viernes, 11 de septiembre de 2015

DO-RE-MI





Decía San Isidoro, el insigne obispo Hispalense: “Si no es retenida la música por la mente del hombre, los sonidos perecen, porque no se pueden escribir”. Y efectivamente así era y así siguió siendo por muchos años, siglos, pues Isidoro vivió a caballo entre los siglos VI y VII y no fue hasta el siglo X, cuando ya se acercaba el cambio de milenio, cuando alguien fue capaz de inventar un sistema de escritura por signos, con los que recoger cada uno de los sonidos para que no se perdiesen.
Ya había ocurrido lo mismo con la escritura que, hasta que se inventaron y popularizaron los distintos alfabetos, la única forma de conservar las tradiciones era mediante la transmisión oral, debidamente aprendida de memoria.
Pero con la música la cosa era muchísimo más complicada que con la escritura, pues una de sus muchas y variadas definiciones dice que la música es el arte de combinar sonidos y silencios, utilizando la melodía, la armonía y el ritmo. Indudablemente era muy difícil plasmar en un papel una notación capaz de contener todos esos elementos para poder ser interpretada igual cada vez que se ejecutase.
Los primeros en utilizar una notación musical fueron los babilonios, unos mil doscientos años antes de nuestra Era, aunque solamente eran capaces de escribir la melodía simple, sin acordes, ni tiempos, silencios, carácter, etc. que es la verdadera alma de la música.
También los griegos pusieron en práctica un sistema de notación musical, complicadísimo que tampoco abarcaba todos los matices de la música y con el que compusieron una especie de “banda sonora” para una tragedia de Eurípides, que se ha conservado en un papiro y data de tres siglos antes de nuestra Era.
En una época en la que la cultura se encerraba exclusivamente en conventos y monasterios, la música prosperó gracias al afán de los monjes de encontrar la forma de alabar a Dios con la máxima dedicación y belleza. Pero era necesario, seguía siendo necesario, aprender de memoria los cantos que resonaban en los coros de iglesias, catedrales y monasterios.

Cubierta del disco del que se vendieron millones de copias

Varios Papas, amantes del canto, propiciaron la propagación de tan cultural costumbre; algunos, como Gregorio I, conocido como San Gregorio, popularizó con su nombre el canto mas bello de cuantos se pueden ejecutar y que algún lector recordará que, no hace muchos años, estuvo de moda y se vendieron millones de discos con las grabaciones de los monjes del Monasterio de Silos, entre otros.
Pues bien, escribir música suponía, en el primer milenio, una tarea poco menos que imposible, de hecho, ni siquiera las notas musicales tenían nombre.
Para designarlas, se las llamaba A, B, C, D, E, F, G y la escala musical no empezaba en Do, como lo hace ahora, sino en La.
Para los que sepan algo de música no suena nada extraña esta denominación, pues aún se sigue utilizando para los acordes. Así “A” es el acorde de La, “B” de Si, “C” de Do, etc., seguidos de una “m”, mayúscula o minúscula para los acordes mayores o menores.
Sin embargo, al finalizar el primer milenio de nuestra era, un fraile benedictino llamado Guido de Arezzo, revolucionó totalmente la escritura de la música.
Este fraile comprobó que muchas veces los monjes no conseguían recordar los cantos gregorianos pues las anotaciones de las que se servían para el canto estaba basada únicamente en cuatro modulaciones de voz, sin alusión alguna ni al tiempo ni al ritmo, así que resultaba imposible interpretarlas si antes no la habían oído.
En primer lugar inventó el tetragrama, cuatro líneas paralelas en la que se escriben las notas que al ascender de espacio significaba una nota más alta y al descender a la inversa, la separación mayor o menor entre las notas quería significar el tiempo de cada una. Cinco siglos más tarde este tetragrama fue sustituido por el pentagrama, innovación de otro fraile italiano, Ugolino de Forli, con cinco líneas paralelas, tal como hoy lo conocemos, y luego le dio a las notas musicales un nombre propio.
Para hacerlo se basó en un himno a San Juan Bautista que solía cantarse muy a menudo y que es conocido por su primer verso: “Ut quendan laxis”  y que seguía:
Resonare fibris  
Mira gestorum               
Famuli tuorum
Solve polluti
Labii reatum
Sancte Ioanes    
Identificando la primera palabra como una nota, llamó a esta Ut, luego cada una de las primeras sílabas, compusieron la escala musical.
Tetragrama con la notación del famoso himno

Pero hay en esta explicación una circunstancias que merece la pena subrayar y  es que ya no se utiliza el nombre de la nota  Ut (salvo en algunos países, como Alemania) y que fue sustituida por Do en el siglo XVII cuando lo propuso un músico, también italiano, llamado Giovanni Doni, quizás en honor a la primera sílaba de su apellido, alegando que Do era de mejor adaptación musical que Ut que además, era más difícil de pronunciar por los latinos.
Guido de Arezzo llamó a este sistema de notas, colocadas en el tetragrama, Solfeo, tal como hoy lo conocemos y en atención a las dos claves más utilizadas en la música, las de “Sol” y “Fa”.
Sin embargo, a la hora de escribir música, no solamente se ha de reflejar la altura del sonido, sino la duración, el silencio, la intensidad y muchas más cosas que hacen de la música el arte que verdaderamente es y como dijo Napoleón, el menos desagradable de los ruidos.
El fraile fue perfeccionando la notación musical hasta aproximarla bastante a como la entendemos en nuestros días y eso teniendo en cuenta la simplicidad de los instrumentos musicales de la época, en la que era precisamente la voz humana el más completo de todos.
Todos sus progresos, sus innovaciones y sus aportaciones los fue recogiendo en una obra literaria, compendio de todos sus conocimientos titulada Micrologus de disciplina artis musicae, que escribió hacia el año 1025, cuando debía tener alrededor de treinta años.
Luego escribió varias obras más, todas muy técnicas y perfeccionadoras de los conocimientos obtenidos hasta entonces.
Como es natural, su nombre fue adquiriendo gran fama, a la vez que despertaba las envidias de los mediocres músicos de su tiempo y hasta el papa, Juan XIX, que gobernó la Iglesia entre 1024 y 1033, lo invitó a establecerse en Roma, cosa que hizo Guido, pero con tan mala fortuna que pronto enfermó de lo que en la época se llamaba fiebres romanas, lo que le obligó a trasladarse a un lugar más sano, esta vez a la Abadía de Pomposa, en la provincia de Ferrara, cercana a Venecia, donde permaneció hasta que se recuperó de sus dolencias. Más tarde se trasladó a la ciudad de Arezzo, donde vivió largo tiempo y que le dio el apellido por el que lo conocemos.
Siglos después, el erudito polaco Meninski expuso la hipótesis de que las denominaciones de las notas no procedían de la invención de Guido de Arezzo, como se había creído y se sigue creyendo, sino que procedían del alfabeto árabe y que el autor del Himno a san Juan Bautista las había usado como encabezamiento de cada uno de sus versos.
No se sabe con seguridad qué es lo cierto, si fue una aportación árabe o es una casualidad, pero es una tremenda coincidencia la similitud, como puede apreciarse en el cuadro de abajo.
Correspondencia entre la notación árabe y la europea
Letras árabes
mīm
fāʼ
ṣād
lām
sīn
dāl
rāʼ
Notas musicales
mi
fa
sol
la
si
do
re

La verdad es que poco importa que los nombre de las notas musicales procedan de una u otra fuente, lo verdaderamente importante es que contamos con ellas y con un sistema lo suficientemente sencillo y comprensivo como para que cualquiera que desee dedicarle algo de tiempo a su aprendizaje lo consigue con cierta facilidad. Distinta cosa es que luego sea algo más que un mediocre intérprete, pues llegar a la categoría de concertista es, como en todas las ramas de las artes, algo muy difícil y complicado.

viernes, 4 de septiembre de 2015

LOS CADÁVERES DE LLERENA




Llerena es un importante municipio de la provincia de Badajoz que actualmente tiene alrededor de seis mil habitantes y que en 1966 fue declarado Conjunto Histórico Artístico, dado el alto valor de su patrimonio arquitectónico.
Sin lugar a dudas, el edificio más emblemático de la ciudad es la Iglesia de Nuestra Señora de la Granada, iniciada su construcción a finales del siglo XIV y en la que se han ido aplicando varios estilos arquitectónicos. El edificio es muy singular pues en un lateral tiene dos balconadas que dan a la Plaza Mayor del pueblo, elementos impropios en una iglesia, y que tenían como finalidad el poder presenciar desde allí los acontecimientos de todo tipo que se celebraban en la mencionada plaza y que iban desde fiestas populares, corridas de toros, representaciones teatrales, actos solemnes de la ciudad y sesiones del Tribunal de la Inquisición.
En el año 1964, es decir, hace un poco más de cincuenta años, una comisión local encabezada por el notario Antonio Carrasco, pretendía buscar, en la Plaza Mayor y el interior de la iglesia, una antigua construcción que había pertenecido a la mezquita donde más tarde se erigió el templo.

La famosa iglesia con su balconada y la torre alminar

Los trabajos en la Plaza pusieron de relieve un enterramiento colectivo que fue asociado con la existencia de un antiguo cementerio en aquel mismo lugar, por lo que fue cubierto sin más trámite y se continuó con las prospecciones en el interior del templo.
Llevaban todo el día haciendo catas en diferentes puntos, sin que hubiesen obtenido ningún resultado, cuando observaron la existencia de un muro al pie de la esbelta torre minarete que no parecía guardar relación con el resto de la construcción. Para no dar el día por perdido del todo, se decidió atacar aquel muro y para sorpresa de todos, tras él, apareció una puerta, visiblemente muy antigua.
Intentaron abrirla sin éxito, pues parecía como si algún obstáculo interior impidiera su apertura. Tras numerosos esfuerzos consiguieron abrir una rendija suficiente para permitir el paso de una persona, a la cual consiguieron introducir y que alarmada contó a los presentes que la estancia se encontraba repleta de cadáveres amontonados, algunos de los cuales parecían estar momificados.
Retirados algunos cadáveres que impedían la total apertura, el notario y los integrantes de la comisión penetraron en la estancia, quedándose perplejos ante el espectáculo que se ofrecía a su vista. Centenares de cadáveres se amontonaban en posturas de lo más extraña y forzada, apreciándose en algunos que aún conservaban rastros faciales, sus caras con gestos de verdadero horror.
La procedencia de aquellos cadáveres no estaba nada clara. Pensaron en un primer momento que se trataba de una enclaustración colectiva, pensaron también que podrían ser víctimas de limpiezas de sangre por parte de la Inquisición y pensaron también en víctimas de la Guerra Civil, aun cuando no se había desatado el incendio de la memoria histórica.
Faltos totalmente de explicaciones a aquella macabra aparición, decidieron volver a cerrar la puerta, reconstruir el muro y conjurarse todos a no decir nada de lo que allí habían observado.
Pero era muy difícil mantener el sigilo sobre algo de tanta trascendencia y poco a poco, se fue extendiendo por el pueblo un rumor sobre el hallazgo, aunque al no producirse una contestación oficial, se fue extinguiendo hasta que nadie volvió a hablar ya de los cadáveres.
Tuvieron que pasar casi quince años hasta que la Dirección General de Bellas Artes, que desde la transición había adoptado un importante papel en la restauración de edificios emblemáticos, llegase a Llerena y bajo su dirección se comenzara a restaurar la Plaza Mayor hasta la iglesia de la Granada. Naturalmente se volvió a encontrar el muro y tras él, la puerta, que volvió a abrirse y presentar nuevamente el espectáculo.
Esta vez se contaron los cadáveres, que superaban los seis mil, apreciando que casi cincuenta de ellos estaban en estado de momificación, pero el resto era un amasijo de esqueletos, muchos o casi todos, desmembrados y que aparecían amontonados sin orden alguno y que por los diferentes estados de descomposición que presentaban, se suponían de distintas épocas.
En esta ocasión fue imposible ocultar el hallazgo y un periódico regional se hizo eco de la noticia y la dio a conocer, saltando a las páginas de los periódicos más importantes de la época.
Enseguida se empezó a clasificar los cadáveres que mejor se conservaban según diversas circunstancias, entre ellas su estado de preservación, vestimentas, sexos, etc. y debidamente embalados se enviaron a diversos departamentos universitarios cuyos laboratorios se habían ofrecido a investigar aquel dramático descubrimiento.
Los primeros resultados no tardaron mucho en llegar, pues eran circunstancias que se apreciaban a simple vista, ya que muchos de los cráneos presentaban violentas fracturas, aplastamientos y otras gravísimas lesiones que se habían producido en vida de aquellas personas, en algunos de cuyos rostros momificados se conservaba el rictus de horror y sufrimiento que debieron padecer antes de morir.
En la universidad de Barcelona, una de las que recibieron muestras, se llegó a la conclusión de que se trataba de un confinamiento en vida, que aquellas personas habían sido emparedadas vivas, dejándolas morir en el interior de aquella torre.
Pero el número de personas que si es así, allí fueron encerradas, hace difícil creer que se pudiera producir un emparedamiento tan masivo y por otra parte, la postura en que algunos esqueletos fueron encontrados hace pensar que habían sido arrojados allí estando ya muertos.
De todas las formas, la mayor incógnita que sobrevolaba el caso era aclarar quienes y por qué, perpetraron aquella barbaridad.
Ya habían sonado algunas voces que hablaban de víctimas de la Guerra Civil del 36, pero la antigüedad de los cadáveres, descartó de inmediato esta teoría, centrándose el tema en repasar un poco la historia para señalar una circunstancia que sí podría tener influencia.
En el año 1508, por indicación de un asesor de los Reyes Católicos llamado Luís Zapata, que hizo ver a sus católicas majestades que en la baja Extremadura había una gran concentración de población morisca y hebrea, se creó un Tribunal del Santo Oficio sin sede fija, que atendía de manera ambulante a aquellos núcleos de población que demandaban sus intervenciones. Posteriormente, en 1527, este Tribunal se estableció definitivamente en Llerena.
Curiosamente, aunque se asentó en un pueblo de mediana importancia, fue el tercer tribunal de toda España en importancia por la jurisdicción que abarcaba, pues llegaba desde Ciudad Rodrigo, hasta Badajoz, pasando por las importantes ciudades de Plasencia, Cáceres, Mérida y otras.
Como es natural, la sola mención de que la responsabilidad de lo acaecido en Llerena pudiera caer sobre el Santo Tribunal, provocó un enfrentamiento entre los investigadores y los grupos religiosos que llegó a ser de tal magnitud y agresividad que muchos investigadores decidieron retirarse y en otros casos se modificaron las hipótesis, eludiendo siquiera nombrar a la Inquisición y ocultando los detalles escabrosos que presentaban los cadáveres.
Las autoridades locales y provinciales también salieron al paso en la confrontación, ofreciendo una nueva teoría en la que se hablaba de un antiguo cementerio muy próximo a la iglesia que hubo de abandonarse y que los cadáveres encontrados en la torre de la iglesia procedían de aquella necrópolis.
Pero esta teoría funcionaba poco porque no explicaba las graves heridas encontradas en algunos cráneos, ni el apilamiento que presentaban, ni casaba con esta teoría el que la propia Iglesia no diese cristiana sepultura a aquellos despojos y los amontonase como si de animales se tratara.
Por último se barajó otra idea que tampoco ha sido ni suficiente ni científicamente estudiada y que menciona a un grupo de individuos que profesaban un credo que se conocía como “Alumbrados”, en Italia, “Iluminatis”, se habían asentado en la baja Extremadura, como consecuencia de que el Tribunal de la Inquisición se había trasladado a Plasencia en 1572.
Estos “Alumbrados” eran personas malditas para la Iglesia, pues estaban contra toda la liturgia, además de que no se privaban de profanar lugares sagrados u obligar a realizar actos sexuales como penitencias.
Pero las represalias contra los integrantes de esta secta no podía partir de ningún otro estamento que la Inquisición, por lo que la polémica volvía a surgir.
Han pasado ya muchos años desde el descubrimiento de aquella escena terrorífica y se ha escrito algo, en periódicos, alguna revista especializada de corta tirada y poco más. No se ha llevado a cabo una investigación seria y valiente que ponga de manifiesto la realidad de lo ocurrido y de explicaciones convincentes sobre si aquellos cadáveres fueron trasladados allí desde un cementerio cercano, o si por el contrario fueron encerrados vivos y dejados a su suerte que no pudo ser otra que la muerte colectiva.

Es posible que nunca sepamos realmente lo que ocurrió en ese tranquilo pueblo extremeño, pero si quiere más información y ver imágenes sobre el hecho, puede echar un vistazo a este video: https://www.youtube.com/watch?v=bsEt-X71QzA

viernes, 28 de agosto de 2015

PAÍS RICO, PAÍS POBRE





El país independiente más pequeño del mundo es el Estado de la Ciudad del Vaticano, cuya superficie no llega ni a medio kilómetro cuadrado y apenas tiene novecientos habitantes, prácticamente todos relacionados con la sede pontificia. El siguiente estado en dimensión es el Principado de Mónaco que tiene apenas dos con cinco kilómetros cuadrados.
¿Y cuál es el tercero? Pues el tercero no es ni la República de San Marino, ni Andorra, ni Liechtenstein, sino un país completamente desconocido, ignorado y perdido en la inmensidad del Océano Pacífico. Se trata de la República de Nauru, un estado independiente de la Micronesia, compuesto por una sola isla que está situada justo al sur de la línea del Ecuador, entre las Islas Salomón y Papúa Nueva Guinea y a cuatro mil kilómetros al norte de Australia.
Es un atolón coralino que tiene forma casi circular y cuya superficie es de veintiuno con tres kilómetros cuadrados. Dos siglos atrás, la isla fue descubierta por un ballenero ingles cuyo capitán la bautizó como Isla Agradable, por el trato que recibió de sus habitantes, así como por la bondad del clima y la belleza de sus aguas y playas.
Sus habitantes vivían en un estado de permanente felicidad, pues tenían todo cuanto necesitaban: pesca abundante, millares de aves para consumo, bellísimas playas y árboles de los que sacaban todo su producto.
Cuando Alemania comenzó su despliegue por el Pacífico a finales del siglo XIX (ver mi artículo http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2015/04/una-isla-para-perderse.html ), se anexionó la isla de Nauru como una colonia más del imperio alemán, pero tras la derrota sufrida en la Primera Guerra Mundial, aquella colonia se convirtió en un protectorado de las Naciones Unidas (entonces Sociedad de Naciones) y cuya administración se concedió a Australia, Nueva Zelanda y a Gran Bretaña.
Fue ocupada por los japoneses durante la Segunda Guerra y con el fin de la misma y la victoria aliada, volvió a ser protectorado hasta que en el año 1968 alcanzó la independencia.
Aquella isla, que es tan anómala que ni siquiera tiene capital, pues carece de verdaderas ciudades y toda ella es lo que ahora llamamos un diseminado, no tenía ningún interés para los europeos, salvo como fondeadero de los buques que navegaban por aquellos mares para hacer agua o alimentos, pero en uno de los viajes que los balleneros hicieron, alguien se llevó un trozo de madera petrificada, quizás porque le pareció bella para hacer algún tipo de escultura.
Quiso la casualidad de que el “xilópalo”, nombre científico de la madera fosilizada, fuera a caer en manos de un químico que se dispuso a analizarla, comprobando que poseía una enorme cantidad de fosfatos, lo que despertó un interés inicial por aquella isla.
Pero aún hubieron de pasar años hasta que se organizó una expedición científica que comprobó que, efectivamente, bajo el suelo de la isla había una concentración de fosfatos en una cantidad y de una pureza nunca conocidas, cuyo origen aún no está totalmente clarificado, pues hay quien mantiene la teoría de que procede de la acumulación de excrementos de aves, mientras que otras hipótesis defienden su procedencia volcánica, o marina.
 La cuestión es que desde principios del pasado siglo, millones de toneladas de fosfatos fueron enviados a Australia y Nueva Zelanda, en una extracción incontrolada de la que los naturales de la isla solamente obtenían el beneficio de los salarios que percibían como trabajadores.
Pero con la independencia de la isla, los yacimientos de fosfatos fueron nacionalizados y los ciudadanos de la isla, que es la república más pequeña del mundo, se convirtieron en uno de los pueblos más ricos del planeta, en consideración a su renta per cápita.
Efectivamente, cuando la enorme riqueza que proporcionaban los fosfatos se divide entre su índice demográfico, que hasta 2011 no ha sobrepasado los diez mil habitantes, nos da una proporción que no alcanzan ni los países más ricos del planeta.
Pero los fosfatos no podían ser eternos y una explotación incontrolada y totalmente especulativa, acabó con ellos, no sin que antes se hubiera advertido del peligro que se estaba corriendo y la caótica situación en la que iba a quedar el pequeño país, al que habían sacado todo su subsuelo, dejando el terreno inservible para cualquier actividad, además de haber desertizado todo el interior de la isla.
Para paliar los efectos que el final de la explotación minera traería a la isla, se hicieron inversiones durante los años 70 y 80 que comprendían bienes raíces, líneas aéreas, navieras e incluso espectáculos musicales londinenses, pero su escasa visión financiera, o los asesores aprovechados, dieron al traste con todas esas inversiones que, de más de ochocientos millones de dólares de aquella época, se devaluaron hasta los ciento y poco, a la vez que desangraban al gobiernos en pleitos financieros con Australia, Estados Unidos y Gran Bretaña.


Refinería de fosfatos abandonada

En abril de 1999 el presidente de la República de Nauru, Bernard Dowiyogo se dirigió a sus ciudadanos a los que advirtió que estaban en bancarrota; que habían acumulado deudas imposibles de hacer frente y que la explotación de los fosfatos había llegado a su fin. Acusó a todos los ciudadanos de Nauru de vivir muy por encima de sus posibilidades, lo que había sido cierto, pues raro era el ciudadano que no tenía uno o dos coches, televisiones o electrodomésticos de última generación y casas confortables y todo ello sin que la inmensa mayoría tuviera que hacer absolutamente nada y otros, los más desfavorecidos, trabajando para la administración o en las minas.
No se anduvieron con chiquitas, los parlamentarios decidieron “matar al mensajero” y Bernard fue botado y sustituido por René Harris, un antiguo presidente de la Nauru Phosphate Corporation. Como poner al zorro a guardar las gallinas y era el séptimo presidente en tres años, como si para salir de la situación lo único que hubiera que hacer fuera cambiar al dirigente.
La situación actual es totalmente catastrófica, muy propia de los países colonizados en los que la ambición sin límites lleva a una explotación masiva de sus recursos, llevándolos a la más profunda miseria, a la vez que dejando unas secuelas dignas de estudio.

Aspecto actual de la isla. Se aprecia la devastación de la zona central

Por ejemplo, durante noventa años se ha extraído fosfato produciendo una gran riqueza que permitió construir un puerto y un aeropuerto, a la vez que una carretera que recorre todo el país. Desde 1968 que se declara independiente, trata de nacionalizar la minería del fosfato y lo consigue años después, cuando inicia el proceso de convertirse en el país con la mayor renta del mundo.
Esta situación trae el progreso y a los bienes de equipo, a que antes se ha hecho referencia, hay que agregar el gusto por las buenas comidas, el alcohol y otras costumbres perniciosas, a las que agregan su escasa actividad física, pues la mayoría no tiene que trabajar.
Pasaron de una dieta sana y equilibrada a base de pescado, frutas y algo de aves, a consumir desaforadamente comida enlatada que no había que cocinar, bollería industrial y todo lo que llamamos “comida basura” y eso, a no muy largo plazo,  produce una situación difícilmente asumible, pues el pueblo actualmente padece enfermedades propias de los ricos, como diabetes, hipertensión arterial, cardiopatías, colesterol altísimo, arterioesclerosis, obesidad mórbida y otras dolencias, para las que no hay recursos con los que combatirlas y sus expectativas de vida se han quedado reducidas a los cincuenta y cinco años. Actualmente Nauru, con sus casi catorce mil habitantes ocupa el primer lugar del ranking mundial de habitantes con sobrepeso, pues nueve de cada diez padecen esta alteración.
La devastación de la isla ha propiciado la deforestación y como consecuencia, la escasez de aves, a la vez que la mayor parte de la costa se ha visto agredida y la fauna marina se ha mermado mucho.
En 1994 el gobierno de Nauru, previendo un fin cercano de la actividad minera, realizó un estudio sobre los costes de la rehabilitación del territorio que se cifró en doscientos diez millones de dólares de la época y un periodo de al menos veinte años para conseguir la recuperación total.
Recientemente se le han concedido préstamos blando, pero que entrañan la obligación de devolverlos cuando la posibilidad de adquirir recursos no va más allá que reduciendo gastos y gravando a los ciudadanos, que hasta ahora no pagaban impuestos y que tendrán que comenzar a hacerlo, aunque uno se pegunta de donde saldrán si no hay rentas por el trabajo o el capital.
Es lamentable comprobar cómo la ambición puede llevar a destruir a un pueblo que si bien no tenía unas características propias y singulares, vivía feliz al sol y junto a un mar paradisíaco, con una falta total de escrúpulos y pretender luego desentenderse y dejar a unos miles de pobres infelices a su negra fortuna.
Nauru es actualmente uno de los países con menos recursos del mundo y aunque no ha llegado aún a un estado de pobreza extrema, sin duda alguna llegará y pasará de ser el país más rico, al más pobre.
Además, seguirá siendo un país raro, donde los pobres están gordos.
Si quiere completar esta información sobre la extraña obesidad que planea sobre este país, puede pinchar este enlace:

viernes, 21 de agosto de 2015

¿MATRIMONIO DE AMOR, O DE CONVENIENCIA?





La guerra de nuestra Reconquista es, sin duda alguna, de las más largas que la Historia ha conocido. Presumen los franceses de la suya de Cien Años cuando la nuestra duró siete siglos más.
Los moros se “merendaron” la Península en un plazo cortísimo, pero hacer que nos la devolvieran fue una tarea de ochocientos años.
La fuerza atacante era poderosísima, enfebrecida de fanatismo religioso y además, había infiltrado a numerosos musulmanes en nuestro territorio, sobre todo en las costas de Andalucía, con el fin de facilitar los desembarcos de las tropas invasoras.
Los visigodos eran un pueblo guerrero, bárbaros, según nuestra concepción actual del término y no como extranjero que es como lo definían los latinos; eran como los que habían borrado al imperio romano de la faz de la tierra y que habían llegado a construir en España un reino sólido, en muy gran medida heredado de Roma y en diez años, los musulmanes, enviados por el califato de los Omeya en Damasco, habían ocupado la Península Ibérica, menos una mínima parte de Asturias y Cantabria, desapareciendo todo rastro de poder de aquellos godos.
Esto fue posible porque muchos de los gobernantes visigodos no veían en el invasor un grave peligro para sus vidas y costumbres a la vez que suponían una fuerza militar muy superior a la que ellos podían ofrecer, por lo que temían el enfrentamiento.
Buen ejemplo de esto es el “Pacto de Teodomiro”, firmado en 713 en Orihuela entre Abdalaziz inb Musa y el poderoso, noble y riquísimo Teodomiro que durante el reino visigodo era una especie de virrey o gobernador con plenos poderes de una zona amplísima en el este de la Península, correspondiente a lo que hoy serían las provincias de Alicante y Murcia.
Este tratado establece que como Teodomiro se había entregado sumisamente, recibe la promesa de que su pueblo no se alterará, que sus súbditos no serán muertos, hechos prisioneros o separados de sus familias ni se impedirá que practiquen su religión, que será respetada, no quemándose sus iglesias ni saqueándolas. Para ello tiene que entregar diversas ciudades del territorio que él manejaba y pagar un tributo, a la vez que se compromete a no hacer nada que vaya contra los intereses de los invasores.
La pasividad incomprensible de los godos, únicos cristianos en la Península que detentaban poder, no es explicable más que porque entre ellos existían graves rencillas que los impulsaban temerariamente a pactar con los invasores, antes que unirse entre ellos y presentar un frente común.
Afortunadamente, en la península existían los cántabros, los asturcones, los iberos y otros muchos pueblos, ya mezclados entre sí, pero que conservaban la sangre brava que ofrecieron reiteradamente ante el ejército romano, el más poderoso desde Alejandro Magno. Y fue esa sangre, ese coraje por verse arrastrado a una vida servil, lo que puso en marcha la Reconquista.
Fueron pasando los años y los reductos astures y cántabros se fueron ampliando y se llegó a conquistar León y luego Galicia y más tarde Castilla y así sucesivamente cuando aún el califato de Córdoba era una potencia en todos los sentidos. Al desmembrarse y aparecer los Reinos de Taifas, los cristianos experimentaron un alivio porque en vez de guerrear contra el moro común, se dedicaron a hacer pactos y arreglos con algunos de los reyezuelos moros, contra otros de distinto reinos.
No existían las fronteras y los distintos reinos los componían los territorios que cada gobernante era capaz de controlar, ya fuera moro o cristiano y cuanto mayor ese territorio, mayor poder el de su rey.
Se acostumbraron los cristianos a cobrar las parias, en vez de pagarlas y a recibir el vasallaje que antes ellos otorgaban y hasta que vieron que nuevamente la amenaza se cernía sobre ellos, esta vez en forma de almorávides, los islámicos integristas de hace diez siglos, no volvieron a tomar las armas contra los ocupantes.
Y estos llegaron a España alertados por los reyes andalusíes que veían peligrar su estancia en Al-Andalus, sobre todo, tras la toma de Toledo por Alfonso VI.
Para entender un poco los sucesos que van acaeciendo, es necesario introducirse en la mentalidad musulmana y sobre todo, la de aquellos andalusíes que llevaban siglos dominando y a los que costaba mucho dejar de hacerlo.
Por eso, el rey de la taifa de Sevilla, Al Mutamid, que ha pasado a la historia como el rey poeta, a la vez que llamaba en su auxilio a los almorávides, ofrecía en matrimonio a su hija Zaida, de doce años, para desposarla con Alfonso VI, a la vez amigo y enemigo.
Algunos historiadores opinan que Zaida era en realidad la esposa de su hijo, señor de Córdoba que tras una derrota en la que fue muerto, obligó a la mora a refugiarse en Toledo, por consejo de su suegro y no habría sido en oferta de matrimonio, sino como rehén, de la que el rey se enamora y con la que mantiene un largo concubinato.


Óleo de la mora Zaida

Lo curioso de la historia, siguiendo el hilo con el que la he iniciado es que el rey castellano-leonés aceptó aun cuando en ese momento estaba casado con Inés de Aquitania, pero existían poderosas razones para aceptar. Lo primero porque el rey no tenia descendencia masculina, luego porque sabía que había de esperar hasta la mayoría de edad de la princesa Zaida, también por la enorme dote de la que iba bien arropada y quizás y por último porque la princesa era una joven bellísima, culta y muy inteligente.
En la dote de Zaida figuraban ciudades como Cuenca, Ocaña, Alarcos y otras varias de menos importancia.
Por eso la princesa mora se quedó en la corte de Toledo, donde vio cómo el rey y la reina Inés vivían en matrimonio y cómo ésta moría de parto en el año 1078, cuando tendría alrededor de quince años.
Pero el rey, viudo, no se casó con la princesa en ese momento sino que lo hizo con Constanza de Borgoña, una bisnieta del rey de Francia, con la que tuvo descendencia femenina, únicamente, y que murió en 1093.
No se sabe con certeza si en ese momento el rey desposa a la princesa Zaida, lo cierto es que mantiene con ella un romance adúltero, fruto del cual, nace el único hijo varón de Alfonso: Sancho Alfónsez que inmediatamente es reconocido como heredero de la corona, lo que hace pensar que sus padres estuvieran casados, aunque no era nada extraño en la época nombrar heredero por ser de sexo masculino, al hijo de una amante o una barragana.
De todas formas hay que dar la posibilidad al heredero de presentarse ante sus vasallos, cristianos y por tanto partidarios del matrimonio, como hijo legítimo y cuando han trascurrido unos veinte años desde que el padre de Zaida, el rey Al Mutamid, se la entregara, se celebran los esponsales, para lo cual es absolutamente imprescindible que la mora cambie sus creencias y se haga cristiana, cosa que ella no duda en realizar y es bautizada, adoptando el nombre de Helisabeth, castellanizado Isabel.
Sin duda alguna, según afirman los historiadores, Alfonso aceptó aquel matrimonio por conveniencias políticas, entre las que la de mayor importancia era la de tener por suegro a uno de los reyes Taifas más poderosos, pero además la unión le resultaba muy rentable económicamente. Pero conforme la pareja se fueron conociendo, el rey empezó a demostrar un alto grado de enamoramiento de la reina mora, a la que dedicaba calificativos de los más ensalzados, con los que demostraba el amor que por ella sentía.
La reina, por su parte, introdujo en la corte el gusto por la música y la cultura, valores de los que el reino estaba más bien escaso y sin embargo, la corte toledana no estaba bien dispuesta a aceptar que en el trono del reino se sentara una musulmana, por mucho que esta hubiese abjurado de su religión y abrazado la cristiana.
Aún así, su influencia fue notable, aunque efímera, porque el idilio amoroso que surgió entre los monarcas duró poco y el 12 de septiembre de 1099, cuando daba a luz en León, falleció a consecuencia del parto.
El rey ya estaba algo mayor, pero aún así, volvió a casarse con Berta, una italiana de la que se tienen muy pocas noticias.
Cuando su hijo Sancho Alfonsez contaba catorce años, participó con las huestes de su padre en la batalla de Uclés, donde fue hecho prisionero y luego ajusticiado por el ejército musulmán.
De no haber encontrado la muerte a tan temprana edad, hubiese supuesto para los cristianos, tener en el trono del reino más poderoso de la Península, a un mestizo, mitad leonés, mitad moro, lo que sin duda alguna hubiera dado un vuelco a la historia.

Una buena parte de historiadores no acepta el matrimonio del Alfonso y Zaida, entonces ya llamada Isabel, entre otras cosas porque eso supondría que habría sido Isabel I, puesto de honor que desde siempre le ha sido otorgado a la Reina Católica.

viernes, 14 de agosto de 2015

DE ESTERCOLERO A CAPITAL





Nunca estuvo muy bien explicada la razón por la cual Felipe II convierte a Madrid en la capital del reino, cuando apenas era un villorrio que no contaba con las mínimas infraestructuras básicas, mientras ciudades como Toledo, Sevilla o Valladolid, que ya habían albergado la corte española, se quedan atrás.
Es Madrid, en aquellos momentos, una villa de unos treinta mil habitantes, de los que se llamaban entonces del pueblo llano. No existía en la ciudad jerarquía religiosa, pues dependía de la diócesis de Toledo y no tenía tampoco asentamiento de la nobleza, pues los más cercanos estaban en Guadalajara. Estas circunstancias puede que obraran a su favor en la mente de Felipe II, lo mismo que el hecho de estar rodeada de enormes espacios boscosos, poseer fuentes de agua abundante y muy apreciada y tener el río Manzanares muy cerca.
Quizás la proximidad de El Escorial, donde ya el rey había decidido construir un enorme monasterio que le sirviera de residencia, fuera otro factor a su favor, lo mismo que la existencia del Alcázar Real, un poderoso castillo que desapareció por un incendio en 1734 y que se ubicaba donde ahora se encuentra el Palacio de Oriente.
En aquel castillo ya se había alojado Carlos I cuando convocó cortes en Madrid, ciudad que se eligió en varias ocasiones por su centralidad en la Península.
Lo cierto es que en 1561 y a pesar de las escasas posibilidades de la villa, Felipe II traslada a Madrid la capitalidad del reino. A partir de ese momento se le empieza a dar un tratamiento que hasta entonces no tenía y ello contribuye muy notablemente a sacar a la pequeña ciudad del lamentable estado en que se encontraba, pero no a colocarla en una situación mucho mejor a juzgar por lo que dos siglos más tarde se encontró Carlos III a su llegada a la ciudad.

Real Alcázar desaparecido en 1734

Unos recientes descubrimientos arqueológicos realizados en la capital han puesto a la luz el hallazgo de unos enterramientos visigodos, así como, en un nivel inferior, restos prerromanos.
Las antiguas culturas iban asentándose alrededor de los lugares donde se encontraba agua con facilidad y en la pequeña altiplanicie, que la zona alrededor de la actual capital forma sobre la Meseta Ibérica, el agua era abundante, no ya por la que fluía por el Manzanares, sino la que descendía, subterránea, de las sierras del norte.
Aquel primer asentamiento visigodo recibió el nombre de Matrice, que quiere decir río matriz o madre. Tras los visigodos, los árabes se asentaron sobre aquel pequeño poblado, fortificándolo y derivando su nombre original hacia Magerit.
Hasta el siglo XI, no se incorpora a la corona de Castilla, cuando la conquista Alfonso VI y poco ha progresado como ciudad del centro geográfico de la Península cuando Felipe II la convierte en la capital de su imperio.
No existe demasiada documentación de cómo eran las infraestructuras de aquella ciudad, que ya tenía sugestivos rincones que aún pueden visitarse y que se acogen bajo la genérica denominación del Madrid de los Austrias, pero a tenor de lo que dos siglos más tarde se encuentra Carlos III y se describe perfectamente, podemos pensar que la villa y corte no era solamente un estercolero, era una de las ciudades más inmundas de Europa.
Carecía totalmente de alcantarillado y de agua corriente, salvo en las varias fuentes públicas, algún hospital, convento o las casas de los poderosos y el palacio real, el resto de la ciudadanía había de viajar con los cántaros sobre la cabeza hasta la fuente más cercana. Como consecuencia de la falta de alcantarillado las calles eran un arroyo de aguas fecales, desperdicios, excrementos humanos, del ganado y de los animales domésticos, que andaban sueltos, alimentándose de los despojos que encontraban por la calle.
Cuando la vida en la ciudad estaba más próxima a la naturaleza, al igual que en los pueblos, las necesidades corporales de las personas se evacuaban en el campo o en el corral próximo, pero en Madrid empezaron a construirse edificios de viviendas, unos pegados a otros, sin corral ni huerto cercano en el que poder aliviarse, por lo que los apretones se solucionaban en casa y a continuación se lanzaban a la calle con aquel consabido grito que todos conocemos.
Algún viajero de la época, llegado de las brillantes ciudades italianas o francesas, quedábase asombrado cuando sus botas se enfangaban en el lodo pestilente de las calles o cuando unos cerdos o unas gallinas, acudían a picotear o lamer los residuos que se quedaron adheridos en su calzado.
Comparar Madrid con una inmensa letrina, no era una comparación exagerada, aunque no hay que pensar que nunca se limpiaban las calles. Eso no es cierto, lo que sucedía es que se limpiaban mucho menos que lo que era menester y se ensuciaban mucho más de lo recomendable; se empleaban dos sistemas de limpieza, según el tiempo fuera seco o lluvioso, lo que hace pensar que en realidad se limpiaban dos veces al año.
En tiempo seco, una cuadrilla de trabajadores iban recogiendo las basuras, los animales muertos, los excrementos y toda clase de desperdicios y lo cargaban en carros que sacaban toda la porquería de la ciudad. Pero si el tiempo era lluvioso, no había posibilidad de meter los carros por las calles, pues se quedaban atascados y entonces se empleaba un procedimiento singular que era una especie de cajón-cuchara, tirado por una recua de mulos que iba arrastrando toda la porquería hasta llevarla a unos sumideros que la conducía directamente al Manzanares. Los dos sumideros más importantes estaban en Leganitos y en la Plaza de Isabel II.
Ni siquiera tenía el rey Carlos un palacio adecuado a la calidad de monarca que era, máxime cuando venía de ser rey de Nápoles, así que muy pronto se puso manos a la obra para tratar de remediar todas aquellas deficiencias.
A la infecta atmósfera que todo Madrid respiraba hay que añadir que la higiene corporal brillaba por su ausencia, pues el poco agua que se transportaba hasta las viviendas servía exclusivamente para beber, cocinar y lavarse las manos alguna vez. El resto del cuerpo no era objeto de atención alguna.
Mucha culpa de esta falta de higiene la tenían los propios médicos que no aconsejaban mas limpieza que la de manos y cara y recomendaban que se evitara el baño, pues éste ablandaba el cuerpo y le restaba su fuerza, además de producir otros muchos males achacados de manera ignorante.
Como es natural, la gente apestaba. Apestaba tanto que ni ellos mismos soportaban su hedor y trataban con los afeites, las lociones, los perfumes e incluso las flores, de calmar sus irritadas pituitarias.
Las damas de alta alcurnia, sobre todo, tenían por costumbre perfumar sus vestidos, su cara, el cabello y las manos, con aguas olorosas que contenían almizcle, ámbar y otras sustancias naturales aromáticas que a falta de un pulverizador adecuado, pues aún no se había inventado el spray, hacían a sus sirvientas tomar buchadas y lanzar fuertemente el contenido bucal, en una especie de ducha mitad aromas, mitad saliva, sobre la cara o los cabellos.
¡No se podía ser mas guarros que aquellos ciudadanos de la capital del Mundo!
Como es natural, el recién llegado y refinado monarca no podía tolerar semejante desbarajuste, por lo que el 13 de mayo de 1761, publicó una Real Orden por la que se prohibía arrojar aguas mayores y menores por las ventanas, obligando a los propietarios de edificios a construir pozos ciegos, hasta donde se canalizaran las porquerías que eran recogidas por las noches en unos carros malolientes a los que pronto el pueblo llamaba “las chocolateras de Sabatini”, en honor del arquitecto italiano que acompañaba al monarca y que era el encargado de terminar de construir el Palacio Real, los jardines y todo lo que de bello se hizo en aquel tiempo.

Plano del Madrid de la época

Estas medidas iban acompañadas de otras tomadas desde el sector público y que fueron acometidas por Esquilache, al que el rey ordenó que preparase un plan de actuación en varios frentes y que consistía en primer lugar en limpieza, como tratamiento de choque, mientras se acometían las obras para construir una red de alcantarillado, empedrado de las calles e iluminación.
Se inició también la traída de agua a los hogares y se publicó un bando por el que se obligaba a los propietarios o inquilinos de viviendas, barrer las delanteras de sus edificios y regarlos cuando fuese tiempo caluroso. Incluso se estableció un sistema de alguaciles que controlaban los aseos de las viviendas.
Como fue natural en aquella época de falta de higiene, las medidas no gustaron a los madrileños que se quejaban de todo, hasta del largo de las capas con las que se embozaban para cometer sus tropelías o en las que ocultaban las armas que estaban prohibidas.
Para demostrar su enfado apagaban las luminarias que se encendían por las noches, o evacuaban en las esquinas y hasta llegaron a amotinarse contra el ministro Esquilache en aquel famoso motín que ya traté en mi artículo: http://unalupasobrelahistoria.blogspot.com.es/2013/03/de-la-trucha-la-capa.html

El rey Carlos III dijo de los madrileños que eran como los niños: lloraban cuando se les lavaba.

viernes, 7 de agosto de 2015

TERCIANAS Y CUARTANAS




La reina consorte de Aragón, la duquesa Marta de Armanyach, fue una mujer extraordinaria para su época. Era amante de la literatura, de la música y de todas las artes en general y dio al reino de Aragón el impulso necesario para entrar en el Renacimiento con buen pie.
Pero no solamente era la reina amante de las artes, también era una apasionada por la astrología y por la alquimia, pseudo ciencia en la que creía tan fervientemente como su esposo, el infante Don Juan de Aragón, futuro rey a la muerte de su padre Pedro IV, el Ceremonioso, o el del Puñalito.
El príncipe Juan era alquimista y astrólogo en una sociedad aragonesa y catalana profundamente supersticiosa que a finales del siglo XIV, no conocía más ciencia ni más investigación que la que realizaban los ardorosos seguidores de aquellas dos profesiones.
Tan convencida estaba la entonces princesa Marta, del poder de la alquimia, de las propiedades curativas de las piedras preciosas y de otras muchas cosas más por el mismo estilo, que yendo de viaje de Lérida a Zaragoza cayó enferma de no se sabe muy bien qué padecimiento de los muchos que en la época asolaban a la población y para curarse pidió a su esposo que le enviase el zafiro que para combatir determinadas dolencias utilizaban. En otra ocasión, cuando su amiga la condesa de Ampurias había caído enferma de fiebres tercianas, le envió el anillo de su esposo, eficaz remedio contra las fiebres.
Tercianas y cuartanas eran unas fiebres que diezmaban la población, si no en cuantiosas muertes si en numerosas bajas y en jornadas laborales perdidas. No se sabía cual era la causa, ni siquiera se había puesto nombre a la verdadera enfermedad que empezaba con malestar general, fiebre que iba aumentando progresivamente y ya un cuadro crítico con fuertes escalofríos y sudores, pero sobre todo, con un decaimiento que impedía cualquier actividad.
Después, pasaban unos tres o cuatro días en los que el paciente parecía haber sanado, pero tras ese lapso de tiempo, volvían las fiebres, los escalofríos y los sudores. De ahí el nombre que durante siglos tuvo esta desconocida enfermedad, contra la que no existía cura alguna: fiebres tercianas o cuartanas.
Parece ser que estas fiebres llegaron a Europa con los ejércitos de Aníbal, que venían de África y contagiaron a numerosos iberos y romanos, conociéndose desde entonces como la enfermedad italiana, o del mal aire, de ahí el nombre de malaria, con el que aún se conocen estas fiebres.
No fue hasta finales del siglo XIX cuando se demostró científicamente que la enfermedad, que empezó a llamarse “paludismo”, se producía por la picadura de las hembras del mosquito “anopheles”. Paludismo procede del latín palus, que quiere decir pantano, el lugar en el que los mosquitos se reproducen, pero hasta que todo esto fue bien conocido, las civilizaciones pasadas experimentaron métodos curativos de lo más curioso y descabellado.
Plinio opinaba que el cuchillo ensangrentado con el que había degollado a un hombre era un buen antídoto contra la enfermedad y consideraba que la sangre menstrual era la mejor curación de las tercianas. Repetir la palabra “abracadabra” durante cierto número de veces, era en la Edad Media un buen sistema curativo, lo mismo que el zafiro de la reina consorte o el anillo que envió a su amiga.
Sin embargo, no todo era disparatado e ignorante, porque en la mayor época de esplendor del Islam, ya advirtió el afamado Avicena que las fiebre intermitentes tenían su origen en las aguas estancadas, pero pensando no en la reproducción de los mosquitos, sino en los miasmas que de ellas se desprendían. También se pensaba que los eucaliptos eran capaces de absorber esas emanaciones, de ahí la gran presencia de estos majestuosos árboles en las riberas de ríos, lagos o pantanos.
Como es natural, sin conocer las causas, es imposible aplicar remedios concretos y los paliativos que se usaban no producían nada más que mayores desgracias, como era el de practicar sangrías que dejaban exhaustos a los pacientes.
Fue a partir del siglo XVII, cuando los conquistadores españoles encontraron un remedio eficaz contra la enfermedad. Y no lo descubrieron ellos, ya lo había descubierto siglos antes los indígenas amerindios, cuando pulverizaban la corteza del árbol llamado “quino” y la consumían para combatir cualquier clase de fiebres, o temblores.


Árbol de la quina o quino

Con ese conocimiento, los españoles empezaron a usar lo que desde entonces se ha llamado quinina, para combatir las fiebres  y cuartanas, observando que era un sistema eficaz contra la enfermedad, alcanzando su máxima popularidad cuando la condesa de Chinchón, esposa del virrey del Perú, cayó enferma de tercianas y el confesor del virrey, un jesuita llamado Diego Torres, le comunicó el sistema que los nativos empleaban para combatirlo. No se atrevieron a hacerle tomar quinina a la condesa hasta que experimentaron en varios enfermos del hospital de Mareantes de Lima y al ver los resultados, se decidió que la condesa la tomara, la cual, en pocos días, empezó a experimentar una notable mejoría.
Cuando se hizo pública la curación de la condesa, se empezó a enviar a España pequeñas cantidades de quinina por medio de los jesuitas que regresaban a la patria tras su estancia en las Américas. Éstos introdujeron la sustancia en Europa, donde se consiguieron curaciones notables, como la del rey Sol, Luís XIV y aquellos polvos empezaron a conocerse como “el de los jesuitas”.
Pero la época no era proclive al progreso y tan milagrosas curaciones empezaron a atribuirse a un supuesto pacto que los indios tenían con Satanás, por lo que cualquier físico que recetase la quinina contraía un pecado mortal.
La mojigatería de la época llegaba a límites insospechados y todo progreso era atribuible a Dios o al demonio.
La corteza de la quina tenía un grave problema: era sumamente amarga y tragar una porción, por mínima que fuese, suponía un trago de lo más desagradable, lo que en el lenguaje popular se ha establecido como una exclamación: “tragar quina”, cuando se ha de pasar por una dura situación.
La mayor concentración de alcaloides de este árbol está en su corteza, la que se muele para obtener el polvo; la masiva obtención de éste producto empezó a producir deforestación en las zonas en donde se daba el árbol que es entre los mil y tres mil metros de altitud. La progresiva desaparición de árboles hizo que se viera la necesidad de trasplantarlo a otros lugares de climas parecidos, como algunas partes de la India, las islas de Ceilán o Java, pero esa operación no la realizaron ya los españoles, descubridores del producto que no se habían protegido adecuadamente para su explotación y holandeses, ingleses y alemanes fueron los que llevaron a cabo los trasplantes.

Cortezas de quino preparadas para la molienda

Con el paso del tiempo empezó a usarse la quinina como profiláctico del paludismo y los soldados del ejército británico en la India la tomaban a diario y para pasar mejor su sabor, le añadían agua carbónica, azúcar y unas gotas de lima, dando lugar posteriormente a la invención del agua tónica, que usa esos ingredientes.
Es lamentable que España que introdujo este producto en el resto del mundo, no haya sacado ningún partido de él, cuando ya los médicos decían que la quinina era más valiosa que el oro y la plata y sigue siendo el método más eficaz para prevenir y curar la temida enfermedad.
Los polvos de quinina se conocieron en España como los de la condesa, pues a ella a la que se atribuye su popularidad, tanto que el gran botánico sueco, Carlos Linneo, cuando clasificó el quino y sus diferentes especies, le puso por nombre genérico “Chinchona”, en honor a la condesa de Chinchón, aunque deformada la pronunciación por el italiano, lo escribió como “Cinchona”

Perú tiene incorporado en su escudo un quino, el árbol que más eficaz se ha mostrado para la medicina.