.
Después de haber sido durante siglos la primera potencia mundial presente en el distante océano, tanto que la historiografía lo llama “El lago español”, España entró en épocas de declive, como todo el mundo sabe, y que terminaron con la pérdida en 1898 de las Islas Filipinas, nuestro más importante enclave comercial en oriente.
Pero antes de que aquella pérdida ocurriera, ya potencias emergentes, como Alemania, habían tratado de apropiarse por la fuerza de algunas colonias españolas del Pacífico. Fue la llamada Crisis de las Carolinas, que por una vez y sin que sirviera de precedente, dado nuestro proverbial infortunio, se concluyó de manera favorable a los intereses españoles.
Años después llegaría la debacle y perdimos lo poco que nos quedaba como colonias importantes; eso sí, aunque una gran mayoría lo ignorábamos, conservamos numerosas posesiones en diferentes archipiélagos diseminados por el Índico y el Pacífico, a los que nadie interesaba, pues de otro modo los Estados Unidos, que nos arrebató Guam, Filipinas Puerto Rico y Cuba, hubiera hecho lo mismo con aquellos archipiélagos.
Acabadas las guerras de Cuba y Filipinas, España y EE.UU firmaron el llamado Tratado de París, por el que cedimos toda soberanía sobre las colonias.
Pero aquellos archipiélagos diseminados seguían siendo españoles, aunque la metrópoli era incapaz de atenderlos en ningún sentido, por lo que, un año más tarde, firmamos con Alemania el Tratado Hispano-Alemán, por el que les vendimos, por una cantidad ridícula, las islas, atolones, islotes, peñascos y archipiélagos, extendidos por una superficie del Pacífico mayor que la propia Europa. Y su precio fue veinticinco millones de pesetas.
Se elaboró una relación, una especie de inventario de todas las posesiones, pero era tan extenso el espacio sobre el que se actuaba que forzosamente algunas de nuestras posesiones hubieron de ser pasadas por alto y no se incluyeron en aquella relación.
Concretamente cuatro enclaves quedaron fuera del tratado pero de una forma tan natural que nadie se percató de que aquellas posesiones no se transferían. Eran los pequeñísimos archipiélagos de Güedes, Coroa, Pescadores y Ocea.
El archipiélago conocido por nosotros como Güedes, se llama actualmente Mapia y se encuentra al norte de Nueva Guinea; Coroa es actualmente Rongerik, a doscientos kilómetros al este de las celebre Islas Bikini.
Pescadores, situada al sur de la Micronesia, se llama actualmente Kapingamarangi y por último, Ocea, es un arrecife semihundido a pocos kilómetros de Güedes.

Mapa de la “Micronesia española” en rojo

En el año 1948, un jurista empleado en el Ministerio de Asuntos Exteriores, llamado Emilio Pastor de los Santos, entretenía su tiempo ojeando los tratados firmados por España en los últimos años y casualmente fue a dar con el Hispano-Alemán, al que antes se hizo referencia.
También de forma casual descubrió que la soberanía de aquellos cuatro archipiélagos no había sido transferida a Alemania, por una razón muy simple: eran titularidad española, pero España nunca los había ocupado de manera formal, sino como parte integrante de otros archipiélagos más considerables.
Por tanto, España seguía siendo la titular de aquellas tierras, por muy poco importantes que fuesen y así se lo comunicó a sus superiores que, como suele ser ya una costumbre, actuaron de la manera que se esperaba.
España era un país muy pobre, apenas empezábamos a calmar el hambre que por lustros había atenazado a la población, estábamos aislados del mundo por aquella supuesta alianza con el Eje, no formábamos parte del concierto internacional y la OTAN nos ignoraba porque no éramos una democracia. Por otra parte, si España no había ocupado aquellas tierras cuanto tenía posesiones interesantes en sus alrededores, hacía suponer el escaso o nulo valor de las mismas y también, y de paso, la desfavorable interpretación que se pudiera hacer de los tratados internacionales, basándose en el nulo interés demostrado por nuestras posesiones.
A eso había que sumarle que España había demostrado claramente su intención de deshacerse de “todas” las posesiones en el Pacífico y que si se produjeron los lapsus detectados por el jurista, fueron ajenos a cualquier voluntad, por lo que no se estimaba la posibilidad de reclamar con éxito la titularidad de aquellas islas.
La respuesta ministerial estaba acertada, porque, además, aquellas posesiones que nunca fueron ocupadas por España, estaban afectas a estados soberanos e independientes de la Polinesia, que por uso y ocupación de los mismos durante siglos, ya estaban asumidos como propios.
Es evidente que España carecía de interés ni legal, ni administrativo, ni político para reclamar aquellas islas, pero quizás debió hacerlo, por una razón que ya antes se dijo y no es otra que por la soberanía en las aguas territoriales, que de momento no se sabe qué atesoran.
Afortunadamente, y aunque solo sea por mantener un principio de romántica dignidad, el propio jurista que había descubierto el gazapo del tratado, empezó a acuñar un término: Estado de Oceana, con el que empezó a describir las posesiones que todavía eran españolas.
Años después, alguien ha revalidado el título, incluso ha creado una página web que se puede visitar en esta dirección: http://www.estadodeoceana.org/ .
No es que nos valga de mucho, pero es una constancia de que España está presente en tres continentes y que aunque lo hemos perdido casi todo, aún conservamos algunas islas para perdernos.



Kapingamarangi, ¿quién no se quiere perder aquí?

jueves, 2 de abril de 2015

QUE PAGUE QUIEN NO DEBA





No estoy nada seguro, pero creo que fue Shakespeare, con El mercader de Venecia, de los primeros en llevar a la escena un juicio, con sus exposiciones y con su fallo. Fallo que por cierto resulta sorprendente para el auditorio que contempla la comedia por primera vez, dada la extrema y extraña originalidad del razonamiento del juez: una libra de carne, lo más cercana al corazón, pero nada se ha dicho de sangre, así que mucho cuidado en derramar ni una sola gota.
Después y hasta nuestros días, la capacidad de sorprendernos ante sentencias judiciales no tiene fin, basta echar un vistazo a las hemerotecas: "con los pantalones ajustados la mujer incitó al violador"; "solo o en compañía de otros" y un etcétera hasta donde queramos.
Pero esos veredictos salidos de contexto no son cosa privativa de nuestros días. Desde la más remota antigüedad se han venido produciendo juicios y sentencias como de la que hablamos hace un par de semanas.
Este que voy a comentar está mucho más próximo en el tiempo y en el espacio, pues ocurrió en España, eso sí, por la alta Edad Media y en un pueblo de Aragón, región con fama de varones rústicos que han generalizado el término “baturro” hasta el extremo de que se emplea para definir a personas de escasa sensibilidad.
En la localidad de Almudévar, pueblo situado a dieciocho kilómetros al oeste de Huesca y que en la actualidad tiene unos dos mil quinientos habitantes, faenaba en aquellos años del medievo un herrero cuyo nombre no se ha conservado; un rudo artesano que solía maltratar a cuantas personas a las que, considerando que estaban por debajo de él, no les admitía fallo de ningún tipo. Y como suele ser común en estos casos de violencia, maltrataba muy especialmente a su esposa, una humilde y resignada mujer que soportaba los constantes agravios de su marido que la hacía dormir desnuda en el suelo en pleno invierno, o la ataba y azotaba ante la más mínima falta, o jugaba con ella como si fuese un carnero al que iba a degollar.

Panorámica de Almudévar con su castillo románico.

En fin, que el hombre no era de muy agradable convivencia, pues sus reacciones eran siempre imprevisibles y temidas.
Cierto día en que se encontraba en su taller de herrería calentando unos hierros para hacer una reja para un arado, se presentó su mujer a llevarle la comida del mediodía, cosa que era costumbre en los pueblos y hasta no hace mucho, que para no perder tiempo en la faena, la mujer o alguno de los hijos, cuando los había, se desplazaban con el rancho hasta el lugar de trabajo del padre.
En esta ocasión, el herrero encontró que la comida estaba fría y cogiendo uno de los hierros que calentaba en la fragua, se lo metió en la boca a su mujer, llegándole hasta la garganta y causándole tales quemaduras que la pobre señora murió casi instantáneamente.
En este caso, el constante maltrato a que el herrero la sometía, había llegado demasiado lejos y el alcalde mandó prenderlo y ponerlo entre rejas.
Casi de inmediato se vio el juicio, en el que se acusó al herrero de la muerte de su mujer y se le condenó a morir en la horca.
Pero ocurrió algo que en cualquier otro tiempo y lugar resultaría incomprensible, pero allí, en Almudévar, un pueblo del más profundo Aragón, los vecinos tenían unas necesidades básicas que tenían que defender a toda costa por lo que al enterarse  de la sentencia, se reunieron en cónclave y analizaron cómo quedaría la población cuando ahorcaran al único herrero que tenía el pueblo.
Los que tenían tierras de labor se preguntaban quien forjaría las rejas y los arados, imprescindibles para preparar la tierra para la siembra, o quien fabricaría azadas y hachas para las labores del campo y del monte.
Los que tenían caballerías se preguntaban quién fabricaría las herraduras para herrar los mulos y los jumentos y todos los demás se quedaban sin respuesta acerca de quien le fabricaría unos morillos para el fuego, quien le repararía una trébede rota, arreglaría la falleba averiada, o reemplazaría la llave de la puerta, por no pensar en los ganchos para colgar las carnes, las escarpias y tantísimos utensilios de hierro que en una casa se precisaban.
¡Aquello no podía ser! ¿Cómo iban a ahorcar al único herrero del pueblo cuando era tan necesario? ¿Porqué no ahorcan a otro en su lugar?
¡Eso, que ahorquen a un tejedor! ¡En el pueblo hay varios y además sirven para bien poco, porque en cada casa hay al menos una persona que sabe tejer!
Y con aquella encomienda fueron al alcalde al que expusieron la imposibilidad de sacrificar al único herrero, cuando había varios tejedores que no servían para nada.
Parece que la autoridad, representada por el alcalde, consultó al Justicia Mayor de Aragón, persona que acumulaba el máximo poder en la defensa de los derechos de las personas y del cumplimiento de las leyes, al cual, aquella sinfonía de despropósitos debió sonarle a música de los infiernos y despachó el asunto con cajas destempladas, culpando al alcalde de plegarse a los deseos de la plebe.
“En justicia tiene que pagar quien lo haya hecho, quien se lo deba a la sociedad, porque de otra forma pasaríamos a la historia –como de hecho así ha sido-, con un dicho que lo resume todo: La justicia de Almudévar: que pague quien no deba.”
Esas debieron ser las palabras del Justicia Mayor, pero la historia y el refranero han sido inexorables con él y con el pueblo y en la revista que el gaditano José María Sbarbi y Osuna empezó a publicar en 1879 y que llevaba por título algo tan sugerente como : “El Averiguador Universal” –que se puede encontrar en esta dirección: https://archive.org/stream/elaveriguadorun01madrgoog#page/n6/mode/2up –, y en donde se hace una exhaustiva relación de refranes, sentencias y dichos populares, se encuentra reflejada la relativa a la justicia en aquel pueblo aragonés, pueblo que no sólo por la circunstancia descrita pasaría a los anales del esperpento, pues atesora también otra historia que es digna de contarse.
En alguna ocasión he tratado asuntos tan insólitos como aquel en que se le puso pleito a las langosta que esquilmaban los campos y cómo la Iglesia tomó parte en el asunto, pero en esta ocasión la insensatez humana va mucho más allá.
Almudévar se encuentra al oeste de Huesca, la capital de la provincia y lugar de mercados, negocios, ferias y punto de encuentro comarcal, de extrema importancia en todos los tiempos, pero sobre todo en épocas pasadas, en donde todo se cocía en la capital.
Al estar situada al oeste, cuando sus moradores emprendían la marcha, a primeras horas de la madrugada, para llegar a Huesca a la hora del mercado, pasada la mitad del camino se encontraban con la salida del Sol que les daba en plena cara, casi cegándolos y haciendo muy incómodo el final del viaje.
Después de pasar todo el día en la ciudad, comprar o vender sus mercaderías, arreglar sus pleitos, sacarse una muela o solucionar sus asuntos, emprendían el camino de vuelta a casa, encontrándose que aquel mismo Sol que los había cegado por la mañana, volvía a cegarles por la tarde, haciendo igualmente incómodo el viaje de vuelta.
Aquella situación era insostenible, por lo que los vecinos de Almudévar, decidieron, una vez más, acudir al Justicia Mayor de Aragón para que solucionase tan enojoso asunto.
Como es natural el estupor del Justicia sería mayúsculo, cuando tuvo que escuchar a la comisión de vecinos, encabezados por el alcalde que le presentaba tan irrazonable queja y para la que ni él, ni nadie, podía tener solución.
De cualquier manera estaba obligado a admitir la querella, por muy descabellada que esta fuese y también a dar una solución al hecho, aunque en este caso no era posible solucionarlo, pero tras varios días de estudio, consultas y búsquedas de antecedentes sobre situaciones semejantes, uno de los componentes del jurado tuvo una ocurrencia insólita que el Justicia Mayor adoptó y transmitió a los Almudevarenses en forma de consejo: Los días que los vecinos del pueblo tuvieran que ir a Huesca que emprendieran el viaje por la tarde, así el Sol les daría de espalda y que regresaran por la mañana, con lo que volverían a ver caminar su sombra delante de ellos y el problema estaba resuelto.
No sé si quedaron muy conformes con aquella sentencia pero era lo único que se podía hacer…, bueno hasta que José Luís Cuerda hizo aquella memorable película: “Amanece, que no es poco”, en donde, al final, el Sol amanece por donde se pone, ante la indignación del cabo de la Guardia Civil que se lía a tiros con el astro rey.

viernes, 27 de marzo de 2015

EL PRÍNCIPE DE ANDORRA





No; no me estoy refiriendo al miserable, digo honorable, señor Pujol, ni a ninguno de sus brillantes vástagos que, cualquiera de ellos, por poder político y económico, bien pudiera haberse convertido en rey del diminuto país encerrado en los Pirineos. Al menos allí tenían dinero como para aspirar a un nombramiento semejante.
No; tampoco me estoy refiriendo a los co-príncipes del país, el obispo de la Seo de Urgel y el presidente de la República Francesa. Me estoy refiriendo al rey de Andorra, Boris I, que reinó en 1934, aunque solamente fueron trece días y en unas circunstancias tan chuscas que merecen la pena contarlas ya que para muchos de nosotros han sido totalmente desconocidas.
El Principado de Andorra es un país soberano situado en los Pirineos y que está rodeado por España y por Francia. Tiene poco más de cuatrocientos cincuenta kilómetros cuadrados, más pequeño que algunos municipios peninsulares y actualmente su población total no llega a los ochenta mil habitantes; su altitud media es de casi dos mil metros sobre el nivel del mar y conjuga maravillosos valles con cumbres puntiagudas y estaciones de esquí; carece de fuerzas armadas y tiene encomendada su defensa, caso de que alguien ose atacarlo, a España y Francia. Su idioma es el catalán, aunque también se habla español y francés.
Desde tiempo inmemorial ha sido una tierra extremadamente pobre que conseguía subsistir de la ganadería y del producto de los bosques, pero con la Segunda Guerra Mundial y con la circunstancia de que años antes se había declarado paraíso fiscal, su auge se disparó, lo que unido al contrabando y al comercio, reflotó la economía andorrana.
Fue como consecuencia de convertirse en paraíso fiscal la razón por la que viene hoy a estas páginas.
Corría el año 1933 y en España estábamos en pleno desarrollo republicano, lo que quiere decir que si no se prestaban muchas atenciones al propio país, como parece que ocurría en aquellos tiempos, difícil sería prestarle atención a Andorra, cuando al pequeño enclave llegó quien decía ser un noble ruso a quien la revolución bolchevique había dejado sin patria y llevaba quince años dando vueltas por Europa, tratando de ubicarse y dedicándose a cualquier cosa que le reportara beneficios, sobre todo a las estafas y la caza de millonarias, campo en el que tenía un considerable éxito.
Este individuo se llamaba Boris Skossyreff y había nacido en 1896 en la ciudad de Vilna, la capital del actual estado de Lituania, entonces también estado independiente y tras la revolución de 1917, estado federado en la URSS.
En su deambular europeo y por su condición de ruso, llegó a trabajar para la inteligencia británica, como traductor, pero unos meses después fue expulsado de Gran Bretaña como consecuencias de unas estafas con cheques falsos que había protagonizado. No obstante, su paso por el espionaje británico le proporcionó contactos en círculos importantes en donde el refinado personaje, que se hacía pasar por noble, conoció a una joven norteamericana llamada Florence Marmon, a la que puso a trabajar como secretaria, aunque era poseedora de una gran fortuna.
Así las cosas, Europa empieza a prepararse para una gran guerra que todos los analistas aprecian en el horizonte, cuando la pareja Boris-Florence llega a Andorra, un principado similar a Mónaco, Liechtenstein, San Marino o Luxemburgo, pero infinitamente más pobre, donde apenas hay carreteras y en donde sus habitantes están encerrados en sus “parroquias” con ignorancia total del mundo que se mueve a su alrededor.
El aristocrático Boris, con sus trajes de última moda y de buen corte, su aristocrático monóculo, su elegante bastón con empuñadura de plata, su dominio de los idiomas y su abrillantada cabellera, que además se acompaña de su bella secretaria, cautiva a los pastores y agricultores andorranos, prometiéndoles que él traerá a aquellos valle perdidos, toda la prosperidad de que se disfruta en Francia, Italia o Gran Bretaña.

Fotografía de Boris Skossyref

Se establece en la población de Santa Coloma, una pequeña localidad próxima a Andorra la Vieja, en una casa que desde entonces se la conoce como casa de los rusos, desde donde comienza sus contactos con todos los sectores sociales del país.
Para conseguir que Andorra despegase social y económicamente lo más importante era hacer del país un paraíso fiscal, a semejanza de los otros principados europeos, pero para conseguirlo, exige que lo nombren rey del país.
Con algún despliegue de fondos con los que animar los escuálidos bolsillos andorranos, la labia característica de un embaucador y la ambición que a su lado hiciera crecer en las mentes de algunos de los consejeros del país, Boris intenta que el Consejo General, por mediación de uno de los consejeros, Pere Torras, captado hábilmente por el ruso, acepte su proposición y someta a votación su coronación como príncipe, pero el Consejo es contundente en esta ocasión y no solamente se niega a coronarlo, sino que le advierte que no se inmiscuya en asuntos políticos de los valles y que en caso de reincidencia se solicitará de la autoridad que se apliquen sanciones. El veintidós de mayo, recibió la orden tajante de expulsión del territorio andorrano.
No obstante, el ruso no se dio por vencido y marchó a la Seo de Urgel, hospedándose en un hotel e iniciando una campaña mediática, en la que se presentaba como duque, nombrado por la reina de Holanda, cosa que era falsa y concediendo entrevistas a numerosos periódicos de Europa y América, dándose a conocer de esta forma a todo el mundo.
En el colmo de su delirio, publicó una Constitución Andorrana de diecisiete artículos, de los que imprimió diez mil ejemplares que hizo repartir por todo el país. En esa constitución declara que Andorra será un paraíso fiscal, pero además establece las libertades de que gozarán sus habitantes, la modernización de todo su estado, las inversiones extranjeras y otros avances que encandilaron a los andorranos.
Uno de los ejemplares llegó a manos del obispo de Urgel, Justí Guitart y Vilardebó, que al leerlo montó en cólera.
Lo cierto es que en ese momento Andorra era tan pobre que no había ni carreteras, ni emisoras de radio, ni llegaba periódico alguno y que pasaba gran parte de los inviernos completamente aislada del resto del mundo, así que es comprensible que la desesperación anidase entre los consejeros que, ante las promesas que el aristócrata ruso les hacía y la explicación de la forma en la que los iba a sacar de su ancestral pobreza, conquistó el ánimo del Síndico General, el cargo más representativo dentro del país, el cual convocó nuevamente al Consejo General que se reunió el domingo, siete de julio de 1934, en donde el ruso explicó la forma en que lo iba a sacar de la miseria si era investido príncipe del país.
Los consejeros eran veinticuatro y entre la labia del ruso, las promesas hechas a Torras y la presión que ejerciera el síndico, consiguió convencerlos, menos a uno que permaneció firme ante lo que consideraba un despropósito; pero la mayoría aplastante  votaron a favor y el Consejo aceptó el nombramiento de Skossyreff como príncipe de Andorra, que reinaría con el nombre de Boris I.
En vista del éxito de su gestión, acompañado de un pequeño grupo de colaboradores entre los que se encontraban su amante y el consejero Torras, el reciente príncipe andorrano se estableció en la Fonda Calóns, del pueblecito de Sant Juliá de Lòria situado al sur del principado y muy próximo a la frontera española.
No he conseguido averiguar qué consejero se opuso a su nombramiento con tanto tesón, pero no sería muy complicado de averiguar si tuviera acceso a las actas del Consejo General, en donde estará reflejado su nombre.
El disidente se había puesto en contacto con las autoridades francesas, que no sintieron preocupación alguna, lo mismo que las españolas, parte de las cuales se frotarían las manos solo de pensar que a la Iglesia se le arrebataba el poder sobre el principado.
 En vista de su fracaso, el disidente se encaminó a la Seo de Urgel y se entrevistó con monseñor Guitart, el cual, ya calentito por las cosas que estaban ocurriendo, decidió invadir Andorra y restablecer el orden.
Y lo hizo. Lo hizo con cuatro guardias civiles y un sargento que se presentaron en la Fonda Calóns y cogiendo al ruso por las hombreras y el fondillo del pantalón, lo pusieron de patitas en España.
Era el veintiuno de julio, un día negro en la historia del pequeño país pirenaico que sufrió la más grave invasión militar de su dilatada historia, vio como era destronado su novísimo príncipe y pisoteados sus derechos constitucionales recién adquiridos, sin que ninguno de los ciudadanos hiciera nada por impedirlo.
Y así terminaron los delirios monárquicos de aquel ruso embaucador que terminó exilado en Portugal, donde se le perdió la pista para siempre, hasta que un periodista portugués recibió la información de que había fallecido y que estaba enterrado en Alemania.


Fotografía de la tumba de Boris I

sábado, 21 de marzo de 2015

LOS POLVOS DE LA HERENCIA





Hace tres o cuatro siglos, padecer una apendicitis, o cualquier oro tipo de perforación de los intestinos era sinónimo de una muerte segura y además, fulminante entre enormes dolores y vómitos consecutivos. Lo llamaban “cólico miserere” y aunque ese término ya ha sido desterrado del lenguaje incluso vulgar, en mi infancia sí que lo escuché algunas veces.
Pues bien, de un “cólico miserere” falleció el 30 de junio de 1670, la hija pequeña de Carlos I, rey de Inglaterra, mientras se encontraba en la corte del rey francés Luís XIV.
Como es natural, un hecho tan luctuoso, repentino y ocurrido en una corte extranjera, en donde la joven era una invitada de honor, podía acarrear graves consecuencias diplomáticas al Rey Sol, máxime cuando las circunstancias de aquella muerte hacían pensar, en principio, que se debía a un envenenamiento, por lo que de inmediato se movilizaron las diplomacias de ambos países y los franceses llamaron al policía más astuto de Francia para que averiguara las verdaderas causas del fallecimiento.
Gabriel Nicolás de La Reyne, el general jefe de los gendarmes franceses, considerado actualmente como el verdadero fundador del primer cuerpo de policía, se hizo cargo de la investigación, descubriendo en pocos días que la muerte había sido por causas naturales, sin embargo, en el curso de aquella investigación, averiguó cosas sobre los envenenamientos que muy pronto le fueron de gran ayuda para descubrir toda una trama que salpicó muy alto a la nobleza francesas.
 Y fue con otra muerte y también natural, con la que se desató todo el proceso.
En 1672 falleció el capitán de caballería Jean Baptiste Godin de Sainte-Croix, hijo bastardo de un noble francés, con fama de mujeriego empedernido que hizo carrera en el ejército.

El capitán Godin de Sainte-Croix

Entre sus pertenencias se encontró un sobre lacrado con instrucciones de que se abriera solamente en el caso de que él muriera antes que su examante, la marquesa de Brinvilliers, Madeleine d’Aubray. En su interior había una carta en la que explicaba que había ayudado a su amante a envenenar a su padre y a dos de sus hermanos, para quedarse con toda la fortuna familiar y que rotas las relaciones entre los amantes, sospechaba que de alguna manera la marquesa buscase la forma de quitarlo de en medio, pues se había convertido en un incómodo cómplice.
El primer pensamiento de la policía es que la muerte del oficial Sainte-Croix no fuese tan natural como parecía y comenzaron una serie de pesquisas que propició que el hecho llegase a oídos del general La Reyne, que de otra manera no hubiese tenido conocimiento de un hecho tan corriente como una muerte natural.
La investigación concluyó en que las causas de su muerte nada tenían que ver con una venganza o cualquier otro tipo de muerte violenta, pero descubrieron una serie de circunstancias de lo más sustanciosas, que el general supo aprovechar de inmediato.
Se averiguó que hacía unos años, el oficial Sainte-Croix, había conocido a Madeleine d’Aubray, a la que había presentado su propio marido, Antoine de Brinvilliers y de la que se hizo amante con la complacencia del marido que así quedaba libre para dar rienda suelta a sus escarceos amorosos, pero no pensaba lo mismo el padre de Madeleine, Antoine d’Aubray, que detentaba un altísimo cargo en la corte francesa y veía cómo las locuras de su hija podrían acarrearle dificultades para su brillante proyección política.
Usando de toda su influencia, consiguió que el capitán Godin fuese detenido y encarcelado en La Bastilla en marzo de 1663.
Fue en aquella famosa prisión parisina, donde el capitán Godin entabló amistad con un gentil hombre italiano llamado Gilles, que había estado al servicio de la reina Cristina de Suecia y que era un experto en manipular venenos de todas las clases.
De él aprendió el capitán a preparar compuestos químicos completamente nocivos para el organismo pero cuyos efectos pasaban desapercibidos, uno de los cuales es muy posible que acabara con la vida del filósofo francés René Descartes, cuando se puso al servicio de la reina de Suecia y la convencía de que abandonase la religión luterana para abrazar el catolicismo (ver mi artículo http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/la-cabeza-de-descartes.html).
Junto con los conocimientos para la manipulación de los tóxicos, Gilles le proporcionó también un contacto, un químico llamado Glaser que ejercía de boticario del rey, el cual se prestaría más tarde a proporcionarle los elementos necesarios para la fabricación de los venenos.
Cuando salió de prisión, reanudó sus relaciones con Madeleine, la cual, profundamente enamorada de él, había adquirido un odio mortal contra su padre, responsable de su separación del amante y a la que transmitió los conocimientos que había adquirido en la cárcel.
Pero un envenenamiento que dejara vestigios era muy peligroso y se pagaba con la muerte por decapitación, así que entre ella y su amante urdieron un tenebroso plan.
Madeleine, decidida a acabar con la vida de su padre y algunos de sus hermanos, que la habían violado cuando era pequeña, empezó a frecuentar hospitales y viviendas de gente menesterosa, a los que agasajaba con comidas y bebidas envenenadas, comprobando los efectos y los vestigios de las sustancias que suministraba.
Lo mismo hizo, en su propio domicilio, con algún criado ya mayor de edad, cuyas muertes pasaron totalmente desapercibidas a los médicos que los asistieron.
Cuando comprobó que aquellos polvos que su amante le preparaba no dejaban ningún rastro en los envenenados y que médicos y policías certificaban el carácter natural de aquellas muertes, decidió que era el momento de iniciar el procedimiento con su padre.
Para eso, había empezado a visitarlo con cierta asiduidad, colmándolo de atenciones y regalándole una vez un pastel, otras un delicioso vino y otras un exquisito asado de ave que el padre consumía con sumo gusto.
Segura de su plan, inició el envenenamiento añadiendo a sus presentes los polvos que el capitán le aportaba.
Al poco tiempo empezó su padre a sentir molestias extrañas que sin causarle grandes trastornos, le impedían realizar su vida diaria y que su médico achacó a lo ajetreado de la vida que llevaba, por lo que aconsejó que se trasladase a sus posesiones en la campiña, una finca cercana a París pidiendo a su hija Madeleine que lo acompañase.
Desde su llegada al campo, el padre de Madeleine empeoró visiblemente, aquejado de grandes vómitos y terribles dolores de estómago, cada vez más violentos, viéndose en la necesidad de regresar a París para que lo tratasen sus médicos. Ocho meses después de que su hija iniciara con él el envenenamiento, el 10 de septiembre de 1666, murió Antoine d’Aubray y los médicos que le habían asistido certificaron que se debió a muerte natural.
Aquello le dio pié para envenenar también a sus dos hermanos mayores Antoine y Françoise, que durante su infancia había cometido violación e incesto con ella, así como para iniciar una vida licenciosa, cargada de amantes y de hijos.
Nada habría ocurrido si el capitán Godin no hubiese sospechado que su amante era capaz de acabar con él y se defendió escribiendo aquella carta que apareció entre sus pertenencias y que condujo a la búsqueda y localización de la envenenadora, pero la marquesa, avisada con tiempo, había huido, primero a Inglaterra y más tarde a Bélgica, donde fue por fin localizada den 1676 en un convento de la ciudad de Lieja.
Juzgada por un tribunal de París fue condenada a morir por decapitación y sus restos quemados.
Pero durante el proceso, la marquesa no estuvo callada, sino que relató una serie de hechos en los que implicó a buena parte de la nobleza francesa, abriéndose nuevos procedimientos judiciales que acabaron con otras treinta y seis penas de muerte.
Para seguir estas investigaciones, se creó un juzgado especial que el pueblo empezó a denominar El Tribunal de los venenos, que funcionó entre 1677 y 1682, hasta que el caso se aproximó tanto al propio Rey Sol, que éste ordenó el cese inmediato de las investigaciones.

A aquellos polvos que Godin aprendió a mezclar en la cárcel y que se emplearon sobre todo por las familias nobles y adineradas, para aligerar herencias y herederos de las listas de las familias más influyentes de Francia, se los conoce como Los Polvos de la Herencia, como se titula este artículo.

jueves, 12 de marzo de 2015

JUICIOS TENGAS





Se dice como una maldición gitana y es verdad: Juicios tengas y los ganes; porque un juicio, cualquier clase de juicio es, en sí mismo, una ruina. Aunque lo ganes, ya antes de empezar todo el pleito, habías perdido.
Perdido el tiempo, perdida la paciencia, perdida la fe en la justicia y en el valor de la verdad y gastado dinero para no recuperar nada. Todo son pérdidas cuando te enzarzas en un pleito en el que la única parte que va a ganar es la del abogado. Los demás, pierden todos.
La ley es inflexible, pero la justicia es maleable. Un axioma que tiene de verdad lo que yo tengo de cura. La Ley, en sí misma, no existe. La hemos creado a nuestro entender y mejor conveniencia, con ese colmo de soberbia y egolatría que nos caracteriza.
Lo único que se parece a una ley y que funciona, es lo que se ha dado en llamar Ley Natural, aquella en la que priman los instintos, el grande se come al chico y el macho alfa se beneficia a todas las hembras que puede. Lo demás, todo son pamemas. Y los humanos, que por repugnarnos aquellas normas de obligado cumplimiento que imponía la naturaleza, empezamos a apartarnos de ellas y a crear otras a las que llamamos civilizadas, comenzamos a hundirnos en el cenagal de la injusticia.
Hace ya unos años, bastantes, un conocido mío que detentaba un cargo político de cierta envergadura me contó una anécdota en la que él fue protagonista.
Como consecuencia de las gestiones que desde su cargo se proponía iniciar, contó con un gran gabinete de expertos en cierta rama del derecho, el mejor y más brillante de España, al que se dirigió en solicitud de un informe jurídico en el que se viera claramente, apoyado en cuantos preceptos legales se pudiera, que la intención del político en aquel asunto estaba perfectamente recogida en el cuerpo jurídico. Vamos, que entraba dentro de la legalidad.
El titular de aquel gabinete de abogados expertos escuchó atentamente al político, tomó notas sobre cuales eran sus deseos, recogió la documentación que éste le entregaba y lo emplazó para dentro de un mes, plazo en el que el informe estaría listo.
No se habló en aquella reunión de dinero porque el político ya sabía que aquello le iba a costar tres millones de pesetas (no había euros todavía).
Al cabo del mes, se presenta nuevamente el político en el despacho del experto jurista y éste le entrega un informe perfectamente encuadernado, con más de cien folios pulcramente mecanografiados a dos caras, plagado de citas jurídicas y en triplicado ejemplar.
El político, que de aquello no tenía ni la más ligera idea, ojeó el informe y lo sopesó. Tres kilos, calculó al sopesar el informe, así que a millón por kilo. No estaba mal el precio, si el informe le permitía acometer aquella acción (imagino que urbanística) que le quitaba el sueño, pero una duda lo asaltó de pronto.
¿Qué pasaría si tuviera necesidad de tener un informe completamente contradictorio con aquel que sostenía en sus manos?
El experto jurista ni siquiera se inmutó ante la pregunta: Tres millones y lo tiene usted igualmente documentado y en el mismo plazo de tiempo.
¿Dónde está la justicia? ¿Dónde la legalidad? ¿Y la ética?
Nada de eso existe en la realidad. La verdad absoluta no existe. Tiene por lo menos tres caras: mi verdad, tu verdad y la verdad de otros.
Llevar al ánimo del juzgador la duda razonable es la mejor defensa y a veces, la única, porque desde que alguien en la Grecia clásica inventó la figura del “abogado”, la verdad tiene varios caminos.
En la colina de Ares, al aire libre, celebraban los griegos sus juicios y lo hacían a la intemperie porque ya pensaban que juzgador y juzgado no podían estar bajo un mismo techo.
Allí, acompañado de un orador, lo más experto que se pudiera uno costear, trataban los ciudadanos de convencer al juez de su razón o de su inocencia. Normalmente el orador solía conformarse con muy poco, un trabajillo, una invitación y poco más, hasta que apareció un personaje que puso precio real a su trabajo. Este fue el orador Antisoaes, allá por el siglo VI antes de nuestra era; el primero que en el campo de Ares, el Areópago, puso precio a sus servicios y desde entonces, si queremos salir bien parados de algún pleito, mejor será que vayamos buscando a uno de los seguidores de Antisoaes, porque los que son gratis, los de oficio, al final saldrán más caros. Luego, los jueces, los procuradores, los peritos y todos los que intervienen en la administración de la justicia, pusieron el cazo y todos a cobrar.
Un buen orador que se prestara a representar a un ciudadano en juicio, no tenía otra cosa que hacer que crear dudas, cuantas más y más extrañas, mejor, con tal de conseguir crear una confusión de tal envergadura, como la que formó Protágoras un siglo más tarde.
Era éste un personaje de gran calado social y político; amigo de Sócrates y de Pericles, aparece ampliamente reflejado en los Diálogos de Platón, pero la razón por la que viene a estas páginas es por su habilidad como polemista, como orador y como retórico, disciplinas en las que destacaba y en las que era maestro de numerosos alumnos.

Busto de Protágoras

Pertenecía a la escuela “sofista”, palabra que en griego quiere decir algo así como perseguidores de la sabiduría, aunque su prima hermana “sofisma” quiere decir todo lo contrario.
Protágoras, que se ganaba la vida enseñando, tenía entre sus alumnos a un tal Euathlos, un joven brillante pero de escasos recursos económicos que cierto día llegó a su maestro diciéndole que lo sentía mucho, pero que no podía seguir recibiendo clases, porque ya no tenía dinero para pagarle.
El maestro se compadeció del su alumno, al que auguraba un brillante porvenir como orador y estableció con el una especie de contrato, un pacto entre caballeros, sellado con un apretón de manos que tenía tanta validez como el contrato más perfectamente redactado y que consistía en que el alumno seguiría recibiendo las clases y le pagaría con el dinero que percibiera en el primer juicio que ganara.
Maestro y alumno continuaron las clases pero Euathlos no se decidía a presentarse a defender su primer juicio, aduciendo siempre que no estaba suficientemente preparado.
Harto de que pasaran los meses sin cobrar, Protágoras decidió denunciar ante el juez la situación a la que le estaba conduciendo su discípulo y para eso se hizo el siguiente planteamiento.
Si ganaba el juicio, el juez condenaría a su alumno a abonarle las cantidades que le debía, con lo que cobraría su deuda. Si por el contrario, ganaba su alumno, se encontraría ante su primer juicio ganado, por lo que en virtud del contrato sellado entre ellos, tendría que pagarle igualmente la cantidad adeudada.
En cualquiera de los dos casos, según su planteamiento, ganaría
Sin embargo, Euathlos, se hacía un planteamiento similar, aunque diametralmente opuesto. Si ganaba el juicio, el juez condenaría a su profesor y no tendría que pagarle nada, pues la sentencia le daría la razón; si por el contrario, lo perdía, el contrato entre ellos lo salvaguardaba de tener que pagar, pues no era sino hasta que ganase su primer juicio cuando tendría que abonar las clases.
Según su planteamiento, también ganaría pasara lo que pasara.
Esta controversia judicial se conoce como “Paradoja de la Corte” y desde que se planteó por primera vez en la Grecia clásica de hace veinticinco siglos, continúa en plena vigencia, sin que nadie ni nada haya aportado solución al problema.
¿Cuál de los dos “abogados” tenía razón? ¿De qué lado tendría que inclinarse la justicia?
La cosa no parece tan difícil. La razón tiene que estar solamente de una parte, el problema está en saber de cual.
Y la explicación, como no la tiene, es muy sencilla: de la parte que más empeño ponga en convencer al juzgador. O dicho de otra manera: del orador más hábil.

¿Qué tienen que ver la ley y la justicia con la oratoria? Pues a lo que parece tienen mucho que ver y es que la oratoria sirve para todo, pues mucho antes de que esta paradoja se presentara, ya había en el Ágora griega muchos personajes de dudosa honestidad que embaucaban al pueblo con sus pláticas y que por un dracma demostraban la existencia de los dioses y por otro, demostraban el razonamiento contrario, como el famoso jurista español de esta historia.

viernes, 6 de marzo de 2015

EL PODER DE UNA CUCHARA





Cuando los años nos van colocando a la cabeza del escalafón familiar, se nos va concediendo una situación de privilegio dentro de la familia. Importan nuestras opiniones, piden nuestros consejos y nos agasajan como ya nosotros habíamos hecho con nuestros mayores.
Pero éramos muchos más felices cuando ellos vivían y nosotros estábamos parapetados detrás, en la segunda o tercera línea de fuego. Cuando se nos van, se van también nuestras referencias, perdemos aquel contacto cálido con el pasado que tanta falta nos hace. Ya no tenemos quien nos cuente qué pasó en la familia cuando éramos pequeños, cómo se vivieron aquellos tiempos cuando aún no habíamos nacido.
Mi tío Luís era mi referente en materias relacionadas con la República y con la Guerra Civil, porque mi padre nunca habló de eso y la familia de mi madre lo había pasado tan mal con un padre republicano radical y masón, en el lado de los alzados, constantemente en peligro de que se lo llevaran a la tapia del cementerio que todo esfuerzo era poco para olvidar aquel calvario.
Quizás mi padre callaba porque en su forma de pensar, había perdido la guerra estando en el lado ganador y mi tío, en la suya, la había ganado estando en el bando perdedor.
A toda costa había que evitar que entre ellos hablaran de aquel pasado porque mi tío, el ganador, había estado en el frente, con el ejército de la República, mientras mi padre, el perdedor, no había cogido un fusil y a pesar de que lo movilizaron desde el principio, no pasó de Sevilla, donde lo destinaron a automovilismo.
Habían tenido papeles cambiados y a los dos afectó aquella circunstancia. Habían vivido dos guerras bien distintas y cualquier conversación acaba en discusión airada y a gritos.
Mi tío Luís había estudiado bachiller en su Palencia natal y luego se hizo maestro de escuela, mediante aquello que me parece se llamaba examen de grado.
En eso fue llamado a filas y realizó el servicio militar como alférez de complemento, dada su condición de maestro, pero al terminar la mili, decidió que ni el ejército ni la docencia eran lo suyo y empezó a prepararse para ingresar en el cuerpo de maquinistas de la Marina.
En esas se produce el alzamiento militar de julio del 36 y a él lo coge en Madrid. Inmediatamente lo movilizan y pasa destinado al V Cuerpo de Ejército, el del famoso general Líster.
Mi tío era de derechas y aquello no le hizo ninguna gracia, pero pensando, como pensaban muchos en aquellos momentos, que la guerra iba a durar poco, ocultó su condición de oficial de complemento y como soldado raso, lo mandaron a las trincheras.
Estuvo en el V Ejército toda la guerra y participó en las batallas del Guadarrama y en el frente de Teruel, lo hirieron varias veces y aún conservaba trozos de metralla que me hacía tocar a través de la piel para que viera que aquello que me contaba era verdad.
Y lo era, porque yo palpaba unos bultos, como garbanzos duros, clavados entre la carne y la piel.
“Antes estaban mucho más adentro, pero el cuerpo las va expulsando”, me decía y yo lo creía a pies juntillas.
Ya estaba la guerra dando las últimas boqueadas y mi tío, repuesto de las heridas, que no debieron ser demasiado graves, estaba otra vez en las trincheras cuando un mañana se le acercó un cabo y le dijo que el comandante de su batallón quería verlo.


El general Enrique Líster

Quizás pensara, por un instante, que el comandante le iba a dar un permiso por su buen comportamiento, pero aquel pensamiento efímero se le disolvió en el aire cuando entró al despacho y observó sobre la mesa un expediente en el que había cosida con una grapa una fotografía suya vistiendo el uniforme de alférez.
¿Qué por qué no había dicho que era un oficial, cuando la República estaba tan escasa de mandos?
Primero porque nadie le preguntó nunca nada y segundo porque creyó que aquello de la mili no servía para la guerra de verdad.
La verdad era de lo que se iba a enterar él, por traidor a la causa. Al calabozo y preparado para consejo de guerra. Consejo de guerra que ya sabía cómo iba a terminar: frente al pelotón de fusilamiento, que en tiempos de guerra ningún bando se andaba con tonterías.
Varias semanas estuvo encerrado en una especie de jaula de la que era fácil escapar, pero no tenía a donde ir, así que mejor quedarse allí, que por lo menos le daban de comer.
Pero la fortuna le sonrió. Bueno, le sonrió de momento. El ejército de Franco tomó las posiciones donde él estaba preso y pasó de un bando a otro, claro que entre los alzados lo recibieron como oficial del ejército de la República y por tanto, nuevamente al calabozo, aunque de éste ya no era tan fácil escapar.
Ante la comisión que vio su caso, mi tío se expresó con más miedo que vergüenza, pero diciendo la verdad. Él era de los de “Arriba España”, que lo movilizaron porque estaba en Madrid, pero que nunca quiso ni aceptó la causa republicana y buena prueba era que nunca dijo que era oficial de complemento y que por eso los republicanos lo iban a fusilar: por traidor a la República.
Pero ahora lo iban a fusilar los otros.
Alguien, con sentido común, debió advertir que la historia que contaba aquel soldado, o alférez, o lo que fuera, tenía sentido y después de algunos meses en la cárcel, lo pusieron en libertad, con todas sus responsabilidades extinguidas y libre de hacer lo que quisiera.
Tan libre debió quedar que suscribió las primeras oposiciones que se convocaron que no fueron otras que al Cuerpo General de Policía.
Sí, mi tío terminó siendo policía. De aquellos de chaqueta y corbata, gabardina y sombrero y placa detrás de la solapa y digo yo que no habrían visto mucha peligrosidad en él cuando lo dejaron ingresar en una cosa tan delicada como la Policía de la época.
En buena parte por él, ingresé yo en la Policía. Me entusiasmaban sus historias cuando me refería su estancia en Barcelona y cómo se luchaba contra los pistoleros anarquistas de la época: el Sabater, el Facerías, el Orive y otros cuyos nombres no recuerdo.
Pero de todas las historias que mi tío me contaba cuando era pequeño, hay una que me gustaba sobre las demás. Era la historia de la cuchara.
Él vivía en Madrid, concretamente en una pensión por las inmediaciones de la calle Barquillo. La dueña, doña “Guadita”, abreviatura de Guadalupe, viuda de un sargento que murió en la guerra de África, debía tenerle mucho afecto, porque cuando mi tío recibió la orden de movilización, le dijo: “Mira, Luisito, yo sé lo que es ir a la guerra y también lo que es perder un marido, allí todo va a ser duro, pero lo más duro de todo es el hambre que vas a pasar. No te puedo dar mucho, pero toma esta navaja que además tiene un tenedor y una cuchara. Átatela al cinto y no la pierdas. Tener una cuchara da mucho poder, ya lo verás”.



Y lo vio y además bien pronto. El ejército republicano carecía de todo y aparte de algunas botas que repartieron entre los primeros que llegaron, unas mantas y por supuesto las armas, poco utillaje más entregaron a los recién incorporados que sentados en el suelo, por grupos, esperaban que se sirvieran los ranchos devanándose los sesos sobre la forma de comerlo y esperando que no fuera muy caldoso.
Y es que los más intuitivos habían “fabricado” unas cucharas con corteza de pan duro, ahuecada y dejada secar durante días, pero si el rancho era "caldoso", como siempre solía ser, aquella improvisada herramienta no llegaba más allá que a la tercera o cuarta cucharada, mientras mi tío, con su magnífica, aunque pequeña cuchara metálica, comía y comía, ante la envidia de todos.
Yo no me creía que los soldados no tuvieran cuchara, pero él me lo aseguraba con tal rotundidad que no me quedaba más remedio que creerle. Después de algunas semanas movilizados, los más ingeniosos se habían provisto de cosas imprescindibles, como un peine para los piojos, alguna cuchara y otras cosas así, pero los que eran de lejos tuvieron que optar por tallar cucharas de madera o fabricarlas con latas de conserva que a veces repartían entre la tropa.
Quizás otros ejércitos estaban mejor avituallados, pero el de mi tío tenía esas carencias básicas, claro que viendo la pinta que tenía su general es fácil imaginar las carencias.
Por tener una cuchara lo eligieron representante de su pelotón y gracias a la cuchara, que podía alquilar a buen precio o prestarla por un paquete de tabaco, soportó mejor las calamidades del momento.
Yo le preguntaba si cuando alquilaba o prestaba la cuchara no temía que se la quitaran y siempre me respondía que no era fácil que nadie intentara quedársela después de haber hecho uso de ella, pues él se sentaba a espaldas del afortunado que la estaba usando y con el fusil apoyado en las rodillas.
Estaba decidido a recuperar la cuchara a costa de lo que fuera.
¡Qué lista era la señora “Guadita”!

Mi tío conservó su amistad siempre y cada vez que pasaba por Madrid, iba a visitarla.